Un tiempo de prodigios

Etiquetas

, ,

Magia de navidad

Este poema es un exquisito ejemplo de lo que significa, especialmente para los niños, la navidad. La poetisa española Marisa Alonso Santamaría nos ayuda a entender las dos lógicas que se encuentran en navidad: la de quien sigue fiel a su realismo cotidiano y la de esos otros que sienten la magia a plenitud. O si se quiere entender de otro modo, la de los adultos empecinados en negar la existencia de lo maravilloso y, la de los pequeños, que descubren con alegría el poder de lo fantástico y sobrenatural.

Todo comienza en la preparación del pesebre. Esta niña apenas entra en contacto con una de las figuras del belén, siente que no está poniendo ni muñecos de barro o cerámica, ni animales de plástico, ni estrellas de fantasía, ni ríos de papel. No. Bastó que sus manos hubieran tocado al pequeño niño para sentir que al frente de ella se desarrollaba una escena viva y esplendorosa.  El  niño era en verdad otra criatura como ella y, por eso mismo, lleno de necesidades y emociones palpables. El pesebre recobra su valía, es como una obra de teatro, un mundo gobernado por los vientos de la posibilidad.

Y porque la niña se halla inmersa en ese universo, por ser ella una protagonista del pesebre, es que empieza a preguntarle a su madre sobre lo que allí sucede. La mamá, muy seguramente de espaldas a la niña, apenas sigue el diálogo, pero sus respuestas muestran que está por fuera de ese reino fabuloso. Ella es ajena a las peripecias admirables de su hija. En consecuencia, cada respuesta es bien diferente a lo que la niña percibe, siente o imagina. La madre quiere enseñarle que las figuras de barro no pueden llorar, no padecen de frío, no saben reír; que la realidad es sólo una e inmodificable. Sin embargo, la niña descubre en su juego solitario otra cosa: que ese niño del pesebre llora, se entumece de frío, puede reír y, antes de dormir, es capaz de prodigar sonrisas de gratitud.

Podría haber sido no la figura de barro, sino la estrella puesta encima del árbol, o  el Papá Noel, o el sigiloso niño Dios, o los ángeles que parecen volar como pájaros en desbandada. Eso no importa. Cuando se es niño nada parece imposible, el entorno tiene más de una cara y es fácil o casi natural ser protagonista de muchísimas aventuras. Esa es, precisamente, la magia a la que alude el poema: en navidad los niños recuperan el don de transformar el mundo que los rodea o de darle otra fisonomía a las cosas que los circundan. Por tal motivo, en la infancia resulta más fácil condolerse y ser solidarios, compartir el pan o abrigar al que tiembla desnudo frente a nosotros. Ese es el prodigio navideño: sentirnos interpelados y solícitos con nuestros semejantes frágiles o necesitados.

Sembradores de luz

Etiquetas

, ,

Estrella de navidad

Las fiestas navideñas tienen la particularidad de contagiarnos una calidez especial, un calor que llena todo nuestro ser. Esto es lo que la chilena Gabriela Mistral nos comunica en su poema “Estrella de navidad”. El motivo elegido es una niña que atrapa una estrella para luego transformarse en una luz centelleante que proyecta ese ardor a todos los demás.

El poema va contando el proceso de alcanzar esa estrella navideña: porque lo más difícil no está en atrapar dicha luz, sino en tener el suficiente entusiasmo en tal propósito para dejar que ese destello nos colme desde la cabeza hasta los pies. Que el deseo de obtener lo imposible pueda abrasarnos, que no cuenten las caídas o los obstáculos, que nada desvíe al alma de obtener ese anhelo celeste. Ahí está el encanto y el desafío de las estrellas navideñas: ir en pos de ellas es asumir –o descubrir quizás– que cogerlas es incendiarse con su fuerza, con su fascinante luminosidad. 

La poetisa muestra con sus versos que en tiempos navideños hay que dejarse habitar íntegramente por lo mismo que se anhela, por eso que brilla titilante a lo lejos. Se trata de mantener la inocencia o la esperanza genuina de que es posible atrapar lo inalcanzable. Y una vez se tiene esa certidumbre, apenas tocamos la estrella de nuestros deseos, no podemos soltarla o dejarla caer. La ilusión obtenida no podemos dejarla romper por nuestro cansancio o nuestra falta de valor espiritual. Solo así habita la luz en el pecho, es de esa forma como lo que era una fascinación exterior encarna en nuestra interioridad. De allí la transformación final que muestra Gabriela Mistral en su poema: la niña ya no necesita de la estrella, porque ella misma es plena luz.

Si hay un milagro en la Navidad es esa metamorfosis de incredulidad a certeza, de rechazo de imposibles a aceptación de probabilidades. Por eso, cuando hacemos el pesebre, cuando decoramos el árbol de navidad, al momento de escribir una carta al niño Dios, cuando formulamos votos de salud y prosperidad en una tarjeta o un correo electrónico, cuando todo eso hacemos, repetimos la historia de la niña que tuvo la suficiente fe para atrapar una estrella, hacerla suya, hasta el punto de encender todos los caminos de la tierra. Si nos llenamos de deseos y parabienes en navidad es porque queremos ser sembradores de vida, de esa luz que aviva el corazón y se multiplica en la medida en que la irradiamos a otros.

Llegó diciembre

Etiquetas

, , ,

Diciembre Meira Delmar

Este poema de la colombiana Meira Delmar es un buen heraldo del mes que comienza. Y lo es porque en sus versos deja traslucir la magia que trae diciembre, su relación con la niñez, con la alegría primaveral y con un renacer de fiesta en el espíritu.

Porque lo que trae este mes, además de los festones y decorados, de las luces y la algarabía, es un aire “fino” de flores que nos invita soñar; un aire que nos vincula con recuerdos felices en el que abundaban los juegos y la fantasía desbordante. Los aires de diciembre transforman el entorno, dejan más azul el cielo, lo limpian de nubes para que los ángeles –especialmente vespertinos– nos encanten con sus tonalidades de arpas ensoñadoras. Es un aire o brisa que todo lo envuelve, que nos pone a temblar el alma porque llega hasta las fibras más íntimas de nuestro ser.

Diciembre es también un mes para que salgan de sus escondites los duendes de “nevosas barbas”, los enanos y elfos, los Papá Noel y todos esos personajes que por nuestros afanes cotidianos o nuestra angustia para sobrevivir los olvidamos. Este es el mes para que ellos suban a la tierra de nuevo, para que entren a formar parte de nuestro mobiliario y desordenen con colores vivos la monótona vida que llevamos. En diciembre recuperamos la credibilidad de la infancia y, con ella, la certeza en lo imposible, en lo probable, en lo maravilloso. El más humilde puede soñar que es rico, el más solitario sentirse acompañado de voces fraternales. Hasta la misma naturaleza recupera su fuerza y esplendor para entrar por las ventanas abiertas de nuestras casas.

El poema, en su misma elaboración, desea comunicarnos esa música particular que trae diciembre. Los versos van dejándonos entrever un ritmo juguetón y cadencioso, un vaivén que por momentos se parece a un rumor y, en otros, a los golpes de las corrientes de agua. Esa música invita a la ensoñación, a imaginar paisajes románticos o “pueblos azules” en los que los lirios, los jazmines, las acequias y una infinitud de pájaros mueven sus formas como si fueran bailarines leves. Meira Delmar pone el acento en que la llegada de diciembre es, esencialmente, el inicio de una melodía fina, delgada, como son las notas en que la vida canta su renacimiento.

Diciembre llega con rostro de niña, con los gestos y clamores de quien se siente despreocupado y libre para saltar y reír hasta el cansancio, de quien sabe que puede alzar sus manos para alcanzar las nubes o que confía en el milagro de una promesa para tener los regalos más ansiados. Diciembre es una ráfaga, un ventarrón de aromas y sabores, de cantos y formas, de abejas mensajeras de mieles exquisitas, un júbilo que lo inunda todo, que a todos despierta, que nos aviva los sentidos y nos permite recuperar la facultad de soñar. Diciembre llega corriendo como los niños que, gratuitamente, vienen hacia nuestro pecho para darnos un abrazo o remover, como si fuera una travesura, las fibras hondas de nuestro corazón.

La escucha y el liderazgo

Ares

Ilustración de Arístides Esteban Hernández, «Ares».

Uno de los errores más comunes de los líderes es su terquedad o su torpeza para no escuchar a aquellos que sirven o dirigen. Esa incapacidad para oír los convierte en figuras impopulares o, en otras ocasiones, es la causa de la pérdida de confianza de un grupo o una comunidad en particular. Y aunque parece fácil escuchar a otros, el asunto se complica cuando se ostenta un cargo de gobierno, un puesto en la alta dirección o una curul de gran impacto social.  

Los líderes no escuchan a sus dirigidos porque creen equivocadamente que al hacerlo pierden poder o muestran signos de debilidad. Así que prefieren un tipo de liderazgo autoritario o repleto de aduanas burocráticas que refuercen el aura del cargo o el puesto de mando. En otras ocasiones, se piensa que escuchar es inútil porque se puede traicionar a un partido, un programa o un plan de gobierno. Se recurre, en consecuencia, a un tipo de dirección auspiciada por áulicos que secundan la sordera del dirigente. Sea como fuere, los líderes que así proceden van quedándose más solos, sin respaldo de las mayorías y, lo más grave, presos de un monólogo a la defensiva.

Buena parte de este modo de actuar tiene mucho que ver con el tipo de asesores o consejeros que tiene el líder. A veces son tan inmaduros políticamente o tan imprudentes en la toma de decisiones que lo único que hacen es alejar cada vez más al gobernante de sus gobernados. Esa camarilla –a veces afiliados a una ideología o unos intereses económicos– contribuye a que la escucha sea menor, se tergiverse o se contamine de animadversión u odio. En consecuencia, el líder resulta sitiado y enmudecido por aquellos que presuntamente lo secundan o defienden. En el fondo, los asesores y “amigos” de quien así lidera, en lugar de ayudarlo a lograr un mejor clima de gobierno o de dirección, van tornándolo más débil y menos posibilitado para llevar a cabo su labor.

Es común también encontrar líderes que se animan a oír pero temen ser evaluados o sometidos a examen por lo que han hecho o dejado de hacer. Terminan, entonces, convirtiendo los espacios de escucha en escenografías demagógicas o en una pantomima del diálogo genuino. Usan tal escucha para justificarse, acusar, culpar o para volver al interlocutor en un oponente a las políticas, al sistema, a la institución, al orden establecido. Los dirigentes que son incapaces para dejarse habitar por la voz de los gobernados, por la sugerencia de un grupo inconforme, terminan multiplicando su impopularidad, azuzando las diferencias o aumentando el caudal del mal ambiente para su gestión o justificando la oposición más generalizada a cualquiera de sus iniciativas.

Tal vez otra razón del bajo nivel de escucha de los líderes tenga que ver con una forma de gobernar o ejercer el poder en la que ha predominado la locuacidad, el ejercicio hábil de la palabra, el imperio de la retórica del verbo movilizador de pasiones. La oralidad ha sido el medio y el modo de mantenerse en el solio de los dirigentes. Pero muy poco o casi nada se ha gestado una dirigencia desde el trabajo paciente de escuchar, de guardar el suficiente silencio para comprender bien el mensaje de los demás. Tal ausencia está ligada, además, con el tiempo lento que trae consigo la escucha, con la paciencia suficiente para aquilatar una crítica, desligándola de la persona que la dice, y con una capacidad de juicio cimentada en la consulta, la pregunta precisa y la deliberación desapasionada. A lo mejor por las secuelas de un liderazgo carismático o todopoderoso se sigue creyendo que hablar está por encima de oír, que defenderse es superior a admitir y que la fuerza compensa la falta de atención. 

Ahora bien, si los líderes escucharan más, si descubrieran en ese acto de verdadera inclusión una de las claves de la legitimidad de cualquier tipo de poder, muy seguramente tendrían más apoyo, más aliados, y un reconocimiento de su autoridad. La escucha activa, la escucha anclada en valorar la palabra del otro, favorece la participación, la responsabilidad compartida, el trabajo en equipo. La escucha empática es solidaria, crea vínculos, favorece la sintonía con las necesidades ajenas y hace que un puesto directivo o un cargo de alta responsabilidad administrativa sea menos un trono para la vanagloria o el lucro personal, y más un espacio para impulsar y gestionar el bien común. En la escucha está el soporte de la autoridad y en ella, de igual modo, está uno de los pilares de la democracia. Gracias a la escucha es posible convivir a pesar de las diferencias, y mediante la escucha se propicia el respeto y la dignidad de las personas.

Si en tiempos pasados se elogiaba a los líderes autosuficientes y omnímodos, si en ellos se concentraban todas las respuestas o soluciones, hoy parece que se requiere otro tipo de dirigentes: personas que presten oídos o tomen en consideración a sus colegas o conciudadanos, que acudan a tiempo para atender los gritos de auxilio de sectores inadvertidos, que empleen su poder –de amplio o reducido impacto– en crear condiciones de vida o de trabajo más favorables para la mayoría de sus dirigidos. Líderes sensibles a los contextos, dispuestos a “parar la oreja” a las demandas de los contradictores y cuidadosos de no caer en la desatención de la mayoría, que es el pecado capital de cualquier dirigente. Líderes, en suma, que ordenen menos y escuchen más, y que tengan la suficiente sabiduría para convertir los espacios de poder en genuinas prácticas de deliberación y consenso sobre las mejores decisiones para el beneficio común.

Caminando con Alfredo Molano

Alfredo Molano

Alfredo Molano Bravo: «Escuchar es una manera olvidada de mirar».

He estado leyendo con asiduidad durante estos días a Alfredo Molano Bravo[1]. Es el mejor homenaje que se le puede hacer a este sociólogo, escritor, e insigne lector crítico de nuestro país, fallecido el 31 de octubre de este año. A la par que he degustado sus crónicas, sus relatos de viajes a la Colombia profunda, he ido entresacando la manera particular de elaborar sus relatos o, si se prefiere, su método para abordar la realidad social o hacer investigación.  

Lo primero que hay que destacar, y en eso el mismo Molano insistió en varios de sus artículos o en entrevistas, es el valor de la historia oral para recoger información más viva, más genuina de las personas. Precisamente, en un texto titulado “Reflexiones sobre historia oral”[2] el sociólogo hablaba del aspecto emocional que provoca una conversación, del tono exquisito que atraviesa la oralidad y de cómo se pierde al tratar de trasvasarlo en los formatos “acartonados y secos” validados por la academia. Y que toda su propuesta de dar a conocer lo que vio y conversó con colonos, desplazados, campesinos, mineros, desterrados, guerrilleros, paramilitares, cultivadores de coca, militares, a lo largo de caminos y ríos, de montañas y llanuras, toda esa oralidad terminó concretándose en relatos que buscaban recuperar el “tono” del diálogo. Afirmaba Molano: “la gente habla lindo, solo que uno no está acostumbrada a oírla porque uno habla un lenguaje similar. Las modalidades de expresión del lenguaje campesino, incluidos arcaísmos, son bellísimos, la forma en la que encadenan las ideas, la forma en cómo hacen los párrafos, la puntuación, se convierte en una fuente literaria”[3]. De allí que en sus crónicas abunden los giros coloquiales, los apodos, las reiteraciones emocionadas, los símiles anclados en el contexto, es decir, el habla cotidiana y circulante.

Por lo demás, en ese mismo artículo el sociólogo bogotano señalaba que su mayor alegría, provenía cuando los mismos informantes leían aquellos textos y lograban reconocerse. “Después de recoger la información, después de elaborar las historias, uno lleva el texto a las comunidades y ellas se sorprenden inmediatamente de mirarse ahí, en ese espejo”. Y agregaba: “Creo que las historias de vida o las historias locales son un espejo en donde las comunidades se miran”. Es decir, los relatos elaborados por el investigador, para cumplir su función social, debían volver a las personas que sirvieron de base; en ese objetivo de posibilitar una “conciencia sobre sí” residía “el resultado final más importante de las historias orales”.

Desde luego, valorar las historias de vida es de igual modo ofrecer relevancia a la escucha, al oír con atención a los informantes. Molano consideraba que “el camino para comprender no era estudiar a la gente, sino escucharla”[4]. Ese escuchar, que parece fácil en un comienzo, resulta una de las cosas más difíciles de lograr debido a “el que trata de escribir no oye porque está aturdido de juicios y prejuicios, que son justamente la materia que debe ser borrada para llegar al hueso”[5]. En varias oportunidades el sociólogo reiteró esa dificultad del investigador social: “Escuchar a otra persona es una disciplina difícil en la medida en que uno no está escuchando sino que está objetando lo que la otra persona dice. En una historia con la gente, en una entrevista, es necesario abrirse realmente sin consideraciones, sin consideraciones sobre uno, abrirse a lo que la otra persona está diciendo sin objetarla, aceptar sin prejuicios, sin críticas, sin distancias lo que la otra persona va diciendo y ése es un ejercicio difícil, porque nosotros queremos poner sobre lo que oímos, lo que decimos y eso implica sacrificios, implica también formación, capacitación y ejercitación en ese arte de escuchar”[6]. La escucha atenta, empática, es una de las claves del trabajo de Alfredo Molano. Si se oye al otro con “solidaridad humana”, si se mira a los informantes en “igualdad de planos”, seguramente será más fácil liberarse de “prejuicios y sanciones condenatorias o alabanzas rendidas”[7].

Pero vayamos al método empleado por este sociólogo colombiano. Si uno mira la tabla de contenido de la mayoría de sus libros, por lo general hechos con la colaboración de otros investigadores, nota que los apartados son nombres o apodos de personas: “Ángela”, “Osiris”, “Chispas, el cabo”, “Mauricio”, “La Gata”, “El Chimbilá”, Nasianceno Parra”, “El arriero”, “Pelusa”, “El muñeco”, “Adelfa”, “Gesualdo de Maturín”, “Demetrio”, “La Doña”… Cada uno de estos testimonios son condensaciones o relatos-tipo de varias historias de vida que, como él mismo lo explicaba, compartían experiencias de vida semejantes: “todo personaje es fragmentario y por lo tanto de alguna manera complementario de otro que ha vivido experiencias históricas similares”[8]. En consecuencia, el trabajo de escritura de Molano es esencialmente una labor de “ensamblaje” de esas diferentes voces a partir de un testimonio que tenga la suficiente fuerza narrativa como para convocar historias análogas. El sociólogo ha explicado el paso a paso de su manera de escribir esas crónicas: “leer, leer mucho, empaparme desordenadamente de los testimonios; seleccionar personas que como las cebollas, tuvieran muchas capas y como la nuez, escondieran la semilla; entrevistas con cuerpo que permitieran enlazar otras historias y, sobre todo, personajes que sirvieran para contarlas. Era como vestir un cuerpo desnudo o ponerle carne, piel, ojos a un esqueleto. Su trayectoria no era modificada, era textual, digamos, y a través de su propio relato agregábamos –yo y él– fragmentos de otras historias como si nos las hubieran contado”[9]. Así que, por ejemplo, en el testimonio de Sofía Espinosa[10] se conjuga no sólo la vivencia de una mujer que vivió en carne propia los bombardeos de El Pato, sino de todos aquellos que han estado en la mitad de una guerra, de los campesinos que por causa de diferentes violencias han tenido que soportar la humillación, el desarraigo y el asesinato de sus seres queridos.

Claro está que este oficio de ensamblar diversos testimonios tenía para Molano un papel político o ético fundamental: se trataba de editar aquellas voces que han sido “distorsionadas, falsificadas o ignoradas” bien por la arrogancia de los poderosos o por los gobernantes insensibles a las demandas de los más humildes, para que hicieran parte de la sociedad colombiana, para que entraran a participar de una agenda gubernamental o por lo menos de una mirada solidaria e incluyente. A la par que las crónicas dejaban oír a esos otros seres de frontera, también Molano buscaba que los pudiéramos ver. Este sociólogo, discípulo de Estanislao Zuleta, creía que dichos coterráneos “no podían seguir viviendo en la zozobra, en la parálisis, en la oscuridad del miedo”, y que “la historia de la gente anónima es tan vigorosa, tan tractiva como la historia de los héroes”[11].

De otra parte, en varios de los libros de Alfredo Molano se incluyen mapas que sirven de escenografía a las voces. Más que un decorado, ayudan a dar una idea del territorio habitado. De igual modo, se incluyen fotografías[12] que son otros indicios de lo que se quiere traer a la memoria. Gracias a esas imágenes el lector puede darse una idea de lo que es un sitio como “Pïñalito” o conocer el rostro del “Mico” Fernández[13]. Las crónicas, por lo mismo, “articulan entrevistas, historias de vida, fragmentos de conversaciones”, fotografías y mapas de la región objeto de interés. Y como el sociólogo buscaba en el estilo de los relatos conservar el tono de la oralidad, en varios de los libros se incorpora un glosario de localismos, para entender que cuando el informante habla de “mariscar” se refiere a cazar, que las “voladoras” son las lanchas rápidas y que la “macoca” es una escopeta de fabricación artesanal. Hay una intención en el estilo de las crónicas de Alfredo Molano por conservar el ritmo y la cadencia oral de los campesinos; se nota en la forma de puntuar y en ese gusto por incorporar las “metáforas crudas” que dan agilidad al relato, y lo tiñen de colorido y viveza. Por eso las crónicas no son en realidad textos yuxtapuestos, sino una forma de contar en la que se “busca los adentros de las gentes en sus afueras, en sus padecimientos, su valor, sus ilusiones”[14]; son una “recreación literaria dentro de una tonalidad percibida”.

Sirva, entonces, esta lectura y relectura de Aguas arriba, de Rebusque mayor, de Desterrados, de Ahí les dejo esos fierros, de Del Otro lado, de Trochas y fusiles, de Espaldas mojadas…, como un homenaje a uno de los sociólogos más agudos de nuestro país, a un ser humano solidario con los campesinos y desplazados, a un intelectual comprometido socialmente y a un escritor que convirtió el reclamo de justicia de “personas anónimas y corrientes” en un motivo para elaborar sus crónicas.

Notas y referencias

[1] Durante más de quince días he disfrutado libros como Desterrados, Random House, Bogotá, 2019; Rebusque Mayor, Random House, Bogotá, 2017; Ahí les dejo esos fierros, Random House, Bogotá. 2018; Aguas arriba. #Entre la coca y el oro, Random House, Bogotá, 2017; Trochas y fusiles, Random House, Bogotá, 2017; Los años del tropel, Random House, Bogotá, 2017; Del otro lado, Aguilar, Bogotá, 2011; Espaldas mojadas. Historias de maquinas, coyotes y adunas, El Áncora-Panamericana, Bogotá, 2005; Del LLano llano, Random House, Bogotá, 2016; Asi mismo. Relatos, Los cuatro elementos, Bogotá, 1993.

[2] Publicado en la Gaceta de Colcultura, N° 7, 1990.

[3] Entrevista con Valeria Fuenmayor en El Heraldo, 11 de mayo de 2017.

[4] En “Desde el exilio” del libro Desterrados, Random House, Bogotá, 2019, p. 14.

[5] Palabras de Alfredo Molano al recibir el premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, Vida y obra, en 2016.

[6] De “Mi historia de vida con las historias de vida” en el libro Los usos de la historia de vida en Ciencias sociales I, Lucero Zamudio, Thierry Lulle y Pilar Vargas (coordinadores), Anthropos, Madrid, 1998, pp. 105-106.

[7] Léase “La gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, en Revista Anthropos, N° 230, 2011, Barcelona, pp. 101-106.

[8] En “la gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, ob.cit., p. 104.

[9] Puede ampliarse esta técnica en “La gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, ob. cit. pp. 104-106.

[10] “El Testimonio de Sofía Espinosa”, Cinep, Bogotá, 1980, pp. 7-35. Publicado después con el título de “Los bombardeos de El Pato” en Los años del Tropel, Random House, Bogotá, 2017, pp. 246-281.

[11] De “Mi historia de vida con las historia de vida”, ob. cit. p. 109.

[12] En el libro Del otro lado se incluye un mapa de la frontera Colombia-Ecuador, en Trochas y fusiles hay varios más del recorrido de las columnas guerrilleras, de regiones de influencia, de desplazamientos de los grupos insurgentes. En Espaldas mojadas, se muestra el mapa de la frontera entre México y Estados Unidos, y en Yo le digo una de las cosas…, que es un libro en el que se recogen testimonios de la Reserva de la Macarena, se incluyen cartografías que cumplen la función de ser estudios histórico descriptivos.

[13] Consúltese “La colonización: voces y caminos” en Yo le digo una de las cosas…La colonización de la Reserva de la Macarena, Corporación Araracuara, Fondo FEN, Editorial Folio, Bogotá, s.f.

[14] Del discurso de Alfredo Molano al recibir el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.