El poema en la imagen (III)

Fotografía de Carlos Andrés Rubio Cruz.

PEQUEÑO JARDÍN

En medio de áridas rutinas

o del agobiante tintineo

de conquistar con las manos la sobrevivencia,

los seres humanos necesitan

de pequeños jardines

en medio del desierto.

Puede ser un vergel de fantasía,

una complicidad perfecta

o un corto recreo lúdico y feliz.

Eso no importa.

Lo que cuenta es hallar ese oasis,

inventarlo si es preciso,

descubrirlo entre las dunas interminables 

y los eriales que a diario nos asedian con su sequía.

Fotografía de Carlos Andrés Rubio Cruz.

FUMAROLAS

Pasado el fuego abrasador

y la incontenible furia

guardada en sus entrañas,

una vez las ansias incandescentes

arrasan todo a su paso,

la pasión del amor

descansa en sosegado silencio.

Aunque es una calma aparente:

debajo de las cordilleras de la piel

sigue ardiendo la sangre,

ese líquido ardor de ancestrales cavernas.

Basta la chispa de una palabra,

el esperado toque de las manos,

o la súbita lumbre de unos ojos,

para volver a desatar el paroxismo.

El deseo es un volcán dormido.

Fotografía de Carlos Andrés Rubio Cruz.

DECLINAR DEL SOL

Es necesario imponerse la meta

de llegar al ocaso de la vida

con la justa experiencia

y la sabiduría necesaria

para estar tranquilos y sin remordimientos.

Que sin angustias o vanos anhelos,

sin nostalgias amargas

o pasiones a destiempo,

podamos atravesar el río de nuestra existencia,

disfrutar el declinar del sol

con la misma alegría de sus primeros rayos.

Y que tengamos la fuerza suficiente

para mantenernos de pie en nuestra barca.

Obstáculos notorios al acto de enseñar

Ilustración de Pawel Kuczynski.

Además de la desmotivación de algunos estudiantes por aprender, que si se cuenta con buenas estrategias didácticas y recursos variados de enseñanza puede combatirse o al menos minimizarse, hay otros obstáculos que enfrenta cotidianamente el maestro y sobre los cuales deseo reflexionar en esta ocasión. Advierto, de una vez, que estos obstáculos ni los presentan todos los estudiantes, ni tienen la misma intensidad en todos los niveles educativos, ni se dan de manera idéntica en todos los contextos. Sin embargo, lo que me importa es mostrar que estos impedimentos hoy se hacen más notorios en nuestro ambiente educativo.

El primer obstáculo para enseñar es que los estudiantes no quieran aprender. Puede que el maestro tenga la mejor disposición, que prepare con ánimo su clase, que se tome en serio un grupo de aprendices, pero si no hay ese impulso o esa disposición para aprender en sus estudiantes es casi imposible lograr los objetivos de enseñanza. A veces esa falta de disposición está asociada a la pereza o el desgano espiritual, a una fractura entre los intereses de una generación y la precedente, a una creencia equivocada sobre la utilidad inmediata de determinados conocimientos o a una clara minusvalía de la escuela frente a los valores de éxito que una época pone como deseables. En todo caso, si el estudiante no tiene la disposición para aprender de nada servirá la pulida organización expositiva de los contenidos, las correcciones y recomendaciones que el profesor le haga en sus trabajos o la animada interacción propuesta en clase. Dicho de manera más contundente: para poder enseñar se requiere alguien que desee aprender. La relación pedagógica se fractura si el deseo de saber se instaura desde la obligación, o cuando el desgano del aprendiz es el modo de responder a la pasión por enseñar.

Un segundo impedimento proviene de la autosuficiencia de “eso ya lo sé” con que los estudiantes juzgan lo que se les está tratando de enseñar. A veces una información superficial sobre algo se convierte en rasero para “sospechar” lo que un docente dice o trata de explicar. Esos reducidos presaberes o el exceso de opiniones dadas por hecho (casi siempre alimentadas por creencias infundadas) terminan por bloquear los nuevos aprendizajes. Dicha autosuficiencia le quita al saber su novedad, lo reduce al inmediatismo de la opinión pública o, lo más lamentable, conduce a que pierda su talante de conocimiento validado en el tiempo al equiparársele con simples “ideas del profesor”. Para aprender es fundamental asumir a cabalidad el rol de discípulo; es decir, de aceptar que otro pueda enseñarnos algo, de “dejarnos” para que ocurra tal evento. La enseñanza requiere discípulos capaces de seguir, así sea por un tiempo, a su maestro. En el fondo de este obstáculo está la incapacidad del estudiante para desaprender lo que cree ya sabido y lograr así acoger otro aprendizaje. Por supuesto esto no es fácil, y más cuando la juventud o la inexperiencia los hace altaneros, arrogantes y proclives a la burla de sus maestros. Quien pretende ser maestro siendo aprendiz, difícilmente logrará aprender algo; porque su afán está en hablar y no en aprender; porque su mente y su corazón andan más preocupados en refutar y contradecir que en entender y aprovechar. Sin una genuina recepción del discípulo para escuchar no puede asimilarse la enseñanza del docente.

El desprecio hacia la tradición, hacia el legado cultural del pasado, por un deslumbramiento obsesivo hacia la información novedosa, constituye un tercer impedimento. Un buen número de estudiantes miden la importancia de un saber a partir del “top” de lo más visto o de la notoriedad en los medios digitales. En consecuencia, enseñar una asignatura densa, de peso científico o con rigor académico, riñe con la frivolidad de las noticias insustanciales o con el modo leve de entretención propagado en las redes sociales. Resulta tesonero enseñar a leer, por ejemplo, “obras clásicas” si lo que se tiene como referente son los best Sellers o cuando en lugar de estudiar el contenido lo que se espera es conocer la vida privada de los autores, ojalá desde el foco de sus pasiones o sus vicios. El desprecio hacia el pasado se hace más evidente en una despreocupación por los temas de la historia y en una incapacidad real para contextualizar la información de actualidad. Este afianzamiento en el hoy, en lo inmediato, no permite aprender la importancia de estudiar el pasado para comprender el presente y, menos aún para avizorar el futuro. Más que un legado valioso, el saber consolidado es visto como un lastre y, a las instituciones que lo representan, como sitios anacrónicos o tediosos. El obstáculo se intensifica para el maestro al momento de intentar formar en el pensamiento crítico al estudiante porque, al carecer de referentes sólidos y anclados en un capital cultural acumulado, tiene que enfrentarse una y otra vez a la opinión sin fundamento o el prejuicio intransigente.

También es notoria la desatención frecuente de los estudiantes en clase, ocasionada –entre otras cosas– por el uso continuado de los celulares. Dicha desatención se convierte en un obstáculo porque debilita la comprensión de las exposiciones del maestro, pasa a un segundo plano las intervenciones de los compañeros y empobrece el resultado del trabajo en grupo. La desatención afecta la capacidad de concentración, merma la aprehensión de contenidos y debilita la memorización de datos relevantes o significativos. Esta es una de las causas de los bajos resultados en las pruebas censales en las que el recuerdo de determinadas nociones, la distinción de conceptos y el dominio de ciertos saberes declarativos, son imprescindibles para obtener buenos resultados. El uso habitual de celulares, la interferencia constante de mensajes, empobrecen la atención; estos dispositivos en lugar de ser usados para contribuir a profundizar en alguna temática disciplinar, se ocupan preferentemente en hacer circular los rumores de la vida cotidiana escolar, escuchar música, compartir videos o entretenerse jugando. Vale la pena recordar que, cuando se habla de efectividad en el aprendizaje, resulta imprescindible mantener la focalización de la atención, la merma de distracciones y la confluencia de varios de nuestros sentidos. Caso contrario, será fácil perder el hilo de la exposición del docente y, a partir de allí, desembocar en el desinterés, la apatía y la divagación ensoñadora.

El desdeño o inobservancia al seguimiento de instrucciones constituye un obstáculo más para el quehacer docente. En el afán por llegar rápido al resultado se pasan por alto las indicaciones detalladas del profesor, las advertencias sobre los errores frecuentes al elaborar un producto, las fases progresivas que articulan un logro. Precisamente, por no seguir las instrucciones es común que los trabajos o las actividades fracasen, se caiga en la confusión o se termine haciendo una cosa diferente a la solicitada. De nada sirve que el maestro prepare guías, fichas y protocolos cuando se desea acompañar el aprendizaje de un contenido o un procedimiento, porque el estudiante al momento de realizar dicha tarea opta por realizarla de cualquier manera, sin ningún método, confiando en que de pronto –en un chispazo de genialidad– alcance el objetivo esperado. Al sobrevalorar el resultado sobre el proceso, no se entienden ni aprenden los pormenores de una disciplina, las técnicas o habilidades complejas, el desarrollo evolutivo de un producto. El no seguimiento de instrucciones se convierte en un obstáculo al enseñar porque fractura la apuesta por la secuenciación del aprendizaje, desdibuja el valor de la planificación y conduce a la idea fantasiosa de que aprender en un hecho espontáneo o de suerte. Detrás de este desdén por las instrucciones se esconde una suposición errónea de los aprendices: la de creer que atender dichos pasos reglados va en detrimento de su creatividad, cuando en el fondo es un modo ordenado de potenciar sus talentos, optimizando el tiempo, las actividades y los recursos.

Un sexto obstáculo al oficio docente radica en la negación a lo que implique trabajo extra o la falta de persistencia de los estudiantes para lograr productos de calidad. Lo que se espera es que el profesor ponga tareas fáciles, rápidas, “sin tantas arandelas”. Todo aquello que demande corregir, volver a hacer, trabajar en una versión mejorada, no es de buen recibo o, si por obligación se realiza, apenas sufre ligeras modificaciones. Por lo demás, lo que se quiere es acertar en el primer intento y lograr buenos resultados con mínimos esfuerzos. Hay una idea generalizada de aprender en el menor tiempo posible, ojalá con una didáctica centrada en “tips” sencillos o encapsulada en consignas prácticas de fácil ejecución, y que no demanden hacer lecturas adicionales o buscar fuentes complementarias. El estudio ha dejado de ser una virtud intelectual al igual que las técnicas para lograr un aprendizaje significativo. Tener un hábito de estudio se considera inútil o aburridor. Esta falta de dedicación y empeño en cualificar las tareas y perfeccionar los trabajos se hace más fuerte en aquellos maestros considerados “exigentes”, porque tienen problemas frecuentes a la hora de evaluar los productos de sus estudiantes, ya que se los tilda de “injustos” si se mantienen en el criterio de que las tareas presentadas no cumplen con los objetivos propuestos. De allí que se tenga un conocimiento superficial de muchos asuntos, se pase de un curso a otro sin alcanzar niveles académicos claramente definidos y se carezca de aprendizajes realmente interiorizados.

Diré para terminar que estos obstáculos y otros que cada maestro enfrenta en su trabajo diario, se agravan mucho más cuando no se cuenta con el apoyo institucional, cuando los padres de familia se hacen los desatendidos y cuando las políticas educativas y la misma sociedad contribuyen poco a dignificar la profesión docente. Sé que cada educador, echando mano de su experiencia y su tenacidad, halla recursos innovadores para combatir estos impedimentos; sin embargo, buena parte de sus iniciativas de enseñanza quedan truncadas o a medio camino por los motivos expuestos. Pienso que deberíamos hablar más de estos asuntos con los mismos estudiantes, volverlos motivo de reflexión y líneas de intervención en los planes académicos, darles trascendencia en todas las instituciones formadoras de maestros. Porque no creo que sólo afecte a los educadores, sino que –como lo estamos viendo y padeciendo– tiene repercusiones profundas en nuestras relaciones de convivencia, en la idoneidad de los profesionales egresados y en el talante moral que guía las decisiones de las nuevas generaciones.

Volver a mirar Ladrón de bicicletas

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«Se puede dormir sin sábanas…», pero no sin recuperar esta bicicleta.

Es evidente que Ladrón de bicicletas, la película de Vittorio De Sica, recoge varios de los postulados del neorrealismo italiano de la década del 40[1]. Sirvan de ejemplo: la opción por centrarse en hechos banales y no en grandes acontecimientos: “mi objetivo es el de descubrir lo dramático en las situaciones cotidianas, lo maravilloso en la breve, o incluso brevísima crónica, considerada por la mayoría como una materia gastada”[2]; la decisión de buscar actores “naturales” y no figuras reconocidas del mundo cinematográfico[3]; la prelación de grabar en exteriores, en la calle, en los barrios populares, a la manera de un documental, más que en los estudios; y la intención de utilizar el cine como un medio para despertar la conciencia y no tanto como una entretención ciega ante los problemas sociales: “nuestra preocupación común consiste en intentar saber cómo están las cosas a nuestro alrededor; y que esto no parezca una banalidad: para mucha gente la verdad carece de interés, o por lo menos no están interesados en darla a conocer”[4]. Estas ideas renovadoras del cine italiano ayudan a comprender lo que Vittorio De Sica y su colaborador y guionista Cesare Zavattini lograron materializar en esta película, filmada en 1945, y que se estrenó en el cine Metropolitan de Roma el 24 de noviembre de 1948[5].

El argumento del film resulta bastante conocido: es la historia de Antonio Ricci, un desempleado de posguerra que consigue un trabajo en el ayuntamiento como pegador de carteles de películas, con la condición de que tenga su propia bicicleta. Para resolver tal dificultad –porque tenía dicho vehículo empeñado–, Antonio con la ayuda de María, su mujer, deciden llevar las sábanas de la dote a la prendería para recuperar la bicicleta. Orgulloso de cumplir con esa condición laboral llega a su primer día de trabajo, sale a poner carteles en la ciudad, pero, en un descuido le roban la bicicleta. Acompañado de Bruno, su pequeño hijo, empieza la búsqueda del ladrón. Con ayuda de unos amigos, indaga en mercados callejeros de ventas de bicicletas robadas, busca indicios en diferentes lugares, pregunta a distintas personas, hasta que al fin da con el ladrón, pero éste se vale de la complicidad de sus familiares y compinches para negar cualquier tipo de acusación. Antonio, al ver que la policía no puede hacer nada para que le devuelvan su vehículo, abandona la búsqueda. Desesperado, no ve otra salida que robarse una bicicleta, pero es atrapado en el intento. El dueño no presenta cargos al ver las lágrimas de Bruno. Al final de la película el padre y el hijo, cogidos de la mano, se pierden entre la multitud. En síntesis, es una “historia simple y lineal” pero, como cuenta Vittorio De Sica en sus memorias, la película “recoge en sus pequeños personajes todo el dolor del mundo, la soledad y el egoísmo de todos”[6].

De Ladrón de bicicletas, la película de Vittorio De Sica, se han afirmado muchas cosas: que es “una obra maestra de observación de la vida en su aterradora banalidad”[7];“una denuncia sobre la impotencia de las instituciones para resolver con dignidad los dramas del proletariado”[8]; “el drama minúsculo de un pobre hombre ignorado y perdido en la vida cotidiana de una ciudad”[9];“una aventura humana vestida con tal carácter de universalidad, que imita en esto al clasicismo”[10]; “un manifiesto de la condición humana en situaciones de pobreza y dificultad extremas”[11]; “un ejemplo supremo del cine puro”[12]. Críticos, cineastas, historiadores del cine, coinciden en una cosa: es una de esas películas inolvidables, un referente obligado en la historia del cine, un clásico. Trataré de ahondar en algunos aspectos que, desde mi perspectiva, subrayan la frescura interpelativa de esta cinta, nos sensibilizan hacia la fragilidad de la condición humana y explican por qué sigue permitiendo interpretaciones y lecturas diversas.

Empezaré por subrayar la trascendencia que De Sica da a lo banal, a esos asuntos cotidianos que resultan intrascendentes para la mayoría de las personas, salvo para quien los padece. En el barullo citadino no tiene gran importancia que alguien esté desempleado, que visite regularmente las casas de empeño o que le roben su bicicleta. Son cosas “normales” o –por habituales–, apenas dignas del interés público. Sin embargo, cuando tales hechos se los asocia con la angustia individual que producen, con el conflicto existencial que representan, con las discusiones familiares que provocan, con los dilemas morales que ponen en juego, entonces esos incidentes, cobran un valor o una relevancia inusitada. Ladrón de bicicletas es un ejemplo de tal cambio de perspectiva sobre hechos secundarios: “pocas veces puede verse, con más claridad, cómo un asunto, la simple anécdota, se transforma por completo, al insuflarle otros valores esenciales”[13]. Lo anecdótico pierde su cáscara de simplicidad y deja ver, adentro, la médula de la complicidad en pareja para enfrentar las dificultades diarias, las tensiones afectivas entre un padre y su hijo, la lucha por mantener la dignidad a pesar de las desgracias. Estas anécdotas insignificantes, enfocadas y desmenuzadas en diferentes episodios, muestran que “en el momento presente son vividas como una pesadilla” [14], así para los que están alrededor no sean más que problemas pasajeros. Ahora bien, cuando se pone en el centro lo banal, al mismo tiempo entran en juego dos fuerzas sociales: la solidaridad y la indiferencia. Habrá unos que sentirán la necesidad de prestar su interés y sus actos para ayudar al que sufre ese impasse, mientras otros no tomarán en serio dicho asunto o pasará totalmente inadvertido. De un lado, estarán, entonces, Baiocco, el amigo director del grupo de teatro y sus dos compañeros basureros, y de otro el policía de la comisaría a la que Ricci va a poner el denuncio; una fuerza corresponde a Bruno, el hijo que sirve de compañía en la búsqueda de la bicicleta robada y otra, más numerosa, es la masa anónima indiferente que pasa de largo sin fijarse en Antonio o se apretuja para tomar el transporte público.

Otro punto, sobre el cual quiero detenerme, es el sincero realismo con que De Sica muestra la relación entre un padre y un hijo.  O si se prefiere entender de otra manera, la desidelización de la figura paterna. Ladrón de bicicletas no presenta una relación filial perfecta o que responda a un modelo “sin mancha” de este vínculo afectivo. Por el contrario, lo que se aprecia en la película es el vaivén emocional en esa relación, la tensión que en ocasiones se produce según las circunstancias, el descuido momentáneo ante un accidente callejero, el temor mayúsculo del padre por el posible ahogamiento de su hijo, las pequeñas rencillas y las reconciliaciones a partir de compartir una comida, los estados de admiración por el progenitor al igual que el momento de vergüenza al verlo cometer un acto censurable. El crítico de cine norteamericano Jonathan Rosenbaum afirma que “Ladrón de bicicletas contiene la que seguramente sea la mejor descripción de la relación entre padre e hijo en la historia del cine, plagada de sutiles fluctuaciones y gradaciones evolutivas entre los dos personajes en términos de respeto y confianza, y resulta impresionantemente desgarradora”[15]. Pero lo más esencial, lo más humano de este vínculo filial es que, a pesar de los inconvenientes o las incomprensiones circunstanciales, el vínculo entre padre e hijo prevalece. A lo largo de todo el film el hijo es testigo de las acciones de su padre, camina con él, comparte sus angustias, su ira, su desaliento; le sirve de estímulo para que él no cese en su propósito y, al final de la película, le ofrece su pequeña mano cuando a Antonio ya no le queda más que la vergüenza y la desilusión[16]. No se trata de una relación estereotipada y adulzorada en la que todo acontece según los cánones de la relaciones correctas e irreprochables, sino del drama de un vínculo filial con vicisitudes, con altibajos, dinamizado por los variables estados de ánimo que provienen de la pobreza, de la impotencia ante el infortunio y del afán por tener un empleo.  

Avanzo en un aspecto que, sin lugar a dudas, tipifica muy bien lo medular de esta obra maestra. Me refiero a proveer de otro sentido a las cosas, a los objetos que hacen parte de nuestra existencia. En este caso hablo, por supuesto, de la bicicleta, de la Fides modelo ligero 1935. El eje de la película responde a un dato histórico: “la pérdida de una bicicleta no es un asunto baladí en la Italia de la posguerra: las carencias (cuando no inexistencia) del transporte público la han convertido en un objeto imprescindible para la mayor parte de trabajadores y, por lo limitado de la oferta, en producto de lujo que hay que conseguir en el mercado negro”[17]. Sin embargo, lo interesante es cómo ese objeto va adquiriendo a lo largo del film una robustez de significados que bien vale la pena analizar. En principio, la bicicleta es una “condición” para alcanzar el trabajo en el ayuntamiento; sabemos después que ella, al empeñarse, ha servido de salvación para la sobrevivencia de la familia de Antonio; más tarde, cuando por fin la recupera,  se convierte en un objeto de culto por parte del hijo (“esta bicicleta no puede tener abolladuras”, afirma Bruno mientras la limpia); después, cuando Ricci va al primer día de trabajo, se la carga al hombro como si fuera una consorte especial, un bien preciado del cual no puede desprenderse, un objeto que no quiere dejar en el piso. Sucedido el robo, hay un temor porque no la hayan desmembrado o despedazo en el mercado de bicicletas robadas; la bicicleta es y debe seguir siendo única, íntegra. En medio de esa búsqueda, Antonio le promete a su hijo que “si la encontramos hacemos una fiesta”; es decir, la bicicleta también es un objeto de celebración, de felicidad, de triunfo. Bien parece que la bicicleta es más que un simple medio de transporte: en la novela de Luigi Bartolini, que sirvió de inspiración a De Sica y Zavattini, se dice que el autor “necesita la bicicleta más que el pan, pues si el pan le sirve para quitarse buenamente el hambre, la bicicleta representa para él otro pan, el del bien espiritual”[18]. Todos estos significados confluyen en un eje alegórico sintetizado muy bien por Gabriel García Márquez: “en la película, la bicicleta se convierte en un mito, en una divinidad con ruedas y pedales con cuyo concurso –y sólo con él– el hombre será superior a su hambre”[19].

Me parece importante señalar que en Ladrón de bicicletas hay otra cuestión que, si bien parece contradictoria, me resulta de un enorme valor existencial. La película podría parecer desesperanzadora si se la mira desde la perspectiva de alguien que pierde algo propio, lo sale a buscar y no lo encuentra. Es un film sobre una búsqueda fallida. Sin embargo, podría entenderse de otra manera: la de una persona que, a pesar de la desidia o poco interés de las instituciones gubernamentales en su situación, de vivir la insolidaridad de la gente, persiste en su empeño de encontrar una cosa que considera muy valiosa: “si supiese lo que significa todo esto para mí”. Antonio no renuncia fácilmente a haber perdido su bicicleta; tampoco deja de preguntar y de buscar; de acudir a diversas instancias (aún mágicas como La Santona) para hallar indicios que lo lleven a dar con el paradero del ladrón. Se arriesga, discute con vendedores de piezas robadas de bicicleta, reclama, encuentra al joven delincuente, pide infructuosamente a las autoridades que lo retengan, se enfrenta a una muchedumbre cómplice, y como última posibilidad, intenta robar otra bicicleta para reponer la propia. Arriesga hasta la vergüenza para no llegar con las manos vacías a su casa. Cada suceso parece una odisea marcada por el infortunio; no obstante, los gestos contenidos de Antonio al final de la película, la actitud estoica de los que asumen la desgracia con dignidad, es algo que conmueve y dota de fortaleza el espíritu: hay que seguir adelante enfrentando las dificultades cotidianas de la vida[20]. Vittorio De Sica logró su cometido: Ladrón de bicicletas es una película desconsoladora, pero sin autocompasión”[21]. Seguramente, al otro día, Ricci llegará a engrosar una vez más la fila de desempleados que esperan ansiosos la oportunidad de algún trabajo, ojalá sin la condición de tener una bicicleta.

Cierro este comentario dejándome afectar, una vez más, por ciertas imágenes o secuencias de Ladrón de bicicletas. En mi mente sigue vibrando la escena de Antonio y María, alegres, compartiendo sueños y proyectos al saber que por fin él tiene un trabajo; me sigue conmoviendo la tristeza de Antonio cuando termina el primer día y no ha hallado al ladrón y tiene que soportar la larga filas y los empellones de la gente para tomar un bus de servicio público; me interpela profundamente la complicidad de su hijo Bruno, que va con él como un testigo de la odisea de su padre, como alguien que desea ser más grande y tener más fuerza para ayudarlo a resolver ese problema; me siento solidario con ese hombre honesto que hace lo correcto, y que, sin embargo, maquina en silencio la realización de un acto indigno para lograr sobrevivir. Y, desde luego, me queda como imagen imborrable las lágrimas últimas de Antonio, su impotencia o frustración condensada en una mirada perdida en la desesperanza, y el llanto de su pequeño hijo que le extiende su mano en actitud solidaria.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Para ahondar un poco en este “movimiento” vale la pena revisar, por ejemplo: “Neorrealismo italiano y films franceses (1945-1960)” de Georges Sadoul en Historia del cine mundial, Siglo XXI, México, 1977; El cine italiano, 1942-1961. Del neorrealismo a la modernidad de Ángel Quintana, Paidós, Barcelona, 1997; “El neorrealismo y los grandes directores italianos” en Historia del cine de José Luis Sánchez Noriega, Alianza, Madrid, 2018; “La devastación de la guerra y el nuevo lenguaje fílmico (1945-1952). La expansión del realismo en el cine mundial” de Mark Cousins en Historia del cine, Blume, Barcelona, 2021.

[2] “Bartolini vs. De Sica” en Luigi Bartolini, Ladrones de bicicletas, Sajalín, Barcelona, 2009, p. 180.

[3] “De Sica le dio un papel a Lamberto Maggiorani, un obrero, cuando éste llevó a su propio hijo a la prueba para el papel de Bruno. Lianella Carell, una periodista, obtuvo el papel de mujer de Maggiorani cuando fue a ver a De Sica parta hacerle una entrevista. Enzo Staiola, que interpretó el papel de Bruno, fue descubierto por De Sica mientras contemplaba el rodaje de la película”, comenta John Kobal, en Las cien mejores películas, Alianza, Madrid, 2008, p. 31.

[4] Cesare Zavatini, “Tesis sobre el neorrealismo” en Textos y manifiestos del cine, editores Joaquim Romanguera y Homero Alsina, Cátedra, Madrid, 1989, p. 206.

[5] La dupla complementaria entre De Sica y Zavattini se comprende mejor en esta declaración del director italiano: “Nos unimos. Él para darme su experiencia literaria, su fantasía, su genialidad, y yo, para darle a él mi sinceridad humana, mi adhesión humana a las cosas de la vida, esta necesidad de ser verdadero, de ser sincero”, en Entrevistas a directores del cine italiano de José Ángel Cortés, Magisterio español, Madrid, 1972, p. 85.

[6] Vittorio De Sica, La puerta del cielo. Memorias 1901-1952, Confluencias, Salamanca, 2015, p. 107.

[7] René Jeanne y Charles Ford, Historia ilustrada del cine, vol. 3, Alianza, Madrid,1984, p. 181.

[8] Claude Beylie, Películas clave de la historia del cine, Robinbook, Barcelona, 2006., p. 188.

[9] Manuel Villegas López, Los grandes nombres del cine, Planeta, Barcelona, 1973, p. 144.

[10] Henri Agel, Vittorio De Sica, Rialp, Madrid, 1957, p. 86.

[11] Paolo D’Agostino, Películas legendarias, Blume, Barcelona, 2009, p. 117.

[12] André Bazin, “Ladrón de bicicletas” en ¿Qué es el cine?, Rialp, Madrid, 2021, p. 341.

[13] Manuel Villegas López, op.cit., p. 144.

[14] Henri Agel, op. cit., p. 86.

[15] Reseña en Steven Jay Schneider (coord.), 1001 películas que hay que ver antes de morir, Grijalbo, Barcelona, 2008, p. 233.

[16] Quisiera recordar acá lo que escribió André Bazin sobre el gesto final de Bruno al dar la mano a su padre: “La mano que desliza en la suya no es ni el signo de un perdón ni de un consuelo pueril, sino el gesto más grave que puede marcar las relaciones entre un padre y un hijo: el que las pone en un plano de igualdad”, op. cit., p. 334.

[17] Santiago Aguilar y Felipe Cabrerizo, Vittorio De Sica, Cátedra, Madrid, 2015, p. 122.

[18] Luigi Bartolini, Ladrones de bicicletas, Sajalín, Barcelona, 2009, p. 16.

[19] Gabriel García Márquez, “Ladrones de bicicletas” en Obra periodística 1. Textos costeños, Norma, Bogotá, 1997, p. 332.

[20] Como afirma el historiador de cine francés Pierre Leprohon, “Los seres desdichados o fracasados del neorrealismo nunca encuentran en la violencia o en la crueldad, en la amargura o en la desgracia, su justificación. Son humanos por su negativa de ceder a la pesadumbre, a la fatalidad de su destino, por la ternura que conservan hacia la vida, aunque sea la más miserable”, en El cine italiano, Era, México, 1971, p. 136.

[21] John Kobal, Las 100 mejores películas, Alianza, Madrid, 2008, p.51.

Aprender a ser docente

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Capacitación a miembros del Grupo GRACA-Univalle.

Los estudiantes de la licenciatura en lenguas extranjeras de la Universidad del Valle, que sirven de apoyo al Grupo GRACA (Grupo de Apoyo Académico), en un pasado encuentro sobre “la lectura crítica y la escritura en las disciplinas” también me formularon un buen número de preguntas sobre el oficio docente. Por considerarlas relevantes al derivarse de sus primeras experiencias o sus expectativas con las prácticas de enseñar, me pareció importante compartir con los lectores algunos esos interrogantes y darles respuesta en este espacio.

¿Cómo fue su proceso o experiencia personal al pasar de estudiante a maestro? (Edwin Alejandro Acosta Caicedo).

Todo se inicia cuando después de terminar el grado 11 empecé a ser profesor en el mismo colegio donde obtuve mi título de bachiller. Pienso que el rector vio en mí potencial para ser maestro. Lo primero que hice fue emular a los buenos maestros que había tenido y tratar de no cometer los mismos errores de otros que consideraba poco provechosos. De igual modo fueron cualificándome los diálogos frecuentes con profesores que ahora eran mis colegas y una dedicación a cada una de mis clases. Más tarde, cuando hice mi pregrado en Estudios literarios en la Universidad Javeriana, sucedió algo semejante, pues empecé a trabajar como docente, apenas me gradué, en la carrera de comunicación social. Conservé esa misma consigna de darle continuidad a los ejemplos de buenos profesores y evitar los modelos de quienes no tenían habilidades docentes. Desde ahí empecé a descubrir un problema: se puede saber mucho de una asignatura, pero carecer de elementos didácticos para enseñarla. Esto me llevó a profundizar en las estrategias y habilidades de comunicación para mejorar la práctica docente. Mucho más tarde, cuando concluí mi maestría en Educación se repitió la misma situación: empecé a ser docente del posgrado en que me gradué. En este caso, con toda esa experiencia acumulada, reforzada por mi práctica investigativa, logré hacer una primera síntesis de mis reflexiones y propuestas sobre lo que implicaba enseñar y aprender; tales consideraciones están en mi primer libro titulado Oficio de maestro.

Para ser profesor, ¿debe ser por vocación?; si es así, ¿cómo sé que tengo esa vocación? (Juan Esteban Ramírez). Siendo docentes todo parece ser siempre igual, ¿significa que no es mi vocación? (Alejandra Pérez).

Si entendemos la vocación como “aptitudes”, diría que sí. Aunque a veces esa vocación se va descubriendo o tiene ciertas “epifanías” que llevan a reconocerla. Cuando nos gusta estar con otras personas, ayudarles de muchas maneras, servir de guías para sortear sus dificultades de aprender algún asunto; cuando comprobamos que se nos facilita “traducir” algún conocimiento en un lenguaje entendible para otros; que nos divertimos haciendo juegos o liderando actividades de grupo; cuando advertimos que tenemos facilidad de expresión, que persuadimos a otros de lo que pensamos, que no tenemos dificultades para hablar en público… Es muy posible que tengamos la vocación para ser docentes. Pero, para ser maestros no es suficiente con estas disposiciones o características. También se requieren “actitudes” que están asociadas a la disciplina, a la formación académica, al dominio de técnicas y habilidades, al saber profundo de un área o una disciplina. Y si sumamos “aptitudes” y “actitudes”, aún queda otro aspecto que, muchas veces, es el definitivo: la experiencia misma de enseñar a otros, el momento en que estemos solos en el aula, en que “experimentemos” las vicisitudes de la relación maestro-alumno y su acaecer cotidiano. Esta práctica, no siempre llena de aciertos y aplausos, a algunos los reafirma en su vocación y, a otros, les sirve de yunque para descubrir que este no era su camino.

¿Cuál sería su modelo de profesor? (Alejandro Ibarra). Desde tu experiencia, ¿qué consejos nos das para ser un buen docente? (Mariana Restrepo).

Más que modelo, hablaría de un perfil o de un conjunto de rasgos que, de cumplirlos, se acercaría bastante a un maestro de calidad. El primer rasgo tendría que ver con el apasionamiento; es muy difícil ser un excelente educador desde el desgano y la apatía. Es ese apasionamiento el que motiva y hace crecer, el que dinamiza y enciende los corazones de los estudiantes. Un segundo rasgo es el del compromiso o, si se quiere entender de otra manera, el de la responsabilidad, la de seguir preparando las clases y evaluando los productos de los estudiantes, la de cumplir con las obligaciones y enaltecer el oficio. Un tercer rasgo lo asociaría con la capacidad creativa o de innovación; es decir, de mantener en su espíritu el deseo de renovarse y mudar sus prácticas de aula; de explorar en otras estrategias didácticas, de atreverse a experimentar y no dejar de proponer y aventurar. Nada hay más lejano a un buen maestro que un profesor pusilánime, rutinario y predecible. Un cuarto rasgo, que sigue siendo una cualidad indispensable, es la de la paciencia o de la tolerancia con el error ajeno; hasta pensaría que se trata de adquirir una serenidad para sortear desavenencias, conflictos o problemas que siempre acaecen en la relación pedagógica. Y un último rasgo, aunque podrían ser más, el de mantener un actuar ético en el que sus palabras estén en sintonía con lo que haga; en el que lo que anuncie corresponda a lo ejecutado. Esa vigilancia ética es la clave para tener autoridad moral con sus alumnos y el soporte de su ejemplaridad.

¿Cómo me adapto a los distintos estudiantes que pueda encontrar? (Miguel Antonio Gallego Díaz).

Este es un trabajo que empieza en el diagnóstico inicial del grupo, prosigue durante las sesiones de clase y se enriquece con la observación y la interacción con los estudiantes. En un salón habrá, desde luego, una variedad de alumnos, tanto en sus expectativas como en sus capacidades; serán distintos por la procedencia de sus contextos, por el tipo de crianza que hayan tenido, por las expectativas que traen y, especialmente, por sus estilos de aprendizaje. Conocer a los estudiantes, indagar en sus presaberes y dificultades, es parte esencial de la labor de un maestro. La adaptación es de doble vía; del maestro y de los aprendices; cada parte de la relación pedagógica va encontrando los mejores caminos para que la comunicación fluya, para que se afiance la comienza, para que se consolide un vínculo fraterno. Más que fórmulas únicas o formas estandarizadas, cada estudiante le demanda al maestro encontrar las mejores vías para enseñarle y ayudarle a su formación. Lo único cierto es que ni hay grupos homogéneos, ni a todos los estudiantes el maestro logra llegar de la misma manera; también enseña la experiencia que se requiere tiempo para alcanzar una interrelación sincera y productiva.

¿Cómo se mantiene la atención de un grupo por el tiempo necesario para transmitir un mensaje? (Sara Díaz). ¿Cómo puedo hacer que mis alumnos se interesen en mis clases? (Brygitte Navarro).

La atención de los estudiantes depende, en una primera instancia, del interés del estudiante y del tipo de motivación del maestro. Pero, en gran medida, responde a las estrategias didácticas que el educador prevé cuando hace la planeación de su clase, de las actividades que idea, de las tareas que propone, de las habilidades comunicativas que pone en escena. La atención puede depender de cómo inicia su sesión de clase, del modo en que invita a la participación o de los ejemplos que usa con frecuencia. Considero, además, que la variación en las estrategias de enseñanza, los diálogos individualizados, la lectura detallada y los comentarios escritos a los trabajos presentados, el reconocimiento continuo a los pequeños logros, contribuyen a mantener la atención de los estudiantes.

¿Cómo tener una mejor retención de conceptos y de qué manera aprovechar ese conocimiento al momento de enseñar? (María Alejandra Melo Garay).

Para nadie es un secreto que la facultad de la memoria es una aliada para la docencia; poder retener conceptos, autores, definiciones, procesos, bibliografía pertinente y oportuna, es fundamental al momento de enseñar un contenido específico. La memoria se ejercita y hay recursos para favorecerla. La memoria más potente es la memoria asociativa y un aliado para su permanencia es el filtro de la escritura. Tomar apuntes, hacer cuadros sinópticos, diseñar mapas conceptuales, subrayar, glosar y resumir, siguen siendo recursos o habilidades que afianzan y refuerzan la capacidad de recordar. Recomiendo especialmente preparar los temas desde la óptica de un problema y, una vez establecido ese campo de trabajo, comenzar a acopiar información desde diversas disciplinas. Nuestro cerebro necesita ser “asediado”, estimulado muchas veces sobre un mismo tópico para que logre “guardarse” en la memoria. De allí que el mero pasar los ojos por las hojas sea ineficaz para rememorar o que la “cháchara insustancial” no ayude para nada a fijar distinciones y aprender diferencias. La memoria se lubrica con el hábito de lectura y más aún con la relectura; echa raíces profundas cuando se escribe sobre aquello que se lee y toma la forma de lo inolvidable cuando transformamos esa información en otra que pueda ser enseñable. La memoria más duradera está hecha de los conocimientos que hemos interiorizado; es ya un saber encarnado.

¿Cómo se puede mejorar la proyección vocal? (Samuel Bolaños).

Es bien sabido que la expresión oral es el medio más usado en la docencia, el vehículo del mensaje del maestro, el recurso más utilizado para la interacción en el aula. Sin embargo, cuando se trabaja con grupos grandes, se necesita aprender a proyectar la voz de tal manera que la comunicación llegue a todos los estudiantes. Entre todas las técnicas o consejos, lo más aconsejable, si es que se tiene un tono de voz muy bajito, es desplazarse en el salón, usar diferentes puntos de emisión para expresarse. Es recomendable, en la casa, acostumbrarse a leer en voz alta; jugar con las modalidades de la voz, ejercitarse en leer cada párrafo con una entonación diferente. La idea es que la voz vaya ganando en fuerza, en versatilidad. Aprender de memoria poemas u otro tipo de textos para luego entonarlos debajo de la ducha o en la calle contribuye también a ganar en cobertura y mayor volumen. La buena postura, la respiración diafragmática, la humectación permanente del aparato fonador, participar activamente en un grupo de teatro, todo ello resultará de gran ayuda para la proyección vocal. Lo fundamental es tomar conciencia de que la voz es la “herramienta” prioritaria del maestro, al mismo tiempo que se explora en sus potencialidades y se comienza a incorporar la higiene de sus cuidados.

¿Qué es lo más fácil: ser un buen docente o ser un docente bien pagado?, ¿El ser un buen docente te llevará a un buen sueldo o es cuestión de suerte? (Johan David Beltrán).

No creo que se opte por la profesión docente porque se aspire a un sueldo con grandes emolumentos o para, con el pasar de los años, adquirir mucho dinero. Por supuesto que siempre se desea una remuneración justa y acorde con las múltiples labores que hace un maestro. Pero no podemos perder de vista la tensión entre las profesiones y el mercado laboral, la incidencia de las políticas educativas sobre la profesión docente, y la pirámide axiológica que cada sociedad tome como referencia para medir el éxito o la riqueza. Creo que, en el caso de la docencia, las ganancias o los beneficios son de otra índole. Sin embargo, y eso es bueno decírselo a las nuevas generaciones de educadores, si se trabaja con responsabilidad, si se está permanentemente preocupado por la cualificación de la profesión, si se halla un campo del saber en el cual se investigue y se publique, seguramente se logrará obtener un salario que le permite al docente vivir con cierta solvencia y mantener una calidad de vida digna. Por lo demás, vale la pena declarar aquí que no todas las cosas que hacemos, en particular aquellas en las que nos sentimos plenos y con el corazón apasionado, se tasan con el dinero o se valoran por los bienes materiales adquiridos. Las retribuciones más importantes que recibimos en la vida se evidencian en la felicidad que nos produce una profesión o un oficio, en el bienestar que podemos ofrecer a otros y en esa plenitud interior que se genera, cuando sin aspavientos u ostentaciones, contribuimos a construir un mundo mejor para las generaciones futuras.

¿Qué es lo mejor de ser maestro? (Josimar Orjuela). ¿Qué enseñanza valiosa le ha brindado la docencia? (María Victoria Maya).

Si bien cada quien puede destacar uno u otro aspecto, en mi caso lo mejor de ser maestro consiste en la posibilidad de guiar a otro ser humano en sus procesos de aprendizaje y acompañar algunas dimensiones de su desarrollo personal. Subrayo en esto que digo, una apuesta fraterna por iniciar a otra persona en el gusto por conocer, estudiar e investigar, al igual que una profunda convicción de servicio a los demás. Mi mayor satisfacción como maestro, por lo mismo, es crear condiciones o escenarios para que otro venza sus miedos o sus limitaciones y pueda conquistar sus propias metas. También me produce gran satisfacción explorar en talentos inéditos, servir de líder para proyectos difíciles y ofrecer motivación, consejo y apoyo cuando el desánimo o la desesperanza anidan en el espíritu de los aprendices.

¿Cuál es la importancia de ser maestro? (Nicolás Correa Borrero).

Pienso que los maestros somos importantes para una sociedad porque, gracias a nuestra mediación, el pasado logra hacerse presente y tener horizontes hacia el porvenir. Nuestra importancia está en ser orfebres del tejido social, en contribuir a crear vínculos sociales, a preparar a niños y jóvenes para ser ciudadanos cabalmente responsables tanto en la defensa de sus derechos como en el cumplimiento de sus deberes. Somos importantes porque hacemos extensiva la labor de la familia en la creación de hábitos, la asunción de un grupo de valores y la formación del carácter. Los maestros somos definitivos en sociedades que parecen sucumbir a la hecatombe moral y la falta de sentido vital; en nuestra siembra, silenciosa y humilde, está el germen de la esperanza, de vencer el miedo a lo desconocido y la de convivir amablemente con otros semejantes y diferentes. Nuestra importancia es de aguas subterráneas y no de avalanchas escandalosas y pasajeras. 

Garzón. El duelo imposible: Una novela gráfica excepcional

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Garzón. El duelo imposible, la novela gráfica de Alfredo Garzón y Verónica Ochoa (Rotundo Vagabundo, Pereira-Bogotá, 2024) es una obra excepcional de 564 páginas. No sólo por el tratamiento de las imágenes, por la investigación histórica que le sirve de soporte, sino por la fuerza narrativa con que está construida. Por supuesto que es el homenaje de un hermano a su hermano asesinado, pero al mismo tiempo es un reconocimiento a otras personas como Jaime Garzón que fueron eliminadas brutalmente por sus ideales libertarios o su crítica al establecimiento corrupto y sus diferentes modalidades de represión política. Por ser una obra magnífica en su resolución gráfica, reflexiva en sus textos, conmovedora en su médula simbólica, deseo comentar con algún detalle varios de estos aspectos.

Deseo comenzar por la factura editorial. El trabajo de diseño, la  diagramación, la paleta de colores empleada, el juego entre página y doble página, la inclusión de páginas desplegables, las portadillas que sirven de separación entre capítulos, el juego de planos, la selección y combinación tipográfica, la inclusión de historias dentro de la historia vertebral…las guardas que sintetizan y abren múltiples lecturas, los intertextos políticos, musicales, poéticos… la recuperación de voces de la época y de un habla expresada en grafitis… todo ello crea un dinamismo que evita la fatiga al leer el grueso volumen e invita a seguir leyéndolo, a disfrutar de una secuencia viñeta tras viñeta o a desplegar una página que se multiplica como un tríptico de El Bosco.

Porque ese es otro elemento exquisitamente destacable. Alfredo Garzón y el equipo de dibujantes (Álvaro Duarte, Sergio Palacio, Alejandro Guarín, Daniel Martín, Lucía Duarte, Juliana Ocampo) con el colorido de Felipe Rivera, elaboraron una galería página tras página. Los autores lo reconocen al final de la obra que les sirvieron de inspiración Goya, El Bosco, Brueghel el Viejo… y agregaría las resonancias fantásticas de Jean Giraud (Moebius). Hay una intención de los dibujantes para que el detalle también cuente, para que las texturas creen derivaciones ideológicas, para que las letras (en muchos casos en forma de palimpsesto) se conviertan en otra expresión del grafismo, en otro lenguaje autónomo y altamente interpelativo. Picados y contrapicados, planos generales y primerísimos primeros planos, multiplicación de un mismo escenario con variación de actores, reproducción de piezas gráficas o de fotografías, refiguraciones del muralismo latinoamericano… crean un relato que no es vicario del texto, sino que por sí mismo, deriva al lector hacia otras dimensiones, lo pone en sintonía con otros imaginarios, lo insta a la introspección o hacer catarsis sobre su propia historia.

Desdoblo, por ejemplo, la “espiral del terror” y observo que arriba, en la cúspide está Alfredo abrazando a su hermano muerto (como en otra Pietà) y más abajo, entre frailejones aparece un hombre lobo comiendo partes de un cuerpo mutilado; y más abajo, entre platanales, un hombre persiguiendo a un campesino con un machete; y más abajo, un cura armado arengando a un grupo de feligreses con peinillas en sus manos; y más abajo, cortes de franela y danzas macabras alrededor de cuerpos sin cabeza, y hombres pájaro con motosierras en la mano… y arriba, en el cielo, gallinazos que se disputan pedazos de piernas humanas, muñones de cadáveres. “Parecemos presos de esa espiral que, en el caso colombiano, es un eterno retorno al terror”, dice el bocadillo en la parte inferior de este cuadro que parece evocar el Infierno dantesco grabado minuciosamente por las manos de Doré.

Ahora, quisiera detenerme en la historia, en el relato que, como en la parte gráfica, además de Verónica Ochoa (quien había trabajado antes una obra de teatro sobre Garzón: Corruptour ¡País de mierda!) tuvo la colaboración otras personas, tales como Laura Nepta. La historia empieza por el final, por el asesinato de Jaime Garzón; y termina en un homenaje simbólico al hermano muerto, que ahora toma la forma de un caballo, “Heyoka”, el payaso sagrado de los pueblos Lakota del norte de los Estados Unidos. Pero no es un narrador testigo que se mantiene fuera de la historia, sino alguien que reflexiona, se autorretrata y entra a formar parte de lo que va contando. Esto hace que, por momentos, la novela adquiera el tono autobiográfico o que siga un flujo de conciencia en el que entran recuerdos, poemas, dudas, incertidumbres, preguntas, muchísimas preguntas. “Hay duelos que son imposibles de elaborar”. En esa búsqueda, Alfredo Garzón (que guarda la “carpeta verde” donde está el informe forense y las fotos del hermano), descubre un punto de inicio para relatarnos la historia que le interesa contarnos; se trata de otra muerte: la muerte de su padre. Y con este hilo se adentra en sus visitas al Cementerio Central de Bogotá y a la conclusión de que en ese lugar no solo hay un pedazo de su infancia, sino que allí también “están enterradas aquellas personas a las que se les ha negado la palabra”.

Los textos nos van contando o llevando a recordar diálogos entre hermanos y familiares, entre amigos y personas casuales; son voces que entran y salen como en un escenario teatral. Sabemos que el narrador ha tomado un taxi, nos informamos del diálogo que tiene con el taxista, pero también nos enteramos de lo que pasa por su pensamiento: “¿Por qué regresé? Veo el germen del asesinato de Jaime en todas partes. ¿Qué estoy haciendo aquí?”. De otra parte, a la par de la voz del narrador, van apareciendo noticias escuchadas en la radio, datos sobre personajes relacionados con la época en que transcurre la historia, apartes de textos de Paulo Freire o de Marx y Engels, eventos claves en la historia política de América Latina. También se hace un recuento de la conformación del paramilitarismo en Colombia y de una época de atentados terroristas cobijados por “el poder oscuro y criminal del narcotráfico”. Se destacan, de igual modo, eventos significativos de la vida del personaje, sus gestiones humanitarias y, desde luego, su labor como humorista político. A lo largo de varias páginas, se incluyen apartes del pensamiento de Jaime Garzón que confluyen con las manifestaciones populares y las luchas de la clase trabajadora. Aquí hay otro logro de esta obra, y es el de aunar una historia del pasado con un hecho del presente: La voz de Jaime Garzón en los bocadillos de texto (retomados de una conferencia en Cali, en 1997) y las imágenes del estallido social acaecidas en el 2021.

En esta novela gráfica, además de exaltarse la figura de Jaime Garzón (quien defendió la libertad «en cualquiera de sus manifestaciones”), Alfredo Garzón hace un homenaje a otras personas que fueron asesinadas por la defensa de la vida: Guillermo Cano, Bernardo Betancur, Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro, Sergio Restrepo, Jesús Yáñez Plata, Juan José Cordero, Bernardo Jaramillo, Silvia Duzán… Y, de manera especial, rinde un tributo a Mario Calderón (“todo lo que estuviera vivo era sujeto de derechos”), Elsa Alvarado (“la vida adquiría una nueva dimensión cuando los humanos entraban en comunicación con todo lo que los rodea”), Jesús María Valle (quien luchó para que “los líderes de las comunidades no fueran asesinados”) y Eduardo Umaña Luna (el abogado que sabía que «una vida sin justicia era una vida usurpada”). El libro recoge sus voces, algunos de sus textos, sus investigaciones; es decir, los motivos que llevaron a sus asesinatos. Todos ellos, como se lee en uno de los bocadillos ubicado al lado de una corona de flores: “fueron víctimas de amenazas, persecución, estigmatización y guerra sucia”.

Como puede verse, son varios los elementos que hacen de esta novela gráfica una obra excepcional. Porque además de explicar y contar la historia de vida de una persona cercana, íntima, con hondos vínculos familiares; el libro es también el itinerario mental o espiritual de alguien que no sabe bien cómo entender o explicar estos actos atroces; de un colombiano que sigue sin comprender por qué en nuestro país “se siguen asesinando a quien lucha, a quien resiste, a quien piensa, a quien disiente, a quien cuida de la vida”.  El libro es interesante, agudo, profundamente conmovedor. Sobre todo, cuando Alfredo Garzón nos comparte sus angustias, sus recuerdos familiares, sus desconsuelos, los sueños de su flujo de conciencia, los símbolos gráficos con que pretende expresar una pérdida esencial. El último capítulo de la novela nos vuelve a un presente en el que el autor camina a solas con sus recuerdos. Y lo más extraordinario es lo que nos cuenta: ahora es cuidador de caballos, y, a uno de ellos, lo ha llamado “Heyoka”, para hacerle un homenaje a su hermano; “Heyoka”, el payaso sagrado, el payaso indígena que ridiculizaba al opresor. Un payaso que se reía de la desgracia, que lloraba en los momentos alegres, que lo hacía todo al revés… Como Jaime Garzón, el humorista político que muchos extrañamos.