Aprender a ser docente

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Capacitación a miembros del Grupo GRACA-Univalle.

Los estudiantes de la licenciatura en lenguas extranjeras de la Universidad del Valle, que sirven de apoyo al Grupo GRACA (Grupo de Apoyo Académico), en un pasado encuentro sobre “la lectura crítica y la escritura en las disciplinas” también me formularon un buen número de preguntas sobre el oficio docente. Por considerarlas relevantes al derivarse de sus primeras experiencias o sus expectativas con las prácticas de enseñar, me pareció importante compartir con los lectores algunos esos interrogantes y darles respuesta en este espacio.

¿Cómo fue su proceso o experiencia personal al pasar de estudiante a maestro? (Edwin Alejandro Acosta Caicedo).

Todo se inicia cuando después de terminar el grado 11 empecé a ser profesor en el mismo colegio donde obtuve mi título de bachiller. Pienso que el rector vio en mí potencial para ser maestro. Lo primero que hice fue emular a los buenos maestros que había tenido y tratar de no cometer los mismos errores de otros que consideraba poco provechosos. De igual modo fueron cualificándome los diálogos frecuentes con profesores que ahora eran mis colegas y una dedicación a cada una de mis clases. Más tarde, cuando hice mi pregrado en Estudios literarios en la Universidad Javeriana, sucedió algo semejante, pues empecé a trabajar como docente, apenas me gradué, en la carrera de comunicación social. Conservé esa misma consigna de darle continuidad a los ejemplos de buenos profesores y evitar los modelos de quienes no tenían habilidades docentes. Desde ahí empecé a descubrir un problema: se puede saber mucho de una asignatura, pero carecer de elementos didácticos para enseñarla. Esto me llevó a profundizar en las estrategias y habilidades de comunicación para mejorar la práctica docente. Mucho más tarde, cuando concluí mi maestría en Educación se repitió la misma situación: empecé a ser docente del posgrado en que me gradué. En este caso, con toda esa experiencia acumulada, reforzada por mi práctica investigativa, logré hacer una primera síntesis de mis reflexiones y propuestas sobre lo que implicaba enseñar y aprender; tales consideraciones están en mi primer libro titulado Oficio de maestro.

Para ser profesor, ¿debe ser por vocación?; si es así, ¿cómo sé que tengo esa vocación? (Juan Esteban Ramírez). Siendo docentes todo parece ser siempre igual, ¿significa que no es mi vocación? (Alejandra Pérez).

Si entendemos la vocación como “aptitudes”, diría que sí. Aunque a veces esa vocación se va descubriendo o tiene ciertas “epifanías” que llevan a reconocerla. Cuando nos gusta estar con otras personas, ayudarles de muchas maneras, servir de guías para sortear sus dificultades de aprender algún asunto; cuando comprobamos que se nos facilita “traducir” algún conocimiento en un lenguaje entendible para otros; que nos divertimos haciendo juegos o liderando actividades de grupo; cuando advertimos que tenemos facilidad de expresión, que persuadimos a otros de lo que pensamos, que no tenemos dificultades para hablar en público… Es muy posible que tengamos la vocación para ser docentes. Pero, para ser maestros no es suficiente con estas disposiciones o características. También se requieren “actitudes” que están asociadas a la disciplina, a la formación académica, al dominio de técnicas y habilidades, al saber profundo de un área o una disciplina. Y si sumamos “aptitudes” y “actitudes”, aún queda otro aspecto que, muchas veces, es el definitivo: la experiencia misma de enseñar a otros, el momento en que estemos solos en el aula, en que “experimentemos” las vicisitudes de la relación maestro-alumno y su acaecer cotidiano. Esta práctica, no siempre llena de aciertos y aplausos, a algunos los reafirma en su vocación y, a otros, les sirve de yunque para descubrir que este no era su camino.

¿Cuál sería su modelo de profesor? (Alejandro Ibarra). Desde tu experiencia, ¿qué consejos nos das para ser un buen docente? (Mariana Restrepo).

Más que modelo, hablaría de un perfil o de un conjunto de rasgos que, de cumplirlos, se acercaría bastante a un maestro de calidad. El primer rasgo tendría que ver con el apasionamiento; es muy difícil ser un excelente educador desde el desgano y la apatía. Es ese apasionamiento el que motiva y hace crecer, el que dinamiza y enciende los corazones de los estudiantes. Un segundo rasgo es el del compromiso o, si se quiere entender de otra manera, el de la responsabilidad, la de seguir preparando las clases y evaluando los productos de los estudiantes, la de cumplir con las obligaciones y enaltecer el oficio. Un tercer rasgo lo asociaría con la capacidad creativa o de innovación; es decir, de mantener en su espíritu el deseo de renovarse y mudar sus prácticas de aula; de explorar en otras estrategias didácticas, de atreverse a experimentar y no dejar de proponer y aventurar. Nada hay más lejano a un buen maestro que un profesor pusilánime, rutinario y predecible. Un cuarto rasgo, que sigue siendo una cualidad indispensable, es la de la paciencia o de la tolerancia con el error ajeno; hasta pensaría que se trata de adquirir una serenidad para sortear desavenencias, conflictos o problemas que siempre acaecen en la relación pedagógica. Y un último rasgo, aunque podrían ser más, el de mantener un actuar ético en el que sus palabras estén en sintonía con lo que haga; en el que lo que anuncie corresponda a lo ejecutado. Esa vigilancia ética es la clave para tener autoridad moral con sus alumnos y el soporte de su ejemplaridad.

¿Cómo me adapto a los distintos estudiantes que pueda encontrar? (Miguel Antonio Gallego Díaz).

Este es un trabajo que empieza en el diagnóstico inicial del grupo, prosigue durante las sesiones de clase y se enriquece con la observación y la interacción con los estudiantes. En un salón habrá, desde luego, una variedad de alumnos, tanto en sus expectativas como en sus capacidades; serán distintos por la procedencia de sus contextos, por el tipo de crianza que hayan tenido, por las expectativas que traen y, especialmente, por sus estilos de aprendizaje. Conocer a los estudiantes, indagar en sus presaberes y dificultades, es parte esencial de la labor de un maestro. La adaptación es de doble vía; del maestro y de los aprendices; cada parte de la relación pedagógica va encontrando los mejores caminos para que la comunicación fluya, para que se afiance la comienza, para que se consolide un vínculo fraterno. Más que fórmulas únicas o formas estandarizadas, cada estudiante le demanda al maestro encontrar las mejores vías para enseñarle y ayudarle a su formación. Lo único cierto es que ni hay grupos homogéneos, ni a todos los estudiantes el maestro logra llegar de la misma manera; también enseña la experiencia que se requiere tiempo para alcanzar una interrelación sincera y productiva.

¿Cómo se mantiene la atención de un grupo por el tiempo necesario para transmitir un mensaje? (Sara Díaz). ¿Cómo puedo hacer que mis alumnos se interesen en mis clases? (Brygitte Navarro).

La atención de los estudiantes depende, en una primera instancia, del interés del estudiante y del tipo de motivación del maestro. Pero, en gran medida, responde a las estrategias didácticas que el educador prevé cuando hace la planeación de su clase, de las actividades que idea, de las tareas que propone, de las habilidades comunicativas que pone en escena. La atención puede depender de cómo inicia su sesión de clase, del modo en que invita a la participación o de los ejemplos que usa con frecuencia. Considero, además, que la variación en las estrategias de enseñanza, los diálogos individualizados, la lectura detallada y los comentarios escritos a los trabajos presentados, el reconocimiento continuo a los pequeños logros, contribuyen a mantener la atención de los estudiantes.

¿Cómo tener una mejor retención de conceptos y de qué manera aprovechar ese conocimiento al momento de enseñar? (María Alejandra Melo Garay).

Para nadie es un secreto que la facultad de la memoria es una aliada para la docencia; poder retener conceptos, autores, definiciones, procesos, bibliografía pertinente y oportuna, es fundamental al momento de enseñar un contenido específico. La memoria se ejercita y hay recursos para favorecerla. La memoria más potente es la memoria asociativa y un aliado para su permanencia es el filtro de la escritura. Tomar apuntes, hacer cuadros sinópticos, diseñar mapas conceptuales, subrayar, glosar y resumir, siguen siendo recursos o habilidades que afianzan y refuerzan la capacidad de recordar. Recomiendo especialmente preparar los temas desde la óptica de un problema y, una vez establecido ese campo de trabajo, comenzar a acopiar información desde diversas disciplinas. Nuestro cerebro necesita ser “asediado”, estimulado muchas veces sobre un mismo tópico para que logre “guardarse” en la memoria. De allí que el mero pasar los ojos por las hojas sea ineficaz para rememorar o que la “cháchara insustancial” no ayude para nada a fijar distinciones y aprender diferencias. La memoria se lubrica con el hábito de lectura y más aún con la relectura; echa raíces profundas cuando se escribe sobre aquello que se lee y toma la forma de lo inolvidable cuando transformamos esa información en otra que pueda ser enseñable. La memoria más duradera está hecha de los conocimientos que hemos interiorizado; es ya un saber encarnado.

¿Cómo se puede mejorar la proyección vocal? (Samuel Bolaños).

Es bien sabido que la expresión oral es el medio más usado en la docencia, el vehículo del mensaje del maestro, el recurso más utilizado para la interacción en el aula. Sin embargo, cuando se trabaja con grupos grandes, se necesita aprender a proyectar la voz de tal manera que la comunicación llegue a todos los estudiantes. Entre todas las técnicas o consejos, lo más aconsejable, si es que se tiene un tono de voz muy bajito, es desplazarse en el salón, usar diferentes puntos de emisión para expresarse. Es recomendable, en la casa, acostumbrarse a leer en voz alta; jugar con las modalidades de la voz, ejercitarse en leer cada párrafo con una entonación diferente. La idea es que la voz vaya ganando en fuerza, en versatilidad. Aprender de memoria poemas u otro tipo de textos para luego entonarlos debajo de la ducha o en la calle contribuye también a ganar en cobertura y mayor volumen. La buena postura, la respiración diafragmática, la humectación permanente del aparato fonador, participar activamente en un grupo de teatro, todo ello resultará de gran ayuda para la proyección vocal. Lo fundamental es tomar conciencia de que la voz es la “herramienta” prioritaria del maestro, al mismo tiempo que se explora en sus potencialidades y se comienza a incorporar la higiene de sus cuidados.

¿Qué es lo más fácil: ser un buen docente o ser un docente bien pagado?, ¿El ser un buen docente te llevará a un buen sueldo o es cuestión de suerte? (Johan David Beltrán).

No creo que se opte por la profesión docente porque se aspire a un sueldo con grandes emolumentos o para, con el pasar de los años, adquirir mucho dinero. Por supuesto que siempre se desea una remuneración justa y acorde con las múltiples labores que hace un maestro. Pero no podemos perder de vista la tensión entre las profesiones y el mercado laboral, la incidencia de las políticas educativas sobre la profesión docente, y la pirámide axiológica que cada sociedad tome como referencia para medir el éxito o la riqueza. Creo que, en el caso de la docencia, las ganancias o los beneficios son de otra índole. Sin embargo, y eso es bueno decírselo a las nuevas generaciones de educadores, si se trabaja con responsabilidad, si se está permanentemente preocupado por la cualificación de la profesión, si se halla un campo del saber en el cual se investigue y se publique, seguramente se logrará obtener un salario que le permite al docente vivir con cierta solvencia y mantener una calidad de vida digna. Por lo demás, vale la pena declarar aquí que no todas las cosas que hacemos, en particular aquellas en las que nos sentimos plenos y con el corazón apasionado, se tasan con el dinero o se valoran por los bienes materiales adquiridos. Las retribuciones más importantes que recibimos en la vida se evidencian en la felicidad que nos produce una profesión o un oficio, en el bienestar que podemos ofrecer a otros y en esa plenitud interior que se genera, cuando sin aspavientos u ostentaciones, contribuimos a construir un mundo mejor para las generaciones futuras.

¿Qué es lo mejor de ser maestro? (Josimar Orjuela). ¿Qué enseñanza valiosa le ha brindado la docencia? (María Victoria Maya).

Si bien cada quien puede destacar uno u otro aspecto, en mi caso lo mejor de ser maestro consiste en la posibilidad de guiar a otro ser humano en sus procesos de aprendizaje y acompañar algunas dimensiones de su desarrollo personal. Subrayo en esto que digo, una apuesta fraterna por iniciar a otra persona en el gusto por conocer, estudiar e investigar, al igual que una profunda convicción de servicio a los demás. Mi mayor satisfacción como maestro, por lo mismo, es crear condiciones o escenarios para que otro venza sus miedos o sus limitaciones y pueda conquistar sus propias metas. También me produce gran satisfacción explorar en talentos inéditos, servir de líder para proyectos difíciles y ofrecer motivación, consejo y apoyo cuando el desánimo o la desesperanza anidan en el espíritu de los aprendices.

¿Cuál es la importancia de ser maestro? (Nicolás Correa Borrero).

Pienso que los maestros somos importantes para una sociedad porque, gracias a nuestra mediación, el pasado logra hacerse presente y tener horizontes hacia el porvenir. Nuestra importancia está en ser orfebres del tejido social, en contribuir a crear vínculos sociales, a preparar a niños y jóvenes para ser ciudadanos cabalmente responsables tanto en la defensa de sus derechos como en el cumplimiento de sus deberes. Somos importantes porque hacemos extensiva la labor de la familia en la creación de hábitos, la asunción de un grupo de valores y la formación del carácter. Los maestros somos definitivos en sociedades que parecen sucumbir a la hecatombe moral y la falta de sentido vital; en nuestra siembra, silenciosa y humilde, está el germen de la esperanza, de vencer el miedo a lo desconocido y la de convivir amablemente con otros semejantes y diferentes. Nuestra importancia es de aguas subterráneas y no de avalanchas escandalosas y pasajeras. 

Garzón. El duelo imposible: Una novela gráfica excepcional

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Garzón. El duelo imposible, la novela gráfica de Alfredo Garzón y Verónica Ochoa (Rotundo Vagabundo, Pereira-Bogotá, 2024) es una obra excepcional de 564 páginas. No sólo por el tratamiento de las imágenes, por la investigación histórica que le sirve de soporte, sino por la fuerza narrativa con que está construida. Por supuesto que es el homenaje de un hermano a su hermano asesinado, pero al mismo tiempo es un reconocimiento a otras personas como Jaime Garzón que fueron eliminadas brutalmente por sus ideales libertarios o su crítica al establecimiento corrupto y sus diferentes modalidades de represión política. Por ser una obra magnífica en su resolución gráfica, reflexiva en sus textos, conmovedora en su médula simbólica, deseo comentar con algún detalle varios de estos aspectos.

Deseo comenzar por la factura editorial. El trabajo de diseño, la  diagramación, la paleta de colores empleada, el juego entre página y doble página, la inclusión de páginas desplegables, las portadillas que sirven de separación entre capítulos, el juego de planos, la selección y combinación tipográfica, la inclusión de historias dentro de la historia vertebral…las guardas que sintetizan y abren múltiples lecturas, los intertextos políticos, musicales, poéticos… la recuperación de voces de la época y de un habla expresada en grafitis… todo ello crea un dinamismo que evita la fatiga al leer el grueso volumen e invita a seguir leyéndolo, a disfrutar de una secuencia viñeta tras viñeta o a desplegar una página que se multiplica como un tríptico de El Bosco.

Porque ese es otro elemento exquisitamente destacable. Alfredo Garzón y el equipo de dibujantes (Álvaro Duarte, Sergio Palacio, Alejandro Guarín, Daniel Martín, Lucía Duarte, Juliana Ocampo) con el colorido de Felipe Rivera, elaboraron una galería página tras página. Los autores lo reconocen al final de la obra que les sirvieron de inspiración Goya, El Bosco, Brueghel el Viejo… y agregaría las resonancias fantásticas de Jean Giraud (Moebius). Hay una intención de los dibujantes para que el detalle también cuente, para que las texturas creen derivaciones ideológicas, para que las letras (en muchos casos en forma de palimpsesto) se conviertan en otra expresión del grafismo, en otro lenguaje autónomo y altamente interpelativo. Picados y contrapicados, planos generales y primerísimos primeros planos, multiplicación de un mismo escenario con variación de actores, reproducción de piezas gráficas o de fotografías, refiguraciones del muralismo latinoamericano… crean un relato que no es vicario del texto, sino que por sí mismo, deriva al lector hacia otras dimensiones, lo pone en sintonía con otros imaginarios, lo insta a la introspección o hacer catarsis sobre su propia historia.

Desdoblo, por ejemplo, la “espiral del terror” y observo que arriba, en la cúspide está Alfredo abrazando a su hermano muerto (como en otra Pietà) y más abajo, entre frailejones aparece un hombre lobo comiendo partes de un cuerpo mutilado; y más abajo, entre platanales, un hombre persiguiendo a un campesino con un machete; y más abajo, un cura armado arengando a un grupo de feligreses con peinillas en sus manos; y más abajo, cortes de franela y danzas macabras alrededor de cuerpos sin cabeza, y hombres pájaro con motosierras en la mano… y arriba, en el cielo, gallinazos que se disputan pedazos de piernas humanas, muñones de cadáveres. “Parecemos presos de esa espiral que, en el caso colombiano, es un eterno retorno al terror”, dice el bocadillo en la parte inferior de este cuadro que parece evocar el Infierno dantesco grabado minuciosamente por las manos de Doré.

Ahora, quisiera detenerme en la historia, en el relato que, como en la parte gráfica, además de Verónica Ochoa (quien había trabajado antes una obra de teatro sobre Garzón: Corruptour ¡País de mierda!) tuvo la colaboración otras personas, tales como Laura Nepta. La historia empieza por el final, por el asesinato de Jaime Garzón; y termina en un homenaje simbólico al hermano muerto, que ahora toma la forma de un caballo, “Heyoka”, el payaso sagrado de los pueblos Lakota del norte de los Estados Unidos. Pero no es un narrador testigo que se mantiene fuera de la historia, sino alguien que reflexiona, se autorretrata y entra a formar parte de lo que va contando. Esto hace que, por momentos, la novela adquiera el tono autobiográfico o que siga un flujo de conciencia en el que entran recuerdos, poemas, dudas, incertidumbres, preguntas, muchísimas preguntas. “Hay duelos que son imposibles de elaborar”. En esa búsqueda, Alfredo Garzón (que guarda la “carpeta verde” donde está el informe forense y las fotos del hermano), descubre un punto de inicio para relatarnos la historia que le interesa contarnos; se trata de otra muerte: la muerte de su padre. Y con este hilo se adentra en sus visitas al Cementerio Central de Bogotá y a la conclusión de que en ese lugar no solo hay un pedazo de su infancia, sino que allí también “están enterradas aquellas personas a las que se les ha negado la palabra”.

Los textos nos van contando o llevando a recordar diálogos entre hermanos y familiares, entre amigos y personas casuales; son voces que entran y salen como en un escenario teatral. Sabemos que el narrador ha tomado un taxi, nos informamos del diálogo que tiene con el taxista, pero también nos enteramos de lo que pasa por su pensamiento: “¿Por qué regresé? Veo el germen del asesinato de Jaime en todas partes. ¿Qué estoy haciendo aquí?”. De otra parte, a la par de la voz del narrador, van apareciendo noticias escuchadas en la radio, datos sobre personajes relacionados con la época en que transcurre la historia, apartes de textos de Paulo Freire o de Marx y Engels, eventos claves en la historia política de América Latina. También se hace un recuento de la conformación del paramilitarismo en Colombia y de una época de atentados terroristas cobijados por “el poder oscuro y criminal del narcotráfico”. Se destacan, de igual modo, eventos significativos de la vida del personaje, sus gestiones humanitarias y, desde luego, su labor como humorista político. A lo largo de varias páginas, se incluyen apartes del pensamiento de Jaime Garzón que confluyen con las manifestaciones populares y las luchas de la clase trabajadora. Aquí hay otro logro de esta obra, y es el de aunar una historia del pasado con un hecho del presente: La voz de Jaime Garzón en los bocadillos de texto (retomados de una conferencia en Cali, en 1997) y las imágenes del estallido social acaecidas en el 2021.

En esta novela gráfica, además de exaltarse la figura de Jaime Garzón (quien defendió la libertad «en cualquiera de sus manifestaciones”), Alfredo Garzón hace un homenaje a otras personas que fueron asesinadas por la defensa de la vida: Guillermo Cano, Bernardo Betancur, Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro, Sergio Restrepo, Jesús Yáñez Plata, Juan José Cordero, Bernardo Jaramillo, Silvia Duzán… Y, de manera especial, rinde un tributo a Mario Calderón (“todo lo que estuviera vivo era sujeto de derechos”), Elsa Alvarado (“la vida adquiría una nueva dimensión cuando los humanos entraban en comunicación con todo lo que los rodea”), Jesús María Valle (quien luchó para que “los líderes de las comunidades no fueran asesinados”) y Eduardo Umaña Luna (el abogado que sabía que «una vida sin justicia era una vida usurpada”). El libro recoge sus voces, algunos de sus textos, sus investigaciones; es decir, los motivos que llevaron a sus asesinatos. Todos ellos, como se lee en uno de los bocadillos ubicado al lado de una corona de flores: “fueron víctimas de amenazas, persecución, estigmatización y guerra sucia”.

Como puede verse, son varios los elementos que hacen de esta novela gráfica una obra excepcional. Porque además de explicar y contar la historia de vida de una persona cercana, íntima, con hondos vínculos familiares; el libro es también el itinerario mental o espiritual de alguien que no sabe bien cómo entender o explicar estos actos atroces; de un colombiano que sigue sin comprender por qué en nuestro país “se siguen asesinando a quien lucha, a quien resiste, a quien piensa, a quien disiente, a quien cuida de la vida”.  El libro es interesante, agudo, profundamente conmovedor. Sobre todo, cuando Alfredo Garzón nos comparte sus angustias, sus recuerdos familiares, sus desconsuelos, los sueños de su flujo de conciencia, los símbolos gráficos con que pretende expresar una pérdida esencial. El último capítulo de la novela nos vuelve a un presente en el que el autor camina a solas con sus recuerdos. Y lo más extraordinario es lo que nos cuenta: ahora es cuidador de caballos, y, a uno de ellos, lo ha llamado “Heyoka”, para hacerle un homenaje a su hermano; “Heyoka”, el payaso sagrado, el payaso indígena que ridiculizaba al opresor. Un payaso que se reía de la desgracia, que lloraba en los momentos alegres, que lo hacía todo al revés… Como Jaime Garzón, el humorista político que muchos extrañamos.

Grupos de apoyo para la lectura crítica

Los Grupos de Apoyo a la Cultura Académica (GRACA) de la Universidad del Valle “son una de las estrategias de acompañamiento a los procesos académicos de los estudiantes”. Dicha estrategia está a cargo del Grupo de investigación Leer, escribir y Pensar de la Escuela de Ciencias del lenguaje, dirigido por la profesora Esperanza Arciniegas Lagos quien, a su vez, es la coordinadora de la Red le lectura y escritura (REDLEES) del Nodo Univalle. Gracias a una invitación que me hicieron recientemente, tuve la oportunidad de charlar con estudiantes y profesores vinculados a esta iniciativa sobre “La lectura crítica y la escritura en las disciplinas”. Antes de empezar mi charla invité a los participantes a redactar algunas preguntas que motivaron su asistencia. Después de recoger sus inquietudes tuve la oportunidad de responder presencialmente ese día varias de ellas y, ahora, seleccioné unas cuantas –entre las muchas inquietudes– para responderlas en este espacio virtual. Sirvan entonces los párrafos que siguen como una forma de mostrar mi agradecimiento a Esperanza y su equipo, y a los estudiantes que apoyan los procesos de lectura, escritura y oralidad en la Universidad del Valle.

¿Tiene algo que ver la lectura crítica con ser maestro? (Cristian David Chacón Ospina).

Muchísimo. Los maestros no son simples transmisores de información; tienen una tarea más importante, que es la de contribuir a la formación intelectual y moral de sus estudiantes. Eso supone, entonces, unas capacidades docentes que superan la mera lectura de textos disciplinares. Un maestro necesita enriquecer el saber de su asignatura con una fina lectura de la sociedad y del contexto en que viven sus estudiantes; necesita tomar distancia de la inmediatez de las opiniones circundantes para orientar el buen juicio y la toma de decisiones de sus alumnos; le es esencial enseñar a sospechar, cuestionar y preguntar, si en verdad le importa formar ciudadanos. Todas estas acciones están directamente relacionadas con la lectura crítica y hacen parte de su tarea como mediador entre el caudal de experiencias y saberes acumulados en el pasado y la asimilación, tamizaje y valoración de un legado cultural de cara al porvenir.

Desde el rol del docente, ¿cómo podemos fomentar la lectura crítica a los estudiantes que se enfrentan por primera vez a los textos académicos? (Valentina Quintero Ortega).

La lectura crítica empieza a fomentarse desde el modo como se piensa y organiza una clase. Se afianza cuando empleamos modelos de enseñanza más problémicos que temáticos; cuando usamos estrategias de aula centradas en las hablas plurales (el debate, el panel, el foro) en las que se caldee la propia opinión y se aprenda a argumentar; cuando hacemos un intencionado esfuerzo para que las tareas asignadas a los estudiantes tengan como propósito fundamental examinar, reflexionar y proponer alternativas a determinado asunto. Dicho de otra manera, el fomento de la lectura crítica empieza por asumir un modelo de enseñanza en que la reflexión, el diálogo, la participación, la pregunta, sean fundamentales. Una segunda manera de fomentar la lectura crítica en los estudiantes que empiezan a leer textos académicos es la de comenzar por la caracterización de dichos documentos: a qué tipología textual pertenecen, cómo están estructurados, cuál es el mensaje que comunican, qué argumentos les sirven de soporte… Sobra decir aquí que la lectura crítica tiene sus bases en la lectura comprensiva de los textos (invito a leer en este mismo blog la entrada titulada “Examen a la lectura comprensiva”). Agregaría que resulta clave para iniciar a los estudiantes a la lectura crítica, y más si son novatos en este tipo de documentos, pensar muy bien la selección de los textos, que no sean tan extensos, para poder luego trabajarlos en clase; ver sus mecanismos de significación, mirar su entramado, someterlo a un análisis detallado que permita ir mostrando las acciones y el modo de proceder cuando se hace lectura crítica.

¿Cuál es el papel que cumple la reflexión en el proceso de la escritura crítica? (José Julián Londoño).

La reflexión es el instrumento y el proceso vertebral para realizar lectura crítica. Gracias a la reflexión se toma distancia comprensiva de lo que se está leyendo; mediante esta actividad del pensamiento discriminamos la información, vemos sus recurrencias y sus fisuras, sus contradicciones y omisiones. La reflexión, espoleada por la curiosidad y la atención vigilante, se transforma en cuestionamiento progresivo, en interrogantes continuos que el lector le hace al texto. De igual modo, la reflexión permite entrever las relaciones entre las partes de un texto y el conjunto; es muy útil para entender la línea argumental o la postura de un autor; provee grandes insumos al momento de producir una opinión o redactar un texto derivado de alguna lectura. En gran medida, hacer lectura crítica es leer reflexivamente; es decir: leer interactuando con los significados, leer sopesando la construcción de los mensajes, leer los textos en relación con los contextos.  

¿Cómo la lectura crítica fomenta la participación interdisciplinaria? (Edinson Figueroa Raigosa).

Como bien se sabe, todo texto es una especie de palimpsesto en el que conviven e interactúan otros textos.  La lectura crítica (y esto es un aporte de la semiótica) involucra diversas áreas o disciplinas. Necesita del rigor de la lógica, de la perspectiva temporal de la historia, de las miradas contextuales de la sociología y la antropología; echa mano del análisis, pero también de la riqueza analógica de los símbolos tan usados por el arte y la literatura. Quien hace lectura crítica necesita de conocimientos lingüísticos, especialmente semánticos, pero también de una capacidad de análisis cercana al campo de la filosofía. Los lectores críticos más avezados hacen confluir los saberes de diferentes disciplinas al momento de “develar” o mirar los pormenores significativos de un texto. 

¿Cuáles podríamos decir que son los principios básicos para trabajar la lectura crítica en las aulas universitarias? (Karina Alejandra Arenas Hernández).

Si entendemos por principios aquellos fundamentos que orientan las acciones del maestro, considero que la siguiente decena de ellos constituyen un buen repertorio para trabajar la lectura crítica en las aulas universitarias: 1) Siempre que proponga una lectura en su clase, procure seleccionar al menos dos posturas ideológicas diferentes. 2) Lea o invite a leer los textos en su contexto histórico; ubique la obra en la perspectiva nacional, regional e internacional. 3) Enseñe y guíe en el aula la lectura de las partes de un texto siempre en relación con la totalidad del mismo. 4) Invite a que sus estudiantes sometan los vocablos reiterativos en un texto al filtro de los campos semánticos. 5) Pase de la bibliografía listada a la bibliografía comentada. 6) Convierta la lectura de tablas de contenido (o de índices) en una práctica de su aula de clase. 7) Trabaje en el aula con tipologías textuales concebidas para la crítica, como son el contrapunto, el aforismo, la fábula, el ensayo. 8) Privilegie en clase el uso de las hablas plurales como el debate y el foro. 9) Emplee el método del caso y de los dilemas morales para fortalecer el juicio crítico. 10) Fomente la lectura de un mismo texto o de una unidad cultural desde diferentes enfoques analíticos como el estructural, el inferencial o el simbólico.

¿Cómo implementar la lectura crítica en niños? (Diana Lorena Valenzuela).

Las primeras acciones para iniciar a los más pequeños en la lectura crítica de textos se asocian a las propias del pensamiento crítico. Me refiero, por ejemplo, a empezar a trabajar con ellos la comparación, la inducción, la analogía, las relaciones… Se trata de empezar a familiarizarlos con las operaciones del análisis. Para lograr este cometido es fundamental hacer relectura de los textos, usar la pregunta de manera estratégica y focalizada, señalar términos recurrentes. Considero que la lectura inferencial (esa de rastrear indicios o pistas en el texto) sigue siendo un medio vigoroso para despertar el interés de los estudiantes. Sobra advertir que la elección de los textos que se van a utilizar merece una cuidadosa selección tanto por la construcción como por su contenido. Y, por supuesto, será indispensable trabajar la lectura comentada en grupo, animando a la participación o usando recursos didácticos que muestren el “engranaje” o el “entramado” del texto que se está leyendo.

¿Cómo implementar de manera eficaz la lectura crítica a estudiantes que nunca se han inmerso en el tema? (Ana Sofía Ávila).

Animar a la lectura es una de las labores más importantes de los maestros; eso es lo básico. A pesar del desgano inicial o el desconocimiento de cierto tipo de textos, lo esencial es abrirles la ventana de la lectura a los estudiantes. Mostrar en clase sus diversas tipologías, explicarles cómo es su funcionamiento, llevar ejemplos que ilustren lo que significa leer un texto. Es necesario propiciar el trabajo en grupo para que se evidencien las “diferentes lecturas” que se derivan de un mismo documento; hacerles evidente que el mensaje se va construyendo línea a línea, párrafo a párrafo. Todo esto es previo a lanzarlos a hacer lectura crítica. Primero hay que sentar las bases de la lectura, ejercitarlos en ese ejercicio cognitivo, mostrarles las bondades que posee la lectura para su desarrollo mental, profesional y cultural. Después sí, con ese conocimiento y disposición hacia lectura, vale la pena adentrarlos en las particularidades de este modo de leer. El uso intencionado del listado de preguntas, las guías para focalizar y profundizar en una lectura, el uso de recursos escritos como las ideas fuerza, el resumen o el contrapunto, todas estas estrategias didácticas son más eficaces que la mera asignación u “obligación” académica de leer determinado texto.

¿Considera que la lectura en medios virtuales y audiolibros es conveniente a la hora de generar pensamiento crítico? (Emiliana Rodríguez Sapene).

Lo importante no es tanto el soporte en que se lee, sino lo que el maestro pida hacer o luego haga en clase con esa lectura. Si se “manda” a leer sin unas preguntas orientadoras, sin una guía que enfoque el objetivo propuesto, sin unas herramientas cognitivas previas, el resultado no será muy diferente al que se logre con un texto escrito. Por lo demás, si el docente sabe sacar provecho del tipo de soporte en que el estudiante lee inicialmente un documento pues logrará unos beneficios adicionales para su labor académica (por ejemplo, los resaltados de colores o las notas que pueden ir haciéndose como glosas a la par que se va leyendo en los medios virtuales). Sea como fuere, en el caso de los soportes de audio es recomendable cotejarlos en clase con el documento escrito, especialmente para poder apreciar la relación de las partes con el conjunto. No sobra recordar que uno de los pilares del pensamiento crítico es el cotejo de fuentes y medios diferentes.

¿Qué tanto cree usted que influye la familia en la lectura crítica? (Wendy Amaya).

La influencia de la familia es muy importante en esto de la lectura crítica. Y no me refiero sólo a que los hijos vean leer habitualmente a sus padres, sino a que en los espacios familiares de encuentro se creen ambientes propicios para dialogar sobre lo que se escucha en la radio, se ve en la prensa o los noticieros o circula en las redes sociales. No ayuda mucho el mutismo intrafamiliar y que cada quien se encierre en su burbuja. La conversación sobre tópicos específicos, el debate tranquilo sobre un mismo asunto desde diversos puntos de vista, la formación en la argumentación sustentada, son legados intelectuales que los padres pueden dejar a sus hijos. Creo que en décadas anteriores en las familias se hablaba más, se debatía sobre la vida cotidiana, se ofrecían miradores de juicio para combatir el fanatismo y la rampante estupidez de creer cualquier rumor.  

¿Se puede entrenar en hacer lectura crítica? (Sara Lasso Muñoz).

Claro que sí. Algunas de las respuestas que he dado a varios de los interrogantes anteriores muestran caminos o estrategias didácticas para alcanzar esa meta. Además de lo dicho, se me ocurren ahora otros ejercicios que ayudarían a una buena “tonificación” del pensamiento para la lectura crítica. Lo primero es ejercitarse en la sospecha, la suspicacia, en la pausa reflexiva ante la avalancha de los mensajes circulantes. Esto ayudaría mucho a “tomar distancia” a “revisar la letra menuda”, a descubrir las “segundas intenciones” que por lo general están debajo de los mensajes manifiestos. Un segundo ejercicio, que tanta falta nos hace hoy en este mundo donde lo medios masivos juntan opinión con información, es comparar diferentes canales de información, no volverse “seguidor” de una sola emisora, el mismo telenoticiero, el único “influencer”; y no absolutizar o tomar como “verdad incuestionable” los rumores que parecen ser la tendencia de moda. Agregará, finalmente, otro ejercicio que contribuiría a mantener la tranquilidad personal y favorecer la convivencia con los demás, y es el de habituarse a no emitir juicios irresponsables con informaciones parciales, a propagar mentiras infundadas basadas en rumores incendiarios, a ver o convertir en enemigos peligrosos todas las personas que piensan diferente de nosotros. Porque, en últimas, aprendemos a hacer lectura crítica no para erigirnos en altaneros jueces de los demás, sino para acabar de comprender lo que le sucede a la gente cuando tiene poder, el sesgo que sufren nuestras ideas cuando son tocadas por las emociones y las pasiones, el juego de interpretaciones al que siempre está expuesto todo mensaje, y el gran trabajo intelectual que implica desprenderse de las creencias de la mayoría para pensar por cuenta propia.

El poema en la imagen (II)

Fotografía de Carlos Andrés Rubio Cruz.

PERSPECTIVA

El infinito que parece tan lejano,

el que buscan los hombres

con máquinas y números,

el mismo que agobia a místicos

y filósofos de complejas ideas,

esa dimensión cercana a las estrellas

puede estar en las cosas sencillas.

El infinito es cuestión de perspectiva,

de entender de otra manera la existencia:

un instante puede ser eterno,

en una palabra cabe todo el universo.

El infinito no es lo interminable,

sino la súbita conciencia de nuestra finitud.

Fotografía de Eduardo Flores.

VIENTO Y OLVIDO

Lucha el hombre para ser recordado,

aspira perdurar

como la consistente piedra

o el pedernal incorruptible.

Construye mundos,

edifica palacios,

traza surcos profundos en el tiempo.

Hasta intenta habitar

en los territorios de las nubes.

Todo es inútil:

las ruinas sepultarán

los portentosos ideales;

el viento y el olvido

se instalarán siempre en esos sueños.

Solo la naturaleza

conserva intactos y en pie sus verdes orígenes.

Fotografía de Carlos Andrés Rubio Cruz.

EL CAMINO DE LA LUZ

La vía que conduce a lo absoluto,

la puerta diminuta

para entrar a su centro,

siempre está protegida por enormes columnas,

por recias certidumbres hechas de piedra.

Las grandes preguntas se encierran

en nuestras propias construcciones.

Lo mejor, entonces,

si se quiere ir al fondo del misterio

es continuar avanzando, agachar la cabeza,

y seguir las huellas de la luz

inscritas en las pisadas de antiquísimos viajeros.

Quizá la eternidad buscada

se abra poco a poco con nuestros pequeños pasos.

¿Medio lleno o medio vacío?

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Es común escuchar, cuando de actitudes frente a los problemas se trata, que ciertas personas ven el vaso medio lleno, mientras otras lo perciben medio vacío. La frase merece analizarse un poco para entender bien qué hay detrás de ese doble modo de pensar o asumir la existencia.

Lo primero que salta a la vista es que la afirmación entraña una predisposición hacia el pesimismo o el optimismo vital. Los que dicen ver los asuntos, los problemas, los eventos medio llenos son los que subrayan las ganancias incipientes, las oportunidades apropiadas, el lado bueno de las cosas. Por el contrario, los que afirman ver el vaso medio vacío son aquellos que se afanan en señalar los errores, exaltar lo que aún no se ha realizado, en magnificar los defectos en detrimento de las cualidades. Esta doble mirada crea también una disposición hacia la exaltación de la carencia o el reconocimiento del logro, tanto a nivel personal como colectivo. Los que mantienen el rasero del vaso medio vacío buscan más la falencia, la mancha, la culpa, las dificultades; los que toman por nivel el vaso medio lleno, son más benignos con los yerros propios y ajenos, favorecen la exploración de talentos inéditos, son innovadores para hallar soluciones y alternativas a las eventualidades adversas.

Si bien las dos opciones comparten el mismo espacio vacío del vaso, unos partidarios se obcecarán en la insuficiencia, subvalorando el contenido ya alcanzado; en cambio, los otros, apreciarán significativamente el contenido logrado, sin prestar demasiada importancia a la otra mitad. Los que se anclan en el mirador del vaso medio vacío les preocupa lo que aún no poseen, imaginan los beneficios derivados de tener rebosante el vaso; se atormentan hallando explicaciones sobre la precariedad de lo recolectado. Contrasta esta perspectiva con los partidarios del vaso medio lleno quienes celebran la cantidad de lo ya acumulado, se entusiasman con apreciar y disfrutar el líquido obtenido, saben atesorar lo conseguido sin atormentar su corazón por la ambición de lo restante. Como se puede comprender, estas dos maneras de percibir comparten la misma realidad, pero la forma de relacionarse con ella es bien distinta. Unos tienen el punto ciego sobre que ya poseen; otros, hacen caso omiso de lo que aún les queda por conseguir.

Ahondemos un poco más. Las personas adeptas al vaso medio vacío, se fijan excesivamente en lo que aún no se ha hecho, sufren y se alarman por el futuro, minimizan lo ya alcanzado. En cambio, los partidarios de apreciar el vaso medio lleno saben sacar provecho del pasado, reconocen los esfuerzos para lograr culminar determinada etapa, aprenden lecciones de lo realizado para seguir adelante. Insistir en que el vaso está medio vacío es un modo de absolutizar el objetivo final; abogar por el vaso medio lleno es la manera de asumir los logros parciales, el paso a paso, como la forma de llegar hasta el punto límite. Los que están en el bando del vaso medio vacío tienen como consigna “o todo o nada”; los opuestos, declaran convencidos que “es mejor una parte que nada”.

Bien visto el asunto, el que se tenga uno u otro modo de percibir el vaso, determina en gran medida el sentido sobre nuestra manera de vivir y convivir. Si todo nuestro modo de interactuar se afianza en buscarle a alguien lo que le falta para ser lo que esperamos, nos privaremos de disfrutar lo que tiene ese ser para ofrecernos; o si en nuestro espacio laboral sólo nos detenemos en su lado dispendioso y rutinario, dejaremos de lado lo que puede darnos para la sobrevivencia cotidiana, además de la oportunidad para crecer personal y profesionalmente. La experiencia acumulada nos va enseñando que no es aconsejable andar siempre enarbolando la filosofía del vaso medio vacío, porque terminamos siendo injustos con las personas más cercanas, altaneros con los que nos ayudan, y nos lleva a padecer continuas angustias o a provocar odios innecesarios. Porque cuando ya se tienen suficientes años para tener una mirada comprensiva del pasado, entendemos que la incompletitud no es una imperfección, que los grandes proyectos van creciendo por fases, que la ambición desmedida por adquirir las más rebosantes riquezas tiende a privarnos de disfrutar las reducidas posesiones. No hay conformismo o pereza moral en aceptar lo que vamos cosechando día a día o en aprender a vivir con lo suficiente. Más bien se trata de concebir que la moderación no es un defecto, ni lo inacabado una derrota.

De igual modo, podemos constatar estas dos posturas en un ambiente formativo. Los que avalan el vaso medio lleno serán los educadores que exaltan los procesos, los aprendizajes parciales, las habilidades o estrategias incipientes, los esfuerzos y el denodado interés. Los formadores inscritos en esta corriente reconocen que nada se logra aprender de una vez y que hay niveles de desarrollo según el contexto, la idiosincrasia y las particularidades de cada persona. Por el contrario, los que se sitúan en los parámetros del vaso medio vacío, se tornan inflexibles cuando las metas no se logran cabalmente, se centran esencialmente en el producto esperado, poco valor les otorgan a las condiciones personales del que aprende, cambian el refuerzo motivacional por la amonestación, la sanción o el juicio inobjetable de una baja calificación. Los educadores del vaso medio lleno ponen el acento en lo ya conseguido; los del vaso medio vacío, subrayan siempre lo que resta por lograr.

Como puede inferirse de lo expuesto, el trasfondo de esta doble manera de apreciar el vaso medio lleno o el vaso medio vacío guarda relación con el parámetro que tengamos para sobrellevar la vida y asumir los problemas. Estarán aquellos que siempre verán dificultades en toda parte del recorrido, como también habrá personas que sabrán sortear los escollos del camino. Unos se ofuscarán porque no llegan; mientras otros, disfrutarán del viaje. Sin lugar a dudas, todo depende del cristal con que miremos la realidad y la actitud que tengamos para encarar las peripecias de nuestra pasajera existencia.