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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

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Novena, día 3: El respeto

18 martes Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Miramiento a nuestros mayores

Todo lo que hagamos por reivindicar o destacar el valor del respeto es fundamental para la sana convivencia y el fluir de las relaciones humanas. Sin ese lubricante se atascan los vínculos, se dificulta la vida en pareja y en familia y se está siempre abocado al conflicto o la agresión interpersonal. El respeto es la base de la interacción entre personas y uno de los pilares fundamentales para construir comunidad. Por ello es significativo ponerlo como un propósito de actuación pacífica y como un emblema de los tiempos de fraternidad navideña. 

Aprender a respetar a nuestros padres es el primer mandato de la crianza genuina. Gracias a tal consigna las nuevas generaciones tienen un lazo con la tradición y se permiten una continuidad con sus descendientes. Respetar a los progenitores, resulta esencial si queremos que el legado moral del pasado no se haga trizas o se desvanezca entre la insolencia y el desacato. El respeto parte de la consideración a los que nos dieron la vida, a los que formaron nuestra primera salvaguarda para nuestra endeble existencia y a los que nos prodigaron un techo y un alimento. No podemos ser groseros o irreverentes ante esos brazos y esas manos amorosas, y menos cuando han permanecido ofreciéndonos cuidado y apoyo a lo largo de muchos años.

Este imperativo del respeto se hace extensivo a nuestros mayores. Los abuelos, los más viejos del clan familiar, son otros depositarios de nuestra deferencia y nuestra atención. Si somos amables y considerados con ellos, si observamos ciertos modales de cuidado y escuchamos sus palabras, muy seguramente honraremos y enalteceremos su valía como personas. Porque seguimos admirando y dignificando la presencia de nuestros mayores es que les debemos gratitud y solicitamos sus consejos sabios o su voz orientadora. Respetar a los ancianos de la tribu es reconocer que nuestra verdadera fuerza está en las raíces que nos soportan y en el legado cultural tejido a lo largo de muchas estirpes.

Pero el respeto no solo abarca al núcleo familiar; cobija de igual modo a los demás, llámense vecinos, semejantes o personas de nuestra comunidad. Respetar a las otras personas es uno de los principios de la buena ciudadanía. Es respeto tiene que ver con la zona sagrada de su intimidad, con sus credos o sus preferencias sexuales, con sus inclinaciones, sus gustos o sus particulares maneras de entender la vida. Si somos respetuosos, en consecuencia, somos más tolerantes y grandes defensores de las minorías. El respeto nos hace proclives a entender el pluralismo, la divergencia, los matices y el abanico de las diferencias. Por tener enarbolado en nuestro espíritu el respeto somos más incluyentes, menos fanáticos y altamente participativos.       

Pero ese imperativo del respeto no cubre solo a los individuos, también incluye los pactos, las leyes, los acuerdos sociales. Si somos respetuosos de las normas tendremos menos conflictos y podremos facilitar la convivencia; si no buscamos profanar o desobedecer los preceptos que garantizan un orden dentro de la vida en común, mayor será nuestra confianza en nuestros gobernantes; si acatamos las observancias con las que la vida cotidiana nos regula, disminuirán los motivos de conflicto o los conatos de violencia que tanta sangría provocan en transeúntes y paseantes citadinos. Respetar las normas o los mínimos códigos de lo público es la garantía para que nuestro propio mundo sea respetado por los demás.    

Desde luego, el respeto a los otros no puede darse sin el respeto a nosotros mismos. Al sentirnos dignos, valiosos, cabales, nos debemos un miramiento y un aprecio especial. Por querernos y tener una alta autoestima no nos denigramos ni nos sometemos a la humillación condescendiente. Por sabernos más que un cuerpo finito es que nos llenamos de espíritu trascendente y voluntad alada, y por eso somos respetuosos de los ideales y los sueños imposibles. Sin el respeto a nosotros mismos, sin ese cultivo de sí, sería imposible considerarnos dignos de ser amados o necesarios e importantes para nuestros congéneres.

Resulta oportuno en este tiempo, al menos como una ofrenda decembrina, procurar el respeto con nuestros gestos y nuestras palabras. Que merme la grosería entre parejas o familiares, que no agobiemos al vecino con nuestros escándalos, que reverenciemos cariñosamente a nuestros ancianos, que no desperdiciemos nuestra vida en acciones denigrantes o conduzcamos nuestro ser a relaciones vergonzosas.   

Novena, día 2: La caridad

17 lunes Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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San Juan de Dios salvando a los enfermos

«San Juan de Dios salvando a los enfermos del incendio del Hospital Real», pintura de Manuel Gómez-Moreno González.

A la par de las festividades y el ambiente de jolgorio, de la alegría y el deseo por vacacionar, sería conveniente y necesario tomarnos un tiempo para ser caritativos. Albergar en nuestro corazón el deseo de compartir un pan, de acompañar al solitario o al postrado por la enfermedad es una de las tareas esenciales de las fiestas navideñas. Que las luces del regocijo o los excesos de la parranda no nos hagan sordos para sentir y reflexionar sobre el dolor o el sufrimiento ajeno.

El primer mandato de la caridad es de orden sensible: que podamos compadecernos ante los menos favorecidos, que los anónimos seres mendicantes tengan rostro, que nos interpele el anciano o el niño abandonado. Se es caritativo, en un primer nivel de afectación, cuando sentimos el clamor del prójimo, del vecino, del colega. Cuando el otro, en sentido profundo, no nos es indiferente. Esta sensibilidad social se transforma en solidaridad, en asistencia, en protección o defensa de los empobrecidos, de los alicaídos, de los maltrechos por la desgracia o por el paso de los años.

Qué sencillo es ser caritativo con los enfermos, por ejemplo. Visitarlos, estar con ellos, ofrecerles nuestro abrazo o nuestras palabras para mitigar un tanto su pena. Llevarles el regalo de nuestra presencia y nuestra escucha, ofrecerles el consuelo fraterno y la siempre necesaria esperanza. Si procedemos así es porque comprendemos el lado frágil de lo humano, lo deleznable de nuestra condición, el súbito trabajo del corroer del tiempo, como decía el poeta Eduardo Cote Lamus. Esta forma de ser caritativos tiene mucho que ver con nuestro talante humanitario, con nuestra capacidad para no abandonar al desvalido, con nuestro compromiso, como seres comunitarios, de cuidar a los débiles de cuerpo y alma.

O llevar un poco de alegría a los ancianos, participarles algún alimento o una prenda que caliente sus huesos. La caridad, en estos casos, demanda desposesión. Porque no se trata de regalar lo que ya no usamos o de despojarnos de las vejeces que no sabemos dónde ponerlas. La caridad nos impone un mandato de dignificación: el otro no puede merecer nuestros desechos. Por el contrario, si en verdad somos caritativos es porque podemos despojarnos de algunos de nuestros bienes para compartirlos, para prodigar felicidad a otras personas que no tienen con nosotros ningún lazo de sangre o ningún vínculo interesado. Aquí la caridad se emparenta con la filantropía y el desapego. Si podemos ofrecer alimento y cobijo, si contribuimos a que los viejos no sean tratados como residuos improductivos o trastos inútiles, nuestra caridad será como una cena esplendorosa en la que brillen lo inesperado, la generosidad y lo gratuito.

A pesar de que nuestras arcas no estén rebosantes, más allá de que el dinero nos sobre, es bueno albergar en nuestro pecho el sentido de la donación, el impulso por contribuir a causas sociales que merecen todo nuestro respaldo. Hay tantos desplazados, tantas criaturas abandonadas, tantos desamparados que no podemos apretar nuestros puños como avaros indiferentes. Ser caritativos es aprender a compartir, a mermar el atesoramiento egoísta, a poner un puesto de más en nuestra mesa. Las donaciones hacen parte del simbolismo del regalo, pero con una variante: ya no es el obsequio personal por un motivo específico, sino que se trata de una ofrenda anónima para una causa común. Quizá este tipo de caridad sea de los más profundos, porque consiste en producir bienestar a otros sin esperar retribución ninguna.

De otra parte, sería bueno manifestar nuestra caridad mediante cualquier forma de voluntariado. Poner nuestros conocimientos, nuestra experiencia o nuestro trabajo al servicio de causas sociales, de protección civil o de ayuda con los excluidos, marginados o incapacitados es un modo efectivo de cooperar para solucionar en algo los problemas vitales de nuestros semejantes. Cuando actuamos como voluntarios nuestra caridad se transforma en participación ciudadana, en una fuerza colectiva que rebasa las obligaciones de la beneficencia estatal.  

O podríamos también hospedar al peregrino, que es una de las más antiguas maneras de mostrar caridad.  En este caso, al albergar al “extranjero”, al abrirle un espacio dentro de nuestra casa, lo que hacemos es ampliar las fronteras de nuestra parentela familiar, extender los vínculos humanos hacia la fraternidad universal. Hospedar a otro, llámese vecino o invitado, es un acto profundo de confianza, de poner a raya nuestra prevención o nuestros recelos infundados. La hospitalidad es acogida, resguardo para el visitante, asilo al perseguido. Al ser hospitalarios nos convertimos en guardianes y defensores de la dignidad de los demás.

Dejemos, entonces, que el espíritu de la caridad llegue a nuestras casas y se instale en nuestros corazones. Mostrémonos compasivos con los que padecen cualquier tipo de encierro, benevolentes con los culpables, solícitos con los hambrientos o sedientos, generosos con los que por alguna razón han sido o se sienten abandonados. Que nuestra caridad sea el mejor regalo con nuestros semejantes, el aguinaldo amable brotado de nuestro pecho solidario.

Novena, día 1: La comprensión

16 domingo Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Rafa Alvarez

Ilustración de Rafa Álvarez.

Debería ser un propósito en muchas de nuestras relaciones interpersonales el tratar de comprender a los demás. Detenernos para analizar o entender por qué las personas con las que vivimos o trabajamos hablan o actúan de una determinada manera, antes de juzgarlas o favorecer el nacimiento o prolongación de un conflicto, una desavenencia o una enemistad. Quizá tendríamos que poner esa consigna al lado de las peticiones al árbol de navidad o entre nuestros empeños del año que comienza.

Comprender a otro ser humano requiere disposición y voluntad. Disposición para albergar en nuestra alma y en nuestra mente a otro ser humano con sus particularidades, su temperamento, sus ideas y convicciones. Es decir, permitir que seres diferentes entren a nuestras fronteras sin que por ello nos sintamos amenazados o débiles. La disposición es un acto profundo de buscar empatía, de tejer vínculos, de percibir en el semejante una hermandad de espíritu. Porque nos reconocemos en el otro, llámese familiar, colega o amigo, es que estamos dispuestos a tratar de comprenderlo. Digamos que por más extraño o diferente que sea, siempre habrá algunos rasgos comunes a partir de los cuales es posible desplegar el afecto, la confianza o determinado tipo de vínculo social.

Lo segundo, decíamos, es la voluntad. Porque para comprender a otra persona se requiere el esfuerzo de nuestro entendimiento, de nuestras emociones, si queremos domeñar la inmediatez de lo que no nos gusta o a simple vista nos parece detestable. Sin voluntad de comprensión, sin esa fuerza de nuestro carácter, el prójimo será siempre visto como una amenaza o como algo que merece nuestra repulsión o nuestro vituperio. Comprender es, entonces, una meta que demanda esfuerzo moral. Presupone tiempo y una concentración de nuestra atención para percibir las minucias, los matices, los detalles con que otros individuos se comportan o expresan sus sentimientos. Al darle a nuestra voluntad ese norte, muy seguramente descubriremos que las personas actúan así por una causa razonable o tienen motivos justificados, inadvertidos si solo los miramos desde el juicio apresurado.

Pero, además de eso, la comprensión presupone un resguardar la agresión, la ofensa o la descortesía. Quien busca comprender procura por todos los medios dejar a un lado el sarcasmo, la ironía burlona o el comentario venenoso. La comprensión nos impone dejar de ser groseros con el semejante, nos obliga a pensar muy bien lo que vamos a decir o replicar. En este sentido, la comprensión es un ejercicio del cuidado de la palabra y de los gestos denigrantes. Si uno ansía comprender a otro ser humano menos serán sus injurias, reducidas serán sus habladurías y nulas las difamaciones sobre dicha persona. La comprensión pone límites a la lengua y nos obliga a tener prudencia, a desarrollar el tacto para guardar silencio o la amabilidad suficiente ante situaciones hostiles.

Existen demasiados motivos o causas que nos llevan a comprender el comportamiento de otra persona. A veces son las marcas de crianza o de ambiente, la misma educación que ha tenido, las peripecias por las que ha pasado, las marcas que la vida le ha impuesto en cada una de sus experiencias, el conjunto de ideas que rigen su existencia, su credo religioso o sus convicciones políticas… todo eso confluye y configura una personalidad. Y es tan variado ese capital cultural, tiene tantas tonalidades, que es muy difícil comprender a alguien en unos minutos o en contados días. Hay que convivir, dejarse habitar, compartir un camino, para conocer un poco a otra persona y entender su fisonomía íntima, la cartografía que lo funda y lo define.

De allí que sea tan importante para comprender a alguien darle cabida a la escucha. Sin esa actitud, la comprensión es imposible. Escuchar es darle importancia al otro, dignificar su historia, considerar valiosa su presencia en nuestro mundo. La escucha empática, esa que nos permite atravesar las vallas de lo público, es una de las acciones que más contribuye a que nuestros prejuicios o nuestros miedos dejen de ser infundados y podamos entrar en relación con otros de manera más espontánea y en franca concordia. La escucha, por lo mismo, acrecienta la comprensión y contribuye de manera rotunda a enriquecer nuestra sabiduría.

Roguemos para que cada día aumente el caudal de nuestra comprensión sobre los seres que nos rodean, insistamos en anteponer la lentitud de la comprensión a la rapidez de nuestros odios, esforcémonos para hallar en las personas diferentes a nosotros un motivo de enriquecimiento y no una causa para empobrecernos con nuestra intransigencia.   

Más contrapuntos con Paulo Freire

09 domingo Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios, OFICIO DOCENTE

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Paulo Freire

Paulo Freire o la radicalidad del diálogo.

Las ideas de Freire contenidas en su libro Cartas a quien pretende enseñar siguen siendo provocadoras, incitantes y dignas de ponerlas en la dinámica del contrapunto. En dos entregas anteriores ya había consignado parte de ese diálogo con el autor brasileño. Añadamos, esta vez, una tercera entrega de dicho repertorio de resonancias.

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Estoy de acuerdo con Freire en su crítica a esos limitados cursos ofrecidos a profesionales no licenciados para que tengan un barniz o una panorámica de lo que es la docencia. Pero el problema se multiplica cuando los mismos docentes en ejercicio vuelven estos cursos una idealización de su profesión pero con muy poca incidencia en su práctica educativa. Tanto unos como otros convierten dichas “capacitaciones” en, como afirma Freire, una “marquesina bajo la cual la gente espera que pase la lluvia”. Se sigue aguardando la receta externa, la solución mágica e inmediatista a los problemas vertebrales de la práctica de enseñar y aprender. Hay una simplificación de la profesión y una errada manera de entender cómo cualificar la docencia. Porque es reflexionando críticamente sobre el propio quehacer, investigando a diario lo que sale bien o mal en aula, siguiéndole la pista a un problema, como realmente se mejora y se comprende el sentido de la labor educativa. Esa tarea en indelegable.

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Precisamente, por subvalorar la docencia o asumir la “condición de tía o tío”, como la denomina Freire, es que los educadores terminan subvalorando su propio oficio y contribuyendo de esta manera a que la misma sociedad “no reconozca la relevancia de este quehacer”. Hemos ido minando la dignidad de nuestra tarea al volver habitual la incompetencia y la irresponsabilidad en los diferentes aspectos de nuestra profesión. Con tal de tener un empleo, le restamos importancia a las consecuencias de la mala preparación, la falta de compromiso o los efectos negativos para las nuevas generaciones. El abuso de la informalidad, la improvisación y la ligereza de los profesores ha subestimado y menospreciado el papel social del maestro.

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Por supuesto, también hay una manera “neocolonial de la economía” que poco contribuye a la dignificación de la profesión docente. Freire invita a luchar contra esa forma de considerar a las profesiones de servicio con un menor reconocimiento económico que aquellas otras relacionadas con el comercio o los directores de empresas. Aquí el maestro debe entender “que los problemas relacionados con la educación no son solamente pedagógicos, sino políticos y éticos”. En este sentido, participar activamente en la elección de los dirigentes políticos más idóneos, en el control de sus actuaciones, y en estudio concienzudo del gasto público, hace parte de la agenda de todo maestro. El argumento ofrecido por Freire para esta lucha del magisterio por salarios justos es contundente: “la educación no es la palanca de la transformación social, pero sin ella esa transformación no se produce”.

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Me gusta de Freire su apuesta esperanzadora. Frente a situaciones adversas, de cara al poco reconocimiento social de la profesión docente, el pedagogo brasilero nos advierte de “no entregarnos al fatalismo que no solo obstaculiza la solución, sino que refuerza el problema”. Esta recomendación cobra mucho más valor en sociedades como la nuestra en las que el pesimismo se suma al desgreño de las políticas educativas, trayendo como resultado la inacción, el desapasionamiento y una actitud de hacer el menor esfuerzo o cumplir estrictamente con lo necesario.  Cada vez creo que lo mejor para un maestro es mantener un optimismo crítico, un compromiso genuino por sus estudiantes y una gama de alternativas a un determinado problema. Para ello es necesario la creatividad, una flexibilidad del espíritu y, sobre todo, una capacidad de riesgo y aventura que le permita avizorar utopías y sociedades distintas a las establecidas. Quizá en eso consista la tarea fundamental de un maestro, en propiciar escenarios para logros imposibles o acompañar a otros en sus horizontes más lejanos.  

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De todas las cualidades de un maestro progresista mencionadas por Freire me parecen relevantes especialmente la valentía y la tensión entre paciencia e impaciencia. La primera porque sin ella fácilmente los educadores se conformarán con lo poco, se apoltronarán en sus rutinas de enseñanza o sucumbirán a la poca dignificación de la profesión docente. La valentía implica luchar contra los propios temores, “educar el miedo” para no terminar aceptando lo que no creemos o dejar de experimentar, innovar o arriesgarse a realizar posibles alternativas a los problemas cotidianos del aula. La segunda virtud, en cuanto rasgo cultivable, apunta a asumir la tirantez entre la calma y el desasosiego. Considero que lo valioso de esta virtud está precisamente en aceptar esa fluctuación entre lo que toleramos y lo que nos desespera; entre lo que controlamos y lo que nos descontrola. Freire lo dice de una forma contundente: “la paciencia sola se agota en el puro blablar; la impaciencia a solas, en el activismo irresponsable”. Estas dos virtudes, que son “predicados generados por la práctica”, me parece que subrayan en buena medida el carácter de un docente inquieto y comprometido con sus estudiantes.

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Comenta Freire que él no tiene la respuesta a todos los problemas o las dificultades de la enseñanza, pero sí cuenta con sugerencias útiles, “resultado de su experiencia y de su conocimiento sistematizado”. Y más adelante agrega que las verdades presentadas en su libro demandan del lector una “producción inteligente del texto” con el fin de que no sean páginas para “deglutir”, sino ideas útiles que inviten al dialogo crítico teniendo como referencia la práctica docente. Este desplazamiento de “poseer” una verdad a ofrecer “diferentes verdades”, derivadas del propio quehacer y de las reflexiones sistematizadas corresponde a un saber no cerrado o definitivo, sino a un conocimiento validado y mejorado cada día en la realidad de la enseñanza. Salta a la vista que la reflexión crítica sobre las acciones de enseñar y aprender, las intenciones y sus pormenores –el genuino sentido de la experiencia–, está en la base de su propuesta. Aunque ya hay verdades sabidas sobre la docencia, cada contexto, cada nueva generación de estudiantes, hace que el maestro se vea obligado a revisarlas, ajustarlas, otorgarles un nuevo sentido.

*

En varias de las cartas Freire se ocupa del miedo, quizá porque esta emoción frena o inmoviliza el actuar de los docentes. Ese miedo atenaza al joven maestro y lo llena de inseguridades, ese miedo lleva al maestro a asumir posiciones sumisas ante las políticas educativas y ese miedo le quita al mismo quehacer docente lo que puede tener de innovador, crítico o alternativo. Por eso Freire propone que para vencer el miedo, lo fundamental es “no esconderlo”, reconocerlo; hablar de él con los educandos. Si tal cosa no se hace, lo más seguro es que el miedo se transmute en el profesor en autoritarismo. Afirma Freire que “el hecho de asumir el miedo es el comienzo del proceso para transformarlo en valentía”. Por lo mismo, no se trata de eludir las incertidumbres o cubrir los errores; no parece buena vía disfrazar lo que no resulta en clase o andar huyendo de lo que todavía el docente no sabe cómo solucionar. Lo aconsejable, y esto hace parte del “diálogo crítico”, es tener el valor para analizar la razón de ese miedo y “medir la relación entre lo que lo causa y nuestra capacidad de respuesta”.

*

Cómo no poner en práctica, si es que los docentes noveles no lo han hecho, la propuesta de Freire de volver cada clase un “texto”, con el fin de develar la puesta en escena de la práctica docente. Llevar “fichas diarias de registro de acciones y reacciones”, hacer “anotaciones de las frases y su significado”, describir los gestos reveladores de “cariño o rechazo”; en fin, observar, comparar, intuir… arriesgándonos a la propia crítica y a una evaluación continua del quehacer docente. Si esto se vuelve una práctica habitual, el maestro podrá comprender el ser de su oficio y cómo este acto reflexivo lo lleva a “ratificaciones y rectificaciones”. En el fondo, esta propuesta integra los sentimientos y las emociones del educador y el educando y no únicamente un vínculo con los contenidos. Para Freire, los maestros progresistas deben estar alertas y abiertos a la “comprensión de las relaciones” tanto con su propia persona como con los educandos y con el contexto donde acaece su accionar.

*

Entre los variados consejos ofrecidos por Freire en sus cartas hay uno que resalta el papel de saber combinar, políticamente, las estrategias con las tácticas. Entiendo que tal recomendación apunta a que no todas las aspiraciones y los deseos de los docentes terminen en la frustración o el desánimo. La afirmación de Freire merece transcribirse de manera completa: “Querer es fundamental, pero no es suficiente. También es preciso saber querer, aprender a saber querer, lo que implica aprender a saber luchar políticamente con tácticas adecuadas y coherentes con nuestros sueños estratégicos”. Así, pues, las reivindicaciones de los maestros no son una acción ciega o desorganizada, requieren pensarse, analizarse. Acaecen primero en la cabeza y luego sí terminan en una cadena de actividades. Freire critica el activismo sin intencionalidad, las actitudes contestatarias o inmediatistas. Y entre más reflexione el docente sobre su quehacer, más estratégicas serán sus iniciativas; y entre más analice el mundo y los otros, más tácticas serán sus maneras de enseñar.

Mis estudiantes

02 domingo Dic 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario, OFICIO DOCENTE

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El grupo de IV semestre Maestría en Docencia 2018

Grupo de IV semestre de la Maestría en Docencia, 2018.

Mis estudiantes son una motivación permanente. Gran parte de lo que hago gira alrededor de sus anhelos y sus vicisitudes formativas. Siempre los tengo en la mente cuando preparo una clase, gesto algún evento o tengo responsabilidades administrativas. Ellos generan un campo magnético sobre mi espíritu que me hace responsable de sus vidas y sus sueños. Mis estudiantes, con sus corazones abiertos y sus mentes atentas, constituyen un llamado a hacer las cosas bien, a mantener una ética intachable y a sentir que muchas acciones agobiantes sean algo grato y lleno de significado.

Mis estudiantes son plurales en sus maneras de ser y comportarse. Con algunos de ellos es más rápido y fácil establecer un vínculo, tejer la relación pedagógica. Otros, requieren más tiempo para hallar las mejores vías de entrada a su mundo. Los hay dispuestos desde el inicio, como también ariscos y desconfiados ante ese desconocido que quiere llevarlos de la mano. Mis estudiantes me han ido enseñando que el tacto en las relaciones a veces es más importante que el conocimiento, y que la forma de interactuar con ellos es definitiva para que algo pueda enseñarles. Por ser diferentes y diversos es que mi labor de maestro jamás es la misma, nunca es aburrida, así se repita semana a semana, año tras año, durante mucho tiempo.

Algunos de mis estudiantes llegan al aula con demasiados miedos. Entonces, y esto es algo que me gusta hacer, es ayudarles a “espantar” sus pesadillas e invitarlos a dejar salir sus potencialidades. Porque los temores sepultan talentos insospechados es que me ocupo de ofrecerles apoyo en su travesía educativa; porque los miedos atragantan el deseo por aprender es que pongo mi brazo sobre sus hombros mostrándoles la posibilidad de ir más allá de sus fronteras mentales. Y cuando logran pasar esos vados del miedo o la timidez, cuando dan el paso para enfrentarse a lo desconocido, mi ser se regocija con sus logros, con sus manos agradecidas o con la sonrisa que me regalan desde lejos.  

Mis estudiantes me merecen respeto. Por eso me siento en la necesidad de renovarme, de mantenerme actualizado, de investigar, para llevarles a la clase el mejor menú intelectual, los más ricos manjares del saber. Tengo como norma, no repetir con un grupo lo que he hecho con otros. Mis estudiantes me estimulan a innovar, a seguir explorando en mi profesión, a no dejarme conformar por la rutina de lo ya sabido. Eso es lo mínimo que un maestro debe hacer si en verdad valora su oficio y honra a sus aprendices.  Por eso también escribo para ellos, porque sé que a través de esas letras puedo reverberar y permanecer en su cabeza y tocar, como quería Juan bautista de La Salle, sus corazones. Escribo para seguir, como un viento leve, movilizando sus ideas e incitándolos a reflexionar sobre lo que hacen habitualmente.

Me tomo en serio a mis estudiantes. Por eso, no pongo trabajos que no pueda retroalimentar ni exijo tareas que previamente yo no haya hecho. Procuro, por todos los medios, responder a sus inquietudes y escucharlos en cualquier circunstancia. Leo lo que escriben, corrijo lo que producen, miro lo que elaboran o fabrican. Me dedico a ellos no solo para corroborar lo que han aprendido, sino para reconocer sus esfuerzos, sus logros, las particularidades de su desarrollo. Al dignificarlos sé que dignifico también mi profesión. Mis estudiantes reclaman permanentemente en mis actos y en mis palabras coherencia, consistencia, testimonio de lo mismo que predico. Por todo ello, ellos son como una auditoria moral de mi labor docente.

Me gusta participar de las vicisitudes existenciales de mis estudiantes, pero nunca indago sobre su vida íntima a no ser que ellos deseen confesármela. Y cuando así lo hacen, sé que mi discreción es la garantía de una futura amistad. En este sentido, soy muy cuidadoso con esa materia prima de las emociones y los afectos que a veces termina por difuminar la relación pedagógica. Si los estudiantes me piden un consejo, si acuden a mí para servirles de mentor del alma o tutor en la indecisión de sus caminos, procuro ser prudente y ser más una persona comprensiva que un juez de sus conductas. Reconozco que en esos casos, cuando los estudiantes llegan a uno para compartirle o tratar de ayudarles a solucionar los problemas de sus vidas, están otorgándole un privilegio que amerita sabiduría, reserva y sensatez.

Ciertos estudiantes, afortunadamente muy pocos, se resienten de mi forma de ser o de mi carácter. Quizá por el ímpetu que le pongo a lo que hago o porque mis convicciones son leídas erróneamente como imposición. O a lo mejor, porque no digo a toda demanda de ellos que sí, o porque soy un celoso guardián de los compromisos o porque asumo, con integridad, que debo corregir y amonestar a aquellos que comenten faltas o transgreden las normas. Tal vez con esos estudiantes sea más difícil construir el vínculo, pero nunca albergo rencor por sus difamaciones, ni por sus airadas críticas hechas bajo el furor del capricho. Pienso que a veces se requiere cierta confluencia, tanto de temperamento como intelectual, para que sea posible armonizar los tiempos de enseñar y aprender. A veces, sí es uno el maestro indicado, pero no es el tiempo propicio para sus estudiantes; y, en otras situaciones, uno no es el educador indicado para el momento que viven sus alumnos. Sea como fuere, aún con esos pocos que no me dejan entrar o que sospechan de todo lo que uno dice, les he permitido el derecho a disentir y he mantenido izada la bandera de la reconciliación a la entrada de mi oficina.

Procuro seguir el itinerario profesional de mis estudiantes. Hablo con ellos y me siento feliz cuando retornan a visitarme o me comparten algunos de sus triunfos o sus nuevas iniciativas. Cómo me satisface saber que han ido más lejos de mis propias fronteras y cuánto celebro que se destaquen en cualquier área u oficio. Mis estudiantes dicen de mí la calidad de la siembra y qué tan fuerte y consistente ha sido la semilla; sus obras, su proceder y su manera de pensar o expresarse son la verdadera evaluación de mi trabajo. Vivo por su rememoración y por su testimonio; reafirmo y prolongo mi quehacer formativo cada vez que ellos reverberan mis enseñanzas o las enriquecen hasta convertirlas en parte consustancial de sus vidas.

Mis estudiantes hacen parte de mi proyecto vital. No son lastre o pesadumbre en mi labor docente. Por el contrario, me ratifican que servir a otros, que ayudar a sortear sus dificultades, es una tarea grata y de altísima importancia en cualquier comunidad. El logro de mis estudiantes, mi apoyo para alcanzar sus metas más anheladas, es el otro salario que acrecienta las arcas de mi sentido en este mundo. Gracias a ellos me sé útil, pongo a prueba mis dones y colaboro para que el país en que vivo tenga mejores seres humanos capaces de forjar una sociedad menos inequitativa, más tolerante, y con mayores posibilidades de realizar tanto los sueños personales como las utopías colectivas.

Tercera cohorte estudiantes Yopal, 2017jpg

Tercera cohorte estudiantes Maestría en Docencia, extensión El Yopal, 2017.

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