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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: APRENDER A ESCRIBIR

La tesis: médula del ensayo

12 martes Abr 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Ilustración de Chow Hon Lam

Ilustración de Chow Hon Lam.

Ya he escrito en otras oportunidades sobre la importancia de la tesis en un ensayo y su valor al momento de distinguir un texto argumentativo. No obstante, bien vale profundizar un poco más en tal asunto.

La tesis es la postura personal del autor frente a un tema. Es la manera particular como el ensayista valora, sopesa, critica, percibe o afronta un aspecto, situación o materia determinada. Es, por decirlo con una imagen, la carta de compromiso que el escritor le firma al lector. La tesis, en este sentido, pone en primera escena la voz de una subjetividad, tal como lo manifestara Montaigne en el prólogo de sus memorables Ensayos.

Sobra advertir que no es común tener una posición personal sobre un hecho o asunto. Bien sea porque no hemos sido educados en un pensamiento crítico o porque tememos a la réplica o los cuestionamientos negativos y preferimos el silencio del anonimato o nos conformamos con la tranquilizadora opinión de la mayoría. Se requiere, por lo mismo, un vigor intelectual, una mayoría de edad en nuestro pensamiento para tomar la palabra y decir: aquí está mi tesis.

Dicho esto, volvamos a nuestra ruta explicativa. Llegar a una tesis demanda un largo tiempo de meditación y análisis sobre un tema. Al tema hay que pensarlo, examinarlo con detalle, estudiarlo en su complejidad, ponerlo bajo una lente para que emerjan de él aspectos inusitados, filones desconocidos, características contradictorias, zonas ocultas, consecuencias inadvertidas. Sin esta cavilación o examen al tema, endeble será la tesis resultante o parecerá tan plegada a lo ya sabido que poca atención generará en un posible lector.

Es el momento de señalar otra cosa: hay temas que para dar el mosto de la tesis requieren un largo estudio. Exigen investigación, lectura atenta, cotejamiento de fuentes, trabajo de campo o revisión bibliográfica. Algunos temas no dan su jugo a no ser que el ensayista asuma la actitud de quien tiene un problema y busque, por todos los medios, conocer las causas, detallar su fisonomía y desarrollo, avizorar las consecuencias o encontrar una solución. Puesto de otra forma: hay temas que piden un trabajo mayor por parte del ensayista; temas que necesitan disolventes especiales o una labor de pesquisa concentrada para diluir sus fibras más consistentes y obtener una tesis de calidad.

Prosigamos. La tesis debe presentarse de manera clara, sin justificaciones u ornatos innecesarios. Debe ser diáfana para el lector y, por lo general, se explicita en el primer párrafo del ensayo. La claridad de la tesis prefigura el tono o el carácter del ensayo. Y aunque en algunas ocasiones es necesario ubicar el contexto del escrito, no por ello debe quedar oscurecida la tesis.  Es legítimo encuadrar la tesis pero ella deberá descollar o ser notoria para el lector. En todo caso, si la tesis no está puesta de manera transparente, muy seguramente el lector no sabrá cuál es el juego propuesto por el ensayista, cuál es el meollo del que desea persuadirnos.

Es recomendable consignar la tesis de forma declarativa, y no meramente enunciando una pregunta. La tesis es una declaratoria, un corto manifiesto en que el autor proclama su manera personal de entender o comprender un asunto. Es probable que haya interrogantes que le sirvan de soporte pero, la tesis, en sí misma, es una proposición sobre la toma de partido del ensayista. En esta perspectiva, el tono de la tesis guarda una relación con otra modalidad argumentativa: la defensa jurídica. La tesis, en consecuencia, es categórica, rotunda y concluyente. Los buenos ensayistas, cuando se trata de dar cuenta de la tesis, no se van por las ramas, no muestran dubitación. Por el contrario, se presentan axiomáticos, certeros en su planteamiento.

Un aspecto final es el ateniente al aval o al respaldo argumentativo exigido por la tesis. Me explico: aunque el ensayista es libre de presentar cualquier tipo de tesis, debe contar con los recursos argumentativos suficientes para solventar dicha apuesta. A veces parece fácil afirmar determinada cosa sobre algo pero luego nos damos cuenta de que no tenemos con qué defender o apoyar eso mismo que declaramos. Por ende, al momento de proclamar la tesis es indispensable tener el cuidado o la precaución de vislumbrar un “depósito de garantías” al que podamos acudir más adelante. No olvidemos que el primer párrafo es apenas la apertura del ensayo; después vendrá la ardua labor de argumentar eso que afirmamos. Y si no tenemos un repertorio de fuentes, ejemplos, analogías o recursos lógicos, pues no podremos cumplir nuestra meta persuasiva. Nos quedaremos cortos o será fallido el objetivo mismo de la argumentación.

Como lo he hecho ver, la tesis es la médula del ensayo. En ella está lo esencial de este tipo de textos, y por ella es que se produce un ejercicio de argumentación. Así que, cuando tengamos la tarea o el reto de redactar un ensayo, es importante dimensionar o recapacitar en los alcances de la tesis y su poder de imantación sobre todas las partes de esta modalidad de escritura.

Escribir aforismos: una escuela del pensar

25 viernes Mar 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos, APRENDER A ESCRIBIR

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Didáctica de la escritura, Estrategias de escritura

Ilustración de Tang Yau Hoong

Ilustración de Tang Yau Hoong.

Estoy convencido de que la escritura de aforismos es una buena escuela del enseñar a pensar. Especialmente, en la educación superior. No sólo porque pone a los estudiantes a reflexionar y dar cuenta de ello en una escritura concisa y cabalmente terminada, sino, además, porque se convierte en un tinglado para ejercitar procesos de pensamiento como la paradoja, la antítesis, la comparación o la ironía.

Bajo esta premisa es que mis estudiantes de posgrado han enfrentado el reto de escribir aforismos. Para una buena parte de ellos ha sido algo totalmente nuevo y, en esa medida, no fácil de realizar. Para otros, se ha convertido en una oportunidad de meditar juiciosamente sobre determinado asunto. Todos han ido comprobando que esos escritos, aparentemente sencillos, requieren de  un largo proceso de reflexión y una paciente labor de pulimento en su armazón lingüística.

Pero lo que me parece más relevante es el asombro de mis estudiantes al hablarles de las estrategias de pensamiento con las cuales es posible escribir estas sucintas frases. Quizá tal extrañeza se debe a que en la formación profesional poco se han enseñado tales útiles de la mente o porque se ha confiado demasiado en la evanescente inspiración. Es probable, también, que el descuido o el desinterés de los maestros de educación básica por desentrañar el potencial creativo y cognitivo de las llamadas figuras literarias (especialmente las de pensamiento), haya producido esta pérdida de recursos expresivos, que fueron elogiados y muy utilizados por la retórica clásica y hoy fuertemente valorados por la neoretórica contemporánea.

Tal evidencia me ha llevado a confirmar otra cosa: es urgente renovar nuestras estrategias didácticas para enseñar las formas de composición escrita. Es decir, mostrar el “detrás de cámaras” de las tipologías textuales; enseñar cómo se arman las piezas de un texto, sus engranajes y mecanismos de funcionamiento. Eso me parece más importante que sólo promover el elogio de una obra o la exaltación de la genialidad de un autor. Y para lograr ese cometido, lo mejor es tratar de ver la tras-escena de un tipo de texto, descubrir sus características, captar su estructura, percibir en detalle cómo es su lógica de producción de sentido.

Esta vía me condujo a invitar a mis estudiantes escribir ocho aforismos centrados en un tema: el perdón. Para ello diseñé una hoja-guía que permitía identificar el tipo de estrategia de pensamiento empleada (símil, antítesis, ironía, paradoja), un ejemplo de referencia a seguir (tomado de un libro sobre aforismos) y una serie de columnas en las que se consignaran las diversas versiones, antes de llegar al texto definitivo. Esta hoja-guía tenía como norte ayudar a los maestrantes a hacer consciente el recurso de pensamiento utilizado para, luego, poder adaptarlo o transferirlo a un tema diferente. De igual modo, el hecho de que los estudiantes dieran cuenta de las versiones era una forma de enseñarles un principio rector del aprender a escribir, según el cual, es tachando y enmendando como se va mejorando un texto, es corrigiendo el mismo escrito varias veces como un mensaje va encontrando su mejor expresión.

El resultado de esta propuesta de trabajo resultó bastante positivo. Al menos cada maestrante apropió la estructura aforística y produjo uno o dos aforismos de calidad, empleando alguna de las cuatro estrategias de pensamiento sugeridas. Y para tener una mejor apreciación del logro (realizado durante una semana) transcribo a continuación varios de los aforismos de los estudiantes de primer semestre de la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle.

Empiezo por destacar el cuidado en la construcción y la profundidad de los aforismos redactados por Blanca Isabel Mora Moreno:

“Tal como un viajero se despoja del peso de su equipaje para descansar, nos es necesario perdonar para alivianar nuestra alma de lo que la atormenta”.

“Perdonar es como mudarse a una casa más pequeña: debes dejar las cosas que no te sirven y llevar las que realmente te son útiles, agradables, beneficiosas”.

“Perdonar se asemeja al júbilo de encontrar un tesoro perdido. Es alegrarse por encontrar de nuevo la tranquilidad de sí mismo”.

“La valentía de pedir perdón trae consigo el temor de aceptar haberse equivocado”.

“Engañosa estratagema maquinan los que son vengativos: perdonan solo para conocer el talón de Aquiles de quienes los han ofendido, y poder tomar venganza”.

Me resultan igualmente interesantes, por las mismas razones, los aforismos de Diana Marcela Pérez:

“Al igual que una vieja cicatriz, el perdón necesita tiempo. El tiempo es el garante para que la herida deje de doler”.

“Perdonar supone bienvenidas y despedidas. Se abre la puerta al prometedor futuro y se le cierra en las narices al necio pasado”.

“Un hombre absolutamente rico cree que perdonar es una ganancia. Para un hombre absolutamente pobre perdonar es un derroche”.

“Sólo ciertos hombres se pueden dar el lujo de no perdonar: los que nunca se equivocan”.

“No perdonar hace de un hombre grande, un ser insignificante. Pedir perdón hace de un hombre mezquino, un grandioso hombre”.

Muy bien concebidos son estos otros aforismos de Kelly Johanna Mejía Sierra:

“Se vive en el encierro hasta que se conoce la libertad del perdón”.

“Para quien no ha perdonado, el pasado es su presente y su futuro”.

“Aquel que no perdona es como un barco viejo encallado en la tierra del padecimiento”.

“Cuán agridulce es el perdón: suave en los labios, ácido en el corazón”.

“Perdonar es perturbar levemente al orgullo”.

“No hay perdón cuando los labios hablan lo que el corazón no siente”.

Resalto, ahora, tres aforismos de gran calidad elaborados por Marianne Jiménez Marín:

“El corazón da razones para que brote el perdón mientras la mente lucha para mantener la ofensa”.

“Nadie implora el perdón con tanta fuerza como quien no ha sabido perdonar”.

“El gesto de piedad para el agresor es como la dádiva que espera el necesitado”.

Cierro este apartado transcribiendo un trío de aforismos, bien logrados, escritos por Claudia Milena Vargas Suárez:

“El que perdona es capaz de mirar su alma a través de un espejo”.

“Para encontrar el perdón hay que pasar por el camino de las sombras”.

“El perdonar es un acto de heroísmo de un pecador”.

Si se miran en conjunto los anteriores aforismos, tanto en su composición como en la idea expuesta, se podrá validar la propuesta didáctica empleada. Desde luego, hay mayor apropiación en unas estrategias de pensamiento que en otras; pero, y eso es lo más significativo, se logró esclarecer el significado, la forma y el proceso de elaboración de este tipo de escritura. Considero, así mismo, que el haber tenido un texto de referencia permitió a los maestrantes emular la puntuación y darle a las frases un tono sentencioso o enfático tan propio de los apotegmas, los proverbios o las máximas. Este ejercicio, finalmente, les permitió a los maestrantes comprobar lo dicho por el perspicaz aforista Joseph Joubert: “la verdadera profundidad viene de las ideas concentradas”.

Obstáculos para cumplir con la tarea

03 jueves Mar 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Gurbuz Dogan Eksioglu

Ilustración de Gurbuz Dogan Eksioglu.

Los diferentes ejercicios de escritura que he venido llevando a cabo, durante varios años, con estudiantes de posgrado, me han llevado a reflexionar sobre los obstáculos más notorios para lograr una buena tarea u obtener avances significativos en determinado campo del saber. Dichas trabas son recurrentes y creo que pueden aplicarse a estudiantes de todos los niveles educativos.

El primer obstáculo es la dificultad para seguir una instrucción o atender a determinadas indicaciones. Las tareas de escritura, en el caso de la Maestría en Docencia, van acompañadas de una guía o una serie de indicaciones muy en la línea de una secuencia didáctica. Tal opción se debe a una convicción: no se aprende a escribir con recomendaciones generales, no es suficiente con la motivación o la mera formulación de la tarea. Acá los maestros necesitamos tomar más en serio los pasos, las técnicas, el tiempo, los instrumentos o herramientas que entran en juego cuando tenemos como norte elaborar una reseña, un ensayo o un aforismo. Dar por supuesto todos esos elementos o características es poner al estudiante en el aprieto de no saber cómo hacerlo o, lo más grave, suponer que el logro es fruto del chance, la inspiración o la improvisación. La investigación que realicé sobre los escritores expertos, recogida en mi libro Escritores en su tinta, me mostró que sin los borradores y el continuo trabajo de corrección es muy difícil aprender a escribir. Que es reescribiendo como se va eliminando el fárrago, la confusión, la imprecisión semántica. Es más, que si no hay esa labor de relectura sobre lo escrito nunca sabremos de los juegos de lenguaje o las posibilidades que encierran las palabras. De igual modo, pude constatar que muchos de los grandes escritores hacen una aduana copiando a sus maestros de escritura. Que imitar no riñe con la creatividad; que esa tarea de transcribir a un escritor experto entraña un beneficio poco visible: el de ir incorporando esquemas de construcción, estructuras que son la base o el soporte de las tipologías textuales. Por eso, si se pasa por alto una indicación, una actividad dentro de un proceso, con sorpresa veremos al final que no hemos alcanzado el objetivo o que, por descuido o pereza, terminamos haciendo lo que no correspondía.

Un segundo obstáculo, y en este blog pueden consultarse varias entradas al respecto, es la poca atención al cultivo del pensamiento. Pienso que nos hemos quedado cortos en los currículos y los planes de formación sobre esta prioritaria función de la educación. Temas como el pensamiento crítico, la lectura crítica, el aprender a argumentar, o procesos de pensamiento como la inferencia, la analogía, la disociación, deberían ser propósitos cotidianos en las diversas asignaturas o espacios formativos. Creo que al dejar huérfanos a nuestros estudiantes de estas operaciones básicas lo que propiciamos es un subdesarrollo mental, una minusvalía intelectual que conlleva a que sean meros consumidores de información y muy poco productores de conocimiento. Quizá, por eso mismo, notamos en nuestros estudiantes la pobreza en los análisis o en los productos que presentan; tal vez por eso también, las nuevas generaciones son tan proclives al consumismo y al seguimiento acrítico de creencias o ideas fanáticas; a lo mejor ahí esté la causa de un conformismo o pasividad como ciudadanos o miembros de una comunidad. Pienso que nos ha faltado tomarnos más en serio los aportes de la lógica y la dialéctica clásica, las contribuciones de la teoría de la argumentación y todos los avances hechos por las neurociencias y las investigaciones recientes sobre del aprendizaje. Como hemos naturalizado el pensar, suponemos erróneamente que no hace falta ponerlo sobre la mesa de nuestras preocupaciones de enseñanza. Tal equívoco se multiplica cuando los mismos estudiantes, presos por el afán de obtener los contenidos disciplinares o las aplicaciones inmediatas, consideran una pérdida de tiempo el aprender a describir, analogar, contrastar, derivar, abducir, refutar o defender una tesis. Las más de las veces, si de esto se ocupa juiciosamente un maestro, los alumnos asocian esos ejercicios con temas abstractos de filosofía o con actividades poco prácticas, dejándolos al garete o ignorando su real dimensión. En consecuencia, los aprendices prefieren renunciar a formarse para alcanzar el sueño kantiano de una mayoría de edad de la razón.

El tercer obstáculo, muy propio de culturas del trópico, es la falta de planificación para desarrollar una tarea. Nos cuesta demasiado adquirir el hábito o tener la disciplina para ir poco a poco, día a día, conquistando una obra o ejecutando un proyecto. Hay como un afán por obtener resultados mágicos e instantáneos. El aburrimiento o la desmotivación parecen arruinar cualquier meta de largo aliento; la menor dificultad hace que abandonemos o renunciemos a algo que a todas luces puede repercutir en nuestro propio beneficio. Precisamente, el tema de la planificación de la tarea, su regulación y control es una de las condiciones fundamentales de los buenos estudiantes o la garantía para que haya un aprendizaje de calidad. Aunque sé que hay otras razones para proceder así, considero que el endiosamiento del éxito orquestado por los medios masivos de información, la invitación a la riqueza rápida proveniente del mundo de la mafias, y una creencia generalizada en el golpe de suerte o el milagro espontáneo, todo ello ha contribuido a responder sólo a lo urgente, a  ir a tientas, sin un norte, posponiendo los compromisos y angustiándonos porque los plazos se cumplen y aún la tarea está sin terminar. He comprobado, por ejemplo, el poco seguimiento que los estudiantes hacen a la programación del semestre o a la parcelación, semana por semana, de un seminario. Los syllabus se miran en la primera sesión de un curso pero luego se abandonan o no cumplen su función de servir como orientadores o vigías de un proceso de aprendizaje. Así se haya escrito que para el mes siguiente hay una lectura previa y un producto específico, de poco sirve, pues esas tareas se olvidan o se realizan la noche anterior, con la impronta de la improvisación y las señales evidentes de una descuidada presentación. Desde luego, esa falta de planeación, se refuerza socialmente cuando observamos que en la administración de lo público o en los planes gubernamentales lo común es la falta de estudios previos, las modificaciones repentinas y caprichosas según la coyuntura, o las amañadas enmiendas según los vaivenes de los intereses políticos.

Estos tres inconvenientes merecen estudiarse e investigarse por parte de los maestros y las instituciones educativas; hay que atenderlos y buscar alternativas de solución. Pero, de igual modo, aspiro a que sean una piedra de toque para el discernimiento de los propios estudiantes, y en particular de los que cursan estudios de posgrado. Si es que en verdad nos interesa participar de una educación en y para lo superior.

Dificultades y aciertos en la etopeya

18 jueves Feb 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR

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Didáctica de la escritura, Estrategias de escritura

Autorretrato de Sasha O

«Autorretrato 11» de Sasha O.

Como parte del Nivelatorio organizado para los estudiantes de la Maestría en Docencia de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de La Salle, les propuse la redacción de una etopeya. Es decir, una descripción de los rasgos morales o de carácter, los gustos, y las cualidades y defectos más significativos de cada uno de ellos. Las indicaciones entregadas señalaban una ruta de trabajo para realizar el ejercicio:

  1. Haga un discernimiento sobre cómo es usted en su dimensión moral y temperamental. Sea justo en esa apreciación. No se engañe o pretenda ser lo que no es. Identifique los valores esenciales que lo rigen y las creencias fundamentales sobre las que ha construido su identidad. Ubique esos rasgos de su interioridad permanentes o repetitivos; repase a lo largo de su vida las virtudes o los defectos que han gobernado su existencia. Trate de no idealizar o simular ese retrato de sí mismo. A partir de esa reflexión redacte un primer texto. No se preocupe en este momento por la precisión semántica, la coherencia en la sintaxis o las normas de puntuación. Lo importante acá es dejar fluir ese primer diagnóstico de su personalidad.
  1. Hecha esa primera descripción, hable con conocidos (familiares, amigos, alumnos…) sobre cómo lo perciben o qué rasgos de conducta son los más predominantes de su carácter. No cuestione esas percepciones; escuche y tome nota. Rememore también lo que dicen de usted personas con las cuales ha tenido alguna desavenencia o que ya no hacen parte de sus afectos. Medite sobre esas percepciones. Enseguida, haga un segundo borrador de su retrato íntimo incluyendo rasgos personales percibidos por otros.
  1. Con ese insumo, ahora sí escriba la versión casi terminada de su etopeya. Revise la ortografía de cada palabra. Tenga presente la cohesión entre las ideas. Relea varias veces el texto. Piense en un lector y, si es necesario, cambie o busque un término más preciso. Concluya la redacción y déjela reposar por unos días. Vuelva a ella y afine o corrija lo que considere necesario.
  1. Ahora sí, escriba en el computador su etopeya definitiva. Recuerde la extensión y las instrucciones dadas en clase. Tenga presente que su texto va a ser “público”. Es decir, lo van a leer otros y, en esa medida, merece un cuidado tanto en el contenido como en la forma. No deje esta labor para el último día. Recuerde: su texto es una carta de presentación de usted mismo.

El tiempo para elaborar el escrito era de 15 días. El resultado como podrá leerse más adelante fue bastante significativo. Las ganancias, según manifestaron en una pequeña encuesta realizada después de entregada la etopeya, son muchísimas. Los maestrantes dijeron que con este ejercicio habían “logrado conocerse mejor”, “buscar en el fondo de su ser y poderlo exteriorizar”, “reafirmar la parte humana”, “entrar en un diálogo problémico y de contraste”… y también aprendieron la importancia de “buscar adjetivos precisos”, el valor de reescribir, y que al realizar las diferentes versiones y la relectura de las mismas “pudieron corregir errores que de pronto antes se dejarían pasar por alto”. 

Pero fue en el punto de las dificultades al redactar la etopeya donde se expresaron con mayor extensión. Transcribo un buen número de las respuestas de los maestrantes: “primero completar las 15 líneas y después reducirlo a 15 líneas”, “seleccionar los adjetivos y cualidades que mejor me describieran y definieran”, “especificar las características que me describen sin demeritar o exagerar”, “la utilización de los conectores”, “reducir información”, “encontrar un estilo y ritmo para expresar lo que se quería decir”, “hablar de mis defectos y cualidades”, “ser concreto y comprender lo que dicen los demás de mí”, “enfrentarse con mis demonios”, “hablar de sí, descubrir las debilidades y reconocerlas y permitir que otros lo vean”, “precisar, acortar, discriminar información para dejar lo más puntual pero también lo que fuera más efectivo para el ejercicio”, “lograr las 15 líneas ya que mi escrito había soprepasado la instrucción”, “reconocer mis debilidades”, “poder explicar la idea que tengo en mi mente”, “escoger aspectos principales para plasmar”, “no repetir tantas veces alguna palabra”, “conexiones entre frases”, “no saber cómo colocar y acomodar tantas ideas”, “no caer en la repetición”, “no parecer pesimista”, “las palabras, el léxico, la gramática”, “la cantidad de líneas”, “la poca cohesión de las ideas”, “acotar lo que más podía las ideas para que fueran sólo quince líneas”, “tuve dificultad con la extensión, al principio muy breve y luego extenso”, “conseguir el sinónimo adecuado para remplazar palabras muy comunes”, “no sabía por dónde comenzar, y no sabía si escribirlo en primera o tercera persona”, “encontrar un estilo para realizarla”, “poner bien los signos de puntuación”, “escribir bonito”, “encontrar la forma de plasmar las características propias y redactar muy bien”, “al escribirla tres veces, cada vez cambiaban ideas que pensaba tener definidas”, “buscar las palabras precisas para la hacer la descripción”, “no dejar el escrito como una mera enumeración de cualidades y/o defectos, sino darle forma”, “el no saber exactamente por dónde comenzar”, “conectar las palabras y el vocabulario correcto”, “encontrar una persona que quisiera decirme mis defectos”, “encontrar mis debilidades, defectos, pero sobre todo valorar mis virtudes”, “organizar y seleccionar la información”. 

Analizadas rápidamente estas dificultades podrían agruparse en varios campos: unas referidas a la intimidad de la persona (reconocer defectos y cualidades), otras centradas en la organización de las ideas (seleccionar y colocar), otras en la redacción (vocabulario y conectores), y otras más en seguir las instrucciones indicadas (extensión, buscar conocidos).

A pesar de todas esas dificultades, el producto final muestra una preocupación tanto en el contenido de lo expresado como en el cuidado al momento de redactarlo. Por supuesto, a veces la puntuación inadecuada fractura los textos y, en otros casos, es la ausencia de conectores la causante de que las ideas se muestren poco cohesionadas. De igual modo se puede notar en un grupo de escritos una baja competencia lexical para describir un temperamento o para precisar ciertas cualidades morales. Todo ello, y eso es importante señalarlo, hace parte de las dificultades de entrada de los maestrantes en el terreno de la escritura.

No se piense por lo anterior que no hay entre los escritos presentados etopeyas de gran calidad. He elegido tres de ellas como una forma de exaltar dicho trabajo y como ejemplos de gran calidad al hacer un retrato moral. El primer texto, que cumple todas las condiciones previstas, es el de Kelly Johanna Mejía Sierra. Leámoslo:

“Es mi alegría, la tranquilidad de mi vida. Mi libertad es un cantor que me sigue con lealtad. No hay dinero que me lleve a donde no quiero estar. Tan crédula como incrédula, tan dulce como amarga.  No sé hablar de sentimientos porque soy producto de los silencios. Me llamo a mí misma humana subversiva, porque quiero revertir el orden, quiero provocar el caos, quiero volar tan alto y tan suave que nadie sienta mi vuelo sobre su cabeza. Intolerante ante la lentitud de pensamiento, ante los ojos que sólo ven un color, ante los oídos que escuchan siempre la misma voz. Soy amante de la negrura y de los sonidos que la constituyen. Me gusta sacudir mentes, sembrar dudas, cazar problemas. Me lanzo al vacío de cada lugar al que voy: lo siento, lo huelo, lo palpo, lo saboreo, lo aprendo. Terca como una mula. Perfeccionista. Orgullosa hasta morir; incluso no conozco el perdón. Seducida por momento por el poder, me ufano de tenerlo. Auténtica guerrera de la vida y como tal tosca, fuerte, sin lágrimas. No me juzgo, me protejo y me cuido. No acepto la sumisión de ideas, emociones o vicios. No me ato a nada más que a la vida misma, que vivo en la más productiva autonomía. Bailo la vida, es decir, la disfruto, la agradezco, por momentos le imprimo velocidad, en otros reduzco la intensidad, pero nunca, nunca dejo de bailar”.

La segunda etopeya es de la autoría de Angélica María del Mar Rodríguez Murcia. Leamos cada una de las 15 líneas:

“Bogotana altruista, con vocación de servicio y ayuda a comunidades en situaciones desfavorables. Animalista de corazón y de acción, siempre dispuesta a brindar cariño y protección sin distingo de raza o especie; amante y defensora de la naturaleza. Seria, de temperamento fuerte y en ocasiones impulsiva e irreverente. Difícil de descifrar y poco extrovertida, malinterpretada y constantemente juzgada dentro del entorno familiar y social por mis manifestaciones de regocijo y espontaneidad. Contadas personas comprenden mi forma de pensar y proceder, debido a su cercanía y trato diario. Agradezco a Dios cada detalle y día en mi vida, porque representan motivos de reflexión y alegría. Valoro a mis padres, hermanos y escasos amigos, por eso disfruto de su apoyo y compañía. Gozo de un alto nivel cognitivo y capacidad comunicativa, características que enriquecen mi labor docente y permiten desempeñarme en otros campos de acción. Sin embargo me lleno de ansiedad al pensar en la realización de mis proyectos e ilusiones, me esfuerzo por hacer las cosas bien y generar bienestar en el ambiente de trabajo. Me disgusta la rutina, la inequidad, la mentira, la pereza. Soy responsable y optimista, amiga incondicional, hija amorosa y consentida. Mujer honesta, generosa, competente, creativa y decidida”.

El último escrito es de Alexander Zuluaga Jaramillo. He aquí otra etopeya que, como decía uno de los textos de consulta sugeridos, es “un buen ajuste de cuentas con nuestro yo íntimo”:

“Es difícil analizarme y decir con mis palabras quién soy, es más fácil hablar, describir y observar a los demás. Pero si hay algo que tengo, es mi sinceridad, seriedad, lealtad y compromiso en todo lo que hago a cualquier nivel. Seriedad entendida en términos de exigencia conmigo, no ese tipo de exigencia implacable y vertical que me convertirían en un psicorígido. De hecho, soy buen amigo y muchas veces antepongo mis intereses por encima de las necesidades de los demás. Me encanta molestar, hacer un chiste, salir con un apunte que permita que mis amigos y los que me conocen rían todo el tiempo. Tal vez, esa es una forma de ocultar mi timidez porque de hecho soy muy introvertido. Gracias a esto me relaciono con facilidad y puedo hacer amigos a donde quiera que vaya. Es esto lo que me permite conocer otras formas de pensamiento y sacar de cada individuo todo aquello que pueda aportar a mi vida y a mi formación. Sin embargo, los que me conocen y están más cerca me ven como una persona muy estricta, de mal genio y demasiado ególatra. Dicen que proyecto miedo y cara de pocos amigos. Aspectos que no logro entender, pero sé que debo examinarme, trabajar y mejorar para que personas tan importantes como mis estudiantes y los que me rodean tengan más confianza y seguridad en mí, y que yo pueda en un acto recíproco cambiar y aportar a los demás”.

Concluyo este balance del primer ejercicio del Nivelatorio subrayando dos bondades de la etopeya para estudiantes de posgrado, en el campo educativo. El primer beneficio apunta a cualificar las habilidades para describir; es decir, ampliar nuestro bagaje lingüístico, contar con un repertorio de palabras apropiadas para cada objeto, hecho o situación y, en especial, tener un conjunto de conectores a la mano para ligar esas unidades del discurso. La segunda utilidad tiene que ver con la mediación de la etopeya para el redescubrimiento de sí, con el yunque de la escritura para recomponer y dotar de significado un sujeto. Tal bondad es vertebral para los educadores porque sin ese autoexamen será muy difícil establecer una relación pedagógica consciente e intencionada con sus estudiantes.

Hechizo de la escritura

05 martes Ene 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Soliloquios

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"El joyero" del pintor francés Guillaume Seignac.

«El joyero» del pintor francés Guillaume Seignac.

Tanta necesidad de ti, de tus socorridas y calurosas manos. Tanto afán por compartir tus ingeniosas maneras de aproximarte al mundo y a las personas. Porque hay algo mágico en tu forma de proceder, una alquimia de andar siempre recreando lo que miras o tocas;  y de tanto estar a tu lado, como que se me ha pegado ese anhelo de pintar de nuevo las estrellas o de delinear otra vez el corazón de las personas. Digamos que por vivir muchos años a tu lado, ya tengo otra perspectiva de los seres, las cosas, la existencia. Tus ojos hacen parte ya de mis ojos y mi sensibilidad está atada a tu exacerbado cuerpo de signos. Ya no te considero extranjera o, mejor, deseo no ser un extraño ante tu presencia. Aunque, a veces me asalta el temor de no ser digno de tus exigencias o tus demandas de tiempo. Porque he descubierto que parte de tu esencia es la de ser una fiera salvaje, de esas que acechan a su presa, y que la derriban cuando ella menos lo espera. Y así no te vea, ansío que estés vigilándome entre el alto pasto de las sabanas tropicales. En esas ocasiones me gusta saberme un cervatillo para tu olfato de sedienta leona. Eso es lo que anhelo. Pero también he comprobado que te gusta mimetizarte y hacerme creer que desapareciste de mi campo de visión; yo sé que estás por ahí, confundida en el paisaje, pero lo único que veo es la blancura del papel o la sequedad de mis ideas. Me parece que ese es uno de tus juegos predilectos: el de embaucarme con tus silencios y tu piel manchada. Te diviertes viéndome dar tumbos e ir de un lado a otro en pos de algún indicio o huella de tu caminar invisible. Ahora yo me parezco al torpe cazador que no sabe seguir un rastro de baba o que le son incomprensibles los vestigios que tus pies de gacela han dejado entre las piedras o el sinuoso viajar de una corriente de agua. Muy en tu interior te sonríes de mi torpeza para oliscar el aire y adivinar tu recorrido. Como el olfato me es esquivo, puedes andar desnuda y sudorosa, en plena libertad. Creo que si no fuera por tu compasión me dejarías divagar en esta selva de cosas no dichas y mundos impensados. No obstante, y ese es también parte de tu hechizo, cuando me ves agotado y desorientado, empiezas a hacerte visible o le das a mi inteligencia las luces suficientes para ver tus pies de animal escurridizo en medio de la penumbra. He dicho inteligencia, pero lo que exiges a toda prueba es imaginación. Si no convoco a esas fuerzas hechas de rizomas y raíces múltiples, si me obstino en ver las cosas como son y no como podrían ser, lo más seguro es que vuelva a enceguecerme en tu búsqueda. Es la imaginación el lente o el filtro que permite develar tu forma intermitente, tu presencia ambigua y resbaladiza. De igual modo sé que reclamas, antes de hacerte tangible, que yo haga libaciones o que pronuncie las oraciones a la diosa de la memoria. Sin esas plegarias mis ruegos quedarían en el vagabundeo. Precisamente, ahora, cuando te invoco una vez más, a la par que rezo, acompaño esas palabras con la ventura del ritmo: “¡Oh, tú, diosa benigna, diosa de los creadores, deja que tus voces infinitas resuenen en mis oídos; convierte el pasado en un canto interminable y haz que cada nombre tenga la dureza del mármol. Oh, tú diosa de bondad, diosa del pulso firme, dale la llave a mi mente para que en todo laberinto de palabras encuentre la salida y pueda descifrar los mensajes escondidos en la oscuridad del silencio…” Así que, protegido por esa oración a Mnemosine, ya percibo la levedad en mis manos y evidencio un puente entre mi cerebro y mis dedos. Y apareces en todo tu esplendor. Veo tus saltos y tu fugacidad. Hasta puedo percatarme de tus escarceos y gambetas. Mi cuerpo va a tu encuentro. Ya no me siento cazador ni presa. Te reconozco compañera de viaje, cómplice de empresas fantásticas, brazo solidario en medio de la soledad. Dentro de mí reina la felicidad o una alegría inexplicable. Tú lo sabes porque aumentas los platos en la mesa y me ofreces nuevas bebidas, deleitosas, exóticas, embriagadoras. Y yo me veo como un sibarita apurando cada licor y degustando cada bocado de alimento. Ya no sé qué tomar primero o cuál es el alimento más sabroso. Tus ojos de compañera se dedican a mirarme por atrás de mis pensamientos; por momentos te confundo con mis ojos. Tu cercanía es tanta que ya no puedo verte afuera; eres parte de mí, me habitas. ¡Escritura!

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