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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Comentario de películas

Volver a mirar Ladrón de bicicletas

30 miércoles Oct 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Alegoría de la bicicleta, Comentario de películas, Neorrealismo italiano, Relación padre hijo, Vittorio De Sica

«Se puede dormir sin sábanas…», pero no sin recuperar esta bicicleta.

Es evidente que Ladrón de bicicletas, la película de Vittorio De Sica, recoge varios de los postulados del neorrealismo italiano de la década del 40[1]. Sirvan de ejemplo: la opción por centrarse en hechos banales y no en grandes acontecimientos: “mi objetivo es el de descubrir lo dramático en las situaciones cotidianas, lo maravilloso en la breve, o incluso brevísima crónica, considerada por la mayoría como una materia gastada”[2]; la decisión de buscar actores “naturales” y no figuras reconocidas del mundo cinematográfico[3]; la prelación de grabar en exteriores, en la calle, en los barrios populares, a la manera de un documental, más que en los estudios; y la intención de utilizar el cine como un medio para despertar la conciencia y no tanto como una entretención ciega ante los problemas sociales: “nuestra preocupación común consiste en intentar saber cómo están las cosas a nuestro alrededor; y que esto no parezca una banalidad: para mucha gente la verdad carece de interés, o por lo menos no están interesados en darla a conocer”[4]. Estas ideas renovadoras del cine italiano ayudan a comprender lo que Vittorio De Sica y su colaborador y guionista Cesare Zavattini lograron materializar en esta película, filmada en 1945, y que se estrenó en el cine Metropolitan de Roma el 24 de noviembre de 1948[5].

El argumento del film resulta bastante conocido: es la historia de Antonio Ricci, un desempleado de posguerra que consigue un trabajo en el ayuntamiento como pegador de carteles de películas, con la condición de que tenga su propia bicicleta. Para resolver tal dificultad –porque tenía dicho vehículo empeñado–, Antonio con la ayuda de María, su mujer, deciden llevar las sábanas de la dote a la prendería para recuperar la bicicleta. Orgulloso de cumplir con esa condición laboral llega a su primer día de trabajo, sale a poner carteles en la ciudad, pero, en un descuido le roban la bicicleta. Acompañado de Bruno, su pequeño hijo, empieza la búsqueda del ladrón. Con ayuda de unos amigos, indaga en mercados callejeros de ventas de bicicletas robadas, busca indicios en diferentes lugares, pregunta a distintas personas, hasta que al fin da con el ladrón, pero éste se vale de la complicidad de sus familiares y compinches para negar cualquier tipo de acusación. Antonio, al ver que la policía no puede hacer nada para que le devuelvan su vehículo, abandona la búsqueda. Desesperado, no ve otra salida que robarse una bicicleta, pero es atrapado en el intento. El dueño no presenta cargos al ver las lágrimas de Bruno. Al final de la película el padre y el hijo, cogidos de la mano, se pierden entre la multitud. En síntesis, es una “historia simple y lineal” pero, como cuenta Vittorio De Sica en sus memorias, la película “recoge en sus pequeños personajes todo el dolor del mundo, la soledad y el egoísmo de todos”[6].

De Ladrón de bicicletas, la película de Vittorio De Sica, se han afirmado muchas cosas: que es “una obra maestra de observación de la vida en su aterradora banalidad”[7];“una denuncia sobre la impotencia de las instituciones para resolver con dignidad los dramas del proletariado”[8]; “el drama minúsculo de un pobre hombre ignorado y perdido en la vida cotidiana de una ciudad”[9];“una aventura humana vestida con tal carácter de universalidad, que imita en esto al clasicismo”[10]; “un manifiesto de la condición humana en situaciones de pobreza y dificultad extremas”[11]; “un ejemplo supremo del cine puro”[12]. Críticos, cineastas, historiadores del cine, coinciden en una cosa: es una de esas películas inolvidables, un referente obligado en la historia del cine, un clásico. Trataré de ahondar en algunos aspectos que, desde mi perspectiva, subrayan la frescura interpelativa de esta cinta, nos sensibilizan hacia la fragilidad de la condición humana y explican por qué sigue permitiendo interpretaciones y lecturas diversas.

Empezaré por subrayar la trascendencia que De Sica da a lo banal, a esos asuntos cotidianos que resultan intrascendentes para la mayoría de las personas, salvo para quien los padece. En el barullo citadino no tiene gran importancia que alguien esté desempleado, que visite regularmente las casas de empeño o que le roben su bicicleta. Son cosas “normales” o –por habituales–, apenas dignas del interés público. Sin embargo, cuando tales hechos se los asocia con la angustia individual que producen, con el conflicto existencial que representan, con las discusiones familiares que provocan, con los dilemas morales que ponen en juego, entonces esos incidentes, cobran un valor o una relevancia inusitada. Ladrón de bicicletas es un ejemplo de tal cambio de perspectiva sobre hechos secundarios: “pocas veces puede verse, con más claridad, cómo un asunto, la simple anécdota, se transforma por completo, al insuflarle otros valores esenciales”[13]. Lo anecdótico pierde su cáscara de simplicidad y deja ver, adentro, la médula de la complicidad en pareja para enfrentar las dificultades diarias, las tensiones afectivas entre un padre y su hijo, la lucha por mantener la dignidad a pesar de las desgracias. Estas anécdotas insignificantes, enfocadas y desmenuzadas en diferentes episodios, muestran que “en el momento presente son vividas como una pesadilla” [14], así para los que están alrededor no sean más que problemas pasajeros. Ahora bien, cuando se pone en el centro lo banal, al mismo tiempo entran en juego dos fuerzas sociales: la solidaridad y la indiferencia. Habrá unos que sentirán la necesidad de prestar su interés y sus actos para ayudar al que sufre ese impasse, mientras otros no tomarán en serio dicho asunto o pasará totalmente inadvertido. De un lado, estarán, entonces, Baiocco, el amigo director del grupo de teatro y sus dos compañeros basureros, y de otro el policía de la comisaría a la que Ricci va a poner el denuncio; una fuerza corresponde a Bruno, el hijo que sirve de compañía en la búsqueda de la bicicleta robada y otra, más numerosa, es la masa anónima indiferente que pasa de largo sin fijarse en Antonio o se apretuja para tomar el transporte público.

Otro punto, sobre el cual quiero detenerme, es el sincero realismo con que De Sica muestra la relación entre un padre y un hijo.  O si se prefiere entender de otra manera, la desidelización de la figura paterna. Ladrón de bicicletas no presenta una relación filial perfecta o que responda a un modelo “sin mancha” de este vínculo afectivo. Por el contrario, lo que se aprecia en la película es el vaivén emocional en esa relación, la tensión que en ocasiones se produce según las circunstancias, el descuido momentáneo ante un accidente callejero, el temor mayúsculo del padre por el posible ahogamiento de su hijo, las pequeñas rencillas y las reconciliaciones a partir de compartir una comida, los estados de admiración por el progenitor al igual que el momento de vergüenza al verlo cometer un acto censurable. El crítico de cine norteamericano Jonathan Rosenbaum afirma que “Ladrón de bicicletas contiene la que seguramente sea la mejor descripción de la relación entre padre e hijo en la historia del cine, plagada de sutiles fluctuaciones y gradaciones evolutivas entre los dos personajes en términos de respeto y confianza, y resulta impresionantemente desgarradora”[15]. Pero lo más esencial, lo más humano de este vínculo filial es que, a pesar de los inconvenientes o las incomprensiones circunstanciales, el vínculo entre padre e hijo prevalece. A lo largo de todo el film el hijo es testigo de las acciones de su padre, camina con él, comparte sus angustias, su ira, su desaliento; le sirve de estímulo para que él no cese en su propósito y, al final de la película, le ofrece su pequeña mano cuando a Antonio ya no le queda más que la vergüenza y la desilusión[16]. No se trata de una relación estereotipada y adulzorada en la que todo acontece según los cánones de la relaciones correctas e irreprochables, sino del drama de un vínculo filial con vicisitudes, con altibajos, dinamizado por los variables estados de ánimo que provienen de la pobreza, de la impotencia ante el infortunio y del afán por tener un empleo.  

Avanzo en un aspecto que, sin lugar a dudas, tipifica muy bien lo medular de esta obra maestra. Me refiero a proveer de otro sentido a las cosas, a los objetos que hacen parte de nuestra existencia. En este caso hablo, por supuesto, de la bicicleta, de la Fides modelo ligero 1935. El eje de la película responde a un dato histórico: “la pérdida de una bicicleta no es un asunto baladí en la Italia de la posguerra: las carencias (cuando no inexistencia) del transporte público la han convertido en un objeto imprescindible para la mayor parte de trabajadores y, por lo limitado de la oferta, en producto de lujo que hay que conseguir en el mercado negro”[17]. Sin embargo, lo interesante es cómo ese objeto va adquiriendo a lo largo del film una robustez de significados que bien vale la pena analizar. En principio, la bicicleta es una “condición” para alcanzar el trabajo en el ayuntamiento; sabemos después que ella, al empeñarse, ha servido de salvación para la sobrevivencia de la familia de Antonio; más tarde, cuando por fin la recupera,  se convierte en un objeto de culto por parte del hijo (“esta bicicleta no puede tener abolladuras”, afirma Bruno mientras la limpia); después, cuando Ricci va al primer día de trabajo, se la carga al hombro como si fuera una consorte especial, un bien preciado del cual no puede desprenderse, un objeto que no quiere dejar en el piso. Sucedido el robo, hay un temor porque no la hayan desmembrado o despedazo en el mercado de bicicletas robadas; la bicicleta es y debe seguir siendo única, íntegra. En medio de esa búsqueda, Antonio le promete a su hijo que “si la encontramos hacemos una fiesta”; es decir, la bicicleta también es un objeto de celebración, de felicidad, de triunfo. Bien parece que la bicicleta es más que un simple medio de transporte: en la novela de Luigi Bartolini, que sirvió de inspiración a De Sica y Zavattini, se dice que el autor “necesita la bicicleta más que el pan, pues si el pan le sirve para quitarse buenamente el hambre, la bicicleta representa para él otro pan, el del bien espiritual”[18]. Todos estos significados confluyen en un eje alegórico sintetizado muy bien por Gabriel García Márquez: “en la película, la bicicleta se convierte en un mito, en una divinidad con ruedas y pedales con cuyo concurso –y sólo con él– el hombre será superior a su hambre”[19].

Me parece importante señalar que en Ladrón de bicicletas hay otra cuestión que, si bien parece contradictoria, me resulta de un enorme valor existencial. La película podría parecer desesperanzadora si se la mira desde la perspectiva de alguien que pierde algo propio, lo sale a buscar y no lo encuentra. Es un film sobre una búsqueda fallida. Sin embargo, podría entenderse de otra manera: la de una persona que, a pesar de la desidia o poco interés de las instituciones gubernamentales en su situación, de vivir la insolidaridad de la gente, persiste en su empeño de encontrar una cosa que considera muy valiosa: “si supiese lo que significa todo esto para mí”. Antonio no renuncia fácilmente a haber perdido su bicicleta; tampoco deja de preguntar y de buscar; de acudir a diversas instancias (aún mágicas como La Santona) para hallar indicios que lo lleven a dar con el paradero del ladrón. Se arriesga, discute con vendedores de piezas robadas de bicicleta, reclama, encuentra al joven delincuente, pide infructuosamente a las autoridades que lo retengan, se enfrenta a una muchedumbre cómplice, y como última posibilidad, intenta robar otra bicicleta para reponer la propia. Arriesga hasta la vergüenza para no llegar con las manos vacías a su casa. Cada suceso parece una odisea marcada por el infortunio; no obstante, los gestos contenidos de Antonio al final de la película, la actitud estoica de los que asumen la desgracia con dignidad, es algo que conmueve y dota de fortaleza el espíritu: hay que seguir adelante enfrentando las dificultades cotidianas de la vida[20]. Vittorio De Sica logró su cometido: Ladrón de bicicletas es una película desconsoladora, pero sin autocompasión”[21]. Seguramente, al otro día, Ricci llegará a engrosar una vez más la fila de desempleados que esperan ansiosos la oportunidad de algún trabajo, ojalá sin la condición de tener una bicicleta.

Cierro este comentario dejándome afectar, una vez más, por ciertas imágenes o secuencias de Ladrón de bicicletas. En mi mente sigue vibrando la escena de Antonio y María, alegres, compartiendo sueños y proyectos al saber que por fin él tiene un trabajo; me sigue conmoviendo la tristeza de Antonio cuando termina el primer día y no ha hallado al ladrón y tiene que soportar la larga filas y los empellones de la gente para tomar un bus de servicio público; me interpela profundamente la complicidad de su hijo Bruno, que va con él como un testigo de la odisea de su padre, como alguien que desea ser más grande y tener más fuerza para ayudarlo a resolver ese problema; me siento solidario con ese hombre honesto que hace lo correcto, y que, sin embargo, maquina en silencio la realización de un acto indigno para lograr sobrevivir. Y, desde luego, me queda como imagen imborrable las lágrimas últimas de Antonio, su impotencia o frustración condensada en una mirada perdida en la desesperanza, y el llanto de su pequeño hijo que le extiende su mano en actitud solidaria.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Para ahondar un poco en este “movimiento” vale la pena revisar, por ejemplo: “Neorrealismo italiano y films franceses (1945-1960)” de Georges Sadoul en Historia del cine mundial, Siglo XXI, México, 1977; El cine italiano, 1942-1961. Del neorrealismo a la modernidad de Ángel Quintana, Paidós, Barcelona, 1997; “El neorrealismo y los grandes directores italianos” en Historia del cine de José Luis Sánchez Noriega, Alianza, Madrid, 2018; “La devastación de la guerra y el nuevo lenguaje fílmico (1945-1952). La expansión del realismo en el cine mundial” de Mark Cousins en Historia del cine, Blume, Barcelona, 2021.

[2] “Bartolini vs. De Sica” en Luigi Bartolini, Ladrones de bicicletas, Sajalín, Barcelona, 2009, p. 180.

[3] “De Sica le dio un papel a Lamberto Maggiorani, un obrero, cuando éste llevó a su propio hijo a la prueba para el papel de Bruno. Lianella Carell, una periodista, obtuvo el papel de mujer de Maggiorani cuando fue a ver a De Sica parta hacerle una entrevista. Enzo Staiola, que interpretó el papel de Bruno, fue descubierto por De Sica mientras contemplaba el rodaje de la película”, comenta John Kobal, en Las cien mejores películas, Alianza, Madrid, 2008, p. 31.

[4] Cesare Zavatini, “Tesis sobre el neorrealismo” en Textos y manifiestos del cine, editores Joaquim Romanguera y Homero Alsina, Cátedra, Madrid, 1989, p. 206.

[5] La dupla complementaria entre De Sica y Zavattini se comprende mejor en esta declaración del director italiano: “Nos unimos. Él para darme su experiencia literaria, su fantasía, su genialidad, y yo, para darle a él mi sinceridad humana, mi adhesión humana a las cosas de la vida, esta necesidad de ser verdadero, de ser sincero”, en Entrevistas a directores del cine italiano de José Ángel Cortés, Magisterio español, Madrid, 1972, p. 85.

[6] Vittorio De Sica, La puerta del cielo. Memorias 1901-1952, Confluencias, Salamanca, 2015, p. 107.

[7] René Jeanne y Charles Ford, Historia ilustrada del cine, vol. 3, Alianza, Madrid,1984, p. 181.

[8] Claude Beylie, Películas clave de la historia del cine, Robinbook, Barcelona, 2006., p. 188.

[9] Manuel Villegas López, Los grandes nombres del cine, Planeta, Barcelona, 1973, p. 144.

[10] Henri Agel, Vittorio De Sica, Rialp, Madrid, 1957, p. 86.

[11] Paolo D’Agostino, Películas legendarias, Blume, Barcelona, 2009, p. 117.

[12] André Bazin, “Ladrón de bicicletas” en ¿Qué es el cine?, Rialp, Madrid, 2021, p. 341.

[13] Manuel Villegas López, op.cit., p. 144.

[14] Henri Agel, op. cit., p. 86.

[15] Reseña en Steven Jay Schneider (coord.), 1001 películas que hay que ver antes de morir, Grijalbo, Barcelona, 2008, p. 233.

[16] Quisiera recordar acá lo que escribió André Bazin sobre el gesto final de Bruno al dar la mano a su padre: “La mano que desliza en la suya no es ni el signo de un perdón ni de un consuelo pueril, sino el gesto más grave que puede marcar las relaciones entre un padre y un hijo: el que las pone en un plano de igualdad”, op. cit., p. 334.

[17] Santiago Aguilar y Felipe Cabrerizo, Vittorio De Sica, Cátedra, Madrid, 2015, p. 122.

[18] Luigi Bartolini, Ladrones de bicicletas, Sajalín, Barcelona, 2009, p. 16.

[19] Gabriel García Márquez, “Ladrones de bicicletas” en Obra periodística 1. Textos costeños, Norma, Bogotá, 1997, p. 332.

[20] Como afirma el historiador de cine francés Pierre Leprohon, “Los seres desdichados o fracasados del neorrealismo nunca encuentran en la violencia o en la crueldad, en la amargura o en la desgracia, su justificación. Son humanos por su negativa de ceder a la pesadumbre, a la fatalidad de su destino, por la ternura que conservan hacia la vida, aunque sea la más miserable”, en El cine italiano, Era, México, 1971, p. 136.

[21] John Kobal, Las 100 mejores películas, Alianza, Madrid, 2008, p.51.

Mi pie izquierdo

27 lunes Mar 2023

Posted by Fernando Vásquez in Comentarios

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Comentario de películas, Mi pie izquierdo, Presencia de la madre

Daniel Day-Lewis y Brenda Fricker, en una escena de la película «Mi pie izquierdo» de Jim Sheridan.

La presencia de la madre, su certeza, la incondicional complicidad con su hijo, la apuesta por un ser que, a pesar de su parálisis cerebral, podría tener las mismas oportunidades que sus otros hermanos… El aspecto protector de la madre, su avizor sentimiento para evitar el sufrimiento del hijo, la preocupación constante por conquistar una silla de ruedas, la paciencia para alimentarlo, la tenacidad para construirle su propio cuarto y lograr que así volviera a pintar… Cuántas muestras de cariño, de amor supremo. Porque Mi pie izquierdo la película de Jim Sheridan (1989) es, desde luego, la historia de Christian Brown, pero de igual modo, es un homenaje al sentido de la figura materna cuando debe enfrentar la circunstancia de un “hijo especial”, de un ser con discapacidad o que resulta, a los ojos de los demás, un “lisiado”, alguien sin posibilidad de futuro.

La película, inspirada en el texto autobiográfico, deja entrever otra cosa: gracias al arte, a la pintura y a la escritura, lo que parece una “limitación” genética se transforma en posibilidad de desarrollo, de crecimiento. Mediante la escritura el “lisiado” se convierte en un “genio”; por la pintura el impedido para expresarse fluidamente se torna en alguien capaz de mostrarle a otros su talento. El arte cumple el papel de agregarle “otros sentidos” a los que Christy traía de su nacimiento para, de alguna forma, “compensar” sus deficiencias o mermas expresivas. El arte otorga movimiento a lo paralizado; da locuacidad al balbuceo incipiente; el arte permite que nuestros defectos, nuestras marcas negativas, se vuelvan improntas de identidad, una manera de autodescubrimiento y, con el tiempo, de reconocimiento social.

Pero volviendo al papel esencial de la madre, tengo frescas en mi memoria tres escenas de la película. La primera, cuando Bridget –próxima a parir– sube a su hijo por las escaleras, mostrando un esfurzo sobrehumano. La segunda, cuando la madre mete las manos al fuego para salvar la alcancía en la cual guardaba los ahorros para la silla de ruedas de Christy. Y la tercera escena, una de las más signficativas, es la de ella empezando a cavar la tierra con un pica para construirle una habitación a su hijo, precisamente para sacarlo de su pena amorosa, de su silencio y de su abandono de la pintura. Estas tres escenas me permiten inferir, entre otras cosas, que sin importar el esfuerzo, la tenacidad o el agotar las fuerzas, la madre no nos deja tirados en un rincón debajo de la escalera, que la madre es, por excelencia, la negación al abandono. Otro punto es el nivel de “sacrificio” o la capacidad de dolor que pueden soportar las madres cuando tienen que defender, alimentar o lograr la salud de sus hijos. En este sentido, la madre representa la abnegación, la consagración o la entrega por otro ser humano aún a consta de su propia integridad. La madre resguarda, protege, cuida. Y el tercer asunto que me parece inspirador es que la certeza de la madre en las potencialidades de su hijo es tan grande que puede, con sus propias manos, levantar una habitación para él, para sus sueños más preciados. La madre, en consecuencia, crea escenarios para que otro ser sea en plenitud, para que conquiste la parcela de su felicidad. La madre es garantía de futuro, es la firmeza de que existe un horizonte.

Bridget siempre vigila a través de La ventana; Bridget prevé cuándo su hijo “puede acabar herido”; Bridget sabe  que “un cuerpo roto no es nada al lado de un corazón roto”; Bridget sabe cuándo su hijo no suena como su hijo porque hay demasiada esperanza en aquella voz”; Bridget saca ánimos ante los momento difíciles de su hijo para decirle: “si tú te has rendido, yo no”; Bridget es el símbolo supremo de la abnegación hasta el punto de confesarle a su hijo que “si pudiera darle sus piernas, aceptaría las de él encantada”… Bridget es la gran cuidadora, la que está atrás de los triunfos de su hijo, la que protege la continuidad de su vida.

El método de Lionel Logue para curar la tartamudez

04 martes Oct 2022

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios, OFICIO DOCENTE

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Comentario de películas, El discurso del rey, Relación maestro alumno, Tartamudez

Lo primero que usted debe saber, si quiere mejorar su tartamudez, es que Lionel le exigirá confianza absoluta. Y si usted es un rey, alguien poderoso o de alta alcurnia, él le pedirá “igualdad total” para lograr su cometido. El método que Lionel emplea es de las antípodas, no es un método ortodoxo; así que si le pide hacer algunas cosas que le resulten extrañas o poco serias, confíe en él y déjese llevar por este hombre cuya suficiencia no está validada por títulos, sino por haberle devuelto la voz a muchos soldados que la habían perdido después de estar en la guerra.

Por ningún motivo espere que él vaya a atenderlo en su casa. Para Lionel el consultorio donde trabaja, que no es más que una espaciosa sala, es lo que garantiza la seguridad del tratamiento. Esa habitación en la que usted debe entrar solo, sin esposa o alguien de su servicio, es el territorio donde va a acaecer la transformación de su afección vocal. Más de una vez le escuchará decir a él estas palabras: “este es mi juego, mi campo, mis reglas”. Sobre este punto, se lo aseguro, Lionel no hace excepciones, así usted tenga mucho dinero y tras de sí rancios linajes de nobleza. El salón donde da sus lecciones Lionel es su “castillo”; entonces, hágale caso. Por favor no vaya a fumar delante de él, así otros caballeros le hayan dicho que eso relaja la laringe y le ayuda a destrabar su lengua.

Seguramente él exigirá de usted que le permita intimar o saber asuntos de su vida privada. No se sienta amenazado por ello. Es mientras usted está en su salón de clase; es para lograr establecer una relación relajada o nada impositiva. No olvide que Lionel usará muchos recursos para romper los estereotipos de su conducta que ha arrastrado a lo largo de los años. Lionel no será como su padre, ese severo hombre que cuando lo veía tartamudear iba creciendo en impaciencia e iracundia desde el “inténtalo” hasta el “hazlo ya”. Este maestro de técnica vocal, amante de Shakespeare, no va a regañarlo ni amenazarlo; quizá emplee juegos de lenguaje para picarle la lengua y logre que fluyan esas palabras que se niegan a desbordarse por su boca. Deje la seriedad y empiece a repetirlos: “Tres tristes tigres tragaban trigo en un trigal…”

Es probable que su primer encuentro con él no sea el más afortunado. Tal vez usted ha pasado por tantos especialistas titulados que ya está harto de que le pongan siete canicas en la boca para ver si aprende, como Demóstenes, a mover la lengua con ese otro impedimento. Sin embargo, no deje de contestar las preguntas que le haga, así parezcan demasiado atrevidas o bordeen el espacio de lo más personal. Tampoco dude, si él quiere grabarle al inicio de su terapia una primera lectura del monólogo de Hamlet, ese que empieza “ser o no ser, esa es la cuestión”, y además de eso, pone a todo volumen la música de la obertura de Las Bodas de Fígaro de Mozart; no se preocupe, eso hace parte de su método. Lo más seguro es que usted sienta que está perdiendo el tiempo y deje aquel salón consultorio, llevándose un disco con su voz y la decepción en sus labios. Pero, más adelante, cuando esté completamente abrumado por su dolencia y escuche aquel disco regalo, usted se sorprenderá de que hubiera leído sin tartamudear a Shakespeare. Entonces querrá volver a encontrarse con Lionel.

Cuando retorne al salón consultorio, tal vez intente por todos los medios evitar que él se inmiscuya en su vida y busque establecer algún contrato que únicamente se centre en los aspectos técnicos de la dicción o en ejercicios clásicos para aflojar el habla. Lionel le dirá que eso es demasiado superficial y no solucionará de raíz su problema. Sin embargo, aceptará su propuesta, pero, eso sí, con una disciplina diaria en la que deberá descubrir las posibilidades de su cuerpo, de sus músculos, del diafragma y la riqueza que tiene su garganta para gritarle con todo pulmón a los vecinos la pronunciación repetida de las vocales. No olvide las recomendaciones de Lionel: “practique una hora cada día”.

Estoy seguro que él hará varios intentos para saber cuándo empezó su dolencia; más de una vez insistirá en ello. Déjese llevar, acepte ese vínculo. No tema, Lionel busca esencialmente que usted recupere la confianza en sí mismo, esa que su padre o su hermano le han mermado a partir de las burlas o cierto señalamiento de incapaz. De allí que, si Lionel le pide que cuando tartamudee al referir algo significativo de su padre o su hermano use las canciones que le gustan para contarle dicho acontecimiento, hágalo. Juegue un poco. Siga al pie de la letra esa consigna del terapeuta de guerra: “el sonido continuo de las canciones ayuda a dar fluidez”.

Tampoco se extrañe de que él emplee el lenguaje vulgar para sacarlo de esos aprietos de su boca que no lo dejan seguirle el hilo continuo a un discurso. Dígalas, póngalas como pausa de solemnidad o convierta la fuerza de sus emociones en un canal de su lengua amodorrada. Le advierto de una vez algo que puede pasar en este método de crear confianza: tal vez Lionel haga algún comentario tan familiar, tan íntimo, que usted sentirá que está metiéndose en un terreno que no le pertenece. Y si eso sucede, tenga presente que él lo hace porque siente que es su amigo o al menos alguien que sí puede decirle las cosas en su cara, y no como su padre que nunca tuvo el valor de elogiarlo en su presencia. En todo caso, le aseguro, que tendrá algunos choques con él, aunque en el fondo serán las peleas que usted tiene consigo mismo. Pero tarde que temprano tendrá que reconciliarse con Lionel, porque descubrirá que el método de este australiano humilde sí ha dado resultado, y ya usted siente que es dueño de su voz.

Lionel lo irá convenciendo poco a poco de que esa tartamudez está asociada a alguna marca de su infancia o a un hecho que le paralizó la voz. Quizá descubra que su lengua se porta como su terca mano derecha o como sus piernas arqueadas; de pronto ella, su lengua, fue frenada por los pellizcos de aquella criada que violentó su cuerpo y su alimentación; de pronto su lengua al igual que su estómago también tengan una mala digestión…, en fin. Al terminar Lionel le dirá que no hay que llevar ese lastre en sus bolsillos, que ya usted no es un niño, sino alguien con las suficientes agallas para dirigir su propia vida o el destino de otros. Este terapeuta del lenguaje corregirá su afección vocal, eso es seguro, además de devolverle una fe en sus talentos o en sus capacidades sepultadas.

Le reitero que el método de Lionel es muy eficaz especialmente por el acompañamiento que él lleva a cabo. No son lecciones dejadas al azar o al capricho de las circunstancias. El ensayará con usted las puestas en escena de sus presentaciones; él, aprenderá al lado suyo los discursos; él dispondrá el mejor de los espacios para que usted se sienta en confianza y pueda expresarse con total libertad. Parte de sus lecciones se darán en el mismo lugar en el que usted llevará a cabo sus elocuciones. Por lo mismo, no tome como una ofensa o una flagrante muestra de desconfianza, el que marque con lápiz rojo los textos que usted va a leer. Todo lo contrario, es el modo como Lionel ofrece su ayuda línea a línea: son sus manos y su voz convertidas en flechas y signos de alerta. Es tal su compromiso que, en ocasiones especiales y de gran relevancia para usted, él se convertirá en una especie de director de orquesta para dirigirlo con sus gestos y así lograr que no vaya a perder el ritmo de sus palabras o indicarle el énfasis o los matices verbales de su discurso. No lo olvide: la pronunciación de las palabras son para Lionel otra forma de la música.

Y cuando ya usted haya superado la mayoría de sus dificultades, cuando ya no tenga miedo de hablar en público, o cuando salga a recibir los aplausos por su dominio frente al micrófono, seguramente verá en la parte de atrás del escenario a Lionel, satisfecho de su labor, cómplice de sus triunfos. Aunque después de terminados los honores y los vítores, él le dirá en privado y con franqueza, que aún sigue teniendo ciertas dificultades con la pronunciación de una letra específica. Usted sonreirá agradecido, porque sabrá “para qué son, en verdad, los amigos”.

Nexus-6

11 jueves Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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Blade Runner, Comentario de películas

Su modelo ha sido el ser humano. Tienen piel, como nosotros. Y aunque han sido fabricados para trabajos pesados o excesivamente mecánicos, pueden desempeñarse como guerreros o como amantes exquisitas. Son fruto de la imitación más perfecta y, por eso precisamente, se mimetizan con facilidad entre los humanos. De allí que sea necesaria la presencia de un blade-runner para poder ubicarlos, reconocerlos y hacerlos desaparecer.

Pero este modelo de replicantes posee además otro atributo bien particular: se les ha creado un pasado, una historia. Tienen recuerdos. Tal implante les ha permitido conocer aquella dimensión celosamente humana, los sentimientos. Es más, al estar capacitados para recordar, para saberse con un pasado, esto les ha abierto a la angustia, al deseo por perpetuarse en el tiempo. Y como el Nexus-6 sabe que su duración es de 4 años, anhela, lucha, busca prolongar un tanto ese límite.

 Los Nexus-6 pueden llorar, pueden amar, pueden perdonar. Claro, también odian. Temen que sus pupilas se dilaten ante la piedad o el asco, ante las tortugas patas arriba a pleno sol o el imaginar ingerir un plato de carne de perro. En cierta forma, estos replicantes viven una paradoja: son lo más parecido a los humanos, pero deben parecerse lo menos, para no ser descubiertos por un blade-runner. Tal vez en eso radique su esclavitud, en ser esclavos del miedo.

Pero el Nexus-6 no teme a la muerte, la acepta. Respeta a la vida, añoraría tener aún más de ella, pero no sufre ante la inminencia de su pérdida. Los Nexus-6 no son como nosotros, eternos esclavos del miedo a la finitud, más bien parecen dioses en su corta existencia.

Este imaginario del Nexus-6 puede muy bien emparentarse a otras creaciones humanas: el golem, el monstruo de frankenstein…Y, en todas ellas, siempre la creación va en busca de su creador, de su padre, de su tótem. Siempre como hijos pródigos que retornan a su casa. Esta vuelta hacia el útero-paternal termina, por lo general, en la destitución del arquitecto inicial. Hay en esta actitud un señalamiento a una irresponsabilidad: la vida emulada que se piensa perfecta en los laboratorios o en los talleres termina siendo imperfecta, y lo es porque la vida emulada no puede comprender cómo su creador lo hizo finito, cómo le permitió saborear la exquisitez de la vida para luego arrebatársela. Los homúnculos no comprenden esa otra paradoja. ¿Ser la vida para luego ser muerte? Ahí, en ese apetito de eternidad, los Nexus-6 emulan perfectamente a los humanos; logran entender el sentido profundo de la libertad, intuyen el infinito, y saben que al morir —así sea de manera un tanto elemental— nuestro espíritu o nuestro pensamiento se convierte en una paloma blanca en pos de esa inmensidad que llamamos cielo azul.

 

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Mensaje Importante

«El hombre se vierte en el ritmo, cifra de su temporalidad; el ritmo a su vez, se declara en la imagen; y la imagen vuelve al hombre apenas unos labios repiten el poema…»

 

Celebrando la Vida

 

Su Señora Madre Maria Catalina Rodríguez de Vásquez, su esposa Margarita María Ríos González y demás familiares agradecen a sus amigos y allegados la asistencia a la misa de exequias realizada en la Parroquia Cristo Rey (Calle 98 # 18a-23) el día sábado 4 de julio de 2026.

 

 

Le invitamos a dejar su mensaje en la publicación «Legado», con el que haremos un homenaje a nuestro Maestros de maestros.

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