Léon-Joseph Florentin Bonnat

«Job», pintura de Léon-Joseph Florentin Bonnat.

Resulta útil en estos tiempos de cuarentena, volver a leer ciertos libros que de manera alusiva, ejemplifican lo que nuestro espíritu siente o le preocupa. Uno de esos textos es el libro de Job. Una pequeña obra que relata el conflicto de un hombre, quien teniendo muchas riquezas y buena salud, las pierde, y no entiende la razón o el motivo de ello, siendo como era, un hombre justo y devoto de Dios. Miremos con algún detalle los pormenores de esa tragedia humana.

Job era un hombre próspero, adinerado. Alguien “justo y honrado”, apartado del mal y temeroso de Dios. Tiene mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas burras y muchas otras posesiones. “Era el más rico entre los hombres de la tierra”. Sin embargo, a este orden de plenitud, el gran tentador de Dios, le dice que toda esa prosperidad se debe a que Job no ha sufrido reveses en su fortuna y, que, si los padeciera o se dañaran sus posesiones, seguramente  dejaría de ser piadoso y maldeciría al Todopoderoso. Dios acepta que el demonio ponga a prueba a Job con una condición: “no tocarlo a él”.

Lo que sigue es, precisamente, el descalabro de la fortuna de Job, a causa de  ladrones, rayos y huracanes que derriban sus casas, tribus enemigas que matan a sus hijos y acuchillan a sus empleados. Al saber por los mensajeros estas infaustas noticias, Job se rasga las vestiduras, se raspa la cabeza y se echa a la tierra. Con ese dolor en su corazón, en lugar de protestar contra Dios, pronuncia unas palabras que aún continúan escuchándose: “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”. No obstante, el gran tentador, vuelve a incitar a Dios contra Job, argumentándole que Job procedió así  porque lo que estaba en juego era salvar la vida, y cuando se trata de esa posesión, “el hombre lo hace todo”.  Y que, muy seguramente, si lo hiriese en la carne y los huesos, descubría en ese piadoso hombre que “lo maldeciría”. Una vez más Dios accede a Satanás, pero con la condición de respetarle la vida. Lo que sucede luego es la pérdida de salud de Job, con “llagas malignas desde la planta del pie hasta la coronilla”. En esa precaria situación, raspándose la cabeza con una tejuela, sentado entre la basura, Job escucha a su mujer quien le recomienda maldecir a Dios. La respuesta es humanamente asombrosa: “¿si aceptamos de Dios los bienes, no vamos a aceptarle los males? A pesar de esa ruindad en su cuerpo, Job no “no pecó con sus labios”.

Postrado, infecto de llagas, atormentado por la pérdida de sus hijos y sus bienes, Job recibe a tres amigos: Elifaz, Bidad y Sofar, quienes al enterarse de sus desgracias, vinieron a “compartir su pena y consolarlo”. Sentados junto a él, durante siete días, “sin decirle una palabra” estuvieron acompañándole. Después de esa semana comienzan las quejas de Job; movido por ese “atroz sufrimiento”, padecido durante todos esos días, el anciano empieza a imprecar, a cuestionar,  a reclamar la justicia divina. Dichas consideraciones y reclamos son la parte vertebral del texto.

Su primera reacción es lamentarse de haber nacido: “¿Por qué al salir del vientre no morí o perecí al salir de las entrañas?”, ese es su cuestionamiento. Si no hubiera venido al mundo no tendría que sufrir y observar la catástrofe de perder sus riquezas y sus siete hijos. La honda pena que siente lo lleva a reflexionar sobre su propia condición: “por qué Dios no me cerró las puertas del vientre y no escondió a mi vista tanta miseria”. Job se sabe desgraciado, no encuentra el camino “porque se le cierran las salidas”. Al reconocerse así, desea la muerte, quiere escarbar en él mismo para buscarla, como si fuera un tesoro. La incertidumbre agobia a Job: ¿qué más podría venir?, ¿qué otras desgracias lo circundan?, ¿qué otras pruebas le tiene dispuestas Dios? Job comprende que está padeciendo lo que más temía: “vivo sin paz y sin descanso, entre continuos sobresaltos”.

Al escuchar las quejas de Job, comienzan a responderle uno por uno los tres amigos. Lo hacen por turnos, durante tres ocasiones. Y apenas concluye de hablar Elifaz, Bildad y Sofar, el llagado Job siempre les responde, en una especie de contienda pública. La primera intervención de Elifaz hace hincapié en “frenar las palabras” y en aprender a “aguantar” la situación adversa. Insta a Job a “acudir a Dios para poner su causa en sus manos”. La réplica de Job comienza con una explicación, si “desvarían sus palabras” es porque sus “aflicciones y desgracias son más pesadas que la arena”. Agrega que lleva “clavadas las flechas del Todopoderoso” y que “bebe su veneno”. De nuevo reitera su deseo de morir, para “cortar de un tirón la trama de su vida”. Sabe que esas palabras necias, derivadas de su estado febril, son el lamento de un desesperado, de alguien que se “tapa con gusanos y con terrones y a quien la piel se le rompe y le supura”. En ese momento lanza lo que parece ser su consigna frente al dolor que padece: “por eso no frenaré mi lengua, hablará mi espíritu angustiado y mi alma amargada se quejará”.

Los argumentos de Bildad, el otro amigo, le reprochan también hablar de esa manera: “las palabras de tu boca son viento impetuoso”, le dice. Agrega que “atienda” a la actitud de sus padres o que consulte a sus antepasados para que compruebe cómo Dios “no rechaza al hombre justo ni da la mano a los malvados”. Job le responde que no quiere pleitear con Dios, que sería inútil, entre otras cosas porque “aunque tuviera razón no recibiría respuesta”. Se sabe inocente, pero aun así “no le importa la vida, desprecia la existencia”. Agrega que Dios “acaba con inocentes y culpables” y que se “burla de la desgracia de un inocente como él”. Y una vez más, como si fuera un grito de guerra, reafirma su lema: “estoy hastiado de la vida; me voy a entregar a las quejas, desahogando la amargura de mi alma”. Y le suma algo más: “aunque no sea justo frente a él, hablaré sin miedo”. Job es un llagado, un amargado, un ser desgraciado, pero es un acongojado valiente.

Sofar, el tercero de los amigos que vinieron a visitarlo, considera que las palabras de Job son las de un “charlatán”, que lo mejor es dirigir el corazón a Dios, para de esta manera “tener seguridad en la esperanza y poder dormir sin sobresaltos”. Job enfatiza que él no es menos que sus amigos, que “lo que saben ellos, él también lo conoce”. Casi que olvidando las recomendaciones de su interlocutor, prorrumpe de manera directa en su cometido: “Deseo discutir con Dios”. Amonesta, precisamente a sus amigos, porque “blanquean o cubren de mentiras lo que en verdad desean decir”. Quieren ayudarlo pero son unos “médicos matasanos”. Todo lo que le han dicho son “proverbios de ceniza”. Que mejor guarden silencio, porque va a hablar él, “venga lo que viniere”, así le toque matarse, “con tal de defenderse ante la presencia de Dios”. Su discurso toca un límite: “callar ahora sería morir”. Le reclama a Dios que no esconda la cara, que no lo trate como a un enemigo. El sufrido y desgraciado se torna un maestro de sabiduría: “El hombre nacido de mujer, corto de días, harto de inquietudes, como flor se abre y se marchita, huye como la sombra sin pasar: se consume como una cosa podrida, como vestido roído por la polilla”. Nombra a Dios como centinela y le pide “que aparte de él su vista”.

En la segunda y tercera tanda de intervenciones, los amigos insisten en que las palabras de Job lo condenan, que reflexione en lo que afirma, que se reconcilie y tenga paz con Dios. Job agrega que su casa es ahora el abismo, “que a la podredumbre la llama madre, a los gusanos, padre y hermanos”. Hondamente atormentado y agobiado por la enfermedad, pregunta: “¿dónde ha quedado mi esperanza?”, “¿y mi esperanza, quién la ha visto? Y si habla de esa manera, explica, es “porque Dios lo ha trastornado, envolviéndolo en sus redes”. Su penosa condición se condensa en esto: “grito ‘violencia’ y nadie me responde, pido socorro, y no me defienden”. Siente que Dios “ha llenado de tinieblas su sendero”, “ha descuajado su esperanza como un árbol”. Sabe con profundo dolor, “que lo ha herido la mano de Dios”. Pide piedad, más de una vez. Pero sigue confiando en que después de muerto, “cuando le arranquen la piel, ya sin carne, verá a Dios”. Job le pregunta al Todopoderoso, «¿por qué siguen vivos los malvados”. Pero, parece que Dios no lo escucha. La sorpresa o la confusión de Job está en no entender cómo un Dios “que era íntimo en su tienda” ahora parece su enemigo. Y porque no lo entiende vocifera, y porque no comprende ese silencio, sigue “desahogando su alma”: “te pido auxilio y no me haces caso, espero en ti, y me clavas la mirada”. Sus lamentos y sus quejas son una letanía en búsqueda de interlocutor: “Ojalá hubiera quién me escuchara”.

La respuesta de Dios está llena de interrogaciones, empezando por una pregunta que evidencia el haber escuchado las queja de Job: “¿Quién es ese que denigra mis designios con palabras sin sentido?”. Todas las cuestiones que plantea o deja entre la audiencia giran alrededor de la creación, del funcionamiento maravilloso de la naturaleza, del dinamismo propio de la vida: “¿quién engendra las gotas del rocío?”, “¿quién le dio sabiduría al Ibis y al gallo perspicacia?”, “¿enseñas tú a volar al halcón a desplegar su alas hacia el sur?”… Son tantos los cuestionamientos que, el último de ellos, parece un reto imposible de controvertir: “¿Quiere el censor discutir con el Todopoderoso?”. Job reconoce su pequeñez y lleva su mano a la boca para guardar silencio; se arrepiente de haber querido “empañar los designios de Dios con palabras sin sentido”. Además, como si fuera una epifanía, da cuenta de una transformación en su fe: “Te conocía solo de oídos, ahora te han visto mis ojos”. El Todopoderoso vuelve a tomar la palabra para señalar que los amigos de Job no han hablado rectamente de Dios, refrenda la justicia y honradez del llagado, consolándolo de su desgracia y devolviéndole no solo la salud, sino su hacienda, sus bienes, nuevos hijos y una prosperidad más grande que la de antes. El libro concluye diciendo que Job murió “anciano y satisfecho”. 

Hecho este repaso comentado de la obra, creo conveniente poner en alto algunas ideas que me deja la relectura de este libro sapiencial. Desde luego, es una resonancia laical, sin pretensiones teológicas o de docto biblista. Comenzaré subrayando el papel de la escucha frente al sufrimiento. Bien pudiera uno afirmar que Job es un símbolo de los desesperados que ansían a como dé lugar, tener alguien al lado que oiga con atención y compenetración sus penas, sus quebrantos. Pero no se trata de una escucha organizada desde los argumentos (como es el caso de Elifaz, Bildad y Sofar), sino más bien de una actitud de empatía, de filiación emocional a partir de la cual sea posible que afloren o se revelen las claves de un sufrimiento, los signos íntimos de una pena. Más que dar explicaciones o razones ya constituidas o sabidas, la escucha que pide Job es un esfuerzo por entender lo singular y único de cada acongojado, la melodía particular del lamento de una persona.

Otra cosa que me ha parecido significativa es la aparente indiferencia de la divinidad, ese silencio sin respuesta oportuna, esa lejanía que sigue vigilante, así todo muestre lo contrario. Y digo que me llama la atención porque Job, a lo largo del libro, va sufriendo un cambio paulatino de tener la absoluta confianza en su Dios, de considerarlo un amigo que visita su tienda, hasta no tener la certeza de su presencia, de parecer más el comportamiento de un extraño o de un enemigo. Sin embargo, al final se puede saber, que el Todopoderoso sí ha escuchado a Job, al igual que a los otros que han hablado. No es una divinidad ajena o desatendida. Lo que sucede es que su modo de proceder no es directo, no se accede a él de manera inmediata; se requiere de cierta preparación o de ciertas condiciones que pongan al ser humano en un estado especial, en un tiempo idóneo para una experiencia de fe. En el caso de Job ese medio es el sufrimiento, la soledad, el abandono. Su misma aflicción es el canal a través del cual logra ser oída su súplica (al menos eso afirma Elihu, en la inserción del texto). O dicho de otra forma, a veces el dolor es un medio para entrar en comunicación con zonas profundas de nuestro espíritu; un camino que aunque desesperanzador en un comienzo, provoca el temple o el silencio suficiente para conversar, con verdad y sin miedo, con nosotros mismos.

El tercer asunto tiene que ver, precisamente, con la importancia del grito, del clamor, con el derecho a la queja cuando la desgracia nos azota, o cuando las injusticias de la vida hacen mella en nuestra persona. Buena parte del libro de Job es un testimonio de esa queja legítima, del valor que debe tenerse para ponerla afuera, así los amigos o los conocidos nos inviten a callar, a ser “políticamente correctos” y a simular lo que nos duele o envenena. Job es un acongojado que no se traga sus dudas, su angustia, su inconformismo. Prefiere otra vía, quizás más blasfema: la del desahogo sin tapujos, la del treno o el lamento vuelto imprecación, denuncia, reclamo. El mismo Dios es objeto de su diatriba, nada queda vedado a esa explosión de su alma adolorida. Quizá allí esté el valor purificador de su discurso, la catarsis, el honesto reclamo que sienten sus emociones, los improperios de sus sentimientos encontrados. Al no callarse, al dejar que las desazones de su corazón se aireen, no solo aplaca su cuerpo, sino que crea un ambiente interior para comprender lo que le está pasando. Por eso al final de la obra, lo que aflora en él es la resignación y la aceptación de su situación; y tal reconocimiento es el que permite la restauración de su vida.  Si no hubiera sacado todo aquello que lo indignaba u oprimía, seguramente sería imposible sanar su corazón y restaurar las fracturas con sus creencias.

Finalmente, diría algo sobre lo intransferible del dolor. Es tan atroz el sufrimiento de Job que ni los amigos, estando con él en silencio siete noches, logran aplacarlo. Su pena tampoco puede ser expresada de la mejor manera; más bien sale torpe y grosera, agresiva y sin fundamento. El dolor no habla bien, consume a quien lo vive, hace desvariar el espíritu y culpa a los demás, a hombres y mujeres, al destino, hasta al mismo Dios. Muy seguramente la solidaridad en algo ayude, a lo mejor la misericordia esté cerca a comprender las dolencias que padecen y viven los desgraciados en completa soledad. Pero a pesar de esos paliativos externos, el sufrimiento no puede compartirse como un pedazo de pan ácimo o una bebida amarga. De pronto quien puede ser un cómplice de esa pena sea esa divinidad solicitada y reclamada en medio de los lamentos. Es posible, siguiendo el ejemplo de Job, que sea ese silencio Todopoderoso, esa lejanía vigilante, la que en verdad se apiade de nuestras lágrimas. Y sean esas manos  compasivas  las que alivien el alma y renueven la esperanza.

REFERENCIA

Job, traducción de Luis Alonso Schökel y José Luis Ojeada, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1971.