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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

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Noveno día de novena navideña: la tradición

24 miércoles Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Concluyamos este día de la novena de navidad reflexionando sobre el papel de las tradiciones. Hablemos de este tiempo en el que, como si fuera una resonancia mágica, vuelven otra vez ritos, comidas, costumbres, actividades destinadas a una época específica. Y de cara al pesebre o al árbol de navidad, compartiendo una cena o abriendo unos regalos, levantando una copa de vino o ansiosos por empezar el baile, redescubramos la fuerza social de las tradiciones.

Una primera evidencia de la tradición es su poder aglutinador. Las tradiciones son bisagras para el vínculo social. La tradición, a la par que es un tiempo para evocar, también es una época de convocación. Las tradiciones celebran y conmemoran a la vez. Los pueblos necesitan mirar hacia atrás para descubrir sus orígenes o sus hitos fundacionales; es como si el pasado necesitara ser reconocido para darle continuidad al presente. Este acto de retorno y vuelta, en el que la mayoría de los habitantes de un clan o los miembros de una familia se reconocen, es tan importante que amerita celebrarse. Las festividades son el clamor de las tradiciones, son el canto y exaltación de sus raíces. Pero no es una contemplación nostálgica, sino un genuino acto de renovación. Las tradiciones actualizan el pasado, hacen que nos sintamos parte de una historia, nos hacen deudores de un linaje, un credo, un legado simbólico.

La tradición, de igual modo, es una forma de enaltecer o rememorar a los que nos precedieron. Son gestos de agradecimiento. Las tradiciones desean conservar, no dejar perder el caudal de experiencia o los réditos de una cultura. Cuando así nos comportamos es porque queremos exaltar a los mayores, porque consideramos que la vida misma o la historia no empiezan soberbiamente con nosotros. Hay otros que nos precedieron y a ellos les debemos buena parte de lo que somos. Las tradiciones, entonces, son el homenaje a esas figuras o emblemas instauradores. Por eso, reavivar las tradiciones es convertirnos en guardianes de determinadas efemérides, es negarnos a convertir el pasado en olvido, es seguir llevando flores al panteón de nuestros progenitores.

Otro aspecto de las tradiciones, relacionado con el campo ideológico y religioso, es que ellas están ligadas hondamente a la zona sagrada de nuestras creencias. Hay un elemento sensible que baña cada rito o cada frase de la tradición. No es un asunto meramente racional; las tradiciones movilizan el flanco emocional y sentimental de nuestras conductas. Se pone demasiado corazón cuando se entra en el tiempo de las tradiciones. Eso explica, en gran parte, la exaltación, el fervor, las ofrendas, la corriente imantada de las expresiones masivas. Las tradiciones forman parte de nuestros lazos afectivos con el pasado, son el lado visceral de las creencias.

Por supuesto, estas épocas recientes del frenesí por la moda, del consumo rápido y de las mercancías desechables, parecieran desconocer lo que las tradiciones movilizan. Por eso es valioso explicarles a las nuevas generaciones –con nuestro testimonio– lo que se pone en juego cuando se arma un pesebre o se decora un árbol de navidad; vale la pena dialogar con los más jóvenes sobre el sentido de una novena de aguinaldos o la comunicación profunda de un regalo. No hay que permitir que las tradiciones caigan en el terreno inerte del consumismo. Si banalizamos estos rituales quedaremos huérfanos de pasado y, en esa medida, seremos un grupo social muy frágil para entrever el porvenir.

Octavo día de novena navideña: la esperanza

23 martes Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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"La esperanza" del pintor inglés George Frederick Watts.

«La esperanza» del pintor inglés George Frederick Watts.

De las bondades de estas fiestas navideñas la más valiosa es, sin lugar a dudas, la esperanza. Nuestro espíritu recupera su capacidad de renovación, su inquebrantable condición de sobreponerse a las dificultades. Todo nuestro ser toma nuevos bríos; y en cada uno de nuestros actos se percibe un aliento remozado. La esperanza trae consigo la confianza y una certidumbre especial en las posibilidades infinitas de la vida. La alegría de la navidad aleja las desilusiones y diluye la desconfianza.

Son muchas las manifestaciones de la esperanza que abundan en estos días. En principio, están los saludos, las dedicatorias en los regalos, los mensajes electrónicos, las consignas de cierre de labores en las empresas. Cada persona desea a los demás, felicidad y prosperidad; la insistencia es  para que todo vaya mejor: la salud, los negocios, las relaciones, el devenir de la existencia. Por decirlo de otra forma, la esperanza es el papel moneda usado en la época decembrina. Es como si al hacerlo se creara una fuerza premonitoria hacia lo positivo, una energía en la que lo factible se muestra cercano para su logro o realización.

Una segunda característica de la esperanza, típica de nuestra humanidad, es la de mantener imperecederos nuestros sueños, nuestras ilusiones más preciadas. Quien se esperanza no deja morir sus utopías, mantiene viva la fe en determinados anhelos. Las personas esperanzadas, por lo mismo, son más luchadoras, menos proclives al derrotismo y la inacción quejumbrosa. Los esperanzados pertenecen al bando de los emprendedores, de los que tienen en su corazón y en su mente una falencia por superar, una meta para conquistar, un proyecto que los insta a mirar el porvenir con ánimo y convicción a toda prueba. Los seres esperanzados tienen dentro de sí el fuego inextinguible de la motivación.   

La esperanza subraya, además, el aspecto mejorable de las situaciones por las que pasamos o de las actuaciones que realizamos. Los que están enfermos se esperanzan en su mejoría; los que han sufrido un revés de la fortuna se esperanzan en que dicha fatalidad se repare con el tiempo; los que han cometido un error o provocado una falta esperan repararla o resarcirla. En esta perspectiva, la esperanza es un remedio efectivo contra la predestinación o los determinismos paralizantes. No hay cosas ya fijadas de antemano, parece decirnos la esperanza. Los seres humanos contamos con libertad y podemos hacer que la porfía de nuestra voluntad se imponga a las condiciones más aciagas y desfavorables.

Y cuando estamos esperanzados siempre encontraremos aliados para nuestros sueños, siempre hallaremos cómplices para esos proyectos extraordinarios. Si es la esperanza nuestro santo y seña muchos serán los amigos que hallemos en el transcurrir de nuestra vida. A veces, la presencia y fuerza de los vientos favorables depende de qué tanto velamen posee el barco de nuestra esperanza. Los auxilios, los mecenazgos, los apoyos incondicionales, dependen –en gran medida– de la envergadura de nuestra esperanza. Si es vigorosa, si tiene rápida capacidad de reposición, si no claudica en su búsqueda de horizontes, seguramente seremos depositarios de las manifestaciones de la gratuidad y habrá en el cielo una estrella refulgente que ilumine nuestro camino. 

Cerremos estas consideraciones  afirmando que la navidad rubrica la virtud de la esperanza. No pasemos por alto las señales de este beneficio. Dejemos que la favorabilidad habite en nuestro interior, y roguemos para que ese estado de ánimo se mantenga incandescente durante mucho tiempo. 

Séptimo día de novena navideña: la mesura

22 lunes Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Mal haríamos en estas fiestas si nos entregáramos desaforadamente al despilfarro enloquecido. Necesitamos de cierta mesura para disfrutar sin entrar en la disipación y del buen juicio para no estar en el futuro ahogados por las deudas y la angustia de no saber cómo pagarlas. Dediquemos, entonces, algunos minutos a reflexionar sobre el sentido de la mesura y sus beneficios.

Sabemos que las fiestas son un tiempo propicio para el derroche y la sobreabundancia. Quién no se anima a llenar su mesa de manjares en tiempo de navidad; quién no siente que puede darse unas merecidas vacaciones; quién no ve posible adquirir determinado objeto o regalarlo a sus seres más queridos. Eso acontece especialmente en navidad. Sin embargo, podemos mantener y participar de ese espíritu festivo sin enloquecernos, sin gastar lo que no tenemos, siendo cautos a la hora de firmar un crédito o disponer de nuestras reservas económicas. Ese tacto propio de la mesura a la hora de asumir débitos es el que debería orientar nuestro proceder en estos días.  

No podemos caer en las trampas de lo innecesario; debemos ser realistas de cara a los espejismos del “lleve ahora y pague después”. Es definitivo que aprendamos a descubrir los miles de trucos con que cuenta hoy la sociedad de consumo. Hay infinidad de bienes, que si los analizamos concienzudamente, no necesitamos; y hay mercancías que acechan al incauto como la serpiente ponzoñosa al desprevenido transeúnte. Si somos sensatos al momento de elegir un regalo, si tenemos la cautela necesaria para buscar precios más razonables, si tenemos templanza al impulso irrazonable de “comprar por comprar”, seguramente seremos menos dilapidadores y enseñaremos a nuestros hijos a no malbaratar lo que nos ha costado tanto.

Quizá esta falta de mesura radique en el deseo de aparentar. A veces no aceptamos nuestras condiciones económicas o simulamos tener un nivel de vida muy lejano al que podemos acceder. Eso crea una profunda fisura en nuestro psiquismo. Es probable que el exceso de frivolidad, al que nos tiene acostumbrado la cultura farandulera, haya contribuido también al disimulo y al fingimiento. Habitamos en lugares que sobrepasan nuestras posibilidades, nos hacemos a bienes inalcanzables para al rango de ingresos que tenemos, llevamos un estilo de vida muy lejano al que nos corresponde. Nos hace falta mesura para aceptar sin vergüenza nuestra condición social.

Pero, además, la mesura está relacionada con la moderación en otros campos. Se puede estar feliz y en un ambiente caluroso de fraternidad con familiares y amigos sin necesidad de exagerar en el insumo de licor; para conquistar la suprema alegría no hay que emborracharse hasta la dejación. Podemos ser moderados también en las comidas para evitar una merma en nuestra salud o acelerar dolencias sobre las cuales no podemos abandonar el propio cuidado. No se piense, por ello, que deberíamos comportarnos como abstemios o espíritus frugales, eso sería desconocer el ambiente propio de las festividades decembrinas. Lo que digo es que la mesura debería resguardarnos cuando los excesos toquen a nuestra puerta.  

Me gusta pensar que la mesura debería ser una de  las virtudes que podemos legar a las nuevas generaciones. Tener mesura para no exagerar y ser sencillos; adquirir mesura para saber comportarse y no llegar a la disipación; actuar mesuradamente para, si es el caso en tiempos adversos, ser austeros sin terminar en la depresión o la desesperanza. En muchos aspectos la virtud de la mesura se asemeja a la sensatez y, en otros tantos, es una manifestación de la prudencia al momento de enfrentar los límites.

Sexto día de novena navideña: la familia

21 domingo Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Es indudable que el símbolo mayor de la navidad está representado en la familia. Alrededor de ella, de su importancia, giran otros valores de estas fiestas decembrinas. Las comidas en común, las visitas a distintos miembros del grupo de parientes, los paseos con allegados, el compartir con los mayores en unión con toda la progenie es lo habitual en estos días. Estar en familia, reunirse, es el objetivo de los más allegados y de la parentela distante.

Aprovechemos, entonces, este día para reflexionar un poco sobre la familia. Lo primero que deberíamos reconocer, así en estas épocas parezca secundario, es el papel vital de la familia en la crianza. Mucho de lo que somos depende de lo que hacen los mayores con nosotros cuando niños. Es por su cuidado, por su decisión en proveernos de hábitos, por su voluntad en darnos una excelente educación, como adquirimos la suficiente fuerza en nuestras raíces para el crecimiento posterior. En familia reafirmamos nuestra identidad, comenzamos a desarrollar nuestras potencialidades y encontramos el estímulo y la fortaleza para salir a enfrentar el mundo con sus vicisitudes. Sin el calor y la firmeza de la familia muchas serán nuestras debilidades y abundantes los vacíos en diversas dimensiones de nuestra personalidad.

La familia también es un refugio, una certeza en el espacio, un lugar de protección. A ella acudimos cuando decaen las fuerzas, con ella contamos cuando la enfermedad o el dolor nos afligen, sin ella vivimos  en la orfandad o el ostracismo. Así sea como alimento o techo, como lugar de consejo o caudal de experiencia, la familia sirve de acogida y de amparo. Lo fundamental de este nicho de la sociedad es el rol de alojamiento existencial que provee; la zona sagrada que instituye, generada por los vínculos de la sangre y el afecto. Por eso nuestra casa, por humilde que sea, se convierte en un fortín espiritual, en una fortaleza en la que podemos sentirnos tranquilos y confiados.

Otro aspecto esencial de la familia, con implicaciones altísimas en el campo educativo, es el servir de semilla para la convivencia, para aprender a ser con otras personas. Nuestra familia es un laboratorio en el que vamos cultivándonos para ser tolerantes, para combatir nuestros egoísmos, para seguir unas normas y hacernos responsables de los actos de nuestra libertad. En ese micromundo de la familia se prefiguran patrones de comportamiento, se  afianzan valores como el respeto por los demás, se dimensiona la dignidad propia y ajena. La familia nos prepara para ser luego pareja, equipo de trabajo, comunidad. Sin esas primeras lecciones de coexistencia dadas por la familia seríamos más tarde torpes para interactuar con los extraños y sentiríamos como ajenos los derechos y los deberes ciudadanos.

Siendo tan importante la familia para el desarrollo de los seres humanos es clave tomarnos un tiempo para meditar sobre si lo que hacemos, como padres, hijos o hermanos, corresponde al lugar indicado. Porque lo que vemos mayoritariamente hoy es una dejadez o abandono por actuar como familia. Muchos hogares se han convertido en hostales y se confía peligrosamente en que cada miembro haga lo que mejor le parezca. Los roles parecen haberse diluido en una falsa veneración por el libre desarrollo de la personalidad. Considero que el miedo o la complacencia han terminado minando lo que debería ser obligación o genuina responsabilidad.

Aprovechemos la navidad para darle trascendencia a la vida familiar. Es prioritario que convoquemos el estar en familia, impongámonos la tarea de hablar y compartir experiencias entre mayores y menores, rompamos las burbujas individuales y propiciemos la comunicación cara a cara. Hagamos que los abuelos se sientan necesarios y útiles; sintámonos corresponsables de la suerte de sobrinos y nietos. Fortalezcamos los vínculos y celebremos con entusiasmos los rituales propios de la filiación o el  parestesco. Y, sobre todo, enseñemos a las nuevas generaciones el prestigio y la riqueza incalculable de tener un hogar.

Quinto día de novena navideña: la alegría

20 sábado Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Cómo no hablar de la alegría en estos días navideños. Esa parece ser la emoción de la mayoría de las personas o lo que se transpira en el ambiente. Los alumbrados en las calles, los decorados brillantes en locales comerciales y la música festiva que resuena en la radio contribuyen a que nos sintamos menos apesadumbrados o irascibles. Hasta las mismas vacaciones colectivas se suman a este clima de risas y optimismo, a este regocijo de campanas en el que anda nuestro espíritu.

La alegría es un estado de afirmación a la vida. Es una expresión de certeza y satisfacción con lo que somos o tenemos. No hay fractura con nuestra interioridad; todo parece fluir y nos consideramos bendecidos por la suerte. El que está alegre ve menos sombras en el paisaje de su existencia y cuenta con una reserva de ánimo ilimitada. Cuando así nos sentimos somos más tolerantes y nuestras manos se saben más generosas. Sin parecer demasiado filosóficos podemos decir que la alegría es la mensajera predilecta de la felicidad, el rostro visible del gozo.

La alegría, por lo demás, está relacionada con el juego. Y el juego es el ámbito en donde se abandonan todas las armas y las apariencias para ser como somos, para poner en escena nuestra autenticidad. Sin temores, sin miedo al repudio o al enjuiciamiento. La alegría es, en este sentido, el florecer o germinar de nuestra libertad. Quien está alegre se siente liberado, manumitido de presiones sociales o demandas ajenas. Por eso la alegría es un desahogo y por eso también es traviesa, porque la médula de nuestra humanidad no soporta las cadenas.

Tan fuerte es la emoción de la alegría que busca manifestarse en el baile, en la fiesta. Ansiamos que esa sensación se contagie. No parece suficiente guardarla para nosotros; es menester que se irradie, que pueda ser compartida. Y con cada grito de exaltación, con cada movimiento rítmico de nuestro cuerpo, la alegría establece puentes para restituir la igualdad entre los hombres. La hermandad de la alegría diluye diferencias de clase, credo, etnia o edad. Nadie puede quedarse por fuera de este alborozo. El esparcimiento se vuelve el cometido común. Tal es la importancia de las fiestas populares que tienen como fin irradiar la alegría a toda una comunidad. Con la alegría certificamos el valor de la convivencia y el encuentro.

Es apenas natural que durante estas fechas decembrinas participemos y promulguemos la alegría. Nuestro espíritu necesita desprenderse de los huraños quejumbrosos y apartarse de los cascarrabias empecinados. Basta agregar una sonrisa a nuestra comunicación cotidiana para descubrir el impacto y los beneficios producidos. Es necesario darle mayor flexibilidad a nuestro espíritu para no andar rompiéndonos el alma por cualquier tontería. Es más: si logramos con nuestras acciones o nuestras palabras contribuir a que otro ser humano redescubra su potencial de alegría, habremos cumplido una de la obras secretas de la misericordia.

Las campanas de navidad, los cantos, los adornos multicolores, nos advierten de que no podemos perder la alegría. A pesar de los problemas, las adversidades o los sufrimientos, sigue habiendo motivos para levantar las manos y celebrar. Ahí están, a nuestro lado, familiares que nos quieren; pese a todos los obstáculos, algún proyecto personal ha logrado terminarse; contamos con salud y trabajo; seguimos manteniendo en alto varios sueños; tenemos manos amigas que nos ayudan; hemos conseguido por fin un techo propio… Siempre habrá razones para estar alegres. Sabernos vivos es ya, de por sí, una causa para sentirnos contentos.  

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