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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

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Novena, día 8: La fe

23 domingo Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Manos rezando

«Manos rezando» de Alberto Durero.

Dice el adagio que la fe mueve montañas y que sin fe muchas cosas negativas no logran tener solución. También se afirma que la fe genuina presupone el fervor y que la fe ardiente y entusiasta convoca al milagro. Pero sin entrar a complejas divagaciones teológicas, lo que resulta significativo en el contexto de la fiesta de la natividad es reflexionar sobre el sentido y los alcances de la fe, es permitirnos el autoexamen y sopesar qué tanta fuerza real tienen nuestras creencias religiosas y de qué modo contribuyen a cualificar nuestro ser y el convivir con nuestros congéneres.

La fe, como se sabe, es una actitud vital acorde a unas creencias, que se convierte en garantía para actuar de una especial manera y relacionarse con los demás. Ese convencimiento íntimo se evidencia en la práctica de unos valores, en la convicción de seguir unas virtudes o en la devoción por determinadas divinidades trascendentes. A pesar de ser una manera individual de convencimiento es, de igual modo, un signo de participación social. La fe regula, direcciona, da soporte, busca la asociación, afianza sentimientos profundos.

La fe, en sentido estricto, es la adhesión inequívoca hacia una religión. Profesar esa fe es compartir un conjunto de creencias y dar testimonio de las mismas. No es un asunto solo de ideas metafísicas, sino especialmente de acciones y relaciones vivas. Se profesa una fe cuando hay concordancia entre lo que se cree y como se actúa, entre el escenario de la oración y la beatitud y ese otro que acaece con nuestra pareja, en el hogar, en el vecindario. Si algo pide la fe es coherencia en nuestra vida; si algo exige es atestiguamiento, pruebas de que aquello en lo que creemos puede certificarse con nuestro proceder cotidiano. La fe nos compromete, nos implica, nos suscribe a un orden moral y, en muchos casos, a abrazar y defender un tipo de ética.

En otra perspectiva, menos sagrada, la fe también es una extraordinaria forma de confianza en uno mismo, de certeza íntima en alcanzar una meta, lograr atravesar una situación adversa o ir más allá de los propios límites. La fe, así entendida, es un refuerzo a la voluntad, un vigoroso estímulo para la acción y la continuidad en los propósitos. Sin esa fe renunciaríamos al primer escollo que apareciera cuando llevamos a cabo un proyecto; sin fe fácilmente sucumbiríamos al veredicto desesperanzador de una enfermedad; sin fe nos conformaríamos con la suerte o con las condiciones que a bien tuvo darnos la naturaleza. La fe hace que nos atrevamos a vencer muchos temores, a no desistir de una posible curación, a sobreponernos del infortunio, a intentar vencer nuestras restricciones o dificultades físicas.

No obstante la importancia de tener una fe incitante y reguladora, deberíamos tener cuidado para que ella no se vuelva motivo de conflicto con las otras personas. La fe madura no quiere ser fanática; la fe adulta es incluyente. Y menos aún, convertirse en un sectarismo acusador. Entender la diversidad de creencias es un mandato de la sana convivencia y de una ciudadanía saludable. No podemos, por la piedad exaltada o la idolatría apasionada, ir a todas partes pregonando la equivocación de los demás, denunciando y tachando el pecado ajeno y considerándonos en la única vía de salvación. Una fe prudente riñe con la intolerancia y la intransigencia. Cuando la fe alcanza su mayor nivel de desarrollo moral deja de ser una lucha de supremacía por convertir al descreído y se convierte en un motivo para el diálogo ecuménico y la solidaridad fraterna.

En todo caso, la fe es muy importante para mantener equilibradas las fuerzas de nuestro espíritu o nuestro psiquismo. Cuánto le deben los enfermos desahuciados y los marginales empobrecidos a la fe; cuánto los solitarios y proscritos en una cárcel; cuánto los que están atribulados por las dificultades y los problemas enloquecedores. Es mediante la fe como los seres humanos recuperan la esperanza, es con fe que se vuelve a sembrar la semilla en la aridez de la existencia, y es con la ayuda de la fe como se soporta la vejez y se hace más llevadero el tránsito hacia la muerte. Por lo tanto, no es un asunto banal el tener o no tener esa convicción suprema, esa certeza en nuestro corazón. 

Novena, día 7: La confianza

22 sábado Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Julia Solans

Ilustración de Julia Solans.

En un mundo que ha acentuado la competencia y la deslealtad para lograr el éxito, en una sociedad cada más escéptica del vecino, es bueno volver a poner en el centro a la confianza. Por ser ella una especie de esperanza firme en las personas, por considerarla la base de muchas modalidades de relación interpersonal y porque sin ella se arruina el tejido de la sociabilidad y se malogran los vínculos de lo íntimo. Necesitamos que la confianza sea un eje ético a partir del cual podamos abrir nuestro corazón sin temor a ser engañados o abrir las puertas de nuestras casas sin el miedo a ser asaltados en nuestra hospitalidad. Requerimos que la confianza y no la delación sea el soporte de nuestra civilidad, y que confiar sea el modo como recuperamos la fraternidad y el espíritu solidario.

Y para evitar las objeciones de parecer cándidos o ingenuos frente a este cometido, deberíamos proveernos de mucha autoestima y de una fe interior que apacigüe la duda y nos aquiete los prejuicios. Para atrevernos a confiar es indispensable conocernos bien, habernos examinado para saber lo que somos en verdad, y tener la suficiente abundancia de corazón como para que nuestras elecciones no dependan del fluctuar de los demás. Además, si nos atrevemos a confiar es porque las coordenadas de nuestro proyecto vital están bien definidas, y en consecuencia podemos deambular por las peripecias de los afectos ajenos sin que perdamos el rumbo de lo que queremos. 

Es importante recordar que la confianza se conquista: con nuestra prudencia, con nuestras actuaciones, con nuestro cuidado al hablar o con la discreción. Se requiere sabiduría e integridad para que alguien nos considere dignos de confianza, al igual que entereza de espíritu para mantenernos fieles y leales a los acuerdos y los juramentos. Así digamos y proclamemos que somos personas confiables, será nuestro comportamiento cotidiano el que evidencie o testimonie tal afirmación. Porque son los otros los que rubrican tal calidad moral, son las personas más allegadas las que avalan tal certidumbre. La confianza no se presume; nos la reconocen.

¿Y cómo se gana la confianza?, podemos preguntarnos. Seguramente la primera respuesta está asociada a la lealtad o la fidelidad a un compromiso, a una relación, a un proyecto. Al ser firmes en ese empeño, en ese pacto o en esa asociación, iremos ganando más y más confianza. Si con nuestros comportamientos damos prueba de que no defraudamos a los demás, que podemos mantener una adhesión a pesar del paso de los años, o que no abandonamos al amigo o compañero apenas tiene un revés de la fortuna, el resultado será que nos consideren personas confiables. La otra causa proviene de la sinceridad o la franqueza, de la transparencia en el trato. Confiamos en alguien porque no nos dice verdades a medias o anda astutamente en dobles aguas. Es por esa sencillez generosa y por la limpidez en sus afectos que una persona logra inspirar confianza y hacerse depositaria de toda nuestra credulidad.

La confianza se defrauda, se erosiona, se quebranta. Es decir, pierde su consistencia, su fuerza relacional, por muchos motivos. El más frecuente de ellos es la traición: el engaño, la perfidia o la delación ponen en vilo lo que era compacto o resistente; lo que parecía imposible de romper o que poseía la firmeza de las promesas hechas con sangre, muestra su falsedad, su impostura o su inconstancia. Se fractura la confianza cuando divulgamos un secreto puesto en nuestras manos como una sagrada confidencia; cuando pervertimos el sentido hondo de un compromiso amoroso; cuando la astucia y la mentira pueden más que la familiaridad y el cariño.  Otro de los motivos es la falta de honradez. Cuando la ambición o la codicia fisuran o rompen el saco de la confianza es porque nuestra voluntad o nuestros valores son inferiores a la tarea de custodia que nos ha sido encomendada. La falta de probidad o de conducta intachable transforma la confianza en recelo, suspicacia o prevención.   

Ojalá podamos, en nuestras relaciones personales o en nuestro trabajo, ser dignos de confianza. Que las acciones que hagamos, que nuestra discreción o nuestra lealtad nos permitan concitar ese sentimiento de seguridad. Si tal fe logramos provocar, si los demás se sienten tranquilos para ser como son, si hallan en nosotros la suficiente reserva como para hacernos partícipes de su intimidad, habremos logrado ser garantes de los vínculos sociales y ejemplo de que la certidumbre es más provechosa que el miedo o la sospecha.

Novena, día 6: El diálogo

21 viernes Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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JOSÉ LUIS ÁGREDA

Ilustración de José Luis Ágreda.

Es posible que el exceso de rencillas, la exagerada violencia entre parejas o entre los miembros del grupo familiar se deba a que hemos ido perdiendo la costumbre de dialogar, de tratar de acudir a la conversación, como un recurso para expresar nuestras molestias o nuestros desacuerdos. Al no darle a la conversación esa importancia nos hemos quedado con el estallido de las emociones y con el ambiguo significar de los sobreentendidos o los irresponsables prejuicios. Si no abogamos por las bondades del diálogo nos iremos acostumbrando a la agresión alevosa o al aislamiento emponzoñado.

El diálogo se deriva de nuestro gusto por el encuentro, por establecer lazos afectivos, por renovar relaciones. Dialogamos para conocer a otras personas y para afianzar determinados vínculos. El diálogo es una de las claves de nuestra sociabilidad y un medio inigualable para que las desavenencias no prosperen o los malentendidos logren subsanarse. Sin el diálogo, sin la conversación, estaríamos condenados al mutismo de la soledad o al ostracismo de los apátridas; mediante el diálogo desahogamos las penas, pedimos ayuda, nos hacemos copartícipes de experiencias ajenas y construimos un relato capaz de darle sentido a nuestra historia y a la de los demás. Quien tiene por hábito dialogar alberga o guarda menos pesadumbre en el corazón y mantiene abiertos los brazos para lo comunitario.

La conversación presupone que la otra persona con quien nos juntamos la consideremos un interlocutor válido. El diálogo empieza con ese reconocimiento y prospera en la medida en que le damos la oportunidad a otro ser para que nos enriquezca, nos interpele, nos amplíe nuestros horizontes. Conversamos para expandir nuestras fronteras y favorecer la retroalimentación, que sigue siendo la mejor forma de vencer nuestro individualismo ególatra. Al dialogar, el “tú” de los demás entra a formar parte del “yo” hasta tornarse en un “nosotros”. Y son los demás, cuando así los aceptamos e incorporamos en la conversación, los que pueden sacarnos de las cárceles del dogmatismo o la testarudez. Porque somos seres dialógicos sabemos que la polifonía es más provechosa y más fértil que el monólogo.

Pero saber dialogar requiere una gran capacidad de escucha. Se es un buen conversador en la medida en que lo que dicen o comentan los contertulios sea significativo e interesante para nosotros. El diálogo no depende tanto de lo mucho que decimos, sino de la paciente escucha que podemos ofrecerle a otra persona. Porque sin esa atención intensa y empática es muy difícil que se logre traspasar la barrera de la confianza. La escucha es la garantía para que en el diálogo aflore la intimidad, se produzca la confesión y se pueda hacer “catarsis” de los dolores que aquejan el alma. Dialogar, por lo mismo, es una asociación espontánea en la que dos o más personas deciden libremente escucharse entre sí para aliviar las cargas de la existencia, compartir un logro, discutir un tema o solazarse, con un buen vino, en los goces de la lúdica de la palabra.

De todas las bondades del diálogo, la más valiosa o más necesaria es la de ser un medio para evitar o resolver los conflictos. Si tenemos la voluntad de dialogar difícilmente recurriremos a la violencia física o a la agresión denigrante; por el contrario, tenderemos siempre a pasar los desacuerdos por el filtro de la conversación. Procediendo así se disipan las dudas, se atenúan las maquinaciones, se buscan soluciones colegiadas. El diálogo es un fármaco efectivo para contrarrestar la incomprensión y la no siempre fácil lógica de los sentimientos y los afectos. El mutismo o la indiferencia no son buenos consejeros cuando del corazón se trata. Conversar es más provechoso, más sanador y contribuye a que la confianza vuelva a su cauce. Por eso es esencial dialogar a tiempo, no dejar que los resentimientos hagan nido en nuestra alma, atender oportunamente el inicio de la animosidad o el rencor.

En resumidas cuentas, nos hace falta en esta época dialogar más, romper la burbuja del ensimismamiento de las nuevas tecnologías, ofrecer el coloquio cara a cara para celebrar, vivificar las relaciones y sentirnos parte de una colectividad. Es urgente dejar por unas horas la dependencia de los aparatos y revivir la grata reunión con seres de carne y hueso. Tenemos que recuperar la práctica de la tertulia, mantener el rito de compartir un café, o hacer en familia la novena de navidad, como maneras de darle al diálogo su potencial interactivo y contribuir a que el aislamiento de nuestro tiempo no siga propagándose en nuestros hogares.

Novena, día 5: El reconocimiento

20 jueves Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Joao Fazenda

Ilustración de João Fazenda.

Las épocas de cierre laboral o de fin de año, la gratitud que circula como viento dadivoso en la época navideña, el anhelo de ofrecer felicidad y bienaventuranza a manos llenas, todo ello debe llevarnos a reflexionar sobre la relevancia del reconocimiento y su trascendencia para los seres humanos. Ponernos en esa actitud de agradecimiento o retribución a los que nos sirven, con quienes trabajamos o comparten día a día nuestra existencia, es una bella manera de enaltecerlos y dignificar su contribución o su apoyo amoroso a nuestras metas más queridas.

El reconocimiento nace de hacer un balance sobre las personas que a diario nos acompañan o de esas otras que, hombro a hombro, dan forma a una familia o ponen el plato de alimento caliente en nuestra mesa. Ese ajuste de cuentas, que por la costumbre o la cercanía dejamos de efectuar con frecuencia, es el que nos lleva a ofrecer palabras de elogio o a simbolizar en un regalo nuestra retribución por los favores recibidos, por la compañía incondicional, por la certeza de una presencia. Dichas exaltaciones dicen de nosotros que estamos en deuda con esas personas y que necesitamos rubricar con gestos su valía en nuestra existencia. Al reconocerlas ponderamos su esencial contribución a nuestro proyecto vital o la incidencia que tienen en nuestros logros.

Por eso son tan esenciales los ritos: ellos ayudan a que el reconocimiento tenga una mayor trascendencia, que despliegue cierto aroma sagrado a partir del cual lo más cotidiano o banal adquiera el tinte de lo significativo o digno de grandeza. Y aunque esos rituales sean llevados a cabo en la mesa familiar o en los recintos más humildes, a pesar de no contener en sí mismos cuantiosas sumas de dinero, son poderosos porque muestran nuestra preocupación para que la otra persona se sienta importante y sea atendida como bien lo merece. Los ritos de reconocimiento hacen que lo sencillo, el detalle más insignificante, adquiera una relevancia mayúscula, tanto como para anclarse en forma de recordación y crear en el espíritu de los reconocidos una alegría por la tarea cumplida o el vínculo establecido.

Reconocer es ponerle a la cara anónima un rostro personal y único. Quien así procede es porque no vive o convive con seres desconocidos o indeterminados. Por el contrario, se esfuerza por reconocer en cada quien lo que tiene de singular. Por momentos, reconocer es evocar a una persona y conservarla viva en nuestra memoria; en otros casos, el reconocimiento consiste en buscar a alguien específico para darle un abrazo, hacerle una llamada, invitarlo a una comida. Las personas que proclaman y ofrecen reconocimiento poco hablan de clientes o de estadísticas impersonales; están más bien inclinadas a propiciar el diálogo fraterno, la visita renovadora de las relaciones interpersonales, la poderosa fuerza del encuentro.  Cuando se reconoce al semejante la historia personal substituye a los guarismos abstractos.

Reconocer a los más cercanos es lo más difícil. Bien sea porque nos habituamos a sus mimos y cuidados o porque de tanto contar con su presencia terminamos por pasarla inadvertida. Esa parece ser la paradoja en la que se mueve el reconocimiento: si está muy cerca el ser que nos importa y nos sirve denodadamente, nos parece que no necesita tal estímulo afectivo; pero si ya no está con nosotros, si su muerte o su lejanía nos interpela, entonces sí parece digno de nuestros elogios y de muestras de gratitud. Tal vez deberíamos cambiar la perspectiva y no esperar a que la ausencia de determinados seres nos revele lo que ya sabemos: que gracias a ellos nuestra existencia es menos dura y la soledad más llevadera, que por ellos nos hemos recuperado con prontitud de una enfermedad, que sin ellos buena parte de nuestras metas habrían quedado a medio camino.

A veces el orgullo o la soberbia, cuando no la ingratitud altanera, son los causantes de nuestra falta de reconocimiento a los demás. Pensamos que realzar o encomiar al amigo, al ser querido, al trabajador o colaborador, nos hace dependientes o nos subordina el espíritu. Equivocadamente creemos que “no debemos deberle nada a nadie” o que nuestra estima se rebaja si nos mostramos humildes o agradecidos. Nos falta sutileza moral para entender que los actos o expresiones de reconocimiento brotan de la grandeza de espíritu y no de la pequeñez de nuestros egoísmos o la tacañería de nuestros afectos. Reconocemos a otros porque tenemos amplitud de corazón, porque nos sabemos necesitados, y porque vemos a las personas no como fichas utilitarias sino como aliados insustituibles.

No perdamos, entonces, la oportunidad de reconocer a los que más nos sirven o nos entregan cotidianamente su amor, no nos cansemos de reiterarles nuestro aprecio y gratitud. Convirtamos ese reconocer en un mensaje de paz y concordia decembrina.

Novena, día 4: La sinceridad

19 miércoles Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Javier Jubera García

Ilustración de Javier Jubera García.

En un contexto en el que abunda el encubrimiento, la trampa y la mentira campea por doquier, mostrarnos sinceros es una tarea de primer orden de nuestro carácter y una garantía para la permanencia en el trato con las personas. Si nos comportamos de esa manera, si hay franqueza en nuestro decir y autenticidad en nuestro actuar, en mucho ayudaremos a destronar el imperio de la hipocresía y la artificialidad que nos ronda como una atmósfera asfixiante.

La sinceridad empieza por no perder nuestra espontaneidad; en asumir tranquilamente, con naturalidad, un pasado, un origen, unas marcas de identidad que se traducen en un modo de hablar o de pensar. Si nos libramos del esclavismo del “qué dirán”, si no falsificamos nuestra esencia por la apariencia y la vanagloria, seguramente seremos más felices y haremos más plenos a otros. Si somos espontáneos en la manifestación de nuestros afectos, si menos elucubramos la expresión de nuestros sentimientos, tendremos un mejor escenario para hallar el amor, mantener una amistad o consolidar los lazos de confianza entre familiares o  con colegas de trabajo. Cuando los demás perciben nuestra sinceridad abren una vía para la lealtad y lo fraterno, para el abrazo abierto y la mano sincera.

Al actuar de otra manera, al construirnos una personalidad artificial; al elaborar sofisticados montajes sobre lo que no somos, o aparentar lo que no tenemos, terminamos desfigurando nuestro ser, lo vamos diluyendo en una gelatinosa figura tan poco confiable como carente de certidumbres. La falta de sinceridad nos va llevando al autoengaño, a volvernos solapados y a tener lo postizo como moneda de trato cotidiano. Lo engañoso y disfrazado, la mascarada,  termina por imponérsenos como el propio rostro. Olvidamos la gran lección de Rubén Darío, el poeta nicaragüense, quien nos había dicho que “ser sinceros es ser potentes” y que “de desnuda que está, brilla la estrella”.

Por supuesto, la sinceridad y la verdad van de la mano. Es muy difícil ser sinceros cuando detrás de nosotros no tenemos sino la sombra de la mentira. Pero no es únicamente la veracidad la que avala el ser sinceros, también están la honradez y la rectitud. Esas otras virtudes, o esos otros valores, son los que respaldan un actuar leal y abierto, franco y cordial. Porque no hay nada de qué avergonzarse, porque se tiene la conciencia limpia, se puede ser sincero y manifestarse sin hipocresía alguna. Aquí es oportuno decir que la sinceridad impone un cuidado sobre el itinerario de nuestra historia personal, una vigilancia sobre nuestra vida privada y, especialmente, sobre nuestra vida pública. Si ese recorrido vital es íntegro, si hemos logrado, como dicen los filósofos, llevar una “vida buena”, podremos obtener el derecho a ser sinceros, tendremos la autoridad moral para manifestarnos sin eufemismos y con verdad.

De otra parte, la sinceridad nos impone una valentía o una fuerza interior capaz de sobrepasar los miedos o las angustias de expresar lo que pensamos o sentimos. No es aconsejable callarse lo que a todas luces fractura nuestra alma o nos apesadumbra el espíritu. Por eso, para ser sinceros se necesita vigor en el corazón, decisión y coraje en la voluntad para no “atragantarse” o soportar con hondo rencor lo que nos ofende, humilla o mortifica. Declarar, decir, confesar, descargar con sinceridad la culpa o la afrenta que nos quita el sueño o descompone nuestras vísceras es una forma de “mayoría de edad” de nuestras emociones. Lo peor es –por cobardía o pusilanimidad– hacer como si nada, dejar que las cosas sigan su “curso normal”, fustigar la fiera herida del resentimiento. Si hay coraje íntimo, la sinceridad apacigua los odios y el resquemor que lleva a la desconfianza.

Es probable que al actuar con sinceridad se nos diga que somos ingenuos o que nos falta suspicacia para adivinar el maquiavelismo del prójimo. O que nos tilden de cándidos por no prever los efectos nefastos de los marrulleros y taimados. O que nos censuren por querer agrandar los problemas y sacar a la luz lo que debería permanecer encubierto. Todo eso es posible. Pero aun así, a pesar de tales críticas, la sinceridad nos debe permitir ser genuinos, mantenernos sencillos, abrir con claridad las ventanas de lo que somos. Mejor ser y proceder de esa manera, que deambular como fingidores o farsantes en el teatro brumoso de la falsedad.

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