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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: APRENDER A ESCRIBIR

El taller del ensayista

04 miércoles Nov 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Cuentos

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Ilustración de Jon Krause.

Ilustración de Jon Krause.

Fue un sábado cuando el ensayista aceptó recibirme en su casa. Así que, siguiendo los consejos de mi tutora de investigación, llegué diez minutos antes de lo convenido.

Me atendió en una sala amplia en la que había dos bibliotecas enormes a cada lado de una chimenea. Un cuadro de un ángel, puesto en medio de las dos filas verticales de libros, servía de guardián a nuestra charla.

—¿Y entonces, está investigando sobre los procesos de composición escrita?

—Sí —me apresuré a responder. Luego agregué: —es una investigación de la Maestría que adelanto en la Universidad. Nuestro proyecto está centrado específicamente en los textos argumentativos.

El ensayista me observaba con curiosidad.

—¿Le molesta si grabo esta charla?

—No —me respondió, sonriendo.

Durante largos minutos hablamos de variados asuntos relacionados con su pasión por la escritura; de su gusto por la docencia y su preocupación, cada vez más acentuada, por el papel de la educación en los procesos de pensamiento.

Una señora de rostro afable y manos jóvenes entró a la sala para ofrecerme una bebida. Opté por un tinto. La señora salió del recinto con la misma discreción con la que entró.

—¿Por qué cree usted que es tan difícil escribir ensayos? —le pregunté.

El ensayista dejó por un momento el espaldar de cuero del sofá y buscó un contacto más cercano.

—Porque el ensayo exige tener una voz personal. O por lo menos, lanzarse a pensar por cuenta propia.

Los ojos del ensayista buscaron la azalea que había en el antejardín de la casa.

—Y eso es algo que nuestra educación poco tiene en cuenta.

La conversación se centró durante los siguientes minutos en la diferencia, tantas veces mencionada por él, entre el consumidor de información y el productor de conocimiento. Varias veces habló del subdesarrollo del pensamiento y de una pereza para ir más allá de lo ya sabido.

La señora entró a la sala con el tinto. En una pequeña bandeja estaban un pocillo sobre un plato y, encima de una servilleta, una cucharita. Dos bolsitas de azúcar reposaban al lado derecho de la bandeja.

—Gracias —le dije a la señora.

La mujer respondió con un gesto cordial. Luego desapareció en absoluto silencio.

Volvimos al diálogo. Hablamos de otros asuntos relacionados con la escritura argumentativa, pero lo que en verdad anhelaba era aprender “los trucos del oficio”. Me intrigaba conocer de viva voz el proceso de elaboración de esos textos que a mí siempre me han intimidado por su dificultad.

A riesgo de parecer indiscreto lo interpelé:

—¿Y dónde elabora usted sus ensayos?

—Si quiere, subamos al estudio —me respondió.

Lo que él llamaba estudio era en realidad una enorme habitación rodeada totalmente de libros. La decoración de ese cuarto eran bibliotecas y bibliotecas llenas y llenas de libros. Mi vista se sentía extasiada a la par de obnubilada. Quería ir a donde estaban esos ejemplares para hojearlos, pero sabía que no era lo correcto. La tutora me había hablado de que para el ensayista ese era un lugar sagrado.

Nos ubicamos en una pequeña mesa de madera ubicada a la izquierda de la entrada del salón y allí, rodeados por los ojos ciegos de tantos ejemplares, retomamos el diálogo.

—Este es mi taller —dijo— Aquí, en este ambiente, es que comienza todo.

Enseguida tomó una libreta anillada y acercó unos marcadores de punta fina, que estaban al lado derecho de la mesa.

—Con tantos años de experiencia, ¿debe ser fácil para usted escribir un ensayo?

—No crea. Entre más años pasa uno escribiendo más conciencia tiene de los vericuetos de la escritura. No es fácil domar este centauro de los géneros.

—¿Y cómo empieza usted a escribir un ensayo?

—Vamos a suponer —dijo— que el tema base para hacer el ensayo sea el de la didáctica. ¿Le parece?

—Sí —le contesté— No importa.

En ensayista me miraba para saber qué atento estaba a sus palabras y a sus gestos.

—Bien. Lo primero que yo hago es pensar en el tema. Si uno no rumia el tema, todo lo que venga después será perdido.

—¿Rumiar? —pregunté.

—Sí. Meditar, repensar, reflexionar un buen tiempo el tema. Esa es para mí la primera y esencial clave para escribir un ensayo.

—¿Y eso cómo se hace?

—A veces, caminando. En otros casos, como ahora, voy haciendo un listado de ideas de cosas que el tema me sugiere. O hago mapas de ideas, poniendo en el centro el tema de mi interés. ­—Observe acá —me mostró señalando la pequeña libreta argollada de hojas blancas.

Pude ver que había escrito varios textos. En unos casos era una sola palabra y, en otros, dos o tres palabras formando una frase. También había signos que señalaban una diferencia, por ejemplo: el signo de desigualdad entre pedagogía y didáctica. Varias flechas divergentes salían de algunos términos.

—Esta es una etapa bastante intuitiva o creativa. Busco relaciones, establezco distinciones, voy explorando subtemas del tema en cuestión. Para eso empleo los colores de los marcadores.

—¿Sus estudiantes dicen que para usted este recurso es muy importante?

—Sí. Los diversos colores me ayudan a ir discriminando la información. Son una especie de filtro o de lente para que la mente se mueva en diversos niveles o para atraer el pensamiento hacia diferentes direcciones. Y tienen además un componente lúdico, muy valioso en este momento de la escritura del ensayo.

—¿Siempre es así?

—Casi siempre. Aunque utilice como libreta no estas hojas sino las infinitas páginas de mi mente. Pensar es poner a nuestra memoria y a nuestra imaginación en pos de un mismo objetivo.

Hubo un silencio. El ensayista dejó de mirarme y se concentró en terminar un triángulo de color rojo.

­—Entre más se rumie el tema mejor será el resultado —afirmó, sin levantar la mirada.

—¿Cuánto tiempo puede usted durar en esta etapa?

—Eso depende de qué tan familiarizado o qué tan nuevo sea el tema para mí. Pero en todas las ocasiones a eso es a lo que más le dedico tiempo. Horas, a veces días, con sus respectivas cuotas de sueño.

—¿Durante el sueño?

—Claro. El inconsciente es un gran colaborador en esto de rumiar el tema. La mente sigue trabajando cuando uno tiene interés en un asunto particular. Y hay hallazgos sorprendentes, descubrimientos que sólo el sueño puede facilitar.

La primera hoja ya había sido llenada y el ensayista empezaba a garabatear la segunda. Se detuvo un momento y, como quien le comparte a un extraño un secreto, me dijo:

—Elegí el tema de la didáctica porque ya llevo mucho tiempo pensando en él. Es un tema, por decirlo así, “trajinado”.

Enseguida se levantó de la silla y se puso al frente mío en actitud docente.

—Y cuando el tema no lo tengo suficiente rumiado, pues lo que hago es investigar. Para eso están los motores de búsqueda de internet y esta biblioteca. Me pongo a revisar libros o fuentes relacionadas con el tema. Es una especie de deriva alrededor del asunto. Es posible que esa deriva me lleve a alguna librería para conseguir un texto referenciado que desconozco o a buscarlo en alguna biblioteca excepcional, como la de la Javeriana.

El ensayista movía sus manos acompasadamente con sus palabras. Aunque no me perdía de vista, a veces escudriñaba con sus ojos los títulos de los ejemplares de la biblioteca que estaban justo detrás de mí.

—¿Y todo ese proceso cuándo termina? —dije.

—Ese proceso dura hasta cuando uno ya tiene la tesis. La preescritura acaba cuando ya se tiene formulada una postura personal frente al tema.

El ensayista volvió a tomar asiento. Cogió la pequeña libreta. Revisó lo que había escrito y, al inicio de la tercera hoja, redactó dos líneas. Enseguida tachó dos palabras. Noté que escribió el texto de nuevo. Al final de un tercer intento, tomó la libreta con su mano derecha y me leyó el resultado:

—La didáctica es un saber práctico mediante el cual el conocimiento se transforma en aprendizaje.

En ese instante no supe qué decir. Aunque venía leyendo desde hacía un semestre sobre el tema, me sorprendió aquella frase.  Así que opté por asentir con mi cabeza.

—¿Y cómo sabe uno que la tesis es buena?

El ensayista adivinó mis dudas. Se acomodó las gafas. Mientras pensaba la respuesta detuvo su mirada en un amplio ventanal por el que se podían ver los tejados vecinos.

—A veces la tesis es buena porque es bastante original, o porque presenta de entrada una sospecha sobre algo incuestionable, o porque ya es en sí misma una lectura crítica de algún hecho o situación social. Desde luego, a veces la tesis es buena pero no así la argumentación ideada por el ensayista.

—Me puede explicar.

—Mire. La mitad del ensayo está en tener una tesis; la otra mitad es la argumentación.

El ensayista se levantó y me invitó a seguirlo. Caminamos varios metros. Al lado de una de las bibliotecas de la habitación el ensayista continuó hablándome:

—Esta es la sección de didáctica. Aquí está mi arsenal para buscar argumentos de autoridad. Fíjese.

El ensayista me indicaba con pericia tres estantes, de doble hilera, en la que estaban los libros dedicados al campo de la didáctica. Tomó un texto de portada azul y blanca, lo abrió delante de mí y empezó a leer unos subrayados sobre la importancia de la didáctica para la profesión docente. Después pasó otras hojas del libro y continuó leyendo.

—¿Se nota que ese libro ya lo tiene releído?

El ensayista cerró el libro y me mostró la portada.

—Este es un texto de madurez de Ángel Díaz Barriga. Él es una de las autoridades en este campo. Pero hay otros autores que están aquí esperando prestar su voz para reforzar mi tesis. Acá están Alicia Camilloni y también Comenio y Edith Litwin. Todos ellos han escrito y reflexionado largamente sobre el tema que me ocupa, el de la didáctica. Por eso pueden ser mis aliados con la tesis que le leí.

—¿Y si uno no ha leído previamente el libro?

—Pues le toca empezar a leer y leer, a ver si en esa lectura aparece de pronto una línea, una frase, que pueda servir como refuerzo a la tesis de uno. Esa es una tarea lenta, pero indispensable si es que desea obtener argumentos de autoridad pertinentes y consistentes.

—¿Todo ensayo necesita presentar argumentos de autoridad?

—No siempre. A veces podemos usar otros tipos de argumentos. Analogías, ejemplos, o usar las operaciones lógicas del pensamiento. Uno puede argumentar con una buena inducción o con una deducción de lógica impecable.

El ensayista y yo volvimos a la mesa que nos servía de centro para nuestro diálogo. El libro de portada azul y blanca buscó un lugar entre la libreta anillada y la caja transparente en la que estaban acomodados los marcadores de punta fina.

—Si se ha dado cuenta, aún no he redactado ni un párrafo del ensayo. Hasta ahora tengo mi tesis y estoy buscando mis argumentos. Ya tendré tiempo de enfrentarme a la redacción: el segundo momento de escribir un ensayo.

—¿Y qué implica ese segunda etapa?

—Lo que sigue es una labor artesanal, de buscar las palabras adecuadas, de ir componiendo los párrafos, de pulir, de tachar y volverlo a intentar. Mucha concentración y mucha persistencia. Eso es lo que se requiere, o al menos es lo que yo necesito.

Revisé el guión de entrevista y lancé otra pregunta:

—He leído que para usted son fundamentales los conectores. ¿Por qué?

Al ensayista se le iluminaron los ojos.

—Los conectores son lo que permite darle continuidad a la argumentación. Yo los he llamado bisagras textuales porque cumplen ese papel: articulan, conjugan, sirven de amarre. Si no fuera por lo conectores las ideas quedarían sueltas y los párrafos desarticulados. Son los lubricantes de la escritura ensayística.

Con disimulo observé mi reloj. Ya iba a ser medio día. Sin que me hubiera dado cuenta ya estábamos cumpliendo las dos horas de entrevista. Así que, me apresuré a hacer las preguntas de cierre.

­—¿Qué autores son los que han sido sus más grandes influencias?

—Uno de los más importantes, además de Montaigne, está allá arriba.

El ensayista me señaló con sus ojos una hilera de libros color crema ubicada en el estante superior de una de las bibliotecas.

—Alfonso Reyes. Un mexicano que enseñó a escribir a muchos latinoamericanos. Un mexicano que nos dio a beber la tradición clásica de una manera clara y profunda. La prosa de Alfonso Reyes ha sido mi escuela secreta, mi punto más alto de referencia. ¿Ha leído, por casualidad, “Notas sobre la inteligencia americana”?

—Todavía no —respondí, un tanto avergonzado.

—Se lo recomiendo. Es un texto clásico no sólo por el contenido sino por la forma como el mexicano estructura el ensayo.

—Tengo una última pregunta: ¿qué consejos les daría a los que empiezan a escribir ensayos?

—La primera recomendación es que no empiecen a redactar sin haber pensado largamente el tema de su ensayo. Que no tengan miedo de presentar su tesis, así no parezca al inicio una idea de grandes alcances. Otro consejo es que hagan un esbozo, un plan de lo que va a ser su escrito. Esa carta de navegación ayuda mucho a los novatos ensayistas para que no se pierdan o fracturen sus ideas. Que investiguen y se documenten. Que no se conformen con una única perspectiva de un asunto. Y lo más importante, que lean y relean cada línea infinidad de veces, para que corroboren si su texto mantiene una línea argumental a lo largo de todos los párrafos.

Entusiasmado por la charla o motivado por la confianza del entrevistado, me animé a pedirle un autógrafo. Saqué de mi maleta un libro muy conocido del autor y se lo ofrecí para que rubricara este encuentro. El ensayista se sintió feliz. Acarició el libro, ajado por el uso, se detuvo en algunos de mis subrayados, buscó entre su saco un esfero plateado, volvió a la primera página del texto y, bien abajo de mi nombre, me escribió una dedicatoria. Como yo estaba de pie no alcancé a ver aquel corto mensaje. Preferí guardarlo para leerlo después. Además, necesitaba con urgencia tomarle una foto al entrevistado. Ese también era un propósito de aquel encuentro.

—Si lo prefiere, vamos a la sala de lectura; allá podemos aprovechar la luz de la calle.

—Claro que sí —le respondí.

Atravesamos un zaguán de piso brillante y llegamos hasta otra habitación en la que, como la anterior, había bibliotecas en todas las paredes. Estaba sorprendido. Antes de que yo lo interrogara el ensayista satisfizo mi curiosidad.

—Esta habitación es el templo de la literatura.

Mientras elegíamos un sitio cercano a una de las ventanas, el ensayista me confesó que ahí estaban sus textos sobre poesía. Y que diagonal a la lírica estaban los dedicados a la novela y pegados a ellos los de cuento. Al otro lado los de teatro y los de crónica… Pero fue cerca a los textos de poesía que el ensayista eligió el sitio para sacarle la fotografía.

—Es que un ensayista si no lee poesía tiende a escribir muy denso, se torna poco comunicativo. La palabra poética contribuye a la que la prosa se vuelva dúctil, maleable… Más cercana al lector. La poesía contagia al ensayo de las potencias de la imaginación.

Tomé varias fotografías. En todas ellas el ensayista no miró a la cámara sino que escudriñó por la ventana los cerros de la ciudad.

***

El ensayista me acompañó hasta la puerta. Nos despedimos, acordando una segunda sesión de entrevista unos quince días después. Yo estaba muy satisfecho. Aunque era mi primera entrevista sentí que había cumplido a cabalidad las indicaciones de la tutora: lejos de hacer un cuestionario oral había logrado mantener un diálogo genuino con el entrevistado. Me detuve al llegar a la primera esquina de ese barrio silencioso. Rápidamente saqué el libro que me había autografiado el ensayista. Leí el pequeño texto escrito en tinta negra. La letra no era tan legible. Lo que había escrito mi entrevistado me lleno de orgullo: “Bernardo: las ajadas páginas de este libro son el mejor homenaje que un lector puede hacerle a un escritor, y son el preludio de una futura amistad”.

Ahí mismo, de pie, saqué mi celular y escribí varios chats a mis compañeras de equipo de investigación, dándoles el parte de victoria de esta codiciada entrevista. Ellas participaron de mi alegría. Después busqué un taxi en una de las avenidas cercanas. A ninguna de mis dos compañeras de grupo les conté  lo que me había escrito el ensayista en la dedicatoria. Quizá para preservar lo que allí él me anunciaba o porque en toda investigación, eso lo sé ahora de primera mano, hay descubrimientos personales que rebasan las objetivos académicos.

Elementos para una didáctica de la escritura

25 domingo Oct 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Conferencias

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"Mujer escribiendo" de Suzuki Harunobu.

«Mujer escribiendo» de Suzuki Harunobu.

Un elemento, según el diccionario, no es sólo un principio o conocimiento sencillo para hacer algo, sino el medio en el que vive un ser. Perfilemos, entonces, un conjunto de elementos relacionados con la escritura, pensados en perspectiva didáctica.

Primer elemento: escribir no es lo mismo que redactar.

La escritura es una operación superior del pensamiento que incluye la planeación y la corrección. Redactar es apenas un momento del escribir. La escritura implica procesos cognitivos y metacognitivos que ameritan ser enseñados previamente. Cómo producir ideas, cómo organizarlas, cómo conectarlas; cómo tener una conciencia sobre la tarea y para qué tipo de lector escribimos, son algunas cuestiones de suma importancia en una didáctica de la escritura.

Segundo elemento: escribir es un oficio artesanal

La escritura no se logra de manera  inmediata o es el resultado de una operación mágica. Su hacer es lento, de engarce de piezas y pulimento de ciertas técnicas. Buena parte de las dificultades en una didáctica de la escritura es que no hemos compartido con nuestros estudiantes los procesos de composición escrita. Es decir, mostrarles de qué manera se configura y estructura un texto. Hacer evidente este “detrás de cámaras” es fundamental para desidealizar el escribir y conocer de cerca sus minucias y herramientas.

Tercer elemento: escribir es aprender a tachar

La escritura es un trabajo de búsqueda de alternativas, de organización y reorganización de una línea o una frase. En este sentido, escribir es borrar, corregir, tachar, reorganizar. Si le damos un valor positivo al error en el aprendizaje de la escritura serán más importantes los diferentes borradores que el trabajo final en limpio. Este punto trae consigo el uso de estrategias de seguimiento como el portafolio o la bitácora de escritura.

Cuarto elemento: escribir es distinguir y producir tipologías textuales

Aprender a escribir es poder diferenciar diversas tipologías textuales. Las particularidades de cada tipo de texto determinan una forma de organización, un tipo de lenguaje y una intencionalidad comunicativa.  No se aprende a escribir sobre un genérico; hay géneros informativos, narrativos, argumentativos que exigen el dominio de ciertas estructuras, de particulares formas de funcionamiento. Saber escribir es  tener la capacidad de producir un mensaje en diversas tipologías textuales.

Quinto elemento: la escritura se cualifica mediante la corrección puntual

La corrección puntual sigue siendo la mejor manera de cualificar un escrito. Las recomendaciones generales son poco efectivas. Tal hecho debe ponernos en alerta sobre la extensión y el tipo de tareas o ejercicios que pidamos a los aprendices escritores. También es un llamado a dosificar el alcance de las correcciones (en especial las ortográficas) y a trabajar sobre criterios específicos. Las rúbricas siguen siendo un buen recurso para enfocar la corrección.

Sexto elemento: escribir es apropiar las técnicas de escritores expertos

Mucho ganaría la escuela y los centros de educación formal si incorporaran a sus prácticas de enseñanza las técnicas empleadas por lo escritores expertos. Además de conocimientos gramaticales y lingüísticos, qué bueno sería apropiar y enseñar las estrategias de corrección, las argucias para producir ideas, o las técnicas para tener dominio semántico que han usado los novelistas y poetas, los cuentistas y dramaturgos en diversos tiempos y lugares. El saber acumulado de los autores de literatura es otro recurso que el maestro necesita incluir en su didáctica de la escritura. 

Séptimo elemento: cualificar la escritura demanda conocer y emplear útiles específicos.

Dadas las dificultades y complejidad del oficio de escribir es necesario contar con útiles o materiales específicos. Un diccionario de dudas e incorrecciones del idioma, un buen diccionario razonado de sinónimos al igual que un diccionario de uso del español o un diccionario ideológico pueden ser de gran ayuda al momento de redactar una frase, subsanar un error ortográfico o precisar el sentido de una palabra. Aprender a escribir es empezar a familiarizarse con este tipo de bibliografía, poco trabajada o valorada en los espacios escolares.

Un tema vuelto tesis en cuatro párrafos

14 miércoles Oct 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Diálogos

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El ensayista Elwyn Brooks White, coautor de Los elementos del estilo.

El ensayista Elwyn Brooks White, coautor de Los elementos del estilo.

Bernardo: ¿Cómo te pareció la charla sobre el ensayo del pasado viernes?

Camilo: Muy buena, pero me da un poco de inseguridad la tarea que nos pidió el maestro. Esa: la de hacer un ensayo de una página…

Bernardo: A mí me aclaró muchas cosas…

Camilo: ¿Cuáles?, si se puede saber…

Bernardo: Por ejemplo, lo de la importancia de la tesis y la variedad de argumentos que uno puede usar al momento de escribir el ensayo.

Camilo: Ah, sí… yo me quedé pensando en si está bien ponerle a los estudiantes de noveno grado hacer un ensayo, cuando, según entendí, lo fundamental es contar con una tesis personal y lograr soportarla con argumentos.

Bernardo: Sí. Esa parece que es la clave de este tipo de textos. De pronto esos alumnos están todavía muy bisoños para enfrentar esa tarea… Aunque el profesor dijo que sí se podían enseñar, en esos grados, las operaciones básicas del pensamiento que son claves cuando se escribe un ensayo…

Camilo: Sí, si… ya me acuerdo… la deducción, la inducción, la analogía…

Bernardo: Yo creo que ese es uno de los problemas gruesos de nuestra educación universitaria. Presuponemos que los muchachos ya tienen desarrollada esas operaciones de pensamiento y, claro, como adolecen de ellas, pues no saben cómo proceder al pedirles un escrito argumentativo…

Camilo: De acuerdo. Yo creo que una didáctica de la escritura merece que los maestros nos tomemos más en serio estos procesos de pensamiento. No podemos seguir creyendo que es un asunto de mera redacción…

Bernardo: Por eso, si no me falla la memoria, el maestro habló de cierta autonomía de pensamiento. De una mayoría de edad que trae consigo la escritura ensayística.

Camilo: Ajá. Pensar por cuenta propia, insistió el maestro varias veces en su charla.

Bernardo: Yo mismo me he autoevaluado y he descubierto que no profundizo en ello en mis clases de español. Supongo muchas cosas y esa puede ser la causa del bajo nivel de los escritos de mis alumnos. Tal vez si enseñara primero, con ejemplos, cómo se hace una deducción o de qué manera realizar una inferencia, sería más fácil para ellos hallar buenos argumentos…

Camilo: Igual he pensado yo… Es urgente que renovemos las operaciones de pensamiento, pero no sólo en el área de español. Yo creo que eso es en todas las asignaturas. Pero volviendo a nuestra tarea, ¿ya sabes qué temas son los que van a servir de motivo para presentar nuestro ensayo?

Bernardo: Sí. Tienen que ver con los dos macroproyectos en curso. Para el grupo que está trabajando en las didácticas de la paz el tema es “la reconciliación”; y para nosotros, que estamos metido en las tipologías textuales, el tema eje es “la didáctica”.

Camilo: ¿Así nada más?

Bernardo: Tengo entendido que ese es el punto de partida. El tema base, como dijo en clase el maestro. Ahora a nosotros nos toca convertir ese tema en tesis. Y argumentar nuestra tesis a lo largo de cuatro párrafos.

Camilo: Ese pedacito no me quedó tan claro…

Bernardo: A ver te refresco la memoria. En el primer párrafo, y esa fue una insistencia del maestro, debe ir de manera explícita la tesis. En el segundo párrafo hay que empezar a usar nuestros argumentos, uno de autoridad. Eso fue la indicación. En el tercer párrafo hay que usar un argumento diferente, bien sea utilizando un ejemplo, una analogía o eligiendo cualquier argumento lógico, como la inducción o la deducción. Y, para cerrar, en el cuarto párrafo deberemos rubricar o reforzar la tesis inicial. Ese último párrafo es como una estocada final de lo que venimos argumentando.

Camilo: Cuatro párrafos, no más…

Bernardo: Sí, señor… En cuatro párrafos debemos redactar el ensayo: en una página debemos plantear una tesis y argumentarla.

Camilo: A primera vista parece fácil la tarea… Sin embargo, lo veo un poquito difícil… Tú que eres tan pilo en español, ¿cómo vas a proceder? Dame algunas pistas para no morir en el intento…

Bernardo: Yo voy a seguir de cerca la ruta que nos dio el maestro. Lo primero que haré es tener presente el famoso plan. Haré, antes de cualquier cosa, un esquemita. Ya sé que son cuatro párrafos y sé también que en el primer párrafo va la tesis. Luego, me toca pensar qué voy a incluir en el segundo y tercer párrafos. En mi esquema, tengo que buscar qué autor o qué libro me va a servir para darle respaldo a mi tesis. Si te acuerdas, en el segundo párrafo hay que utilizar un argumento de autoridad. Ahí, lo mejor, es irme a la biblioteca o ponerme juicioso a indagar en internet… Cuando ya tenga esa cita pues tendré que mirar la manera de apropiarla o incorporarla a mis planteamientos. No es cosa de dejarla suelta. Luego vendrá el tercer párrafo. Ya decidí que voy ya usar una analogía. Por lo mismo, deberé buscar una comparación entre mi tesis y un elemento, objeto o realidad semejante. Además, tengo que desarrollar la analogía para que persuada al lector. No es cosa de solo enunciar la relación sino de desglosarla…

Camilo: Dicho tú que ya tienes las cosas resueltas…

Bernardo: Ni tanto. Eso es lo que he planeado. Estoy en la primera parte de la escritura, según dice el profesor. Ahora me toca ponerme a trabajar en serio con las palabras.

Camilo: ¿Y el cuarto párrafo?

Bernardo: Sé que no debe ser una conclusión. Así que mostraré otras implicaciones de mi tesis o subrayaré algún aspecto fundamental…

Camilo: ¿Y ya encontraste fuentes?, ¿ya conseguiste algún libro para sacar una cita que te sirva de argumento de autoridad?

Bernardo: Ando en ello… Por ahí encontré un texto de Díaz Barriga, creo se llama Pensar la didáctica, y en el libro del maestro, Educar con maestría, hay cosas interesantes.

Camilo: Yo me siento un tanto inseguro. Tú sabes que provengo de un área diferente a las humanidades. Eso le genera a uno mucha inseguridad.

Bernardo: Pero no es para desanimarse. A lo mejor es una buena oportunidad para que descubras talentos ocultos…

Camilo: O para comprobar por qué elegí el mundo de los guarismos y no el arena movediza de las palabras…

Bernardo: Pienso que esta maestría es una excelente oportunidad para aprender cosas diferentes a las que estamos habituados. Un tiempo para explorar y permitirnos fallar…

Camilo: Eso parece fácil decirlo cuando te sientes como pez en el agua….

Bernardo: No creas. Yo nunca había hecho una tarea de estas. En el pregrado me habían puesto a hacer ensayos pero sin explicarme de qué se trataba o de las entretelas de la escritura argumentativa. Y hasta me iba bien, pero nunca descubrí o reconocí qué era escribir un ensayo.

Camilo: A mí me paso igual. No en tantas asignaturas. Pero en las pocas que me pidieron ensayos lo que saqué en conclusión, con las bajas calificaciones obtenidas, era que no servía para escribir.

Bernardo: Esa es una de las fallas notorias de los profesores. Nunca le dicen a uno cuál es su falla o de qué manera puede corregir esas falencias.

Camilo: Ahora que lo pienso, hasta cuando llegué a este posgrado comprendí la importancia de la escritura…

Bernardo: Y lo importante que es la para educación superior. Por eso la tarea del ensayo en una página es un reto interesante. Es como un doble desafío: proponer una tesis personal y encontrar los argumentos idóneos para que el lector quede persuadido.

Camilo: Sabes que me preocupa otra cosa, lo de la puntuación. En eso ando todavía más perdido.

Bernardo: El maestro recomendó leer un libro muy práctico. Ortografía fácil. 99 soluciones para tus dudas ortográficas y de redacción más habituales… Me gustó la invitación que nos hizo el maestro: leer el libro para revisar cuántos de esos 99 errores cometemos, y aprender de paso la forma de corregirlos.

Camilo: Tendré que ir a buscarlo. Pero yo creo que tengo más de 99 errores…

Bernardo: No te desanimes. Lo mejor es coger el toro por los cuernos.

Camilo: Yo apenas soy un aficionado y ese toro parece que me va a cornear. ¿Y cuándo vas a subir al blog tu ensayo?

Bernardo: Según dijo el maestro, pues ya podemos empezar a hacerlo. Aunque yo creo que lo subiré por ahí el próximo viernes. Y mirar a ver qué me contesta.

Camilo: Yo esperaré a ver si la inspiración me llega este fin de semana.

Bernardo: Ponte a esperar la inspiración y te va a coger el tarde… Según entendí, el plazo máximo para subir el ensayo de una página al blog es hasta el próximo lunes por la noche.

Camilo: Gracias por recordármelo y por aumentar mi impaciencia.

Bernardo: Yo sé que al final vas a realizar un buen trabajo. Con esa mente analítica de los matemáticos, seguramente tus argumentos serán muy convincentes.

Camilo: Eso espero. De pronto te llamo el fin de semana para que me ayudes.

Bernardo: No será mucha mi ayuda… Pero en lo que pueda colaborarte, ahí estaré. Aunque eso es cuento. Yo te conozco. Tú terminas dándote las mañas para lograr la meta.

Camilo: No creas. Pero mejor no apagues el celular. De pronto te sorprendo a altas horas de la noche. Tú eres mi línea gratuita de emergencia escritural…

Debatir con voces ajenas

31 lunes Ago 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Témpera del artista suizo Hans Erni.

Témpera del artista suizo Hans Erni.

Ya en otras entradas de este blog he reflexionado sobre la necesidad de que nuestros estudiantes universitarios (y muy especialmente los de posgrado) aprendan o se fogueen en dialogar con la tradición de las fuentes escritas. Que sobrepasen el mero transcribir citas de autores y logren apropiarlas o reincorporarlas a su propio discurso. En esta perspectiva es que he ideado la estrategia del contrapunto, con siete técnicas precisas: amplificación, disminución, réplica, transposición, derivación, contraste y análisis.

El contrapunto es un buen ejercicio para habituar a los estudiantes a tomar partido por determinada información, a ser lectores activos, a fortalecer la lectura crítica de los textos. El contrapunto también es un excelente recurso para combatir el “copy paste”, es decir, esa práctica de plagio de nuestro tiempo en la que de manera irresponsable y desordenada “bajamos” información tratando de armar colchas de retazos sin ninguna presencia de nuestra voz o nuestro pensar. El contrapunto, por lo demás, es una mediación ideal para favorecer la escritura, entre otras cosas porque obliga al universitario a imitar el tono del autor que desea replicar y encontrar los mejores conectores lógicos para hilar de forma coherente su postura personal con la opinión de otra voz.

Sobra hablar, desde luego, de un beneficio adicional: el contrapunto sirve para caldear o desarrollar los procesos argumentativos. La cita elegida hace las veces de piedra de toque, de contrincante, al cual debemos presentarle razones lógicas, planteamientos contundentes, tesis o afirmaciones en las que sean fundamentales la deducción, la inferencia, el análisis, la analogía o la ejemplificación. Cada contrapunto es, entonces, un pequeño texto profundamente meditado e inspirado en la tradición persuasiva de la retórica clásica. No se puede decir cualquier cosa, ni plantearla de cualquier manera. El genuino contrapunto debe cumplir la rigurosa condición de ser convincente tanto en la estructura como en el contenido.

Este es el telón de fondo del reto escritural que les he propuesto a los estudiantes de primer semestre de la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle. Se trata de escribir dos contrapuntos (usando 2 técnicas diferente de las siete mencionadas) a una cita de Walter Ong, contenida en su libro Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, FCE, Buenos Aires, 2006, p. 86. El texto elegido es el siguiente:

“La escritura es una tecnología interiorizada aún más profundamente que la ejecución de la música instrumental. No obstante, para comprender qué es la escritura –lo cual significa comprenderla en relación con su pasado, con la oralidad–, debe aceptarse sin reservas el hecho de que se trata de una tecnología”.

Cada texto deberá contener tanto la cita en mención como el contrapunto respectivo, señalando en la parte superior la técnica empleada en cada caso. No sobra recordar que la extensión del contrapunto debe ser proporcional al número de líneas de la cita tomada como motivo para el ejercicio.

Ese es el reto. Pero, a la par, es una invitación a explorar en el trato con las voces de autoridad, con la bibliografía que, en muchas ocasiones, apenas queda como un listado de obras pero sin que hayamos tenido la ocasión de disertar con las ideas sustanciales de esos libros. El contrapunto es una magnífica ocasión para ser algo más que meros consumidores de información e intentar ser productores de conocimiento.

Volver a escribir

10 lunes Ago 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Son evidentes las falencias en la escritura de los estudiantes de posgrado. Bien por la poca atención que le han prestado a esta tecnología de la mente o porque los anteriores maestros de la educación básica no se tomaron en serio los productos realizados y apenas marcaron sus trabajos con alguna genérica señal. En todo caso, lo cierto es que al revisar las primeras producciones de los estudiantes son flagrantes las falencias en redacción, ortografía, en la organización y conexión entre las ideas o en la dificultad para identificar las características particulares de una tipología textual.

Además, el poco trato con la palabra escrita contribuye a que los maestrantes y doctorandos sientan demasiado ajenas o complejas las tareas de elaborar un ensayo, redactar una reseña o preparar el informe de avance de una investigación. Y aunque los tutores y profesores les señalen dichos fallos no parece fácil sortear tales carencias; o no en el tiempo esperado. El resultado, como se sabe, es la baja calificación en varios de los cursos y seminarios y el retraso para lograr graduarse debido, precisamente, a que no logran terminar la redacción del trabajo de grado o la rigurosa tesis.

Dados estos problemas es que algunos programas posgraduales se han visto en la necesidad de desarrollar alternativas o estrategias para “aprender a escribir”. A veces, creando diplomados como requisito de ingreso o incorporando al plan de estudios asignaturas dedicadas a estudiar las peculiaridades de la escritura. Otras ofertas académicas, como es el caso de la Maestría en Docencia de la Universidad de la Salle, han ideado un “Nivelatorio” a lo largo del primer semestre de estudios. Estas sesiones combinan tanto los elementos conceptuales de la escritura como el trabajo aplicado de tales conocimientos. Mediante un constante acompañamiento tutorial personalizado los textos de los maestrantes van teniendo diferentes correcciones hasta alcanzar una versión satisfactoria.

Pero no se trata de un común curso de redacción. Este “Nivelatorio” empieza a explorar en los procesos de pensamiento que subyacen a la tarea de escribir. Digamos que la apuesta es por mirar adentro de la “caja negra” de la escritura. En consecuencia, hay ejercicios didácticos encaminados a fortalecer y enriquecer el aprender a pensar, ordenar las ideas, dialogar con la tradición, saber observar, adquirir competencia semántica. De igual modo, se insiste en el uso de ciertas herramientas específicas para escribir como son los diccionarios de uso y de incorrecciones del idioma, los diccionarios razonados de sinónimos, los diccionarios de ideas afines y el empleo de manuales de estilo que ayudan enormemente a tener un dominio comprensivo de aspectos básicos de gramática y composición escrita.

Por supuesto, ese es el trabajo directo con cada uno de los maestrantes. De otra parte, una de las recomendaciones fundamentales dadas a los estudiantes al momento de iniciar el “Nivelatorio” es la de convertir este encuentro con la escritura en un hábito. Si no se adquiere un vínculo con el escribir, si no se cuenta con la voluntad para rehacer los primeros borradores, todo lo que hagan los maestros acompañantes será inútil. Bien se sabe que la escritura, como labor artesanal que es, requiere de ejercicio y constancia para dominar sus pormenores. Entonces, hay que ponerse a estudiar los intríngulis de dicha técnica: ¿cómo estructurar un escrito?, ¿qué características definen las diversas tipologías textuales?, ¿de qué manera la puntuación hace más dinámica la prosa?, ¿cómo usar adecuadamente las preposiciones?, ¿qué son los conectores lógicos?, ¿cuáles son los usos de la tilde diacrítica?

Si hay esa dedicación e interés por el ser y proceder de la palabra escrita pronto se descubrirá que escribir no un asunto de genios o para personas iluminadas. Tampoco que es una ventura o el azaroso resultado de las dádivas de la inspiración. Muy por el contrario, se comprenderá que escribir es un oficio de mejora continua, de ir poco a poco, enmienda por enmienda, estructurando un texto, dándole cohesión y coherencia, llenándolo de fuerza comunicativa. Porque al entrar en relación con las palabras, al ver de frente su sinuosa significación, se podrá descubrir el interesante y difícil arte de poner en escena las posibilidades y las alternativas del lenguaje. Y, desde luego, se tendrá más conciencia del proceso de pensamiento que entra en juego en la elaboración de un escrito.

Puede parecer extraño, pero a veces se necesita llegar a la educación posgradual para asumir en verdad las peculiaridades e importancia de la escritura. Tal vez allí esté uno de los objetivos de la educación superior: la de enseñarnos a leer y a escribir con sentido, la de hacernos competentes para el espíritu crítico y la producción de conocimiento. La formación avanzada implica un salto cualitativo en los procesos de aprendizaje, ya no es suficiente con asistir a clase o comportarse de juiciosa manera; la exigencia es ahora mayor porque obliga al estudiante a encontrar una voz personal, y a exponer o argumentar por escrito sus propias ideas.

Así que, con este preámbulo, invito a los maestrantes de primer semestre de Yopal,  a que se lancen a publicar sus autorretratos morales, sus etopeyas. El llamado es sencillo: vuelvan a escribir.

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