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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: Fernando Vásquez Rodríguez

El cuidador

26 lunes Ago 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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El cuidador sabe de su condición por elección; no es algo heredado o natural. Más bien se trata de un aprendizaje de la compasión o de una sensibilidad especial hacia la fragilidad de otro ser humano. Y si bien hay profesionales del cuidado, lo que resulta interesante en la figura del cuidador es que, sin una vocación declarada, asume por un corto o largo tiempo la responsabilidad de velar por otra persona, de atender sus requerimientos, de estar al lado acompañándola en situaciones de enfermedad, precariedad o cuando es asediada por los achaques del envejecimiento. El cuidador llega a serlo por decisión, es un oficio motivado por el amor, por la gratitud o porque acepta hasta el final las responsabilidades de los vínculos de la sangre.

El cuidador está atento, esa es parte de su diligente tarea; en eso radica su talento y su pericia. Está atento a las sutiles variaciones de ánimo de otro semejante o a los cambios en su motricidad que va trayendo el tiempo. El cuidador aprende a reconocer los matices de voz, el interpelar susurrante de los quejidos, las variantes de cariño que puede albergar una petición. Por mantenerse atento, por haber aprendido esta cualidad de miramiento sobre otro ser, el cuidador se abre a la escucha o descubre que el verdadero sentido de la compañía radica en estar dispuesto para oír con intensidad y empatía. La atención del cuidador, cuando es sincera y abnegada, pone en un segundo plano los demás asuntos cotidianos que le lanzan sus propias demandas. La atención del cuidador lo lleva a concentrarse en alguien, a jerarquizar las horas, a acoplar su itinerario de vida con el de otra persona, a reconocer en la fraternidad una forma inadvertida de la filiación y el parentesco.

El cuidador es previsivo; advierte que en cualquier momento las cosas pueden empeorar o que las circunstancias inesperadas están rondando el ambiente en que se desenvuelve. Lo eventual siempre está al acecho para quien asume el rol de cuidador. Por ello, por esa intempestiva manera de aparecer lo imprevisto, el cuidador no se contenta con lo apenas necesario y menos aún confía en el azar o en los súbitos cambios de fortuna. La previsión del cuidador lo lleva a tener en sus haberes y en su mente la capacidad de reserva, el plan alternativo, las posibles salidas a un problema. El cuidador va un paso delante de los hechos, prevé desenlaces, avizora las ramificaciones del camino. La previsión del cuidador responde a un mandato ético: el de saberse responsable de otra persona, el de asumir corresponsablemente la existencia de otra vida.

El cuidador afina las habilidades o los movimientos que llevan a que otro ser se sienta más cómodo, menos lastimado o más tranquilo con los quebrantos de su cuerpo. A veces es haciendo un pequeño cambio en un cojín o en una almohada, o buscando la manta que abrigue y aleje el frío. El cuidador descubre que sus manos tienen talentos inexplorados para masajear o frotar, para suavizar o esparcir alguna crema, algún gel calmante. El cuidador descubre, poco a poco, que la fragilidad necesita una destreza en el tacto capaz de distinguir las emisiones insonoras que van del “muy duro” hasta el “más pasito”.  El cuidador entiende que su oficio reside en gran medida en la experticia de sus manos. Ellas son las que crean las condiciones para el descanso, las que aminoran el dolor, las que ayudan a cambiar una prenda, las que sirven de lazarillo cuando las fuerzas ya no responden a los deseos.

El cuidador reconoce que sus palabras son tan importantes como sus manos. Es consciente de que lo que dice posee las propiedades de un fármaco. Las palabras del cuidador –sopesadas, oportunas, precisas, bien elegidas– transforman el desánimo en esperanza, llenan de vigor al desalentado, sirven de consuelo y tranquilidad al sitiado por el desespero. El cuidador pone en sus palabras, en la tonalidad utilizada, el calor de la compañía, la certeza de la solidaridad, la resonancia que rompe el mutismo de la soledad. No es que el cuidador deba hablar siempre; porque, en algunas ocasiones, su forma de conversar es mediante las pausas de asentimiento, de los cortos empalmes de palabras que sirven de hilo para continuar la narración, de silentes miradas que mantienen la interacción con otro ser humano, la respetuosa dignidad que instaura todo ser que sufre. El cuidador sabe llevar el ritmo acompasado de los silencios.

El cuidador no se mueve en un solo sitio, su actuar le exige dinamismo o, al menos, una franca voluntad para salir de sus dominios. Y si bien su eje es aquella persona objeto de sus atenciones, lo cierto es que debe trasladarse a diferentes puntos según las urgencias o necesidades del momento. El cuidador se desplaza hacia el afuera, más de lo acostumbrado, para traer cosas, medicamentos y noticias al que está adentro. Buena parte de su tarea estriba en servir de puente o de intermediario para que las voces y los eventos de la calle lleguen a los oídos de quien no puede salir o que está confinado en las paredes de su casa o de su cuarto. El cuidador es un apoyo móvil, un emisario que convierte las solicitudes en pequeños regalos para la complacencia, un explorador con encomiendas de relatos. El cuidador es un corredor de fondo, porque su labor es más de resistencia que de velocidad.

El cuidador se mantiene en estado de vigilia; revisa por las noches a la persona de su interés que se ha quedado dormida en una postura incómoda y necesita reacomodarse; hace rondas de observación para saber si falta el vaso de agua o llama la atención sobre el medicamento recetado que no ha sido tomado a tiempo. La vigilia del cuidador se transforma en un regulador de los tiempos de otro ser; marca las nuevas rutinas o es un custodio de rituales inveterados; abre temprano las cortinas para anunciar el nuevo día y vuelve a cerrarlas con los deseos del buen descanso y el sueño reparador. El cuidador vigila para que el postrado tenga a la mano algo que leer, para que las cobijas no se arrastren y las pantuflas estén en su sitio, para que el aire fresco entre a la habitación de quien atiende, para que las pequeñas caminatas sean una forma de desembrujar su desaliento. El cuidador es un vigilante de las llamadas del hambre, de las solicitudes de ayuda, de todas aquellas alertas que amenacen el bienestar de una vida.

El cuidador pone a raya su impaciencia y calma los momentos de desespero de quien acompaña. Reconoce que no debe ser un asunto fácil depender de otra persona, sentir que la decrepitud avanza o que las limitaciones se multiplican. El cuidador, por eso mismo, se torna más reflexivo, más medido en lo que dice, más solidario y propenso a la transigencia. Sabe dosificar la alegría cuando los diagnósticos médicos no son alentadores y multiplica los motivos de esperanza cuando el doliente está a punto de desfallecer. El cuidador ahonda en las entretelas de los sentimientos, de las pasiones y las emociones de los seres humanos, especialmente cuando enfrentan situaciones de impotencia, o pasan por momentos adversos o agobiantes.

El cuidador puede ser severo y tierno a la vez; realista e imaginativo; juguetón y práctico. El cuidador confía en que las vicisitudes negativas puedan mejorar, pero, de igual modo, entiende que el deterioro humano es inevitable. El cuidador es el guardián de los ciclos de la vida, tanto en su crecimiento y conservación, como en su paulatino ocaso.

Vejez con hojas verdes, según Antonio Machado

18 domingo Ago 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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"A un olmo seco", Antonio Machado, Comentarios de poemas, Lectura de poemas

He escrito varias entradas en este blog sobre la fuerza que tienen ciertos poemas –desde su primera lectura– para conmovernos o interpelar nuestra conciencia. En muchas ocasiones es porque nos revelan algo esencial de lo que somos y, en otras, porque nos entrevén situaciones futuras por las que transitarán nuestros pasos. Retomemos, entonces, uno de esos poemas y descubramos por qué llega tan hondo a nuestra alma. Se trata de “A un olmo seco”, contenido en su libro Campos de Castilla.

La primera estrofa nos sitúa, de una vez, en el motivo lírico del poema. Antonio Machado describe bien la vejez de un árbol, su deterioro: además de vetusto, está partido por un rayo y, en su centro, se nota completamente podrido. Sin embargo, de tal tronco viejo brotan “algunas hojas verdes”. Ese contraste entre la evidencia de la ancianidad y el sutil reverdecimiento es el que el poeta va a exponer a lo largo del texto.

Las estrofas que siguen le van a servir a Machado para detallar más aquel olmo viejo. Nos dice que es centenario y que está arriba de una colina, bañada por río Duero ­–el que fluye “por hoces y barrancas”, el que lleva hacia el mar a la melancólica Castilla­–; describe su corteza blanquecina “manchada” por el “musgo amarillento”, como si fuera un tipo de óxido corrosivo; y para terminar ese retrato de menoscabo, afirma que su tronco se nota “carcomido” y lleno de polvo. El resultado de esa condición centenaria lleva al poeta a decir que este árbol no será “como los álamos cantores que guardan el camino y la ribera”; que en sus ramas no se posarán los “pardos ruiseñores”. Es un árbol viejo y solitario, un árbol habitado únicamente por ejércitos de hormigas y por “arañas”. El olmo está podrido por dentro, el olmo está seco y quebrado en sus entrañas, el olmo está condenado a un marchitado silencio.

Pero a pesar de todo ello, de los rasgos de envejecimiento que preludian el hacha del leñador o que los carpinteros hagan de él “melena de campana, lanza de carro o yugo de carreta”, el poeta quiere detenerse en ese pequeño destello de la “rama reverdecida”. Sabe que por su condición decrépita y añosa lo más seguro es que algún “torbellino” lo descuaje o que termine ardiendo en “alguna mísera caseta”. No obstante, al apreciar esa mínima rama verde que sobresale de la figura gris, Machado exclama o exhorta al tiempo, para que le sea posible contemplar “otro milagro de la primavera”. Anhela ver cómo la vida renace de sus propios añicos. El poeta reconoce que el olmo está envejeciendo –quizá como él–, pero mantiene la esperanza de vivir otros años, de mantenerse en pie, de poder levantar su corazón “hacia la luz y hacia la vida”.

Los últimos versos de la quinta estrofa nos vuelven al inicio del poema. Lo que Antonio Machado quiere guardar en su memoria, la anotación que desea escribir en su cartera, es esa “gracia de la rama verdecida” en aquel tronco seco, destruido y cubierto de polvo. Este contraste entre lo más deslustrado y corroído con algo brillante y lleno de frescura es el detalle que al poeta le parece memorable y que le sirve de reflexión para su existencia. En medio de la vejez es posible que nazcan retoños de nueva vida; el sumo ocaso puede albergar brotes de primavera. Desde luego, se trata de una esperanza o, si somos más trascendentales, de un “milagro”. El poeta sabe, como lo escribiera Jorge Manrique, que “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”; pero antes de que eso suceda, antes de que el peso de los años nos descuaje y lleve nuestros huesos hacia ese otro océano, es saludable para el espíritu mantener la espera en que alguna dimensión de nuestro  ser puede reverdecer, o convencernos de que nuestro corazón tiene la potencia para seguir refloreciendo.

Una relectura completa del texto, escrito en Soria en 1912, nos permite subrayar la importancia de confiar en que vengan las “lluvias de abril y el sol de mayo” antes que caigamos para siempre, antes que seamos cenizas al borde del camino, antes que nos diluyamos en el vasto infinito. Esa reiteración en el “antes que” no es solamente una súplica, sino una arraigada confianza de los caminantes poetas como Antonio Machado.  El autor sevillano, curtido en “meditaciones rurales”, nos enseña con este simbolismo del olmo seco que así estemos viejos y con la carcoma corroyéndonos las entrañas, “el corazón sigue latiendo… y que no todo se lo ha tragado la tierra”

La relevancia de la literatura, según el Papa Francisco

11 domingo Ago 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de textos, Fe y cultura, Lectura de encíclicas, Literatura y formación, Poesía y teología

T.S. Eliot: “La crisis religiosa moderna es una crisis de incapacidad emotiva”.
Karl Rahner: “Las palabras del poeta llaman lo innominado, se alargan a lo inasible”.

El pasado 17 de julio el Papa Francisco promulgó su más reciente encíclica: “El papel de la literatura en la formación”. Por tocar temas de especial interés no sólo para los noveles religiosos, sino para todos aquellos actores dedicados al trabajo educativo, considero relevante dedicar unas páginas a analizar con algún detalle este documento. Desde luego, mis comentarios son también una pre-texto para invitar a leer la carta apostólica en su totalidad.

La encíclica tiene 12 páginas de extensión, 44 parágrafos y 32 referencias. Después de unos párrafos iniciales, se subdivide en las siguientes partes: a) Fe y cultura, b) Jamás un Cristo sin carne, c) Un gran bien, d) Escuchar la voz de alguien, e) Una forma de ejercicio del discernimiento, f) Atención y digestión, g) Ver a través de los ojos de los demás y h) El poder espiritual de la literatura. Al igual que en otras cartas el estilo de Francisco es claro, cercano, rico en ejemplos y por momentos de tono confesional. Dicho estos aspectos generales, avanzaré en el texto haciendo mis comentarios según el orden de las ocho partes mencionadas.

El punto de partida de Francisco acota y amplía el objetivo de su carta: aunque pensó en un inicio que sus destinatarios iban a ser solamente los sacerdotes en formación, después decidió que su propósito cobijaba a todos los “agentes de pastoral” y, en últimas a “cualquier cristiano”. Su meta, entonces, es más amplia porque lo que desea es reflexionar sobre “la importancia que tiene la lectura de novelas y poemas en el camino de la maduración personal”. Esta premisa es de vital importancia para todo lo que viene después: primero, porque pone a las obras literarias y a los poemas en una dimensión de lo que podríamos llamar “textos relevantes” en la formación religiosa y, segundo, porque subraya la necesidad de que todas las personas contemos con obras literarias o textos poéticos que contribuyan a nuestra “maduración personal”.

Al adentrarse en su disertación, el Papa dice que antes de la llegada omnipresente de las redes sociales y de los teléfonos móviles, “la lectura era una experiencia frecuente” y que, según nos lo va mostrar, no ha pasado de moda. Porque “encontrar un buen libro” puede llegar a ser un “oasis que nos aleje de otras actividades que no nos hacen bien” o una ayuda “para ir sobrellevando la tormenta, hasta que consigamos tener un poco más de serenidad”. Francisco afirma que la lectura permite “abrir nuevos espacios que evitan que nos encerremos en esas anómalas ideas obsesivas que nos acechan irremediablemente”. El Papa subraya de manera positiva el acto de leer y se aparta, en gran medida, de la “obsesión por las pantallas”. Es urgente en cualquier proceso formativo estimular la “lectura serena y libre”, el diálogo sobre esos libros leídos (nuevos o viejos) que “tanto nos siguen contando. De allí su reclamo a la poca trascendencia que se le otorga a la literatura en el actual magisterio ordenado. No puede seguírsela entendiendo como “forma de entretenimiento” o una “expresión poco relevante”. Lo que concluye de este descuido vale la pena destacarlo: “es el origen de una forma de grave empobrecimiento intelectual y espiritual de los futuros sacerdotes, que se ven así privados de tener un acceso privilegiado al corazón de la cultura humana y más concretamente al corazón del ser humano”.

Es ese, entonces, el objetivo de su carta: “proponer un cambio radical acerca de la atención que debe darse a la literatura en el contexto de la formación de los candidatos al sacerdocio”, porque a través de las obras literarias podremos “entrar en relación con nuestra existencia concreta, con nuestras tensiones esenciales, con nuestros deseos y significados”. Es muy contundente su observación: “la literatura tiene que ver con lo que cada uno de nosotros busca en la vida”. Por eso es tan importante que cada quien vaya encontrando “aquellos libros que digan algo a su propia vida y se conviertan en verdaderos compañeros de viaje” o, si se quiere ser más precisos, que halle esas novelas y poemas que “necesita en cada momento de su vida”.

En el apartado de “Fe y cultura”, el Papa hace eco del Concilio Vaticano II al afirmar que la literatura “presenta claramente las miserias y las alegrías de los hombres, sus necesidades y sus capacidades”. En consecuencia, se si quiere tener un diálogo genuino con otras culturas o con otras personas es indispensable conocer obras literarias en las puedan captarse las “miserias y las alegrías de los hombres”. Si, en verdad, nos interesa “penetrar el corazón de las culturas” no podemos desechar esas palabras con que hombres y mujeres expresaron “el drama de su propio vivir”. Porque las novelas y los poemas son eso: “plasmación y revelación de sus más bellas hazañas y los ideales más bellos, así como también de sus actos más violentos, sus miedos y sus pasiones más profundas”. Y Francisco agrega algo más: la literatura puede ayudar a la Iglesia a no caer en el solipsismo ensordecedor y el fundamentalismo que “consiste en creer que sólo una específica gramática histórico-cultural tiene la capacidad de expresar toda la riqueza y profundidad del Evangelio”. Es a través del contacto con diferentes estilos literarios como se logrará profundizar en “la polifonía de la Revelación”. Dicho de otra manera: la literatura evita que se empobrezcan las estructuras mentales y ayuda a que los evangelizadores, como lo fue San pablo, “entren en un diálogo fecundo con la cultura de su tiempo” y a que, como señala en el siguiente apartado, no se pierda la “carne” de Jesucristo, una carne del mismo material con que se elabora la literatura: “carne hecha de pasiones, emociones, sentimientos”.

En el tercer gran apartado, subtitulado “Un gran bien”, Francisco sostiene que el “hábito de la lectura”, además de fortalecer el vocabulario y desarrollar diversos aspectos de la inteligencia y las capacidades de las personas, las prepara para “comprender y afrontar las diferentes situaciones que pueden presentarse en la vida”. Además de servirnos de ejemplo, nos lega una sabiduría que podemos asimilar y luego podremos legar a nuestros descendientes. Más adelante, en los parágrafos 20 a 22, el Papa toma ejemplos de autores literarios para subrayar que la literatura nos educa en la acción de “escuchar la voz de alguien”, en ser interpelados por nuestros semejantes. Por eso también la literatura nos hace “sensibles al misterio de los otros”, asunto tan necesario hoy cuando vivimos de una “incapacidad emotiva” generalizada. La literatura, en últimas, está disponible para “enriquecer nuestra sensibilidad”.

El siguiente apartado de la encíclica, “Una forma del discernimiento”, se enfoca en la ganancia que tendrían los sacerdotes si adquieran el hábito de leer poesía de manera frecuente. Francisco retoma la idea de Karl Rahner que emparenta al sacerdote con el poeta: tanto uno como otro buscan con sus palabras abrirnos “a lo innominado”, a lo infinito, a lo inasible. Este tipo de palabras, en consecuencia, hace que los futuros sacerdotes se vean obligados a ejercitar el discernimiento para “afinar las capacidades sapienciales de escrutinio interior y exterior”. El ejercicio de lectura literaria se asemeja, afirma Francisco, a un discernimiento mediante el cual el lector “está implicado en primera persona como sujeto de lectura y, al mismo tiempo, como objeto de lo que lee”. Al leer participamos y nos identificamos con un cúmulo de experiencias, leemos y “somos leídos”; en suma: estamos totalmente involucrados.

En los siguientes cuatro párrafos, agrupados bajo el subtítulo de “Atención y digestión”, el Papa usa varias analogías para comprender el sentido de la literatura. Escribe que ella se parece a un laboratorio fotográfico en el que “es posible elaborar las imágenes de la vida”; añade que la literatura es importante porque permite “desarrollar las imágenes de la vida para preguntarnos por su significado”. Leer literatura contribuye a mantenernos alertas para “contrarrestar la acelerada simplificación de la vida”. Compara la literatura con un gimnasio en el que “se entrena la mirada para buscar y explorar la verdad de las personas y de las situaciones como misterio”. Finaliza el apartado asociando el rol de la literatura con el acto fisiológico de la digestión mediante el cual es posible “digerir y asimilar” nuestra presencia en el mundo; rumiar “lo que va más allá” de la superficie de las experiencias humanas.

La penúltima parte de la carta pastoral, subtitulada “Ver a través de los ojos de los demás”, habla de lo que sucede a la persona cuando lee un texto literario. Francisco afirma que al leer literatura se activa el poder de la imaginación, nos volvemos “más sensibles frente a las experiencias de los demás” y “ampliamos la perspectiva que expande nuestra humanidad”. El Papa señala que la literatura “educa nuestra mirada hacia la lentitud de la comprensión”, nos evita caer en las simplificaciones y en la “reducción del misterio del mundo y el ser humano a una antinómica polaridad de verdadero/falso o justo/injusto”. Al leer las obras literarias “descubrimos que lo que sentimos no es sólo nuestro”, que somos seres empáticos y con posibilidad de comprensión. Para quien lee literatura “nada de lo que sea humano le será indiferente”.

El Papa Francisco concluye su carta pastoral haciendo una síntesis de lo expuesto. El subtítulo declara bien lo medular de su mensaje: “El poder espiritual de la literatura”. Si ha insistido en que la formación del futuro pastor contemple la inclusión asidua de literatura y poesía es porque confía en que estas obras ofrecerán un “pluralismo de los lenguajes humanos”, le darán mayor extensión a su sensibilidad y prepararán una “apertura espiritual para escuchar la Voz a través de tantas voces”. La literatura es un buen antídoto contra “los lenguajes autorreferenciales falsamente autosuficientes”; con la literatura la palabra recupera su movimiento, su viveza interpelativa. Si el futuro sacerdote se nutre de literatura, de poesía, recuperará el don de “poner nombre a los seres y a las cosas”. Francisco cierra su encíclica mostrando la afinidad entre el sacerdote y el poeta, entre aquellos que tienen la función sacramental de la palabra divina y aquellos otros que escuchan y dan formas nuevas a la palabra humana.

Mirada en su conjunto la Carta del Pontífice deja entrever la necesidad de que en todos los espacios y niveles de formación –no solo religiosos o teológicos– se entienda mejor el sentido de leer obras literarias y el papel vertebral de la poesía en una educación de la sensibilidad y el cultivo de la interioridad. La literatura no puede considerarse como una simple “ilustración académica” o un gusto novelero y caprichoso, sino que es un “bien cultural” muy importante en la formación de todas las personas porque les posibilita reconocerse en las variadas y diversas experiencias humanas y, de esta manera, disponer su corazón hacia la solidaridad y la compasión. La literatura nos ayuda, como pensaba Jean Cocteau, a “salir de nosotros mismos”. Si comprendemos el sedimento de aprendizajes vitales que comportan las obras literarias o la lectura asidua de poemas, si las dimensionamos como semillas de fraternidad humana para abonar la mente y el espíritu de los estudiantes, seguramente volveremos a colocar dichas expresiones del lenguaje en el sitial que merecen dentro de nuestros centros educativos.

El tigre y los dos cazadores

04 domingo Ago 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Apólogos

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«El tigre» del pintor alemán Franz Marc.

Trepado en un árbol frondoso y con una buena panorámica, un cazador miraba por sus binoculares a otro colega que, en un claro de la selva, se enfrentaba a un tigre con un machete.

—Debería dispararle con su rifle —exclamaba—. No sé para que lo tiene terciado a sus espaldas.

El hombre que estaba abajo caminaba despacio siguiendo el desplazamiento del tigre, con gran precaución, estudiando cada paso. Parecía otro felino.

—Yo de él hacía rato me hubiera acercado para descargarle un golpe mortal con ese machete —decía en voz alta, como si el colega lo escuchara—. ¡Seguro que le falta valor!

El cazador enfrentado al tigre se mantenía alerta sin despegar su mirada del rayado animal. Sus movimientos eran calculados. El tigre lo estudiaba, como quien sabe los riesgos de alcanzar una presa inteligente.

—¡Qué espera para enfrentarlo! ¡Haga algo, láncese de una vez! —gritaba el hombre, acomodándose mejor en una de las ramas del grueso árbol.

El otro hombre mantenía en alto el machete que, por momentos, lanzaba brillos al encontrarse con la luz del sol. El cazador sabía que en cualquier momento la fiera podría lanzarse sobre él, y por eso mismo no perdía el contacto visual con la fiera. El sudor bajaba por sus mejillas, le empapaba la espalda y hacía que el mango del arma se sintiera resbaloso. La situación era de total intensidad.

—¡Nunca pensé conocer a alguien tan cobarde!, ¡Mátelo de una vez! —dijo el impaciente observador de la escena.

Después de unos minutos, como si presagiara algo, el tigre se detuvo por un instante, miró a su alrededor y, sigilosamente, se perdió entre la alta maleza. El cazador no bajó la guardia. Se mantuvo alerta, esperando otro ataque del animal. Sabía que el tigre a veces parece retirarse para luego arremeter con mayor fuerza. Sin embargo, no fue así.

El cazador trepado en el árbol dejó de mirar por sus binoculares y descendió con dificultad. Después se encaminó hacia donde había visto a su colega.

Luego de sortear la maleza llegó a donde estaba el cazador. Lo saludó con la mano y, como si fueran viejos conocidos, empezó a interrogarlo por el reciente evento:

—¿Qué pasó? —fue la primera interpelación al nuevo compañero— ¿Se le encasquilló el rifle?

El otro hombre, que se mantenía en estado de alerta, le sonrió al colega con dificultad. Mientras enfundaba el machete le respondió:

—No, lo que pasa es que es un tigre herido…

—¿Y qué?, mejor. Sólo faltaba darle el tiro de gracia.

El cazador miró a su colega con la misma actitud con que antes había observado al tigre.

—La verdad es que los tigres heridos son letales cuando se los ataca. Desarrollan una fuerza superior a lo que uno puede imaginar.

—Entonces, es más fácil rematarlos…

—Todo lo contrario, en ese momento es cuando el cazador está en el máximo peligro de morir.

El hombre de los binoculares guardó silencio y dejó por un momento de interrogar al colega. Después de unos segundos agregó:

—Lástima, yo desde donde estaba trepado no veía bien el animal para dispararle…

—Eso pasa casi siempre: —respondió el otro cazador—. Desde lejos es fácil resolver lo que de cerca resulta más complicado…

El hombre hizo una pausa, bajó la mirada y contempló sus manos aún sudorosas. Se mostraba meditativo:

—Para descubrir el temperamento y la forma de actuar de la bestia hay que estar bien cerca de ella.

El otro cazador se sintió avergonzado.

—Todo pasó tan rápido que no tuve tiempo ni de disparar hacia donde estaba el tigre para espantarlo.

—No siempre hay que matar al enemigo para lograr sobrevivir —comentó el cazador, acomodándose el sombrero y terciándose de nuevo el rifle en el hombro.

Mientras seguían su camino, los dos cazadores hicieron silencio. Los rugidos prolongados de un tigre parecían retumbar más fuerte entre los otros sonidos de la tupida selva.

El arte de cavar con la pluma, según Seamus Heaney

29 lunes Jul 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Comentario de poemas, Seamus Heaney

Seamus Heaney , obra del retratista británico Tai-Shan Schierenberg.

El primer poema que leí del poeta irlandés Seamus Heaney, mucho antes de recibir el premio Nobel de literatura, fue “Ostras” publicado en la Gaceta del Fondo de Cultura Económica[1]. Me gustó su precisión al nombrar aquellas conchas y la relación que establecía entre la antiquísima historia de aquel alimento marino y el deseo del poeta de que, al comerse la jornada dichosa del día, se transformara “en verbo, en verbo puro”. La traducción de ese poema era del director de la publicación, Jaime García Terrés:

“Nuestras conchas golpeaban en los platos.

Estuario desbordante era mi lengua,

Mi paladar absorto con brillos estelares:

Mientras gustaba yo saladas pléyades

Orión puso su pie dentro del agua.

(…)”. 

Inquieto por este autor, empecé a buscar sus obras. Pude adquirir su poemario Norte, en la desaparecida librería “La gran Colombia”, y Muerte de un naturalista de ediciones Hiperión[2]. Y después Campo abierto y  Cadena Humana de la Colección Visor de Poesía[3]. Mi interés siguió en aumento a la par que leía y releía sus versos:

“(…)

Construid en la oscuridad.

Esperad la aurora boreal

en la incursión profunda,

no la cascada luminosa.

 

Y mantened el ojo limpio

como el carámbano.

Confiad en el tacto del trozo de tesoro

que han conocido vuestras manos

(…)”.   

Pero, entre todos esos textos hubo un poema que llamó poderosamente mi atención. Se trata de “Cavando” y hace parte del poemario Muerte de un naturalista, traducido por Pura López Colomé. Transcribo todo el texto[4]:

 

Entre índice y pulgar

La gruesa pluma reposa, a gusto, como un arma.

 

Bajo mi ventana

el limpio, áspero sonido

de la pala hundiéndose en el suelo de grava:

Mi padre está cavando. Volteo desde arriba

 

a ver su tensa grupa por entre los lechos de flores

hasta que se inclina más, y se endereza

veinte años atrás agachándose con ritmo

entre los surcos de papas

donde estaba cavando.

 

La tosca bota anidaba en la pala,

eje contra rodilla se nivelaba con firmeza.

Iba arrancando los brotes altos, enterraba hondo el filo brillante

para esparcir las nuevas papas que recogíamos,

felices con su fresca dureza entre las manos.

 

¡Por Dios!, ¡Vaya si el viejo sabía manejar la pala!

Igual que su propio viejo.

 

Mi abuelo cortaba más turba en un día

que ningún otro en la ciénaga de Toner.

Una vez le llevé una botella de leche

con tapa floja de papel. Se enderezó

para beber, y de inmediato volvió a la tarea

 

cortando y rebanando con esmero, levantando trozos

por encima del hombro, y luego una y otra vez

hasta el buen tepe. Cavando.

 

El frío olor del limo de papas, el chapoteo y golpeteo

de la turba empapada, los cortes del filo en seco

por entre raíces vivas despiertan en mi memoria.

Mas yo no tengo pala para imitar a hombres como ellos.

 

Entre índice y pulgar

la gruesa pluma reposa.

Yo cavaré con ella”.

 

El poema es magnífico por varias razones. En principio, porque es un homenaje a la tradicional labor campesina de sembrar y cosechar papas; en segunda instancia, porque es un reconocimiento al trabajo denodado y bien hecho de  los ancestros humildes;  en un tercer nivel porque muestra una ruptura sobre los oficios heredados hechos con los manos; y, en última instancia, porque es un símbolo del quehacer de escritor. Si vamos estrofa por estrofa veremos cómo se logran estos cometidos.

El texto empieza en un gesto, un gesto que se repetirá en los últimos versos del poema. Se trata del gesto de empuñar la pluma, de tomar la pluma para empezar a escribir. Al inicio como si fuera una confortable arma y, al  cierre, como si se tratara de una pala para labrar la tierra. Entre esos dos gestos transcurre el poema.

En medio de esas dos pequeñas estrofas Heaney observa a su padre labrar la tierra. Lo ve debajo de su ventana a la par que escucha el sonido de la pala “hundiéndose en el suelo de grava”. El sonido del azadón a la par que es límpido también se oye áspero. El poeta describe con minucia el acto de cavar la tierra; observa al hombre en una labor rítmica en la que lleva más de veinte años.

La descripción se hace más fina e involucra la bota y el mango de la pala; detalla cómo las manos “arrancaban los brotes altos” a la par que “enterraban muy hondo aquel brillante filo”, para que salieran las nuevas papas y lograr esparcirlas sobre la tierra. Aquí el poeta se vuelve protagonista de lo mismo que observa: “papas que recogíamos felices con su fresca dureza entre las manos”.

Pero la remembranza campesina no se queda en la descripción. Heaney elogia con admiración la labor de su padre: “¡Vaya si el viejo sabía manejar la pala!”. Y para darle mayor fuerza a esa exaltación de un oficio humilde, recuerda que tal destreza en aquella tarea también la desempeñaba a la perfección su abuelo. En este punto se centra la sexta estrofa. El poeta recupera una anécdota con ese hombre “que cortaba más turba en un día que ningún otro en la ciénaga de Toner”. Heaney cuenta que al llevarle una botella de leche el viejo apenas se levantó para beberla pero luego se inclinó de nuevo a su tarea. Eran hombres dedicados a su incansable trabajo de cavar la tierra, “ahondado más y más en busca de la turba buena”.

Esos recuerdos lo asaltan mientras tiene la mano en reposo. Remembranzas que traen, además, “el frío olor del limo de papas, el chapoteo y golpeteo de la turba empapada”. Olores y sonidos acuden a la memoria del poeta irlandés. Es como si aquellas raíces mantuvieran una conexión subterránea con sus recuerdos, que se conservaran vivas en su cabeza y, de pronto, despertaran en un instante de evocación. Sin embargo, el poeta descubre que “ya no tiene pala para imitar a hombres como ellos”. Seamus Heaney reconoce que ya no puede ser campesino, que debe romper con esa continuidad de hombres enfrentados a la turba. Entonces, su decisión estriba en lo que declara en la última estrofa: cavará sí, pero con la pluma de escritor. Esa será ahora su verdadera pala.

Visto y releído en su conjunto el texto pueden corroborarse las razones mencionadas de mi gusto por este poema. Se trata de una declaración del oficio de escribir, una “arte poética” a partir de un hecho visto repetidas veces, de un contexto particular. Heaney no solo enaltece aquellas tareas propias del campo y se maravilla con la tenacidad de sus mayores, sino que entrevé en esa herencia de labranza su futuro. Por supuesto, cambiando las herramientas de trabajo. Y así como su padre se dedicó, con devoción y esmero, “al surco de las patatas”, él se consagrará a labrar sus palabras entre el surco de los versos. Necesitará como sus antecesores “esmero” y “tenacidad”, tendrá que adquirir la capacidad para no distraerse, deberá saber utilizar su instrumento “con firmeza” para lograr sacar de todo ese subsuelo de experiencias y recuerdos, de vivencias, personas y lugares, otra cosecha que pueda “desparramarse” sobre las páginas que escribe.

¡Qué gran poeta es Seamus Heaney! De él aprendimos que la fuente de los poemas se encuentra “debajo del suelo mismo de la memoria”[5], y para lograr sacarlos a la luz hay que cavar una y otra vez con el azadón de la escritura.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Número 132, México, diciembre de 1981, pág., 7.

[2] Norte y Muerte de un naturalista, traducción de Margarita Ardanaz, Hiperión, Madrid, 1995 y 1996.

[3] Campo Abierto, traducción de Vicente Forés y Jenaro Talens, Visor, Madrid, 2004; Cadena Humana, traducción de Pura López Colomé, Visor, Madrid, 2014.

[4] Revista de la Universidad de México, octubre de 2021. https://www.revistadelauniversidad.mx/releases/112e3c8e-7dc7-4fbc-a058-cc7141b569ab/trabajo

[5] Seamus Heaney, De la emoción de las palabras, Anagrama, Barcelona, 1996, pág., 60.

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