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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2018

La politiquería del odio

08 jueves Mar 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Ilustración de Jeff Christensen1

Ilustración de Jeff Christensen.

Me alarma el nivel de odio que gran parte de las campañas políticas vienen impulsando o propagando en sus piezas publicitarias y en los discursos de la plaza pública. Más que propuestas de un partido, lo que se hace es lanzar frases incendiarias, descalificaciones injuriosas o flagrantes ofensas contra el opositor. Tal forma de hacer política se propaga aún más, cuando los medios masivos de información y las redes sociales se solazan con tales diatribas o siembran más cizaña en sus audiencias.

Pero ya no se trata de verdades comprobadas o de evidencias sobre determinado asunto. Eso pasó a un segundo plano. Lo que se ve ahora es la afrenta contra la persona. Lo que se pretende grabar en los seguidores es una consigna de destrucción, de destituir o acabar a ese contrincante. Y la masa, lo sabemos, es proclive a estos infundios; la muchedumbre es propensa al fanatismo y la falta de discernimiento. Por eso, cuando hay desmanes o francos ataques a la persona de algún candidato, aunque los mismos políticos se escandalicen de tales hechos, lo cierto es que es el resultado de su propia estrategia publicitaria.

Incentivar al odio resulta fácil en países como el nuestro en el que cualquier excusa, ojalá emocional, resulta un desfogue para las miles necesidades y las frustraciones personales. Odiar es una salida inmediata para aquellos a los que les han vulnerado habitualmente sus derechos o para quienes la esperanza está vedada. Promover la discordia, exacerbar las pasiones para que el presunto rival no sea escuchado, todo eso cala profundo en los corazones de los resentidos y los sometidos a las más hondas desigualdades sociales.

Claro está que el odio también es una estrategia política de los populismos. Esa fue la estrategia del nazismo y esa la de otros regímenes en los que por cuestiones de raza, religión o ideología se buscó por todos los medios disfrazar las verdaderas intenciones de quienes así manipulaban los corazones y las mentes. Los populismos desaparecen los matices; no hay gamas de colores o sutilezas para entender lo diverso. En el populismo las cosas y las personas o son blancas o son negras, y los que no están conmigo están contra mí, esa es la consigna. Lo que vale y se realza con grandes epítetos, con vehemencia ponzoñosa es que los otros, los que no comparten mi postura, van a acabar el estado, son unos traidores a la nación, son la lacra o los desadaptados que merecen eliminarse. Por eso también los populismos vuelven a desempolvar el discurso “patriotero” y la idealización de un país perfecto. Bien miradas las cosas, detrás de esos discursos de “grupo seleccionado o elegido” lo que se esconde es la más flagrante táctica de no convivencia. Más que una práctica democrática el populismo es una estrategia de guerra.

Me sigue sorprendiendo, a pesar de las justificaciones ya mencionadas, es la adhesión con que una buena parte de la sociedad le sigue el juego a estas campañas del odio. Es obvio que hay motivos comerciales o empresariales que autoponen la venda o fomentan el disimulo. Pero no es justificable que haya esa complacencia silenciosa o una actitud de ver el circo desde la barrera, sin ni siquiera llamar a la cordura a los mismos que patrocinan o son afines a sus intereses económicos. Esto no es un asunto menor. En Colombia ha habido, si es que las nuevas generaciones ya lo olvidaron, un terreno propicio para perseguir y desaparecer al que piensa diferente, para estigmatizar al vecino porque alguien desde algún púlpito lo tildó de ateo. Entonces, asumir la indiferencia ante las campañas de odio puede resultar contraproducente en el mediano y largo plazo.

Lo que sí podemos hacer cada uno de nosotros y en el radio de acción de  nuestras familias es no coadyuvar para que este virus del odio se propague. Es necesario asumir una actitud más serena, crítica, y con altas dosis de tolerancia. Propaguemos la escucha, el disenso sin agresión, la argumentación en contravía del puño, la piedra o el disparo anónimo. Que sean las razones las que se impongan y no la intimidación o el sectarismo intransigente. Más que azuzar, contribuyamos aplacando los ánimos; más que encender con el rumor mendaz, procuremos aclarar lo que a todas luces es desinformación malintencionada. Sobra decir que tal labor no será fácil: aprender a convivir siempre ha requerido mayor esfuerzo que llamar a la antipatía y la hostilidad.

Y una labor semejante tendrá que hacer cada maestro en su escuela, su colegio o su universidad. La educación no puede quedarse absorta ante tal seducción por el odio. Es prioritario que diseñemos estrategias didácticas que ayuden a las nuevas generaciones a no dejarse infectar por este modo de hacer política; es urgente que desarrollemos actividades de lectura crítica en el aula en las que podamos someter piezas publicitarias o noticias de los medios masivos al cuidadoso examen de su ideología subyacente; es vital que asumamos en nuestras instituciones de enseñanza un clima que favorezca la tolerancia, la convivencia, el respeto por la diferencia. Quizá con todas esas acciones, y con nuestro ejemplo pacifista, contribuyamos a que la politiquería del desprecio y el odio visceral no encarne en los que tienen la posibilidad de construir colectiva y pluralmente un nuevo país.

Amar para vivir doblemente

04 domingo Mar 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Ilustración de Christian Schole

Ilustración de Christian Schole.

Qué alegría, vivir

sintiéndose vivido.

Rendirse

a la gran certidumbre, oscuramente,

de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,

me está viviendo.

Que cuando los espejos, los espías,

azogues, almas cortas, aseguran

que estoy aquí, yo, inmóvil,

con los ojos cerrados y los labios,

negándome al amor

de la luz, de la flor y de los nombres,

la verdad trasvisible es que camino

sin mis pasos, con otros,

allá lejos, y allí

estoy besando flores, luces, hablo.

Que hay otro ser por el que miro el mundo

porque me está queriendo con sus ojos.

Que hay otra voz con la que digo cosas

no sospechadas por mi gran silencio;

y es que también me quiere con su voz.

La vida –¡qué transporte ya!–, ignorancia

de lo que son mis actos, que ella hace,

en que ella vive, doble, suya y mía.

Y cuando ella me hable

de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,

recordaré

estrellas que no vi, que ella miraba,

y nieve que nevaba allá en su cielo.

Con la extraña delicia de acordarse

de haber tocado lo que no toqué

sino con esas manos que no alcanzo

a coger con las mías, tan distantes.

Y todo enajenado podrá el cuerpo

descansar, quieto, muerto ya. Morirse

en la alta confianza

de que este vivir mío no era sólo

mi vivir: era el nuestro. Y que me vive

otro ser por detrás de la no muerte.

 Pedro Salinas

Varios y exquisitos son los poemas de Pedro Salinas para referirse al amor, a las facetas y los dramas del amor. Pero el poema “Qué alegría, vivir sintiéndose vivido”, en especial, pone su acento en el amor profundo, en ese que no necesita de la presencia física para existir. Un amor tanto más fuerte cuanto está enraizado en la ausencia. Un amor esencial porque se manifiesta a través de otro. Porque es el otro el que verdaderamente encarna lo que sentimos por él.

Salinas parte de una certidumbre: a través de otro ser puedo también vivir. Me es posible, por decirlo así, desdoblarme. Y la otra persona, me presta sus ojos, sus labios y puedo ver cosas y decir palabras sin moverme del sitio en que estoy o manteniendo cerrados los labios. Sigo viviendo a partir de esa otra persona. Allí está el milagro del amor: “que haya otro ser por el que miro el mundo porque me está queriendo con sus ojos”. O, si se quiere, que el amor hacia otra persona se hace más intenso, más hondo, cuando encarna en ella, cuando sus sentidos son los de otro, cuando su memoria es también la del amado ausente. Esa es la certeza de Salinas, que cuando amamos, cuando lo hacemos de verdad, comenzamos a vivir doblemente.

Todo aquel que haya vivido la experiencia de amar de esta manera sabrá que eso es cierto. Cuántos de nosotros al estar lejos del ser que amamos, al mirar un paisaje, un evento o entretenernos en determinada cosa, ponemos en nuestros ojos no la mirada propia sino aquella otra de la persona que de tanto besarla y llenarla de historia ya es parte de nuestra carne. El gusto por un color, la pasión por una comida, la preferencia por un aroma, se convierten en motivos poderosos para desdoblar nuestra identidad; aunque estemos solos, somos en realidad un nosotros. Igual acontece con las palabras. Por momentos nos vemos usando expresiones que reconocemos, en un segundo, como propias del ser que amamos; pero después, pasado ese fugaz asombro, las hacemos tan nuestras, que no parecen distinguirse de nuestro propio vocabulario. La razón de esta vida doble que provoca el amor puede ser el hecho de fraguarlo en el yunque del día a día, de alimentarlo con pequeñeces, de verle su rostro esencialmente humano.

Creo igualmente, y el poeta lo manifiesta hacia el final del poema, que un amor así sólo puede gestarse desde la confianza. Salinas la tilda de “alta”, porque si es una confianza pequeña, si alberga así sea una incipiente duda, lo más seguro es que sea demasiado frágil y no pueda sostener o mantener en el tiempo las vigas del amor. La confianza es el lubricante del amor genuino. Por ella es que la distancia puede sortearse o tocarse el negado cuerpo de la amada ausente. La alta confianza, además, es la clave para decir “lo nuestro”. El amor maduro, el amor que logra incorporar a otro, nos hace plurales, nos reivindica de “la primer condena de la vida”, como dice el mismo Salinas, en otro poema. Ya no estamos solos; nos sabemos dos, nos llamamos “pareja”. Al decir lo nuestro, alcanzamos el estadio superior del amor porque logramos trascender la limitada satisfacción de lo propio.

Las últimas líneas del poema, que pueden parecer enigmáticas, llaman la atención sobre la “no muerte”. Pareciera que la vida tuviera una cara y un envés. La cara, ya lo sabemos, es la fuerza vivificante del amor; el otro lado, por supuesto, es la muerte. Pero Salinas dice que al ser amados de esta manera, al lograr que alguien nos ame en la ausencia y la alta confianza, tendremos no un lado oscuro sino otra cara de luz a nuestra espalda. Que al ser dos, que al vivir esa doble vida del amor, a la muerte no le queda espacio para ejercer sus dominios. La imagen es magnífica: si el vivir vale la pena, si tiene algún sentido, es porque el amor —como se exalta en el Cantar de los Cantares— es más fuerte que la muerte, porque detrás de las sombras del olvido, está radiante la memoria de un otro que nos ama. 

(De mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, Kimpres, Bogotá, 2012, pp. 65-69).

Todos somos hijos de Pedro Páramo

25 domingo Feb 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Fotografía de Juan Rulfo.

Quiero leer a Pedro Páramo sin buscar isotopías, sin detenerme a ubicar estructuras o en desentrañar influencias literarias. Voy a leer desde el goce, desde el mero deleite que produce y debe seguir produciendo la lectura. Y, además, quiero leer la novela de Juan Rulfo desde la óptica de alguien que necesariamente ve en las letras, en las letras de Pedro Páramo, su vereda, su pueblo, su continente latinoamericano. Voy, pues, al texto, pero también a mi memoria.

Deseo incluir como norte algunas frases de Juan Rulfo. La primera: “Los antepasados son algo que ligan a los hijos al pueblo, los hijos que no quieren abandonar a sus muertos. Llevan sus muertos a cuestas”. La segunda, y quizá la que más me interesa ahora: “El hombre de la ciudad ve sus problemas como problemas del campo (…) El 70% de los que vivimos en la ciudad hemos venido de la provincia. Entonces hay una población que no se adapta, el hombre que ha nacido y vivido en el barrio de vecindad”. Estas dos afirmaciones del novelista mexicano deseo tenerlas en mente durante el recorrido de la presente lectura de Pedro Páramo, porque pienso que hay en ellas una verdad del hombre latinoamericano, un sentido de la vida que, al mismo tiempo que convierte la novela en un testimonio humano y social, es también, de alguna manera, una propuesta de escritura.

En todo caso, deseo insistir en que en la obra de Juan Rulfo hay tanta amargura como esperanza, tanta sensualidad como locura, tanta religiosidad como apetito revolucionario, tanta soledad como barullo susurrante, precisamente por vivir los personajes de la novela –digamos mejor, nosotros mismos– entre el anhelo de aventura, el probar suerte y el retorno, o ese volver “a sentir el sabor del azahar de los naranjos en la tibieza del tiempo”.

Cómo hay de nubes, cómo de aire, cuánto sol hay en Pedro Páramo. Y cuánto recordar, cuánto partir y regresar, cuántas despedidas y otros tantos reencuentros. Para mí, hay una frase que resume toda la novela de Juan Rulfo: “Recuerdo días en que Comala se llenó de ‘adioses’ y hasta nos pareció cosa alegre ir a despedir a los que se iban. Y es que se iban con intenciones de volver”. En esa intención de volver está el rostro profundo del hombre latinoamericano. A veces puede transmutarse en ilusión y la ilusión, dice Rulfo, cuesta caro. Poco importa: “Dicen que los pensamientos de los sueños van derechito al cielo”. Esa intención de volver gira en dos sentidos, pero conservando el mismo ritmo histórico: de un lado, la manecilla del que quiere volver; del otro, la manecilla del que desea que los que se fueron, regresen… O si se me presta la analogía, una manecilla estaría en: “ver aquello a través de los recuerdos de mi madre” de Juan Preciado, y la otra manecilla en: “hace mucho tiempo que te fuiste, Susana” de Pedro Páramo.

Dolores –la madre de Juan Preciado– y Pedro Páramo tienen en común una mirada nostálgica hacia su pasado, hacia su niñez. Tanto una como otro viven anclados en el recuerdo de algo que olía a miel derramada: el color de la tierra, Comala; unas manos suaves, Susana San Juan. Para Dolores, el viento que mueve las espigas; para Pedro Páramo, el aire que hacía reír… Pero hay más. Juan Preciado y Susana San Juan viven también de otras nostalgias: Juan, la de su madre; Susana, la de Florencio. Tanto para el primero como para la segunda, ese pasado se torna sueño e ilusión: Juan Preciado vuelve a Comala en lugar de Dolores, porque ella, le dio sus ojos para ver; Susana San Juan vuelve al mar para purificarse, gracias al cuerpo de Florencio. Juan no puede salir de una promesa, Susana no quiere renunciar a su antigua felicidad… Los ejemplos podrían extenderse. Sin embargo, el recuerdo y la nostalgia se configuran en un gran símbolo: “Todos somos hijos de Pedro Páramo”, todos vivimos alguna vez en Comala. Este símbolo, representa los lazos que crean la tierra y la sangre con respecto al hombre o la cultura. “Todos somos hijos de Pedro Páramo”: en él, que es también Comala, quedó nuestra niñez, nuestra virginidad, nuestra juventud; allá, quedó nuestra historia. Ser “Todos hijos de Pedro Páramo” es tanto como tener un mismo destino. Por eso, al morir el padre, el pueblo, todo se desmorona, todo se derrumba. Entonces, para los que se quedan no hay sino la ruina o miseria, cuando no, la muerte; para los que vuelven, no hay sino un encuentro con los fantasmas. Irse es estar lleno de llanto y de venganza; volver es perderse; quedarse es aceptar la condición de ánima.

En tanto que distante, ¿qué piensa o rememora uno de su Padre, de su Comala, de su casa? Quizá, solo las nubes, el aire, el color del sol cuando atardece, el vuelo de los tordos… Siempre la Naturaleza. Idilio, dirán algunos; yo prefiero entenderlo como una forma de nombrar la eternidad: “La llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más allá, la más remota lejanía”… Al estar distante recordamos también la lluvia, la noche y el caer de las gotas de agua ¡Cómo llueve en el pasado! ah, y el murmullo de los grillos. Pero este recordar no es sino esperanza: “Esperé treinta años a que regresaras, Susana. Esperé a tenerlo todo”; este recordar no es sino el anhelo infinito de ver retroceder el tiempo para observar otra vez “la estrella junto a la luna”, “las nubes deshaciéndose”, “las parvadas de toros”, “la tarde todavía llena de luz”.

Comala o Pedro Páramo es una alcancía donde se guardan los recuerdos. Dorotea tiene razón: “El pueblo es la querencia. El lugar que se quiso. Donde los sueños se enflaquecieron. El pueblo, mi pueblo, levantado sobre la llanura… Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer; la mañana; el mediodía y la noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida…”. Y poco importa que haya pueblos que sepan a desdicha; vistos en la distancia, como decía Novalis, esos mismos pueblos, pobres y flacos, desdichados, se tornan poesía: “Y los gorriones reían; picoteaban las hojas que al aire hacía caer, y reían; dejaban sus plumas entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa época”. Quizá, por eso, el volver, el acercarnos demasiado al pasado, produzca en nosotros una mueca amarga al ver la casa abandonada, el pueblo agonizante. Mejor, entonces, llenarse de sueños y darle vuelo a las ilusiones.

Cuando el hombre latinoamericano va a la ciudad, huyendo de la violencia, de la miseria o el desengaño, huyendo de sí mismo, siempre guarda un crujir de piedras bajo las ruedas de las carretas; conserva la imagen de los bueyes moviéndose despacio… Ese lugar seguro en el corazón, esas cosas de Susana San Juan que Pedro Páramo nunca llegó a saber, esas cosas que no se apagan, son las cosas que permiten volver a Juan Preciado o las que dan la resistencia a cualquier Abundio, a cualquier arriero del camino.

Todo padre, todo pueblo, cualquier Comala, reclama con lágrimas el retorno de sus hijos. Pedro Páramo sabía, de una parte, que “todos escogen el mismo camino. Todos se van”, pero entendía también que los sueños persiguen a los viandantes, a los que salen de casa. Los sueños, que son las palabras sin sonido. Los murmullos que matan. Por lo demás, al decir de Ambrosio, el pastor de marras de Don Quijote: “quien está ausente todos los males tiene y teme”. Comala nos pregunta: ¿Por qué ese recordar intenso de tantas cosas? ¿Por qué no simplemente la muerte –el olvido– y no esa música tierna del pasado? y nosotros, como hombres situados entre el descontento y la promesa –porque Pedro Henríquez Ureña también era hijo de Pedro Páramo–, responderemos: “recuerdo o vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre…”

Pedro Páramo desnuda al hombre latinoamericano, campesino aferrado a la niñez, sin regreso posible y, Juan Rulfo, desde su silencio ético, enseña que la literatura en América Latina no es un problema de escuelas, sino el intento por aclarar o resolver nuestros problemas fundamentales. Comala es como Macondo, símbolo de un continente que vive una tensión dramática, la lucha entre un ancestro mítico que no se quiere abandonar y un imperativo histórico que debe ser asumido.

Té chai y mendacidad

18 domingo Feb 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Diálogos

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Ilustración de John Holcroft

Ilustración de John Holcroft.

Milena: Te he visto muy concentrado en estos días.

Juan José: Ando investigando sobre la mentira.

Milena: ¿Y eso?

Juan José: Es tal la avalancha de calumnias, de embustes que uno escucha en estas épocas electorales, que me ha entrado la curiosidad  por desentrañar este modo de actuar de los políticos.

Milena: Eso ha sido de siempre así…

Juan José: Es posible. Pero hoy se ha vuelto un arma habitual de descrédito, un recurso cotidiano para mancillar un nombre o poner astutamente a dudar a los electores sobre qué es verdad de todo lo que dicen sobre alguien…

Milena: Mi padre se sorprendía de que la gente sabiendo todo ese cúmulo de patrañas, de promesas falsas, sabiendo eso, votaran por esos personajes.

Juan José: Me cuesta aceptarlo pero, según leí, el pueblo no soporta la verdad; y que por eso es mejor venderle algo de ilusión, de fantasías para soliviar su pobreza o sus múltiples necesidades. Mejor el sueño que la realidad.

Milena: Doloroso pensar que es así, aunque hay muchos intereses de por medio. Tal vez lo que secundan a los mentirosos es porque conocen la doble faz de estos politiqueros. Saben que ese discurso promesero es puro barniz, porque en el fondo hay lucros esperándolos, fraudes dispuestos a sus apetitos personales.

Juan José: Una de las cosas que me ha llamado la atención de esta pesquisa es el rompimiento de la confianza, de los vínculos, que trae consigo la mentira.

Milena: Sí, es muy difícil confiar en alguien si esa persona nos miente. Uno queda en la incertidumbre, andando como a tientas en las relaciones.

Juan José: Y poco futuro puede construirse… Al mentirle a alguien paralizamos el presente. El engaño tiene el mismo veneno de la mirada de Medusa.

Milena: Eso me parece una idea sugestiva…

Juan José: Debe ser porque te encanta todo lo de mitología. ¿Sabías que hay un personaje relacionado con esto de la mentira en la mitología griega?

Milena: No… ¿quién?

Juan José: Casandra.

Milena: Cuéntame…

Juan José: El relato, en síntesis, es la historia de una ninfa hermosa que cautivó a Apolo; ella le pidió en contraprestación de su amor, el don de la profecía; Apolo se lo concedió. Sin embargo, una vez obtenido este poder, Casandra le negó sus favores al dios. Apolo le impuso este castigo: podría leer el futuro pero con la desgracia de que nadie creyera en tales vaticinios.

Milena: Interesante. Otra vez la negación del futuro, ¿no?

Juan José: Casandra les advirtió a los troyanos que el caballo de madera era una trampa, que el rapto de Helena iba a traer enormes desgracias, pero nadie creyó en sus profecías. Ese es el problema: una vez la mentira instaura sus dominios es difícil que el porvenir tenga lazos con lo creíble, con lo verdadero.

Milena: ¿Y qué otras cosas has encontrado en tu investigación?

Juan José: Tantas, que este té chai no va alcanzarnos para contártelas.

Milena: Al menos empezamos a deshacer el ovillo…

Juan José: Un aspecto más es que la mentira necesita de otras mentiras para mantenerse en pie. No es posible que una mentira se sostenga sola. Para justificarla o darle cierta credibilidad es necesario un coro de mentiras secundarias que le den consistencia.

Milena: Por eso dicen que el mentiroso debe tener buena memoria…

Juan José: Así es. Pero lo que me llama la atención es el lastre que esto provoca. Un mentiroso acumula falsedades, teje engaños, urde falacias de tal forma que lo que parece una defensa termina siendo su encierro, su cadena. Lo que en un momento era protección, con el tiempo, es su propia indefensión.

Milena: Más rápido cae un mentiroso que un cojo, afirma el refrán.

Juan José: Es como un círculo vicioso: el mentiroso miente para defenderse pero ese mismo escudo se transforma en un cilicio torturante…

Milena: Ahora que lo dices, me parece que el mentiroso se parece mucho a Sísifo. Una y otra vez lleva sus mentiras a cuestas, las carga hasta la cima de la verdad, pero no puede alcanzarla nunca, y, entonces, debe volver al inicio, con otra mentira, a ver si con ella ahora sí conquista su cometido. No deja de ser una forma de castigo…

Juan José: En lo que coinciden varios autores es en que la mendacidad fractura o fisura la confianza.

Milena: No cabe duda…

Juan José: Yo tengo la idea de que la piel de la confianza es frágil, de que es un ser que demanda mucho cuidado para no estropearlo. Y creo que esa piel se va haciendo más fuerte en la medida en que la nutrimos con la verdad.

Milena: Algo poética la manera de entender el asunto…

Juan José: Fíjate y verás que es así. Las relaciones se hacen más fuertes si las lubrica la sinceridad, la franqueza. Entre más veracidad, más fuertes los lazos, más hondos y permanentes los vínculos.

Milena: Hasta razón tienes. Y la lógica contraria sería igualmente válida: las relaciones serán más raquíticas, menos resistentes, si aumenta la mentira, el recelo, la prevención.

Juan José: Además, Mile, nos olvidamos de que el mentir, especialmente, cuando hay afectos de por medio, provoca sufrimiento en otro ser humano.

Milena: Lo sé, uno ha escuchado tantas historias…

Juan José: Hay mucho de egoísmo en el mentiroso o, por lo menos, una falta de consideración sobre sus semejantes. El mendaz ignora  el sentimiento de otredad.

Milena: Quizá, por eso mismo, nuestra época tan egoísta, tan poco solidaria, favorece y rinde culto a la mentira.

Juan José: Porque así el sufrimiento de la otra persona no aparezca mientras exista el encantamiento elaborado por la mentira, lo cierto es que cuando todo se devele, cuando el engaño sea descubierto, el dolor será más hondo, más demoledor. Los mentirosos, aunque no lo sepan, son dilatadores del sufrimiento ajeno.

Milena: ¿No crees, entonces, en las mentiras por amor? Hay personas que piensan que es mejor vivir engañadas… que prefieren, precisamente no saber, para no sufrir…

Juan José: Si viviéramos en un eterno presente, eso sería posible. Pero estamos hechos de tiempo, de memoria. ¿De qué sirve ocultarle la verdad, al ser que decimos amar, si al final las evidencias de la realidad lo llevarán a conocerla? Eso es como la muerte…

Milena: ¿Cómo así?

Juan José: Pues, sí, tarde o temprano moriremos. Esa es una realidad de puño. ¿Para qué mentirnos esa verdad? A pesar de que no quisiéramos, aunque nos neguemos a aceptarlo, alguna vez llegaremos a ese término. ¿No sería mejor, por lo mismo, asumir la vida desde esa certidumbre? De pronto al aceptar dicha verdad de lo que somos nos lleve a otorgar otro sentido a nuestra existencia, a jerarquizar de otra forma nuestras actuaciones, a asumir la libertad de otra manera. 

Milena: ¿No será que los seres humanos se niegan a aceptar esa condición finita y por eso necesitan de la mentira?

Juan José: Es probable. Credos e ideologías han acicalado este destino del ser humano. Pero considero que no podemos dejarnos engatusar por la idealización de la vida o por una metafísica a partir de la cual falsificamos nuestra condición mortal. Seríamos una farsa caminante.

Milena: Bueno. Te pusiste filosófico…

Juan José: Tú me picas la lengua… ¿o será por el jengibre del té?

Milena: A mí me parece que uno no aguanta toda la verdad… Se requieren dosis, tacto para decir esas verdades hondas y complejas…

Juan José: De acuerdo, pero eso no es lo mismo que ocultarla o convertirnos en falsarios de oficio. A mí me gusta mucho citar ese verso de Emily Dickinson: “Di toda la verdad, pero dila sesgada…” Y el sesgo tiene que ver con el tacto, con el cuidado con el otro. Con preservar su dignidad, a pesar de cualquier cosa.

Milena: Y ya que hablas de poesía, no son los literatos unos hacedores de engaños con palabras…

Juan José: Así parece. Pero ese engaño es para revelarles a los demás, precisamente, una verdad. Es una mentira que, al ser descubierta, lo que trae en su médula es la revelación de una verdad.

Milena: Sin embargo, al fin y al cabo, es un engaño…

Juan José: Pero con una diferencia de las otras mentiras de las que veníamos hablando. En la literatura, por ejemplo, esa mentira es un engaño acordado. El autor y el lector hacen ese pacto. Por eso el goce y no el sufrimiento, por eso la alegría y no la tristeza de saberse burlado…

Milena: Escuchándote pienso que para enfrentar la verdad se requiere valor, y la gente, en general, tiene mucho miedo.

Juan José: Totalmente de acuerdo. El exceso de miedo nos falsifica, nos quita la autenticidad, nos enmascara el cuerpo y el alma. De pronto, un pueblo amedrentado prefiere las mentiras a las verdades; por eso los políticos más astutos –y hay uno en particular que tú y yo conocemos– son los que saben administrar ese temor, inocularle a la gente ese flagelo para que se traguen enteras todas sus mentiras. El miedo nos hace cómplices de falsedades, de calumnias, de odios infundados…

Milena: Y si a eso le sumamos lo que hacen los medios masivos de comunicación o la ligereza de las actuales redes sociales, pues el miedo parece ser parte del ambiente…

Juan José: No cabe duda. Estamos en un campo de batalla de embustes y chismes, de engañifas y verdades a medias…  Por ello, con mayor razón necesitamos tener criterio para seleccionar la almendra de la pajilla vacía.

Milena: Hay mala fe en todos esos que prometen y luego no cumplen o en los que ilusionan y después se arrepienten de sus compromisos…

Juan José: Yo percibo un afán de dominio en el que miente. Con esos engaños lo que se busca es someter al otro, bien porque  se saca provecho de su ingenuidad o porque esa persona no alcanza a entrever que le están manipulando sus sentimientos. Pero eso no sucede solamente en la política. También en las relaciones humanas, el que se entrega o abre sus brazos sin malicia, de alguna forma se expone a que le hagan pedazos sus más íntimos anhelos…

Milena: Por lo que observo en nuestro mundo globalizado, las gentes simulan y disimulan demasiado. Hay exceso de apariencia y un absoluto abandono de la autenticidad.

Juan José: Ese es un estigma que a muchos envenena. Eso y el autoengaño, que es para mí la peor de las mentiras, porque convierte a las personas en remedos de sí mismos, en títeres de madera de sus propios embustes.

Milena: Me dejaste iniciada con el tema. Tienes por ahí una recomendación bibliográfica para continuar conversando en la distancia…

Juan José: ¿Has leído a El libro de los ejemplos del conde Lucanor?

Milena: No…

Juan José: Es un libro del siglo XIV. Hay allí un cuento, que bien parece un apólogo, titulado “Lo que sucedió al árbol de la mentira”, te lo recomiendo…

Milena: Lo buscaré, a ver si me sumo a tus indagaciones sobre la mentira…

Juan José: Me cuentas lo que te sugiere ese cuento…

Milena: Ya nos encontraremos muy pronto, te lo aseguro.

Juan José: Espero que no sea una mentira piadosa.

Milena: Claro que no. Después de esta conversación, me cuidaré de no prometer cosas que no puedo cumplir…

Sobre la mentira

11 domingo Feb 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Aforismos

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Ilustración de Angel Boligán Corbo

Ilustración de Ángel Boligán Corbo.

Una mentira trae consigo, para justificarse, otra mentira, y así sucesivamente. El precio de mentir es continuar haciéndolo en una cadena interminable. Castigo de Sísifo que arrastra una roca cada vez más grande.

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Determinadas circunstancias nos llevan a mentir; otras, a practicar un tipo de disimulo. En el mundo de las relaciones humanas, cada rostro es un sinfín de máscaras.

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El embuste de los niños se origina, en gran parte, por el miedo; el de los adultos, proviene del cálculo. En el primer caso, tememos al castigo; en el segundo, nos solazamos con la premeditación.

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El poderoso tiene que lidiar continuamente con dos emisarias de la mentira: la calumnia y la adulación. Tanto una como otra son malas consejeras para la toma de decisiones.

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Mentir es fácil; lo difícil es mantener exacta y sin contradicciones la mentira. El talón de Aquiles del embustero es el tiempo.

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¿Por qué necesitamos mentir a los seres que decimos amar? Para no hacerlos sufrir, contestan algunos. Pero, tarde que temprano, cuando la verdad aparezca, veremos en ellos aparecer sus lágrimas. Mentir es, en esencia, prorrogar el dolor.

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La mentira siempre es ocultación: de lo que fuimos, de lo que somos, de lo que anhelamos ser.

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“La falsedad nos enreda en todos los errores”, afirmaba San Agustín. En el fondo, el mentiroso lo que busca es enredarnos; hacer que la verdad se pierda en los laberintos de la duda.

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De tanto mentir vamos construyendo una máscara que termina por empotrarse en nuestro rostro. El simulacro se convierte en nuestra verdad.

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Siempre se ha dicho que la mentira debilita a la verdad; yo diría que es más bien un corrosivo para la confianza.

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La mentira necesita del rumor para fortalecerse; el rumor de la mentira para parecer interesante.

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Es reprochable el hábito de andar mintiéndole a los demás; pero lo que resulta imperdonable es mentirnos a nosotros mismos. El autoengaño es la peor de las mentiras porque va creando, lentamente, una falsa conciencia de lo que en verdad somos.

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El engaño es la escenografía preparada por la mentira. El teatro de falsedades requiere de un decorado seductor.

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Aunque resulte paradójico, hay vidas humanas en las que lo único cierto han sido sus mentiras.

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La verdad corta como los cuchillos afilados; la mentira, como las espinas de las rosas. La primera nos duele en el cuerpo; la segunda, hiere profundamente el corazón.

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Es indudable que la cobardía lleva a que proliferen las mentiras. Si no hay valentía en nuestro carácter seremos incapaces para reconocer nuestras fallas y huidizos para alcanzar nuestros deseos.

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Ironía: melancolía risueña que siente la verdad por la mentira.

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Ciertos mentiras se inventan para, según se dice, no perder a quien amamos; pero, por esos mismos embustes, se termina perdiendo dicho amor.

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Los políticos han hecho de la mentira un arma para desacreditar a sus adversarios y un recurso retórico para disfrazar sus promesas. Es decir, con ella engañan tanto a sus opositores como a sus seguidores.

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Determinadas mentiras tienen el fin de tapar o enaltecer. A veces son maquillaje para cubrir defectos o vicios y, en otros casos, pedestales para glorias inexistentes.

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Ciertas amantes mentirosas suponen o esperan que el secreto de sus pócimas retenga para siempre a sus amados. Eso puede durar un tiempo. Al final, Ulises es más astuto que Circe.

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Algunas mentiras nos protegen y otras, aunque no queramos, nos exponen: difícil resulta siempre jugar a ocultar la verdad.

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Hipocresía: disimular lo que somos y simular lo que no somos.

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La persona mentirosa padece la maldición de Casandra: aunque pueda decir algunas verdades, jamás llegarán a ser creíbles.

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Para ser un mentiroso hay que tener excelente memoria. No es fácil tejer y tejer telas de araña y luego acordarse de los lugares exactos donde se enlazan los nudos.

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Hay cierta complicidad del engañado para que el mentiroso cumpla su cometido: entregar su confianza sin prevenciones o creer cabalmente sin recelos. Los brazos abiertos olvidan la suspicacia.

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Lo difícil al descubrir una mentira no es tanto el perdón en el presente, sino la fractura de la credibilidad en el futuro.

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Enfrentarnos a nuestras verdades demanda esfuerzo y valentía; maquinar ciertas mentiras apenas es una dejadez de nuestro carácter.

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“No mencionar la cuerda en la casa del ahorcado”, aconseja el refrán. Sin embargo, a veces cierta sinceridad ayuda a que el condenado reconozca sus mentiras.

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Disimulo: etiqueta de la mentira.

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El arte finge la realidad para que, mediante ese artificio, podamos reconocer nuestras verdades más profundas.

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Ser o parecer: ese es el dilema del mentiroso.

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La franqueza riñe con la política, porque esta última prefiere los afeites y las lisonjas de la mentira. Los políticos lo saben: al pueblo le gusta más escuchar promesas ilusorias que explicaciones reales.

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En la afirmación de San Agustín, de que “mentir es decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar”, lo que se subraya no es tanto el contenido de la mentira como su deliberado propósito. No la flecha envenenada, sino la elección de la diana.

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Deberíamos aprender la lección del bufón medieval: decir las más crudas verdades como si fueran mentiras jocosas.

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El que no acude a las mentiras y se obstina en decir siempre la verdad es tildado de loco o de profeta. Por eso, la mayoría de los hombres hacen un pacto para ocultar sus genuinas intenciones o simular sus verdaderos propósitos. Vivir con otros es, en el fondo, compartir unas formas de mentira.

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Con la mentira pasa lo que con ciertos fármacos delicados, si nos equivocamos en la dosis podemos intoxicarnos o perder irremediablemente al paciente.

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El que miente quiere dominar: aprovecharse de la buena fe de otro, sacar ventaja de su ingenuidad o su abandono afectivo. La mendacidad, en sentido moral, tiene lazos con la humillación.

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Es mejor jugar con pocas cartas de la verdad para evitar blofear al barajar demasiadas mentiras.

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Si amar es compartir secretos, y los secretos entrañan una complicidad a toda prueba; entonces, cuando amamos constreñimos nuestra voluntad para evitar la traición o la mentira. Quizá el verdadero amor sea un acto de genuina valentía: la fidelidad a la palabra empeñada.

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Veracidad y mendacidad: estos son los dos caminos cuando entramos a relacionarnos con otros. Tal disyuntiva no es un asunto menor: en mentir o decir la verdad está la clave de los vínculos sociales.

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 “Oler la mentira como mentira”, pedía Nietzsche. Es decir, asumir nuestros límites, entrever nuestros abismos, aceptar nuestras falencias. En síntesis: nada de autocomplacencias.

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La mentira es leve, sale rápido de nuestra boca; la verdad es sólida y requiere de la prudencia de nuestros labios.

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La sinceridad es una mancha difícil de borrar; la mentira, en cambio, un mugre que cae al primer remojo.

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La obsesión por el poder trae consigo la facilidad para la calumnia, la irresponsabilidad  de envilecer a todo oponente. Las falsas imputaciones de los poderosos son la semilla del autoritarismo.

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Allí donde haya crédulos fervientes aparecerán ladinos mentirosos. La masa propicia en su frenesí tales engendros.

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Las redes sociales han hecho de la mentira una diversión peligrosa: cuando se junta la irresponsabilidad con la obsolescencia informativa lo más seguro es que la honra o la dignidad de las personas dependa del capricho del rumor colectivo.

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 “El reverso de la verdad tiene cien mil caras”, escribió Montaigne. Así que no quedan sino dos alternativas frente a las personas: o apostamos por confiar en ellas o vivimos en el permanente recelo.

 

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