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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2012

La voz de la radio

26 miércoles Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Hablar de la radio es, desde luego, decir oralidad. La radio y la voz se juntan, se conjugan. Y decir oralidad, hoy sobre todo, significa instaurar o reconquistar el espacio del diálogo, de la charla, del coloquio. La radio, a diferencia de la escritura, rescata para nosotros el calor de la voz, la certeza de la palabra que se vuelve compañía.

Podríamos decir que la radio, por lo mismo, cumple un papel eminentemente antropológico. La radió reúne, aglutina. La radio se asemeja al antiguo fuego tutelar, a la taza de café o al vaso de cerveza. La radio es un lugar donde la charla y la tertulia hallan su ámbito o, por lo menos, se inician. La radio es una ausencia que se hace presencia. Una voz que encarna cuando la escuchamos. Un aire que nos refresca o nos recuerda el vaivén, el movimiento de lo vivo. La radio, como la voz, y a diferencia de la letra, siempre es una forma viva, sensitiva. Una forma para el sentimiento.

Y a la par de esta función antropológica de la radio, una segunda utilidad, un segundo propósito: la radio conserva el tono oral de la épica. La radio nos instruye. Su labor pedagógica, entendida como un relatar, como un volver a contar toda la historia, el viejo mito, el infinito cuento, su papel, decimos, es el de romper las fronteras del aula, del salón de clase. La radio educa sin fronteras. Acá es donde la radio adquiere un compromiso, una ética. Y más en un continente como el nuestro, donde sigue siendo la voz gestora y ordenadora de los hombres. Somos un continente preferencialmente oral, un territorio abierto y dispuesto hacia la radio.

Sin contar que la radio es el lugar adecuado para que la música, esa otras voz, despliegue su fascinación, su encantamiento. La radio y la música se juntan, se comprenden; ellas, a la manera de una yunta, labran adentro de nuestro ser, hunden sus ritmos, sus acentos, en cada pedazo de nuestra geografía corporal. Música y radio. Poesía y palabra. El hombre siempre ha sido un esclavo del sonido hecho compás, de la palabra vuelta canto.

Oralidad, melodía, voz. La radio busca nuestro oído, reclama ese sentido un tanto descuidado. La radio quiere que nuestro oído, vea. Aspira a hacernos más aptos para otro tipo de visión. La radio nos invita a ahondar en nuestro imaginario, nos avienta al mundo de la ensoñación. Cuando escuchamos radio, los símbolos que perviven en alguna parte de nuestra memoria se desatan, se levantan, estallan como luces de colores. Al afirmar el oído, al tener fineza para escuchar la radio, nos volvemos eminentemente fantasiosos. Entramos al mundo de la infancia.

Hablar de la radio hoy, cuando la imagen y la letra parecen entronizadas para siempre, no deja de ser un acto irreverente. Sin embargo, hay algo en la oralidad, en su viveza, que aún nos asombra. La radio parece ser, quiere ser, una evidencia de nuestra condición de hombres. Antes de ser escritores, fuimos habladores. La voz viene a nosotros como un don o como una conquista; la voz es y seguirá siendo la primera creación. El verbo es gestor del mundo. La palabra, la oralidad, la radio, siguen siendo la voz que anima cualquier génesis.

«Dolor de muela»

25 martes Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Cuentos

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Desde ese lunes festivo, desde esa comida exquisita que le habían traído sus padres de las montañas del Tolima, el profesor tenía un dolor leve y continuo en uno de los molares inferiores. Justo en aquella muela donde, quince días atrás, Manuel –su odontólogo– había hecho un tratamiento de conductos.  

El profesor trataba de ignorar el dolor pero, a su pesar, se hacía cada vez más incisivo, más agudo. «Bien miradas las cosas, pensaba, un dolor de muelas es como una basura en un ojo». Era un dolor como de corrientazos eléctricos, como de ebullición de la sangre. Un dolor persistente y molesto. «Como los cobradores, como los acreedores de nuestra misma familia». El profesor intentó, por todos los medios, relegar ese dolor a un plano menor, a una dolencia insignificante, pero –a medida que pasaban las horas– el malestar, la desazón se hacía más evidente, más perfecta.  

Afortunadamente, esa noche, pudo dormir.  

Bien entrada la mañana, se levantó repleto de optimismo. Era su primer día de trabajo, después de vacaciones de fin de año. Se preparó un desayuno “Bruce Lee”: en una licuadora juntó el jugo de varias naranjas, un huevo, un banano, varias clases de cereal y miel. Dos vasos. Los ingirió unos minutos antes de que el pito del taxi, 2256666, lo pusiera en camino hacia el enorme edificio de la Universidad.  

Saludó a todo el mundo. Volvió a encontrarse con los sitios y objetos familiares, con su escritorio lleno de papeles, con los dos grabados de Doré (“Don Quijote” y “Dante”) que adornaban una de las paredes de su oficina. Estuvo por más de dos hora reunido con las dos compañeras de equipo, Sandra y Fanny, hablando de las actividades de ese año, de ese primer semestre. Después, salió de la oficina, de ese cuarto pequeño, y fue directo hasta la biblioteca. Quería oler a su Universidad, verla otra vez, sentirla como un campesino reconoce su pedazo de parcela.  

Bajó las múltiples escaleras, detuvo un taxi y fue directo hasta el centro de la ciudad. Compró dos revistas, sacó algunas cuentas de cobro de su apartado aéreo y tomó rumbo a su casa. Justo cuando el automóvil enfiló sus láminas amarillas hacia la avenida 26, volvió a sentir ese dolor, esa angustia ya vuelta familiar. Sacó de su maletín una de las revistas y empezó a hojearla; leyó con detenimiento una de las columnas habituales de la publicación, tuvo presente varios de los titulares, miró con deleite prospectivo un calendario de la Copa Mundo USA 1995. Cerró momentáneamente la revista. El malestar de su muela se hizo más vivo. Las manos y los ojos del profesor volvieron a navegar en ese cuerpo de papel de 82 páginas. Ahora la mirada se clavó en una fotografía brutal, demoledora. En blanco y negro: un hombre lleva entre sus brazos, como si fuera otra Pietá, el cuerpo exánime de su mujer. El hombre viste una camiseta sucia, ceñida al cuerpo, mojada, sudorosa. La mujer, tiene el torso desnudo –apenas una prenda le sirve de bufanda macabra–; la cabeza echada hacia atrás y los brazos como puestos en cruz. La mirada de odio y resignación del hombre, los ojos cerrados de la mujer; las manos del hombre como soportando una novia en el día de su matrimonio; los brazos delgados de la mujer, con una pulsera reluciente hacia el final de una de sus manos. Acaba de llover o está lloviendo. Atrás de ellos dos, como sirviendo de escenario, los rostros de algunos jóvenes. Las costillas de la mujer, su flaqueza; los senos y los pezones de la mujer –vivos aún, hermosos–… El cabello desordenado del hombre, los labios ligeramente abiertos, como si hubiera corrido a cuestas con el dolor durante muchos kilómetros; su mirada… El profesor leyó el pie de foto: Calcuta. Un hombre lleva a su mujer enferma de cólera. El taxi se detuvo.  

—»No tengo nada»—dijo para sí el profesor—, metiendo la llave en la cerradura de la puerta.

«Esa tarde»

25 martes Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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Etiquetas

Autobiografía, Figura paterna, Vida cotidiana

Los urapanes de La inmaculada.

Los urapanes de La inmaculada.

Esa tarde, a eso de las cuatro, le pidió a su amiga que lo acompañara al cementerio. No sabía bien por qué sentía esa necesidad. Quizá por ser un treinta de diciembre, o por ser las primeras fiestas navideñas sin la presencia de su padre. Sea por la razón que fuese atendió bien las voces de su corazón y las convirtió en un acto. Ya en el carro de su amiga, pasó a recoger a su mujer. Y los tres tomaron el camino de la autopista rumbo al norte, bien al norte de la ciudad. Un trancón puso su corazón al acecho. Más después de padecer una larga cola de automóviles pudieron llegar a las cuatro y media. A la entrada del cementerio compró flores moradas y de colores. Con ese regalo entre sus manos buscó la tumba correspondiente. A la vera del camino, debajo de los urapanes, se encontró con su viejo. Quitó las flores marchitas y trajo agua fresca. Con devoción armó el florero. Las lágrimas se le vinieron encima, como un alud repleto de imágenes y palabras. Con la voz entrecortada les pidió a las dos mujeres que fueran a buscar un ramo más de siemprevivas. Se quedó sólo con su dolor, desyerbando la pérdida, limpiando con sus manos aquella huerta de la hojarasca y los chamizos. Por primera vez le habló a aquella ausencia. Le pidió en voz queda por la salud de su madre, enferma en esos días; y le susurró una vez más su amor, su gran amor de hijo. Ahora las lágrimas parecían fardos que le doblaban la espalda. Cuando las dos mujeres llegaron él ya había limpiado la tumba. Levantó sus ojos llorosos y pudo ver los de su mujer, igualmente húmedos. Volvió a acariciar el florero con la misma ternura con que le acariciaba la cabeza y el cabello a su padre. Luego se metió en el carro azul navajo y cerró la puerta. Minutos después entraron las dos acompañantes. Un silencio fraterno y respetuoso también tomó asiento. Las manos del hombre esculcaron en la guantera buscando un pañuelo desechable. Le reiteró a su amiga las gracias por haberlo acompañado. Respiró profundo. En su mente seguía presente el pasado diciembre cuando el viejo, haciendo un esfuerzo descomunal, los había acompañado al ritual del abrazo, los besos, los parabienes y las recomendaciones para el año reciente. Y sabía que al otro día, en la siguiente noche, en esa otra noche de Walpurgis, tendría que encontrarse con esa evidencia de no verlo, ni oírlo, ni poder estrecharlo fuerte contra su pecho. Quizás por eso fue al cementerio, tal vez por eso sintió tal llamado. Como una manera de preparación, de ensayo para la función del otro día. Con la mano izquierda acarició la pantorrilla de su mujer. La apretó tiernamente, pero con firmeza. Ella le tomó el lóbulo de su oreja con gran cariño, como si supiera del dolor que en esos momentos transitaba por su corazón, similar a una recua de mulas por un camino de herradura.

         —¿Tienes mucha hambre?— le preguntó el hombre a su mujer, haciendo trizas el silencio.

         —Un poquito.

El primer narrador

22 sábado Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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«El contador de historias» de Howard Terpning

La narrativa es consustancial al ser humano. El gestar la tribu y el relatar van de la mano. Al hombre le gusta oír y contar historias. Siempre me ha gustado especular sobre la figura del primer narrador. Alguien que sale de lo conocido, traspasa lo desconocido y vuelve a lo conocido, para hacer lo desconocido familiar. Subrayo de una vez, la última parte: hacer lo desconocido familiar. No se trata sólo de salir, sino de retornar. La narración es, en esencia, el viaje recordado. O si se quiere, un seguir viajando pero en la memoria, en la recordación. La narración comienza con el nomadismo: y el hecho de salir de un lugar familiar, ese evento de romper las propias fronteras es el que motiva la emergencia del relato. Cuando se retorna, cuando se vuelve a la patria, los que se han quedado en casa, los que no han traspasado el umbral de lo conocido, le reclaman al viajero, al comerciante, que les cuente qué había en esos lugares, cómo eran sus gentes, qué se comía, cómo eran sus atuendos…, y el primer narrador, al lado del fuego tribal, viendo a su alrededor a la tribu en círculo reunida, se pone de pie y empieza a relatar. Pero no son suficientes sus palabras, acude a sus manos, a sus gestos, a un repertorio de sonidos, para acercar aquellas tierras, aquellos hombres, aquellas acciones suyas tan lejanas, para hacer visible lo que en principio es desconocido para sus oyentes. La gente de la tribu lo sigue embebida. El narrador, agiganta algunos rasgos, subsana con su imaginación ciertos vados de la memoria, se anima a multiplicar los hechos, a dotarlos de esa aura particular que tienen los acontecimientos. La tribu sigue expectante. El narrador cambia las tonalidades de su voz para tratar de reproducir la voz genuina con la que estuvo dialogando en esas tierras, allá, mucho más allá de los mares. Los oyentes ríen, se deleitan. Los más chiquillos, adormilados entre los brazos de sus padres, continúan el hilo de la historia, dejándose atrapar por esos mundos, por esos monstruos, por esas palabras vueltas más fascinantes con el crujir de las chispas de la hoguera y el frío de la noche. Una vez más el narrador prosigue con sus relatos. Ahora dibuja en la arena, en la tierra, un mapa rústico para darle una ambientación a sus palabras. Las gentes se inclinan ligeramente para ver cómo una rama seca sirve de punzón para producir aquellas líneas. El narrador se pone de pie. «Allí, dice, en medio de esas montañas, sucedió mi encuentro con la fiera más rara, más peligrosa y más grande que ustedes se puedan imaginar»… El narrador hace una pausa. Un silencio tan denso como la oscuridad que le sirve de telón. Luego agrega: «mañana continuaremos». Y aunque algunos de los miembros de la tribu alegan o piden continuar con el relato, el narrador se niega a proseguir con su historia. El círculo de personas empieza a disolverse. Varios niños siguen alrededor del narrador, implorándole que les adelante algo de aquellas fieras. «Eso será mañana, mañana seguimos con la historia», dice el narrador, empezando a caminar hacia el discreto lugar en donde duerme.

20 consejos para hacer un ensayo

22 sábado Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 32 comentarios

Ilustración de James Fryer.

Ilustración de James Fryer.

He aquí una veintena de pistas para ir, poco a poco, escribiendo un ensayo. Si quiere profundizar en varios de los aspectos mencionados en el texto, consulte mi libro Pregúntele al ensayista.

20 Consejos para hacer un ensayo

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