El anhelo secreto de la poesía

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Gabriel Pacheco

Ilustración de Gabriel Pacheco.

“El anhelo secreto de la poesía es detener el tiempo. El poeta desea rescatar un rostro, un estado de ánimo, una nube en el cielo, un árbol en el viento y tomar una especie de fotografía mental de ese momento en que el lector se reconoce a sí mismo. Los poemas son instantáneas de otras personas en las que nos reconocemos a nosotros mismos”.

Charles Simic

 

De los variados anhelos del poeta, entre sus deseos más secretos, está el de detener el tiempo. Bien sea aquella lágrima casi secreta del desconsolado por la pérdida de un ser amadísimo, o cierta puesta de sol justo en el momento en que la belleza parece confundirse con el sol ocultándose, o el titilar de las hojas por el viento que muestra con mayor grandeza su resistente fragilidad, todo ello quisiera el poeta agarrarlo con sus palabras para no dejarlo condenado al olvido.  El poeta sabe que tal empresa es de por sí fallida, pero espera que la magia o el sortilegio de las letras logre, como un elixir alquímico, cubrir lo deleznable con una pátina de permanencia.

¿Y cuál es el recurso para lograr ese cometido? Mediante el poder de los símiles, de las metáforas, usando la fuerza imantada de las imágenes, el poeta atrae lo vertebral de la existencia, lo medular de la vida, la esencia de eventos y circunstancias hasta un punto en que logran su mayor condensación, su más alto grado de presencia o aparición. Esas “fotografías mentales”, esos fogonazos de palabras permiten delinear el cuerpo volátil de lo fugaz.  Buscar, entonces, las palabras justas, los términos precisos es una de las labores de mayor cuidado de los poetas: no todos los términos, y no organizados de cualquier manera, sirven para ese fin de mantener vivo lo que se escapa inexorablemente de sus manos o sus ojos. El poeta es un guardián de recuerdos, de memoria, de reminiscencias. Por ser un obsesionado con el moverse del tiempo ha descubierto en el ritmo al juntar las palabras una forma de encantamiento, un conjuro que deja ver la silueta de lo inestable y efímero. 

Los poetas son captores de momentos, cazadores de instantes, perseguidores de esa zona del tiempo en que la vida misma es tan cierta como pasajera. Si es el amor el que se adentra como un milagro en nuestro corazón, el poeta verá su destello y tratará de congelar esa brasa que aviva el alma y enciende los cuerpos; si es el dolor el que como una espina se hunde piel adentro, el poeta querrá apoderarse del aura de esas lágrimas o el susurro de esas quejas para entrever lo que tienen de verdad y comprender mejor la condición humana; si es la soledad la que se instala cual un manto gris en los aposentos de un espíritu sensible, el poeta provocará destellos de luz para dimensionar el espesor y la densidad de esa mancha; si es el rutilante amanecer con el sol abriendo el mundo de nuevo cada día, el poeta detendrá esos primeros rayos con el fin de no dejar perder la maravilla de la vida… Cada hecho, situación o emoción es guardado por el poeta con el celo de quien sabe que manipula eventos únicos, extraordinarios, singulares.

Ese esfuerzo del poeta –una labor de mucha sutileza, de tacto, de buen ojo para saber dónde hay que ubicar la cámara del lenguaje y cuál es la óptima distancia lingüística y el mejor encuadre semántico–, esa tarea de afinar la mirada la realiza el poeta para que el lector pueda reconocer el universo, la vida, o reconocerse en los variados rostros de su propia existencia. Si el poeta selecciona y capta los ángulos precisos del paisaje natural o humano es para que los lectores puedan sorprenderse de lo que a diario, por descuido o costumbre, pasa delante de ellos como una película inadvertida. El poeta se esfuerza por rescatar lo inédito del mundo, de las cosas, de las personas; sabe que todo lo que acaece a su alrededor va a perecer; conoce la materia deleznable con que trabaja el tiempo. Entonces, su afán, su porfía es dejar en imágenes, en metáforas, una instantánea de eso que apareció deslumbrante e irrepetible ante sus ojos, para que después los lectores mediante aquellos versos recuperen la emoción o la sensación de tales epifanías.

Eso hacen los poetas: detienen el fluir de la vida para que podamos después reconocerla. Puede parecer poca cosa; y no obstante, es una tarea de gran importancia para la humanidad. Piénsese no más en el valor de la poesía para distinguir o diferenciar entre la carnicería de la guerra el refulgir del heroísmo, o lo que significó la poesía para entrever en medio de las ruinas el brillo de una edad dorada, o la importancia de la poesía para adivinar en la agresiva y afanosa garra del deseo la lenta y suave mano de la caricia. Cada verso del poeta es una forma de resonancia de las cosas, de las emociones, de los encuentros, de cada peripecia del espíritu o de los súbitos fenómenos de la naturaleza. Con cada palabra la poesía guarda lo perecedero, almacena el tiempo, sujeta entre rimas la quebradiza consistencia de las horas. Los versos, como todo arte, son un intento del hombre para revivir o perpetuar, de resonancia o remembranza de lo pasado. Por eso, quien lee poesía realiza secretos rituales de conmemoración.

A diferencia de nuestra época en la que lo desechable esgrime sus consignas de olvido, en contravía del afán de las multitudes por las lentejuelas de lo novedoso, el anhelo de la poesía es por lo perdurable o imperecedero. Pero, entiéndase bien: no es un solazarse en la contemplación de lo pretérito, no es un lamentarse por lo ya perdido, sino una labor de activa evocación para que cada persona no deje perder o aprenda a disfrutar con honda trascendencia lo vivido. Que cada experiencia alcance el umbral de la huella indeleble, que la travesía existencial deje cicatrices profundas, que tengamos suficientes hitos de memoria para alegrarnos de mirar sin nostalgia el itinerario de nuestro pasado. El anhelo del poeta es una invitación a que dejemos de andar de prisa para disfrutar con lentitud; a comprometernos con aquello que sentimos; a  sobrepasar el miedo o la desconfianza para ir al fondo de las cosas o las personas; a disponer el corazón y la mente para ser impregnados, hasta la última fibra, de vivencias, de aventuras y sucesos realmente significativos… Solo así, tendremos un suficiente caudal de recuerdos para contrarrestar en gran medida la desmemoria o la suprema ingratitud.

Los beneficios personales de la escritura

Craig Frazier

Ilustración de Craig Frazier.

He pensado en estos días en el significado profundo de la escritura para mí y en la tristeza que me produce no poder escribir cuando lo deseo, o imaginar siquiera, como le sucedió al final de sus días a Ricardo Piglia, el estar imposibilitado para realizar dicha labor. He reflexionado sobre los beneficios de escribir y su incidencia en mi bienestar físico y psicológico, especialmente cuando los quebrantos de salud me constriñen o me asedian hasta el mutismo. Sirvan, entonces, las líneas que siguen como una confesión y, al mismo tiempo, un intento de desentrañar lo que ha sido el oficio más gratificante de mi vida.

Para comenzar diré que escribir es la forma como mi espíritu elabora lo que acaece cotidianamente en mi existencia. Mediante la escritura filtro las vicisitudes que a diario me pasan, con el fin de poderlas comprender o por lo menos darles un sentido. A través de estos signos, que operan como un fino artefacto de destilación, me explico asuntos que en un primer momento me aturden o hacen que mi mente entre en desazón. Al fijar mediante la escritura esas peripecias, al llevarlas a esa “zona de contemplación”, dejo de estar preso de la inmediatez de lo incomprensible y empiezo a vislumbrar algún mapa de lo eventual o de aquellas cosas inusitadas o realmente extrañas. Así sucedió con la muerte de mi padre, con algunas de mis enfermedades, con determinadas renuncias o con las situaciones de dolor propio o ajeno. Al escribir sobre ello, al darle rostro a todos esos gestos difusos, logré pasar el vado de la melancolía interminable, pude descifrar algunas claves de la Esfinge, asimilé de mejor manera cada una de esas diversas experiencias. Al escribir dejé de ser un sujeto pasivo de los acontecimientos, para convertirme en un genuino actor de mis actuaciones. Así que no sólo alcancé otro nivel de explicación de lo vivido, sino que pude comprenderlo.

De igual modo, cuando escribo puedo tener un espejo para reconocerme. La escritura hace las veces de un “espacio reflejo” para observar en detalle mis acciones, mis interacciones, mis palabras. Y como he llevado durante muchos años un diario, ya tengo el hábito de registrar algunas de las situaciones que me pasan para luego, con esa escritura reposada, verme, descubrirme. A veces ese descubrimiento es inmediato, cuando me releo, y en otras oportunidades –que son la mayoría– pasados unos días, cuando vuelvo a mirar lo que he escrito, tengo revelaciones sorprendentes o, por lo menos, valiosas para el sentido de mi existencia o definitivas para no perder la ruta de mi proyecto vital. La escritura, como bien lo sabemos, nos permite disociar el sujeto, objetivar el yo, vernos desde fuera, y gracias a ese distanciamiento nos es posible apreciar a una buena escala nuestros yerros, nuestros logros, nuestra falta de tino en las relaciones interpersonales o nuestra inexperiencia en tantas situaciones. Al escribir podemos, a diferencia de la inmediatez del vivir, ralentizar o ver en cámara lenta los muchos eventos de los que formamos parte. Lejos de la lógica de la prisa, de la inmediatez de los hechos, la escritura nos permite analizar de manera despaciosa lo que por naturaleza es fugaz e irrepetible. Buena parte de la formación de mi carácter, de los soportes de mi desarrollo humano, o de la búsqueda esencial de cierta sabiduría ha brotado de los signos que al escribir he ido encontrando, como si fueran destellos o pequeños indicios puestos entre líneas, dejados en las márgenes, o son el resultado de las glosas que hace mi mente al momento de releer lo que he escrito. La escritura, en esta perspectiva, ha sido una maestra o una mentora que ha sabido corregirme de mis propios equívocos o advertirme de todo lo que me falta por acabar de aprender.

Relacionado con el aspecto anterior está el apoyo de la escritura para ayudarme a pensar con más hondura, a darme alas para hacerme mejores preguntas, a mantener abierta la ventana de los interrogantes. Cada jornada de escritura es ya de por sí una forma de ponerme en cuestionamiento, de hacer que mi mente se tense, de darle a mi espíritu maleabilidad y liberarlo de las respuestas fáciles o de todas aquellas trampas del fanatismo y el engatusamiento de los medios masivos de información. Escribo para tener un espíritu crítico conmigo mismo y con el mundo en que vivo, escribo para alejarme de lo que parece obvio y poco digno de sospecha, escribo para dejar de ser un consumidor de voces foráneas y lograr tener un encuentro cara a cara con el conocimiento. Gracias a la escritura me he sentido fuerte para expresar mi propia voz, para dar mi versión de determinados sucesos, para atreverme a enunciar mi subjetividad. He notado que el mismo ejercicio de escribir va dejando un aserrín de gran utilidad para que mi entendimiento saque inferencias, teja relaciones, establezca vínculos entre hechos aparentemente lejanos. Y si bien no todo lo tenemos claro al momento de empezar a escribir, a pesar del plan provisional que prefiguramos en nuestra mente, lo que resulta más interesante es lo que va acaeciendo en nuestro pensamiento cuando vamos trasegando por el mismo desenvolverse del escribir. Cuántas ideas se nos ocurren, cuántas asociaciones brotan al emerger una palabra, cuántas aristas se desprenden de un tópico o un tema. A muchos de esos asuntos jamás hubiera llegado si no es por la piedra de toque de la escritura, por la chispa que producen estos signos al juntarse unos con otros. Cuando escribo noto que mi cerebro entra en estado de ebullición, mi atención se hace más vigilante y, como deseaba Baudelaire, todos mis sentidos convergen en un lúdico juego de correspondencias.

Además de los anteriores beneficios, la escritura ha sido el medio ideal para darle forma a los productos de mi fantasía o a esas criaturas aladas de mi imaginación. Mediante la escritura he podido expresar mi manera particular de crear mundos posibles con palabras y de concretar una pasión por la poesía, por el relato y la ficción. Al escribir tales “obras” me he sentido feliz y he logrado –al menos eso creo– darle trascendencia a un origen, a una tierra, a un micromundo que tiene nombre propio: Capira. Gracias a las variadas manifestaciones de la escritura, a sus tipologías textuales, a sus géneros tradicionales, me he aventurado a explorar en los juegos de lenguaje, en la artesanía de la composición, en las potencialidades de la invención. La escritura me ha permitido sentirme creador y refigurar mis experiencias o las de otros en cuentos, aforismos, crónicas, fábulas, soliloquios, ensayos o poemas. Este poder transfigurador de la escritura, ese don de darle nueva piel a lo real, ha hecho que experimente de primera mano los alcances de la literatura para develar lo medular de la condición humana.

Vuelvo sobre mí y mi trato con la escritura: ella es mi aliciente, mi alambique de alquimista, mi microscopio o mi catalejo, mi consejera en momentos difíciles, mi puente de comunicación con el mundo y sus circunstancias, mi oráculo casero. Gracias a la escritura, retomando las palabras de Heráclito,  “me he investigado a mí mismo” y con ella, con sus veintinueve signos, he tratado durante buena parte de mi vida de compartirles a otros lo que pienso, lo que siento, lo que creo. Confío en que la escritura me siga deparando esta alegría interior y me permita seguir conversando con quienes generosamente  leen lo que escribo en este blog o publico en mis libros.

Soliloquio de una Directora de Departamento

Mujer multiescritora

Sé que debo empezar a redactar ese informe de gestión del Departamento que dirijo, pero no sé por dónde empezar. El jefe me dijo que era muy sencillo: poner por escrito, de forma clara, qué hice, cómo lo hice y qué logré. Pero eso, que parece tan fácil decirlo no es igual cuando uno ya va a redactarlo. Y lo que he leído sobre escritura de informes, con tantas clases que hay, tampoco me ha ayudado mucho. Lo que sí tengo claro es que hacer un informe es comunicarles a otras personas, que no vivieron como yo determinada experiencia, las peripecias del viaje. Obvio, no solo las peripecias. En todo caso, lo que he sacado en limpio por ahora es que un informe tiene tres partes: una introducción, un desarrollo y una conclusión. Sin embargo, el jefe me recordó incluir mis recomendaciones. Entonces, ese es como el cuarto elemento del informe que debo presentar el viernes de esta semana. Tengo dudas. Comprendo que debo ser objetiva y no ponerme a ofrecer un testimonio narrativo o lanzarme a decir cualquier cosa. Le pregunté a un amigo que estudia literatura y él me dijo que los informes eran una modalidad de los textos expositivos, con un toque de los informativos. Que era una tipología textual que tiene aspectos de las dos, porque no solo da cuenta de lo hecho, sino que presenta y explica, con tablas y gráficos, si es necesario, lo realizado. Eso me ayudó un poco, pero también me complicó la tarea. En fin, sé que cuando empiece a escribir este informe tendré que recopilar información, mirar mi cuaderno de notas, volver a revisar los archivos y pedirle alguna información a cada miembro de mi equipo… Como quien dice, me toca recopilar datos, acopiar evidencias, y sobre todo, sopesar los resultados de este año. Tiempo es lo que me va a faltar. Lástima, esta institución no tiene un modelo para hacer estos informes. O si lo hay, yo no lo conozco. Otras colegas me han dicho que ya hay un formato estándar circulando en internet, pero me preocupa que no sea ese el indicado. Además, entiendo que por ahora cada jefe es libre de elegir el modelo a seguir… Lo que sí ya definí, y eso lo constaté por otras compañeras de otras áreas que ya lo presentaron, es que no debe ser muy extenso, por ahí entre 10 o 15 páginas, que debe llevar un índice y, al final, incluir anexos, si lo considero conveniente. Lo que me ha puesto a cavilar es que este informe de gestión se ha juntado con el otro informe de investigación que debo presentar al final de este semestre, en el posgrado de administración que estoy terminando. Como que los dioses se han juntado para desesperarme y confundirme. En la universidad sí hay un formato bien detallado para este propósito, y en ciertos apartados se parece a este otro informe que estoy preparando. Lo que cambia es que contiene más secciones o están más discriminados los diferentes aspectos. Recuerdo que allí se habla de antecedentes y del esquema de fundamentos y de los objetivos y de la metodología y los instrumentos empleados… y, por supuesto, de las conclusiones. Y eso sí, dicen que debemos presentarlo siguiendo las normas APA, y que mucho cuidado con la citación y con la bibliografía… Bueno, pero como allá tienen un formato, será más o menos fácil salir con algo decente. Pero ahora, lo que me angustia es por dónde empezar este informe de gestión. Porque con todo lo que hemos realizado en el año, vergüenza me diera no mostrar algo de calidad. De pronto por ahí está la clave, tengo que seleccionar de todas esas cosas las que en verdad fueron significativas o relevantes para mi Departamento. No contaré, entonces, lo que habitualmente hago o mi labor rutinaria de atender llamadas, enviar correspondencia y asistir a reuniones. Bueno, como este Departamento en el último semestre sufrió una reorganización estratégica, creo que deberé en la introducción del informe decirlo, y explicar el por qué. Me parece que de todos los proyectos en curso, según sea su etapa de desarrollo, tendré que decir también hasta dónde hemos llegado y qué hemos conseguido… Se me ocurre que le debo pedir a Juan Carlos, el de sistemas, que me ayude con unos gráficos para ver el avance entre el año pasado y el presente… Ojalá Stella, mi secretaria, haya tenido el cuidado de guardar todas las actas de las diferentes reuniones que tuvimos en el Comité quincenal del departamento… Qué lío de cosas, y todas al mismo tiempo. Pero ni modo, lo que más me angustia y me aumenta la gastritis es qué voy a poner en las recomendaciones. Sé que eso es lo fundamental para el jefe. Ahí está la más importante, porque según me enteré por el correo de las brujas, con base en esas recomendaciones es que él toma decisiones para el siguiente período. Como quien dice… de eso depende mi permanencia y de los otros que trabajan conmigo… Y una sin poder embellecer los resultados, porque todo en este informe debe estar soportado en evidencias… Así que, a correr, y ojalá la inspiración me ayude en los dos días que me quedan para entregarlo.  

La relatoría: capturar la oralidad en la escritura

Simon Prades

Ilustración de Simón Prades.

Durante el desarrollo de un proyecto de investigación, y especialmente en las sesiones de tutoría, se deciden y hablan muchas cosas. Algunas de ellas, porque los aprendices de investigación no tienen buenas habilidades para la toma de notas, o no mantienen una atención focalizada, se pierden o se olvidan hasta el punto de que, en un nuevo encuentro, hay que volver a repetirlas o aclararlas. Por eso es indispensable contar con una memoria escrita de esos eventos grupales que permita no solo disponer de un registro de los avances de la investigación, sino agrupar y seleccionar lo que en el calor de la discusión de tutoría resulta acumulativo y desarticulado.

Las relatorías son un medio idóneo para este fin. Por medio de ellas lo discontinuo de un proyecto va adquiriendo la forma de un camino y los participantes toman conciencia de las diversas acciones realizadas o las múltiples lecturas llevadas a cabo. Pero como se trata de un tipo de texto expositivo-informativo, que recoge y reorganiza un ambiente de oralidad, es necesario atender a unas particularidades al momento de redactarlo. Dichas observaciones apuntan a entender mejor lo que implica un trasvase del mundo de la oralidad al mundo de la escritura.

Lo primero es entender que la oralidad es copiosa, repetitiva, divagante. Cuando hablamos lo hacemos motivados y enriquecidos por las emociones y por el estímulo discursivo de la oportunidad. Hablamos de muchas cosas, vamos y volvemos, reiteramos, nos contradecimos, agregamos o dejamos asuntos al azaroso gesto del sobreentendido. De allí que, cuando vamos a transcribir o dar cuenta de esa viveza de la oralidad, antes de cualquier cosa debemos oír o apreciar la totalidad del evento que nos interesa. Si, por ejemplo, al hacer una relatoría nos hemos apoyado en una grabación de audio, tendremos que escuchar toda la sesión para lograr descubrir en medio de ese maremágnum de cosas, cuáles son los ejes articuladores o los pilares que guiaron la discusión. Terminada esa audición de la totalidad, nos quedará más fácil detectar la lógica de las partes o cómo una idea se fue construyendo en diversos momentos de la conversación.

Un segundo consejo proviene de entender que la oralidad emplea muletillas, frases hechas, tópicos del habla que, en un proceso de transcripción o de trasvase a la escritura, no son tan significativas. De igual forma, hay digresiones que obedecen más al impulso de la ocurrencia que a un objetivo claramente definido. Esas son otras intervenciones que deben omitirse al momento de redactar una relatoría. De igual modo son poco relevantes las anécdotas personales, las vicisitudes de la vida cotidiana, a no ser que contengan algo relacionado con el eje articulador de la sesión de investigación. Precisamente, el que elabora una relatoría, tiene que elegir y sopesar lo secundario o marginal de aquello otro que es medular o acrecienta determinado problema.

Un aspecto adicional, que es uno de más difíciles de sortear por el hacedor de relatorías, o por aquellos que transcriben por ejemplo una entrevista, es cómo y dónde poner los signos de puntación. Sabemos que en la oralidad contamos con las manos y la mirada para para ayudarnos a expresar un mensaje, pero cuando deseamos pasar ese mundo gestual al papel, nacen muchos interrogantes. Lo mejor, y esa es otra pista con excelentes resultados, es escuchar todo el turno o la intervención de alguien antes de transcribirla; esa podría ser ya una indicación de que ahí debemos poner un punto seguido. Después analizaremos, dependiendo lo largo o corto de la alocución, si amerita incluir comas o puntos y comas. Para decirlo de otra forma: lo fundamental es detectar las ideas gruesas, los bloques de habla mayores, para luego sí proceder a dividirlos en unidades más pequeñas.

Lo dicho aquí para las sesiones de tutoría de investigación se aplica igual a las reuniones de trabajo o a las juntas de muchas organizaciones en las que, por carecer de relatorías, terminan alargándose o repitiendo lo que en sesiones pasadas ya se debatió o sobre asuntos para los cuales ya se determinaron medidas específicas. Quizá esa desmemoria o ese gusto de “hablar por hablar” no solo lleve a la apatía de los participantes, sino a la sensación de que no se avanza en un proyecto, o que esas reuniones son un encontrarse para perder el tiempo.

Ir entrando en la vejez

Guy Billout

Ilustración de Guy Billout.

Al ir entrando en la vejez, uno quisiera seguir igual que cuando tenía cuarenta años o algo menos. Que no le doliera nada, que el cuerpo se repusiera de un desgaste en corto tiempo y que el sueño siempre fuera continuo y reparador. Sin embargo, esto no es así. Una pequeña dolencia aparece, un desbarajuste en alguno de los sistemas empieza a sufrir sus averías: una pérdida de visión o de audición, algún problema digestivo, óseo, muscular o de intolerancia a determinados alimentos. Varios de esos desbarajustes son intermitentes, otros pasajeros y algunos más, comienzan a instalarse en nuestra cotidianidad. La contradicción está en que, en la mayoría de los casos, nuestro espíritu sigue fiel a esa idea de ser joven y saludable. La mente conserva ese ideal que trata, no sin cierta ansiedad, de negar lo que el cuerpo le va mostrando con sus malestares y sus necesidades de atención. Es como si se produjera un conflicto interior entre el espíritu vigoroso y un organismo que muestra su debilidad. Por momentos esa lucha se intensifica; ciertos días parecen tranquilos para hacer las paces y, en otras ocasiones, la disonancia entre el cuerpo y el espíritu se torna intermitente o ambivalente. En todo caso, esa tensión comienza a formar parte del estar entrando en la tercera edad.

De igual manera, las visitas a los centros médicos y a los especialistas se tornan más frecuentes, cuando no la súbita necesidad de ir de Urgencias a una clínica cercana. Hasta llegar a esta edad, nuestra voluntad y nuestro deseo gobernaban al cuerpo, lo exigían hasta donde quisiéramos, lo volvíamos un medio de nuestros caprichos y apetencias. Ahora la situación es diferente: es el cuerpo el que direcciona y jerarquiza nuestras rutinas o nuestros deseos. Se empieza, entonces, a escucharlo, a oír con cuidado lo que desea expresar con sus síntomas y señales. Sólo en esta edad, o antes para determinadas personas, cobra cabal sentido la preocupación por ese amigo que nos ha acompañado silenciosamente a lo largo de muchos años. Ahora él, ese compañero obediente de viaje, reclama o exige que le prestemos toda nuestra atención. Y si en otra época, cuando éramos niños, el cuerpo no era muy consciente de lo que le acaecía, en esta edad sucede todo lo contrario: nuestra memoria, nuestra experiencia, hacen eco de las demandas del cuerpo enfermo. Esa conciencia trae consigo la preocupación, el conflicto, las dudas, los preámbulos del acabamiento. Siguiendo de cerca a Spinoza, la vejez es una merma de nuestro estado de alegría. No obstante, y eso es algo de lo que nos hablaban nuestros mayores o que está consignado en textos de sabiduría, el espíritu aprende a “adaptarse” y a seguir aprovechando las bondades de seguir estando vivo. A pesar de los achaques y las dolencias, de las molestias cotidianas que va trayendo la vejez, el espíritu incorpora su nueva identidad y persiste en ponerse de pie para no claudicar o rendirse a lo que se opone a sus antiguos anhelos. 

Cuánto ayuda en los momentos de mayor ansiedad el contar con las palabras y la presencia de los seres que nos quieren o de esos otros que manifiestan su amor inquebrantable. Sortear las puertas de la fragilidad es más llevadero al tener los brazos solidarios, la compañía, la confianza o las voces amigas de genuina preocupación. Al adentrarnos en la vejez comprobamos nuestra necesidad de los demás, nos reconocemos débiles y profundamente urgidos de cuidado. Tal vez esta evidencia hace que muchos de los orgullos y vanidades juveniles o la soberbia displicente de los años vigorosos, cedan su paso a cierta humildad que se parece mucho al disfrute de las pequeñas alegrías, a la tranquilidad de una noche de sueño, al sereno proceder de las labores cotidianas. Los mismos quebrantos y molestias del cuerpo van llevando al espíritu a entender otros ritmos, a ansiar otros placeres, a darle sentido a otras cosas.

Toda la vida del hombre es un continuo aprendizaje, pero el de comenzar a envejecer exige virtudes como la paciencia. Paciencia, tesón, resistencia, aguante…, todo ello se convierte en la otra dieta que acompaña al cuerpo que empieza a debilitarse. Por lo demás, a medida que pasan los años los procesos de recuperación son más lentos. Eso enseña un viejo refrán holandés: “La enfermedad viene a caballo, pero la recuperación a pie”. Nada se mejora de manera rápida o mágica. Razón de más para obligar a nuestro espíritu a armarse de temple para resistir –sin partirse– las crisis, las recaídas, las peripecias de la salud inestable. Sin fortaleza los padecimientos parecerían insalvables, las extensas horas en las salas de espera o los exámenes interminables se harían insoportables, los efectos de un fármaco no podrían aguantarse. Fortaleza es sinónimo de persistencia, de ver siempre la esperanza de mejoría más allá de lo imposible, de buscar alternativas a lo que comienza a ser una enfermedad crónica o a la dependencia de un medicamento para sobrellevar esa nueva condición del cuerpo que inicia su envejecimiento.

Desde luego, los primeros indicios del desgaste del cuerpo dejan todavía un margen amplio para la rehabilitación, para las terapias que permiten recuperarse, para los suplementos vitamínicos que reconstituyen la falta de energía, para los especialistas que proponen rutinas de curación. Allí, en ese margen de revivificación, el espíritu se aferra con bríos para seguir adelante en los proyectos pendientes y mantener en alto un ideal o salvaguardar intacto el ardor de una vocación. Aunque ya se empieza a formar parte de los encanecidos y fatigados, a pesar de ya no tolerar ciertos alimentos, con más prótesis a cuestas y medicamentos en la mesa de noche, aun así, el espíritu impulsa al cuerpo a abandonar el lecho y salir en busca del sol. Todavía el corazón es inmune a la renuncia, quedan muchos campos por sembrar y la vida misma se abre como un paisaje de insospechadas experiencias.