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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

La disyuntiva de los dos caminos

28 domingo Ene 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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El camino no elegido

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,

Y apenado por no poder tomar los dos

Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie

Mirando uno de ellos tan lejos como pude,

Hasta donde se perdía en la espesura;

 

Entonces tomé el otro, imparcialmente,

Y habiendo tenido quizás la elección acertada,

Pues era tupido y requería uso;

Aunque en cuanto a lo que vi allí

Hubiera elegido cualquiera de los dos.

 

Y ambos esa mañana yacían igualmente,

¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!

Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,

Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.

 

Debo estar diciendo esto con un suspiro

De aquí a la eternidad:

Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,

Yo tomé el menos transitado,

Y eso hizo toda la diferencia.

 

He vuelto a mirar el poema de Robert Frost, “El camino no elegido”, en la traducción de Agustí Bartra, y me ha entrado el deseo de hacer algunos comentarios sobre este texto, en la perspectiva del proyecto vital.

El título nos da una pista para comprender el eje significativo del poema. En medio de las “dudas” y los “quizá”, lo que nunca sabremos es qué hay en ese otro camino no elegido, qué pasaría si la elección hubiera sido esa. Nunca conoceremos si habría sido una mejor opción que la del “camino menos transitado”. Y no sería una buena práctica de vida lamentarnos por eso; o imaginar lo que habría pasado si hubiéramos regresado sobre nuestros pasos para cambiar de ruta.

El poema de Frost, aunque nos habla de las disyuntivas que tenemos las personas a lo largo de nuestra vida, a pesar de reiterar que hubiera sido lo mismo elegir una u otra opción, lo que recalca es la elección por el camino menos transitado, el que a todas luces era el más incierto o, por lo menos, el más “tupido”. Lo que el poema subraya es que la preferencia fue por el más desconocido, el menos familiar o común. Quizá el poeta quería señalar que en medio de las opciones, a veces es mejor –para establecer una diferencia notable– tomar el sendero menos previsible a pesar de no tener una absoluta certeza o una evidencia positiva de tal alternativa.

Eso parece ser lo deseable. No obstante, queda la pena de no poder vivir al tiempo las dos posibilidades, los dos derroteros. Porque ejercer la libertad es, de alguna manera, disolver la discrepancia y optar por uno de los dos. Algunos dirán que lo mejor es recorrer uno primero y  luego el otro. Sin embargo, nadie nos puede garantizar que tengamos el tiempo suficiente para hacerlo o que pasados unos años sintamos el mismo deseo o la misma atracción por la vía no seleccionada. A veces acontece que la preferencia de un camino termina por hacernos olvidar otras posibilidades; ya ni pensamos en dicha disyuntiva. Lo seleccionado tiene tal riqueza o interés que termina sellando otras opciones.

Claro, también están los que descubren que esa vía no era la suya; que por ser un camino menos transitado, exige un esfuerzo mayor, una tenacidad o una resistencia en el viaje que no todas las personas tienen o desean adquirir. Entonces, la vuelta atrás parece inevitable. Ese retroceso puede tener un final feliz, a pesar de que al volver sobre nuestros pasos no encontremos igual lo que parecía otra salida a nuestro proyecto vital. O quizá, ya pasó su fascinación o no contamos con la edad suficiente para asumir ese viaje. Todo eso es posible. De pronto todo el proyecto vital de un ser humano se basa en eso: elegir o renunciar.

Puede que el éxito sea un buen indicador de que la predilección valió la pena; o puede que ese mismo éxito no garantice nada sobre la elección correcta. En todo caso, al tomar un camino, al seleccionar esa ruta en medio del “bosque amarillo”, no nos queda otro recurso que seguir avanzando, abriendo trocha, creando con cada uno de nuestros pasos un itinerario de valoración. Solo al final, bien al final, sabremos si esa decisión fue la más acertada o si, definitivamente, fue un largo equívoco. El sentido del camino está al final, ese es el problema y ese el enigma de toda existencia humana. Hay que hacer la travesía para validar el acierto o el error de un escogimiento.

En consecuencia, por más que nos llenemos de “suspiros”, por lastimeros que sean nuestros lamentos de cara a una alternativa equivocada, lo cierto es que esa fue nuestra opción, nuestra toma de partido. A lo mejor es aconsejable optar por los caminos menos transitados, pero nadie puede garantizarnos que seremos felices o cabalmente afortunados. El proyecto de vida de un ser humano consiste en trasegar, en ir enfrentando disyuntivas, en ejercer cotidianamente nuestra libertad. Es en el culmen de nuestra vida, hacia el ocaso de nuestro proyecto vital, que sabremos el peso o la valía del camino elegido.

 

El proceso de componer un libro de cuentos

06 sábado Ene 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Amanecer alado

A finales del año pasado salió el libro Amanecer alado y otros cuentos, mi segundo libro de relatos, publicado doce años después de aparecer Venir con cuentos. La alegría de esta nueva cosecha de palabras es inmensa, y más tratándose de un género que ha estado cercano a mis búsquedas literarias.

El cuento, lo sabemos, es un aliado para recuperar las vicisitudes de hombres y mujeres durante su larga o corta existencia. Es un género con el dinamismo de la flecha, según pensaba Horacio Quiroga, y es el resultado de un ojo perspicaz de fotógrafo, al decir de Cortázar. Los hay de diversa temática: fantásticos, maravillosos, policiales, realistas o de ciencia ficción. Pero a pesar de esta variedad siempre tienen una fuerza narrativa condensada que los hacen interesantes o apetitosos como para devorarlos en una sentada.

Más no es de la historia del cuento de lo que me interesa escribir en esta ocasión. Quisiera profundizar en el proceso creativo que se lleva a cabo para lograr estos artefactos narrativos. Me interesa exponer las etapas del proceso de composición de muchos de los cuentos que he escrito, guiado por el deseo de hacer legible lo que a primera vista parece un acto espontáneo o venido de no se sabe qué zona del subsuelo psicológico.

El detonante siempre está en una anécdota. No sobra recordar que una anécdota es un hecho singular o interesante, un incidente, algo que me ha sorprendido o llamado poderosamente la atención. Esa anécdota puede provenir de muchas fuentes: un amigo que me cuenta la inexplicable infidelidad de su pareja; el conflicto de una mujer madura por tener un hijo a sabiendas de la pasada pérdida de un embarazo anterior; la muerte en soledad de un familiar; la resonancia del pasaje de una lectura; una situación cotidiana que aunque banal pone en evidencia el carácter de una persona; una coincidencia en un hecho realizado en tiempos diferentes; una frase lapidaria y contundente oída de paso; una imagen conmovedora vista o recordada; un conflicto sutil entre sentimientos; una situación posible o fabulada de un personaje histórico; una obsesión entrevista en un sueño o persistente en la duermevela… en todo caso, esa anécdota es el disparador, el fogonazo con que se inicia mi proceso creativo.

Casi siempre escribo esa anécdota en mi libreta de notas, o la pongo en mi “Despertario”, un cuaderno que tengo en mi mesa de noche. Hay anécdotas que devienen rápidamente en una historia y otras que permanecen hibernando por días o meses. También sucede que hay anécdotas que nacen y se quedan encerradas en un argumento y, otras, que de una vez lanzan sus primeros párrafos de manera rápida y sin contención. Lo común es que la anécdota vaya madurando en mí por días, hasta que ayudado por la memoria y la imaginación puedo atenderla con dedicación en la escritura. Me sucede, de igual modo, que hable sobre esa anécdota con amigos o familiares; se las relato sucintamente e invito a esas personas a que manifiesten sus opiniones al respecto. Es una especie de diálogo dirigido sobre un asunto que sigue bullendo en mi cabeza y que necesita ser atizado, enriquecido, azuzado por la conversación.

En algunas ocasiones la forma de extender o darle densidad a esa anécdota es la investigación, la lectura de libros o fuentes relacionadas con dicho motivo. Sin embargo, al igual que con las personas con que charlo al respecto, estas lecturas tienen la función de aumentar el campo de resonancia de la anécdota; explorar en las particularidades de un sentimiento; afinar la mirada y el vocabulario para nombrar algo que me interesa; conocer el simbolismo de un color; ahondar en una época, un estilo, una obra específica. Investigo para que la anécdota tenga un escenario de verosimilitud, para recoger información útil en esta etapa de incubación y rumia de la ficción.

La maduración de la anécdota trae consigo el desarrollo de un conflicto. Me complace explorar en aquellos asuntos medulares de la historia, pero cuidándome de no parecer aleccionador o moralista. El conflicto me lleva a perfilar los personajes que van a encarnarlo. Le gasto un tiempo a caracterizar estos seres de ficción aunque tienen elementos de diversas personas que les han servido de referencia. Me ocupo de describir tales personajes, ahondando especialmente en su forma de hablar, en los objetos que usan o los acompañan y en los gestos que hacen constantemente. Más que la descripción de los conflictos interiores busco que sus palabras los definan. Todo ello va gestándose en mi cabeza y se enriquece en la medida en que comienzo a redactar la historia.

El primer párrafo de un cuento es otro aspecto vital en mi manera de escribir. Si tengo ya esa entrada lo otro viene poco a poco; a veces son más los intentos fallidos que el acierto inmediato. Una vez cuaja ese primer párrafo los que siguen se desgranan como cosecha madura. Sigo creyendo que ese primer párrafo, como creía Umberto Eco, define el tono y el ritmo del cuento. En ciertos casos necesito, y de eso igualmente hablaba Rulfo, varios párrafos para encontrar el que mejor exprese lo que deseo narrar. Es una especie de búsqueda a partir de la misma escritura; una labor de socavamiento, de ir escarbando entre el mismo surco de las palabras.

Hay momentos en que el cuento avanza sin dificultad hasta lograr su fin. Esta escritura no está todavía corregida, afinada totalmente. Es una redacción en bruto que anhela descubrir su cierre. Otras veces, y el recurso era usado por Borges, la narración avanza hacia un final que ya tengo previsto pero que no sé con claridad cómo voy a conseguirlo. La narración se desplaza en pos de ese final, explorando alternativas para alcanzarlo. No obstante, y creo que eso me ha sucedido en la mayoría de mis relatos, el cierre corresponde a las propias fuerzas del conflicto, a las vicisitudes por las que van pasando los personajes. Prefiero que ciertos finales queden abiertos por la misma situación narrada o por el conflicto allí relatado, y eso lo he aprendido de observar con cuidado la sinuosa y variable condición humana. El final a veces queda como en punta, abierto al múltiple juego de las posibilidades o a la imaginativa interpretación de los lectores.

Finiquitado ese primer trayecto, henchido de un furor creativo, viene el lento proceso de la corrección. Esta etapa que se repite varias veces y en distinto tiempo aboga por la precisión semántica, por suprimir las voces repetidas, por un cambio de un signo de puntuación, por la inclusión o supresión de un detalle en uno de los personajes… Es una labor más de poda que de adiciones. Me agrada hacer esas enmiendas en horas de la mañana, y por lo menos durante una semana. En ese tiempo les leo el texto a personas cercanas para escuchar sus comentarios, aunque lo esencial es poner esa escritura en la voz de la oralidad. Al entonar esas grafías aprovecho la circunstancia para descubrir algo que no funciona cabalmente o detectar un signo de puntuación que necesita cambiar de lugar. Al oralizar el cuento recobro para la escritura la viveza de la palabra hablada, esa con la cual encantaba el primer narrador.

Pasados varios meses o años vuelvo a leer el cuento. La distancia ayuda a madurar la ficción, es su natural proceso de depuración. Por lo general encuentro algún detalle que amerita limarse o descubro un pequeño giro en la sintaxis que le permite a la prosa alcanzar un ritmo menos cacofónico o redundante. El tiempo ayuda a convertirme en crítico de mi propia producción. Al igual que Mempo Giardinelli, trato de ser inclemente con esa escritura, procuro leerla como algo ajeno, viendo en ella más las carencias que los aciertos. Concluida esa labor de curaduría en la composición me olvido de tal narración y me ocupo en otros proyectos. Transcurridos unos años, cuando noto que la carpeta en la que voy guardando estos diversos relatos contiene un número considerable, recupero cada cuento y lo someto otra vez al escrutinio de la relectura. Ahora desde la perspectiva de formar parte de un futuro libro, de ajustarse a la lógica de una publicación. Al organizar los cuentos desde esta óptica, varios de ellos se mantienen intactos y, otros, exigen unos pequeños retoques. Cerrada esta fase, envío a un corrector amigo los relatos para que los revise. Esas correcciones son la oportunidad para volver a inspeccionar lo que parecía definitivo. Después de otros meses el libro ya está listo para empezar la etapa de diagramación.

Por disfrutar este aspecto del diseño gráfico empleo varias jornadas en la selección de la fuente, en la caja tipográfica, en la ideación de las páginas maestras y en la concepción de la carátula. Una y otra variante desfila por la pantalla del computador hasta que una de esas opciones me deja satisfecho. Cuando ya está terminado el diseño hago una impresión, la anillo y me dispongo a hacer la última lectura de la obra. Al finalizar esta labor, con bolígrafos o marcadores de color hago los ajustes respectivos. Todo parece ya listo para enviar el material a la imprenta. Una vez me llegan las pruebas  de la editorial hago una última revisión, confiando en que no encuentre ningún error de esos que por más que uno vigila, siempre quedan por ahí, como un testimonio de las incorrecciones escurridizas. Aprobadas estas pruebas no queda sino esperar la llegada de esos cuentos en la hermosa forma de un libro. Un libro que, para mi gusto, debe imprimirse en un buen papel, estar cosido, mostrar cuidado en el empaste, e incluir solapas y colofón.

Sobre lo que sigue ya no tengo mayor dominio. Hay que llevar el libro a las librerías para que sean los lectores lo que hagan su dictamen; que compren el libro, lo lean y les produzca alguna experiencia estética significativa, entretenida, insospechada. Ese ha sido el modo como la literatura ha construido su camino; esa es la dinámica entre los que tratamos de escribir y esos otros cómplices que, como declaraba Cervantes en El Quijote, podemos llamar desocupados lectores. Son ellos los que terminarán dándole validez positiva o negativa a esos textos, culminando así el proceso de la composición de un libro de cuentos.

 

Doce deseos para celebrar el año nuevo

31 domingo Dic 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Son variados los augurios con los que se despide la noche vieja y se celebra la llegada del nuevo año. Desde los baños y sahumerios, pasando por el uso de determinadas prendas, hasta el acopio de granos y la conocida tradición de adquirir y guardar en el hogar las espigas de trigo. Todas esas maneras de celebrar el cierre de un ciclo y el inicio de otro, abogan para que haya salud, prosperidad, abundancia, y la buena fortuna cobije los doce meses venideros. Aunque en esos agüeros hay raigambres de superstición, lo cierto es que se han convertido en prácticas populares que reúnen a la familia y promueven la alegría colectiva. Así que, embriagado por una vela aromatizada de canela, con un buen vino en la mesa, empiezo a comer mis doce uvas y formulo mis deseos para el año que comienza:     

Primer deseo: para que la paz en nuestro país deje de ser una presea política y se convierta en un genuino propósito de todos los colombianos. Que entendamos que hacemos paz en el trato digno con los demás, en las relaciones respetuosas, en la forma de resolver los conflictos.

Segundo deseo: porque merme la agresión cotidiana entre las personas, y no andemos con una piedra en cada mano y supongamos que así resolvemos los problemas. Que asumamos con todos los que nos relacionamos un pacto de no violencia convencidos de que la convivencia es un deber fundamental de todo ciudadano.

Tercer deseo: porque todos los medios masivos de comunicación mermen la información incendiaria y el chismorreo injurioso que tanto daño hacen a la opinión pública. Que se sopesen y verifiquen las fuentes noticiosas para no terminar amplificando la incertidumbre y contribuyendo a la polarización de nuestra nación.

Cuarto deseo: para que todo aquel que tiene un cargo público o es funcionario, considere que cualquier acto de corrupción deteriora su nombre,  el de su familia, y le quita recursos a los verdaderamente necesitados. Que todo corrupto asuma, aunque la ley no se lo exija, la vergüenza social y con ella el ostracismo propio de los traidores y renegados de su patria.

Quinto deseo: para que los corazones rencorosos y revanchistas sanen sus heridas y puedan abrir los brazos para la reconciliación. Que el resentimiento deje de ser el carburante de los enardecidos por un credo, una ideología o una doctrina, y el fanatismo el alcahuete de sus necedades y obcecaciones.

Sexto deseo: para que sea un delito moral menospreciar a los viejos, a los inválidos, a los que han cumplido un ciclo vital o laboral. Que haya respeto y consideración para los mayores, así ya no sean útiles económicamente y parezcan una carga para sus familiares. Que aprendamos de su experiencia y los hagamos sentir necesarios de alguna manera.

Séptimo deseo: para que los niños sean una “zona sagrada” que se debe cuidar, proteger y atender en su proceso natural de desarrollo. Que la mano del maltratador o abusador sea uno de los crímenes de lesa humanidad. Que nadie le quite a un niño o a una niña el espacio de ser libre, de preguntar y explorar lúdicamente. 

Octavo deseo: para que todo el que tenga un puesto de poder o de mando no lo convierta en un trono para la humillación y las venganzas personales. Que todo jefe renuncie al autoritarismo y la soberbia del déspota y promueva el liderazgo participativo.

Noveno deseo: porque cada ciudadano entienda que debe atender a sus deberes, y que el cumplimiento de las normas debe prevalecer sobre la justicia por la propia mano. Que respetemos las figuras de autoridad así no favorezcan nuestros caprichos. Que prescindamos de las argucias del atajo, de la trampa simulada, para eludir el camino recto previsto por la ley.

Décimo deseo: para que padres y madres de familia acepten con responsabilidad la educación de sus hijos, y no la deleguen en la escuela. Que entiendan la crianza como una práctica amorosa e ineludible. Que cada hogar asuma lo que le corresponde en su labor de crear hábitos, maneras de comportarse y pautas de relación. Que se esté continuamente atentos sobre los modos de proceder, de relacionarse y actuar de los hijos. Que los hogares no sean hostales de paso, sino verdaderas casas de acogida y diálogo formativo.

Undécimo deseo: para que el cuidado personal y de los otros sea una tarea de todos los días. Que convirtamos dicho cuidado en una higiene del alma. Que la indiferencia frente al vecino, al colega de trabajo o al prójimo, se cambie por la fraternidad acuciosa, el apoyo oportuno y el diálogo solidario. Que en lugar de la sospecha y la maledicencia asumamos como consigna el servicio y la diligencia.

Duodécimo deseo: para que la ética sea la consejera interior de todas nuestras acciones, y las virtudes hagan parte de nuestra zona de perfeccionamiento y mejora continua. Que saquemos tiempo de las otras obligaciones laborales para el discernimiento y la autorreflexión, con el fin de no perder de vista nuestro proyecto vital y poder así, con sabiduría, llevar una vida buena, digna y feliz.

Meditación navideña nueve: la cena de navidad

24 domingo Dic 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Me fascina en el tiempo navideño la forma como las gentes llenan su mesa de alimentos en abundancia. Hay galletas, bebidas, dulces, carnes y platos típicos que despliegan su aroma y su color tanto en las casas más humildes como en los apartamentos de los más pudientes. La mesa se decora, se llena de frutas y de comidas en una bandeja generosa y multicolor. Hay en tal hecho un símbolo de celebración de los lazos familiares y un gesto de bienvenida para los peregrinos o visitantes inesperados.

La mesa ha sido un lugar privilegiado. Es sitio de reunión, lugar para el encuentro, espacio para la conmemoración y escenario vital para el diálogo, la confraternidad y las relaciones interpersonales. Sentarse a la mesa es, de alguna manera, además de disponernos para tomar un alimento, entrar en la zona de los vínculos humanos: socializarnos, escuchar a otros, decir nuestras propias palabras. La mesa nos reúne, nos convoca, nos llama a estrechar los lazos de la sangre o esos otros de la fraternidad y los proyectos compartidos. En la mesa recibimos lecciones de vida, muestras de afecto, testimonios de hondas angustias  o sueños profundamente ansiados.

Por supuesto, en la mesa acaece un evento vertebral de las fiestas decembrinas: la cena de navidad. El propósito es reunir a todos los miembros de la familia para celebrar los vínculos afectivos, la solidaridad y los buenos propósitos. Las viandas son el pretexto para congregar a los reticentes, a los que habitan lejos, a los que han empezado a perder de vista la fuerza de los lazos de la sangre o de la convivencia. Por eso mismo, la mesa servida, la abundante cena navideña, es sí misma un festivo reencuentro. Cómo se habla y se comenta, cuántas informaciones recientes se sirven a la par de manjares diversos. Sabemos que el encuentro reaviva los sentimientos y nos pone en una dimensión histórica; al escuchar a tíos y abuelos contar anécdotas  pretéritas recuperamos pedazos de nuestra propia vida y poblamos de sentido nombres que en un primer momento no significan gran cosa. Estar juntos disfrutando de la cena es también una oportunidad para que haya cruce de generaciones, para que los invitados más ajenos participen de los relatos fundacionales de un núcleo familiar.

Además, la cena tiene un sentido de acción de gracias que toca a todos los invitados o comensales. La reunión tiene mucho de rito tribal, de celebración comunitaria. Concluida la cosecha, pasado el tiempo del trabajo duro, viene el momento para levantar los brazos hacia el cielo en un gesto de infinita gratitud. Reunidos en torno a la mesa llega el momento de retribuir en algo todas las bendiciones o dones recibidos. Se canta, se conversa en exceso y se prueban colaciones y platos variados. También se bebe, brindando por los logros o los proyectos terminados; por los familiares que, a pesar de los años, siguen compartiendo y sirviendo de puente amoroso; o porque ha habido salud y el milagro de la vida prosigue en cada uno de nosotros. Por todo se agradece, a la par que se ríe y se comparte el alimento. A veces, como corresponde a la dinámica profunda de los ritos, también se baila. Pero el centro de todo este jolgorio ha provenido de la mesa, de lo que allí estaba dispuesto como un símbolo de participación de la cosecha y de retribución por los frutos recibidos.

Por eso, estas fiestas nos invitan a recuperar el espacio de la mesa, a salir de la burbuja personal o del bunker del cuarto privado para estar con los nuestros, con los amigos, con los compañeros de trabajo, o con aquellos otros que, aunque extraños, pueden llegar a ser nuestros conocidos. Animarnos a dejar el teléfono móvil, el correo electrónico, el chat incesante, y mirar a los ojos a quienes están al lado nuestro, es una petición o un rito que nos pide la mesa, un llamado a que forjemos con nuestras palabras y nuestra escucha la figura de la familia, del techo protector del hogar, de la alianza de ser comunidad. Aceptemos entonces, con entusiasmo y expectativa, la invitación a compartir el pan aliñado del afecto. Celebremos el regalo sensible de tener un grupo de personas que siguen siendo un sitio sagrado para resguardarnos, para renovar nuestras fuerzas o para multiplicar el alcance de nuestros brazos.

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Meditación navideña ocho: las tarjetas de felicitación

23 sábado Dic 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Felicitación Original de Cartero en Navidad. Época Alfonso XIII.

Es tal el regocijo que produce la navidad en nuestros espíritus que deseamos compartir ese estado con familiares, amigos, viejos conocidos y colegas de trabajo. Para ello empleamos tarjetas de felicitación y ahora mensajes a través de nuestros celulares y correo electrónico. Pueden ser frases divertidas, ingeniosas o consignas teñidas de trascendencia. Son saludos para compartir ese sentimiento de alborozo, cortas fórmulas para extender bienestar o un augurio de prosperidad.

Considero que tal práctica vale la pena mantenerla y fortalecerla. Primero, porque es un gesto comunicativo para ofrecer bienestar y no tanto de propagar negativamente las malas noticias. Es una especie de red de optimismo y de confluencia positiva de los astros. Segundo, porque nos obliga a pasar revista a aquellos seres que consideramos merecedores de nuestro mensaje. Esto nos hace recordar a personas a las que seguimos debiéndoles muchas cosas; en ese sentido, cada postal es como un reencuentro con nombres significativos en nuestro derrotero existencial. Tercero, porque los mensajes navideños invitan también a elegir un motivo, una ilustración y un mensaje específico acorde a las particularidades del destinatario.

Y ya que lo menciono, valdría revisar o cambiar esas tarjetas o esos “memes” que al ser tan virales ya no tienen rostro ni persona definida. Tendríamos que ser más originales, diseñar o escribir nuestras propias notas, enfocadas a delinear la fisonomía moral de un individuo, de atinar a describir algo de esos rasgos que diferencian a las personas y que las hacen únicas. Porque ahí está la clave de estas felicitaciones o saludos de navidad: las mejores son aquellas que retratan bien a un individuo o se sintonizan con un aspecto particular de su carácter. Esa es la difícil tarea de redactar esas pequeñas dedicatorias o esos mensajes sentenciosos: que lleguen al centro del corazón de un ser humano.

Pienso que estas postales son otra modalidad de regalo. Un regalo especialmente hecho de escritura. Lo que está en el fondo es redactar el texto mejor elaborado, bien pensado, reescrito y afinado para que diga lo que en verdad deseamos expresar. Por lo demás, las tarjetas de felicitación anhelan, por su belleza, por la calidad o la sutileza del lenguaje, ser guardadas. Son como páginas únicas de una historia personal o hacen parte de nuestro baúl de los recuerdos. Como quien dice: damos estas tarjetas para que perdure lo que allí se augura, ofrecemos esos parabienes para que al releerlos, renazca como un ave fénix lo que se desea. Podríamos decir que son amuletos de la buena fortuna o talismanes, consignas para que continúe el alborozo.

Bien miradas las cosas, estos mensajes de felicitación cumplen en navidad la función de un santo y seña para participar o estar en sintonía con el espíritu de las fiestas decembrinas. Son la forma de saludar cuando lo que anhelamos es el goce común, el bienestar de todos. Al recibir esas postales somos partícipes de una dicha ajena que, al hacerlo, empieza a encarnar en nosotros; luego, como si fuera una cadena de favores, necesitamos hacerla extensiva a otras personas. Esas felicitaciones, miradas en la lógica de lo imaginario, son los buenos días para entrar a la fiesta decembrina.

Por todo lo anterior, si aún no hemos enviado esas felicitaciones de participación de la alegría, si hemos sido demasiados olvidadizos o abiertamente desagradecidos, lo mejor es dedicar un tiempo para escribir ese mensaje, para sorprender al antiguo compañero de aventura con una nota que recuerde su brazo incansable y su fortaleza para no dejarnos en el camino; o redactar un breve reconocimiento a esos cómplices afectivos a los que les debemos no solamente momentos de placer, sino algunos hitos fundantes de nuestra historia. Todo eso lo podemos ofrecer en las modernas tarjetas virtuales o en las ya clásicas postales de papel. Los destinatarios sonreirán cuando las reciban y sabrán que otros seres los siguen guardando en su corazón a pesar de la distancia, y que, a través de esa escritura sucinta, casi cabalística, pueden acceder a la arrebatadora felicidad.

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