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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: APRENDER A ESCRIBIR

El plagio en la educación superior

05 domingo Dic 2021

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 2 comentarios

Ilustración de Gianni de Conno.

“El librito que lees en público, Fidentino, es mío:
pero cuando lo lees mal, empieza a ser tuyo”.
Marcial

 

Una de las faltas gravísimas en el mundo académico es el plagio. Las universidades y otras instituciones educativas señalan en su normatividad, en el reglamento estudiantil, las sanciones a que se exponen quienes cometan esta conducta. Quisiera explicar por qué tal rechazo y condena a esta práctica de poner como propias ideas ajenas.

Empezaré por recordar el valor que tiene en las instituciones de educación superior el conocimiento  o más concretamente la información recogida en libros y fuentes de diversa índole. Eso que podríamos llamar la tradición de las ideas es un bien que la academia conserva, enseña, cuida, y del cual se siente orgullosa. Hago tal afirmación porque el respeto a las ideas, la fidelidad a las fuentes, la salvaguarda de la producción intelectual a través de los siglos, es un principio vertebral de cualquier centro de formación universitaria. Puesto de manera enfática: hacer parte del mundo académico es aprender a dialogar y respetar la autoría de los productos de pensamiento que constituyen el campo de saber de una disciplina o profesión.

Dicho esto, se presupone que por eso mismo, las instituciones prevén unas normas de presentación de los trabajos escritos o una guía de citación de fuentes que serán objeto de cursos específicos y de observancia a lo largo de una carrera o un programa posgradual. Aprender esas normas para referenciar otras voces (APA, Chicago, ICONTEC) es la manera como las instituciones educativas les enseñan a sus estudiantes a poner su voz en concierto con las voces del pasado, pero distinguiendo la opinión personal de las aseveraciones o testimonios escritos de otros autores. Así que, cumplir estas normas es un código de ética mínimo mediante el cual se accede a la dinámica de la producción intelectual, a la generación y desarrollo del conocimiento. Omitir estas convenciones es desconocer la trayectoria de una línea de saber y, al mismo tiempo, una degradación de aquello que se está estudiando.

Desde luego, dominar estas técnicas o recursos de citación puede resultar tedioso para quienes no han entendido su función formativa, o un escollo para aquellos que, sin vergüenza alguna, recogen de aquí y allá cuanta cosa les resulta útil para el propósito de graduarse u obtener un título a como dé lugar. “¿Por qué tengo que volver a citar a ese autor, si ya lo mencioné hace cinco páginas atrás?”, es la disculpa de los plagiadores párrafo a párrafo; o lo más descarado: “¿qué importa si no pongo el nombre completo del autor, el título está incompleto o me falta el año de publicación?”. Eso parece una banalidad para los plagiarios desvergonzados. No es extraño que los estudiantes que afirman tales cosas manden a redactar sus trabajos a otras personas o se escuden en la antigua consigna de los deshonestos: “seguro que el profesor no se da cuenta”. Y si el docente o el tutor de una investigación los descubre en dicha falta, en muchos casos la respuesta se tiñe de altanería, en lugar de ser un avergonzado reconocimiento de la falta. Por eso resulta inconcebible que en un trabajo final de grado, en la tesis, se presente como riqueza personal lo que es un bien intelectual ajeno.

Es común también que el plagiario emplee la disculpa de que lo suyo fue un parafraseo de determinado autor y que, por lo tanto, no tenía que darle crédito. Tal marrulla, en lugar de justificarlo, agranda su falta, porque pone en evidencia que sí se acudió a esa fuente, pero sin haberla reconocido. El plagiario supone que si no hay una cita textual, el autor no debe referenciarse. Por el poco trato con la palabra escrita se olvida que las ideas, los conceptos, las estrategias, métodos o categorías de otros deben ser citadas así no se las tome textualmente. Que es un deber académico, o de alguien que pretende serlo, explicitar a quién le pertenecen esas ideas o cuál es la fuente directa que le sirvió de inspiración. Precisamente, en eso consiste la fundamentación teórica de un proyecto: en saber ubicar ciertos aspectos de una obra, los planteamientos de un autor, para darle consistencia a una construcción discursiva personal. Reconocer tales deudas es una forma de fortalecer las bases o la estructura del trabajo en cuestión.

Si se revisa el Manual de estilo de publicaciones de la APA allí se dictamina que hay que “dar crédito a quienes lo merecen”; es decir, que al hacer plagio, al no dar los créditos respectivos, minusvaloramos o menospreciamos las ideas de otra persona, banalizamos el saber o despreciamos los productos intelectuales de quienes nos precedieron. Dar crédito es lo mínimo que un estudiante puede hacer cuando retoma un concepto, una categoría, una metodología  que le servirá para darle consistencia a un proyecto o para lograr resolver un problema de investigación. Dar crédito es un protocolo para dialogar con esas otras voces, con aquellos textos que nos han servido de consulta. Dar crédito, en últimas, es la manera como aprendemos a pedir prestadas ideas en una casa ajena, sin hurtarlas a escondidas.

Sobra decir que el plagiario actúa así por tres razones fundamentales: una, porque anda de afán y hace su trabajo a última hora; porque no ha tenido el juicio y la dedicación suficiente para desarrollar paso a paso tal obra; porque está más preocupado por cumplir un requisito que por aportar algo significativo con su trabajo de grado. La segunda razón, quizá más profunda, es porque hurtando ideas ajenas logra subsanar en parte sus debilidades intelectuales o de creación. Al plagiario le falta capacidad de análisis, potencial imaginativo, riesgo intelectual para la innovación, mayoría de edad para pensar por cuenta propia, tal como quería el filósofo Inmanuel Kant.  Y cabe una tercera razón: es la poca relación o trato del plagiario con la escritura; el encuentro casual que tiene con ella y que, al tratar de realizarla, pone en evidencia su falta de precisión semántica, la ausencia de estructura de un texto, la poca coherencia y cohesión entre sus ideas. Es probable que estas razones, sumadas a una débil formación moral, lleven al estudiante al fraude académico, a tomar la vía deshonesta de poner el engaño por encima de sus responsabilidades académicas. 

Dada la frecuencia con que se presentan los casos de plagio, intencionado o no, varias instituciones de educación superior han claudicado en esta labor de cuidado y salvaguarda de la producción intelectual, de los derechos de autor, y han preferido omitir este requisito de grado a cambio de un curso remedial o una práctica social. Puede que tal salida sea una buena medida burocrática o un medio rápido de lograr gran cantidad de graduados en un tiempo corto, pero en el fondo es una herida que se infringen ellas mismas a su misión esencial de conservar la tradición del pensamiento y producir nuevo conocimiento. Otro tanto puede decirse de los tutores o docentes encargados de corregir los trabajos de grado de los estudiantes: cuando apenas hojean los textos, sin cotejar las fuentes o revisarlos página por página, seguramente hallarán la complacencia con sus tutoreados, pero perderán la autoridad de maestros. No debemos olvidar que las instituciones de educación superior entran en el proceso de formación de una persona para proveerle habilidades, saberes y comportamientos que le permitan acceder a los bienes intelectuales de la cultura y, al mismo tiempo, participar de ella. Renunciar a tal cometido es una irresponsabilidad con la misión universitaria y un modo de exclusión a los capitales simbólicos de la sociedad.

Aunque resulte redundante decirlo, el plagio está asociado a fallas o desajustes en la conducta ética de las personas. Hay algo de mala fe o de oscura “viveza” en esto de engañar o de “hacer pasar como propia la obra de otro”. Es una actitud que debe ser severamente castigada especialmente en una época en la que las virtudes han sido acorraladas por los vicios, y en la que las argucias de la politiquería o los intereses de los conglomerados económicos, parecen volver regla la estrategia de que los medios poco importan con tal de alcanzar los fines. De allí que la universidad o los establecimientos de formación superior, requieran firmeza moral para no dejarse avasallar por las demandas inmediatistas del mercado, ni por la soberbia demagógica de los gobernantes. La academia también tiene su fuero, que no solo cobija a su recinto físico, sino a las particulares maneras de curricularizar unos saberes y fijar las coordenadas de una impronta ética a sus estudiantes.

Concluyamos estas reflexiones recordando que la palabra plagio, según nos cuenta Efraín Gaitán Orjuela en su libro Biografía de las palabras, tuvo su origen en el Derecho Romano y se refería a la “acción que cometía un individuo al apropiarse, vender, poner en prisiones, castigar a un esclavo ajeno sin el consentimiento del dueño”; era un comportamiento “torcido” castigado con penas muy severas. Como se ve, desde su misma etimología el plagio es un delito, cuyo sentido se trasladó después al mundo de las letras con el significado de hurto literario. Así que para evitar ser tildados de “ladrones intelectuales” y mancillar con ese acto el pacto de respeto a los derechos de autor resguardados por las instituciones de educación superior, lo mejor es poner las comillas donde sean necesarias y referenciar las fuentes que silenciosas han ofrecido su servicio a nuestros requerimientos académicos.

Referencias

Epigramas: Marcial, Editorial Gredos, Madrid, 1997.

¿Qué es la ilustración?: Erhard, Freiherr von Moser, Garve y otros, Editorial Tecnos, Madrid, 1993.

Biografía de las palabras: Efraín Gaitán Orjuela, Editorial Bedout, Medellín, 1970.

Manual de estilo de publicaciones de la American Psychological Association, Editorial El Manual Moderno, México, 2006.

Escritura y universidad. Guía para el trabajo académico: Gustavo Patiño Díaz, Universidad del Rosario, Bogotá, 2013.

La biografía y sus alcances formativos

21 domingo Nov 2021

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Diálogos, OFICIO DOCENTE

≈ 2 comentarios

Fotografía de Klaus Enrique Gerdes, recreando al pintor Arcimboldo.

Diego: Casi que la pandemia no nos permite reencontrarnos. Gracias por aceptar la invitación a este cafecito.

Emilio: Gracias a ti, por la invitación. Está comprobado que no es lo mismo conectarnos por zoom que estar cuerpo a cuerpo dialogando con los amigos…

Diego: Eso es cierto. Además el encierro como que a uno le merma las fuentes expresivas y se requiere el calor de la presencia para que renazca la viveza y la espontaneidad de las palabras.

Emilio: No cabe duda. 

Diego: Y tu familia, ¿todo bien?

Emilio: Afortunadamente sí. Mi madre sigue con los achaques propios de su edad, pero ya con sus dos dosis de la vacuna, se siente más tranquila.

Diego: Qué bueno. Mi hermana, Azucena, es la que estuvo contagiada hace como seis meses; sin embargo, no le dio tan duro como a otras personas.

Emilio: Me alegra. Bueno, y qué era lo que deseabas compartirme o sobre lo cual puedo echarte una mano.

Diego: Es sobre la maestría que estoy haciendo virtualmente.

Emilio: ¿La de literatura?

Diego: Sí. Es sobre el proyecto de grado en que ando metido. Y como sé que tú has trabajado ese tema, se me ocurrió que podrías darme algunas pistas o sugerencias al respecto.

Emilio: Desde que pueda, claro que sí. ¿Y sobre qué estás trabajando?

Diego: Sobre la biografía.

Emilio: Interesante tópico. ¿Y cuál es el foco de tu biografía?

Diego: Tengo varias opciones, pero dependiendo de lo que hablemos esta tarde, tomaré uno u otro camino.

Emilio: ¡Qué responsabilidad! Confiemos en que sea la misma conversación la que te vaya dando las mejores respuestas.

Diego: He preparado un repertorio de preguntas, que fue una de las sugerencias de mi directora de tesis. Así que, en este momento, te nombro uno de mis informantes-clave.

Emilio: Honor que me haces, estimado Diego. Aunque si hubiera sabido el motivo específico de nuestra charla, me habría preparado.

Diego: Tú no necesitas prepararte, porque hasta donde sé, has dado cursos y has realizado investigaciones sobre este tópico.

Emilio: Algo hemos hecho. Sin embargo…

Diego: Dejemos a un lado la modestia y empecemos. ¿Te parece?

Emilio: Bueno, listo…

Diego: ¿Qué es para ti la biografía?

Emilio: Es la narración pormenorizada de una vida… O como decía Dilthey, del “curso de vida” de un individuo.

Diego: ¿De toda la vida?

Emilio: Eso sería imposible. Yo diría que el biógrafo selecciona los eventos más significativos. Y si bien su horizonte es el tiempo entre el nacimiento y la muerte de una persona, lo que hace es enfatizar en aquellos pormenores o detalles que, vistos en su conjunto, tienen una importancia relevante.

Diego: Estuve leyendo sobre eso, sobre la imposibilidad de relatar toda la vida de una persona, dada la complejidad que alberga un ser humano y las múltiples interacciones de las cuales participa.

Emilio: Por eso pienso que el biógrafo en realidad reconstruye el periplo vital de una persona, a la manera de alguien que arma un mosaico con diversas teselas…

Diego: ¿Y cómo logra pegar todos esos pedazos?

Emilio: En algunos casos será documentándose, investigando, hablando con informantes cercanos al personaje, y, en otras ocasiones, usando su imaginación.

Diego: Ese es otro problema con el que me he encontrado: la tensión entre verdad y ficción; entre los rasgos o situaciones por las que realmente pasó un individuo y esos otros atributos o eventos exaltados por la imaginación del biógrafo… No es fácil saber dónde termina una frontera y dónde comienza la otra…

Emilio: De allí que autores como Michel de Certeau, si la memoria no me falla, consideraba que la biografía era un género híbrido… híbrido porque pone en comunión los aspectos exteriores de una persona con esa otra dimensión interior, psicológica, a la cual es muy difícil acceder si no se acude a la intuición o la creatividad.

Diego: Siempre queda uno con la duda, cuando lee una biografía, si esa persona era como nos la pintan o si es más bien el retrato imaginado por el biógrafo.

Emilio: Me acuerdo de lo que decía André Maurois en un largo ensayo que te recomiendo, “Aspectos de la biografía”; un texto que recoge las conferencias que dictó en Cambridge, por allá en 1928. Maurois afirmaba que la biografía debía combinar la verdad con la personalidad; los hechos con el carácter; eso implicaba, según él, exponer los acontecimientos sin olvidarse de que se está relatando la “evolución de un alma humana”, con sus contradicciones.

Diego: He estado buscando ese libro y no me ha sido fácil ubicarlo. ¿En dónde lo conseguiste?

Emilio: Hace parte de las Obras completas publicadas por Plaza Y Janés…

Diego: Ya. Ojalá me lo pudieras prestar…

Emilio: Siguiente pregunta…

Diego: Me había olvidado que no te gusta prestar tus libros…

Emilio: Ese podría ser un rasgo de mi personalidad, una de mis manías; si algún día te da por hacer mi biografía.

Diego: Ganas no me han faltado… pero, por ahora, vamos con la siguiente pregunta. Dice así: ¿cuáles son los aspectos fundamentales o las características principales de una biografía?

Emilio: Por supuesto que eso cambia según el modelo o la concepción que se tenga para hacer biografías. Pero, sin querer parecer conclusivo, diría que en una biografía son importantes tres cosas: primero, el orden cronológico o el trasfondo temporal de la persona que nos interesa biografiar; segundo, un repertorio de pormenores, detalles o anécdotas que definan o tipifiquen a la persona en cuestión; y tercero, un tratamiento especial de esa información para que sea interesante, genere emociones o, por lo menos, despierte la curiosidad.

Diego: Entiendo que lo último es lo más difícil, ¿no?

Emilio: Así, es. Maurois consideraba que ese aspecto era lo que convertía a la biografía en un arte. Los buenos biógrafos, afirmaba, son los que tejen los pormenores de la vida de una persona manteniendo siempre en vilo la “espera del futuro”.

Diego: A mí me parece que lo más difícil de hacer una biografía es saber elegir esos pormenores, para no terminar contando lo obvio o repitiendo hasta la saciedad lo que cualquier ser humano hace habitualmente a lo largo de su existencia.

Emilio: Los detalles importantes, me parece, son los que dotan de singularidad al personaje; los que delinean mejor su carácter, su temperamento. Creo que todos nos cepillamos los dientes cada día, pero hay otros hechos que se convierten en incidentes críticos, en eventos que marcan particulares direcciones de una vida.

Diego: ¿Incidentes críticos?

Emilio: Sí, aquellos hitos que se presentan en la trayectoria de una vida como epifanías, como rupturas, como virajes en el curso de una vida…

Diego: Según dices, elaborar una biografía es más que un recuento cronológico.

Emilio: Pienso que se trata más bien de una reconstrucción, de un montaje, en el sentido cinematográfico. Esa reconstrucción supone seleccionar las diferentes escenas, eliminar otras que pueden resultar insustanciales, ambientar; además de saber cambiar los planos para darle dramatismo a la narración…

Diego: ¿Y la tarea de documentación?

Emilio: Resulta fundamental para darle validez a la biografía. Eso hace parte del contrato de verdad que el biógrafo establece con el lector. Y es también lo que diferencia la biografía de la novela. El biógrafo está limitado por los datos, por los lugares, por las actividades realizadas por su biografiado; el novelista, en cambio, tiene un mayor radio de acción para fabular o salirse de esos límites. Documentarse en ahondar en las minucias de una vida, en traspasar las fronteras de lo privado, es acceder a otros materiales que van más allá del rumor o los comentarios generales. Como también es importante, y seguramente lo tienes previsto, la entrevista a personas cercanas o a informantes cualificados que hayan conocido o compartido momentos de vida del sujeto en cuestión.

Diego: Eso es seguro. Aunque me asalta la duda de si todos los que entreviste coincidan en los rasgos distintivos de mi biografiado.

Emilio: Lo más seguro es que no. Entre otras cosas porque cada persona es plural en su ser y en su manera de ser percibido por los demás.  ¿Te acuerdas de aquel poema de Neruda sobre ese punto?

Diego: No. ¿Cuál?

Emilio: “Muchos somos”.

Diego: Ah, sí, algo recuerdo… del inteligente que lleva un tonto escondido y del valiente que lleva un cobarde que no conoce…

Emilio: Ese, sí. Neruda dice en ese poema algo con lo que seguramente te encontrarás cuando entrevistes a informantes para tu trabajo sobre la biografía. Unos dirán cosas sobre tu biografiado que seguramente entrarán en contradicción con lo que otros afirman. Es inevitable. Lo que ve o sabe la madre del personaje, no es igual a lo que conoce el compañero con el que trabaja o lo que opina su pareja amorosa. Precisamente, el trabajo del biógrafo es percatarse de esas recurrencias, de esos acentos; al igual que captar esas excepcionalidades, esas “rarezas” que perfilan una singularidad.

Diego: Buen consejo. Como te noto entusiasmado con el tema, va otra pregunta, ¿cuáles son los grandes referentes de hacer biografía, al menos en Occidente?

Emilio: Esa pregunta requiere conocer a estudiosos del tema como François Dosse. Yo lo leí para un seminario que dicté ya hace unos años. La apuesta biográfica, se titula uno de sus libros. A pesar de no tener mis apuntes a la mano, pienso que son referentes importantes en el modo de hacer biografía por lo menos estos cinco. Empezaría con Plutarco en sus Vidas paralelas, un ejemplo de biografías centradas en el carácter moral de los personajes. A Plutarco le interesan los personajes en la medida en que puedan, por presencia u omisión, dar lecciones de ética, de comportamiento social. Son biografías ejemplarizantes sobre los vicios o las virtudes de la conducta humana. Otro modo de hacer biografía lo vería tipificado en Santiago de la Vorágine, el autor de La leyenda dorada. Se trata de vida de santos, narraciones piadosas en las que se fusionan la historia y la leyenda. Son biografías con intenciones edificantes, hagiografías.

Diego: Desconocía ese autor.

Emilio: Es un dominico italiano del siglo XIII. Son vidas de santos concebidas para la predicación y la devoción popular.

Diego: ¿Hay traducción al español?

Emilio: Sí, tengo la que publicó Alianza, en dos volúmenes con unas xilografías de las primeras ediciones venecianas.

Diego: ¡Qué envidia!. Bueno, pero te interrumpí. Continúa.

Emilio: Incluiría también a Boccaccio y La vida de Dante o Vasari con su obra Las vidas de grandes artistas, porque son pioneras en la manera de presentar la figura del artista: a la par que ofrecen datos biográficos, se combinan con juicios sobre su obra. Son biografías que hacen las veces de retratos de una época. No podría dejar de mencionar a James Boswell con su monumental obra Vida de Samuel Johnson, entre otras cosas porque en esta biografía se combinan de manera armoniosa la crónica con la conversación; porque conjuga el acopio y cotejo de documentos con la inclusión de “citas” o expresiones del personaje objeto de su interés. Este es un ejemplo de hacer biografía, durante 21 años, con libreta de apuntes a la mano.

Diego: ¿Tanto tiempo para hacer una biografía?

Emilio: Lo que pasa es que Boswell no quería perderse nada del personaje que le interesaba. Algo semejante hizo Bioy Casares, quien recopiló a la manera de un diario biografía, infinidad de anécdotas, de enseñanzas, de conversaciones sostenidas por más de cuarenta años con su amigo Jorge Luis Borges.

Diego: Bien parece que la amistad y el trato frecuente con el biografiado es otra de las claves para realizar una buena biografía.

Emilio: Si se cuenta con la fortuna de que esté vivo, ese parece ser el mejor recurso. De lo contrario hay que rastrear indicios, huellas, documentos, así como nos lo enseñó Carlo Ginzburg… Pero, déjame termino mi respuesta mencionando a Emil Ludwig, Stefan Zweig o André Maurois como ejemplos de la biografía en la que la narración es parte fundamental del recuento cronológico de la vida del personaje; modelos de biografía “artística” en los cuales los hechos se mezclan estéticamente con la interpretación psicológica elaborada por el biógrafo.

Diego: Por lo que veo nos va tocar concertar otra cita…

Emilio: Será un gusto. Pero la próxima vez que nos encontremos vendré con mi bolsa de joyas bibliográficas… al menos para que puedas tenerlas a la mano y no en un PDF.

Diego: Entonces, que sea pronto. Pero antes de despedirnos me quedan dos preguntas.

Emilio: Que no sean tan difíciles como la anterior.

Diego: Esta es más cercana, porque tiene que ver con nuestra pasión común por la docencia: ¿cuál crees que es el valor formativo de la biografía?, ¿por qué es importante trabajar con la lectura o elaboración de biografías en el aula?

Emilio: Esa pregunta me parece muy importante. Considero que la lectura de biografías sigue siendo una buena manera de acceder a “vidas ejemplares” o a “historias de vida dignas de emular”. Y no me refiero solo a vidas heroicas o a historias de santos, sino a personas que se tornan representativas para un grupo social o una comunidad porque encarnan un conjunto de virtudes o un conglomerado de valores, y que, por eso mismo, pueden ser ejemplos significativos para las generaciones futuras. El valor formativo está ahí, precisamente, en ser “ejemplos de vida” para otros.

Diego: Y harta falta que nos hacen en esta época esos “ejemplos de vida” positivos, íntegros, virtuosos, en medio de una sociedad del espectáculo que exalta desvergonzadamente los modelos de vida corruptos, inmorales, dañinos para la sociedad.

Emilio: De otra parte, la lectura de biografías resulta útil en el aula porque contribuye a que nuestros estudiantes aprendan de esas historias de vida lecciones de sabiduría. Es decir, que saquen de las diversas peripecias de vida de esos personajes un provecho para sus propias vidas.

Diego: Como quien dice, que las vidas ajenas den luces para enfrentar los problemas o los dilemas personales.

Emilio: De acuerdo. Agregaría otra bondad de las historias de vida, en la que trabajé durante varios años. Me refiero a la autobiografía. Un medio ideal para que nuestros estudiantes se reconozcan, para que hallen esas marcas que los constituyen, para que descubran los rasgos que los tipifican y comprendan el sentido de tener un proyecto de vida.

Diego: Yo lo he intentado, pero mis estudiantes son reacios a escribir.

Emilio: Existen diferentes medios de hacer la autobiografía: usando las fotografías y agregando al pie, como si fueran pie de fotos, pequeños textos que den cuenta de lo que la imagen suscita o convoca; utilizando el recurso de la música, de aquellos temas que siguen vivos en nuestra memoria, a la par que se consignan o se cuentan pequeñas historias asociadas a dichas melodías. Me ha dado resultado también invítalos a hacer un “Diccionario autobiográfico” en el que los estudiantes van organizando su vida a partir de términos que les son particularísimos; vocablos que dan cuenta de su historia privada, de su mundo familiar, de sus gustos, o de los términos claves que han ido singularizando su relación con el mundo.

Diego: Qué variedad de alternativas para usar en el aula.

Emilio: O se puede llevar, aún con los más pequeños, un cuaderno  de anécdotas, o, con los más grandes, un cuaderno de incidentes críticos, recursos que ayudan a que los estudiantes comprendan que la vida, su vida, no es una línea recta, sino un viaje sinuoso, con altibajos, en el que estamos sometidos al vaivén de lo inesperado pero, de igual modo, contamos con el timón de nuestra voluntad.

Diego: Me hiciste acordar de mi querido Barba Jacob… “Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, / como las leves briznas al viento y al azar…”

Emilio: Extraño fuera que perdieras la ocasión para citarlo.

Diego: “Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe. / La vida es clara, undívaga y abierta como un mar”.

Emilio: Por lo que veo, la otra pregunta tocó dejarla para nuestro próximo encuentro.

Diego: Sí, porque como decía mi papá, al amigo y al caballo no hay que cansarlo.

Emilio: Ha sido un gusto enorme volver a verte y, más aún, encontrarnos para conversar.

Diego: Gracias por todas esas pistas que me regalaste en esta tarde…

Emilio: Espero que te hayan servido para aclarar tu camino investigativo, aunque, como les decía a mis estudiantes, lo mejor es atender las sugerencias de su tutor de proyecto.

Diego: Por el contrario, me he afirmado en algo que venía pensando… Gracias, una vez más. Y que la incertidumbre del cuarto pico de la pandemia no nos lleve a vernos dentro de dos años.

Emilio: Espero que no sea así. Cuídate mucho.

¿Alguna pregunta?

12 domingo Sep 2021

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Comentarios, OFICIO DOCENTE

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¿Alguna pregunta?, Comentario de libros, Crear historias, Libros-álbum, Marie-Louise Gay, Proceso creativo, Recomendaciones de libros, uso de la pregunta

Dada la calidad y las potencialidades didácticas del libro álbum ¿Alguna pregunta? de la canadiense Marie-Louise Gay, voy a pasar revista a algunos de sus elementos principales y, enseguida, haré unos comentarios adicionales derivados de esta excelente obra publicada por Santillana en 2017.

El punto de partida del libro álbum son las preguntas que hacen los niños sobre cómo nace un libro y cómo se cuenta una historia. La autora se involucra en el relato retomando inquietudes de los pequeños escuchadas en sus encuentros en escuelas y bibliotecas. Las preguntas sobre el proceso de composición son amplias y variadas: desde las relacionadas con la historia ¿de dónde sacas las ideas?, ¿dónde empieza una historia…?, hasta aquellas inherentes a la ilustración: ¿cómo aprendiste a dibujar?, ¿dibujas con lápiz…? O preguntas de tipo personal: ¿tienes un hámster?, ¿escribes todo el día de la noche a la mañana? Este ya es un primer acierto de la obra: a la par que se hacen preguntas, en el mismo libro se ofrecen variedad de respuestas, pero ambientadas en la lógica del relato o de la historia que se cuenta.

De todas esas preguntas la autora opta por una, una buena: ¿dónde comienza una historia? La respuesta tanto en el escrito como en lo visual Marie-Louise Gay muestra una de esas páginas; es decir, convierte el libro álbum en un registro de sus propias respuestas. Y si bien algunos no ven nada al comienzo en esa página en blanco, otros sí.

Lo que sigue es un juego con las posibles variantes o las alternativas para poblar esa hoja en blanco. La página en blanco puede convertirse en una tormenta de nieve, o tornarse en una hoja amarillenta o en un papel azul como el mar o adquirir tonos grises liláceos, verdes selva o negros como la noche… Esa es una primera opción: pintar la página en blanco de una tonalidad que dé pie al inicio de un cuento.

Pero no solamente podemos acudir al color para llenar esa página en blanco. Las historias también pueden comenzar con palabras o ideas que se nos vengan a la cabeza. Algunas de esas ideas se “capturan” y se ponen por escrito para que “despacio, muy despacio”, surja la historia. Otras se desechan y, unas más, como recomienda la autora, se “guardan cuidadosamente en un cajón para usarlas en el futuro”.

Con ese inicio de palabras lo que continúa es la “aparición” de pequeños dibujos que empiezan a rodearlas. De igual modo brotan “manchas de color” que salpican silenciosamente la página y “se convierten en formas, personajes e ideas”. La historia comienza a desarrollarse. Marie-Louise Gay apela a dibujos secundarios que enriquecen o generan diálogos con el texto central del libro álbum.Pero a veces la historia se estanca porque no se sabe cómo continuar o porque hay que buscar otras ideas o formularse nuevas preguntas. La autora reconoce que, en ocasiones, no se le ocurre ninguna idea o que piensa ideas descabelladas que no hilan bien con la idea inicial. Entonces, hay que usar la imaginación para explorar o probar nuevas ideas.Sin embargo, eso de buscar alternativas no siempre funciona, pues no se encuentran las ideas adecuadas. La salida es, según la autora, empezar a dibujar estrellas y espirales. Dibujar, pintar, cortar, pegar; es decir, dejar vagar la mente.  Como se ve, más que un logro mágico o producto de genios excepcionales la creación es un trabajo artesanal.Y de tanto sacudir y voltear las ideas al revés, de repente se encuentra la solución… Es ahí donde en verdad comienza la historia. Esa historia se boceta o va distribuyéndose en viñetas. Avanza poco a poco en un proceso de exploraciones, borradores y alternativas surgidas de nuestra prolífica imaginación. El texto convoca a la imagen y ésta lo incita por terrenos insospechados.Un logro más de este libro álbum es el de involucrar al lector en el proceso creativo. Después de cuatro páginas de relatar una historia, Marie-Louise Gay hace un alto para invitar al lector a imaginar qué sigue. La autora le cede el turno al lector y le muestra un ejemplo de cómo puede colaborar con el cuento, mostrándole que están permitidas las enmiendas o tachaduras. De nuevo las alternativas se multiplican y las posibilidades desfilan página tras página. La autora retoma una de las alternativas propuestas por sus pequeños colaboradores y la teje con la historia que traía. El resultado es una invitación a que los lectores se maravillen con el resultado. Valga resaltar otro logro de este libro álbum: el incorporar diferentes historias que se van anudando en un juego narrativo y lúdico. No sobra repetirlo: contar es anudar y anudar historias.

Y si bien la historia llega a su fin, la autora deja un intersticio para que aflore la creación de un nuevo cuento. Es como si les dijera a los lectores que ahora es su turno. Después de enseñarles cómo se construye una historia, de llevarlos por el paso a paso de la composición de un cuento, Marie-Louise Gay invita a los niños y niñas a que escriban y dibujen su propia historia. Todo final da pie para otro inicio.Por todas estas razones es que me ha parecido clave exaltar este libro álbum de Marie-Louise Gay. Porque el contar historias, el saber y enseñar a contarlas, hace parte de una competencia narrativa que supera los límites de la clase de español o las aspiraciones de un profesor de literatura. Competencia narrativa hay cuando relatamos nuestra propia vida o la de otros, competencia narrativa existe cuando aprendemos a convertir hechos en acontecimientos y competencia narrativa utilizamos cuando refiguramos los sucesos vida cotidiana. Desarrollar la competencia narrativa, por lo mismo, es una manera de apropiar el pasado y, de igual modo, un medio para avizorar el porvenir.

Valga citar acá a Kieran Egan, quien en su libro La comprensión de la realidad en la educación infantil y primaria ha señalado el valor de la narración tanto para el diseño curricular como para asignaturas específicas. Egan nos anima a “considerar las lecciones o unidades curriculares como buenas historias para ser contadas más que como objetivos para ser conseguidos”. Y lo más importante, según Egan, es que “las narraciones no solo organizan hechos, ideas, personas, reales o imaginarias, sino que modelan nuestras respuestas afectivas”. 

Contar historias es algo que los maestros deberíamos tomarnos más en serio, y no confiar en que el súbito ingenio o la etérea inspiración lleve a nuestros estudiantes a aprender a componerlas… Para evidenciar lo que digo, quisiera retomar algunos de los aspectos que he resaltado al inicio de esta exposición, a propósito del libro álbum ¿Alguna pregunta? Entonces, voy a sacar en claro ciertos puntos que pueden enriquecer el trabajo didáctico sobre la competencia narrativa en varias áreas o disciplinas de nuestras instituciones educativas.

Primero: que las preguntas de nuestros estudiantes pueden ser un buen detonante para elaborar o crear una historia; que su curiosidad se manifiesta en esas preguntas y, por ello, no podemos ignorarlas o considerarlas banales. No sobra recordar que, en su origen, preguntar significaba propiamente “tantear, sondear, buscar en el fondo del mar o río” (derivado del latín CONTUS, y éste del griego, KONTÓS: “Pértiga con la que el barquero impulsa la barca”; “remo”, “pica”, “lanza”). Es más, que muchas de esas preguntas tocan o interpelan nuestra propia vida y que, por eso mismo, deberíamos no solo volver el conocimiento una información, sino un contenido filtrado por nuestros afectos, nuestras experiencias, nuestro mundo vivencial.

Aquí vale la pena retomar y subrayar una idea de John Dewey sobre la esencial tarea del maestro en el uso didáctico de la pregunta: “Preguntar es el arte de guiar al estudiante hacia las ideas claras y vivas; de incitarle su imaginación, estimularle el pensamiento y darle alientos para la acción. El maestro que sabe preguntar sabe también guiar el aprendizaje”. O apropiar las reflexiones de Walter Bateman, cuando recomienda el uso de la pregunta para enseñar a investigar a los estudiantes, en su obra Alumnos curiosos. Preguntas para aprender y preguntas para enseñar: “Los docentes expertos y competentes pueden darse cuenta de que al comenzar una clase con una pregunta general o un problema, prepararán a los alumnos para la discusión y para pensar, en lugar de hacerlo únicamente para tomar apuntes o soñar despiertos”.

Segundo: y esto sí que es importante cuando lanzamos una tarea o proponemos una actividad creativa: que hay que aprender primero a observar, a contemplar, a exacerbar los sentidos, antes de hacer o realizar una actividad. Me gusta sintetizar dicho planteamiento con esta idea: hay que lograr que nuestros estudiantes pasen del ver al mirar. Este principio sirve para sociales, artes, español, ciencias…, para varias disciplinas.

Tercero: resalto el apartado del libro álbum en el que la autora afirma: “una historia siempre comienza en una página en blanco”. Esto es vital para los procesos creativos porque les quita a los estudiantes el miedo a inventar, el miedo a lo inédito, el miedo a lo desconocido. Pienso en la hoja en blanco y en todas las estrategias didácticas para romper su hechizo: a) empezar a emborronar la hoja en blanco de cualquier manera, a ver si de pronto hallamos una idea que nos parezca sugerente o con posibilidades, b) usar dibujos o grafismos que convoquen o inciten las palabras, c) escribir una o dos línea y dejarlas por un tiempo para luego volver a ellas, d) hacer listas de palabras, e) diagramar un mapa de ideas, f) escribir y botar la hoja, una y otra vez, hasta que uno de esos intentos nos convenza y nos lleve a escribir (invito a los lectores a revisar mi libro Escritores en su tinta, en el que encontrarán una ampliación de estos recursos para enfrentar la página en blanco).

Cuarto: que crear una historia, componer un relato, elaborar un cuadro, diseñar una diapositiva en power point, elaborar un cartel, no es una labor de una sola vía, sino un juego con las posibilidades, con las alternativas; un abanico poderoso de variaciones que puede proveer nuestra imaginación. A veces es variando el color, o la textura o el tamaño de la letra, o cambiando de posición los elementos, o poniendo en otro orden las partes, o introduciendo un aspecto fantástico o modificando la perspectiva de contar un acontecimiento. La palabra variación es otra de las claves que deberíamos convertir en ejercicio recurrente en nuestro trabajo docente: variación en la forma de presentar los contenidos, variación en el modo de evaluar, variación en el tipo de presentación de las tareas, variación en los tiempos de enseñanza… Hacer variaciones es un modo de potenciar la creatividad, el ingenio y la innovación en la escuela…

Quinto: es el valor que le otorga la autora a algunas palabras como germen de una historia. En otros escritos he hablado de que las palabras están impregnadas de nuestros contextos, de nuestras cicatrices, de nuestra experiencia vital. Tendríamos que lograr una mayor inclusión de las palabras de nuestros estudiantes; reconocerlas, darle densidad, hacerlas que circulen en los productos que pedimos en clase. Las propuestas de escuela nueva y otras tantas de Paulo Freire siguen teniendo vigencia. Pienso ahora en el recurso de los diccionarios autobiográficos o en los tesauros sobre determinados aspectos personales, familiares o de época como recursos poderosos para la creatividad.

Sexto: este es otro punto que destaco especialmente de la obra que nos ha servido de motivo para estas reflexiones. Se trata del significado positivo que le da Marie-Louise Gay a las etapas de bloqueo, de no saber cómo seguir adelante en el desarrollo de una historia. Precisamente, para no ver este momento como un defecto de la composición, sino como parte constitutiva del proceso creativo. Debemos decirlo fuerte delante de nuestros estudiantes: “a veces en su proceso creativo no sabrán cómo seguir adelante” “estarán varados, atascados… y eso no es un fracaso en el proceso creativo, sino un aspecto que deben aceptar, y comprender”. Y si se quieren sortear esos bloqueos, como la misma autora nos los confiesa, tenemos que dejar libre la imaginación, o hacer otra cosa, o cortar o pegar, o ponernos a hacer garabatos a ver si de pronto, “sacudiendo las ideas, volteándolas al revés”, volvemos a encontrar el hilo perdido de la historia.

Séptimo: señalar que los procesos creativos requieren muchas veces el apoyo de otros. La autora nos muestra un ejemplo de lo que es crear colaborativamente. Propone una historia, pero, de repente, la deja en vilo para que el lector la continúe, así como en Cuentos para jugar de Gianni Rodari (en esta obra se ofrecen varios finales a una misma historia y se deja abierta la posibilidad para que el lector proponga otro final). Resulta llamativa y retadora la propuesta creativa de Marie-Louise Gay: “aquí va mi historia…. ¡ahora es tu turno!” Lo que subrayo acá es que la creación de historias no se agota en demandarlas a los estudiantes; también es posible construirlas con ellos; o abrir nosotros el camino de la historia, pero dejando que las voces o las ideas de los muchachos y muchachas enriquezcan nuestro relato inicial. Elogio la apuesta por la cocreación, por el trabajo colaborativo en una composición, por la riqueza imaginativa del trabajo en equipo.

Añadiría que las historias, y los profesores de sociales en particular lo saben, son dinámicas, se transforman, cambian, sufren mutaciones y amplificaciones cuando circulan en nuestra sociedad. No somos espectadores de la historia, entes pasivos, sino protagonistas de la misma.

Octavo: resalto de igual modo, tanto en la obra como en los procesos creativos, la simbiosis poderosa que hay entre palabra y dibujo, entre imagen y texto. Sabemos que el dibujo tiene su origen en la línea, así como la pintura en la mancha; y sabemos también que hay una sintaxis de la imagen (punto, línea, escala, textura, color…) mediante la cual se elaboran infinidad de piezas gráficas. Al tener esos dos lenguajes en movimiento se producen interconexiones, filiaciones insospechadas, amalgamas de gran fuerza creativa. A veces el texto convoca a la imagen y, en otras ocasiones, es el dibujo el que amplifica las potencialidades de la palabra. Esta es una de las apuestas fundamentales del libro álbum: poner a dialogar el texto con la imagen. Resulta evidente en el trasegar de nuestra cultura que no solo se cuentan historias con palabras, de igual modo se relatan historias con imágenes, fijas o en movimiento. Veo en esto de la didáctica de la imagen un filón de intervención de los maestros para enriquecer las composiciones creativas de nuestros estudiantes en diferentes áreas.

Noveno: finalmente, elogio en el libro álbum que nos ha servido de detonante, la importancia de atender el proceso de composición en cualquier actividad creativa ya sea en el área de artes, lenguaje, sociales, o ciencias. Los maestros hemos contribuido erróneamente, por nuestro afán o cierta concepción romántica de lo creativo, a favorecer el logro por genialidad o por inspiración inmediata y definitiva.  Hemos dejado a un lado o no hemos insistido lo suficiente en que el proceso de composición tiene etapas como la planificación, la generación y la revisión, que hay puntos de partida, procesos de elaboración, maneras de corregir, que existen formas de autorregulación, que se cuentan con repertorios de técnicas validadas por la tradición de un oficio, que hay diferencias notables entre el modo de proceder de los novatos y los expertos. En últimas, que componer o crear no es un acto mecánico o mágico sino un proceso artesanal que merece conocerse paso a paso, desentrañando sus potencialidades al igual que sus zonas de dificultad. Todo eso podemos apreciarlo en una obra como ¿Alguna Pregunta? de Marie-Louise Gay.

Bloqueos al escribir

08 domingo Ago 2021

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Ilustración de Joey Guidone.

Todos los que tenemos por oficio o pasión la artesanía con las palabras sabemos de las etapas de bloqueo o merma en la producción escrita. A veces duran días y, en otras ocasiones, abarcan meses. Y si bien los escritores confiamos en que esos momentos de sequía sean ocasionales, no por ello dejan de provocar incertidumbre o ansiedad.

La razón de estos bloqueos es múltiple. Cambios sustanciales en el estado de ánimo del escritor, situaciones o eventos coyunturales que ocupan prioritariamente su atención, falta de concentración, presencia de alguna enfermedad. Algunos de estos motivos son evidentes o forman parte de explicaciones racionales. Sin embargo, hay otras razones menos detectables o evidentes: un lento proceso de hibernación del espíritu que va poniendo en cuarentena la mano del que escribe; o una lenta incubación de algún proyecto vital que necesita ahondar en zonas profundas del psiquismo antes de poder florecer.

No hay manera de evitar estos bloqueos, aunque con la experiencia se aprenden ciertos recursos que operan más en unos que en otros escritores. Por ejemplo: ocuparse en un oficio diferente o un arte alterno. Algunos escritores dibujan o pintan, interpretan un instrumento o realizan determinada labor casera. La idea es emplear estos recursos como medio de distensión para encontrar una salida a lo que parece enredado o tiene la forma de un nudo ciego. Ocupar las manos, cambiar de medio de creación, dejarse habitar por otras ocupaciones parece ser una salida al embrollo de no saber cómo componer una página.

Es recurrente otra alternativa: viajar, explorar en paisajes poco conocidos; llenarse de ilimitados paisajes o del infinito mar. Adentrarse en la aventura, en vacacionar el espíritu o nutrirse de mundos desconocidos, todo ello hace las veces de acicate o estímulo para volver a escribir. La estrategia cifra su cometido en usar el afuera para vivificar el adentro de quien escribe. La sorpresa, la novedad, el cambio de rutina, aspiran a que lo detenido vuelva a fluir. Por lo demás, el mismo acto de viajar, de desplazarse, pone la mente y los sentidos en un estado de alerta que contribuye a renovar modos de percibir o representar las personas o el universo. En muchos casos, durante el mismo viaje, renace la escritura o al menos se entrevé una solución a lo que parecía imposible de resolverse.

Es conocido también el recurso de la lectura. Al bloqueo de escribir se responde leyendo la escritura de otros. Es un modo de nutrirse a través de palabras ajenas. Varios escritores señalan que lo más indicado es adentrarse en la lectura de los clásicos, a ver si en tal inmersión se halla una piedra de toque que encienda otra vez la hoguera de la propia escritura. Y no hablo de lecturas directamente relacionadas con el género en que se padece el bloqueo, sino de otro tipo de textos, a veces bien distintos del género en el que regularmente se escribe. De igual manera, un consejo frecuente es leer poesía porque el lenguaje lírico, además de refrescar la palabra, es un modo de volverle a dar plasticidad al pensamiento cuando está demasiado tenso o radicalmente limitado por coordenadas poco elásticas. Sea como fuere, la lectura anhela incitar o hacer reverberar la materia prima de las palabras para que, con esa resonancia, se produzcan en el escritor evocaciones, conexiones, reincidencias.

Otros escritores acostumbran sortear los bloqueos de escritura apelando a escribir una tipología textual distinta a la que están atorados. Acuden a realizar ejercicios de formas específicas (un soneto, un écfrasis, un resumen de un número de palabras determinadas) como un modo de calistenia que les permita recuperar el tono o la continuidad en lo que venían escribiendo. La clave está en cambiar de registro de escritura o de variar el formato en el que están plasmado sus ideas. Es decir, si el bloqueo está en un texto narrativo, entonces se recurre a redactar versos de rima y sílabas precisas o lanzarse a realizar reseñas según un protocolo definido. Como se ve, se trata de tener ocupada la mano y la mente en otra frecuencia de escritura, a ver si de esa manera se recupera el vínculo con lo que se venía escribiendo. Y entre mayor sea el contraste de géneros, mejor será el resultado. Exigirle al entendimiento y a la creatividad estos cambios de enunciación a veces permite encontrar un paso en la vía de un proyecto interrumpido o una salida a un atoramiento en una tipología textual concreta.

Un camino adicional para sortear estos atascos es el de transcribir fragmentos de autores que sean muy queridos o dignos de emulación. Copiar la escritura de otros, a la manera de amanuenses consagrados, busca que el escritor interiorice formas, tonos, modos de decir, maneras de puntuar. No se trata de plagiar resoluciones ajenas a nuestros bloqueos, sino de confiar en la fuerza de la imitación para incorporar tradiciones, estilos, acervos literarios, repertorio de técnicas. Se cree que con esta práctica de transcripción de escritos selectos se aumenta el caudal de las potencialidades creativas o, por lo menos, se lubrica el engranaje de la facultad combinatoria. El objetivo es que haciendo este trabajo de imitación se prepare la mano del escritor para recuperar su inventiva.

Así se emplee uno u otro recurso, el bloqueo de escribir hace parte de las particularidades de este oficio. Al igual que como hay etapas prolíficas o de abundante producción, de igual modo existen períodos en que la pluma no es tan fértil como deseáramos. Resulta prudente, por lo mismo, no asociar estos bloqueos con estados de crisis insolubles u obsesionarse con soluciones inmediatas. Lo aconsejable es dejar que los ritmos de la creación se desplieguen en su tiempo necesario, sin que eso implique el abandono o el desinterés por la escritura. Muchas veces el afán por escribir termina convirtiéndose en una presión que conduce al atasco y atoramiento expresivos. La escritura necesita sus momentos de silencio, de pausas regenerativas. Permitir que se reorganicen las estructuras de nuestro pensamiento y los derroteros de nuestra imaginación, sin querer forzarlas, es otra de las claves de saber escribir.

Preguntas sobre la escritura de ensayos

09 domingo May 2021

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Etiquetas

Bloqueo para escribir, Cómo plantear la tesis, Conectores lógicos, Organización de las ideas para un ensayo, Uso de los argumentos

Ilustración de Jim Frazier.

Los estudiantes del colegio La Arboleda de Cali, liderados por el profesor Samir Jiménez Patiño, están ocupados en la escritura de ensayos. Por lo que sé, han seguido para tal propósito las indicaciones didácticas del profesor y las orientaciones contenidas en mi libro Las claves del ensayo. Adicionalmente me han compartido algunas preguntas surgidas a la par de su tarea de redacción. Paso, en consecuencia, a responder sus inquietudes, como un gesto de agradecimiento a la lectura de mi libro y como un modo de exaltar su empeño en aceptar el desafío de pensar por cuenta propia.

Al iniciar el proceso de escritura de un ensayo se tienen en la cabeza muchas ideas, pero es muy difícil llevarlas al papel. ¿Cuál puede ser una buena estrategia para romper esa barrera?

Si el problema no es la falta de ideas, sino su exceso, lo mejor –cuando se desea escribir un ensayo– es utilizar un mapa para organizarlas, listarlas o darles una incipiente distribución de tabla de contenido. Hallar, en la abundancia de nuestras ideas, tópicos o modo de agruparlas resulta útil tanto para arreglar el caos en nuestra cabeza, como para avizorar los posibles párrafos de nuestro ensayo. Pasar lo que bulle en nuestro cerebro al papel, al diseño, a los cuadros o los recuadros con sus respectivas líneas de división, puede dar excelentes resultados. Organizar las ideas, como se sabe, garantiza que luego, cuando ya estemos redactando, no terminemos divagando de un lado para otro o repitiendo las mismas ideas en distintos párrafos.

Para que un texto se considere un ensayo, ¿cuántos argumentos debe poseer como mínimo?

Todo dependerá del tipo de tesis que tenga entre manos el ensayista; a veces serán suficientes dos o tres; pero, en otros casos, tendrá que echar mano de cinco o más. En ciertas ocasiones, la selección de pocos argumentos de autoridad, por ejemplo, subsanan o evitan la búsqueda de muchas citas bibliográficas que no respaldan nuestra tesis de manera contundente. O si se cuenta con una adecuada analogía ella podrá remplazar muchos ejemplos. En todo caso, el número de argumentos necesarios en un ensayo corresponde a la necesidad del ensayista de que su tesis quede lo suficientemente avalada o de que, su línea argumental, haya quedado tejida lógicamente y esté bien cohesionada.

¿Cómo saber que tipos de argumentos utilizar cuando se inicia el proceso de escritura de un ensayo?

Eso estará sujeto al tipo de tesis o al contexto en que se solicite el ensayo. Porque si la tesis planteada es de orden teórico o de tono filosófico, seguramente los argumentos de autoridad y los lógicos serán los más pertinentes; pero si lo que se tiene entre manos es una tesis más creativa o innovadora, lo mejor será echar mano de los argumentos por analogía, combinándolos con ejemplos. Desde luego, lo más recomendable es combinar diferentes tipos de argumentos; esto no solo le da plasticidad al ensayo, sino que permite hacer converger diferentes recursos persuasivos.  El otro asunto es el destinatario o el ambiente en el que solicite el ensayo; porque si es para el mundo académico y, particularmente en el escenario universitario, el tipo de argumentos más socorridos serán los de autoridad con una rigurosa metodología de citación. Por supuesto se necesitarán otros tipos de argumentos, pero serán los de autoridad los que permitirán que el ensayo evidencie el dominio de entrelazar las voces de otros autores con la propia voz. Lo que sí es seguro es que los argumentos lógicos serán, en cualquier caso, imprescindibles; de no ser así, sería muy difícil darles una argumentación consistente a las ideas o hallar razones convincentes para persuadir al lector de la tesis que deseamos defender en el ensayo.

¿En un ensayo se puede escribir en primera persona y, aun así, conservar la rigurosidad en la escritura?

En propiedad, el ensayo nace de la afirmación de un yo en la escritura; es el medio para pensar por cuenta propia y no plantearse como un replicante de voces de autoridad. El ensayo, con Montaigne, se instaura desde la propia voz. A veces, se usa un nosotros para evitar el exceso de la primera persona. No creo que le ayude mucho al ensayo presentarlo en tercera persona, como si fueran las reflexiones de un ente anónimo, a sabiendas de que si algo tiene de válido es que es una tipología textual para presentar una tesis personal y defenderla con argumentos. No obstante, al afirmar que en el ensayo se puede escribir en primera persona no significa decir cualquier cosa u olvidarnos que estamos circunscritos a escribir en el terreno de la argumentación. Podremos utilizar nuestra propia voz, pero entendiendo que no estamos lanzando irresponsablemente una opinión o dejando ideas deshilvanadas o renunciando a la cohesión y la coherencia entre nuestras proposiciones. Ahí reside, precisamente, su rigor. Ni estamos escribiendo un cuento, ni presentando un relato tan emotivo como desordenado de algo que nos ha sucedido. En suma: lo personal no riñe con lo lógico y cabalmente argumentado.

¿La tesis de un ensayo siempre tiene que ser una afirmación, o puede ser una pregunta?

Lo aconsejable es presentar la tesis de manera afirmativa con el fin de que el lector sepa, de entrada, qué es lo que el escritor desea poner en debate o sobre qué idea quiere persuadirnos. Más que darle vueltas a un asunto lo adecuado es enunciar la tesis sin explicaciones o arandelas divagantes. Los párrafos que siguen servirán para argumentar, ejemplificar, o desarrollar lógicamente dicha tesis. Es factible usar una pregunta retórica a manera de tesis, dando por sentado que el lector entiende nuestra sutileza o ironía, pero es mejor convertir los interrogantes o las preguntas en una afirmación que viene siendo como la toma de postura del ensayista, su manera particular de asumir un asunto o un tema. A veces se usan las preguntas en el desarrollo del ensayo, pero como un recurso retórico para comprometer o poner a pensar al lector sobre alguna conclusión que sacamos a flote o hacer que las premisas lo conduzcan a aceptar nuestras razones.

¿Se puede decir que el ensayo tiene una estructura textual definida?

Dejando de lado la creatividad o el estilo personal del autor, un ensayo presenta la siguiente estructura general:  una tesis, unos argumentos que avalan o soportan dicha tesis, y un cierre que rubrica la tesis o la potencia hacia nuevos planteamientos. Ahora bien: en la segunda parte, referida a los argumentos de soporte, esa estructura se bifurca en muchas posibilidades: argumentos de autoridad, argumentos con analogía, argumentos con ejemplos, argumentos lógicos. Hay una relación entre la tesis y el cierre del ensayo, entre lo que se plantea y lo que se logra con nuestra argumentación. En la mitad de esas dos partes están nuestros recursos argumentativos. La estructura puede ramificarse si las condiciones para elaborarlo implican una extensión considerable o si por requisitos académicos demanda dar cuenta de determinadas fuentes o atender cierto problema específico. En este caso, el ensayo necesitará de subtítulos o de un caudal de recursos argumentativos de mayor profundidad. Sea como fuere, los basamentos de un ensayo consisten en tener una tesis y contar con grupo de argumentos para avalarla o darle sustento.

¿Es necesario que siempre que se inicie un párrafo en un ensayo se haga con un conector?

No necesariamente hay que usar un conector para iniciar un párrafo. Una vez más, será la línea argumental la que nos llevará a necesitar o no de un conector para hacer coherente lo que decimos en un apartado con lo que continúa en el siguiente. Nombrar aquello de lo que trata nuestro ensayo o echar mano de reiteraciones también son recursos con buenos resultados. Sin embargo, los conectores al inicio de los párrafos contribuyen a que el lector siga el hilo de nuestros planteamientos; son un modo de llevarlo paso a paso hasta el lugar del convencimiento o de interpelar su atención para que no pierda el camino de nuestra disertación. Estos conectores se hacen más necesarios en la medida en que aumenta la extensión del ensayo. En el fondo, el uso de conectores favorece el nivel de comunicación de nuestros escritos; es un gesto de interacción intelectiva con el lector, un modo de buscar la claridad y la comprensión en lo que escribimos.

¿Existen algunos conectores que no deben utilizarse por su uso recurrente en la escritura?

Más que existir conectores vedados en un ensayo, lo importante es usar variedad de ellos y evitar, en lo posible, que se repitan de manera continua en un mismo párrafo. Esa parece ser la recomendación fundamental: tener una riqueza de conectores que nos permita emplearlos con diversidad a lo largo del escrito. El otro punto tiene que ver con el cuidado al emplearlos, ya que cada uno de ellos hace parte de una familia específica de usos: los hay para ejemplificar, para darle continuidad al discurso, para señalar un orden temporal o espacial, para resumir o recapitular, para concluir, para subrayar una idea… En consecuencia, no podremos usar en un ensayo de manera indiscriminada un conector, sino que atendiendo a nuestro propósito argumentativo deberemos buscar el más idóneo para tal fin. Un error frecuente es usar un conector que no encaja con el desarrollo de nuestras ideas o, lo más grave, que entra en flagrante contradicción con el flujo argumentativo.

¿Cómo crear argumentos fuertes con analogías?

Cuando se argumenta mediante analogías es clave tener presente que no es suficiente mencionar la relación que nos sirve para argumentar la tesis, sino que debemos desarrollarla en su mayoría de semejanzas posibles. Lo que hace fuerte los argumentos con analogía es que el parangón entre las dos realidades comparadas se muestre en diversos aspectos o elementos; y a través de la mostración de esas similitudes entre realidades diferentes se saque el mayor número de argumentos para reforzar la tesis. Lo que le da contundencia a la analogía es el mayor número de afinidades que el ensayista puede mostrarle al lector y, con esas evidencias, establecer un razonamiento en cascada que lo lleve a convencerse de su planteamiento vertebral.

¿Qué hacer cuando se está bloqueado para escribir un ensayo?

Al igual que con otras tipologías textuales existen muchos recursos para salir de ese bloqueo: a veces el grafismo o el dibujo contribuyen a encontrar alguna salida para empezar a escribir; los trazos libres y espontáneos hacen las veces de pararrayos para la creación o el despuntar de las primeras líneas. También es útil empezar a redactar de cualquier manera, yendo sin rumbo fijo, dejándose llevar por la mera relación entre las palabras o tratando de derivar unas ideas a partir de la primera que sale de nuestra mente. Lo que se busca con este recurso es que, de un momento a otro, hallemos la punta de un hilo que nos permita tejer una primera idea que, ojalá, tenga el tono de tesis. A veces para salir de tales bloqueos resulta conveniente leer algún texto que esté relacionado con el tema o problema que nos interesa; esa lectura hace las veces de imantación o provocación intelectual y nos pone en sintonía con una parcela del saber que sirve de toque para encender nuestros propios pensamientos. En otras circunstancias los ejercicios de contrapunto con una cita que encontramos y nos parece interesante contribuye a adentrarnos, así sea parcialmente, en el terreno ensayístico; recordemos que escribir es una labor artesanal elaborada por pedazos, confeccionada de manera diferente a como queda, después de afinada o corregida, en el producto final. Y si nada de esto funciona, habría que intentar entregarse a la lectura de ensayistas que nos interpelan o hacen parte del grupo de mentores en esta tipología textual, a ver si entre sus páginas silentes hallamos una mano amiga que nos ayude a salir de ese vado de la improductividad escritural.  

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