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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2012

Microanálisis de dos cuadros

22 sábado Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Semiótica

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Rafael y Dorronsoro

Rafael y Dorronsoro

Miremos, a la vez, dos cuadros. «La Virgen de la Silla» de Rafael, y el retrato de María, dibujado al carbón por el pintor bugueño Alejandro Dorronsoro, en 1879.

Observemos los dos cuadros y dejémonos llevar, para empezar, por las miradas de las dos mujeres. La madonna de Rafael nos mira incitándonos; la mujer de Dorronsoro casi ni nos mira, o si ve algo, ese algo no somos nosotros mismos. Los ojos de la madonna de Rafael son vivos, alegres si se quiere; los ojos de la dama de Dorronsoro son tristes, perdidos ente el espacio de las cuencas. La mirada captada por Rafael es mediterránea: amplia hasta el infinito, larga y sin obstáculos, marina; la mirada captada por Dorronsoro es montañosa: limitada por la abertura de los párpados, lenta y progresiva al ir chocando con toda suerte de obstáculos, terrígena.

Vayamos ahora a los labios. La Virgen de la silla: labios pequeños pero carnosos: sonrisa; el retrato de María: labios largos, delgados: gesto. Los primeros, los de Rafael, provocativos, no tan virginales como frescos; los segundos, los de Dorronsoro, compasivos, virginales, sujetos al silencio.

Cambiemos de foco y entretengámonos en la contemplación de las orejas. Rafael, oreja limpia, abierta a la voz o a la proposición, limitada por el margen de un turbante oriental; Dorronosoro, oreja adornada con un crucifijo, el arete como interferencia a la palabra, la cruz como cadena que sostiene hacia abajo la libertad de la oreja, y aunque no hay turbante, una flor cubre el cabello de María.

Fijémonos ahora en el cabello. En María la gran moña, seguramente terminada en trenza, recogimiento, orden, cuidado visible: imperturbabilidad; en la Virgen de la Silla, moña también, pero disimulada, confundida con el cuello, ligero desorden, mínimo descuido, posibilidad del viento que agita: turbabilidad. He aquí que podemos decir de una vez un contraste: para Rafael contaba la fugacidad, la Virgen de la silla es la plasmación de un instante cautivador, de un tiempo que seduce; para Dorronsoro cuenta la eternidad, su retrato de María es la plasmación de un siempre esperar o de un tiempo irremediablemente perdido. Rafael: el movimiento; Dorronsoro: la fijeza.

Volvamos a los dos cuadros y detengámonos en el cuello de cada una de las mujeres. La Virgen de la silla nos muestra su cuello, nos lo exhibe como semejando la cerviz de una gacela: tenemos de ella una lateralidad que empalma con su rostro; la María de Dorronsoro no nos muestra del todo su cuello, apenas tenemos la idea de una medialuna creada entre la quijada y la arandela superior de la blusa; tenemos entonces de ella una frontalidad imposible de descubrir, la sombra nos lo impide, el rostro nos lo impide, la seda nos lo impide como un velo, como la caparazón de las tortugas.

Y ya que hemos visto las ropas de cada una de ellas, mirémoslas con más detalle. Rafael viste a su virgen pesadamente: terciopelo, poco importa el realce de las formas: ocultación total; Dorronsoro viste a su María livianamente: seda, importa mucho el realce de las formas: develación parcial. En tanto la Virgen de la silla retiene todo su encanto en lo visible, en lo observable, el retrato de María fija toda su seducción en lo no visible, en lo no observable…

Concluyamos nuestro análisis diciendo que estas diferencias entre los dos cuadros bien pueden sintetizar el cambio o la manera como el colombiano Jorge Isaacs reinterpretó un sentido del romanticismo europeo. Dorronsoro es a Rafael, lo que Isaacs es a Chateaubriand.

Carlos Fuentes

22 sábado Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Homenajes

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Carlos Fuentes homenaje

Mi maestro Alfonso Reyes

21 viernes Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario, Homenajes

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Biblioteca, Capilla Alfonsina

El maestro en su Capilla…

Se lo ve tan pequeño en medio de su casa de libros. De pie, sobre la baranda del segundo piso, está Alfonso Reyes; mi maestro Alfonso Reyes. Las paredes están tapizadas de volúmenes. No queda ni un solo espacio para nada que no sean libros y más libros. Es la “capilla Alfonsina”; el lugar sagrado del maestro. Abajo, en el primer piso, las bibliotecas siguen multiplicándose. Y en los pocos lugares libres, en esos intersticios salvados de tener encima un volumen, nacen floreros enormes y flores descomunales. Hasta parece que las flores son más grandes que el maestro. Está de pie. Se lo ve orgulloso de su casa taller, de su mesa de trabajo de dos pisos y muchas habitaciones. Tal vez por el ángulo en que fue tomada la fotografía el maestro se pierde entre tanta hoja, entre tanto libro. Sin embargo, puedo entrever su sonrisa. Esa sonrisa que cautivó a Germán Arciniegas. Mi maestro, es un hombre pequeño, rollizo. Tiene bigote y barba. Su cabeza reluce. La frente hace juego con una enorme lámpara. Mi maestro, con el que nunca hablé, el que siempre me ha dado sus lecciones desde el silencio de la hoja impresa, me dice: “!Entra!”. Y yo sé que esa invitación es familiar. Porque de tanto leerlo, de tanto releer sus libros, me he vuelto como amigo de su casa. “¡Sigue!”, vuelve a decirme, desde arriba. Y aunque lo vea tan pequeño, en medio de su inmensa biblioteca, siento que es un gigante, un coloso que me ha enseñado a amar la literatura, a saborear las palabras en sus ritmos, y a buscar por todos los medios, cuando escribo, la claridad del pensamiento.

«Olor de mar»

21 viernes Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Poemas

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Ilustración de la alemana Silja Goetz

Ilustración de la alemana Silja Goetz

Olor de mar

La tarea del escritor y la «Creación de las aves»

21 viernes Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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«Creación de las aves» de Remedios Varo

Por una ventana lateral entra un rayo de luz que, al ser pasado por un prisma, permite iluminar o poder ver mejor la figura de una mujer lechuza que pinta aves con colores provenientes de una retorta, la cual toma sus pigmentos de otra ventana que está a la espalda de esa artista alada. Las creaciones salen del papel y comienzan a volar; emprenden su huída hacia otra ventana. Vuelven transformadas a su lugar de inicio. La mirada del ave creadora es de absoluta felicidad. Cabe decir también que el pincel que usa está conectado a un violín que le sirve de collar.  

En ese cuadro de Remedios Varo está simbolizada la tarea del escritor: retomar algo de la exterioridad para someterlo a un prisma, para reconfigurarlo o darle otra forma; las herramientas que emplea tienen una doble característica; de un lado, son materias que partiendo de un afuera, han sido transformadas o transmutadas también por el lento paso de la sedimentación, la decantación o el tamizaje. Antes de convertirse en un color, sufren varias mutaciones, sendos cambios. La materia misma con la que trabaja el escritor, las palabras, son de por sí un sustancia transformada, destilada o sometida a diversas fuerzas y diferentes temperaturas. De otro lado, el otro útil del escritor es su pluma; pero ésta debe estar conectada a un pecho, a una sensibilidad de cuerdas; el que escribe debe estar atento a las sutilezas o los acordes de su propio corazón. Con esas dos herramientas el artista, que algo debe tener de ave para soñar o poder volar, y de búho o lechuza para estar vigilante o al acecho, puede crear sus obras. Esas criaturas van saliendo de sus páginas con ánimos de volar, de buscar el espacio primero o su ambiente original. Esas aves van en busca de un lector. Otras de las creaciones, pocas, prefieren quedarse a acompañar al ave creadora; son esas historias o esas obras que siguen en remojo, que aún esperan algún aire propicio, algún retoque, para emprender el vuelo. No sobra advertir que el escritor alado está descalzo. Como quien dice, nada de simulaciones o ropajes; ante todo, la autenticidad. Porque de eso se trata en últimas, cuando se es escritor, de decirse sin ambages, sin afeites o falsificaciones.  

Cabría agregar, por último, que dicha tarea se hace en soledad. Tal vez la lechuza creadora conoce el riesgo de mover el prisma o desenfocar la luz; de pronto la lechuza escritora sabe del riesgo de mutilar o gestar la vida; es posible que los búhos escritores comprendan que su labor es un oficio alado, una tarea de vértigos y abismos, de vientos y gravedades. Entonces, ese acto de escribir o de delinear nuevos seres, demanda a los escritores una atención y un cuidado supremos; los invita a encerrarse en ese estudio alquímico para que las experiencias o los eventos pasajeros de la vida, hechos con sudor y sangre, sean transformados en relatos o cuentos, en historias elaboradas con colores y plumas. Sólo así la pesadez de la existencia puede ser comprendida y soliviada por la levedad del arte.

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