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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: APRENDER A ESCRIBIR

Los beneficios personales de la escritura

30 lunes Sep 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Craig Frazier

Ilustración de Craig Frazier.

He pensado en estos días en el significado profundo de la escritura para mí y en la tristeza que me produce no poder escribir cuando lo deseo, o imaginar siquiera, como le sucedió al final de sus días a Ricardo Piglia, el estar imposibilitado para realizar dicha labor. He reflexionado sobre los beneficios de escribir y su incidencia en mi bienestar físico y psicológico, especialmente cuando los quebrantos de salud me constriñen o me asedian hasta el mutismo. Sirvan, entonces, las líneas que siguen como una confesión y, al mismo tiempo, un intento de desentrañar lo que ha sido el oficio más gratificante de mi vida.

Para comenzar diré que escribir es la forma como mi espíritu elabora lo que acaece cotidianamente en mi existencia. Mediante la escritura filtro las vicisitudes que a diario me pasan, con el fin de poderlas comprender o por lo menos darles un sentido. A través de estos signos, que operan como un fino artefacto de destilación, me explico asuntos que en un primer momento me aturden o hacen que mi mente entre en desazón. Al fijar mediante la escritura esas peripecias, al llevarlas a esa “zona de contemplación”, dejo de estar preso de la inmediatez de lo incomprensible y empiezo a vislumbrar algún mapa de lo eventual o de aquellas cosas inusitadas o realmente extrañas. Así sucedió con la muerte de mi padre, con algunas de mis enfermedades, con determinadas renuncias o con las situaciones de dolor propio o ajeno. Al escribir sobre ello, al darle rostro a todos esos gestos difusos, logré pasar el vado de la melancolía interminable, pude descifrar algunas claves de la Esfinge, asimilé de mejor manera cada una de esas diversas experiencias. Al escribir dejé de ser un sujeto pasivo de los acontecimientos, para convertirme en un genuino actor de mis actuaciones. Así que no sólo alcancé otro nivel de explicación de lo vivido, sino que pude comprenderlo.

De igual modo, cuando escribo puedo tener un espejo para reconocerme. La escritura hace las veces de un “espacio reflejo” para observar en detalle mis acciones, mis interacciones, mis palabras. Y como he llevado durante muchos años un diario, ya tengo el hábito de registrar algunas de las situaciones que me pasan para luego, con esa escritura reposada, verme, descubrirme. A veces ese descubrimiento es inmediato, cuando me releo, y en otras oportunidades –que son la mayoría– pasados unos días, cuando vuelvo a mirar lo que he escrito, tengo revelaciones sorprendentes o, por lo menos, valiosas para el sentido de mi existencia o definitivas para no perder la ruta de mi proyecto vital. La escritura, como bien lo sabemos, nos permite disociar el sujeto, objetivar el yo, vernos desde fuera, y gracias a ese distanciamiento nos es posible apreciar a una buena escala nuestros yerros, nuestros logros, nuestra falta de tino en las relaciones interpersonales o nuestra inexperiencia en tantas situaciones. Al escribir podemos, a diferencia de la inmediatez del vivir, ralentizar o ver en cámara lenta los muchos eventos de los que formamos parte. Lejos de la lógica de la prisa, de la inmediatez de los hechos, la escritura nos permite analizar de manera despaciosa lo que por naturaleza es fugaz e irrepetible. Buena parte de la formación de mi carácter, de los soportes de mi desarrollo humano, o de la búsqueda esencial de cierta sabiduría ha brotado de los signos que al escribir he ido encontrando, como si fueran destellos o pequeños indicios puestos entre líneas, dejados en las márgenes, o son el resultado de las glosas que hace mi mente al momento de releer lo que he escrito. La escritura, en esta perspectiva, ha sido una maestra o una mentora que ha sabido corregirme de mis propios equívocos o advertirme de todo lo que me falta por acabar de aprender.

Relacionado con el aspecto anterior está el apoyo de la escritura para ayudarme a pensar con más hondura, a darme alas para hacerme mejores preguntas, a mantener abierta la ventana de los interrogantes. Cada jornada de escritura es ya de por sí una forma de ponerme en cuestionamiento, de hacer que mi mente se tense, de darle a mi espíritu maleabilidad y liberarlo de las respuestas fáciles o de todas aquellas trampas del fanatismo y el engatusamiento de los medios masivos de información. Escribo para tener un espíritu crítico conmigo mismo y con el mundo en que vivo, escribo para alejarme de lo que parece obvio y poco digno de sospecha, escribo para dejar de ser un consumidor de voces foráneas y lograr tener un encuentro cara a cara con el conocimiento. Gracias a la escritura me he sentido fuerte para expresar mi propia voz, para dar mi versión de determinados sucesos, para atreverme a enunciar mi subjetividad. He notado que el mismo ejercicio de escribir va dejando un aserrín de gran utilidad para que mi entendimiento saque inferencias, teja relaciones, establezca vínculos entre hechos aparentemente lejanos. Y si bien no todo lo tenemos claro al momento de empezar a escribir, a pesar del plan provisional que prefiguramos en nuestra mente, lo que resulta más interesante es lo que va acaeciendo en nuestro pensamiento cuando vamos trasegando por el mismo desenvolverse del escribir. Cuántas ideas se nos ocurren, cuántas asociaciones brotan al emerger una palabra, cuántas aristas se desprenden de un tópico o un tema. A muchos de esos asuntos jamás hubiera llegado si no es por la piedra de toque de la escritura, por la chispa que producen estos signos al juntarse unos con otros. Cuando escribo noto que mi cerebro entra en estado de ebullición, mi atención se hace más vigilante y, como deseaba Baudelaire, todos mis sentidos convergen en un lúdico juego de correspondencias.

Además de los anteriores beneficios, la escritura ha sido el medio ideal para darle forma a los productos de mi fantasía o a esas criaturas aladas de mi imaginación. Mediante la escritura he podido expresar mi manera particular de crear mundos posibles con palabras y de concretar una pasión por la poesía, por el relato y la ficción. Al escribir tales “obras” me he sentido feliz y he logrado –al menos eso creo– darle trascendencia a un origen, a una tierra, a un micromundo que tiene nombre propio: Capira. Gracias a las variadas manifestaciones de la escritura, a sus tipologías textuales, a sus géneros tradicionales, me he aventurado a explorar en los juegos de lenguaje, en la artesanía de la composición, en las potencialidades de la invención. La escritura me ha permitido sentirme creador y refigurar mis experiencias o las de otros en cuentos, aforismos, crónicas, fábulas, soliloquios, ensayos o poemas. Este poder transfigurador de la escritura, ese don de darle nueva piel a lo real, ha hecho que experimente de primera mano los alcances de la literatura para develar lo medular de la condición humana.

Vuelvo sobre mí y mi trato con la escritura: ella es mi aliciente, mi alambique de alquimista, mi microscopio o mi catalejo, mi consejera en momentos difíciles, mi puente de comunicación con el mundo y sus circunstancias, mi oráculo casero. Gracias a la escritura, retomando las palabras de Heráclito,  “me he investigado a mí mismo” y con ella, con sus veintinueve signos, he tratado durante buena parte de mi vida de compartirles a otros lo que pienso, lo que siento, lo que creo. Confío en que la escritura me siga deparando esta alegría interior y me permita seguir conversando con quienes generosamente  leen lo que escribo en este blog o publico en mis libros.

Soliloquio de una Directora de Departamento

23 lunes Sep 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Soliloquios

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Mujer multiescritora

Sé que debo empezar a redactar ese informe de gestión del Departamento que dirijo, pero no sé por dónde empezar. El jefe me dijo que era muy sencillo: poner por escrito, de forma clara, qué hice, cómo lo hice y qué logré. Pero eso, que parece tan fácil decirlo no es igual cuando uno ya va a redactarlo. Y lo que he leído sobre escritura de informes, con tantas clases que hay, tampoco me ha ayudado mucho. Lo que sí tengo claro es que hacer un informe es comunicarles a otras personas, que no vivieron como yo determinada experiencia, las peripecias del viaje. Obvio, no solo las peripecias. En todo caso, lo que he sacado en limpio por ahora es que un informe tiene tres partes: una introducción, un desarrollo y una conclusión. Sin embargo, el jefe me recordó incluir mis recomendaciones. Entonces, ese es como el cuarto elemento del informe que debo presentar el viernes de esta semana. Tengo dudas. Comprendo que debo ser objetiva y no ponerme a ofrecer un testimonio narrativo o lanzarme a decir cualquier cosa. Le pregunté a un amigo que estudia literatura y él me dijo que los informes eran una modalidad de los textos expositivos, con un toque de los informativos. Que era una tipología textual que tiene aspectos de las dos, porque no solo da cuenta de lo hecho, sino que presenta y explica, con tablas y gráficos, si es necesario, lo realizado. Eso me ayudó un poco, pero también me complicó la tarea. En fin, sé que cuando empiece a escribir este informe tendré que recopilar información, mirar mi cuaderno de notas, volver a revisar los archivos y pedirle alguna información a cada miembro de mi equipo… Como quien dice, me toca recopilar datos, acopiar evidencias, y sobre todo, sopesar los resultados de este año. Tiempo es lo que me va a faltar. Lástima, esta institución no tiene un modelo para hacer estos informes. O si lo hay, yo no lo conozco. Otras colegas me han dicho que ya hay un formato estándar circulando en internet, pero me preocupa que no sea ese el indicado. Además, entiendo que por ahora cada jefe es libre de elegir el modelo a seguir… Lo que sí ya definí, y eso lo constaté por otras compañeras de otras áreas que ya lo presentaron, es que no debe ser muy extenso, por ahí entre 10 o 15 páginas, que debe llevar un índice y, al final, incluir anexos, si lo considero conveniente. Lo que me ha puesto a cavilar es que este informe de gestión se ha juntado con el otro informe de investigación que debo presentar al final de este semestre, en el posgrado de administración que estoy terminando. Como que los dioses se han juntado para desesperarme y confundirme. En la universidad sí hay un formato bien detallado para este propósito, y en ciertos apartados se parece a este otro informe que estoy preparando. Lo que cambia es que contiene más secciones o están más discriminados los diferentes aspectos. Recuerdo que allí se habla de antecedentes y del esquema de fundamentos y de los objetivos y de la metodología y los instrumentos empleados… y, por supuesto, de las conclusiones. Y eso sí, dicen que debemos presentarlo siguiendo las normas APA, y que mucho cuidado con la citación y con la bibliografía… Bueno, pero como allá tienen un formato, será más o menos fácil salir con algo decente. Pero ahora, lo que me angustia es por dónde empezar este informe de gestión. Porque con todo lo que hemos realizado en el año, vergüenza me diera no mostrar algo de calidad. De pronto por ahí está la clave, tengo que seleccionar de todas esas cosas las que en verdad fueron significativas o relevantes para mi Departamento. No contaré, entonces, lo que habitualmente hago o mi labor rutinaria de atender llamadas, enviar correspondencia y asistir a reuniones. Bueno, como este Departamento en el último semestre sufrió una reorganización estratégica, creo que deberé en la introducción del informe decirlo, y explicar el por qué. Me parece que de todos los proyectos en curso, según sea su etapa de desarrollo, tendré que decir también hasta dónde hemos llegado y qué hemos conseguido… Se me ocurre que le debo pedir a Juan Carlos, el de sistemas, que me ayude con unos gráficos para ver el avance entre el año pasado y el presente… Ojalá Stella, mi secretaria, haya tenido el cuidado de guardar todas las actas de las diferentes reuniones que tuvimos en el Comité quincenal del departamento… Qué lío de cosas, y todas al mismo tiempo. Pero ni modo, lo que más me angustia y me aumenta la gastritis es qué voy a poner en las recomendaciones. Sé que eso es lo fundamental para el jefe. Ahí está la más importante, porque según me enteré por el correo de las brujas, con base en esas recomendaciones es que él toma decisiones para el siguiente período. Como quien dice… de eso depende mi permanencia y de los otros que trabajan conmigo… Y una sin poder embellecer los resultados, porque todo en este informe debe estar soportado en evidencias… Así que, a correr, y ojalá la inspiración me ayude en los dos días que me quedan para entregarlo.  

La relatoría: capturar la oralidad en la escritura

16 lunes Sep 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos, INVESTIGACIÓN

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Simon Prades

Ilustración de Simón Prades.

Durante el desarrollo de un proyecto de investigación, y especialmente en las sesiones de tutoría, se deciden y hablan muchas cosas. Algunas de ellas, porque los aprendices de investigación no tienen buenas habilidades para la toma de notas, o no mantienen una atención focalizada, se pierden o se olvidan hasta el punto de que, en un nuevo encuentro, hay que volver a repetirlas o aclararlas. Por eso es indispensable contar con una memoria escrita de esos eventos grupales que permita no solo disponer de un registro de los avances de la investigación, sino agrupar y seleccionar lo que en el calor de la discusión de tutoría resulta acumulativo y desarticulado.

Las relatorías son un medio idóneo para este fin. Por medio de ellas lo discontinuo de un proyecto va adquiriendo la forma de un camino y los participantes toman conciencia de las diversas acciones realizadas o las múltiples lecturas llevadas a cabo. Pero como se trata de un tipo de texto expositivo-informativo, que recoge y reorganiza un ambiente de oralidad, es necesario atender a unas particularidades al momento de redactarlo. Dichas observaciones apuntan a entender mejor lo que implica un trasvase del mundo de la oralidad al mundo de la escritura.

Lo primero es entender que la oralidad es copiosa, repetitiva, divagante. Cuando hablamos lo hacemos motivados y enriquecidos por las emociones y por el estímulo discursivo de la oportunidad. Hablamos de muchas cosas, vamos y volvemos, reiteramos, nos contradecimos, agregamos o dejamos asuntos al azaroso gesto del sobreentendido. De allí que, cuando vamos a transcribir o dar cuenta de esa viveza de la oralidad, antes de cualquier cosa debemos oír o apreciar la totalidad del evento que nos interesa. Si, por ejemplo, al hacer una relatoría nos hemos apoyado en una grabación de audio, tendremos que escuchar toda la sesión para lograr descubrir en medio de ese maremágnum de cosas, cuáles son los ejes articuladores o los pilares que guiaron la discusión. Terminada esa audición de la totalidad, nos quedará más fácil detectar la lógica de las partes o cómo una idea se fue construyendo en diversos momentos de la conversación.

Un segundo consejo proviene de entender que la oralidad emplea muletillas, frases hechas, tópicos del habla que, en un proceso de transcripción o de trasvase a la escritura, no son tan significativas. De igual forma, hay digresiones que obedecen más al impulso de la ocurrencia que a un objetivo claramente definido. Esas son otras intervenciones que deben omitirse al momento de redactar una relatoría. De igual modo son poco relevantes las anécdotas personales, las vicisitudes de la vida cotidiana, a no ser que contengan algo relacionado con el eje articulador de la sesión de investigación. Precisamente, el que elabora una relatoría, tiene que elegir y sopesar lo secundario o marginal de aquello otro que es medular o acrecienta determinado problema.

Un aspecto adicional, que es uno de más difíciles de sortear por el hacedor de relatorías, o por aquellos que transcriben por ejemplo una entrevista, es cómo y dónde poner los signos de puntación. Sabemos que en la oralidad contamos con las manos y la mirada para para ayudarnos a expresar un mensaje, pero cuando deseamos pasar ese mundo gestual al papel, nacen muchos interrogantes. Lo mejor, y esa es otra pista con excelentes resultados, es escuchar todo el turno o la intervención de alguien antes de transcribirla; esa podría ser ya una indicación de que ahí debemos poner un punto seguido. Después analizaremos, dependiendo lo largo o corto de la alocución, si amerita incluir comas o puntos y comas. Para decirlo de otra forma: lo fundamental es detectar las ideas gruesas, los bloques de habla mayores, para luego sí proceder a dividirlos en unidades más pequeñas.

Lo dicho aquí para las sesiones de tutoría de investigación se aplica igual a las reuniones de trabajo o a las juntas de muchas organizaciones en las que, por carecer de relatorías, terminan alargándose o repitiendo lo que en sesiones pasadas ya se debatió o sobre asuntos para los cuales ya se determinaron medidas específicas. Quizá esa desmemoria o ese gusto de “hablar por hablar” no solo lleve a la apatía de los participantes, sino a la sensación de que no se avanza en un proyecto, o que esas reuniones son un encontrarse para perder el tiempo.

Reflexiones sobre la puntuación

12 lunes Ago 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Joey Guidone

Ilustración de Joey Guidone.

Lo que en su inicio fueron signos para detectar las claves de saber leer con sentido, o de hacer las pausas indicadas para subir o bajar la entonación, se convirtieron en una ayuda para discriminar la información, dosificar la cantidad de ideas y darle respiración a la prosa. Por supuesto, nos estamos refiriendo a los signos de puntuación. Es decir, a la coma, al punto y coma y al punto seguido, para hablar de los más usados en cualquier texto.

Esos signos los usamos a veces sin tener muy claro cuál es su propósito o los ponemos en cualquier lugar, dependiendo más del capricho de quien escribe que de una intencionalidad específica. Por ello, precisamente, es bueno reflexionar sobre estos signos para lograr en nuestros escritos una puntuación razonada, o comprender qué tanto gana o pierde un texto al marcarlo con uno u otro signo de puntuación. Porque en muchos casos, es la falta adecuada de uno de estos signos la que convierte la escritura en una mole confusa de palabras, o la que termina fracturando el significado de una oración cuando se ubica un signo donde no corresponde.

Los signos de puntuación, decíamos, contribuyen a que el lector no reciba todo el mensaje de manera abigarrada o compacta. Una coma, por ejemplo, hace que podamos captar con nitidez las partes o los elementos de un conjunto; y un punto y coma nos ayuda a entender o distinguir ideas de mayor calado o peso en un párrafo. Los puntos seguidos contribuyen a ubicar dónde termina un planteamiento, dónde se cierra una argumentación. Todos estos signos están al servicio de discriminar la información, de hacerla más clara y más ordenada para el lector. Saber puntuar, en consecuencia, está en sintonía con la microestructura de un texto, en saber relacionar las partes con el conjunto. Trabajar así los signos de puntuación es situarse más en una lógica de componer artesanalmente un escrito y no tanto en la mágica e inexplicable elaboración del mismo. Así que no es cosa de aprenderse reglas de memoria, sino en darle más relevancia a la planeación, a la organización de las ideas y su progresiva manera de convertirse en párrafo, en capítulo o en un extenso artículo. 

De otra parte, los signos de puntuación van creando un ritmo en la prosa. Son estos diminutos signos los que hacen que nuestros escritos tengan movimientos rápidos o vayan tan lentos que aburran al lector. Hay escritores densos, difíciles, porque no usan el punto seguido o porque emplean períodos tan largos que no tienen ninguna clemencia con quien los lee. También sucede que el abuso de un signo, digamos la coma, es una muestra de una escritura llena de incisos, de divagaciones que terminan provocando un ruido en lo que se desea comunicar. Por eso, para detectar el ritmo de la prosa y cómo ayuda a ello la puntuación, es recomendable leer en voz alta nuestra escritura. Al escucharnos sabremos que algo no suena bien, que algo falta o que, por usar con tanta frecuencia un signo, lo que logramos es una redacción dubitativa, intermitente y repleta de interferencias. 

El buen uso de los signos de puntuación es de gran ayuda también para limpiar a la escritura de adherencias, de recovecos en una proposición o de un excesivo abuso de circunloquios. En este caso, ayudan a pensar de mejor forma la organización de los elementos de una frase o las partes constitutivas de un párrafo. Atreverse a poner un punto y coma en lugar de una coma, para mencionar otro ejemplo, puede contribuir a que suprimamos el exceso de adverbios, preposiciones o partículas innecesarias. En muchas ocasiones, por no saber ubicar bien un punto seguido llenamos nuestra escritura de oraciones subordinadas  o de frases que empiezan en un sitio pero que, por la misma proliferación de comas, no se sabe bien cuándo o en qué lugar logran terminar. Los signos de puntuación, en consecuencia, constituyen un elemento fundamental de la sintaxis.

Finalmente, el buen uso de los signos de puntuación le otorga a la escritura respiración, ofrece aire entre los elementos de un párrafo. Gracias a esa labor de ventilación en un texto es más fácil comprender la calidad de una idea, el desarrollo de un argumento, la explicación de un motivo. Los signos de puntuación contribuyen, por eso mismo, a la comunicabilidad del mensaje, quitan en el receptor el agobio de la confusión. Hasta podría pensarse que los buenos escritores, los que logran una interacción rápida con el público, son los que ubican esos signos de manera estratégica para evitar el aburrimiento o el bloqueo de la mente cuando se siente asfixiada por la mescolanza y la acumulación de frases atiborradas. Aprender a puntuar es, en últimas, conquistar la complicidad de un lector.

La enseñanza indirecta de la alegoría literaria

28 domingo Jul 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Alegoría del tiempo y la belleza Simón Vouet

«El tiempo vencido por la esperanza y la belleza», de Simón Vouet.

La alegoría literaria es una modalidad de texto en la que, tomando un objeto, una cosa, un fenómeno o una entidad como referente, se van describiendo algunas de sus peculiaridades para irlas asociando con otras que puedan ayudar a comprender acciones, comportamientos o  actitudes de los seres humanos. Como se ve, es un modo oblicuo de presentar, desde una pequeña descripción, determinadas enseñanzas morales o motivos para invitar a la reflexión y el cuidado de sí. La alegoría echa mano de las analogías con el fin de hacer más vívida las relaciones empleadas; esos símiles, que a veces son genuinas metáforas, permiten destacar rasgos o particularidades del tema-base, pero siempre asociándolas con valores, virtudes, formas de proceder o consideraciones éticas. La alegoría enseña de manera indirecta, al igual que la fábula o el apólogo. Hasta aquí lo básico de este tipo de texto; intentemos profundizar un poco más.

Voy a utilizar un ejemplo personal para desentrañar el proceder y las características de la alegoría. El texto lleva por título: “La palmera”.

La palmera es portadora estilizada de flexibilidad. No tiene anchas cortezas ni grueso cuerpo, pero su misma maleabilidad le otorga una fortaleza a prueba de tifones y huracanes desalmados. La palmera es muy fuerte en su alma cimbreante, es una fortaleza hecha de no oponerse a los elementos, sino de saber adaptarse a las circunstancias. La palmera cifra su temple en el modo de doblarse, en la cimbreante contextura de su tronco. La palmera convierte la arena en agua salvadora para el náufrago, en carne blanca para el perdido en las islas desiertas o para los que tienen el alma a la deriva. Si uno está cerca de una palmera puede sentirse en tierra firme, logra poblar su soledad y confiar en que no sufrirá de sed. La palmera mantiene con el viento una conversación solidaria: comprende lo que esas ráfagas ensordecedoras proclaman a todos los puntos cardinales. La palmera es un modelo de la escucha empática y profunda, de saber descifrar el mensaje oculto detrás del estruendo de la furia y el caos arrollador. La palmera hunde sus raíces en la tranquilidad, en una tierra que sabe conservar el zumo de lo imperturbable. No teme la palmera desordenar sus cabellos o quedar con poquísimos atuendos; no hay en la palmera un asomo de posesión. Toda ella es una bandera de libertad, un estandarte que se hace más sólido en la misma medida en que se libera de pesos y accesorios. La palmera es tan celosa de su figura que siempre alberga una curva, un arco, así sea mínimo, para conservar su esbelto movimiento. La palmera nos muestra que las corazas exteriores son demasiado vulnerables, y que una fragilidad pacientemente cultivada, anillo por anillo, logra sobrevivir a las ofensas devastadoras del afuera inclemente. La palmera encarna una evidencia: se es flexible cuando logramos acompasar o sintonizar las contingencias exteriores con el ritmo interno del corazón.

Una lectura rápida de la alegoría nos permite descubrir que si se ha tomado a la palmera es porque ella puede ser ilustrativa de la flexibilidad. Esa es la idea semilla. Pero después se van desarrollando o complejizando otras características derivadas o asociadas: el ser estilizada y maleable por no tener demasiada corteza; el ser fuerte en su centro; el ser cimbreante y, por ello, lograr curvarse a la fuerza del viento; el sacar de la arena agua y ofrecer alimento; el tener sus hojas desordenadas y livianas; la curva que prevalece en su forma; la consistencia de crecer poco a poco, anillo por anillo… Más todos estos atributos se concentran en uno, el motivo axial, y que sirve de detonante para la alegoría: la flexibilidad que, como se afirma al final, es la armonía de lo interno con las contingencias de la exterioridad.

Bien se aprecia, que el sentido oblicuo o el mensaje indirecto para alguien que lea el texto es poder comprender las ventajas que tiene parecerse a la palmera. Es decir, en dejar de suponer que llenándose de corazas se hará más fuerte para soportar los tifones de la adversidad o las borrascas de los detractores, por no decir enemigos. Si se aprende de la palmera, tendremos que liberarnos de mucha corteza inútil y empezar, lentamente, a cultivar nuestra fragilidad. No deberíamos asumir la dureza, sino la maleabilidad; no tendríamos que enfrentarnos desafiantes a lo que se nos opone, sino aprender a adaptarnos y saber escuchar lo que nos dicen las tormentas adversas. Si somos más tranquilos, si echamos raíces fuertes en la tierra de lo imperturbable, con toda seguridad seremos más tolerantes, más comprensivos o menos temerosos. Podemos deducir, entonces, que en esta alegoría se usa la realidad de la palmera para comunicarnos, siempre en sentido oblicuo, un modo de ser o de actuar, una lección de convivencia o de trabajo sobre nuestra personalidad.

Lo interesante de la alegoría es ver cómo, desgranando las diversas características o los rasgos más notorios de una cosa, un objeto o un fenómeno, va haciendo un perfil de actuación o señalando posibles vicios o torpezas del actuar humano. Para ello, el uso de la descripción es fundamental: el escritor de alegorías se parece a un naturalista que desea destacar los rasgos distintivos de la especie puesta ante sus ojos. De allí que retome primero lo más importante, lo esencial del objeto-motivo y luego se centre en otras particularidades relevantes; no se trata de ser exhaustivos o hacer un listado interminable de características. La alegoría selecciona lo medular, aquello que para un lector resulta más evidente. Agreguemos que las alegorías hacen parte de los escritos condensados, de esos textos que en pocos párrafos abren amplias  interpretaciones.

El otro aspecto o la otra pretensión de quienes hacen una alegoría es la de elaborar finamente su material lingüístico. Sopesar el ritmo de cada frase, vigilar las cacofonías, revisar la precisión semántica, tener mano de orfebre para poner la puntuación, ser precisos y buscar los adjetivos más justos para la intención analógica subyacente. Hay un deseo de prosa lírica que sirve de telón de fondo a los alegoristas. Y al decir esto, subrayo el énfasis en aquello mismo puesto como relevante o significativo; la depuración estilística, la modulación en la frase, el lugar elegido para cada término. De igual modo, la alegoría debe ser completa, poseer unidad o integralidad en sus partes; tiene la condición, como dicen algunos críticos literarios, de lograr cierta “redondez formal”; la fusión de sus elementos es indispensable. Por lo demás, una buena alegoría debe velar para que el recurso del paralelismo, que es el medio estructurador del texto, no quede trunco o se vuelva un enunciado casual sin lograr desarrollarse a lo largo de toda la alegoría.

Sobra decir que al escribir una alegoría literaria, aún conscientes de su sentido edificante, no podrá descuidarse el tejido estético ni el dinamismo creativo. No se trata de construir un esquematismo unívoco, como tampoco volver el texto una preceptiva de moral. Siempre será lo lúdico y expresivo, la imaginación creadora de mundos, lo que estará en la base de esta modalidad textual. Hecha esta advertencia, reiteremos que la alegoría, continúa siendo, un recurso para la enseñanza indirecta, un modo oblicuo de señalar u ofrecer consejos de sabiduría. Quizá esta manera “alusiva” sea la más adecuada para formar el carácter o dar luces sobre el “perfeccionamiento” de la variable condición humana y tener “relatos de referencia” para aprender a conocerse y convivir con nuestros semejantes.

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