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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

Meditación navideña siete: el árbol de navidad

22 viernes Dic 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Bien sea como resonancia de tradiciones nórdicas o de ritos agrarios para celebrar los cambios de la naturaleza, lo cierto es que el árbol ya forma parte del decorado navideño. Junto a él se reúne la familia y debajo de sus ramas se ponen los regalos. Este árbol, engalanado con moños, bolas multicolores, follaje plateado y figuras decorativas, tiene un sinnúmero de simbolismos que no podemos olvidar.

El primer significado para subrayar, especialmente por sus hojas perennes, es que dicho árbol es una exaltación a la vida. Después de que ha permanecido guardado en cajas por un año le llega el momento de desplegar sus ramas y su verdor. La familia participa en este rito como un anuncio del renacimiento de la fiesta, de la alegría decembrina. Todo renace, cada cosa se limpia y vuelve a ponerse, con delicadeza, en derredor de esta figura triangular. Allí, las bolas doradas; más allá, unos diminutos osos, y arriba, la infaltable estrella. Lo que estaba resguardado renace en todo su esplendor; la vida que estaba en hibernación recobra su brío y plenitud.

Y cada adorno, cada guirnalda, lo que hacen es subrayar el deseo de prosperidad. Signos o augurios para que no falta el alimento, el trabajo, lo necesario para que la vida siga su curso inagotable. Por eso se decora con ese barroquismo, de allí el deseo de que el brillo del árbol sea como un altar tornasolado. Y por eso también, debajo del árbol se ponen los regalos, como si fueran frutos de ese mismo arbusto. Sean grandes o chicos, todos esperan que en ese lugar haya un obsequio con su nombre; que nadie quede sin parte de esa cosecha. Así que, semejando una verde cornucopia,  del árbol van saliendo muestras de agradecimiento, de afecto, de reconocimiento a los vínculos y la existencia compartida.

En este sentido, el árbol es también un símbolo de amparo, de protección. Confiamos en que esa figura nos resguarde o nos proteja de la desfortuna, de la desunión, de la orfandad. Quizá el gesto de rezar una novena, a la sombra del árbol, sea lo que mejor ilustra tal gesto de cobijo. Bien parece que en el árbol de navidad hay refugio para todos: para el familiar que persiste en una rencilla tonta, para el hijo que llega de muy lejos, para el vecino solitario, para las personas más queridas y para aquellas otras que casi ya no reconocemos… Juntos, cantando villancicos, al lado del frondoso e iluminado árbol construimos una hermosa fortaleza para guarecer los afectos y ratificar los lazos profundos de la convivencia fraterna.

Pienso que, de igual modo, el árbol comporta otro simbolismo. Me refiero al cultivo de la esperanza. Así no se diga en voz alta, el que es invitado a una casa en época navideña, espera que por allí esté algún detallito para él. Confía en que el olvido allí no tenga cabida. Y ni qué decir de los niños y niñas que miran y revisan los diferentes paquetes para ver cuál tiene su nombre, o tratan de adivinar por la forma del regalo, lo que hay dentro de ellos. Y todos esos pequeños quieren abrir inmediatamente aquellos paquetes, pero el ritual consiste en esperar hasta una fecha específica. Así pasan las noches, alimentando la ilusión y la fe, confiados en la promesa de una carta escrita al niño dios o al papá Noel. El árbol es el centro de tal expectativa; es un símbolo de la espera no hecha del consumo rápido de las mercancías, sino del tiempo lento como se adquieren las cosas que llegan al corazón.

Terminada la navidad, el árbol volverá a un lugar reservado u oculto. Otra vez la familia ayudará a descolgar, envolver, acomodar y empacar cada elemento de ese arbusto ritualizado. Los muebles de nuestras casas volverán a ocupar su lugar habitual, y la vida seguirá su curso cotidiano. Pero lo valioso de haber vestido ese humilde tronco durante unos días es su mágica atracción para convocar a familiares y conocidos, permitiéndonos renovar los lazos de la sangre y los del cariño sincero. Quizá ese sea otro de sus simbolismos: el de reunir y congregar, el de llamar a hombres y mujeres para recordar el sentido y la importancia  de las tradiciones.

Bajo la sombra del árbol de navidad confirmemos nuestra exaltación a la vida, celebremos con regocijo las manifestaciones de la gratitud y confiemos en el cumplimiento de las promesas. Que su copiosa decoración sea un buen presagio de la abundancia y el bienestar futuros; y que la intermitencia de sus luces nos advierta de la incesante renovación de la esperanza.

Meditación navideña seis: el amor

21 jueves Dic 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Ilustración de Valeria Petrone

Ilustración de Valeria Petrone.

Hay en navidad una sobreabundancia de muestras de afecto, de fraternidad, de amor. No se escatima en abrazos, en frases de cariño y en deseos porque la alegría, la buena fortuna o la prosperidad colmen los corazones y habiten en las familias. Una ola de simpatía inunda los rostros, y las manos están dispuestas para la afabilidad o la reconciliación.

Esa es parte de la magia de estas fiestas de fin de año. Hay una inclinación positiva para llegar al otro, para ponernos en actitud de escucha y socorrer al más necesitado. La fuerza del amor resuena con la misma efusividad de la música decembrina, y en todos los ambientes se respira un clima de convivencia. Hay una actitud favorable para la cercanía, para la renovación de los compromisos, de la amistad o el afecto que se conjuga con los alumbrados y las decoraciones multicolores.

Pensar en la fuerza vivificante del amor no deja de ser un motivo interesante. El amor abre caminos donde ninguna obligación puede hacerlo; el amor tiende puentes sobre el vacío de lo imposible; el amor da fe al descreído y esperanza al desesperado. Su vigor está en proveernos de un ímpetu para sortear lo que la enfermedad o el dolor ponen como obstáculos insalvables. El amor nos impulsa a sobreponernos y a entrar en comunión con el rechazado o tocado por la desgracia. Quien ama no denigra; quien ama tiene siempre ante sí a un hermano. Es del amor entrever semejanzas más que diferencias. Quien bien ama crea escenarios para que otro sea en plenitud; sin egoísmos ni regateo de esfuerzos. El amor, cuando es genuino, libera y no esclaviza; abre horizontes, cultiva sueños ajenos, mantiene complicidades esenciales entre los espíritus.

Es sabido que una de las claves para llenar nuestro pecho de esta fuerza amorosa está en el hogar, en la crianza. ¡Qué importante es ofrecer y decir lo mucho que queremos a los hijos!; esas criaturas deben saberse amadas para que, después, establezcan relaciones altruistas, se sientan generosas para ofrecer cariño y ternura a los demás. Es en el hogar donde se construyen los cauces para que después fluya el amor sin prevenciones, sin talanqueras. No hay que escatimar, entonces, brindar en esos primeros años manifestaciones de amor a borbotones. Volverlo gesto, caricia, reconocimiento. Esta impronta de ser amados nos acompañará toda la vida y otros serán los beneficiados de tal certidumbre.

Tendríamos que ser menos parcos en manifestar el amor que sentimos. Atrevernos a extrovertirlo sin temor al ridículo o la burla. Reiterárselo a nuestros padres que, en la medida que envejecen, más lo necesitan; recordárselo a nuestra pareja, especialmente cuando pasan los años; hacerlo extensible a los que nos colaboran o a aquellos que son un brazo permanente para alcanzar nuestras metas más importantes. Aquí el amor toma el rostro del agradecimiento. Decirlo, escribirlo, volverlo rito, compartirlo… Todo ese amor es esencial para que circulen los vínculos humanos y se mantenga en movimiento, sin oxidarse, el mecanismo sensible de la sociedad.

Aunque deberíamos también, y más en estos tiempos de la prisa y lo desechable, abogar para que el amor no se contamine de lo utilitario. Defender a como dé lugar los compromisos y la lealtad, la sinceridad y el mutuo respeto. No es bueno corromper o dejar que el amor se vuelva cualquier cosa, que terminemos confundiéndolo con el placer casual o la satisfacción inmediata. Cuando es verdadero, el amor nos compromete e implica una fidelidad a nuestras elecciones; no salimos indemnes de una relación amorosa si en ella ponemos nuestra historia y nuestros secretos. Porque amar, en esencia, es abrirnos, descubrirnos, desnudar el alma y quedar, de alguna forma, indefensos. Por eso cuidar el amor que ofrecemos o recibimos es hoy tan necesario; porque es escaso, y porque si se siente rebajado huye de nosotros.

Dejemos que este clima amoroso de la navidad llegue a nuestros hogares; permitamos que este aire bienhechor airee nuestros corazones solitarios; celebrémoslo con los brazos abiertos: por la gratuidad del encuentro, por la certidumbre de una promesa, por el milagro de poder confiar en otra persona, por la alegría de compartir nuestra esquiva libertad.

Meditación navideña cinco: la sencillez

20 miércoles Dic 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Me gusta pensar que el nacimiento del “mesías” en un pesebre, en un lugar pobre y sin boatos, es un signo de humildad, pero especialmente de sencillez. Como sencillo es el acontecimiento y como sencillos fueron los pastores que acompañaron aquel hecho. Esa sencillez cobija toda la existencia de ese hombre y puede ser una lección de vida para muchos de nosotros.

Y lo afirmo porque, especialmente en esta época, todo parece ir en contravía de la sencillez. Un solo caso: las demandas del mercado y de una obsesión por el consumismo han ido llenando nuestra mente de necesidades inútiles. Cada día nos atiborramos de cosas, a sabiendas de que en poco tiempo serán caducas o inservibles. Y ni qué decir, de la copia apresurada de modelos ajenos, de un esnobismo por estar a la moda, pero sin saber bien el beneficio o las consecuencias de tal remedo. Nos hemos impuesto el sobrepeso de la apariencia, perdiendo la autenticidad.

La imagen del pesebre, decía, puede ayudarnos a reflexionar sobre el valor que damos a los productos que compramos de manera innecesaria. ¿Realmente necesitamos lo que adquirimos con tanta ansiedad? Tal vez deberíamos incorporar a nuestra voluntad una fuerza de contención para no ceder tan fácilmente a lo que ofrece la propaganda en los múltiples canales. Privarnos de comprar lo suntuario podría ser una prueba a la que sometamos nuestro espíritu. Saber vivir con lo necesario, restringirnos, con el propósito de sacar un mejor provecho de otros asuntos diferentes a la posesión de mercancías.

Aprender a disfrutar, por ejemplo, de cosas sencillas como las actividades espontáneas qué tanto hemos dejado de hacer por andar corriendo detrás de lentejuelas y baratijas. Gozar de ver crecer los hijos, de compartir un humilde alimento, de caminar con alguien que amamos, de ver el esplendor de algunas tardes o la maravilla de un nuevo día. Disfrutar de una charla íntima y sincera que, en su misma simplicidad, comporta la satisfacción de lo esencial y duradero. Regocijarnos por tener aún vivos a aquellos que nos dieron la vida o gozar las bondades de la buena salud. Todo eso no requiere de grandes inversiones, son cosas tan sencillas de hacer o alcanzar y, lo más importante: son asequibles a todas las personas.

Obvio, vivir sencillamente, descubrir el goce de lo esencial, es volver a jerarquizar nuestras opciones y nuestras necesidades. ¿Qué es lo fundamental?, ¿qué vale la pena priorizar?, ¿dónde está lo importante, que merece protegerse y esforzarnos por alcanzar? Si esta actitud tomamos, muy seguramente descubriremos que hemos estado viviendo vidas prestadas o que hemos empleado los mejores años de nuestra existencia en asumir roles o maneras afectadas, en perder nuestra “esencia”, en entrar en una dinámica de imitaciones que han ido vulnerando y pervirtiendo nuestra sinceridad. Pero si la sencillez está en la médula de nuestro carácter lograremos resistirnos a las tentaciones de la apariencia.

En ese mismo sentido, ser sencillos en el trato con los demás, sencillos y francos, sirve para que las otras personas no se sientan excluidas o despreciadas. Cuando la sencillez está en la manera de relacionarnos, en el modo de comportarnos con nuestros semejantes, brota el trato digno y la simpatía. Muchas veces, son nuestras posturas altaneras, pomposas, las que conducen a que el colega o el vecino se sientan menospreciados. Tal vez no nos damos cuenta, pero el negar un saludo, presumir de nuestras riquezas, ignorar al pobre o humillar al que tiene un cargo subordinado, va creando una semilla para el resentimiento, para la agresión y el desquite soterrado.

Retornemos a nuestro punto inicial y recapacitemos en esto: las personas sencillas procuran ser auténticas; no ostentan, viven de acuerdo a sus ingresos económicos; tampoco simulan ni entran en el juego del quedar bien. Sus acciones están en concordancia con sus posibilidades y sus limitaciones. Las personas sencillas son menos influenciables por el cotilleo del qué dirán y no tienen vergüenza ni de su origen, ni de su país, ni de sus costumbres. Las personas sencillas merman el exceso de “refinamiento”, de artificio social, para no complicarse tanto el día a día, para hacer más leve la travesía existencial y descubrir la riqueza de las personas y el regalo de la vida.

Meditación navideña cuatro: la paz

19 martes Dic 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Ilustración de Jim Tsinganos.

Estar en concordia, inermes, abiertos al diálogo y la camaradería, totalmente solidarios, ese parecer ser el clamor de los cantos y los villancicos que pululan en navidad. Días y noches de paz entre los hombres es la consigna venida de los cielos, y que la reconciliación diluya el ácido corrosivo de nuestros odios.

Pregonar la paz, convertirnos en mensajeros de la convivencia parece ser el mejor regalo que podemos ofrecer a otros. Basta de injurias, de agresiones con ironías o burlas denigrantes. Dejemos de propagar tanta inquina, tanto rumor divisorio y alarmista. Pongámosle un alto a la carcoma de la envidia y a la venganza producto del resentimiento. Aunque no demos otros obsequios, procuremos ofrecerles a los familiares, a los colegas de trabajo, a nuestros semejantes, un trato digno, una actitud conciliadora y limpia de agresiones.

Esa paz empieza en nosotros mismos: a veces nos castigamos demasiado fuerte por una falta o nos avergonzamos hasta el escarnio por un defecto, y terminamos no aceptándonos, riñendo con nuestros sentimientos, con nuestros afectos o nuestras pasiones. Hay tantas intranquilidades en nuestra alma, tantas angustias en nuestro corazón, que nos convierten en seres amargados, irascibles, con el sarcasmo en los labios y la disociación a flor de piel. Es tal la lucha con nuestros miedos que desembocamos culpando a los demás o subvalorando al que percibimos como una amenaza. Por eso es difícil ser emisarios de paz, porque no hemos resuelto las contiendas en nuestro propio pecho.

Pero si el discernimiento nos habita, si acudimos con frecuencia a la autorreflexión, si el autoexamen tranquilo guía nuestro proceder, seguramente nos quedará más fácil trabajar por la paz cotidiana; por esa paz que está al alcance de nuestras manos. Por ejemplo: haremos paz si mantenemos control de nuestra boca injuriosa, haremos paz si intentamos comprender antes de juzgar, haremos paz si aprendemos a perdonar, haremos paz si a aquellos con quienes convivimos o trabajamos los respetamos, haremos paz si gritamos menos y cumplimos las mínimas normas de convivencia.

Es necesario, de igual modo, convertirnos en mediadores de paz. Contribuir de manera efectiva a que los pequeños disgustos entre vecinos no crezcan o que el conflicto entre padres no se propague en toda la familia. De nosotros depende que el incendio se extinga o que las llamas del conflicto terminen por devorar nuestro techo. Mediar es ofrecer un consejo oportuno, darle al enfurecido razones tranquilizadoras; y, también, es alejarnos de los que desean contagiarnos su fanatismo, es usar el buen humor para aplacar los ánimos caldeados y ofrecer siempre esperanza a todos aquellos que nos interpelan con su pesimismo conflictivo.

Considero que actuando así retornará la alegría a nuestra vida, y dejaremos de ser tan gruñones, tan belicosos, tan recalcitrantes con nuestros credos y opiniones. La paz contribuye a que aumente la simpatía, la confianza, el buen trato. La paz va de puerta en puerta saludando y ofreciendo solidaridad. La paz nos permite ver a lo lejos, al futuro deseado, y no tanto quedarnos anclados en los problemas o las heridas del pasado. La paz permite que cada quien saque a flote sus talentos y muestre sin temor sus predilecciones. La paz dinamiza, vincula, da cabida a la utopía personal y colectiva.

Sobra decir que ser proclamadores y mediadores de paz es una labor inacabada, de trabajo permanente; siempre hay escollos imprevistos y el camino está lleno de obstáculos. Nada es definitivo cuando buscamos que la paz sea un principio, un derecho, un modo de vivir. Cada día tenemos que enfrentar nuestros monstruos y los del prójimo, a cada momento tenemos que cuidarnos y cuidar las relaciones. Ahí estriba lo más complicado: mantener  este espíritu navideño de serenidad y concordia durante los días por venir. Seamos vestales de la luz de la paz para que siga encendida después de estas fiestas decembrinas.

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Meditación navideña tres: la confianza

18 lunes Dic 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Ilustración de Gianni de Conno

Ilustración de Gianni de Conno.

Todos sabemos que la celebración de la natividad es el cumplimiento de una promesa. Lo que fue esperanza, al nacer el “mesías” se convierte en cumplimiento. Pero lo más interesante de este hecho es la confianza tenida por un pueblo, por una comunidad, en esa palabra empeñada, en ese pacto resguardado por la tradición. Así que, sin esa confianza, no es posible que encarne la ilusión, no es probable que renazca la fe.

Confiar es difícil porque buena parte de nuestra socialización ha estado marcada por la sospecha, por cierta malicia para sacar provecho de los demás, por las argucias de la manipulación y por conseguir nuestras metas sin importar demasiado los medios empleados. Todo eso hace que la confianza no tenga un terreno propicio para crecer. Y, si a eso le sumamos una prevención suprema a no sufrir, a no entregarnos, a no colocarnos en actitud de indefensión, pues todavía resulta casi irrealizable confiar despreocupadamente.

Claro. La confianza se hace más complicada porque abundamos en mentiras, porque nos cuesta decir o enfrentar la verdad. A veces por miedo o porque en realidad no queremos aceptarnos como somos; por eso, tejemos una tela de embustes y apariencias que terminan por minar en las otras personas la credibilidad en lo que decimos o hacemos. Nuestra falta de transparencia, esa manera soterrada y brumosa de comportarnos, nos desdibuja, nos pone en la cuerda floja de la falsedad. Cuánto perdemos por no ser auténticos, por andar cambiando de máscara, por disfrazar una carencia, una falta, una decisión equivocada.

De igual modo se torna esquiva la confianza porque no somos honestos con nosotros mismos; porque preferimos el autoengaño que un valeroso balance con nuestras limitaciones. Así que, después de estar muchos años representando esa mascarada, terminamos por no saber lo que en verdad queremos o lo que da sentido a nuestra existencia. Por andar en esa simulación, suponemos que los demás actúan de la misma manera y, en consecuencia, nos privamos de los vínculos genuinos, de las relaciones duraderas, de los compromisos reales. Dicha falta de honestidad con nuestra alma es la que termina por dejarnos varados en la soledad, el aislamiento o la antipatía agresiva.

Sin embargo, a pesar de todos esos obstáculos, vale la pena arriesgarnos y abrir nuestro corazón a manos llenas, servir desinteresadamente, ofrecer un afecto, una amistad, un amor, basados esencialmente en la tranquilidad de nuestras elecciones y en la seguridad que nos produce el actuar limpiamente. Si somos fuertes en nuestro interior, si hay una certeza esencial que nos orienta la libertad, podremos aceptar que una estrella nos guíe, que la palabra empeñada siga viva así sea en un juramento, que los vínculos sobrepasen el paso de los años. Porque el que así confía reconoce en el semejante unas condiciones como persona, mayores a sus defectos o temores; porque es tal su abundancia de ternura, de solidaridad o compromiso, que logra completar en otro ser lo que le falta para alcanzar la gratuidad, el amor genuino, la franqueza de corazón.

Es probable que pasemos por ingenuos o cándidos al actuar así; no obstante, son preferibles esos epítetos a los de resentidos o recelosos. Para qué vivir siempre a la defensiva, poniendo la malicia o la desazón ante cualquier manifestación de afecto o la suspicacia frente a determinada confesión. Mejor confiar y lanzarnos a la realización de lo imposible que permanecer encarcelados por nuestros resquemores.

Inspirados, entonces, por la tradición navideña podemos intentar confiar más en los que nos rodean. O podemos invitarlos a que se quiten por un tiempo las espinas  para que sea posible el abrazo auténtico y la reconciliación. Es recomendable sanar los vínculos, hablar abiertamente de nuestros miedos al mismo tiempo que reconocemos la necesidad de compañía; es vital que apartemos de nosotros la desconfianza, la duda ponzoñosa, las aprensiones transmitidas como si fueran otra sangre, para dejar que crezca la posibilidad de la esperanza, de la ilusión que nos hace siempre mejores de lo que somos. Confiar es permitirnos recuperar la condición fraterna que nos distingue como seres humanos.

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