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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Lectura de textos

Job en cuarentena

13 lunes Abr 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de libros, Job, Lectura de textos, Pandemia

Léon-Joseph Florentin Bonnat

«Job», pintura de Léon-Joseph Florentin Bonnat.

Resulta útil en estos tiempos de cuarentena, volver a leer ciertos libros que de manera alusiva, ejemplifican lo que nuestro espíritu siente o le preocupa. Uno de esos textos es el libro de Job. Una pequeña obra que relata el conflicto de un hombre, quien teniendo muchas riquezas y buena salud, las pierde, y no entiende la razón o el motivo de ello, siendo como era, un hombre justo y devoto de Dios. Miremos con algún detalle los pormenores de esa tragedia humana.

Job era un hombre próspero, adinerado. Alguien “justo y honrado”, apartado del mal y temeroso de Dios. Tiene mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas burras y muchas otras posesiones. “Era el más rico entre los hombres de la tierra”. Sin embargo, a este orden de plenitud, el gran tentador de Dios, le dice que toda esa prosperidad se debe a que Job no ha sufrido reveses en su fortuna y, que, si los padeciera o se dañaran sus posesiones, seguramente  dejaría de ser piadoso y maldeciría al Todopoderoso. Dios acepta que el demonio ponga a prueba a Job con una condición: “no tocarlo a él”.

Lo que sigue es, precisamente, el descalabro de la fortuna de Job, a causa de  ladrones, rayos y huracanes que derriban sus casas, tribus enemigas que matan a sus hijos y acuchillan a sus empleados. Al saber por los mensajeros estas infaustas noticias, Job se rasga las vestiduras, se raspa la cabeza y se echa a la tierra. Con ese dolor en su corazón, en lugar de protestar contra Dios, pronuncia unas palabras que aún continúan escuchándose: “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”. No obstante, el gran tentador, vuelve a incitar a Dios contra Job, argumentándole que Job procedió así  porque lo que estaba en juego era salvar la vida, y cuando se trata de esa posesión, “el hombre lo hace todo”.  Y que, muy seguramente, si lo hiriese en la carne y los huesos, descubría en ese piadoso hombre que “lo maldeciría”. Una vez más Dios accede a Satanás, pero con la condición de respetarle la vida. Lo que sucede luego es la pérdida de salud de Job, con “llagas malignas desde la planta del pie hasta la coronilla”. En esa precaria situación, raspándose la cabeza con una tejuela, sentado entre la basura, Job escucha a su mujer quien le recomienda maldecir a Dios. La respuesta es humanamente asombrosa: “¿si aceptamos de Dios los bienes, no vamos a aceptarle los males? A pesar de esa ruindad en su cuerpo, Job no “no pecó con sus labios”.

Postrado, infecto de llagas, atormentado por la pérdida de sus hijos y sus bienes, Job recibe a tres amigos: Elifaz, Bidad y Sofar, quienes al enterarse de sus desgracias, vinieron a “compartir su pena y consolarlo”. Sentados junto a él, durante siete días, “sin decirle una palabra” estuvieron acompañándole. Después de esa semana comienzan las quejas de Job; movido por ese “atroz sufrimiento”, padecido durante todos esos días, el anciano empieza a imprecar, a cuestionar,  a reclamar la justicia divina. Dichas consideraciones y reclamos son la parte vertebral del texto.

Su primera reacción es lamentarse de haber nacido: “¿Por qué al salir del vientre no morí o perecí al salir de las entrañas?”, ese es su cuestionamiento. Si no hubiera venido al mundo no tendría que sufrir y observar la catástrofe de perder sus riquezas y sus siete hijos. La honda pena que siente lo lleva a reflexionar sobre su propia condición: “por qué Dios no me cerró las puertas del vientre y no escondió a mi vista tanta miseria”. Job se sabe desgraciado, no encuentra el camino “porque se le cierran las salidas”. Al reconocerse así, desea la muerte, quiere escarbar en él mismo para buscarla, como si fuera un tesoro. La incertidumbre agobia a Job: ¿qué más podría venir?, ¿qué otras desgracias lo circundan?, ¿qué otras pruebas le tiene dispuestas Dios? Job comprende que está padeciendo lo que más temía: “vivo sin paz y sin descanso, entre continuos sobresaltos”.

Al escuchar las quejas de Job, comienzan a responderle uno por uno los tres amigos. Lo hacen por turnos, durante tres ocasiones. Y apenas concluye de hablar Elifaz, Bildad y Sofar, el llagado Job siempre les responde, en una especie de contienda pública. La primera intervención de Elifaz hace hincapié en “frenar las palabras” y en aprender a “aguantar” la situación adversa. Insta a Job a “acudir a Dios para poner su causa en sus manos”. La réplica de Job comienza con una explicación, si “desvarían sus palabras” es porque sus “aflicciones y desgracias son más pesadas que la arena”. Agrega que lleva “clavadas las flechas del Todopoderoso” y que “bebe su veneno”. De nuevo reitera su deseo de morir, para “cortar de un tirón la trama de su vida”. Sabe que esas palabras necias, derivadas de su estado febril, son el lamento de un desesperado, de alguien que se “tapa con gusanos y con terrones y a quien la piel se le rompe y le supura”. En ese momento lanza lo que parece ser su consigna frente al dolor que padece: “por eso no frenaré mi lengua, hablará mi espíritu angustiado y mi alma amargada se quejará”.

Los argumentos de Bildad, el otro amigo, le reprochan también hablar de esa manera: “las palabras de tu boca son viento impetuoso”, le dice. Agrega que “atienda” a la actitud de sus padres o que consulte a sus antepasados para que compruebe cómo Dios “no rechaza al hombre justo ni da la mano a los malvados”. Job le responde que no quiere pleitear con Dios, que sería inútil, entre otras cosas porque “aunque tuviera razón no recibiría respuesta”. Se sabe inocente, pero aun así “no le importa la vida, desprecia la existencia”. Agrega que Dios “acaba con inocentes y culpables” y que se “burla de la desgracia de un inocente como él”. Y una vez más, como si fuera un grito de guerra, reafirma su lema: “estoy hastiado de la vida; me voy a entregar a las quejas, desahogando la amargura de mi alma”. Y le suma algo más: “aunque no sea justo frente a él, hablaré sin miedo”. Job es un llagado, un amargado, un ser desgraciado, pero es un acongojado valiente.

Sofar, el tercero de los amigos que vinieron a visitarlo, considera que las palabras de Job son las de un “charlatán”, que lo mejor es dirigir el corazón a Dios, para de esta manera “tener seguridad en la esperanza y poder dormir sin sobresaltos”. Job enfatiza que él no es menos que sus amigos, que “lo que saben ellos, él también lo conoce”. Casi que olvidando las recomendaciones de su interlocutor, prorrumpe de manera directa en su cometido: “Deseo discutir con Dios”. Amonesta, precisamente a sus amigos, porque “blanquean o cubren de mentiras lo que en verdad desean decir”. Quieren ayudarlo pero son unos “médicos matasanos”. Todo lo que le han dicho son “proverbios de ceniza”. Que mejor guarden silencio, porque va a hablar él, “venga lo que viniere”, así le toque matarse, “con tal de defenderse ante la presencia de Dios”. Su discurso toca un límite: “callar ahora sería morir”. Le reclama a Dios que no esconda la cara, que no lo trate como a un enemigo. El sufrido y desgraciado se torna un maestro de sabiduría: “El hombre nacido de mujer, corto de días, harto de inquietudes, como flor se abre y se marchita, huye como la sombra sin pasar: se consume como una cosa podrida, como vestido roído por la polilla”. Nombra a Dios como centinela y le pide “que aparte de él su vista”.

En la segunda y tercera tanda de intervenciones, los amigos insisten en que las palabras de Job lo condenan, que reflexione en lo que afirma, que se reconcilie y tenga paz con Dios. Job agrega que su casa es ahora el abismo, “que a la podredumbre la llama madre, a los gusanos, padre y hermanos”. Hondamente atormentado y agobiado por la enfermedad, pregunta: “¿dónde ha quedado mi esperanza?”, “¿y mi esperanza, quién la ha visto? Y si habla de esa manera, explica, es “porque Dios lo ha trastornado, envolviéndolo en sus redes”. Su penosa condición se condensa en esto: “grito ‘violencia’ y nadie me responde, pido socorro, y no me defienden”. Siente que Dios “ha llenado de tinieblas su sendero”, “ha descuajado su esperanza como un árbol”. Sabe con profundo dolor, “que lo ha herido la mano de Dios”. Pide piedad, más de una vez. Pero sigue confiando en que después de muerto, “cuando le arranquen la piel, ya sin carne, verá a Dios”. Job le pregunta al Todopoderoso, «¿por qué siguen vivos los malvados”. Pero, parece que Dios no lo escucha. La sorpresa o la confusión de Job está en no entender cómo un Dios “que era íntimo en su tienda” ahora parece su enemigo. Y porque no lo entiende vocifera, y porque no comprende ese silencio, sigue “desahogando su alma”: “te pido auxilio y no me haces caso, espero en ti, y me clavas la mirada”. Sus lamentos y sus quejas son una letanía en búsqueda de interlocutor: “Ojalá hubiera quién me escuchara”.

La respuesta de Dios está llena de interrogaciones, empezando por una pregunta que evidencia el haber escuchado las queja de Job: “¿Quién es ese que denigra mis designios con palabras sin sentido?”. Todas las cuestiones que plantea o deja entre la audiencia giran alrededor de la creación, del funcionamiento maravilloso de la naturaleza, del dinamismo propio de la vida: “¿quién engendra las gotas del rocío?”, “¿quién le dio sabiduría al Ibis y al gallo perspicacia?”, “¿enseñas tú a volar al halcón a desplegar su alas hacia el sur?”… Son tantos los cuestionamientos que, el último de ellos, parece un reto imposible de controvertir: “¿Quiere el censor discutir con el Todopoderoso?”. Job reconoce su pequeñez y lleva su mano a la boca para guardar silencio; se arrepiente de haber querido “empañar los designios de Dios con palabras sin sentido”. Además, como si fuera una epifanía, da cuenta de una transformación en su fe: “Te conocía solo de oídos, ahora te han visto mis ojos”. El Todopoderoso vuelve a tomar la palabra para señalar que los amigos de Job no han hablado rectamente de Dios, refrenda la justicia y honradez del llagado, consolándolo de su desgracia y devolviéndole no solo la salud, sino su hacienda, sus bienes, nuevos hijos y una prosperidad más grande que la de antes. El libro concluye diciendo que Job murió “anciano y satisfecho”. 

Hecho este repaso comentado de la obra, creo conveniente poner en alto algunas ideas que me deja la relectura de este libro sapiencial. Desde luego, es una resonancia laical, sin pretensiones teológicas o de docto biblista. Comenzaré subrayando el papel de la escucha frente al sufrimiento. Bien pudiera uno afirmar que Job es un símbolo de los desesperados que ansían a como dé lugar, tener alguien al lado que oiga con atención y compenetración sus penas, sus quebrantos. Pero no se trata de una escucha organizada desde los argumentos (como es el caso de Elifaz, Bildad y Sofar), sino más bien de una actitud de empatía, de filiación emocional a partir de la cual sea posible que afloren o se revelen las claves de un sufrimiento, los signos íntimos de una pena. Más que dar explicaciones o razones ya constituidas o sabidas, la escucha que pide Job es un esfuerzo por entender lo singular y único de cada acongojado, la melodía particular del lamento de una persona.

Otra cosa que me ha parecido significativa es la aparente indiferencia de la divinidad, ese silencio sin respuesta oportuna, esa lejanía que sigue vigilante, así todo muestre lo contrario. Y digo que me llama la atención porque Job, a lo largo del libro, va sufriendo un cambio paulatino de tener la absoluta confianza en su Dios, de considerarlo un amigo que visita su tienda, hasta no tener la certeza de su presencia, de parecer más el comportamiento de un extraño o de un enemigo. Sin embargo, al final se puede saber, que el Todopoderoso sí ha escuchado a Job, al igual que a los otros que han hablado. No es una divinidad ajena o desatendida. Lo que sucede es que su modo de proceder no es directo, no se accede a él de manera inmediata; se requiere de cierta preparación o de ciertas condiciones que pongan al ser humano en un estado especial, en un tiempo idóneo para una experiencia de fe. En el caso de Job ese medio es el sufrimiento, la soledad, el abandono. Su misma aflicción es el canal a través del cual logra ser oída su súplica (al menos eso afirma Elihu, en la inserción del texto). O dicho de otra forma, a veces el dolor es un medio para entrar en comunicación con zonas profundas de nuestro espíritu; un camino que aunque desesperanzador en un comienzo, provoca el temple o el silencio suficiente para conversar, con verdad y sin miedo, con nosotros mismos.

El tercer asunto tiene que ver, precisamente, con la importancia del grito, del clamor, con el derecho a la queja cuando la desgracia nos azota, o cuando las injusticias de la vida hacen mella en nuestra persona. Buena parte del libro de Job es un testimonio de esa queja legítima, del valor que debe tenerse para ponerla afuera, así los amigos o los conocidos nos inviten a callar, a ser “políticamente correctos” y a simular lo que nos duele o envenena. Job es un acongojado que no se traga sus dudas, su angustia, su inconformismo. Prefiere otra vía, quizás más blasfema: la del desahogo sin tapujos, la del treno o el lamento vuelto imprecación, denuncia, reclamo. El mismo Dios es objeto de su diatriba, nada queda vedado a esa explosión de su alma adolorida. Quizá allí esté el valor purificador de su discurso, la catarsis, el honesto reclamo que sienten sus emociones, los improperios de sus sentimientos encontrados. Al no callarse, al dejar que las desazones de su corazón se aireen, no solo aplaca su cuerpo, sino que crea un ambiente interior para comprender lo que le está pasando. Por eso al final de la obra, lo que aflora en él es la resignación y la aceptación de su situación; y tal reconocimiento es el que permite la restauración de su vida.  Si no hubiera sacado todo aquello que lo indignaba u oprimía, seguramente sería imposible sanar su corazón y restaurar las fracturas con sus creencias.

Finalmente, diría algo sobre lo intransferible del dolor. Es tan atroz el sufrimiento de Job que ni los amigos, estando con él en silencio siete noches, logran aplacarlo. Su pena tampoco puede ser expresada de la mejor manera; más bien sale torpe y grosera, agresiva y sin fundamento. El dolor no habla bien, consume a quien lo vive, hace desvariar el espíritu y culpa a los demás, a hombres y mujeres, al destino, hasta al mismo Dios. Muy seguramente la solidaridad en algo ayude, a lo mejor la misericordia esté cerca a comprender las dolencias que padecen y viven los desgraciados en completa soledad. Pero a pesar de esos paliativos externos, el sufrimiento no puede compartirse como un pedazo de pan ácimo o una bebida amarga. De pronto quien puede ser un cómplice de esa pena sea esa divinidad solicitada y reclamada en medio de los lamentos. Es posible, siguiendo el ejemplo de Job, que sea ese silencio Todopoderoso, esa lejanía vigilante, la que en verdad se apiade de nuestras lágrimas. Y sean esas manos  compasivas  las que alivien el alma y renueven la esperanza.

REFERENCIA

Job, traducción de Luis Alonso Schökel y José Luis Ojeada, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1971.

Glosas a la segunda carta de Freire a los maestros

18 sábado Feb 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario, OFICIO DOCENTE

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Cartas a quien pretende enseñar, Glosas, Lectura de textos, Paulo Freire

freire-la-pedagogia-dialogica

Freire: la apuesta por la pedagogía dialógica.

Sí. Hay que luchar para que el miedo no nos paralice, afirma Freire. A pesar de las dificultades y de las “inseguridades”, el maestro debe atreverse a llevar a feliz término una iniciativa, un proyecto. Porque lo más grave es que ese miedo “lo venza antes de intentarlo”. Por eso es que los educadores se estancan, por eso es que no vuelven a las aulas, por eso no renuevan su práctica, por eso se conforman con hacer siempre lo mismo y, en lo posible, sin ningún esfuerzo adicional. El miedo los torna resignados y apáticos a cualquier innovación educativa.

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Es obvio que el estudio trae consigo unos obstáculos. El primero de ellos es la pereza, la desidia que se disfraza a veces de autoengaño. Cómo cuesta abandonar las rutinas “domesticadoras” de la televisión, cuánto consultar otras fuentes para enriquecer una lectura. Esa somnolencia mental es la que lleva a pedir una menor exigencia en los programas académicos y a perseguir un título con la mera asistencia a clase.  Otro de los obstáculos reside en la falta de una disciplina para alcanzar una meta. Parte de nuestra época ha contaminado a las personas del logro fácil y sin esfuerzo. Todo aquello que demande tesón y persistencia es considerado un trabajo inútil. La salida más inmediata, entonces, es tomar el camino corto, así no sea honesto. Y si la tarea es el estudio de un libro, resulta más cómodo buscar un resumen ya hecho o hacer una mezcla con variados apartados de los que pululan en internet. Nuestra falta de rigor, por lo demás, es la que ha banalizado el respeto por el conocimiento y ha aumentado las prácticas indiscriminadas del plagio.

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Resalto la idea de Freire de que es fácil, cuando de comprender un texto se trata, caer en la “ilusión de que estamos entendiendo”. Sé por experiencia propia que hay textos que “no se entregan fácilmente”. No basta con el deseo de leerlos o con la mera disposición. Hay textos que exigen revisar otras fuentes previamente, so pena de que apenas muestren una parte de su figura. Aquí la relectura es fundamental, como también la tenacidad y el empeño por ir más adentro de lo percibido en una primera aproximación. De igual forma, hay textos que únicamente mediante la escritura, logran ser comprendidos. En este caso, al escribir sobre lo leído, van emergiendo aspectos o aristas no perceptibles cuando pasamos nuestros ojos por encima de las palabras. Me parece que esa es una de las claves de la “lectura crítica”: al escribir, el lector “reescribe el texto” y, al hacerlo, logra una “comprensión crítica del mismo”. La genuina lectura termina produciendo escritura.

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A veces he tenido la suerte de contar con lectores que han “leído, discutido, criticado, mejorado y reinventado” algunos de mis textos. Este blog ha sido un medio eficaz para tal fin. De igual modo, a mi correo personal me llegan mensajes en los que un colega, un estudiante de hace muchos años, una persona que ha adquirido alguno de mis libros o que ha asistido a algunas de mis conferencias, me comenta sus puntos de vista o me formula alguna pregunta derivada de una lectura o de determinada charla. Me parece que, como dice Freire, ese el “sueño legítimo de todo autor”. Más allá de aumentar la egolatría, lo que un autor busca con sus escritos es que circulen, que se lean con empeño, que se subrayen y glosen hasta sacarles todo el jugo contenido en su interior. Esa es la mayor satisfacción. En otros casos, que son la mayoría, el autor nunca sabrá de la “aprehensión” de sus textos; o quizá con el tiempo, emerjan esas comprensiones por ahora anónimas o secretas.

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Leemos con todo el cuerpo. Freire afirma que cuando leemos ponemos en acción, además de nuestra mente, “los sentimientos, las intuiciones, las emociones”. Es definitiva, por eso mismo, la actitud entusiasta y la motivación al momento de empezar una lectura. A veces el miedo por una temática hace que nuestros sentimientos contaminen negativamente a nuestra cabeza; en otras ocasiones, son nuestras intuiciones las que jalonan la comprensión de un texto muy abstracto o complejo. Considero que, por eso, es necesario hallar un lugar idóneo para leer, y por la misma razón hay que sazonar lo que leemos con el entusiasmo, la curiosidad lúdica y una pasión ardorosa por el conocimiento.

Notas a la primera carta de Freire a los enseñantes

11 sábado Feb 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

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Cartas a quien pretende enseñar, Glosas, Lectura de textos, Paulo Freire

paulo-freire

Paulo Freire: luchador por una escuela democrática.

Para continuar con la lectura en común del libro de Paulo Freire, Cartas a quien pretende enseñar (Siglo XXI, México, 2010), voy a compartir parte de mis reflexiones, resignificaciones o aplicaciones derivadas de la “Primera carta: enseñar-aprender. Lectura del mundo-lectura de la palabra”.

*

Coincido con Freire en que al enseñar no sólo aprendemos de lo mismo que enseñamos, sino de la manera como los estudiantes aprenden lo que tratamos de enseñarles. Dicho aprendizaje es de un segundo orden, porque tiene como referente el estudio previo del maestro. El docente cuando enseña un saber no sólo pone entre paréntesis lo que sabe; también confronta qué tanto de lo que sabe debe sufrir modificaciones o ajustes para poder ser enseñado. El saber del maestro, entonces, se va modificando en la medida en que se va enseñando. Y cada nuevo aprendizaje se convierte en un motivo de reconfiguración o readaptación de su enseñanza.

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Gran importancia le da Freire a los materiales de estudio. Los útiles, entre ellos los diccionarios (etimológico, filosófico, de sinónimos y antónimos) ayudan a una mejor comprensión de lo que se está leyendo. Cada vez confirmo más que esas fuentes de consulta deben estar a la mano, son auxiliares indispensables para aclarar un concepto, percibir el matiz de una idea, recuperar el sentido olvidado de un término. Y, además, son indispensables al momento de escribir: contribuyen a la precisión semántica, nos dan luces sobre distinciones conceptuales, son palancas potentes para que las ideas cobren más consistencia argumentativa. De alguna forma, el tipo de útiles prefigura una forma de aprender y una manera de escribir. Y si esa caja de herramientas es escasa o desactualizada, pues limitados serán también los resultados o el producto elaborado.

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Ya llevo muchos años practicando lo que Freire sugiere en esta carta: “escribir algo por lo menos tres veces por semana”. En mi caso ya es un hábito. Todas las mañanas o en algún espacio del día o la noche dispongo un tiempo para escribir en mi agenda de notas o en alguna de las libretas que tengo para este fin (me gustan los block para taquigrafía de Office Depot). Poseo también un “Despertario” (un cuadernillo  en papel extraopaco, anillado, hecho en España) en el que atrapo esos productos que el inconsciente me regala después de las cinco horas de sueño. Por supuesto, al tener esas ideas registradas o presas en el papel, me es fácil más tarde, bien sea el mismo día o pasada una semana, volver a ellas para “someterlas a una evaluación crítica”. Este blog se ha ido convirtiendo en otro dispositivo estratégico para mantener viva la escritura, ya que me he impuesto subir por lo menos un texto cada semana. Compruebo, de igual modo, que buena parte de mi tarea como maestro la he ido diseñando o ajustando para obligarme a reflexionar y registrar una temática, un problema, con el fin de no desarticular el oficio de enseñar con el oficio de escribir.

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Subrayo la importancia y la manera de enfocar el estudio desarrollada por Freire. No es un asunto menor, ni una actividad sin hondas repercusiones en la profesión docente. Freire considera que el estudio siempre implicar “leer el mundo” y, al hacerlo, necesitamos tomar distancia del sentido común, de la inmediatez de lo sensorial y emocional. Estudiar es un “quehacer crítico” mediante el cual “creamos y recreamos” una práctica, una situación, un concepto. Pienso que, en esta perspectiva, el estudio es un trabajo intelectual, como le gustaba calificarlo a Jean Guitton. Una labor que demanda aprender a utilizar ciertos útiles, valerse de estrategias idóneas para tal fin, disponer la mente y el espíritu para aprehender un nuevo conocimiento o una nueva experiencia intelectual. El estudio es el medio como los docentes permanecen vigentes, un recurso para salir de las actividades repetitivas y el conformismo desalentador.

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Freire nos invita a no comportarnos como “burócratas de la mente”, sino a convertirnos en “constructores de caminos de curiosidad”. ¡Basta ya de conformarnos con lo que dominamos y repetimos cada año!, ¡dejémonos habitar por la autorreflexión!, ¡permitámonos dudar sobre lo que hacemos cada día! Tal advertencia tiene mucho que ver con otro asunto de mayor calado: es urgente que los maestros dejen de ser replicantes de información ajena y enfrenten creativamente sur rol de ser productores de conocimiento. El caldo de cultivo para tal labor está en su mismo trabajo: ¡analicemos críticamente nuestra práctica docente!, nos insiste Freire. Ahí hay una veta para la creatividad y la innovación educativa.

*

En ese juego entre la “lectura del mundo” (el contexto), y la “lectura de la palabra” (el texto), en esa toma de distancia, es que se produce la “generalización”. Freire afirma que para leer el mundo “no es suficiente la experiencia sensorial”. Hay que ir un poco más allá; es necesario asumir la exigencia que comporta darle al pensamiento unas categorías, unas codificaciones mediante las cuales podamos “desocultar la teoría que se encuentra en la práctica”. Los maestros no podemos seguir explicando la complejidad de lo real por vía de la anécdota y el trabajo empírico. Claro, tampoco se trata de invalidar ese conocimiento. Pero, hay que ser capaces de abstraer, de hallar categorías mayores que permitan comprender lo particular. Hay que salir de los “pequeños mundos” para adquirir una visión mayor. El giro lingüístico que usa Freire es bastante acertado: “hay que luchar para hacerse la oportunidad de conocer”. Una vez tenida esa segunda comprensión, podemos volver a la lectura del mundo para verlo con otros ojos y descubrir lo que en una primera mirada estaba oculto o pasaba inadvertido.

*

No cabe duda de que leer y escribir son prácticas constitutivas del estudio. La lectura parece una preparación o un carburante para escribir. Freire comenta que la lectura exige paciencia, que es un trabajo desafiante y nos pide persistencia. No es un fruto que ofrezca sus dulces a la primera mordida. Tampoco debemos desistir de leer cuando los textos son difíciles o nos exigen una preparación para desentrañar los “conceptos abstractos”. Leemos y estudiamos, afirma Freire, para “reconocer las relaciones entre los objetos”, “para aclarar algunos procesos”, para mantener “la responsabilidad ética y política de estar siempre preparándonos”. La escritura aparece entonces como un testimonio o una evidencia de ese acto de estudiar: es la recreación, es la relectura en grafías, es el resultado de la discusión entre lo vivido y lo reflexionado. Se escribe para mostrar a sí mismo, primero, y a otros, después, la relación dialéctica entre la conciencia  y el mundo.

Leer a Freire con los maestros de la Normal Superior de Acacías

02 jueves Feb 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario, OFICIO DOCENTE

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Cartas a quien pretende enseñar, Glosas, Lectura de textos, Paulo Freire

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Equipo de maestros de la Normal Superior de Acacías.

He comenzado con el  equipo de docentes de la Normal Superior de Acacías, liderado por el rector Eduardo Cortés Trujillo, la lectura de una obra de Paulo Freire: Cartas a quien pretende enseñar. El objetivo es ir leyendo, semana a semana, esta obra de madurez del pedagogo brasilero. Pero, además, he invitado a todos los profesores de esta institución a que vayan haciendo anotaciones de lo leído en tres vertientes: a) reflexiones sobre la propia práctica, b) resignificaciones de algo que hacen o sobre su quehacer docente, y c) acciones o aplicaciones a su labor como maestros. Sobra decir que no se trata de una labor de “transcripción de citas”, sino de reflexionar sobre lo que se va leyendo y, con ese estímulo, lanzarse a derivar otras ideas, atreverse a formular alguna iniciativa, permitirse el autocuestionamiento o someter a revisión lo cotidiano del trabajo educativo.

Esta primera semana, según el plan lector establecido, la tarea es leer con detenimiento el capítulo titulado “Primeras palabras”. Así que, como una manera de ir con ellos haciendo la lectura del libro, he querido compartir una primera tanda de reflexiones, resignificaciones y aplicaciones a mi labor docente. Presentar esta cosecha, fruto de una primera lectura, tiene el propósito adicional de que sirva de estímulo a los que temen empezar a escribir en su “libreta de notas” o se convierta en un punto de referencia para vislumbrar el objetivo esperado.  

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Resulta interesante cómo Paulo Freire no deja de reflexionar permanentemente sobre lo que hace, aún sobre el mismo libro que comienza a escribir. Al poner en “movimiento dinámico” el pensamiento, el lenguaje y la realidad, logra no sólo hacer más prolífica su capacidad creadora, sino, además, transformarse en un “sujeto crítico”. Escribir, entonces, deja de ser “un ejercicio mecánico” y se convierte en un genuino ejercicio del pensar.

*

Es aleccionadora la manera como Freire empieza a “trabajar en una temática”. Dice él que esto implica “desnudarla, aclararla” pero sin suponer que tal actividad nos lleve a alcanzar la “última palabra” sobre el asunto. Entreveo que este proceso de aclaración del tema siempre es provisional porque nosotros y la realidad en la que vivimos es cambiante, contradictoria, compleja en todo su espesor.

*

Comparto con Freire la idea de que la tarea del maestro es “placentera y exigente”. Eso debe llevarnos a mantener cierto atrevimiento en lo que hacemos para no caer en la “burocratización de la mente”, para no perder la alegría, para no dejar de capacitarnos, para mantener viva esa exigencia social que es, en el fondo, una responsabilidad política.

*

Habría que examinar cuándo renunciamos a las exigencias de la profesión, para contentarnos con una relación cariñosa y tranquila con los estudiantes. Cuándo somos más tías que maestros, para mantener la imagen propuesta por Freire. Entiendo que actuar como tías resulta menos demandante porque no nos impone “reprogramar”, “rectificar” lo que hacemos. Bien parece que la vocación no es suficiente para ser maestro; es asumiendo la profesión como el educador puede perfeccionar su práctica.

*

Creo que es de mucha utilidad el consejo de Freire para mejorar lo que hacemos en el aula: hay que pensar en ella. Estar dispuesto a evaluarla. Pero no con el ánimo de envilecernos o desprestigiarnos; más bien como una oportunidad para afinarla en donde todavía está burda, o para darle un colorido diferente allí donde sigue opaca. Es evidente que si la propia práctica no se pone en cuestión, si no incluimos en esa mirada el contexto, nos contentaremos con lo poco que hacemos o terminaremos repitiendo hasta el cansancio lo ya conocido y previsible. Subrayo ese cambio de perspectiva: no se trata de reflexionar para  alcanzar un ideal de perfección de maestro; por el contrario, son las reflexiones sobre la propia práctica docente, las evaluaciones continuas, las que le permiten al maestro renovar su quehacer. Allí donde hay un error, una imperfección, un desacierto, allí, es justamente donde está la clave para vivificar o mantener vital el oficio de enseñar.

*

Así haya lineamientos, políticas de estado, libros de texto con programaciones exhaustivas, Freire invita a no tomarlos sin una reflexión crítica. No podemos terminar “domesticados” por los documentos propios de la administración burocrática. Hay que defender un espacio para la autonomía, para la bandera de sueños que todo maestro iza en su clase. Esa parece ser la paradoja de la profesión docente: de un lado atender a las políticas del Gobierno y, de otra, ser un militante y defensor de los saberes derivados de su práctica.

*

Independientemente del área disciplinar de cada maestro, todos los educadores tenemos un compromiso con la construcción de ciudadanía. Pero Freire la cualifica: ciudadanía crítica. Es decir, preparar a nuestros estudiantes para un discernimiento de las “opciones políticas” de “los caminos ideológicos”. El presunto tono aséptico de ciertas asignaturas necesita impregnarse de los derechos y los deberes, de la lucha de intereses, de los entramados no siempre legibles de lo político.  

*

Podría ser útil, en las reuniones de área o en los espacios destinados para ejercitar a los maestros en formación, dedicar un tiempo a reflexionar sobre los errores y las “cosas que no salieron bien”. Habría que luchar para no “disfrazar” o “disimular” el equívoco  y poderlo analizar con franqueza y tranquilidad. Es urgente esta clínica o laboratorio sobre los errores o desaciertos en la práctica docente para, con ese análisis, descubrir cómo mejorarla, enriquecerla o cualificarla.   

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Mensaje Importante

«El hombre se vierte en el ritmo, cifra de su temporalidad; el ritmo a su vez, se declara en la imagen; y la imagen vuelve al hombre apenas unos labios repiten el poema…»

Exequias del Maestro Fernando Vásquez R. sábado 4 de Julio de 2026 a las 9 a.m. en la Parroquia Cristo Rey 

 

Su Señora Madre Maria Catalina Rodríguez de Vásquez, su esposa Margarita María Ríos González y demás familiares agradecen a sus amigos y allegados la asistencia a la misa de exequias que se realizará en la Parroquia Cristo Rey (Calle 98 # 18a-23) el día sábado 4 de julio de 2026 a las 9:00 a.m.

 

 

Le invitamos a dejar su mensaje en la publicación «Legado», con el que haremos un homenaje a nuestro Maestros de maestros.

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