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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2015

La formación de maestros

12 sábado Dic 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Guillermo de Baskerville y Adso de Melk en El nombre de la rosa.

Guillermo de Baskerville y Adso de Melk en El nombre de la rosa.

En el seminario de profesores de la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle hemos venido leyendo durante este semestre el libro La formación profesional del maestro. Estrategias y competencias, producto de un simposio en el que investigadores y formadores belgas, canadienses, franceses y suizos respondieron a tres interrogantes: ¿en qué consiste una habilidad profesional puesta en práctica por un maestro experto?, ¿cómo se adquieren dichas habilidades? y ¿cómo se debe organizar el aprendizaje de estas habilidades profesionales? El texto nos ha servido para dialogar sobre variados aspectos, entre otros, la dimensión y alcances de la práctica, las representaciones de los maestros, el enfoque clínico, la videoformación… Pero es sobre el tema de la formación de maestros que deseo ahondar en los párrafos siguientes.

Un primer asunto que ha convocado mi interés es qué tanto la vocación determina la opción de ser maestro. En principio, la respuesta es afirmativa. Pero, no únicamente para el caso de la docencia. La vocación es como el soporte de base para cualquier oficio o profesión. Está en la base, en el corazón mismo de la persona. Por momentos esa vocación hunde sus raíces en influencias familiares o en marcas adquiridas en los primeros años de nuestra vida. En otros casos, proviene de una suma de características de nuestra personalidad y ciertas epifanías –positivas o negativas– a partir de las cuales nace la determinación o el deseo de convertirse en educador. La vocación no depende de cálculos económicos o de reconocimientos sociales; la vocación es más un ajuste de cuentas con lo que algunos místicos denominan “el llamado”, o con lograr armonizar las fuerzas interiores y esas otras demandas del entorno. Sea como fuere, sin vocación es muy difícil llegar a ser un maestro convencido y dedicado, un maestro feliz y orgulloso de lo que hace.

Sin embargo, debemos advertir que no es suficiente con la vocación. Para llegar a ser un educador competente o de excelente calidades se requiere adquirir una serie de habilidades, de saberes, de técnicas sin las cuales la mera vocación trastabilla al momento de evaluar resultados o medir el impacto de su proceder. La vocación es el fuego, el ardor inspirador; pero es necesario darle gradación o dirección a tal llamarada. Precisamente, ese fue el objetivo de las escuelas normales, las licenciaturas y, más tarde, los programas de posgrado: ofrecer un repertorio de conocimientos y destrezas mediante las cuales el que sentía el deseo de educar pudiera hacerlo de manera cualificada. Al entrar en juego un perfil de formación del futuro maestro se puso sobre la mesa los alcances y limitaciones del simple gusto por enseñar y se produjeron obras como la de Comenio o Juan Bautista de La Salle en las que se delineaban unos principios o una serie de consejos que debía seguir u observar un profesional de la educación.

No es de extrañar, entonces, que esos primeros libros como la Didáctica Magna o la Guía para las escuelas, centraran sus reflexiones en el tema de la didáctica. La pregunta por cómo aprende alguien o de qué manera proceder para lograr el aprendizaje se convirtieron en un fuerte campo de formación y de discusión académica e investigativa. Con el tiempo esa preocupación por la didáctica sigue siendo una línea divisoria entre aquellos que hablan de la educación pero no viven el día a día con estudiantes, y esos otros que de tanto habérselas con alumnos han ido desarrollando un saber práctico, alimentado por la experiencia y el continuo ensayo y error vivido en el laboratorio de sus clases. Quizá esa división sea la misma que hay entre artistas y artesanos, o sea el origen de la imperial valoración de la pedagogía sobre el humilde saber de la didáctica. No obstante, lo que me interesa subrayar es que el conocimiento y puesta en escena de la didáctica le dio a la vocación una agenda, una hoja de ruta, un abanico de estrategias.

Aquí hay que decir, de una vez, que la experiencia es un tipo de saber tan antiguo como objeto de sospecha. Buena parte de los primeros educadores fueron empíricos; es decir, convirtieron lo que hacían en su propia cartilla. Y si les funcionaba lo repetían y, si no, trataban de buscar alguna salida diferente. Los discípulos de estos primeros educadores, aquellos que anhelaban ser educadores, procedieron de manera análoga: lo que les parecía bien de sus maestros lo imitaban y, lo que no, lo desechaban o no era tenido en cuenta. Sobra decir, que buena parte de esa forma de aprender el oficio era muy intuitivo o muy repetitivo. Además, como no había la suficiente indagación sobre el fracaso o los errores, se actuaba más por el respeto a la autoridad o a otras circunstancias ajenas al quehacer docente. Por eso a los futuros maestros o a los educadores en ejercicio animados a mejorar su práctica, se les pide que reflexionen sobre su quehacer. Mejor aún: se les advierte que uno de los mayores riesgos de la experiencia es su apego y conservadurismo a determinadas prácticas; se les señala la urgencia de innovación y transformación de “lo ya sabido”. Dicho de manera lapidaria: si la experiencia no es reflexionada se convierte en un lastre para el desarrollo de cualquier profesión.

Otro punto relacionado con el anterior es cómo se aprende la práctica misma de educar. Ha habido propuestas y modelos: la microenseñanza, la videoformación, las entrevistas de clarificación, los cursillos especializados, el uso de portafolios. A veces empleamos la simulación y, en otras ocasiones, la inmersión en situaciones reales; en otras ocasiones, le damos más importancia al seguimiento de protocolos rigurosos o dejamos que sea la “creatividad” la que sirva de referente a los maestros noveles. No obstante, se sigue considerando vital el papel del mentor en estos procesos de formación. La figura de un maestro tutor es determinante. Bien sea porque el propio docente sirve de referente o porque se convierte en un espejo refractante, en un antagonista fraterno, en una conciencia alerta del futuro educador. Tal vez esto sea así porque la profesión de maestro tiene como materia prima a otros seres humanos y eso demanda un tacto que sobrepasa el conocimiento erudito. No es cuestión de seguir a pie juntillas un formato de instrucción ni de dominar con suficiencia un campo de saber; también cuenta el tipo de vínculo que se establece con otro ser humano y la manera como movilizamos en él sus capacidades y sus talentos insospechados. Y eso hay que aprenderlo viendo a otro maestro experimentado, charlando con él sobre por qué hizo lo que hizo, apreciando las variaciones y adaptaciones empleadas, observándolo y preguntándole en repetidas ocasiones.

Considero que aprender una práctica implica tiempo, atención concentrada, paciencia y una voluntad de imitación a toda prueba. Apropiar una práctica, por lo demás, trae consigo la constancia, el ejercitamiento, la persistencia y una dedicación que a veces raya con la tenacidad. Se comienza reconociendo las deficiencias y aspirando, con el apoyo del maestro mentor, superarlas o cualificarlas. Este aspecto es uno de los más difíciles en la formación de maestros, especialmente en los programas de posgrado. Los que llevan década dedicados al oficio de enseñar consideran que poco necesitan modificar o cambiar y terminan “titulados” pero continúan haciendo lo mismo. Esa es la razón por la cual, cuando se aprende una práctica es fundamental desaprender una infinidad de cosas. Aquí veo una clave para la formación de maestros adultos y una pista para los planes de estudio de los educadores noveles. Cuánta falta hace en los currículos de las facultades de educación las prácticas formativas de la imitación, la variación, la incorporación de hábitos, los ejercicios escalonados en grado de dificultad y complejidad, las simulaciones. Son importantes los conocimientos, las teorías, pero si no hay una contrastación permanente con la acción, quedarán sin ataderos a la profesión docente. No podemos olvidar que las prácticas exigen que el aprendiz esté en situación, que experimente por su mano la dureza del material y la importancia de escoger adecuadamente las herramientas. Si no hay ese contacto directo, si todo acaece en un ambiente ordenado y aséptico, muy seguramente los resultados del futuro maestro serán limitados o poco efectivos. Y más en un escenario como el de hoy en el cual las nuevas generaciones son descreídas de la escuela y poco respetuosas de la figura del docente.

Un último aspecto está relacionado con las características del formador de maestros. Dicho sea de paso, es un tema poco abordado en el libro arriba mencionado o aludido tangencialmente en algunos de los artículos. Aquí veo una veta de reflexiones y estudios apremiantes. ¿Cualquiera podría arrogarse esa función?, ¿basta con un cúmulo de diplomas para ser un formador de educadores? Desde luego que no. Es indispensable contar con la suficiente experiencia para saber dosificar un saber, la sabiduría para elegir el tiempo oportuno, la paciencia para no desesperarse ante los yerros frecuentes o la insolencia juvenil, y una habilidades comunicativas excelsas para convertir lo denso y complicado en lecciones claras y sencillas. Sé de brillantes profesionales de muy altos pergaminos son un fiasco cuando deciden convertirse en formadores de maestros. Los mentores y tutores de la formación necesitan una voluntad de contención de su conocimiento y de una escucha afinada muy alejada de la soberbia petulante o la vanagloria académica. Pero, además, requieren convertir sus gestos y palabras, su quehacer cotidiano, en un ejemplo vivo de lo mismo que proclaman o enseñan. Sin esa evidencia perderían credibilidad o, lo más grave, no tendrían autoridad moral para exigirles a sus pupilos modificar un comportamiento o corregir un tipo de actuación. Ejemplaridad y coherencia son las cualidades mayores de aquellos educadores ocupados en la formación de futuros maestros.

De todo lo dicho hasta aquí, bien sea sobre la cualificación de la práctica docente o sobre la formación de maestros, se desprende una tarea: es prioritario investigar o someter a análisis lo que los educadores hacen cotidianamente en sus instituciones educativas. Es urgente superar el anecdotismo. Hay que darle rigor y sistematicidad a la diaria labor de los docentes. Eso implica, empezar a tomar registros de lo hecho, descubrir y formular un problema para seguirle la pista, aprender un método que permita analizar e interpretar los resultados obtenidos y atreverse a publicar dichas pesquisas. Si en verdad deseamos que los nuevos maestros cuenten con un mapa de trabajo no muy alejado de la realidad que les tocará en suerte, lo mejor es proveerlos de un repertorio de resultados de investigaciones en el que puedan entrever una forma de orientarse e idear vías de transformación. Y todavía más allá: tendremos que hacerlos hábiles investigadores de su quehacer, darles y fortalecerlos en unas habilidades de indagación con las cuales logren detectar dónde hay una flagrante carencia o un error que obliga a hacer ajustes inmediatos y dónde es necesario avizorar cambios sustanciales en una manera de enseñar, en un modo de evaluar, en una propuesta curricular. De pronto, con esos útiles de investigación los noveles maestros se sientan más fortalecidos para lograr enfrentar los retos y las decepciones de la escuela de los tiempos futuros.

Prosa de caminante o poesía de buceador

04 viernes Dic 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Carlos NCT.

Ilustración de Carlos NCT.

La poesía es justamente vertical porque tiende hacia lo alto
y hacia lo bajo, entonces llegas a unas alturas
en las que piensas que vas a aplastarte si te caes
y llegas a unos abismos que no sabes cómo trepar
para volver a salir. En fin, dejas el plano de lo rutinario,
de lo diario, el plano horizontal que es el plano de la prosa.
Aunque hay prosa poética por supuesto.
 
Olga Orozco

La afirmación de Olga Orozco –más allá de las contemporáneas ideas sobre la refundición de los géneros– de que la poesía es vertical a diferencia de la prosa que es horizontal, puede ayudarnos a comprender mejor de qué hablamos cuando nos referimos a la poesía. O mejor, cuál es el objetivo vertebral cuando acudimos a los versos y no a las frases de la prosa. Tratemos de ahondar en este planteamiento de la escritora argentina.

Lo primero es entender que no se trata de privilegiar uno u otro tipo de escritura. O de sobrevalorar la poesía sobre la prosa. Pienso que lo importante es percatarnos de los alcances de cada forma lingüística. Y para ser fieles a Bachelard, de atrevernos a perfilar una fenomenología del decir poético. Entonces, cuidémonos en lo que sigue de usar adjetivos descalificadores o competitivos.

Uno acude al verso, aunque puede ser lo contrario: que el verso lo busque a uno. Porque a veces, y esto lo he constatado en afirmaciones de muchos poetas, la poesía busca al poeta, a la manera de un oráculo, para que diga sus enigmáticos mensajes. En todo caso, si acudimos al verso es porque necesitamos dar cuenta de zonas íntimas, profundas, abisales de nuestra interioridad. La poesía sirve de interlocutora con esos abismos del alma de que hablara César Vallejo; nos presta sus lazos para que salgan a flote emanaciones o sombras, fluidos represados, gritos atenazados por la oscuridad de nuestra desmemoria o nuestra soledad. Ella, la poesía, es idónea para salvar almas náufragas, mineros perdidos en los socavones de la infancia, navegantes refundidos en las profundidades de lo no dicho. La prosa, aunque podría también usarse para este fin, no tiene los mismos alcances. Digamos que en lugar de sogas utiliza escaleras, andamios, útiles más manipulables o de no tan alta extensión. Y aunque pueden ser más fuertes, lo cierto es que no poseen el mismo alcance.

Se me ocurre ahora que el trabajo del poeta se parece más al del alpinista o al del buzo que husmea en las profundidades. Alguien que desafía y se siente a gusto en las alturas o los abismos. En cambio, la prosa, es más un escenario para el caminante, para el navegante; es decir, para aquellos espíritus fascinados por el horizonte. Nótese que la prosa es más segura, o al menos necesita de remos fuertes, de ruedas que den estabilidad, de estructuras que garanticen sortear los baches del camino, o la fuerza descomunal del oleaje. El lenguaje de la poesía, en cambio, prefiere escenarios más leves, más ingrávidos, más etéreos o tan brumosos y enrarecidos como las altas nieves o el profundo océano. En este último sentido, la poesía es más arriesgada, más apropiada para aquellos seres que aman el vértigo, la altura, el vacío, la nada. Por eso también, y de eso da fe un poeta como Hölderlin, es posible que el poeta se pierda o se embriague en las profundidades de la interioridad de su propio ser.

Agreguemos a lo dicho que la prosa nos es más útil en el día a día; su fortaleza es ayudarnos a convivir con otros. Ella nos presta sus manos para que sea posible intercambiar mercancías, comidas y saberes; ella nos posibilita mantener firmes las tradiciones y las costumbres, un pasado confiable y unas leyes que organicen la sociedad. Y puede también echar mano de sus mejores galas para ofrecernos ficciones creíbles y entretenidas. La poesía prefiere la extrañeza, lo no común, lo que sucede eventualmente o de manera extraordinaria. Su mayor interés está en ofrecernos sus luces cuando las circunstancias o los eventos nos desbordan, nos sobrecogen, nos hacen salir de sí. De pronto, por eso mismo, su manera de hablar puede parecernos poco usual o bastante alejada del habla común. La poesía, entonces, es clave en los momentos de irrupción, de fractura, de inestabilidad o crisis en nuestra existencia. Y, en algunos casos, su rol estratégico es sacudirnos el tedio de todos los días, sacarnos del letargo de lo dado por sabido. Obligarnos a romper la tranquilidad de ir en línea recta.

Tenía razón Olga Orozco: el lenguaje poético es una ayuda en nuestra existencia cuando lo que queremos expresar se topa de narices con aires enrarecidos o con presiones que pueden reventar nuestros pulmones; el lenguaje poético es el medio idóneo para sortear esas paredes de roca de nuestros sentimientos más ocultos o para zambullirnos con propiedad en los abismos submarinos de nuestra terca finitud. A diferencia de la prosa, tan afanada por conservar el orden y mantener la confianza en un espacio reconocido y controlado, la poesía es la escritura más apta para expresar las ascensiones y los descensos, las exploraciones e inmersiones en el ser íntimo del hombre. Y cada imagen, cada metáfora es semejante a crampones, martillos o clavijas, a escafandras, aletas o máscaras, sin las cuales sería imposible coronar las altas cumbres de lo que en verdad somos o explorar los mundos abisales de lo que nos falta por reconocer.

Reiteremos lo expuesto con un punto final: la prosa es el lenguaje preferido del caminante; la poesía, la expresión elegida por los exploradores de las heladas cumbres o las depresiones submarinas. La prosa es del transeúnte; la poesía del montañista y el buceador.

(De mi libro La palabra inesperada. Aproximaciones al poema y a la poesía, Kimpres, Bogotá, 2014, pp. 34-38).

Retrato del lector crítico

27 viernes Nov 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

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Ilustración de Rogelio Naranjo.

Ilustración de Rogelio Naranjo.

El lector crítico sabe que todo texto es un tejido. Un conjunto de relaciones, engarces y puntadas con hilos diversos. El lector crítico adivina la urdimbre y la trama en la rasa superficie de los textos. Reconoce en la aparente homogeneidad de una página los accidentes, las variaciones, las cumbres y abismos de significado. El lector crítico es, por lo mismo, un buscador de lo latente, lo implícito, lo apenas insinuado.

Por mantenerse en esta disposición de sospecha el lector crítico está siempre alerta. No deja pasar un subrayado, un epígrafe, una palabra escrita en bastardilla. Sus ojos advierten lo que para muchos es una cosa secundaria o insignificante. De allí que le resulten absolutamente prioritarias las referencias que los autores ponen a pie de página o los índices o las tablas de contenido. El lector crítico no se satisface con consumir el fragmento de un texto sin antes degustar la totalidad del mismo. Además, aunque centra su atención en el texto no pierde de vista los contextos, los intertextos, los paratextos. Su campo de radiación abarca otras obras, otros autores. Por tal capacidad de vigilancia, el lector crítico convierte lo que lee en un coto de caza: las palabras son indicios del mensaje, huellas de un sentido escurridizo.

Para el lector crítico son habituales los procesos de pensamiento como la deducción y la inducción. Ha afinado su mente para las inferencias y el razonamiento lógico. También ha logrado preparar su intelecto para percibir relaciones, en particular, aquellas más distantes o insospechadas. El lector crítico entrevé semejanzas en las diferencias y percibe diferencias en las semejanzas. Nada queda suelto, todo hace parte de una red o mantiene vínculos, así sea en clave simbólica. El lector crítico, en consecuencia, es un asiduo meditador, un defensor del discernimiento y la reflexión argumentada. Puesto de otra forma: el lector crítico transforma una práctica de lectura en un tinglado para su entrenamiento cerebral.

El lector crítico da a la historia, a los contextos, una total relevancia. Difícilmente lo que lee lo ve por fuera de las corrientes, las tendencias, las mentalidades de una época. Los textos son para el lector crítico un campo de lucha entre credos e ideologías. Hay marcas de época, de religión, de orientaciones políticas en los textos. Nada es aséptico o totalmente desinteresado. Al lector crítico, en definitiva, le encanta poner los textos en situación histórica y a los autores en la perspectiva de su tiempo. Lejos de interpretar un texto como una obra inmaculada o atemporal, prefiere verla como un producto inscrito en una cultura y resultado de fuerzas políticas, prácticas sociales y saberes en uso. El lector crítico detecta las improntas del poder en los márgenes, los recovecos, los intersticios de los textos. Y por ello necesita hacer arqueologías, cotejo de fuentes y cuadros comparativos. El lector crítico es un guardián de la memoria.

Por supuesto, todas las acciones, habilidades y disposiciones del lector crítico conducen a un punto: el lector crítico aspira a perfeccionar sus elementos de juicio. Se es lector crítico para superar la opinión insustancial o la ingenuidad de la masa. El fin último de la lectura crítica es proveer a las personas de mejores razones para valorar, enjuiciar o cualificar una manera de pensar o mejorar la toma de decisiones. El lector crítico no solo lee en profundidad y contextualmente un texto; de igual modo, puebla su conciencia de lentes más perspicaces, más libres de fanatismo o banalidad mediática. El lector crítico, en este sentido, tiene aptitudes para ejercer su autonomía y mantener vivo el derecho a disentir y objetar. En síntesis: es un individuo que asume la mayoría de edad de su razón con el fin de continuar pensando por cuenta propia.

Cuidar nuestros errores

20 viernes Nov 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Gurbuz Dogan Eksioglu.

Ilustración de Gurbuz Dogan Eksioglu.

Un hombre nunca debe avergonzarse
de admitir el haberse equivocado,
lo que equivale, en otras palabras,
a decir que es hoy más sabio que ayer.
Jonathan Swift

 

Hay la costumbre, especialmente en la crianza y en la escuela, de castigar el error. De verlo como una mancha o un despropósito de nuestra conducta. En consecuencia, crecemos temerosos de equivocarnos, atemorizados por caer o cometer alguna falta y obstinados en desaparecer de nuestra vida esos yerros. Ansiosos por extirparlos de nuestra existencia, perdemos la riqueza de sabiduría que pueden enseñarnos.

Tales ideas de castigar y desarraigar a toda costa los errores de nuestra vida son, en verdad, un desatino. Entre otras cosas, porque el ser humano –por su misma condición– es un ser falible. Venimos a este mundo sin saber muchas cosas, torpes para otras, lentos para asimilar el acervo de experiencias que terminan por formarnos un rostro, una conducta y una personalidad. Cada cosa debe ser aprendida: desde el estar de pie hasta el saber alimentarnos; desde aprender una lengua hasta saber convivir con otros semejantes. Las costumbres, los comportamientos, los rituales, las comunicaciones, todo ello debemos irlo incorporando, asimilándolo a lo largo de nuestra existencia. Y, como ya se puede advertir, en este proceso de múltiples aprendizajes serán más nuestras fallas que nuestros aciertos, más las inadvertencias que las previsiones.

Siendo así, deberíamos ser más condescendientes con nuestros mismos equívocos. No flagelarnos demasiado por un descuido o por alguno de nuestros habituales disparates. Más que someternos a los rigores permanentes de la culpa, tendríamos que convertir nuestras omisiones en catapulta para seguir avanzando en el conocimiento de nuestra humanidad. De igual modo, sería bueno ser más tolerantes con las fallas de esas personas cercanas o aquellas otras con las que compartimos un trabajo. Aprender a comprender antes que a juzgar. Percatarnos de que sus errores en el trato o en la manera de realizar alguna actividad hacen parte de ese lento proceso que llamamos aprendizaje. Tener presente que, como decían los viejos, “nadie nace aprendido”. Entonces, si guardamos el arma de la crítica ante la primera falla de nuestro vecino, pues lograremos propiciar en él la confianza y será mucho más fácil hablar sobre esos comportamientos equívocos que nos molestan o sobre esos descuidos en determinada tarea que nos sacan de quicio. Deberíamos comportarnos así, si es que deseamos que los otros también sean benévolos con nuestros lapsus o nuestras negligencias.

No sobra recordar que son los errores los que precisamente van tallando nuestra vida. De cada uno de ellos algo aprendemos y de cada uno de ellos sacamos provecho para nuestro propio desarrollo. Con los errores, con el discernimiento sobre ellos, nos vamos forjando un cuerpo más resistente, un espíritu más sabio. Es a partir de nuestros deslices o nuestras faltas como vamos acumulando experiencia, como vamos volviéndonos “expertos” o llenos de conocimiento. Lo importante es no dejarlos pasar por alto sino tomarnos un tiempo para reconocer su constitución o sus rasgos distintivos. Mirar con tranquilidad esas negligencias o esas equivocaciones con el fin de sacar todo el beneficio, de “capitalizarlas” de la mejor manera para nuestra existencia futura. Son los errores nuestros mejores maestros porque van forjando, día a día, nuestra forma de ser o de actuar. Y las lecciones que imparten son personalizadas porque nacen o son extraídas de nuestra propia vida. De allí por qué no debemos despreciarlos o tratar de erradicarlos totalmente: porque los errores son una enorme cartilla hecha de carne y hueso.

Y hay más: si aprendemos a ser más flexibles con nuestras fallas nos quitaremos de encima una serie de presiones que nos autoimponemos como camisas de fuerza o como una espada de Damocles amenazante. Esa ductilidad de nuestro espíritu puede permitirnos sortear de mejor manera los huracanes de nuestras desventuras o nuestros problemas. Si somos demasiado estrictos con nosotros mismos, si nos mostramos tan indolentes con nuestras falencias, lo más seguro es que nos rompamos con facilidad ante los primeros golpes de la vida. Pero si es la elasticidad la que mueve nuestro corazón y nuestro entendimiento, más rápidamente asimilaremos el embate, de manera más ágil nos repondremos del impacto y estaremos otra vez de pie para seguir con nuestra lucha cotidiana.

(De mi libro Custodiar la vida. Reflexiones sobre el cuidado de la cotidianidad, Kimpres, Bogotá, 2009, pp. 205-208).

¡Por favor no disparen, somos rehenes!

08 domingo Nov 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Nuestro momento histórico está gobernado, sin lugar a dudas, por la figura del rehén. Un signo de lo que Jean Baudrillard llama la Transpolítica. El rehén es el resultado del encuentro de dos fuerzas igualmente violentas: el terrorismo y la brutalidad Estatal. El rehén es un ser “en medio”, una zona humana de rapiña, donde cada cual, según sus intereses, saca el mejor provecho. El rehén sirve para presionar, para evidenciar, para exigir; pero también se lo puede utilizar para hacer respetar, para consolidar o para tranquilizar. Hoy, en buena parte de nuestro continente y de nuestro mundo y, por supuesto, en nuestro país, vivimos ante el miedo al secuestro. Y el secuestro es como una extirpación brutal; un asalto a cualquier cotidianidad. Ser secuestrado es caer en la incertidumbre del rehén, es perder la voz, el nombre, el status. Es quedar a la intemperie, es asumir la condición de chivo expiatorio.

Las relaciones que existen entre la figura del rehén y la del chivo expiatorio son, en verdad, múltiples. Tanto uno como otro “pagan algo por alguien”, expían una culpa ajena. El rehén, sin saberlo, es culpable de un malestar, de una enfermedad social crónica, prolongada; el rehén es responsable, sin quererlo, de todas las desigualdades, de todos los vicios de las burocracias o de las insuficiencias del Estado. Tanto uno como otro son “garantes” de un mal tribal. Cada individuo coloca en la figura del rehén o del chivo expiatorio, una parte de sí, ya sea su carga de inmoralidad, su lastre de odio o su mera cobardía. Rehén y chivo expiatorio siempre son salvadores de culpas impropias. Y, en esa misma medida, se los detiene, se los azota o se los crucifica. Recordemos las palabras de Caifás, en el Consejo: “vosotros no sabéis nada; no pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación se pierda”. Esa es la situación del chivo expiatorio, ese es el destino del rehén; sobre ellos cae toda la violencia, si es preciso, con el pretexto de evitar una violencia mayor, comenta René Girard. Digamos, además, que las figuras del rehén y del chivo expiatorio se asemejan en el sacrificio. Uno y otro son formas o rostros de la víctima propiciatoria.

Ahora bien, cómo aparece esta figura del rehén, cuál es su origen. Podríamos recurrir a múltiples explicaciones; pero, sin ser exhaustivos, podemos afirmar que la figura del rehén brota en el mismo momento en que “alguien se siente dueño de alguien”. En esa intencionalidad de posesión (“tú eres mi criatura para…”), hay un propósito particular que convierte a un ser humano en cosa, en rehén de una decisión extraña. De ahí que desobedecer al secuestrador, al detenedor, al carcelero (ya hablaremos de las relaciones que hay entre rehén y presidiario), sea tanto como perder la vida, perder el Paraíso. De otra parte y mirando concretamente la política, el rehén emerge cuando la auctoritas cede ante la potestas, afirma el novelista Ernst Jünger; “cuando la autoridad se ha consumido hasta la última hilacha, y aparecen los dominadores, los que se imponen por la fuerza”.

He hablado anteriormente de las relaciones que existen entre el rehén y el preso. Veámoslas más detenidamente. Rehén y preso dependen de alguien y, en cierta forma, los dos son seres “condenados” que purgan una pena. Preso y rehén dependen de sus guardianes (recordemos el inhumano caso de La secuestrada de Poitiers, recogido por André Gide); preso y rehén son “encerrados”, “incomunicados”; ambos son desmembrados de sus familias, de su historia. Y las dos figuras, los dos signos, sirven a manera de escarmiento, son una forma de exhibir el castigo (otro rasgo de empatía con el chivo expiatorio). Al preso y al rehén se los muestra, se los exhibe con el fin de generar en los demás miedo: “a ti también te puede pasar…”. Así es como se instaura una atmósfera de la intimidación.

Preso y rehén pueden ser analizados con mayor claridad en un hecho: “Las dos tomas del Palacio de Justicia”, acaecido en Bogotá entre los días 6 y 7 de noviembre de 1985. Cuando me refiero a “Las dos tomas”, no utilizo una figura retórica, sino una evidencia histórica. Lo del Palacio es el mejor ejemplo para apreciar las características y el destino del rehén. Una caricatura de “Grosso” nos servirá de punto de partida. De un lado, está el rifle de “la Ley y el Orden”, del otro, el rifle de “la Justicia Social”; al centro, ensartado por las dos bayonetas, el rehén agonizante. Si el que apunta es el rifle de “la Justicia Social”, las razones que se esgrimen, son más que contundentes: “no hay”, “hace falta”, “se ha perdido”, “necesitamos”…; si, por el contrario, el que apunta es el rifle de “la Ley y el Orden”, los argumentos utilizados serán distintos, pero no por ello menos válidos: “hay que defender”, “no podemos permitir”, “debemos salvar”… El rehén se haya preso entre las dos miras de estos dos fusiles. Preso entre dos amenazas: “abran la puerta o si no les botamos una granada, esté el que esté se muere”, dice “la Justicia Social”; “cuento hasta tres y si no salen, esté quien esté los matamos”, dice “la Ley y el Orden”. Preso y sin voz: “por favor no disparen, somos rehenes, les habla el Presidente de la Corte Suprema de Justicia, tenemos heridos, necesitamos a la Cruz Roja”. Pero nadie lo escucha o, mejor, todos lo oyen, pero nadie lo escucha. El rehén es un impúber del habla; siempre hablan por él. El rehén es un mediador mudo, un papel moneda, una prenda desprovista de lenguaje. “Por favor, no disparen, somos rehenes, les habla el Presidente de la Corte Suprema de Justicia, tengo dos señoras embarazadas que necesitan atención médica”. No, nadie escucha; ni siquiera el argumento más contundente de todos los posibles, el argumento de la maternidad, es tenido en cuenta. No hay razones que valgan. El rehén está inmerso en la irracionalidad, bien de origen legal o de procedencia ilegítima. El rehén es un ser sometido a la insensatez del capricho. A la improvisación.

Rehén y Nadie son la misma cosa. La dialéctica del rehén se mueve en estos dos planos: demasiado importante, demasiado insignificante. El rehén vive entre lo útil y lo inútil, entre el tesoro que debe guardarse y el desecho que se puede botar. De ahí por qué se busque como rehén a “alguien preferiblemente significativo”, a “alguien que cueste” (el rehén es un “elegido”), pero luego de ser tomado (ingerido, bebido), el rehén se metamorfosea o se convierte en Nadie: insignificante, anodino, miserable. Y lo que antes era presa, ahora se transforma en carnada. El botín se vuelve cebo. El juego que entablan el captor o secuestrador con el rescatador o liberador es el de “yo tengo el as y, por tenerlo, gobierno la partida”. Falsa tranquilidad para el rehén: “tranquilos que a ustedes no les va a pasar nada, ya que no son mi última salvación”. Falsa tranquilidad porque un as no puede retenerse por mucho tiempo; hay que jugarlo. Al rehén se lo traslada, se lo lleva de aquí para allá, se lo arrincona, se lo guarda como un talismán: “ustedes son nuestra última carta, porque para que caigamos nosotros, primero deben caer ustedes”. Logrado el objetivo, al rehén se lo abandona a su suerte. Ganada la batalla, los escudos pueden tirarse con los otros escombros.

Retomemos el caso del Palacio de Justicia y veamos otra faceta. La suerte final del rehén. Un rehén se mueve, básicamente, entre el morir y la sobrevivencia, entre ser asesinado o ser objeto de transacción. Estos son los puntos límite del rehén: si muere, el chantaje desaparece; si vive, la amenaza continúa. Lo que hace oscilar el péndulo es el margen vital del rehén. Hay dos estadios más, intermedios. Un rehén puede ser mártir o tornarse desaparecido. Cuando es mártir, la muerte deja de ser venida desde fuera y brota desde dentro (la única voluntad que posee el rehén, atenta contra sí mismo: mártir). Subrayemos que el heroísmo del rehén es su negación. Si pervive, pervive como recuerdo –como ofrenda floral–, no como persona. El mártir es el título o la metáfora como los demás se apiadan del destino del rehén. Es la compañía tardía, el respaldo inútil de sus congéneres. La cara contraria del rehén-mártir es el rehén-desaparecido: la muerte se vuelve, entonces, etérea; el anonimato se apodera del nombre. El rehén desaparece, nadie da razón de él. Ni muerto ni vivo; ni enfermo ni cadáver. El rehén desaparecido se torna ánima. Cabe decir que la suerte final del rehén no depende sólo de sus captores, sino también de los que intentan rescatarlo. Otra paradoja: el rehén debe cuidarse en dos frentes; su pecho y su espalda corren igual peligro. Si el secuestrador no le dispara, ¿cómo garantizar que el rescatador elija bien el blanco?, ¿cómo evitar la confusión?, ¿cómo evitar la balacera?

Dialogar, negociar, esa es la ley de mercado del rehén: “yo tengo esto y tú tienes aquello… mi rehén es tan valioso que, a cambio, demando tal cosa… Te cambio éste por esto…” El rehén entra a formar parte de otra ley, de la oferta y la demanda. La nueva economía se fundamenta en el cambio o, mejor, en el intercambio: trueque. Retornamos a la economía primaria de la necesidad enfrentada a la condición: “necesito sal… sí, pero a cambio de dártela exijo que…”. Un mercado que admite la rebaja, el descuento; un mercado que asume todas las astucias del comercio: “hay que seguir hablando para así ganar tiempo…”. Dentro de esta economía, ser rehén es adquirir consistencia de caramelo, de figurín. Y, además, es empezar a vivir el tiempo de la esperanza: “ahora sólo queda esperar a que el Gobierno dialogue. Estamos en manos del Gobierno. Ojalá esto no sea muy largo”. Esperanza y angustia: “por favor que nos ayuden, que cese el fuego. La situación es dramática… por favor que cese el fuego inmediatamente, es de vida o muerte… Nosotros somos magistrados, empleados, somos inocentes”.

II

El rehén está ahí, en medio, en la mitad (entre el fuego cruzado), inactivo, incómodo. Somos rehenes, “todos servimos ahora de argumento disuasorio”, todos podemos “ser utilizados para…” Nuestras voluntades se hallan condenadas, de antemano, por otras voluntades que, a la fuerza, imponen los nuevos árboles del bien y del mal. Somos rehenes. Todos tememos a eso conocido que, al darse, se torna absolutamente desconocido: “es posible que me tomen como rehén… pero, por qué precisamente a mí”. Elección y destino. De un lado el terrorismo, de otro, la fuerza Estatal. De una parte, la intimidación no legalizada, de otra, la intimidación de la ley. No estamos ante una negación crítica de los valores establecidos, pensaba Octavio Paz, sino ante su disolución en una indiferencia pasiva. Terrorismo y Fascismo no son “críticas a”, sino “síntomas de”… Hemos dejado atrás la Política y estamos en la Transpolítica (el Sistema se torna anónimo; los ciudadanos son desposeídos de sus nombres. Estamos de rodillas “ante el despotismo de los sectarios”). Hemos caído en la política de la intimidación: “debes tomar partido, te lo exijo… o eliges o te mueres”. Relación idéntica a la que acontece con la información, la publicidad o el consumismo: “o estás a la moda o estás out”.

Vale la pena decir que el terrorismo, entendido como “la agresión a un individuo para intimidar y presionar a muchos otros”, guarda una íntima relación con los Medios de Comunicación. No hay terrorismo sin espectáculo y no hay espectáculo sin escenario. La escenografía que los Medios de Comunicación diseñan, es la carta de garantía de la puesta en escena del terrorismo. Quizá hemos llegado a un punto cero de los mass-media; ese punto vendría dado por el ser mismo de la información: “acaban de colocar una bomba en… acaban de secuestrar a…” Dilema: cuento la noticia o dejo que otro medio la diga primero. El terrorismo enfrenta a los Medios de Comunicación con su contrario: el silencio. Las mass-media también son rehenes del enorme engranaje del estar preso en el círculo vicioso del “todo debe saberse”. En otras palabras, “el que tiene la bomba, tiene también la noticia”.

Se ha dicho que la solución a este “caos azaroso” estaría en armarnos; respuesta insustancial. Los captores sencillamente aumentan su arsenal. Se ha dicho también que la salida es conseguir o tener una escolta; solución falsa. Los captores fácilmente aumentan el número de sicarios. Tampoco se puede huir o hacerse el desentendido; en el mundo de la Transpolítica todos somos rehenes, somos masa. Es decir, todos somos responsables y nadie es verdaderamente responsable. Sin embargo, haciendo la claridad necesaria, hay personas de carne y hueso comprometidas al máximo. Quizá aquellos que, haciendo caso omiso al hambre ajena, a los famélicos que andan delante de sus ojos, son incapaces de hacer un corte menos en la tarta de sus riquezas; quizá aquellos otros, los dirigentes, los gobernantes, nuestra clase política. Quizá los verdaderos responsables sean los mismos que ahora temen presumir de sus haberes. Pero no son estos los únicos responsables. También los sectarios se hallan involucrados. La estrategia de un cambio social (por más necesario que sea), no puede establecerse desde la máxima: “muera Sansón y mueran los filisteos”. Sensatez es lo que necesitamos. Quizá más que valor se trata de tener un imperioso juicio; sólo así lograremos salir de la confusión.

El momento histórico que vivimos, el signo que lo prefigura es el del rehén. Ser humano sometido al vejamen, a la humillación; ser humano desprovisto de voluntad. El rehén, signo de la política Transnacional, del “Estado Nuclear”, del mundo que pone en entredicho la existencia a partir de la amenaza: guerra de potencias, poderío armamentista y, al centro, inermes, un sinnúmero de hombres llenos de miedo, implorando, gritando: “no disparen, no somos de las oficinas, somos del aseo”. Vivimos gobernados por la política del chantaje (“si no me das aquello, si no cumples mis órdenes puedo matarte, o denunciarte o privarte de tu intimidad”). Un chantaje surgido del encuentro de dos fuerzas igualmente violentas: el terrorismo y la fascistización. Vivimos sometidos al capricho de quien tiene un misil o de quien conoce nuestro domicilio. Rehenes de nuestro vecino quien ya no sabe distinguir entre el terrorista, el guerrillero y el agente secreto. Tiempo de la sospecha (no únicamente filosófica, sino terriblemente corporal). Tiempo de la desconfianza, del disimulo y la reserva. Rehenes del cuarto, de la casa (somos huéspedes de nuestro propio albergue: hostajes). Rehenes de los muros y de las rejas; rehenes de la escolta. Es difícil recobrar la confianza en el prójimo cuando se ha perdido el respeto a la vida, cuando ya la vida tiene un precio tan barato y se cree más en la eficacia de la violencia. ¿De qué nos sirve preservar un orden cuando hemos dejado a la intemperie nuestras vidas? Saint-Exupéry escribió que “la sillera de la catedral, por preocuparse demasiado tercamente de la distribución de sus sillas, se arriesga a olvidar que sirve a un dios”.

El rehén significa algo más que un estado de cosas, representa la manera como hemos jerarquizado nuestros valores. Dice nuestra ética.

Bibliografía

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(Publicado originalmente en la revista Trocadero, Año II, N° 3, Diciembre 1986).

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