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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2012

Había una vez…

01 sábado Dic 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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Autobiografía, El hablador, El primer narrador, Mario Vargas Llosa

"Y el ogro se lo comió" de Louis-Léopold Boilly

«Y el ogro se lo comió» de Louis-Léopold Boilly

Todo empezó así: vi en la librería Lerner el último libro de Vargas Llosa, El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, publicado por Alfaguara. Esa misma tarde devoré el prefacio que, es un homenaje a los primeros narradores de historias. Por ser un tema de mi interés, por haber escrito ya algo sobre el primer narrador, me llamó la atención el comentario de Vargas Llosa, sobre una novela suya El hablador, centrada en “una imaginaria averiguación de esos albores de la civilización cuando aparecieron, con los contadores de historias, los gérmenes de lo que, pasado el tiempo y con la aparición de la escritura, llamaríamos literatura”. Aunque seguí la lectura del libro y de cómo Onetti fue construyendo el mundo desesperanzado de Santa María, me impuse la tarea de conseguir la citada novela.

Después de algunas pesquisas infructuosas, porque pensé que el texto existía publicado de manera independiente, logré por fin hallar en mi querida librería Lerner, en uno de los tomos de la Obra Reunida, bajo el acápite de Narrativa breve, el mencionado texto. Esa misma tarde, y en los días siguientes (de eso no hará más de una semana) comencé a adentrarme en el mundo de los machiguengas, de Mascarita, del Instituto lingüístico de verano, de la selva amazónica y la calurosa Firenze… Hoy, hacia las ocho de la mañana he concluido las 255 páginas.

Tomo distancia y reviso mis subrayados: “Gracias a lo que cuentas, es como si lo que ha pasado volviera a pasar muchas veces”; “El hablador, o los habladores, debían de ser algo así como los correos de la humanidad”; “Es probable que sea, asimismo, la memoria de la humanidad. Que cumpla una función parecida a la de los trovadores y juglares medievales”; “Son una prueba palpable de que contar historias puede ser algo más que una mera diversión. Algo primordial, algo de lo que depende la existencia misma de un pueblo”; “La memoria es una pura trampa: corrige, sutilmente acomoda el pasado en función del presente”; “Yo, ¿qué tengo? Las cosas que me cuentan y que cuento, nada más”; “Mucho aprendo en cada viaje, escuchando”; “Escucho con atención, como él hacía. Con cuidado, con respeto, escuchando (…) Ahí están: hablando. Los huesos, las espinas. Los guijarros, los bejucos. Las matitas y las hojas que están brotando. El alacrán. La fila de hormigas que arrastra el moscardón al hormiguero. La mariposa con arcoiris en las alas. El picaflor. Habla el ratón trepado en la rama y hablan los círculos del agua. Quietecito, tumbado, con los ojos sin abrir, el hablador está escuchando (…) Todos tienen algo que contar. Eso es, quizá, lo que aprendí escuchando”; “Algunas cosas saben su historia y las historias de los demás; otras, sólo la suya. El que sabe todas las historias tendrá la sabiduría, sin duda”; “Como los troveros ambulantes de los sertones bahianos que, acompañados por el bordón de su guitarra, entreveraban, en las polvorientas aldeas del Nordeste brasileño, viejos romances mediales y chismografía de la región”; “Pero, todavía más que el trovero del sertón, fue el seanchaí irlandés quien me había evocado, y con qué fuerza, a los habladores machiguengas. Seanchaí: ‘Decidor de viejas historias’, ‘aquel que sabe cosas’, tradujo al inglés, distraídamente, alguien, en un bar de Dublin”; “Los habladores machiguengas habían vivido conmigo, intrigándome, desasosegándome, y que, desde entonces, mil veces traté de imaginarlos en sus peregrinaciones a través de la floresta, recogiendo y llevando historias, cuentos, chismes, invenciones, de una islita machiguenga a otra, en ese mar amazónico en el que flotaban, a la deriva de la adversidad”; “El hombre que perora, ante ese auditorio arrobado, ¿quién podría ser sino aquel personaje encargado de atizar ancestralmente la curiosidad, la fantasía, la memoria, el apetito de sueño y de mentira del pueblo machiguenga?”; “Porque hablar como habla un hablador es haber llegado a sentir y vivir lo más íntimo de esa cultura, hacer calado en sus entresijos, llegado al tuétano de su historia y su mitología, somatizado sus tabúes, reflejos, apetitos y terrores ancestrales”…

Espoleado por la escritura precisa y cadenciosa del novelista peruano (no me había percatado del cuidado en su manera de puntuar) me animo a seguir mis disquisiciones sobre los primeros narradores.

La novela confirma en gran parte mi tesis de que el primer narrador debió salir de lo conocido para indagar en lo desconocido y, luego, retornar a lo conocido para hacer eso desconocido, familiar. Hay cierto nomadismo en el primer narrador, cierta valentía para adentrarse en la selva de lo desconocido, en ese otro mar, o en ese otro desierto. Siempre la infinitud, lo inabarcable, lo insondable. Tal vez ese arrojo es el que les da a los primeros narradores cierta aura de seres sagrados o al menos de personajes heroicos. El narrador fue y volvió. Retornó ileso. Allí radica su poder y, en gran parte, su sabiduría. Conoce que hay más allá de las montañas, allende los mares, al final de las dunas. Su saber está sazonado con los conocimientos propios del afuera, de lo que crece en el abismo o abajo de los desfiladeros. Es una sabiduría recogida, recolectada en sus viajes; una sabiduría que, como en el hablador machiguenga va guardado en su bolsa, en su memoria. Determinada raíz, una piedrecillas especiales, un ungüento, un mito, una anécdota, una invención…

También el relato de Vargas Llosa me sirve para ejemplificar, o al menos para sentir solidaridad en otra tesis personal: la narrativa es un esfuerzo del primer hombre para sortear el olvido, para romperle el espinazo a la nuestra condición finita. El narrador conserva, preserva, tutela, cuida lo más preciado de una comunidad, una tribu, un pueblo, una familia o un individuo. Y aunque pueda parecer una lucha fallida, el narrador persiste en esa tarea de recontar para no dejar perder, de volver a decir para reconstruir, de relatar para reconocer. La comunidad al oír esas historias se reconcilia con sus mayores, con sus ancestros, con sus tradiciones, con sus dioses; los oyentes, a través de las historias del narrador, toman conciencia, caen en la cuenta, despiertan su imaginación, trascienden su rutina o sus hábitos. Es como si el narrador fuera un puente entre lo deleznable y lo perdurable; entre lo sabemos pasajero y aquello otro que entrevemos como permanente. El lubricante de ese mecanismo o como lo llama Vargas Llosa “la savia circulante” es el relato, los cuentos que cuenta el narrador, la literatura, en suma. Las historias del narrador anclan sus pies en el pasado para conectarlo con el presente; son otra forma de filiación, de herencia. Por eso cuando se está sentado alrededor de la voz del narrador, cuando se entra en ese magia o encantamiento, lo que se vive es un no tiempo, un tiempo eternizado, que los cuentos maravillosos saben convocar a partir de una fórmula intemporal: “Había una vez…” Ese pasado rememorado por el narrador es también un hoy y, de alguna manera, un mañana.  Su voz aglutina las formas gelatinosas de la temporalidad; les ofrece un canal, les abre una boca a su fuerza tectónica. Entonces, el viejo querido de la aldea vuelve a aparecer con su chicote y su sombrero de paja, con sus anécdotas y su perro sarnoso; y el tío fantástico, que ahora se encuentra postrado por el Parkinson, se lo ve otra vez echándose encima de sus hombros bultos de yucas o costales de maíz, recupera su juventud y sube vigoroso por los caminos agrestes, abriendo con sus pasos de campesino auténtico una trocha inédita… Todo se restituye. El narrador sutura las fisuras ocasionadas por el tiempo; zurce olvidos; amarra anécdotas sin las cuales nuestra vida sería como un álbum desencuadernado o un espejo vuelto trizas. Las historias del narrador son en verdad un pegamento, un adhesivo de nuestra identidad como personas o como grupo social. El narrador nos recuerda: lo que éramos y lo que somos. A la par que nos pone en situación de escucha, nos exacerba la sensibilidad para no perder la esencia de nuestra mismidad.

Allegro maestoso

29 jueves Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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Escritura y música

(Motivado por el Concierto para guitarra N° 1, en La mayor, Opus 30 de Mauro Giuliani. Academy of St. Martin in the Fields Sir Neville Marriner; Guitarra: Pepe Romero)

Concierto para guitarra y orquesta de cuerda en La mayor, Opus 30

Arriba el sol y las nubes abriéndose. Amplias. Gruesas. Densas. Un rayo de luz metiéndose entre ellas, como apartando el gris blanco algodón. Un rayo diminuto, festivo, juguetón; un rayo victorioso y libre. Un rayo de sol… Abajo, la hierba y el agua corriendo, saltando entre las piedras; y un árbol gigantesco, repleto de hojarasca… Hay silencio. Amanece… Amanece… Varias flores hasta ahora se ponen su cabello de olor y sus manos blancas. Amanece… Y de pronto, súbitamente, un rayo de sol. Nuestro rayo de sol recorriendo todo el paisaje, todo ese verde de montaña… “Más luz grita una sombra”. Y el rayo se dedica a acariciar cada hoja, cada intersticio de rama, cada partícula de tronco… Luz, luz, de abajo hacia arriba… Subiendo o bajando la luz baña al árbol de color… Hay danza de amanecer. Una hoja se esconde, otra apenas aparece… El rayo de luz la busca, la busca. Hay danza de color… verde, ocre, marrón… amarillo resplandor, amarillo limón… más verde, más sol… Un rayo de luz pleno, redondo. Del cielo a la tierra como un rayo perfecto, como una línea iridiscente de color… Lentitud y fijeza… Amanecer lento y suave. Colores de un día brumoso… Y el viento, el viento aprendiendo a abrirse paso entre ese baile de color.  Viento, arpa en el aire; viento… caricia justa en cada cosa y en cada hoja; caricia limpia entre el paisaje de reciente vida nueva… El rayo de luz, el sol jugando a reconocer todas sus criaturas… Amanece… Tiernos son los colores a las cinco de la mañana. Hay ternura en la tierra cuando ha dormido tanto tiempo entre la noche… Anunciación. Luz, más luz; luz, más luz… Ya todo brilla. Hay plenitud. Y el viento ansioso por ser como ese sol. Poderoso e invisible. Piel de dios perfecta… Piel solamente y nada más…

Solo importa la última pincelada

28 miércoles Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Comentarios

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«Pintor y modelo», 1984 de Darío Morales

(Comentario a La obra maestra desconocida de Balzac)

Sinopsis:

Esta pequeña novela de Balzac cuenta la historia de Frenhofer, un viejo pintor discípulo de Mabuse que, en el afán por buscar la perfección en su obra, y debido a sus dudas frecuentes por encontrar el secreto para insuflarle vida, termina por emborronarla de tachones y convertirla en cenizas. La novela, dividida en dos capítulos, se inicia con la visita de un neófito artista, Nicolás Poussin, a un experimentado pintor, Porbus, y cuenta la súbita aparición del anciano Frenhofer que, tras ver un cuadro de Porbus, convierte sus  críticas en lecciones sobre pintura. Después de haber corregido con sus propias manos la obra de Porbus, Frenhofer invita a los dos artistas a su estudio para compartirles alimento y seguir hablando de pintura. En la segunda parte, Balzac presenta los conflictos de Frenhofer por concluir su obra maestra.

Comentario

La nouvelle de Balzac es uno de esos textos capaces de penetrar hasta la médula de un genuino artista. Primero, porque evidencia las diferentes luchas por las que pasa alguien que desee dedicarse a las artes; y, segundo, porque ahonda en las constantes dudas que lo asedian frente a esa vocación no fácilmente gobernable o previsible. La obra maestra desconocida nos muestra, además, el afán del novato artista por conocer y acceder a los misterios de un artista consagrado o alguien al cual podemos considerarlo como un maestro.

Si uno analiza el caso de Frenofer, ese demonio, ese genio de la pintura, se da cuenta de que él personifica al artista consagrado, a ese ser que por más de diez años se centra en buscar la perfección. Un pintor que ha sido depositario del secreto de otro gran maestro, Mabuse, pero que, a su vez, vive esa lucha con la conquista de la belleza, de la vida capturada en un lienzo. Frenhofer es alguien que se sabe conocedor de los secretos del arte pero que duda permanentemente de ese mismo talento. Y no es porque desconozca las técnicas propias de su arte, sino porque sabe que “para ser poeta no basta conocer a fondo la sintaxis”; siempre se necesita algo más, una especie de alma capaz de “captar el espíritu”, una chispa parecida al fuego de Prometeo, un celo para “acechar y sorprender a la vida”. Frenofer es un símbolo del artista como buscador de una verdad que va más allá de la superficie, de la apariencia de las cosas. Sin embargo, esa misma búsqueda, cuando se vuelve una obsesión por la perfección, trae consigo una fuerza contraria que termina por consumirlo a él y a su obra. Todo artista, nos advierte Balzac, debe saber que “el exceso de conocimientos, al igual que la ignorancia, acaba en una negación”.

De otra parte está el novel pintor Nicolás Poussin. Un muchacho que sueña con ser un gran pintor. A lo largo del texto es testigo de las charlas y los consejos de un gran maestro; accede a los talleres y a los lienzos de personajes consagrados al oficio. Balzac nos lo muestra como un “pintamonas instintivo” que tiene destreza para la pintura. Al igual que Frenhofer este artista vive una lucha: quiere conocer la gran obra, el secreto mayor, pero para ello tiene que mostrar a su amante, a Giselle, una hermosa mujer, una obra de la naturaleza. Y aunque en un momento duda y prefiere ser más amante que pintor, lo cierto es que al final, entrega su amada a los ojos avezados de Frenhofer. El resultado es previsible: Poussin puede ver la obra del gran maestro pero pierde a su Giselle de carne y hueso.

Porbus, Francois Porbus, sirve como mediador o piedra de toque para las luchas interiores de estos dos personajes. Es en su taller en donde se presentan las primeras lecciones de Frenhofer cuando critica y mejora su cuadro de la María Egipcíaca; es con él que Poussin asiste al estudio donde Frenhofer comparte la lucha por alcanzar “la flor de la vida”, y es él, precisamente, el que anima a Poussin a ofrecer su amada al consagrado maestro de la luz y la sombra. La mediación de Porbus es evidente: ofrece su obra para que se luzca y se vea la experticia de Frenhofer; funge como celestino, al hablarle a Frenhofer de la bella mujer guardada por Poussin; participa de la intriga de Poussin por descubrir el gran secreto, la obra maestra de Frenhofer.

Pero lo que más llama la atención de esta pequeña novela, un texto que impactó profundamente a artistas como Piccaso o como Rilke, un relato que según cuentan, hizo llorar a Marx, es la lucha entre el arte y la vida. Balzac pone ante nuestros ojos esa doble mirada, esa tensión. Por un lado el afán del artista por atrapar lo milagroso y perfecto de la naturaleza; por el otro, las indomables formas de la sangre, las libérrimas figuras de la luz, ajenas o esquivas ante el verso o la pincelada que intente dominarlas. En La obra maestra desconocida se puede percibir esa fascinación del misterio de la vida que nos desborda pero que al mismo tiempo intentamos retener o guardar. Afuera está “la sangre que corre”; adentro, el artista que con sus limitados medios intenta no copiar la vida sino “recuperarla” o “insuflar una pequeña parte de su alma a su querida obra”. Ese esfuerzo es a todas luces Prometeico. Se trata de dar luz, de hacer que brote una chispa de sol de una superficie plana y opaca. Ahí está la lucha del artista. Ahí su tenacidad; una tenacidad convertida en perseverancia: ya lo decía Frenhofer: hay que “perseverar hasta constreñir a la naturaleza a mostrarse totalmente desnuda y en su verdadero significado”.

El artista verdadero habita esa lucha permanentemente. Y las formas de que se vale, los instrumentos que emplea son apenas medios para comunicar tal conflicto. Por eso, y la idea es profundamente balzaciana, el artista cuando se enfrenta a la vida debe “esperar su momento, espiarla, cortejarla con insistencia, abrazarla estrechamente para obligarla a entregarse”. No hay otra manera para lograr expresar “la desbordante plenitud de la vida”. Desde luego, este esfuerzo, esta labor de espionaje y cacería vital, no siempre llega a feliz término. Puede suceder que al final, no tengamos más que una tela emborronada y llena de tachones. Frenhofer conocía ese veredicto maldito: “sólo importa la última pincelada… Nadie sabe lo que hay debajo”. Pero lo valioso de este esfuerzo del artista es ese pie que sobresale en una esquina del lienzo, un pie perfecto en medio de una “bruma sin forma”, un pie en el que, a pesar del “caos de colores, de tonalidades y de matices indecisos”, se respira la vida perseguida. Un pie desnudo que, en últimas, testimonia el sentido de la búsqueda profunda del artista.

El artista y la búsqueda. Esa parece ser su condición esencial. Aunque la meta se asemeje a alcanzar una obra maestra, lo que cuenta es el intento, la persistencia, la vocación en este propósito. Hay que “gastar muchos lápices y embadurnar muchas telas”. No hay que contentarse “con la primera apariencia que nos entrega, o, a lo sumo, con la segunda o la tercera”. No. El artista debe tener presente que “sólo después de combates prolongados con la obra se la puede obligar a presentarse en su aspecto verdadero”. De eso se trata. De no sucumbir al intento de “captar el alma, el espíritu, la fisonomía de las cosas y los seres”. Por eso mismo, Frenhofer insistió diez años; claro, qué importan diez años, cundo “los frutos del arte son eternos”. Y la enseñanza del relato de Balzac es precisamente esa: lo que importa es la búsqueda, no la duda. Lo mejor, entonces, es ponerse a trabajar “con amor y perseverancia”. Más que intenciones o nostálgicos pensamientos, lo que el artista necesita es tomar los pinceles y continuar su lucha o su camino de buscador de la belleza, de cazador de formas, de perseguidor incesante de la vida. No es la fama, ni los honores los que deben atormentar su destino. Es la necesidad y la alegría de estar laborando en un proyecto lo que debe iluminar su tarea cotidiana. Tal vez así encuentre la “obra maestra”; de pronto de esa manera conquiste la odalisca perfecta, la vida resplandeciente salida de un lienzo humilde y unos oscuros pigmentos.

Y aunque “la antorcha de Prometeo se nos haya extinguido muchas veces en nuestras manos”, lo importante en esa búsqueda es “no dejarse engañar por los fuegos fatuos”, no cansarse demasiado pronto. En consecuencia, como lo advertía Frenhofer, para salir de la “desgraciada indecisión”, de la duda que inmoviliza, lo mejor es trabajar con “apasionado ardor”, consagrarse al arte con fe y, fundamentalmente, “convivir durante mucho tiempo con la obra para producir una genuina creación”. Sólo así no dejaremos perder esa llama de la que hablaba Balzac, refiriéndose a los jóvenes artistas, “esa llama encendida por un noble entusiasmo”, esa vocación de capturar la vida con colores, palabras o sonidos.

Sobre los diarios

26 lunes Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos, APRENDER A ESCRIBIR

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«Basta un poco de valor»: Cesare Pavese. «¿Es la vida muy fija o muy cambiante?»: Virginia Woolf

He aquí el dilema del diarista: acatar la necesidad de escribir o ceder al pudor para no revelar su intimidad.

*

Al diarista le importa la vida vivida, sí; pero mucho más la vida recordada.

*

Las páginas en las que se escribe el diario están hechas de la misma materia con que se hacen los espejos.

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De todo lo vivido el diarista selecciona o elimina algunos hechos. En este sentido, su labor es de criba de la propia existencia.

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En un primer movimiento el diario ayuda a recordar; en un segundo tiempo, es genuino reconocimiento.

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Los diversos registros en el diario van forjando, sin saberlo, lo hitos de un itinerario vital.

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Ciertas abreviaturas que el diarista emplea, aunque parecen estar allí para proteger la identidad de determinadas personas, lo que en realidad protegen son los sentimientos de los implicados.

*

La espada de Damocles del diarista es la escurridiza y cortante verdad.

*

El diarista advierte que, como el corazón, debe bombear escritura todos los días para irrigar de vida toda su existencia.

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El lector de diarios es un biógrafo de indicios.

*

Todo autor de diarios –y Tolstoi es un ejemplo perfecto– lleva en la práctica por lo menos dos textos: aquel que está visible o disponible a los ojos del público, y otro al que sólo él puede tener acceso. Este último diario pertenece a los textos apócrifos.

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El diario pertenece a la escritura confesional. Por eso es el lector quien absuelve o pone la penitencia.

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La exigencia moral del diarista es no mentir. Pero cuenta con la licencia de no decirlo todo.

*

El escritor de diarios siente que cada día marca el fin de su vida. Cada registro, entonces, se asemeja a un testamento.

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Al volver a mirar lo escrito en el diario propio se descubren obsesiones, preocupaciones, monotemas. Esto prueba que toda existencia es la persistencia de unos cuantos motivos.

*

Leyendo algunos diarios se descubre que lo más significativo para alguien puede ser lo menos importante para otro. Sin embargo, la forma como se cuenta la vivencia de cada hecho es lo que provoca un interés universal.

*

El diarista actúa como un notario de lo pasajero.

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Cuando en un diario nos encontramos con tres asteriscos reconocemos un ejemplo del alfabeto con que escribe la privacidad.

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Hay diarios tan escuetos en sus registros que parecen mensajes criptográficos.

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El lector de diarios –especialmente de artistas y literatos– conoce que detrás de las obras terminadas se esconde un ser humano acosado y atormentado por los procesos de la creación. Ese es el objetivo fundamental que lo anima a hojear o leer aquellas páginas.

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Para algunos escritores el diario es un coto de caza o una red de pesca para atrapar ideas o argumentos literarios.

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El diarista sabe que es en la labranza habitual de su parcela como en verdad descubre si es tierra fértil o un suelo yermo e inhóspito.

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Así como el investigador tiene su laboratorio, el escritor posee su diario. Ambos necesitan experimentar, cotidianamente, las posibilidades de su materia.

*

Si muchos diarios nacieron en los campos de concentración es porque el encierro nos obliga a tener que conversar largamente con nosotros mismos.

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El que lleva un diario está en la perspectiva de convertir hechos en acontecimientos. Por ello, es un cronista de su propia vida.

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Megalomanía y narcisismo: esos son los dos vicios frecuentes del escritor de diarios; autoestima y autocrítica; éstas, dos de sus virtudes necesarias.

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El diarista, el genuino, pasa del deseo de escribir a la necesidad de la escritura.

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Hay diaristas que viven la escritura como un vicio: es su cuerpo –más que su mente– el que reclama la dosis diaria.

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El diarista sabe que el envés de la sinceridad no es la mentira, sino la prudencia.

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Hay registros de diarios que por más que intentamos comprenderlos siguen siendo absolutamente secretos. Esto prueba que la intimidad escribe en oráculos.

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El diario escrito en papel confiaba en la posteridad para tener lectores; los diarios virtuales esperan que los internautas conviertan el porvenir en un presente.

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El lector de diarios es un fisgón erótico: su voyerismo consiste en contemplar el desnudarse de las almas ajenas.

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El diarista es un perfecto amante: todos los días tiene una cita de amor con su escritura.

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Se olvida que llevar, en su origen, significaba “levantar” o “aliviar”. Así que, cuando se lleva un diario, se le quita sobrepeso a la carga existencial de cada día.

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El diarista, como todos los hombres, anda paso a paso cada día. Pero cuando escribe sus registros lo hace desandando lo vivido.

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Apeles, el pintor griego de la antigüedad, fue un diarista consagrado. De allí su consigna: “Nulla dies sine línea”.

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El diario tiene menos de acta que de sumario. Privilegia la remembranza sobre la exactitud.

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Algunos diarios hacen las veces de objetos sagrados sobre los cuales los diaristas –Cesare Pavese, por ejemplo– toman juramentos o decisiones irrevocables sobre su vida.

*

Lo mejor de llevar un diario e dejarse llevar por la escritura.

*

Vistos en conjunto los diferentes registros de un diario se asemejan a los cuadros de una galería. Con una diferencia: los primeros se saben “esbozos” frente a los segundos que se consideran “obras terminadas”.

*

Los registros de los diarios ocultan, tras su impacto superficial, las marcas del golpe de la experiencia en el subsuelo de una conciencia.

La mano del que escribe

24 sábado Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

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Elías Canetti, Hábito de escribir, Masa y poder

Con mis manos tomo el diccionario, un diccionario etimológico. Mis manos discriminan, seleccionan las hojas, buscando la palabra mano. Me sorprende, ahora que las observo con cuidado,  ese gesto tan preciso con que pasan las hojas, la manera como se combinan la velocidad, la presión y cierta sutileza. Coloco el libro entre las piernas, a la par que mis manos abren sus hojas como preparándolo para mi lectura. Leo: «en latín manus: mano; del indoeuropeo man, mano. De la misma familia: amanuense, comandante, demandar, emancipar, encomendar, mampostería, manada, mancebo, mandar, manejar, manera, manifestar, maniobra, manipular, manso, manual, manufactura, manuscrito, recomendar…»  Mis manos toman el libro, lo cierran y lo vuelven a colocar en uno de los anaqueles de mi biblioteca.

Vuelvo a mi escritorio; me siento. Fijo mis ojos en la pantalla y mis manos empiezan a danzar sobre el teclado. Hago un alto para que mi pensamiento repase lo que he escrito; mis manos se detienen en actitud de acecho. Ellas también esperan. Reviso todos los verbos relacionados con mano. Noto como hay varios de ellos asociados con el poder o con la autoridad, como si en la mano se pudiera sintetizar el dominio, el dominus. Quizá porque la misma mano representa la fuerza, el puño, la agresión, la violencia; quizá porque la mano colocada encima de la cabeza del esclavo señalaba su libertad. Hago otra pausa y me dejo atrapar por el juego de las correspondencias de mi pensamiento. Recuerdo a Elías Canetti, Masa y poder. No resisto la tentación. Vuelvo a levantarme. Mis manos me siguen; las siento como guardianas de mi equilibrio, como finas herramientas de mi corporalidad…

Retorno a mi estudio. Mis manos vuelven a ofrecerme otra lectura. Página 207, dentro del capítulo dedicado a «Las entrañas del poder», selecciono, «La mano»: «la mano debe su nacimiento al vivir de los árboles. Su primera característica es la separación del pulgar: su vigoroso perfeccionamiento y el mayor espacio que media entre él y los otros dedos permite la utilización de aquello que alguna vez fue garra para asir bien las ramas. Desplazarse sobre los árboles en todas direcciones se hace fácil y natural; en los monos se ve el valor de las manos. Esta función más remota de la mano es conocida por todos y apenas podría ser puesta en duda.

Pero lo que no se considera suficientemente es la función diversa de las manos al trepar. Las dos manos no hacen, de ningún modo, lo mismo a un tiempo. Mientras una procura alcanzar una nueva rama, la otra sujeta la anterior. Este sujetar es de importancia cardinal; durante un desplazamiento rápido es lo único que impide caer. La mano, de la que pende todo el peso corporal, no debe bajo ninguna circunstancia soltar lo que sujeta. En ello manifiesta una gran tenacidad que, sin embargo, debe distinguirse bien del antiguo sujetar la presa. Porque apenas el otro brazo ha alcanzado la nueva rama, la anterior ha de ser soltada. Si esto no sucede de prisa, la criatura no puede, al trepar, avanzar mucho. Es, pues, el soltar como un relámpago, la nueva aptitud que se agrega a la mano; antes la presa nunca era soltada, sino bajo extrema coerción y muy en contra de toda costumbre y voluntad…» 

Dejo por un momento la lectura de Canetti. Prosa precisa y sugerente. Durante el tiempo en que he transcrito el texto mis manos han seguido un libreto: después de mucho ejercitarse ellas no necesitan de mis ojos para localizar una tecla, una letra. Digamos que mis manos, de tanto transitar sobre este plástico camino gris, han logrado la manumisión de mis ojos. En todo caso, la digresión por Canetti me ha servido como un refuerzo a esa primera relación de las manos con el poder. Quiero seguir desarrollando otra idea, pero las manos invisibles del texto de Canetti me han atrapado. Avanzo a la página 213: «La mano que recoge agua es el primer recipiente. Los dedos de ambas manos que se trenzan entre sí, forman la primera canasta. Aquí creo que nace la rica evolución de toda clase de trenzados, de juegos de hilos, hasta llegar al tejido…»

Una de mis manos se aleja del teclado, corre la manga de la  camisa y con un dedo deja libre el tablero de mi reloj. Las doce de la noche. Mañana tengo que estar a las cinco de la mañana en el Puente aéreo. Hago cálculos: al menos podré dormir unas cuatro horas. La mano derecha se aparta un poco del teclado y busca el mouse. Un ratón especialmente diseñado para ella. El índice hace sintonía con el cursor (ese otro dedo) y busca arriba, en archivo, el comando guardar. Hago otro gesto, doy un nuevo click y reconozco que esta tarea de escritura está medularmente soportada en los variados y finos gestos de mis manos. Manuscrito, manifiesto…amanuense.

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