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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2012

Del escribir

20 jueves Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos, APRENDER A ESCRIBIR

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Las palabras son al escritor lo que el cuerpo al danzarín: su medio y su obstáculo.

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Lo que vemos como claridad en la escritura no es sino el lustre dejado por los múltiples tachones.

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Al escribir las palabras dejan de ser solo signos para nuestros ojos y se convierten en espejos para nuestro pensamiento.

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La forma como avanza la escritura es retrocediendo sobre sí misma. Reescribir, por lo tanto, no es repetir los pasos del camino andado sino recorrerlo limpiándolo de obstáculos.

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Aunque son las ideas la estructura ósea de la escritura, es el hábito de escribir el que provee los músculos y los nervios.

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Cuando el escritor está dedicado a su oficio percibe las palabras como signos foráneos; cuando después lee lo que ha escrito, las convierte en extranjeras señales para sus propios ojos.

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La coma es un movimiento de cabeza, el punto y coma un giro del cuerpo sobre un mismo asunto. El punto seguido, un paso a un tópico contiguo; el punto aparte, una zancada a un aspecto lejano… Puntuar es darle movimiento y dinamismo a las ideas.

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La página en blanco tiene tanto de provocación como de rechazo. Invita y repele; provoca y desprecia a la vez. La página en blanco es una seductora perfecta: a la par que nos ofrece sus delicias insospechadas las va escondiendo con su propia blancura.

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Hay escritores que se autoproclaman profundos, porque pocos lectores los entienden; pero, en verdad, apenas son confusos.

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El escritor es libre de decir lo que le venga en gana hasta que consigna las primeras palabras; en ese momento empieza su esclavitud. Y si continúa escribiendo es porque confía en que esos mismos signos le confieran algún día su manumisión.

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Si bien parece que se escribe con palabras, lo cierto es que son las ideas las que empuñamos cuando tratamos de escribir.

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Cuando nos ponemos a escribir el pensar halla su ambiente más propicio. Es el afuera de la escritura el que le otorga condiciones para su desarrollo. En suma, el pensamiento es un organismo aeróbico.

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Hay escritores búhos y escritores alondra. Los primeros, cazan de noche; los segundos, cantan a las primeras horas del día. La lección, entonces, es bien sencilla: el buen escritor debe indagar en su biotopo más indicado.

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La escritura, que es fijeza, detiene la fluidez de la vida. Pero este acto de muerte es una estrategia para atrapar la evanescente eternidad.

La lectura convoca no solo a nuestros ojos

20 jueves Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

≈ 6 comentarios

Imagen1

Ilustración de Jim Tsinganos.

La lectura convoca no sólo a nuestros ojos. Como actividad compleja que es, el leer demanda un esfuerzo de nuestra cognición y de todos nuestros sentidos. Leemos con nuestro entendimiento y nuestra sensibilidad, con nuestra memoria y nuestra imaginación. Este punto es de vital importancia para comprender cómo es el proceso y el ejercicio de leer la ciudad y cómo, también, tenemos ciertos retos pedagógicos en esto de desarrollar algunas competencias lectoras en nuestro estudiantes.

Reiteremos, entonces, que la lectura es una actividad plural, diversa. Leemos textos, imágenes, cuerpos, objetos. Por momentos, nos convertimos en lectores de aromas y sabores, de rutas y nodos, de hitos y escenarios. A veces, esas lecturas nos vienen impulsadas por nuestra hambre o nuestro gusto; otras, es el sentido de ubicación de nuestra residencia o el deseo antiguo de tener un territorio vital, el que nos insta a marcar un espacio. También puede ocurrir que esa necesidad de leer provenga de cómo jerarquizamos lo conocido y familiar de aquello otro que nos parece peligroso o extraño. Sea como fuere, somos unos permanentes lectores cuando estamos inmersos en la ciudad. Allí están los avisos saturados de una buseta; más allá, una larga e interminable oferta de vallas publicitarias; el asalto súbito de un mimo; la emergencia de un vetusto edificio o la construcción reciente de una ciudadela. Puesto de otra manera, se es habitante de una ciudad porque se es lector de la misma; porque se cuenta con cierta alfabetidad que permite descifrar los variados signos de que está hecha esa cartilla urbana.

Podríamos, de una vez, acuñar el concepto de «lectura semiótica», para señalar esa habilidad de desciframiento propia del ciudadano. Son variados los signos que lanzan sus mensajes o sus llamados en el tejido de una ciudad. Y para poder leerlos, para hacerse competente en su riqueza y densidad, tenemos que echar mano no sólo de conocimiento sino también de astucia, de maña. La lectura semiótica valora la intuición y esa sabiduría forjada poco a poco con el pasar de la experiencia. No es una competencia validada sólo en los textos canónicos o en las verdades científicas; de igual modo importa «el olfato» para no pasar por alto la trampa, o el «sexto sentido» para predecir un mal negocio o para no montarse al taxi que ofrece su «paseo millonario». ¡Cómo hay de claves y de atajos en esto de saber leer la ciudad! Y la semiótica, en cuanto estrategia de desarme o desmonte de los signos, en cuanto dispositivo para entender la ambigüedad de los mismos, parece ofrecernos toda una riqueza lectora que bien puede enseñarse en nuestras escuelas o centros educativos.

Pero, además, leer semióticamente la ciudad es sobrepasar el rol pasivo ante tales signos. Se lee semióticamente porque a la vez que desciframos el entorno, al mismo tiempo, reconstruimos su sentido; rearmamos otra vez el mapa o el tejido que nos interpela. No sólo se lee la ciudad, también se escribe en ella. Esa lectura genera un aserrín o un «detritus» que asume las formas del graffiti o la huella de la frenada sobre el pavimento. Todos los días rearmamos con nuestras lecturas nuestra ciudad. Todas las basuras, todos los huecos que agrandan sus bocas, todas las demoliciones, van perfilando nuevos mapas, van generando emergentes geografías. La lectura semiótica, entonces, demanda ejercicios de producción, de resignificación, de apropiación de la ciudad. Más allá de la escueta explicación lingüística de los signos, está la práctica misma del leer. Ese ejercicio social, histórico de la lectura. Una práctica llena de conflictos e intereses, de política e ideologías, de esperanzas y de sueños. Una práctica que rebasa el aula y convierte a la ciudad en un inmenso texto o en un sinuoso camino repleto de indicios y señales, de símbolos y alegorías.

Porque siempre se lee desde algún lugar. Porque no hay «lecturas inocentes» o asépticas. Porque nuestro ojo está iluminado (o empañado) por nuestras concepciones y nuestros credos. Tengamos presente que cada acto de lectura pone de manifiesto –querámoslo o no– nuestras personales inclinaciones o nuestras talanqueras espirituales. Tales condicionamientos deben ser explícitos a la hora de enseñar. Y cuando ese reconocimiento se pone en evidencia, es más fácil hablar del convivir o del aprender a respetar la diferencia. Si no hay esa toma de distancia, si no hay ese ejercicio de discernimiento o de reflexión genuina, asumiremos la lectura como algo dado, como un acto mecánico de decodificación. Nuestro oficio de docentes se basa en esa advertencia: «leemos siempre desde un lugar». Y eso hay que trabajarlo arduamente en cada uno de nuestros estudiantes: mostrarles que el conocimiento mismo tiene un sitio desde el cual emite sus juicios. Y que cada uno, si se trata de educar para la ciudad, tiene la tarea de construir su propio mirador, su propio nicho de enunciación. Que para ser partícipes o ciudadanos legítimos, tenemos la obligación de forjarnos un sitial desde el cual enunciemos nuestra palabra. Que leer es, en gran medida, el reconocimiento de una subjetividad.

Agreguemos a lo dicho dos cosas más. La primera, la necesidad de poblar nuestras aulas de otros soportes diferentes al libro. Es urgente que lleguen a nuestros salones y nuestros colegios otros materiales que son también objeto de lectura. El video, la música, los medios masivos, la calle, el Internet, la moda… Que tales dispositivos sean objeto de nuestro interés lector. Que no sean solo decorado de nuestras clases sino verdaderas páginas para ejercitar nuestra pesquisa semiótica. No obstante, debemos preocuparnos por entender que cada uno de esos soportes demanda un tipo de acceso diferente; que no podemos usar el mismo patrón para leer tan diversos materiales. Que una cosa es leer objetos, que otra bien distinta es leer discursos, y que son bien diferentes las herramientas o los útiles para leer las prácticas o los imaginarios. Allí hay un considerable menú de cualificación o capacitación para nuestros maestros. ¿Cómo se lee un símbolo, una estructura, una imagen, una puesta en escena?; ¿cuál es el proceder o el método más atinado para una lectura abductiva o inferencial?; ¿cuáles son las posibilidades y los límites de una interpretación? Esas distinciones pueden ayudar enormemente a mostrar la complejidad de la lectura y, al mismo tiempo, a entender que cada objeto o soporte demanda o exige de quien lo lee un tipo o un modo particular de abordaje.

El segundo asunto es un llamado a todos los maestros para que la lectura no sea únicamente el problema o la responsabilidad del área de español. Todas las áreas, al menos desde la óptica de una «lectura semiótica», están comprometidas con esto de aprender a leer.  La geografía, que nos da las herramientas para leer el espacio; la historia, que nos hace hábiles en la lectura de vestigios; la biología, que nos hace legibles el funcionamiento de la vida; las matemáticas, que nos provee de lentes para las cantidades y sus relaciones.  Luego no se trata de descargar esa responsabilidad en aquellos maestros de lengua o lenguaje. Tampoco parece atinado reducirla a la educación inicial o básica. Por el contrario,  la lectura es uno de esos transversales que, ojalá de manera explícita, debería permear todos los escenarios del currículo. Es que en esto de enseñar a leer, todos los maestros tenemos una responsabilidad compartida. Quizá porque la lectura misma desborda los límites de las asignaturas o porque ella sea una especie de punto de confluencia entre ellas. A lo mejor porque la lectura es una de las responsabilidades que la sociedad delega a la escuela. Una responsabilidad de primer orden que es, al mismo tiempo, un compromiso para toda la Institución educativa.

Como puede colegirse por lo que venimos diciendo, la lectura es una actividad compleja. Un proceso que conlleva, entre otras cosas, a identificar los signos, describirlos, relacionarlos; y, a la vez, a poder ver sus vínculos con quién y cómo los emite, a través de qué medios y con qué efecto en el receptor. La lectura abarca, de igual modo, una competencia para rastrear en cada signo sus vínculos –no siempre evidentes– con las mentalidades y los imaginarios, con la psiquis y la fantasía. De allí por qué decíamos que leer demanda un esfuerzo integral de todo nuestro ser. Y mucho más, cuando el objeto de lectura es ese otro universo complejo de las ciudades. Dejemos constancia de eso: las ciudades son como palimpsestos, como mosaicos que se metamorfosean y mudan. Las ciudades exigen, por lo mismo, un lector semiótico capaz de develar sus secretos; sus entradas y salidas, sus leyendas y sus mitologías; sus sistemas de señales y sus laberínticas redes, en donde todo circula y fluye respondiendo a ciertas lógicas de la planeación o a determinadas fuerzas del desplazamiento forzado o la búsqueda de mejor fortuna. Necesitamos lectores plurales, lectores críticos, lectores proposititos. Lectores capaces no sólo de habitar las ciudades, sino competentes para dotarlas de sentido, para redibujarlas con la escritura de la participación, para convertirlas en verdaderos textos vivos de lectura.

«En el avión»

18 martes Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Cuentos

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«La veo sentada frente a un espejo de la vieja casa de los Rodríguez…»

Tiene el mismo vestido color naranja, el mismo color de piel de mi tía Purificación, esa tía que ahora, cuarenta años después, viene cada semana a planchar alguna de mi ropa.

Es joven como lo fue mi tía. Y tiene, por esa lógica perfecta del azar, la misma forma de los dedos, con nudillos protuberantes y uñas cortas. Pero lo que más me sorprende son los vellos de sus brazos; brillantes como una pelusa amarilla sobre esa piel terrosa… Idéntico paisaje al de mi tía, cuando yo la veía llegar de Armero, repleta de bolsas, con unos enormes mangos, como regalo para el sobrino querido que estaba de vacaciones en Capira… Yo estuve enamorado de esos vellos, de ese color de piel, de esas piernas… Fue ella, el primer objeto de mis placeres solitarios. Ahora miro a la mujer, la que ocupa el puesto 18 D, al lado derecho mío, y pienso en el golpecito de mi tía al llegar a mi casa a las seis y cuarto de la mañana. Un toque hecho con alguna moneda, un toque seco y repetitivo. Un toque como de alguien desesperado por dentro.

En la mano izquierda tiene un anillo, parece de oro y diamantes… Y un reloj entre plata y oro. Recuerdo el “Mido” de mi tía, con el mismo color, el mismo diseño, la misma pulsera metálica. Bajo mi mirada y veo sus tacones. Negros, brillantes. Mi tía usaba unos tacones altísimos. “Tacón puntilla”, lo llamaban. Vuelvo a subir la mirada y me detengo en las pestañas; parecen postizas, pero no. Seguramente usa “encrespador”, mi tía también usaba uno. Un aparatico que no sé por qué secreta relación asocio con unas tijeras o con una máquina de afeitar. La veo arreglándose las pestañas, encrespándolas, como construyendo un parasol para la mirada. La veo sentada frente a un espejo de  la vieja casa de los Rodríguez. Una casa que tenía las puertas del mismo color naranja que el de la mujer que acaba de leer “Semana”; ha cambiado de posición sus piernas e intenta dormir después de más de tres horas de espera en este “aircraft” A320, la última tecnología…

Su busto es amplio, pero no tan pródigo como los senos de mi tía. Purificación tenía, porque ahora ya parecen odres desmayados, los mejores senos de todas las hijas de Hermelinda y Eliseo. También por esos globos de leche sin abrir, porque mi tía no tuvo hijos, yo me escondía entre los árboles y la hojarasca, lejos, bien lejos de la casa paterna para calmar mis apetitos de niño, mi ansia; un calor infinito que hacía que mi cuerpo entrara en desazón y buscara entre mis manos algún paliativo para esa sed inexplicable.

“Chaleco salvavidas debajo del asiento”, ha vuelto a leer por enésima vez la mujer. Tiene un cabello no tan negro como el de mi tía, pero con la misma forma; un cabello ensortijado hacia los hombros, dejando entrever unos ojos brillantes y una boca cuidadosamente retocada por un colorete. También mi tía gastaba largo tiempo pintándose los labios. Y como era bien morena, usaba un rojo fuerte, para que no fueran labios sino frutas los que colgaran debajo de su nariz. La mujer, de nuevo, ha vuelto a tomar el anillo para darle vueltas una vez más. Está nerviosa. De reojo, escudriña mi libreta de apuntes. Luego, vuelve a colocar su mirada hacia el espaldar del asiento delantero: “Abroche su cinturón mientras esté sentado”.

Congelo por un momento la imagen naranja de la mujer y voy volando, como este avión, a mi casa donde, seguramente, “Purita”, como le decimos, debe estar lavando las camisas y la ropa menuda. A lo mejor ya se ha tomado el chocolatico, porque mi tía, no ha abandonado ese ritual del chocolate por la mañana y a la mitad de la tarde; un ritual que yo asocio con otra práctica, una práctica adivinatoria: la lectura del chocolate. La veo ahora, más joven, no tan encorvada, sentada en el quicio de la cocina de techo de paja, leyendo en voz alta las formas, las huellas, los puntos marrones dejados por el chocolate. “Alguien va a venir, acá se ve como un avión”… “Aquí se ve como un camino”.

El continuum de la escritura

17 lunes Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 10 comentarios

“Hay que escribir en borrador, sin reflexionar demasiado sobre el lugar y la precisión de expresión de los pensamientos. Copiarlo una segunda vez, suprimiendo todo lo superfluo y otorgándole su verdadero lugar a cada pensamiento. Copiarlo una tercera vez, trabajando sobre la precisión de las expresiones”.

 (Tolstoi, Diario, 8 de Enero 1854)

Lo primero es el impulso, la pulsión de escribir. El deseo vuelto gesto: el gesto de la mano o los dedos que buscan delinear una palabra y, tras ella, otra más con miras a ser una frase, un verso. Esa pulsión está hecha de necesidad, de “ganas”, de goce por escribir. No siempre es racional o fruto de un premeditado acto volitivo; las más de las veces, es un impulso visceral, una fuerza inusitada, imprevista, acuciante. En suma, un impulso venido del fondo de nuestras entrañas o gestado desde ciertas profundidades de nuestro psiquismo que no podemos identificar con claridad. Nombrémosla, una dimensión abisal, para señalar con ello tanto su procedencia como esa mezcla de oscuridad y fauna extraña, tan maravillosa como indefinible.

Lo segundo es la copia. El pasar “en limpio”. En ello veo una tarea de destilación, de filtrado, de tamizaje. La inmediatez se ve sometida al yugo de lo mediato; el ojo vigilante de la razón, la luz de la conciencia, llama al orden a esos seres primeros de la noche, a esas fuerzas indómitas que despiden chispas y arañazos de expresión, que lanzan sus rugidos incongruentes de pasiones y obsesiones, de apetitos o loca imaginación. Pero, además, al pasar en limpio la primera escritura –hija de la pulsión inmediata y salvaje–  se logra que el escritor asuma o descubra un nuevo rol: el de lector de su propia producción. El resultado es una escritura reflejo: una nueva obra en donde podemos evidenciar lo esencial de lo farragoso de las ideas, percatarnos de las repeticiones innecesarias, advertir las incoherencias o descubrir esos conatos expresivos que se han quedado a medio camino entre el grito y la incomunicación.  Armados con la lupa de la totalidad y con ese otro lente que da “el después”, la segunda escritura es un juez que reclama estructuras, lógica en el planteamiento, verosimilitud en el desarrollo de una historia, pertinencia o impertinencia de ciertos comentarios. Este segundo momento podría llamársele, etapa de la doma de la ideas.

La tercera fase, que es también una actividad de copia, es una tarea más fina, más al detalle de las palabras, más centrada en el sonido de las mismas y, especialmente, en su interrelación. Precisión léxica, variedad semántica, concreción expresiva. Ya no la pirotecnia de la expresión inicial, como tampoco el estar atentos a la estructura y organización del conjunto, sino una labor de filigrana, un oficio de relojería sobre ese reloj de complejos mecanismos que es la gramática, la sintaxis, la estilística. El último momento, que de una vez deberíamos bautizar como fase de la corrección idiomática, nos invita a tener a la mano diccionarios especializados, unas fuentes capaces de sacarnos de las dudas sobre el uso apropiado de un término, o determinados textos guía, faros de nuestro lenguaje, para ayudarnos a navegar con cierto experticia en los mares de una lengua. De una lengua especial: la lengua escrita.

Es obvio que el proceso de escribir no termina con esta tercera etapa. Se me ocurre que con el nuevo borrador en limpio –producto de la tercera fase–, se prosigue a una posible nueva copia o a otras más, en las que muy seguramente las supresiones y las adiciones hechas al momento de escribir, o puestas como apostillas manuscritas al margen, irán royendo esas páginas al igual que los gusanos de seda devoran poco a poco las hojas de la morera. Salta a la vista: no se acaba de escribir. La escritura es un continuará. Porque siempre es posible la nueva corrección, porque pasado el tiempo nos percatamos de otras falencias o consideramos innecesario un término que en un primer momento nos pareció una reiteración contundente. Pero, además, porque el escritor va cambiando, porque ha cosechando nuevas experiencias, porque tiene más oficio de escritura a sus espaldas. El trabajo de corregir la escritura es otro de las tareas de Sísifo. Tal vez por eso, y la frase si mal no recuerdo es del maestro Alfonso Reyes, nos lanzamos a publicar. Para no seguir haciendo copias. Aunque, queda la posibilidad de la segunda edición. Recordemos que para un escritor auténtico, el libro impreso es, de alguna manera, una copia bastante limpia pero no por ello cerrada a la admisión de nuevas correcciones.

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