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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: fernandovasquezrodriguez

De la lectura y los lectores

10 lunes Feb 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos, LECTURA

≈ 26 comentarios

Pintura de Newell Convers Wyeth

Pintura de Newell Convers Wyeth

Por la lectura somos viajeros inmóviles, actores de muchas obras, habitantes de mundos desaparecidos. Con la lectura nos hacemos partícipes del pasado y cómplices del porvenir.

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Aunque parezca evidente, no podemos olvidarlo: los ojos van en pos de palabras; el cerebro, de sentidos.

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Si asumimos con Nietzsche la idea de un lector rumiante deberíamos tragar menos y masticar más cada bocado textual.

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Una buena manera de aprehender lo leído es confiar menos en el globo del ojo y preferir el carruaje de la mano. La escritura ancla lo que divisa la percepción.

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Los leedores van por la superficie; los lectores, exploran en las profundidades.

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Cortázar pedía elegir entre ser lector hembra o macho al momento de leer una novela: fijarse más en los detalles o preferir apreciar el conjunto. Dejarse habitar por el sentido o salir en su búsqueda.

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Ciertos libros sólo entregan sus guardados secretos a un lector especial. Son como románticas princesas que esperan por años la llegada de su príncipe azul.

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Cuando Roland Barthes distinguía entre textos de placer y textos de goce era porque sabía que una cosa es leer con los ojos y otra leer con la imaginación.

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Los títulos de los textos a veces son una promesa que se cumple y, otras, una señal equívoca de seducción.

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El buen lector mira su texto como el pastor su ganado: allí, varias bastardillas; allá, un subtítulo en negrita. Más lejos, una nota a pie de página; a lo lejos, cuatro comillas con una referencia… Pastor y lector saben una cosa fundamental: aunque toda la manada parece igual cada animal es diferente.

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Hay lecturas de diferente dureza. Hay unas para picos de cotorras y otras que demandan la persistencia del pájaro carpintero.

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Los textos botan su mejor jugo sólo si el lector los exprime con la prensa de la relectura.

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Un buen lector debe tener ojo de águila para las tablas de contenido y olfato de topo para moverse por los pasadizos de los capítulos.

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Si poco reflexionamos sobre lo leído terminaremos ahítos de información y poco nutridos de conocimiento.

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Releer es como volver a encontrarnos con viejos conocidos: un instante de familiarización y asombro al mismo tiempo.

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El que relee se extraña por un momento de un subrayado hecho años atrás. Se olvida de que sus ojos son los mismos, pero no así su pasado.

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Ciertos lectores son hijos de Sísifo: apenas creen haber conquistado la cima de lo entendido, deben volver al inicio del texto para cargar lo que aún no han logrado comprender.

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Así como enseña el médico o la madre cuidadosa, si queremos tener lectores vigorosos en el mañana es preciso leer en cierta edad algunos textos que no nos gustan.

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El sentido de un texto al igual que los antiguos imperios anda sepultado debajo de palabras. Todo lector debe actuar como si fuera un arqueólogo.

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Hay lectores alondra y lectores búho. Los primeros tienen mayor viveza en su entendimiento a primeras horas de la mañana; los segundos, aguzan mejor su inteligencia a altas horas de la noche.

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El lector crítico, al igual que Odiseo, no debe ceder al canto de las Sirenas. Detrás de los dulces cantos se esconden terribles suplicios.

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Si leer es ser pioneros de caminos; releer es sentirnos colonizadores de lo ya caminado.

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Cada texto prefigura al lector que lo interpreta; los malos lectores desconocen este vaticinio.

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El hábito de leer que parece solo ejercitar la velocidad de los ojos lo que en verdad provee es más piedras de toque para encender el pensamiento.

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Cuando el pescador de significados lanza su red en un texto aspira encontrar grandes peces pero también captura animales no comestibles, materia de deshecho y restos de antiquísimos naufragios.

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El lector avezado tiene sus ojos como cedazos. Su tarea, en consecuencia, es hacer continuos tamizajes

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Algunos textos dejan en sus palabras las huellas de un enigma que solo el lector inquisitivo puede descubrir. Encontrar el sentido ya es de por sí un caso criminal.

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Los libros clásicos saben mejor cuantos más años pasan. El secreto está en la profundidad temática de la obra y en el tipo de barrica en el que fueron tratados al escribirlos.

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Es bueno recordar las cosas que leemos; pero es mejor olvidarlas para recuperar el asombro  de la primera vez que las leímos.

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Hay obras que nos marcan para toda la vida. La lectura de esos textos son cicatrices particulares visibles únicamente en la piel de nuestro espíritu.

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Algunos lectores tratan al libro como a un enemigo; otros, como a un perfecto cómplice. Los libros reconocen su lector y actúan según dicho trato.

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Los lectores que pedía Nietzsche, los rumiantes, son esencialmente relectores consagrados.

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Determinadas lecturas reclaman para sí a audaces exploradores; otras piden pacientes monjes de abadía; y las hay también que exigen la fidelidad incansable de los amantes obsesivos.

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Aunque ya estemos por acabar de leer la página final del libro no podemos caer en la falsa suposición de que ya comprendemos todo lo leído. En la lectura se cumple la consigna de la tragedia clásica: no puede darse un veredicto definitivo hasta que nuestros ojos escuchen la última palabra.

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La lectura hecha en un avión cumple el sueño arquetípico del lector de vacaciones: sentarse a leer pero con los pies subidos en un lugar bien elevado.

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El sentido de los textos no da sus favores sino a aquellos que persisten en reclamar su amor. No hay amantes fáciles cuando se trata de lecturas académicas.

Nietzsche y la lectura

06 jueves Feb 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

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Friedrich Nietzsche

«Leer es una aventura y un descubrimiento»: Friedrich Nietzsche

Los lectores rumiantes de Nietzsche

La lectura, la abducción y el pensamiento

03 lunes Feb 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

≈ 77 comentarios

Sherlock Holmes por Rochelle Donald

Sherlock Holmes por Rochelle Donald

No pienso que la lectura sea sólo un conjunto de habilidades, ni me parece que leer sea una mera decodificación de signos. Tampoco comparto la opinión, según la cual, la lectura –de manera un tanto gratuita– es un “libre y fantasioso” juego de interpretaciones. Me gusta más entender la lectura como un proceso –como un acto o una actividad– de abducción. Como un “trabajo” de indicios y de hipótesis progresivas.

    Expliquémonos. La comprensión lectora no es un “algo” exterior al lector; tampoco es un “sentido” que el lector guarda en su interior y que se devela cuando lee un texto; mucho menos es algo que uno –azarosamente– se encuentra en el viaje textual. No. Leer es sobre todo un ejercicio de conjetura. Es una capacidad para ir formulando continuas hipótesis sobre un “sentido posible”. La lectura es una construcción progresiva. Semiosis. Leer es apostar en la posibilidad de sentido.

    El ejemplo del detective podría iluminar un tanto lo que estoy diciendo. La escena del crimen está repleta de indicios. Por supuesto, tales pistas no son “legibles” sino para alguien capacitado. Para los demás, no hay ni huellas, ni trayectoria de la bala, ni indicios de distinta índole. Así sucede con los textos: cada uno de ellos podría denominarse un crimen. Y como crimen que es posee una serie de pistas, de marcas, de índices sobre el culpable o responsable del delito. Por lo mismo, es el detective el que puede ir formulando hipótesis a partir de lo que va encontrando; allí una colilla, más allá un pañuelo, en ese otro lugar un vaso con un poco de licor. O siguiendo con la analogía: allí un verbo en infinitivo, más allá tres veces la misma palabra, en ese otro sitio una mayúscula en negrilla. Leer es ir recorriendo o reconstruyendo la escena del crimen, la escena del sentido.

    Si el ejercicio de lectura ya no es inductivo –de lo particular a lo general, de la parte al todo–, ni es deductivo –de lo general a lo particular, del todo a la parte–, será, muy seguramente, una actividad de permanente abducción. Procediendo de un índice a otro, de una apuesta de sentido a otra, de una hipótesis a otro campo de posibilidad. Como quien dice, leer desde esta perspectiva es mantenerse en la cuerda floja del sentido; es avalar un sentido funambulario, en permanente divagar, en constante búsqueda. Por lo mismo, el texto no guarda un sentido único, mítico, “original”; tampoco es el lector el que tiene escondido –en un esquema– el sentido del texto. Más bien es desde la “reconstrucción” del crimen, desde las declaraciones de los distintos testigos, desde esas pistas, como se va desenredando el sentido. Quizá el sentido sea un momento o un estado en el cual –así sea momentáneamente– se logra evidenciar alguna relación o algún punto de convergencia. Quizá el sentido no sea sino la enorme variabilidad de los juegos de lenguaje.

    La conjetura se valida en su permanente búsqueda. No hay una “única verdad” de los textos; tampoco “cualquier verdad”. Lo que se va develando, es que la verdad de un texto responde a la manera como el lector organiza las distintas pistas, los distintos indicios subyacentes, las distintas “huellas”. Conjeturar es construir diversos posibles sentidos. Por supuesto, sin dejar ningún indicio “por fuera”, sin “inventarse otros inexistentes”, sin “inflar” algunas de las evidencias, sin “minimizar” ninguna señal. Conjeturar –en cuanto propuesta de lectura– es sopesar dos fuerzas, dos referentes igualmente complejos e importantes: el texto y el lector. Conjeturar es mantener una constante “vigilancia” sobre la relación de un sujeto con un objeto. Es, como piensa Paul Ricoeur, mantener a la par de una “voluntad de escucha”, también una “voluntad de sospecha”.

    Esto en cuanto a la lectura. Cabe ahora señalar algunas ideas sobre la enseñanza o el aprendizaje de la lectura y su relación con la educación. Empecemos afirmando que los distintos métodos de enseñanza contienen distintas opciones de vida y de cultura; las metodologías sobre o alrededor de la lectura corresponden a las diversas concepciones sobre la Escuela, sobre el Estado o sobre la Vida misma. Cuando se opta por uno u otro método lo que en el fondo hacemos es avalar un “orden de cosas”, una “genealogía”, una “moral” y un “proyecto del hombre”. Los métodos son como la evidencia de una decisión anterior, son como la parte explícita del pensamiento. Aunque parezca exagerado, cuando se enseña –o se aprende– a leer y escribir lo que estamos haciendo es permitir o cercenar el acceso del niño a un territorio humanizado. Es desarrollar ciertas “zonas” de nuestra cognición, ciertas estructuras de pensamiento. Mejor: si alguien nos enseña a leer –o con ese alguien aprendemos–, lo que hace es abrirnos o cerrarnos la relación con la Cultura.

    Pensándolo mejor, lo que se pone en juego cuando hablamos de lectura –y de escritura, para que el proceso sea completo– es el tipo de “programas” con el cual “trabajará” nuestro “computador”. Según esos programas básicos, así será su funcionamiento, así sus posibilidades de trabajo. La lectura y la escritura son actividades relacionadas con el pensamiento y, por ende, con el lenguaje; por lo mismo, aprender a leer es, en cierto sentido, aprender a pensar. Poblar a nuestra inteligencia o a nuestro ser de ciertas “estructuras” a partir de las cuales es posible elaborar o reelaborar el enorme entramado, el enorme texto de la Cultura. Si uno aprende a leer, si uno aprende bajo cierto punto de vista o cierta metodología de lectura, no sólo está aprendiendo a decir “mamá” o “iglesia”, lo que sucede, además, es que se empieza a desarrollar cierto tipo de juicio, cierto tipo de mentalidad. Y, también, deja por fuera otras opciones, otras posibilidades de “concepción del mundo y de la vida”. El tipo de lectura elegido marca o señala el tipo de pensamiento. Lo imposibilita o lo potencia.

(De mi libro Oficio de maestro, Javegraf, Bogotá, 2000, pp. 83-85)

Mantener en la memoria un ideal lejano

29 miércoles Ene 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

≈ 2 comentarios

Ilustración de Andrea Offermann.

Ilustración de Andrea Offermann.

ÍTACA
 
Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones y a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.
 
Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente 
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita a muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.
 
Ten siempre a Ítaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.
 
Ítaca te regaló tan hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
 
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Ítacas.
 
Constantino Cavafis
 

El poema “Ítaca”, del griego Constantino Cavafis, es uno de esos textos que ya hacen parte del patrimonio lírico de la humanidad. Un poema emblemático de nuestra travesía vital y un canto de inspiración para iniciar nuevos proyectos. Cada línea de este poema subraya la necesidad de mantener la maleta liviana para que nuestro espíritu se anime a levar anclas y logre, al final del viaje, estar repleto de sabiduría.

Antes de comentar cualquier otra cosa, digamos que Ítaca es un símbolo de nuestros sueños más queridos o de nuestras metas más anheladas. Ítaca es, en este sentido, un motivo para empezar la diáspora personal, un aguijón para nuestro seguro y cómodo sedentarismo, un impulso para vencer los miedos. Ítaca es la razón por la cual vale la pena vivir y el sentido que ilumina una existencia. De allí por qué no importe mucho su riqueza o su magnificencia; no es un botín de guerra, sino un ideal que jalona nuestro espíritu, una fuerza que nos lanza a la aventura, al viaje, a convertirnos y descubrirnos como seres con vocación de utopía.

Cavafis, por supuesto, sabe que muchas personas no se atreven a responder a ese llamado de su Ítaca porque tienen demasiados miedos en su alma, o porque su pensamiento es excesivamente rastrero. Los Lestrigones y los Cíclopes, esos gigantes salvajes, capaces de devorar nuestra incipiente marcha, están en nuestro propio espíritu, habitan en nuestro propio cuerpo. Pero no hay que temerles, dice el poeta, si mantenemos limpia nuestra conciencia y ponemos bien en alto nuestros ideales; no hay que temerles a las maldiciones airadas, a los insultos o a la murmuración de todos esos seres que ven como enemigos a los que se atreven a viajar por tierras extranjeras. Tampoco hay que temer a los acantilados, a las tormentas, a los abismos infernales o a las peripecias del camino; no debemos permitir que los obstáculos se nos metan como espinas en el corazón, que sean más grandes que nuestros sueños.

El otro asunto que Cavafis señala en varias partes del poema es que en cualquier viaje que emprendamos, ojalá el recorrido sea bien largo; entre otras cosas, para tener variadas experiencias, para visitar muchas ciudades, para “arribar a bahías nunca vistas”. El camino –contrario a lo que podría pensarse desde una óptica de la inmediatez– debería ser bien largo para tener la oportunidad de enriquecernos con personas y saberes, con conocimientos y aprendizajes de toda índole. En esa extensa ruta tendremos la ocasión de tratar con los poderosos y con los humildes, de adquirir la destreza para descubrir dónde hay “hermosas mercancías” y, especialmente, disponer de un largo tiempo para aprender de los sabios que, siempre habitan, en los pueblos solitarios y remotos.

Todo parece indicar que el viaje provocado por esa fuerza interior que son las Ítacas, confluye en nuestra vejez. La idea del poeta es que lleguemos a esa edad enriquecidos por el viaje, con los bolsillos llenos de perfumes, de “ricas mercancías”, y un caudal diverso de oficios y talentos depurados. Que nuestros últimos años sean el resultado de todo “lo ganado en el camino”. Para que no sean sólo años y achaques los que hayamos acumulado, sino también una vigorosa sabiduría. Ese es el secreto contenido en las Ítacas; esa la hermosura del viaje de la vida aprovechado a plenitud.

Pase lo que pase, estemos donde estemos, no podemos dejar de “tener a Ítaca en la memoria”, nos recomienda Cavafis. Al igual que un sol o una estrella de la noche, debemos mantener en el cielo de nuestro espíritu esas metas, esos propósitos, esos lejanos ideales. Por ellos partimos y por ellos regresamos: son brújulas invisibles, guías de caminantes, rosas de los vientos. Si dejamos de pensar en esas Ítacas, si nos contentamos con lo que ya tenemos domesticado, nos perderemos la fertilidad de la aventura, nos negaremos la posibilidad de vivir en carne propia el vasto y diverso mundo abierto ante nuestros ojos.

(De mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, Kimpres, Bogotá, 2012, pp. 185-189).

Pruebas PISA, fracaso y corresponsabilidad

24 viernes Ene 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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He leído con atención a varios columnistas de los periódicos de circulación nacional que culpan a los maestros de los bajísimos resultados obtenidos por los estudiantes colombianos en las pruebas PISA del 2013. Aunque algunos de los argumentos pueden ser valederos bien vale la pena aportar otros elementos de juicio a este acontecimiento.

Lo primero que habría que subrayar es el simplismo como se ha abordado este problema. Es evidente que las causas o los responsables son múltiples, y si no reflexionamos sobre dicha corresponsabilidad seguiremos estancados y contentándonos con señalar al que a primera vista parece el único culpable de tales resultados.

Porque, para decirlo con verdad, qué tanta responsabilidad también le cabe a la familia, a los padres y madres que –por distintas circunstancias– se han ido desatendiendo de acompañar a sus hijos en esto de cualificar las competencias básicas en matemáticas, ciencias y lectura. Lo común ahora es dejar eso a la institución educativa, creyendo con ello que así se evitan el rol de animadores y reforzadores de la labor de los maestros. Creo que hasta los mismos padres, para hablar de las competencias en lectura, ni son el mejor ejemplo de lectores asiduos ni tampoco sirven de referentes a sus hijos al momento de valorar el diálogo argumentado y desarrollar los procesos de pensamiento. Muy poco se habla en la familia, muy poco se lee, muy poco se participa de los procesos académicos. Podría haber excepciones, pero la mayoría ha echado por la borda la crianza, lo formación de hábitos, el tutelaje de la formación intelectual de sus hijos.

O qué decir de la falta de políticas educativas de largo aliento sobre los saberes básicos, la falta de inversión en este campo, la gestión de coyuntura y unas medidas que por el afán de aminorar el gasto terminan desmejorando la calidad de la docencia y rebajando el estatus de los educadores. No podemos engañarnos. Sabemos de otros países que frente a los bajos resultados de sus estudiantes han tomado medidas lideradas por los ministerios de educación, hacienda y, por supuesto, de comunicaciones. No es agachando la cabeza o minimizando el problema como el Estado y sus estamentos podrán salir adelante. No es con “campañas” esporádicas o meras recomendaciones como las competencias básicas de la población de nuestro país lograrán alcanzar los mejores resultados. Porque, para decirlo sin tapujos, pasado el chaparrón de la vergüenza y el despliegue mediático, ¿qué ha hecho  nuestro gobierno y nuestros líderes en el ministerio y las secretarías de educación al respecto? ¿Dónde está el proyecto, el plan o la política que prefigure un cambio positivo en el futuro?

Y también son responsables los medios masivos de comunicación. ¡Qué lejos estamos de aquellas ideas pretéritas de la televisión educativa! ¡Cuánto hemos perdido al tomar sólo el rumbo del entretenimiento y la programación sólo regulada por el “rating”. ¡Cómo hemos ido entregándonos silenciosamente a la cultura farandulera y de banalidad! Muy poco hacen los medios masivos de comunicación –y hablo ahora de la radio– para aumentar la competencia lexical de los jóvenes, potenciar sus destrezas argumentativas y los procesos superiores del pensamiento. Aunque prestan sus cámaras y micrófonos para señalar el colapso en las pruebas, más allá de eso tampoco se ve un cambio en la parrilla televisiva o alguna propuesta educativa. Todo queda en el efecto mediático, en el escándalo del momento. Por lo demás, cuánto falta de periodismo investigativo para entender cómo se ha llegado a estos bajos resultados o cómo han hecho otros países para mejorar sus competencias básicas. Acá, como en otros asuntos, los medios masivos han sucumbido a la superficialidad informativa olvidándose de su labor de reportería, de ir a las fuentes, de escuchar los diversos actores, de hacer un trabajo de búsqueda documental y contextualización histórica.

Cabe pensar que las instituciones educativas, las escuelas y colegios, también tienen su cuota de responsabilidad. Porque así como hay que tomar en serio un proyecto educativo institucional y un compromiso con el desarrollo de las competencias básicas, de igual modo hay que hacer lo mismo al contratar maestros de calidad y mantener una continua autoevaluación de los procesos docentes. Aquí es justo decir que las instituciones educativas, frente a estos resultados, deberían replantear cambios curriculares, su modelo pedagógico, al igual que atreverse a implementar nuevas modalidades de enseñanza y si es necesario rediseñar la gestión de su plan de estudios. Esto llevaría a reorganizar la enseñanza de los saberes, las prácticas de aprendizaje y la misma planta docente. En nuestros días,  las instituciones educativas necesitan revisar cómo entran a participar de la sociedad del conocimiento y de qué manera asumen las nuevas tecnologías.

Y ni qué decir de otras responsabilidades: las de los mismos alumnos y alumnas de nuestros centros educativos. Hay tanta pereza, tanta falta de compromiso, tanta apatía por aprender que no se pueden esperar otros resultados. A estos estudiantes que confían en la suerte y no en su propio esfuerzo (quizá por el modo de vida pregonado por el narcotráfico); a estos estudiantes que desprecian de alguna manera la tradición y la cultura; a estos estudiantes obsesionados por el consumo; a estos estudiantes les debemos pedir también cuentas. Porque no es solo un asunto de desmemoria o equivocación al momento de hacer la prueba, sino de su flagrante falta de estudio y dedicación. Bien sabemos que el maestro va hasta donde el aprendiz lo permite. Y aunque los docentes hagan su mayor esfuerzo, lo cierto es que si el alumno no hace su parte, todo quedará en buenas intenciones y recomendaciones de papel.

Obvio, no podemos dejar de lado la responsabilidad de los maestros y maestras. Bien porque siguen presos de una enseñanza sin resonancia en el aprendizaje o porque sus estrategias didácticas no interpelan a las nuevas generaciones. O bien porque ha faltado innovación en la forma de evaluar o porque, sencillamente, se ha ido perdiendo el entusiasmo y la pasión por el oficio. A los maestros y maestras les cabe la responsabilidad de ser muy laxos frente a los logros esperados, muy despreocupados por el error flagrante o la confusión evidente de quienes aprenden. Hace falta, en este sentido, recuperar el mandato socrático, la buena mayéutica, para señalar el equívoco, invitar a la autocorrección, propiciar la reflexión y el cambio cognitivo. Mucho trabajo se dirá, sí, pero en ello radica lo medular de la profesión docente, lo indelegable de los buenos maestros.

Como puede verse, los bajos resultados de Colombia en las pruebas PISA competen a varios actores y diferentes instancias. Ojalá, cada quien –desde su lugar– haga su discernimiento y procure contribuir de alguna manera a la mejora de las competencias básicas de los estudiantes. Ese es un deber con nuestro país, pero especialmente con las nuevas generaciones que esperan de nosotros una actitud menos pasiva o de simples espectadores indiferentes.

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