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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: APRENDER A ESCRIBIR

Carta a un amigo que desea escribir su primer libro

29 domingo Nov 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Cartas

≈ 8 comentarios

Ilustración de Pawel Kuczsynski.

Estimado amigo,

Me comentaste en nuestra pasada conversación telefónica que deseabas, ahora sí, convertir en realidad el proyecto de escribir tu primer libro. Celebro esa intención y, para organizar mejor lo que te comenté oralmente, voy a valerme de esta carta por ser un género íntimo y muy cercano al diálogo de viva voz.

Una de las cosas que te comentaba, y seguramente lo has vivido en carne propia, es que lanzarse a escribir un libro no es algo que se logre en un impulso, sino más bien es una labor artesanal en la que se va avanzando párrafo a párrafo, página por página, a lo largo de un tiempo considerable. Muchos de los sueños editoriales de los maestros o profesionales de diferente disciplina terminan en fracasos porque se idealiza la tarea de escribir o se espera que, de un momento a otro, aparezca la chispa de la inspiración y eso les permita redactar en pocos días el mayor número de páginas de un libro. Pero, mi estimado amigo, eso no es así. Por el contrario, tienes que comprender que escribir es una labor artesanal en la que se va lentamente puliendo las frases, reorganizando las ideas, seleccionando las palabras, tachando y enmendando lo que redactamos. Sin paciencia y sin disciplina es muy difícil alcanzar la meta de escribir un libro.

Por eso te recomiendo, y espero no haber sido demasiado insistente, abrir un campo en tu agenda o disponer un tiempo para dedicarte a este proyecto. Te sugiero por lo menos dos horas, dos veces a la semana, en las que puedas dedicarte a este propósito. Has de cuenta que tienes una clase o que, en tu cronograma, en esos días y horas debes atender un compromiso muy importante. Si no logras apartar y respetar tales minutos para tu proyecto de escritura, pasarán los años y nunca lograrás convertir en un producto tus más preciados sueños intelectuales. A mí me da resultado hacerlo por las mañanas, además de dedicar la tarde del último día de la semana. Tú podrás organizarte de otra manera, dependiendo de tus compromisos laborales o de tu ritmo vital. Sea como fuere, cumplir esas horas destinadas para tal fin, preservarlas a toda costa en tu cronograma habitual, es como tener un terreno fértil sobre el cual empiezas a cultivar tu primera obra escrita.

Con esa agenda que hace las veces de guardián de tu propósito, empiezas en firme a adelantar tu proyecto. Por lo general, hay dos vías que terminan hacia el final pareciéndose. La primera, es recopilar lo que ya hayas producido durante un tiempo considerable. Mira en tu computador o en tu escritorio de trabajo los textos escritos que has venido produciendo a lo largo de tantos años; no te preocupes en este momento por la calidad o extensión de los mismos. La idea es poner en un solo lugar lo que está desperdigado o refundido entre los cientos de documentos que guardas en tu ordenador o aquellos otros papeles engavetados en algún archivador personal. Esto te podrá llevar varias sesiones de trabajo. No te preocupes; así no lo creas estás en el camino indicado de realizar tu obra. Esa recopilación te ayudará a tener una visión de conjunto y a descubrir qué tan abundante o reducida ha sido tu producción intelectual. Si es copiosa, lo que sigue es tratar de ordenarla por tópicos o por temas y ya con esa agrupación iniciar una lectura atenta de los documentos para ver si los textos aguantan el juicio crítico de los años, si continúan manteniendo alguna calidad o si pueden resultar interesantes para un lector. Recuerda que, en esta etapa, no se trata de ponerte a corregir o complementar minuciosamente cada escrito que encuentres; si así lo haces, terminarás preso de uno de ellos y, perderás la visión de conjunto. El objetivo es más de revisión global, de apreciar la valía de aquellas producciones hechas con anterioridad.

Terminada esa etapa de compilación, selección y agrupación, entras en un segundo momento del proceso: el de corregir lo ya escrito. A veces necesitarás incluir en uno de aquellos textos un párrafo, en otras ocasiones aclarar una idea, incluir una bibliografía o poner un subtítulo para mejorar la comprensión de lo expuesto. Eso depende de las particularidades de cada escrito. En todo caso, no olvides mi recomendación: no te vayas a perder en dichos productos al querer decir todo lo que sabes hoy sobre algo que escribiste en tiempos pretéritos. Para eso tendrás adelante otro momento. Lo que debes tener en mente es que la corrección de tus textos te llevará a descubrir la necesidad de escribir unos nuevos para enriquecer la obra, para completar un vacío dentro del conjunto o para actualizarla, a partir de lo que has cosechado a lo largo de tu experiencia. Son esos nuevos textos a los que debes dedicarte con profundidad en los días o meses siguientes, como si fueran productos para una obra inédita.

La otra vía nace, precisamente, de evidenciar que tienes muy pocos textos escritos en tu haber o que, por la novedad de tu proyecto de libro, hasta ahora van a empezar a redactarse. En este caso, te aconsejo ir tomando notas de lo que lees o piensas, tener a la mano un diario en el que vayas consignando lo que se te va ocurriendo y procurar cada día elaborar así sea un párrafo sobre el proyecto en curso. Te repito que la escritura requiere un ejercicio continuo de nuestra mente y una lenta apropiación de las técnicas que le sirven de fundamento. Así que, si logras incorporar ese hábito, si tu cuerpo no es tu mayor impedimento, irás ganando en el dominio de la palabra escrita. Ponte como meta redactar una página, por lo menos cada semana, sin importar que siga la continuidad lógica de un artículo o un ensayo; revisa lo que escribes el día de hoy en la jornada siguiente y corrígelo con esmero; vuélvete diestro en el dominio de un párrafo, antes de aventurarte a textos de mayor extensión. Documéntate, ve haciendo tus fichas de lectura, transcribe párrafos que te resulten significativos, analiza cómo otros construyen sus escritos. No te enfrasques todavía en las minucias de la corrección idiomática o en esperar el dominio de la puntuación o los vericuetos de la gramática. Lo que cuenta es producir, escribir constantemente, para darte confianza y comprobar cada día que el proyecto de libro avanza. Procura, si eres docente, poner por escrito algo de lo que vas a hablar en tus clases o realiza una síntesis de lo explicado; o si eres un profesional de otras disciplinas, acostúmbrate a redactar los pequeños textos de tus presentaciones con la calidad de un párrafo bien elaborado. En muchos casos, esos textos sirven de motivo para amplificarlos, desarrollarlos más extensamente o son la base para la construcción de artículos de mayor densidad. Te insisto: escribir tu primer libro será más el resultado de pequeñas y constantes acciones de redacción que la intervención de la genialidad o la inspiración de una musa extraordinaria.

No sobra recordarte el aprovisionarte de algunos útiles de escritura que, como irás descubriendo, son de gran ayuda para resolver las dudas o los escollos de la redacción que encontrarás a tu paso. Los diccionarios de uso de la lengua, los de ideas afines, los razonados de sinónimos y contrarios, para mencionar algunos, te ayudarán a ir ampliando tu competencia lexical, serán tutores para escribir mejor y contribuirán a que halles las palabras precisas para expresar tus pensamientos. Ten esas fuentes a la mano, frecuéntalas, revísalas constantemente. Provéete también de una buena reserva de conectores lógicos, esas partículas o bisagras lingüísticas que ayudan a la cohesión y la coherencia entre las ideas; eso te ayudará –como escribí en uno de mis libros– a que tus textos fluyan con facilidad, a que las causas encajen con los efectos y a que las diversas partes de tus escritos se articulen de manera variada y armoniosa. Una cosa más: acostúmbrate a tachar, a corregir cuanto te sea posible cada cosa que escribas; no te aferres soberbiamente a lo que primero que se te venga a la cabeza, ni pienses que el primer borrador ya tiene la forma de un texto publicable. Y si no eres todavía un buen escritor, conviértete ahora en un exigente lector de aquello que produces.

Hay más cosas que deseo compartirte, pero creo que con estas recomendaciones sacadas de mi propia experiencia es suficiente. Lo que deseaba era celebrar tu decisión de empezar a escribir ese libro del que me has hablado en diversos momentos de nuestra larga amistad. Sabes que cuentas con alguien que estará dispuesto a colaborarte en tal propósito. Porque ese es otro punto que mereces tenerlo en cuenta: siempre es aconsejable hallar un conocido, un colega, que lea con sinceridad lo que escribas; esa persona seguramente te ayudará a que tus escritos se comuniquen con más claridad, te servirá de referente para saber el alcance de tus ideas y será un primer público de tus producciones escritas. En este punto, confío en que me consideres digno de leer tus primeros textos.

Un abrazo cordial.

El abuso en los incisos

12 domingo Jul 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Nudos

En las correcciones a los textos producidos por los participantes en los cursos de Redacción que imparto he notado en buena parte de ellos un problema frecuente y es el empleo excesivo de incisos. Tal forma de construir los párrafos torna la prosa lenta, difusa, y es una de las causas de la pérdida de claridad y la digresión sin norte. Valdría la pena retomar algunos ejemplos para analizarlos y lograr sacar conclusiones útiles en esta siempre inacabada labor de aprender a escribir.

Transcribo unos primeros textos, tomados de una de las ponencias redactadas durante un curso. Estos escritos ya han pasado por el cedazo de al menos tres o cuatro correcciones:

a) Esto es, los lectores hoy pueden recurrir a textos físicos, audio e hipermediales, lo que se ha convertido, para ellos, en una gama de posibilidades frente a sus gustos.

b) En este segundo aspecto, la práctica de la lectura, bien sea por necesidad o por gusto, requiere de una consciente disposición desde donde se pueda intercambiar, con profundidad, con autores y textos

c) Puesto que la enseñanza-aprendizaje es un proceso, es obvio que, también, en este ámbito, la pausa implica tener en cuenta simbologías y acciones alrededor de la lectura.

En el primer caso, uno puede notar que la idea inicial, la de “los lectores hoy pueden recurrir a textos físicos, audio e hipermediales”, termina desdibujada por la intromisión de una segunda idea: “una gama de posibilidades frente a sus gustos”. Pero lo que hace más sinuosa la redacción es la inclusión de incisos como: “lo que se ha convertido” y “para ellos”. Al intercalar esos pedazos de texto, lo que sucede es que se pierde el foco preliminar de la idea; se fractura el orden natural del discurso. Podríamos sugerir una alternativa de solución:

Los lectores hoy pueden recurrir a textos físicos, audio e hipermediales y convertirlos en una gama de posibilidades frente a sus gustos.

Analicemos el caso siguiente. Hay dos incisos que desvían la idea de base: “bien sea por necesidad o por gusto” y “con profundidad”. Lo que no debía tener obstrucciones es el planteamiento de que “la práctica de la lectura requiere de una consciente disposición desde donde se pueda intercambiar con autores y textos”. Hay otras falencias en la redacción, pero lo que me interesa es mostrar cómo se diluye una idea por culpa del uso excesivo de intercalaciones como las mencionadas. Sería más limpio y más claro para el lector una frase como la siguiente:

En este segundo aspecto, la práctica de la lectura requiere de una consciente disposición para intercambiar significados con los autores o los textos.

Los dos incisos, si es que tienen una relevancia para el autor, podrían formar parte de una segunda idea o condesarse en un adverbio u otra expresión que cualifiquen o adjetiven, pero sin obstruir la fluidez del pensamiento:

En este segundo aspecto, la necesidad o el gusto de la práctica de lectura requiere de una consciente disposición para intercambiar en profundidad significados con los autores o los textos.

Detengámonos en el tercer fragmento. Lo primero que notamos es la abundancia de comas que son un indicio del excesivo uso de incisos. La idea con la que se empieza es fracturada hacia la mitad por “aclaraciones” que en lugar de hacerla más transparente para el lector, lo que logra es el efecto contrario: confundirlo o alejarlo del sentido propuesto. Una posible salida a tales falencias estaría en suprimir dichos incisos y eliminar unas comas innecesarias:

Puesto que la enseñanza-aprendizaje es un proceso, es obvio que la pausa implica tener en cuenta simbologías y acciones alrededor de la lectura.

Lo que me interesa señalar con estos ejemplos es que el abuso de los incisos oscurece la prosa y diluye el propósito comunicativo de nuestras ideas. Quizá por el deseo del escritor de decirlo todo en unas líneas, o por la falta de usar conectores lógicos adecuados o porque no tiene el tino para saber usar los signos de puntuación es que termina interpolando palabras o frases en una oración. También resulta oportuno decir que esto sucede porque se redacta el texto como van saliendo las ideas de la cabeza, sin un plan previo, y el resultado es una prosa atiborrada en la que la última palabra de una línea tiende a ramificarse en direcciones opuestas al tronco preliminar de una frase. Frente a este problema la relectura de lo que se va escribiendo es fundamental. De igual modo, resulta de gran ayuda emplear las posibilidades de la sintaxis, de organizar de otra manera los diversos elementos de una oración. 

Tomemos ahora un segundo grupo de ejemplos con el fin de corroborar lo expuesto y, al mismo tiempo, ofrecer alternativas de solución:

a) Así, desde el diálogo con la vida, y volviendo a lo ya señalado por Larrosa, podríamos afirmar que la biblioteca, más que un espacio, es algo que sucede al sujeto.

b) Esta es, de este modo, un llamado a poner entre paréntesis las necesarias estadísticas, para escuchar en la voz del sujeto esos impactos que la biblioteca ha generado desde la perspectiva de la información, formación y creación, de su autonomía como sujeto libre.

En el apartado “a” salta a la vista la construcción quebrada de la frase. Hay cinco comas seguidas que opacan la figura de la idea. Si se hubieran usado las rayas se habrían economizado al menos dos de ellas. Pero más allá de este otro tipo de recursos para redactar, lo que deseo destacar es una manera de  construcción intermitente, llena de interrupciones que conduce a la dispersión del lector. Bastaría hacer unos pequeños cambios para recuperar la continuidad de la idea:

Así, desde el diálogo con la vida, podríamos afirmar que la biblioteca es algo que sucede al sujeto (Larrosa, 2002).

O intentar meter al autor citado dentro del mismo desarrollo expositivo:

Así, desde el diálogo con la vida, podríamos afirmar con Jorge Larrosa que la biblioteca es algo que sucede al sujeto.

También cabría hacer otros ajustes, si es vital para nuestro planteamiento incluir lo del espacio:

Así, desde el diálogo con la vida, podríamos afirmar con Jorge Larrosa que la biblioteca más que un espacio es algo que sucede al sujeto”

Si nos detenemos en el ejemplo “b” podemos inferir varias cosas. La primera de ellas es que se empleó al empezar un doble conector que entorpece el movimiento del discurso. La segunda, que hay puestas comas innecesarias y, tercero, que faltó tejer mejor el argumento. De igual modo se presenta una repetición del término “sujeto” que poca variedad lexical le ofrece al párrafo. Sería suficiente para remediar estos fallos hacer unas ligeras correcciones:

Este es un llamado a poner entre paréntesis las necesarias estadísticas para escuchar en la voz del usuario esos impactos que la biblioteca ha generado en la información, formación y creación de su autonomía como sujeto libre.

De los cinco ejemplos puestos en consideración es válido sacar algunas conclusiones. Para empezar, que el uso excesivo de incisos le resta velocidad y precisión a la prosa. Otro resultado es que la abundancia indiscriminada de dichas intercalaciones puede llevar a un estilo en el que prime la digresión y no la concisión. De igual forma, si se abusa de esta desviación en el discurso, lo más probable es que el lector pierda el hilo de una exposición o la secuencia lógica de un argumento. Por todo ello, si se van a usar incisos en una frase es prioritario saber cuándo es pertinente hacerlo o cuándo resulta innecesario aglomerar esas pequeñas informaciones. Sea como fuere, es mejor conservar en la escritura la fluidez y la claridad, que apostarle a una redacción cortada, suelta y plagada de explicaciones superfluas.

Y si, por diversos motivos, es imperativo intercalar explicaciones dentro de un período deberíamos tener en mente los diversos recursos con que contamos en español. Desde la coma, hasta el paréntesis y la raya. Digo esto para evitar párrafos inundados de comas, y en los que escasea el punto seguido y el punto y coma. Si se sabe sopesar el peso de la información que se intercala en una idea se podrá elegir con tino el uso de uno u otro signo. Considero que la raya es una gran aliada cuando notamos que empiezan a multiplicarse las comas; siempre y cuando la aclaración que hagamos no sea tan extensa como para convertirse en otra idea demasiado alejada de su fuente. También ayuda a solucionar la prosa fracturada por la proliferación de incisos emplear frases no tan largas y sacarle provecho a la función de amarre de los conectores lógicos. En resumen, aprender a escribir es un permanente esfuerzo para limpiar a la prosa de ripios, dar el suficiente ritmo a la frase mediante el uso apropiado de los signos de puntuación y saber cohesionar las ideas en un apartado. Entre menos vueltas y recovecos le demos a un asunto más directa y ágil será nuestra escritura, más claras resultarán las ideas, y más contundente la fuerza comunicativa de su mensaje.

Caminando con Alfredo Molano

19 martes Nov 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Crónicas, Ensayos, INVESTIGACIÓN

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Alfredo Molano

Alfredo Molano Bravo: «Escuchar es una manera olvidada de mirar».

He estado leyendo con asiduidad durante estos días a Alfredo Molano Bravo[1]. Es el mejor homenaje que se le puede hacer a este sociólogo, escritor, e insigne lector crítico de nuestro país, fallecido el 31 de octubre de este año. A la par que he degustado sus crónicas, sus relatos de viajes a la Colombia profunda, he ido entresacando la manera particular de elaborar sus relatos o, si se prefiere, su método para abordar la realidad social o hacer investigación.  

Lo primero que hay que destacar, y en eso el mismo Molano insistió en varios de sus artículos o en entrevistas, es el valor de la historia oral para recoger información más viva, más genuina de las personas. Precisamente, en un texto titulado “Reflexiones sobre historia oral”[2] el sociólogo hablaba del aspecto emocional que provoca una conversación, del tono exquisito que atraviesa la oralidad y de cómo se pierde al tratar de trasvasarlo en los formatos “acartonados y secos” validados por la academia. Y que toda su propuesta de dar a conocer lo que vio y conversó con colonos, desplazados, campesinos, mineros, desterrados, guerrilleros, paramilitares, cultivadores de coca, militares, a lo largo de caminos y ríos, de montañas y llanuras, toda esa oralidad terminó concretándose en relatos que buscaban recuperar el “tono” del diálogo. Afirmaba Molano: “la gente habla lindo, solo que uno no está acostumbrada a oírla porque uno habla un lenguaje similar. Las modalidades de expresión del lenguaje campesino, incluidos arcaísmos, son bellísimos, la forma en la que encadenan las ideas, la forma en cómo hacen los párrafos, la puntuación, se convierte en una fuente literaria”[3]. De allí que en sus crónicas abunden los giros coloquiales, los apodos, las reiteraciones emocionadas, los símiles anclados en el contexto, es decir, el habla cotidiana y circulante.

Por lo demás, en ese mismo artículo el sociólogo bogotano señalaba que su mayor alegría, provenía cuando los mismos informantes leían aquellos textos y lograban reconocerse. “Después de recoger la información, después de elaborar las historias, uno lleva el texto a las comunidades y ellas se sorprenden inmediatamente de mirarse ahí, en ese espejo”. Y agregaba: “Creo que las historias de vida o las historias locales son un espejo en donde las comunidades se miran”. Es decir, los relatos elaborados por el investigador, para cumplir su función social, debían volver a las personas que sirvieron de base; en ese objetivo de posibilitar una “conciencia sobre sí” residía “el resultado final más importante de las historias orales”.

Desde luego, valorar las historias de vida es de igual modo ofrecer relevancia a la escucha, al oír con atención a los informantes. Molano consideraba que “el camino para comprender no era estudiar a la gente, sino escucharla”[4]. Ese escuchar, que parece fácil en un comienzo, resulta una de las cosas más difíciles de lograr debido a “el que trata de escribir no oye porque está aturdido de juicios y prejuicios, que son justamente la materia que debe ser borrada para llegar al hueso”[5]. En varias oportunidades el sociólogo reiteró esa dificultad del investigador social: “Escuchar a otra persona es una disciplina difícil en la medida en que uno no está escuchando sino que está objetando lo que la otra persona dice. En una historia con la gente, en una entrevista, es necesario abrirse realmente sin consideraciones, sin consideraciones sobre uno, abrirse a lo que la otra persona está diciendo sin objetarla, aceptar sin prejuicios, sin críticas, sin distancias lo que la otra persona va diciendo y ése es un ejercicio difícil, porque nosotros queremos poner sobre lo que oímos, lo que decimos y eso implica sacrificios, implica también formación, capacitación y ejercitación en ese arte de escuchar”[6]. La escucha atenta, empática, es una de las claves del trabajo de Alfredo Molano. Si se oye al otro con “solidaridad humana”, si se mira a los informantes en “igualdad de planos”, seguramente será más fácil liberarse de “prejuicios y sanciones condenatorias o alabanzas rendidas”[7].

Pero vayamos al método empleado por este sociólogo colombiano. Si uno mira la tabla de contenido de la mayoría de sus libros, por lo general hechos con la colaboración de otros investigadores, nota que los apartados son nombres o apodos de personas: “Ángela”, “Osiris”, “Chispas, el cabo”, “Mauricio”, “La Gata”, “El Chimbilá”, Nasianceno Parra”, “El arriero”, “Pelusa”, “El muñeco”, “Adelfa”, “Gesualdo de Maturín”, “Demetrio”, “La Doña”… Cada uno de estos testimonios son condensaciones o relatos-tipo de varias historias de vida que, como él mismo lo explicaba, compartían experiencias de vida semejantes: “todo personaje es fragmentario y por lo tanto de alguna manera complementario de otro que ha vivido experiencias históricas similares”[8]. En consecuencia, el trabajo de escritura de Molano es esencialmente una labor de “ensamblaje” de esas diferentes voces a partir de un testimonio que tenga la suficiente fuerza narrativa como para convocar historias análogas. El sociólogo ha explicado el paso a paso de su manera de escribir esas crónicas: “leer, leer mucho, empaparme desordenadamente de los testimonios; seleccionar personas que como las cebollas, tuvieran muchas capas y como la nuez, escondieran la semilla; entrevistas con cuerpo que permitieran enlazar otras historias y, sobre todo, personajes que sirvieran para contarlas. Era como vestir un cuerpo desnudo o ponerle carne, piel, ojos a un esqueleto. Su trayectoria no era modificada, era textual, digamos, y a través de su propio relato agregábamos –yo y él– fragmentos de otras historias como si nos las hubieran contado”[9]. Así que, por ejemplo, en el testimonio de Sofía Espinosa[10] se conjuga no sólo la vivencia de una mujer que vivió en carne propia los bombardeos de El Pato, sino de todos aquellos que han estado en la mitad de una guerra, de los campesinos que por causa de diferentes violencias han tenido que soportar la humillación, el desarraigo y el asesinato de sus seres queridos.

Claro está que este oficio de ensamblar diversos testimonios tenía para Molano un papel político o ético fundamental: se trataba de editar aquellas voces que han sido “distorsionadas, falsificadas o ignoradas” bien por la arrogancia de los poderosos o por los gobernantes insensibles a las demandas de los más humildes, para que hicieran parte de la sociedad colombiana, para que entraran a participar de una agenda gubernamental o por lo menos de una mirada solidaria e incluyente. A la par que las crónicas dejaban oír a esos otros seres de frontera, también Molano buscaba que los pudiéramos ver. Este sociólogo, discípulo de Estanislao Zuleta, creía que dichos coterráneos “no podían seguir viviendo en la zozobra, en la parálisis, en la oscuridad del miedo”, y que “la historia de la gente anónima es tan vigorosa, tan tractiva como la historia de los héroes”[11].

De otra parte, en varios de los libros de Alfredo Molano se incluyen mapas que sirven de escenografía a las voces. Más que un decorado, ayudan a dar una idea del territorio habitado. De igual modo, se incluyen fotografías[12] que son otros indicios de lo que se quiere traer a la memoria. Gracias a esas imágenes el lector puede darse una idea de lo que es un sitio como “Pïñalito” o conocer el rostro del “Mico” Fernández[13]. Las crónicas, por lo mismo, “articulan entrevistas, historias de vida, fragmentos de conversaciones”, fotografías y mapas de la región objeto de interés. Y como el sociólogo buscaba en el estilo de los relatos conservar el tono de la oralidad, en varios de los libros se incorpora un glosario de localismos, para entender que cuando el informante habla de “mariscar” se refiere a cazar, que las “voladoras” son las lanchas rápidas y que la “macoca” es una escopeta de fabricación artesanal. Hay una intención en el estilo de las crónicas de Alfredo Molano por conservar el ritmo y la cadencia oral de los campesinos; se nota en la forma de puntuar y en ese gusto por incorporar las “metáforas crudas” que dan agilidad al relato, y lo tiñen de colorido y viveza. Por eso las crónicas no son en realidad textos yuxtapuestos, sino una forma de contar en la que se “busca los adentros de las gentes en sus afueras, en sus padecimientos, su valor, sus ilusiones”[14]; son una “recreación literaria dentro de una tonalidad percibida”.

Sirva, entonces, esta lectura y relectura de Aguas arriba, de Rebusque mayor, de Desterrados, de Ahí les dejo esos fierros, de Del Otro lado, de Trochas y fusiles, de Espaldas mojadas…, como un homenaje a uno de los sociólogos más agudos de nuestro país, a un ser humano solidario con los campesinos y desplazados, a un intelectual comprometido socialmente y a un escritor que convirtió el reclamo de justicia de “personas anónimas y corrientes” en un motivo para elaborar sus crónicas.

Notas y referencias

[1] Durante más de quince días he disfrutado libros como Desterrados, Random House, Bogotá, 2019; Rebusque Mayor, Random House, Bogotá, 2017; Ahí les dejo esos fierros, Random House, Bogotá. 2018; Aguas arriba. #Entre la coca y el oro, Random House, Bogotá, 2017; Trochas y fusiles, Random House, Bogotá, 2017; Los años del tropel, Random House, Bogotá, 2017; Del otro lado, Aguilar, Bogotá, 2011; Espaldas mojadas. Historias de maquinas, coyotes y adunas, El Áncora-Panamericana, Bogotá, 2005; Del LLano llano, Random House, Bogotá, 2016; Asi mismo. Relatos, Los cuatro elementos, Bogotá, 1993.

[2] Publicado en la Gaceta de Colcultura, N° 7, 1990.

[3] Entrevista con Valeria Fuenmayor en El Heraldo, 11 de mayo de 2017.

[4] En “Desde el exilio” del libro Desterrados, Random House, Bogotá, 2019, p. 14.

[5] Palabras de Alfredo Molano al recibir el premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, Vida y obra, en 2016.

[6] De “Mi historia de vida con las historias de vida” en el libro Los usos de la historia de vida en Ciencias sociales I, Lucero Zamudio, Thierry Lulle y Pilar Vargas (coordinadores), Anthropos, Madrid, 1998, pp. 105-106.

[7] Léase “La gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, en Revista Anthropos, N° 230, 2011, Barcelona, pp. 101-106.

[8] En “la gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, ob.cit., p. 104.

[9] Puede ampliarse esta técnica en “La gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, ob. cit. pp. 104-106.

[10] “El Testimonio de Sofía Espinosa”, Cinep, Bogotá, 1980, pp. 7-35. Publicado después con el título de “Los bombardeos de El Pato” en Los años del Tropel, Random House, Bogotá, 2017, pp. 246-281.

[11] De “Mi historia de vida con las historia de vida”, ob. cit. p. 109.

[12] En el libro Del otro lado se incluye un mapa de la frontera Colombia-Ecuador, en Trochas y fusiles hay varios más del recorrido de las columnas guerrilleras, de regiones de influencia, de desplazamientos de los grupos insurgentes. En Espaldas mojadas, se muestra el mapa de la frontera entre México y Estados Unidos, y en Yo le digo una de las cosas…, que es un libro en el que se recogen testimonios de la Reserva de la Macarena, se incluyen cartografías que cumplen la función de ser estudios histórico descriptivos.

[13] Consúltese “La colonización: voces y caminos” en Yo le digo una de las cosas…La colonización de la Reserva de la Macarena, Corporación Araracuara, Fondo FEN, Editorial Folio, Bogotá, s.f.

[14] Del discurso de Alfredo Molano al recibir el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.

Cinco inquietudes sobre el diario de campo

12 martes Nov 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos, INVESTIGACIÓN

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Registro diario de campo

El diario de campo es un instrumento privilegiado de la investigación etnográfica. Participa tanto de la tipología de los textos expresivos como de la propia de los textos descriptivos. En este sentido, es un útil de registro y, al mismo tiempo, un lugar para la reflexión y la narración.

Ya he hablado en otro lugar ampliamente de los orígenes y el contexto de esta herramienta de investigación[1]. En esta oportunidad, por lo mismo, voy a centrarme en resolver algunas inquietudes fundamentales cuando se opta o se necesita trabajar este tipo de recurso.

¿Cuándo es pertinente usar el diario de campo?

Es aconsejable usar el diario de campo en investigaciones de corte etnográfico que tengan como objetivo identificar y describir determinado hecho o situación. Acá vale decir que el diario de campo es, en sí mismo, parte de la investigación y no un producto tangencial o meramente anecdótico. Digo esto porque en muchas investigaciones que usan este tipo de recurso al final lo dejan para los anexos o como un álbum de anécdotas.

Puesto de otra manera: el diario de campo, lo que allí se consigna, es una concreción de otra habilidad investigativa, la observación. Y para ello, es indispensable tener unas habilidades en la escritura descriptiva[2]. Por eso afirmo que no es algo secundario sino un aspecto vertebral de la misma pesquisa. Allí, en las descripciones densas, en la consignación de los detalles, está no sólo la importancia del diario de campo sino la evidencia de haber estado en contacto con una persona, un hecho, una comunidad, un ambiente determinado.

Sobra decir, y este es un aspecto que diferencia al diario de campo de los cuadernos viajeros o las libretas de notas, que los registros deben atender a un criterio. Es sabido que no podemos describirlo todo. Necesitamos determinar con anterioridad un foco, un campo de observación. Los registros del diario de campo están focalizados. Y por presentarse así, por guardar una relación con los objetivos del proyecto, es que son necesarias las fotografías, los documentos, los diagramas. El diario de campo recorta, delimita, obtura un zoom sobre determinada realidad. De allí que sean tan importantes unas convenciones que ayuden a discriminar la diversidad de lo observado. Y entre mejor tenga afinados esos códigos el investigador más fácil le resultará después el análisis de la información recogida en dicho instrumento.

¿Por qué es importante trabajar el diario de campo en dos páginas?

La recomendación de llevar el diario en dos páginas (una para el registro y otra para la reflexión) es sustancial, si en verdad hacemos etnografía. No sobra recordar que en este tipo de investigación, los resultados van emergiendo poco a poco; se van construyendo a medida que avanza la pesquisa. Y cuenta por supuesto lo observado, pero de igual modo lo que el mismo investigador siente, cree y piensa. Tal diversidad de asuntos merece distinguirse al momento de llevar el diario de campo. Lo mejor, entonces, es dedicar una página exclusivamente para el registro y usar otra hoja para las reflexiones o comentarios provenientes de tales descripciones.

En ese juego de registro y reflexión el diario de campo se convierte en un artefacto de laboratorio, en una mesa de trabajo para el investigador etnográfico[3]. Sigo creyendo que las reflexiones son el contrapunto a lo visto y consignado, son la manera como el investigador entra a formar parte de determinado proyecto, son la toma de distancia y la sospecha sobre su misma tarea investigativa[4]. Las reflexiones iluminan la parte del registro y sirven de nueva ruta o de reorientación para el mismo proyecto.

Estas reflexiones, si se las toma con cuidado, van perfilando elementos valiosos para la interpretación y constituyen embrionariamente una forma de triangular la información recolectada.

¿Qué se hace luego con la información consignada en el diario de campo?

Con la información registrada se procede, al igual que con otros instrumentos de recolección de datos, al análisis de la información. La parte descriptiva –transcrita en un texto– permite el análisis de contenido, y las gráficas o esquemas pueden analizarse icónica o semióticamente. Salta a la vista que el análisis de la información de un diario de campo es múltiple: contamos con textos, fotos, documentos, gráficas… y cada uno de estos aspectos demanda un tipo especial de análisis. Es un error frecuente sólo concentrarse en la descripción escrita y dejar de lado la riqueza fotográfica u otras evidencias recolectadas. Esos otros materiales no son decoración u ornamento para el diario de campo.

Las reflexiones, de igual modo, pueden ser objeto de análisis. O para decirlo con propiedad, de un estudio de los motivos (recordemos que los motivos son los temas recurrentes) presentes a lo largo de las páginas del diario de campo. Esas ocurrencias transversales, aquellas insistencias o señalamientos del investigador, merecen tenerse en cuenta al momento del análisis de la información y, fundamentalmente, a la hora de interpretar los datos.

Me parece que el aporte de la estilística es un buen método cuando necesitemos elaborar el análisis de las páginas dedicadas a las reflexiones del investigador. Apenas como una rápida información, es oportuno decir que la estilística es una variedad del análisis de contenido en la que la recurrencia de ciertos términos permite reorganizar redes de sentido y darle comprensión a textos poéticos, narrativos o autobiográficos[5].

¿Qué es lo más difícil de llevar un diario de campo?

Una de las mayores dificultades, al momento de hacer los registros, es la de confundir lo descriptivo con lo enjuiciador. Y aunque sabemos que el ojo del observador está preñado de preconceptos, el esfuerzo del investigador es el de pintar lo que ve, sin colorearlo de adjetivos elogiosos o epítetos descalificadores. El afinamiento de la observación, el desarrollo de la perspicacia y el domino de un lenguaje específico son condiciones indispensables para saber describir. Otro problema es el de alejarse del criterio orientador y empezar a divagar o a mezclar diferentes aspectos. El criterio debe estar en directa relación con los objetivos del proyecto de investigación y servir de brújula al recolectar la información. Tener un criterio orientador evita la generalización, previene de omitir cosas dadas por sobreentendidas y le otorga pertinencia a la información recolectada.

Una tercera complicación es contentarse con muy pocas descripciones o suponer que un acontecimiento, para poner un caso, tiene sólo un ángulo posible. Para el etnógrafo los hechos, los acontecimientos o las personas son multifacéticos, cambiantes, situados y afectados por el tiempo. No sobra advertir que son necesarios una cantidad considerable de registros para sitiar o desentrañar una realidad y, dependiendo del objetivo propuesto, habrá que dedicar semanas, meses o años.

La cuarta dificultad, muy común en los novatos investigadores, es no hacer los registros “en caliente”; es decir, consignarlos mucho tiempo después de las sesiones de observación. Porque si ya han pasado semanas o meses, lo más seguro es que el investigador pierda el matiz, la particularidad, el modo específico de hablar o la emoción de determinado momento. En eso, precisamente, este instrumento participa de la dinámica del diario, y retoma con fuerza el aporte del sujeto a los procesos investigativos.

De igual modo, el poco o incipiente dominio de habilidades de diseño es una dificultad al elaborar este útil de investigación. El diario de campo es un artefacto visual. Algo tiene de parecido con el portafolio o las bitácoras de los arquitectos. Importan los elementos de forma, textura, color; son significativos la variedad y la distribución de los elementos en una página; contribuyen de manera definitiva el plano elegido o el ángulo de una fotografía… Y como la mayoría de los investigadores poco conocimiento tienen de alfabetidad visual, lo más seguro es que los diarios de campo sean monótonos o poco trabajados en una dimensión estética[6].

¿Qué papel cumple el tutor cuando se utiliza un diario de campo?

Es importante recordar que en la investigación etnográfica tanto los investigadores como el tutor del proyecto necesitan interactuar permanentemente. No se trata de un trabajo en el que se da una guía al inicio del semestre y, luego, se espera recibir al final un informe terminado. El diálogo, las observaciones frecuentes, el ir y volver al escenario de investigación, constituyen el camino obligado de este tipo de pesquisa.

En consecuencia, en la hoja de reflexiones del diario de campo merece consignarse lo esencial de las reuniones del grupo de investigación (inquietudes, logros, asuntos generadores de discusión, lecturas compartidas, reporte de visitas) y, desde luego, lo medular de las asesorías con el tutor. No pueden perderse o  ignorarse las debilidades señaladas, los datos emergentes, las nuevas preguntas, los acuerdos establecidos, los compromisos derivados de los diferentes encuentros con el tutor. Todas estas cosas se las puede identificar por estar escritas en otro tipo de tinta o de papel, o rotulándolas con el nombre de “voz del tutor”.

Otra forma de participación del tutor es la de, una vez se piden y se recogen los diarios de campo, hacer una lectura crítica de los mismos. Usando hojas autoadhesivas u otro tipo de marcación el tutor irá haciendo sus anotaciones como si fueran apostillas o glosas a los registros y a las reflexiones consignadas. En este caso, el tutor se convierte en un coinvestigador que complementa, matiza, sugiere o plantea interrogantes. Es frecuente que en esas fichas se señalen hallazgos inadvertidos o se establezca un vínculo con cierta fuente teórica. Y más tarde, al devolver los diarios, los investigadores tendrán la oportunidad de leer esas apostillas que, además de ser un reconocimiento a la tarea hecha, sirven de nuevas pistas para el proyecto en curso.

Detengámonos aquí y dejemos en salmuera otros interrogantes. Pongamos punto final a estos párrafos recalcando una cosa: el diario de campo es un artefacto para poner en tensión lo observado con el observador, la descripción con la reflexión, la voz de otros con la propia voz. Un instrumento valioso para registrar información pero de igual modo un útil potente para producir conocimiento. 

Notas y referencias

[1] Consúltese el ensayo “In situ y a posteriori. Consideraciones sobre el diario de campo”, en mi libro El quehacer docente, Unisalle, Bogotá, 2013, pp. 147-166.

[2] Si se quiere profundizar en este punto léanse el texto: “Describir: dibujar con palabras”, en mi libro La enseña literaria. Crítica y didáctica de la literatura, Kimpres, Bogotá, 2008, pp. 151-162. De igual forma, pueden consultarse en este blog las entradas “Describir un objeto”, “Objetos del ambiente escolar” y los aforismos titulados precisamente “Del describir (I)” y “Del describir II”.

[3] Así lo entienden también los investigadores españoles Honorio Velasco y Ángel Díaz de Rada en su libro La lógica de la investigación etnográfica. Un modelo de trabajo para etnógrafos de la escuela, Trotta, Madrid, 1997.

[4] Y por eso en la parte de las reflexiones se consignan también las dudas del investigador, sus angustias, sus emociones durante el proceso investigativo. El diario de campo, en consecuencia, permite evidenciar la sinuosa relación entre un sujeto y un objeto; entre el investigador y la realidad investigada.

[5] Una referencia obligada cuando se desea hacer este tipo de análisis es la obra de José Luis Marín, Crítica estilística, Gredos, Madrid, 1973.

[6] El término alfabetidad visual ha sido empleado, entre otros, por Donis A. Dondis, en su libro La sintaxis de la imagen, Gustavo Gili, Barcelona, 1984. Algunos de estos elementos los he expuesto en mis artículos “Hacer visual lo visible” y “Alfabetizarnos en la lectura de la imagen”, contenidos en el libro Rostros y máscaras de la comunicación, Kimpres, Bogotá, 2005, pp. 47-52 y 69-76.

Cuestión de estilo

23 miércoles Oct 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Desde tratados como el de Demetrio[1], hacia el siglo I después de C., en el que caracterizaba las cuatro clases de estilo: el llano, el elevado, el elegante y el vigoroso; hasta los textos de literatura preceptiva de cuño francés de comienzos del siglo XX[2], preocupados por definir las leyes y cualidades esenciales del estilo, siempre ha habido un interés por el estudio de los atributos de la buena prosa o, al menos, por señalar algunos rasgos particulares de la expresión escrita si pretende ser altamente comunicativa y estar bien confeccionada.

Hay manuales de redacción ya clásicos, como el de Agustín Vivaldi[3], en el que se listan y explican las cualidades primordiales del estilo: la claridad, la concisión y la sencillez y naturalidad; el autor nos advierte la necesidad de conocerlas y estudiarlas porque “claridad no es superficialidad; ni concisión, laconismo; ni sencillez ni naturalidad significan vulgaridad, plebeyez u ordinariez”. También existen Manuales de escritura en los que, además de ofrecer consejos sobre la puntuación, la conformación de párrafos y otras minucias del idioma, se dictaminan principios que ayudan a hacer seductor el estilo: “procure ser claro, simple y breve”, “privilegie los sustantivos”, “pastoree sus adjetivos”, “economice los adverbios terminados en mente y otros adverbios”, “recurra a un vocabulario variado y preciso, pero no rebuscado o pretencioso”[4]… O hay autores como José Martínez Ruiz, Azorín, quien perfiló una “teoría del estilo”[5] condensada en aforismos, que sugieren, entre otros pormenores: “poner una cosa después de otra y no mirar a los lados”, “no entretenerse”, “si un sustantivo necesita de un adjetivo, no le carguemos con dos”.

Por otra parte, cada escritor consumado ha puesto en blanco y negro ciertos principios del buen estilo. Cortázar, por ejemplo, lo definía como la “tensión entre lo necesario y lo innecesario”, y por eso había que evitar a toda costa en la escritura “los flecos”. Flaubert, por su parte, pensaba que la buena prosa necesitaba tener la consistencia del verso, es decir, “que cada frase debía ser imprescindible, rítmica y sonora”; de allí su insistencia en que “escribir bien era un asunto de saber elegir las palabras, y de tener precisión para seleccionarlas”. Gómez Dávila afirmaba que el estilo “era un orden a que el escritor sometía el caos”; Augusto Monterroso creía que el estilo era la confluencia de “la precisión, la viveza, la variedad, la rapidez, la adecuación a cada asunto y a cada intención”; y Stevenson, aunque dijo que el estilo no podía ser aprendido, sí consideraba que “la proporción de una parte con respecto a otra y con respecto al todo, la eliminación de lo inútil, el énfasis en lo importante, y el mantenimiento de un carácter uniforme de principio a fin”, esas “perfecciones técnicas”, podían “ser alcanzadas hasta cierto punto a fuerza de trabajo y coraje intelectual”[6].

Los ejemplos abundan y muestran, en el fondo, que a pesar de que el estilo, al decir de Buffon, “es el hombre mismo” y, en consecuencia, “no puede ni robarse ni transferirse ni alterarse”[7], aún hecha esa salvedad, cabe la posibilidad de enumerar algunos consejos o características que pueden servir de orientación a quien desea darle fisonomía a su estilo o, por lo menos, se conviertan en puntos de referencia para aquellas personas interesadas en cualificar o mejorar su escritura.

Así que, amparado en mi propia experiencia, considero que los cinco campos de características de un buen estilo serían los siguientes:

Orden, estructura, planeación

Me refiero a que un buen escrito necesita de una rumia previa del pensamiento en la que se medite el asunto, se hallen los puntos esenciales que desean tratarse,  se descubran las columnas vertebrales objeto de nuestro interés. Por lo general, estas cualidades en el estilo se concretan en un esbozo o una hoja de ruta –sencilla o muy detallada– en la que se señalan las partes o los hitos del futuro itinerario del escritor. Si se analiza con más detalle este campo de características del buen estilo, se descubrirá que hace parte de la preescritura, de aquella fase en la que cuentan más las ideas que las palabras, más la producción y organización de los pensamientos, que el afán por la redacción. Un buen estilo se fragua primero en la mente, en la meditación o en el juicioso análisis de un tema o un problema. Sin esa sal del “buen pensar” sería muy difícil lograr otras características de la buena prosa.

Claridad, concisión, comprensibilidad

Este segundo campo de características, si bien tienen su soporte en las primeras, se refiere a la manera como expresamos una idea, como construimos una frase, como elegimos las palabras para vestir un planteamiento. Tiene mucho que ver con un deseo de pensar en el futuro lector de lo que escribimos, y en el grado de comunicabilidad de nuestro mensaje. Si uno es claro evitará el atiborramiento y la confusión; si uno es conciso dejará a un lado las digresiones inútiles; si uno es comprensible tenderá a preferir vocablos sencillos y no aquellos rebuscados o pretenciosos. Buscar la claridad demanda abundantes correcciones, el trato frecuente con los diccionarios de uso o de los tesauros, y un cuidadoso empleo de los conectores lógicos. Para lograr la claridad hay que tener precisión semántica, y someter a la relectura lo que en un primer borrador sale sin esclusas. Nuestros escritos tendrán un más alto grado de comprensión si asumimos el rol de receptores críticos de nuestra propia obra. Tal desplazamiento es el que conduce a la variación semántica, el cambio en la sintaxis o a una enmienda considerable de una frase.

Armonía, ritmo, variedad

Estas características ponen el acento en la materialidad con que se elabora la escritura. Se refieren a “escuchar” lo que se redacta para percibir cómo armonizan los vocablos entre sí, qué tanto disuenan o cuándo la repetición cercana de una palabra empobrece rítmicamente un enunciado. Si el escritor tiene un gusto por el lenguaje, si aprecia la forma y el ritmo de las palabras al juntarse, con seguridad evitará las cacofonías y las redundancias, buscará variar la extensión de cada período para evitar la monotonía en un párrafo, y sabrá que así no esté elaborando un verso, las palabras utilizadas en un escrito provocan una música que puede ser cadenciosa o aburrida, variada o muy limitada en su composición. Quien busca un estilo melodioso requiere atender los acentos de los términos, las diferentes asonancias que se producen al cambiar el orden de las palabras, la fuerza emocional que provoca en un lector saber combinar frases de diferente medida. De igual modo, será fundamental utilizar la puntuación con el objetivo de darle a la escritura una “respiración” y un “movimiento” que evite la pesadez, la saturación o el aburrimiento.

Plasticidad, viveza, colorido

Este grupo está enfocado a resaltar el trabajo estético sobre la escritura, a tener una atención sobre la dimensión plástica de la prosa. Corresponde, en gran medida, a qué tanto podemos embellecer o darle colorido a la abstracta y escueta forma de las ideas. La viveza en el estilo involucra lo que la retórica clásica llamaba “el uso de figuras”, bien sea para resaltar un planteamiento, incitar la imaginación o mover las pasiones del receptor. Quien así procede, sabrá cuándo una metáfora es más efectiva que un simple concepto, cuándo una comparación ayuda a ofrecer claridad en un asunto o cuándo una ironía contribuye a darle más contundencia a una conclusión. La plasticidad en el estilo da energía a la escritura, favorece la creatividad y trae consigo una cercanía con el lector, tan fuerte como para implicarlo emocionalmente. Seremos más interpelativos y menos densos en nuestros escritos si conocemos y usamos con pulso y oportunidad el lenguaje de los tropos (metáfora, metonimia, sinécdoque), las figuras de construcción (la elipsis, la gradación, la hipérbaton) o las figuras de pensamiento (antítesis, paradoja, reticencia). Todos estos recursos expresivos llenan de intensidad y realce las ideas y contribuyen a exaltar la originalidad de la expresión escrita.

Originalidad, carácter, singularidad

Este último campo de características alude a dos cosas esenciales del buen estilo: la de favorecer, por todos los medios posibles, la inventiva y la autenticidad en las ideas, y la de forjar en la composición de la prosa unas marcas distintivas que la doten de singularidad. Porque tenemos como brújula la originalidad evitaremos el plagio, buscaremos los filones menos transitados en un asunto y nos esforzaremos en darle a nuestros planteamientos una renovada expresión. Más allá de encontrar temas inéditos, el esfuerzo del escritor estará en el modo de abordarlos, en la manera de interpretarlos o darles otra mirada. Por mantener esa misma orientación, será un propósito central al escribir ir poco a poco fraguando un modo especial de adjetivar, de organizar la sintaxis de una cláusula, de marcar una puntuación o de poner un título. Esos detalles, esas minucias en la apropiación y uso del idioma, son los que van dotando a la prosa de un carácter, de un sello distintivo que es la mayor aspiración de quien escribe: encontrar un estilo que lo haga inconfundible, un conjunto de rasgos tan particulares que sirvan de emblema o impronta de su nombre. Puede que sea una meta difícil de alcanzar, pero en ello estriba el conocimiento y dominio de los campos de características antes mencionadas.

Dicho lo anterior, agregaría cinco recomendaciones que son para mí esenciales si se anhela tener un estilo ágil y rotundo. La primera: evite la prosa llena de incisos o de continuas intercalaciones. Cuando se fractura de esta manera una idea, siempre se termina alimentando la confusión en el lector o dejando los enunciados a medio camino de su desarrollo. La segunda: Recuerde que el uso de cada conector lógico depende de una función específica[8]. No todos los marcadores textuales sirven para cualquier ocasión, y no todos responden al mismo fin. Dependiendo el objetivo previsto (recapitular, hacer un énfasis, ejemplificar, dar continuidad, contrastar, inferir, adicionar, hacer una advertencia), así deberá elegirse un conector. La Tercera: Emplee razonadamente los sinónimos y no como términos intercambiables.  Es común que para salir del atolladero de las repeticiones de términos empleemos un listado de sinónimos, pero sin reparar que cada palabra es más precisa y adecuada en determinado contexto. Los vocablos, en sentido estricto, no son equivalentes. Baste decir, que disminuir es perder en número y en intensidad; achicar es perder en magnitud; reducir, en espacio, acortar, en longitud[9]. La Cuarta: crea profundamente en que la buena prosa se alcanza mediante la corrección y las enmendaduras. Si se confía demasiado en los arrebatos de la inspiración o en el flujo espontáneo de las palabras, poco se avanzará en adquirir una escritura de calidad. Reconocer los propios errores, tener conciencia de autocorrección, es un atributo de los escritores expertos. Tachar, modificar, es ayudar a un escrito incipiente a que sea más preciso, más claro, más armónico, más estructurado. El paso de un borrador a otro es la forma como el estilo se acrisola o se depura, es el medio idóneo para quitarle a la médula el fárrago que no la deja despuntar. La quinta: lea con frecuencia poesía, no deje de familiarizarse con la escritura hecha de imágenes. Este lenguaje contribuye en gran medida a aumentar el radio emocional del escritor, potencia el trato con la palabra sopesada y rítmica y expande el repertorio de ejemplificaciones. La lectura habitual de poesía contribuye a que la prosa sea más imaginativa y se aumenten los matices en las ideas. 

Referencias

[1] Sobre el Estilo, Gredos, Madrid, 1979.

[2] Sirva de ejemplo, Lecciones de literatura preceptiva de Jesús María Ruano, Voluntad, Bogotá, 1962.

[3] Curso de Redacción, Gonzalo Martín Vivaldi, Paraninfo, Madrid, 1986.

[4] Véase el Manual de escritura de Andrés Hoyos Restrepo, Libros Malpensante, Bogotá, 2015.

[5] En Obras selectas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1953.

[6] Si se desean ampliar estas afirmaciones y otras de autores consagrados al oficio de escribir, consúltese mi libro Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, 2008.

[7] Léase el “Discurso sobre el estilo”, de George-Louis Leclerc, conde de Buffon, traducido por Alí Chumacero, en: http://www.scielo.org.co/pdf/rei/v16n31/v16n31a15.pdf

[8] Para profundizar en este punto léase mi libro Pregúntele al ensayista, Kimpres, Bogotá, 2007.

[9] Continúa siendo una fuente obligada de consulta en este aspecto la obra de Roque Barcia, Sinónimos castellanos, Sopena, Buenos Aires, 1974.

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