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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2013

Lector de novelas

06 viernes Sep 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

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"La lectora" de Marie Augustin Zwiller

«La lectora» de Marie Augustin Zwiller

La novela continúa siendo el género narrativo de mayor alcance y complejidad estética. Así como ha evolucionado en sus aspectos formales y de elaboración, también ha ampliado su radio de intertextualidad al incluir a otros géneros como el ensayo, la poesía, la crónica o la reflexión de corte filosófico.

A diferencia de los que creen en la muerte de la novela lo cierto es que este género se renueva y se adapta a las necesidades de la sociedad en la que se produce. Primero, estuvo cercana al mito; después, fue parodia de las leyendas; más tarde se propuso representar la cotidianidad de una nueva clase social, como era la burguesía; y mucho tiempo después, enfiló sus palabras para la crítica de determinados valores o fue un espejo de reconocimiento para ciertos problemas de la época contemporánea. Ese desarrollo de la novela puede verse en sus temas y motivos o, por supuesto, en volver su centro un personaje, un ambiente, un tipo particular de conflicto o el mero placer por la experimentación lingüística o los juegos con el manejo del tiempo y la voz narrativa.

En toda esa evolución los novelistas se han mantenido fieles a una consigna que ya la había entrevisto Henry James: la de representar las peripecias  de que está hecha la vida; la de poner al frente –como si fuera una obra de teatro– la representación de la vida humana. Ese ha sido un eje o un punto de confluencia de muchos novelistas; esa la piedra de toque de novelas magistrales como La montaña mágica de Thomas Mann o Ana Karenina de Tolstoi. La novela ha sido un medio para expresar las angustias, las esperanzas, los temores, los sueños de seres que de alguna manera tienen que asumir el precio de sus decisiones, la consecuencia de sus actos. La enfermedad, el amor, la soledad, el poder, la muerte… cada uno de esos temas se ha convertido en materia de investigación o en un pretexto para ahondar en los entresijos de la condición humana. La novela, en consecuencia, ha servido para hacer sociología, psicología, antropología de una comunidad, de una época o sencillamente de un individuo que, de alguna forma, ejemplariza el destino o la condición esencial del género humano.

Carlos Fuentes insistía, retomando a Kundera, en que el punto de confluencia de diferentes novelas era la redefinición del ser humano como problema. O si prefiere, como enigma.  Y Vargas Llosa, usando la metáfora del striptease invertido, ha dicho que el escritor de novelas lo que hace es desnudar sus propias culpas, los demonios que lo atormentan y obsesionan para lograr que los lectores tengan acceso al insondable mundo de los hombres. Y el escritor turco Orhan Pamuk de igual modo ha escrito que las novelas son como constelaciones de estrellas “en las que el autor ofrece decenas de miles de pequeñas observaciones sobre la vida; en otras palabras, experiencias vitales basadas en sensaciones personales”. Y el buen novelista, en consecuencia, es el que “es capaz de hablar de nosotros mismos como si fuéramos otra persona, y sobre otros como si estuviéramos en su piel”.

Tal vez de allí provenga el gusto o la afición por leer novelas. A los hombres y mujeres les sigue pareciendo interesante –además de entretenido– tener fotografías o cuadros de palabras en las que puedan reconocer su propia fisonomía o apreciar aquellos rasgos morales no siempre evidentes o estimados. Los lectores de novelas sienten curiosidad por su mismo ser; les siguen pareciendo fascinantes las razones o los motivos de una decisión, los dilemas propios de ejercer la libertad, los riesgos de establecer relaciones con otros semejantes, los vaivenes inherentes de mezclar la voluntad con el azar y la fortuna. El lector de novelas husmea, es un mirón de vidas ajenas, de mundos que aunque ajenos, son cercanos para él precisamente porque están hechos de la misma sustancia con que está constituido su cuerpo y su conciencia.

Cuidar la lectura

01 domingo Sep 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

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Ilustración de Quint Buchholz

Ilustración de Quint Buchholz

El arte de leer es, en gran parte,
el arte de volver a encontrar la vida en los libros
y, gracias a ellos, comprenderla mejor. 
André Maurois

 

Una de las bondades de la lectura, además de su placer implícito, es la de ayudarnos a comprender la vida. Por eso, quien tiene el hábito de leer va adquiriendo ciertos lentes que le permiten descifrar mejor algunos de los signos en que está escrita la existencia.

No cabe duda: leer es un acto de reencuentro, de reconocimiento. Ahí, frente a nuestros ojos, reaparecen los problemas o las situaciones con las que a diario tenemos que lidiar; o se nos muestran experiencias ya vividas o por vivir; o desfilan seres reales o imaginarios que de alguna manera hemos sido o presentido. Entonces, el acto de leer se convierte en una especie de toma de conciencia, de caer en la cuenta, de luces súbitas que nos permiten esclarecer o vislumbrar actitudes o comportamientos. Cuando se lee de verdad, cuando nos metemos de lleno en esos micromundos de las hojas de los libros, lo que hallamos son pistas clarividentes para explicarnos nuestro pasado, espejos para mirar mejor nuestro presente o señales orientadoras para nuestro futuro. El arte de la lectura de ciertas obras, arroja indicios tanto de lo que fuimos, como de lo que somos y de lo que seremos.

No debe entenderse aquí arte de la lectura como tecnicismo escolar o rapidez ocular; tampoco el poder formativo de la lectura estriba en la cantidad de libros leídos o en la dificultad del tipo de obras que frecuentemos. Arte de la lectura es tanto dedicación como ensimismamiento en ese diálogo mudo. Lugar para establecer una verdadera conversación en donde podamos no sólo deletrear los signos sino en realidad leerlos: degustarlos, rumiarlos, habitarlos. Hacernos parte de aquello que leemos. Arte de la lectura es también el prolongado acto reflexivo que trae consigo el hablar con esas manchas de tinta o con esas figuras que llamamos letras. La buena lectura debe irritar en nosotros la reflexión, la meditación, el examen. Y si logra calar hondo en nuestro espíritu, si nos afecta sinceramente, el leer debería llevarnos de igual modo a la recapacitación, la cautela o la prudencia.

Todavía más: la lectura es otra forma de aprendizaje y de desaprendizaje. Leyendo ampliamos nuestros horizontes y nos despojamos de ciertos lastres que nos impiden volar. Leyendo abrimos sendas para territorios inéditos y leyendo asumimos roles que nunca de otra manera lograríamos interpretar. La lectura nos ensancha el corazón, nos potencia la mente y nos multiplica la imaginación. La materia de que está hecha la lectura nos nutre con un alimento especial que tiene la propiedad de hacernos más leves o más trascendentales. Ese pan de la lectura, hijo del sol, hace que germinen muchas de nuestras más guardadas semillas o que maduren frutos de formas y sabores inéditos.

Deberíamos hacer habitual la lectura. Empezar por dedicar al día quizás unos minutos, para luego gastar otros tantos en meditar sobre lo leído. No se trata de leer cantidades, sino de tener un trato cotidiano con los libros. De convertir a la lectura en una práctica familiar. Después, cuando ya no veamos el leer como algo excepcional o como una actividad de vacaciones, podremos compartir con los más cercanos aquello que leemos. Como quien dice, aprovechar ese capital que nos ofrece la lectura para brindarlo a manos llenas a otras personas, para entregarlo o hacerlo circular –como si fuera una cadena– y así alentar a otros a recibir o continuar esta herencia del espíritu. De esta forma, lograremos hacer que el leer se transforme en consejo, en lección o recomendación para aquellos que caminan al lado nuestro o que, de pronto, solicitan cierta orientación para salir de los múltiples vericuetos que pone la misma existencia. Y mucho más tarde, cuando el leer se asemeje a un viejo amigo o a la más querida de nuestras costumbres, podremos conservar la lectura como una compañía fiel para nuestra vejez o como un murmullo alentador para nuestra postrera soledad.

Nunca sabremos de las rutas o los mapas reveladores que contiene la lectura para la vida si no nos volvemos unos frecuentadores de sus páginas. Quien lee no sólo aprende cosas nuevas, también atesora conocimientos; además de ello, recibe algunas claves que le permiten hacer más legible el mundo y ver con ojos más comprensivos las confusas y paradójicas experiencias que le suceden cotidianamente. 

(De mi libro Custodiar la vida. Reflexiones sobre el cuidado de la cotidianidad, Kimpres, Bogotá, 2009, pp. 117-120).

Convocar a la escritura

27 martes Ago 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

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Autobiografía, Escritores en su tinta, Escritura y música

Buscar a la escritura. Hacerle guiños. Releer antiguos textos personales o transcribir textos de otros. Estrategias para convocar a la escritura, señales de humo, conjuros de alguien que, como otro hijo pródigo, reclama volver a la casa paterna de la hoja en blanco. Caminatas, subidas y bajadas con libros en la mano, bibliotecario por momentos. Más y más estratagemas para invitar a la escritura, para hacerla retornar a su casa paterna, a esta pequeña parcela, a esta ventana por la que me entra el aire indispensable para mantener la buena salud de mi espíritu.

Las manos indecisas, torpes por decir lo menos. Y, sin embargo, las manos ansiosas por volver a sembrar de signos, por hundir en la tierra de la imaginación estas semillas de palabras. Afán por no perder más tiempo, dudas por haber olvidado alguna experticia hija del trato cotidiano, del hábito de escribir la página diaria. Un deseo por escribir acompañado de muchísimas dudas, de contradicciones, de preguntas. La pasión sigue ahí, genuina, imperecedera. Lo sé: he sentido su fuerza, su ímpetu. Pero, a la vez, he tenido que renunciar a ella por culpa del abundante trabajo en la Universidad, por las asesorías, por ese corre corre incesante de los fines de semana. Sí, la pasión continúa intacta aunque ha tenido que vérselas varios meses con el rostro paralizante de esa otra Medusa cotidiana: el cansancio. Cómo detesto el entregarle las migajas de mis fuerzas a la escritura, cómo me duele tener que acostarme sin haber intercambiado algunas palabras con ella. Entro o salgo del cuarto de baño que queda al lado de mi estudio y veo, de soslayo, el gesto de la mano de la escritura despidiéndome, como si supiera que cada vez me alejo más de su puerto, de su tierra benigna.

Scarlatti, Albinoni, Telemann…, me sirven de Virgilios, de Dantes que me ayudan a salir de los mil círculos del infierno de no haber escrito en mi diario. Es un allegro de Händel, el del concierto grosso en fa mayor op. 6 Nº 2, el que rompe mi parálisis. Abro de nuevo los ojos y veo a mi alrededor lugares y pasadizos conocidos. Rememoro con felicidad. Mis manos se hallan en su elemento. Afino de nuevo el oído y la música me invita a mirar hacia las estrellas. No siento ningún cansancio. Todo mi ser está concentrado en este cuartito blanco, en este universo de tamaño carta. Apuro el último sorbo de un té de cuatro frutas rojas y descubro que esa bebida también debe ser una especie de pócima contra la anemia escritural. A eso de las once y media de la noche, de este martes, se ha roto el hechizo. Los cornos de Telemann celebran dicha liberación.

Manumitido, libre. Cuánto por escribir, cuántos proyectos, cuántas obras por afinar o pulir… Antes que nada, terminar el cuento sobre “Israel”; enseguida, rematar el libro de El vicio de don Quijote: escribir el ensayo introductorio, elaborar el índice analítico; revisar, revisar… Dejarlo listo porque, según el propósito que me hice después de la muerte de Custodio, el libro para publicar en el próximo año debe ser éste. Más tareas: escribir un pequeño ensayo sobre “Los tipos básicos de argumentación”; acabar de digitar los poemas de mi libro Cantos del adorador; pulir los textos de Espejo de letras… Concluir ese otro ensayo sobre “Estilos docentes”… En fin, cómo deseo que estas vacaciones me alcancen para cumplir con todas estas gratísimas labores. Mientras tanto, conservando el espíritu medieval del carpe diem, asumo el goce de escribir, la infinita suerte de poder lanzar estas manchas de palabras a los cielos.

Compruebo otra vez una certeza: la escritura es mi regulador, es el lubricante de mi cotidianidad. Sin ella ando triste, cuando no malhumorado. Pierdo el norte, parezco un navegante sin brújula. La escritura me hace sentir útil; gracias a ella salgo del repetitivo destino del trabajar para poder sobrevivir. Con la escritura puedo crear, generar mundo al mundo; con la escritura, con ese pan de signos, puedo convertir mi vida en un regalo, en algo para legar a otros. Tal parece ser la fuerza de la escritura en mí, un escenario para superarme, para no ser sólo tradición sino también proyecto. La escritura me anima a romper los determinismos. Vengan de donde vengan. Cuando escribo simbolizo mi entorno, lo transformo, lo recreo. Tal vez me sea tan necesario escribir por no poder soportar esa condición de no tener salida, de la rutina mecánica, del apenas alcanzar lo necesario para comer, dormir y seguir sobreviviendo. A lo mejor la escritura representa para mí un espacio abierto donde lo imposible, lo impensado, lo insospechado cobran todo su esplendor. Es que hay un reto maravilloso en gestar mundos con las palabras. Fíjense: antes, en estas páginas, no había nada. Eran un terreno yermo. Y ahora, después de esta hora de escritura, han brotado ciertas formas, alguna geografía inédita. Un mundo que ni yo mismo lo sabía. Qué maravilla ver florecer la escritura ante nosotros.

Por eso me es tan necesario el escribir todos los días. Para sentir que la vida –mi vida–, se renueva, se mantiene fecunda, vigorosa. Porque si se fractura esa simbiosis con la escritura, necesariamente se rompe mi equilibrio interior, se quiebra la ecología de mi propio mundo. Escritura: reserva natural de mi yo.

(De mi libro Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, pp. 597-599)

Cliente y comensal

22 jueves Ago 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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"Te veo y, de inmediato, sé qué quieres comer",  Javier Wong

«Te veo y, de inmediato, sé qué quieres comer», Javier Wong

Leí en la revista de Avianca, de agosto de este año, una semblanza del chef peruano Javier Wong, escrita por Gonzalo Pajares Cruzado. Allí, el experto cebichero establece una diferencia entre cliente y comensal: “El cliente es el que va (a un restaurante) porque tiene que comer; el comensal es el que va porque quiere comer eso que preparas de una forma particular, con estilo”. Motivado por esta idea voy a profundizar en dicha distinción.

Digamos, para comenzar, que el cliente es para el dueño del restaurante un desconocido al que desea ofrecerle un menú; cuando ese cliente empieza a tener un rostro, se va convirtiendo en comensal. Avancemos en nuestra distinción: el cliente es, por lo general, ocasional; el comensal es frecuente, así no visite el restaurante todos los días. El cliente no sabe muy bien lo que quiere, le es indiferente uno u otro plato; más bien se deja guiar por el mesero o atiende a los precios o a su presupuesto. El comensal, conoce qué es lo que va a buscar en determinado sitio; ya ha hecho una selección y evaluación del menú y, en algunos casos, conoce al chef del establecimiento. El cliente, en este sentido, come y se va sin reparar quién es el que está detrás del platillo que ha ingerido. El comensal, necesita reconocer al autor de esa delicia gastronómica.

Por lo demás, al cliente le es indiferente saciar su hambre en cualquier sitio; el comensal tiene un mapa específico, unas coordenadas que le permiten seleccionar a qué restaurante ir para un tipo de comida: “si se trata de un solomillo, no hay como el que preparan en tal restaurante”; “si es un filete de pescado, lo mejor es ir a tal sitio”. El comensal es exigente, a veces terco o excesivamente quisquilloso con un exceso de pimienta o la falta de un ingrediente en determinado plato. De igual modo, el comensal exige un tiempo justo de cocción o es capaz de identificar si hay un nuevo chef en su lugar escogido. Esa parece ser otra diferencia significativa: el cliente se fija más en la abundancia del plato y no tanto en quién lo preparó; para el comensal, más allá de la bondad o la cantidad de comida, le parece fundamental identificar al hacedor de tal alimento. El comensal establece una relación entre obra y autor, le es esencial poder dar cuenta de esa filiación alimenticia. Aquí hay una explicación de por qué algunos chefs de gran renombre hayan dejado el espacio secreto de la cocina para ir a charlar o comunicarse con los visitantes de su establecimiento. Y si esto no sucede, el comensal solicita a algún mesero que le presente al cocinero o al menos que le lleve un mensaje de agradecimiento o insatisfacción. Sea como fuere, el comensal necesita que esos alimentos servidos en un plato tengan la rúbrica de un nombre, de un ser identificable.

Pienso, de otra parte, que hay restaurantes que no les interesa tener comensales (quizá esa sea la suerte de ciertos locales de comidas rápidas o de ofertas homogéneas); mientras que otros sitios sueñan con ver en cada mesa verdaderos comensales, personas a las que llaman por sus nombres, personas a las que pueden adivinar sus apetencias, personas con las que se ha establecido una confianza mediada por el gusto de cocinar y el placer de degustar dichos alimentos.

Un buen número de estas distinciones cabría trasladarlas al campo educativo. Porque no es lo mismo una institución o un maestro que tenga en sus aulas a clientes, a otro para el que cada estudiante es tomado como un ser humano deseoso de aprender. Sirva el momento para recordar que saber y sabor comparten el mismo origen etimológico; por eso el comer y el aprender requieren de la mediación de un experto en el cuidadoso arte de ofrecer un banquete a los sentidos o al entendimiento.

Conservar el deseo por estudiar

19 lunes Ago 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Uno de los consejos de nuestros mayores, que repetían con un dejo de advertencia, era el de estudiar para ser alguien en la vida. Tal recomendación hecha desde cuando empezábamos nuestras primeras letras se acentuaba luego en los estudios de educación media y un poco más al alcanzar –cuando había la oportunidad– el ingreso a una universidad. Digamos que era una consigna de formación; una lección para toda la vida. Es en esta perspectiva donde se ubica el poema “Estudia” del escritor venezolano Elías Calixto Pompa.

El soneto comienza con una comparación y un elogio al libro: este es como una puerta de luz, un paso a otro mundo, donde pueden encontrarse o revelársenos asuntos trascendentes, conocimientos vedados a aquellos ignorantes que permanecen del otro lado de la puerta. El poeta sugiere que, cruzada esa abertura, es posible hallar un reino con manantiales y aire limpio, muy distinto al mundo de sequedad y aire enrarecido en el que estábamos. La conclusión salta a la vista: por el estudio, salimos de un lugar árido que nos aflige, para adentrarnos en otro que es dadivoso y fértil en descubrimientos. Basta tan solo con abrir un libro y recibir la riqueza de su luz. 

De otra parte, el estudio es visto como algo que da seguridad, un soporte para que cualquier grano o dificultad no nos tumbe al piso. Y en tanto báculo para nuestro espíritu, el estudio es, de igual modo, una fortaleza para domeñar las pasiones y una manumisión para nuestras servidumbres. Aquí valdría decir que el estudio no es sólo acumulación de conocimientos sino un camino eficaz para la formación del carácter, para fortalecer los músculos de un temperamento, para ejercitar la contextura de nuestra voluntad. De pronto, allí esté el motivo del poco interés de las nuevas generaciones por estudiar; porque piensan que es solamente una inútil tarea de acumular datos, cuando la realidad es otra: al ir a estudiar, al presentar tareas, al cumplir un horario, lo que estamos haciendo es afinar las aristas de un cuerpo, pulir nuestras emociones salvajes, aprender a interactuar con otros. En consecuencia, el estudio comienza en la información, pero sus fines van más lejos; su objetivo fundamental es convertirnos en hombres dotados de criterio y capacitados para emplear de la mejor manera nuestra libertad.   

Por todas esas razones benéficas, Elías Calixto Pompa recomienda que el amor por el estudio sea parte de esas “impresiones” imborrables que los padres o educadores pongan en la mente o en el corazón de los más pequeños. Una cartilla que, si bien rinde sus beneficios en la juventud, tendrá sus verdaderos alcances en nuestra edad adulta. Porque si desde “ese Abril florido” ya tenemos interiorizado el hábito y el gusto por aprender, por indagar, por frecuentar el trato con los libros, lo más seguro es que tendremos menos amos a nuestra espalda, menos temores que nos dobleguen, menos tiranos que intenten engañarnos. Si ya el deseo por estudiar hace parte de nuestra condición, siempre estaremos en actitud de búsqueda y en permanente indagación sobre nosotros mismos.      

El poeta es categórico: si no tenemos el bálsamo del estudio, de alguna forma, estamos muertos. Quisiera entender que sin el estudio apenas sobreviviremos, que nos contentaremos con cualquier cosa, que nos privaremos de felicidades inimaginables, que otros podrán disponer fácilmente de nuestra voluntad a su capricho. Esa muerte en vida es también una sugerente invitación a que saquemos un tiempo para ese tónico de nuestra existencia. Sí. Nunca es tarde para estudiar. El título del poema es un llamado para todas las edades: ¡estudia!; y, de igual modo, es un grito de alerta a esta época en donde la ignorancia campea sus galas del brazo del consumismo acrítico y la trivialidad de la vida.

(De mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, Kimpres, Bogotá, 2012, pp. 53-57).

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