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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

Tercer día de novena navideña: el recogimiento

18 jueves Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Escultura de Víctor Ochoa.

«El Zulo» del escultor español Víctor Ochoa Sierra.

Retomemos el tema del recogimiento como motivo de reflexión para este día. Considero que el estar de vacaciones y el deseo de viajar o participar del jolgorio decembrino no debe ocultarnos la necesidad de cavilar o dedicar un tiempo para recapacitar y volver al interior de nosotros mismos. Así sea en un templo o en nuestra propia casa es aconsejable recogernos y regalarnos unas horas para dialogar con nuestro espíritu.

He mencionado el recogimiento. Me refiero a una actitud solitaria y meditativa. A detener el agite o la avalancha de compromisos con el fin de –reposadamente– escuchar nuestros pensamientos o la silente conciencia. Para lograr tal ensimismamiento necesitaremos romper con la agobiante barahúnda de los medios de información, clausurar los llamados permanentes de las nuevas tecnologías y regalarnos las bondades del silencio. Tal vez caminar en algún sitio apartado refuerce tal propósito. Lo importante, en todo caso, es tener unas horas para reencontrarnos, para dejar de ser objetos insensibles y recuperar la dignidad de ser personas. Recogerse es dejar de responder a las demandas gritonas del afuera y escuchar con cuidado los susurros de nuestra interioridad.

Así, a solas, podremos hacer balance. Discernir sobre lo que hemos logrado, evidenciar aquellas zonas donde hemos tenido fallas o descubrir una tarea que aplazamos inexplicablemente. El discernimiento nos pone en sintonía con nuestro proyecto vital; nos vuelve a lo esencial del sentido de nuestra vida. Discernir es dejar de sobrevivir y recuperar la rica experiencia de estar en el mundo. Retomar lo que la vida posee de gratuito y maravilloso; reconocer todo lo que perdemos por andar atrapados o engolosinados con los espejismos del consumo y las necesidades fatuas. Discernir es, en últimas, volver a tomar las riendas de nuestro destino.

Darse un tiempo para el recogimiento es abrir, de igual modo, un espacio para la meditación. Meditar en el sentido de establecer un vínculo con la dimensión profunda de nuestro ser. Redescubrir nuestra vocación por las preguntas esenciales de la existencia. Y en esa tarea de concentración y serenidad que constituye el acto meditar, expandir nuestro espíritu hasta los confines del universo. Aquí la meditación se emparenta con el orar y el diálogo con nuestra conciencia. Al hacer estos pequeños “ejercicios espirituales” lograremos hacer catarsis, liberarnos del autoengaño  y redireccionar nuestra vida.

El recogimiento no es un estado sólo para santos o religiosos consagrados. Si en verdad se quiere, cualquier persona puede dejar de dispersarse, escuchar su voluntad y dejar de ser una hoja al capricho del viento. El que se recoge busca aquilatar o poner en sintonía sus sentidos y apetitos; se niega a ser esclavo de los demás o de las circunstancias. Demasiada disipación hace que perdamos el gusto por las cosas sencillas, el exceso de voluntarismo conlleva al hastío y a la desesperanza. En los tiempos que vivimos, recogerse es un buen recurso para contrarrestar la fragmentación de nuestra subjetividad y el sinsentido de la vida.

Reiterémoslo: independientemente del credo que se tenga, considero oportuno aprovechar estas fiestas navideñas para apartarnos algunas horas del “mundanal ruido” y recogernos. Esa puede ser una buena terapia interior. Meditar, ensimismarnos, hacer discernimiento es un regalo personal que no podemos prohibirnos.

Segundo día de novena navideña: el compartir

17 miércoles Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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"El buen samaritano" del pintor catalán Pelegrí Clavé i Roqué

«El buen samaritano» del pintor catalán Pelegrí Clavé i Roqué.

La consideración en esta oportunidad deseo centrarla en otra dimensión o valor propio de estos días navideños: el compartir. En esa disposición para hacer más amplia nuestra mesa o en el deseo de participar a otros, aunque sean reducidos, nuestros haberes materiales. Ese parece ser un mandato interior al cual nos adherimos tanto los más humildes como los más favorecidos por la fortuna. Compartir: bella consigna navideña.

Pero, ¿qué hay de profundo en esta actitud del compartir? Un primer asunto es el de renunciar por un tiempo –que ya por eso mismo lo convierte en sagrado– a nuestro habitual egoísmo.  Más allá de la cautelosa planeación o del maquiavelismo de los negocios, el compartir nos convoca a entrar en la lógica del don, de tener el suficiente corazón para renunciar al acaparamiento y lograr dividir con otros un plato de comida o algunas de nuestras posesiones. Es una dinámica de manos pródigas y brazos siempre abiertos.

De otra parte, quien comparte pone su avaricia entre paréntesis. Somete a juicio los malhechores de la usura y el beneficio personalista. Y así sea animado por el ambiente de hermandad que impregna cada casa, por los adornos que decoran cada calle de su ciudad, o por las canciones decembrinas que repiten incansablemente la paz y la concordia, el que comparte pone en su corazón la enseña de la filantropía y una disposición indeclinable para ser generoso. Esa parece ser la maravilla o el ambiente espiritual de estas fiestas: el hacer que el ruin y codicioso ceda ante la magnanimidad.

Se me ocurre que el compartir está profundamente vinculado con el desprendimiento. Porque dar no es igual a desocuparse de lo inútil o salir de los estorboso y desechable. Dar es una confrontación con aquello que consideramos nuestra riqueza o nuestras posesiones más estimadas. Quien da, quien se atreve a compartir, entrega algo que le ha costado. En este sentido es una especie de ofrecimiento. Quizá ahí esté la clave del ágape, de la caridad o la compasión. Lo esencial del compartir estriba en ser sensibles ante la carencia o el sufrimiento ajeno. El que comparte es un genuino ser solidario.

Desde luego, no se comparten únicamente cosas. De igual modo pueden compartirse palabras de aliento o espacios de compañía. De allí que sea tan importante en estas fechas asistir a los solitarios, ofrecer alegría a los desesperanzados, dar muestras de entereza a los enfermos desfallecientes. Podemos compartir nuestra palabra, nuestro entusiasmo o nuestra presencia. Todo eso hace parte de la actitud festiva de esta época. Y entre más compartamos, en la medida en que ampliemos el radio de acción de nuestro dar, mayor contribuiremos a restablecer la convivencia entre los hombres y, de alguna forma, a enaltecer la dignidad del ser humano.

Hagamos un alto reflexivo en estas fechas. Desencadenémonos de las imperiosas y desalmadas leyes de los negocios y los dividendos y hagamos que el compartir torne leve nuestro corazón; le insufle alas de altruismo y liberalidad. Dividamos nuestro pan, sintámonos corresponsables con nuestro prójimo, hagamos realidad cotidiana la parábola del buen samaritano. Pongamos en letras luminosas, a la entrada de nuestra casa, un aviso en el que el compartir titile como un signo de invitación para los peregrinos menesterosos. 

Primer día de novena navideña: el agradecer

16 martes Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Ed Wheeler.

Ilustración de Ed Wheeler.

Me gusta pensar que las fiestas navideñas son un bonito pretexto para agradecer. Un tiempo para recapitular, hacer memoria y no pasar por alto a las personas que contribuyeron o nos ayudaron con nuestros más queridos sueños. Esta debería ser una consigna fundamental para estos días de jolgorio y luces multicolores. Un propósito inaplazable.

El agradecimiento nace, en principio, de sabernos necesitados. No somos autosuficientes. Son otros los que pueden apoyarnos a conquistar lo que es apenas proyecto. El amigo, el familiar, el vecino, son cómplices de tareas o asuntos vitales para nuestra convivencia o nuestro plan vital. Entonces, el agradecer a esas personas su colaboración o su denodado cuidado se convierte en una obligación moral. Sólo los soberbios pueden ser tan desatendidos como para negarse a ofrecer unas palabras de sincera gratitud o algún detalle mínimo que simbolice un gesto de fecundo reconocimiento. El agradecer, por lo mismo, pone el acento en la humildad y en la antiquísima hermandad entre los seres humanos.

Desde luego, no se puede agradecer a otro si se cuenta con la desmemoria. Asunto fácil hoy cuando lo rápido y fugaz parece ser la moneda corriente. El que agradece no cae en la trampa de considerar el mundo como fruto del instante. Se sabe hijo de un pasado. Hay otros que nos precedieron o que sirvieron de soporte a nuestro ser o a nuestras ideas. La gratitud hacia tales individuos manifiesta una memoria vigorosa, una comunicación fluida con la tradición y una vigilante sospecha hacia las sociedades de lo desechable y del consumo pasajero. Las personas agradecidas celebran y dignifican el rememorar. Por eso creen en los rituales y la reverberación de los símbolos.

He hablado de reconocimiento. Eso también forma parte del sentido de la gratitud. Sacamos un tiempo para visitar al familiar porque deseamos reiterarle complacidos lo que él es; escribimos un mensaje o hacemos una llamada al amigo para rubricar cierta cualidad o determinada bondad que consideramos elogiosa de su carácter o su manera de ser; compramos un regalo para el colega o compañero de trabajo para exaltarle un valor o un talento del cual nos hemos beneficiado. Es como si al agradecer no pasáramos por alto o diéramos por hecho lo propio de otra persona. Por el contrario, la gratitud elogia, resalta una virtud, una característica, un rasgo que no debe pasar inadvertido. Los actos de agradecimiento pertenecen a una axiología de lo íntimo que aspiran a convertirse en un acto público.

El agradecer es, de igual modo, un rito de retribución. Un trueque entre espíritus. Los que saben agradecer sienten que en algo deben compensar o devolver lo que ha sido puesto entre sus manos, así haya sido de manera desinteresada. El agradecido no es un avaro. Anhela que los beneficios de su cosecha sean compartidos también por aquellos que sirvieron de avales o fiadores de su confianza.  El que agradece hace efectiva en la tierra la “ley de la compensación”, propaga la magia de  la “cadena de “favores”, cree devotamente en la sabiduría de la reciprocidad. Las personas gratas son las que se sienten felizmente impelidas a pagar las deudas del corazón.

A partir de lo expuesto en esta consideración, bien podemos preguntarnos ahora a cuántas personas deberíamos agradecerles y a cuántas más nos es urgente comunicarles una palabra, darles un obsequio, manifestarles una expresión de cariño. No posterguemos dicha misión. Hagamos de estas fiestas navideñas un tiempo para que en nuestros labios y en nuestras manos abunde el agradecimiento.

Las dificultades de escribir

12 viernes Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Ilustración de Jon Kreuse.

Ilustración de Jon Krause.

Son recurrentes las quejas o las dificultades de estudiantes de pregrado y posgrado al momento de responder a las tareas de escritura académica. Los ensayos no son valorados positivamente, las reseñas no corresponden a la tipología textual indicada, los resúmenes se confunden con comentarios, la falta de cohesión y coherencia en un texto son evidentes. ¿Qué puedo hacer?, preguntan los estudiantes. ¿Dónde aprendo a escribir?, exclaman preocupados y ansiosos por hallar una respuesta.

Una primera contestación a estos interrogantes parte de reconocer el ser mismo de la escritura. Es fundamental evidenciarles a los aprendices de la palabra escrita las propiedades de esta técnica de la mente. No me canso de sugerir el texto Oralidad y escritura, de Walter Ong, en el que el autor muestra las características de este proceso superior del pensamiento. Lo abstracto, lo subordinado, lo lógico, además del lento aprendizaje de dicha técnica, constituyen lo propio de las culturas escritas. Escribir no es algo natural ni inmediato; más bien es el fruto de una evolución de las civilizaciones o, para ponerlo en términos cognitivos, es el resultado de una maduración del pensamiento. Digo lo anterior porque apenas se comienza a escribir se confía demasiado en el golpe de suerte o la romántica inspiración. O lo que es más grave para los estudiantes universitarios, se abandona el encuentro con la escritura arguyendo que no se tiene talento o buscando a alguien que redacte la tarea encomendada.

Otro asunto que puede contribuir a explicar la dificultad de escribir es el poco contacto con la lectura, la ausencia de un hábito lector. Lo he constatado con mi experiencia: la lectura frecuente es el carburante de la escritura. Leer alimenta el pensar, sirve de referente intelectual, provee de lenguaje nuestra memoria, coadyuva a mantener vivo y alerta el trato con las palabras. Considero que esa es una de las causas de los desastrosos resultados en los productos escritos de las nuevas generaciones. Al estar huérfanos de la lectura no tienen una conciencia vigilante para la ortografía de determinados términos ni poseen una reserva lingüística que les permita encontrar un vocablo preciso para formular sus ideas. Deberíamos tener presente, de una vez, el consejo de escritores consagrados al oficio: la lectura habitual, la lectura de grandes obras, es el mejor estímulo y la mejor guía cuando se anhela aprender a escribir.

Pero no es solo el mínimo contacto con la lectura el que influye en el poco rendimiento escritural. También está la eventual o esporádica relación con la palabra escrita. A no ser que se empiece una carrera académica o se comience un posgrado, la mayoría de personas poco escriben. Apenas se usa una escritura funcional, muy de llenar formularios o atender solicitudes financieras. Al no frecuentar esta técnica de la mente el resultado es apenas obvio: extrañeza ante una tipología textual, confusión entre los géneros, escasez en la generación de ideas, desconocimiento de minucias y trucos del escribir. Por tener un trato ocasional con la escritura cada vez resulta más difícil desentrañar sus pormenores y entrar en sus dominios con alguna familiaridad.

Pienso que de igual modo ha influido la falta oportuna de corrección en los años de escolaridad básica. Al afirmar esto me refiero a una corrección que supere la escueta calificación. Es decir, al acto de sentarse con cada estudiante –hombro a hombro– a leer y revisar con él sus productos escritos. Y hecho esto, solicitarle una nueva versión en la que se haya corregido y enriquecido el texto presentado. Sé que para los maestros es un trabajo arduo y dispendioso pero de eso depende, en gran medida, la suerte posterior de los aprendices de escritura. Digámoslo fuerte: si la escritura no se corrige con cuidado, si no le señalamos al estudiante el error, y si no le mostramos alternativas de salvación o ejemplos en los que pueda ayudarse, seguiremos idealizando el escribir, dejando tal labor para genios o personas extraordinarias. Aquí vale la pena advertir que escribir no se reduce a la escritura literaria; el escribir abarca los textos expositivos, argumentativos y esos otros centrados en el describir, informar, manifestar un deseo o exigir un derecho.

Se me ocurre otra razón de esta dificultad con la escritura: la falta de persistencia, de lucha constante por un mejor logro. A veces se cuenta con el talento pero no se tiene la disciplina. Tal vez sea un asunto de crianza o de época. Hoy queremos “todo ya” y sin el menor esfuerzo. Nos dejamos influir por las recetas de lo instantáneo y descomplicado. Sin embargo, escribir comporta una paciencia artesanal, una tarea de desbaste y pulimento permanente. No es una labor de acierto sino de continuos tanteos y reelaboraciones. En consecuencia, si no hay disciplina, si se pierde la batalla al primer enfrentamiento con las palabras, será muy difícil evolucionar o mejorar en la elaboración de un ensayo, una reseña o un informe de investigación.

Vistas así las cosas, bien podríamos ofrecerles a los estudiantes universitarios, ansiosos por hallar una respuesta a las dificultades con la escritura, tres consejos. El primero: acostumbrarse a leer pero, al mismo tiempo, ir escribiendo algo sobre lo leído. Se trata de redactar frases cortas en las que se dé cuenta de una reacción o del impacto de cierto aspecto de la lectura. He llamado a esa estrategia, contrapunto. Lo valioso acá es no contentarse con pasar los ojos por las páginas sino en poner a trabajar a nuestra mente, usando el arma potente de la escritura. Si esto se convierte  en un hábito más fácil resultará dialogar con la tradición y sentirnos partícipes de una cultura.

El segundo consejo es éste: mirar con detalle, con ojo de relojero, cómo otros escritores expertos confeccionan sus textos. García Márquez asociaba esta actividad con la del mecánico que desarma el objeto para ver las tuercas y los tornillos con que está ensamblado. El objetivo es claro: tomar un tiempo y detenerse para ver en un texto de calidad cómo es su macroestructura, cómo se engarzan sus partes, cómo se distribuye la información, de qué manera se emplea la puntuación, qué tipo de lenguaje utiliza. Ser conscientes de las formas de elaboración de las producciones ajenas no solo sirve para desmitificar la escritura sino, además, puede proveer al novato escritor de un repertorio de ejemplos, útiles al momento de presentar o darle forma a su pensamiento.

El último consejo, que bien podría ser asumido por un maestro comprometido con su quehacer, es el de tener lectores acuciosos para los textos que producimos. Siendo sinceros, no ayudan mucho los colegas o amigos que apenas ojean nuestros textos, nos felicitan, pero sin percatarse en verdad de lo que expresamos en esas hojas. Lo mejor –y eso puede ser difícil­– es hallar a alguien que se tome el tiempo suficiente para detectar en nuestros textos una inconsistencia, señalar un descuido en la digitación, percatarse de una repetición innecesaria, advertirnos de una flagrante equivocación o, sencillamente, señalarnos apartados que no se entienden o carecen de claridad. Si se quiere aprender a escribir es necesario pensar en los lectores. No es huyendo de ellos, de sus impresiones o críticas, como mejoraremos nuestros productos escritos. Son los lectores los que vigorizan la palabra escrita; son ellos los que robustecen y dan vida a los grafismos inertes puestos en una página.

Sobra decir que todo lo anterior resultará inútil si no se tiene la motivación o la pasión suficiente por descubrir el ser y proceder de la escritura. Tal apasionamiento es el que posibilita entrever en cada borrador o en cada intento fallido un pequeño avance o ir descubriendo, con asombro, que el trato frecuente con la palabra escrita afina nuestra forma de pensar y nos  va convirtiendo en ciudadanos hábiles para participar en el mundo de la ideas.

Tener motivos para venir al mundo

06 sábado Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Igor Morski.

Ilustración de Igor Morski.

Versículos
Gonzalo Rojas
A esto vino al mundo el hombre, a combatir
la serpiente que avanza en el silbido
de las cosas,  entre el fulgor
y el frenesí, como un polvo centelleante, a besar
por dentro el hueso de la locura, a poner
amor y más amor en la sábana
del huracán, a escribir en la cópula
el relámpago de seguir siendo, a jugar
este juego de respirar en el peligro.
 
A esto vino al mundo el hombre, a esto la mujer
de su costilla: a usar este traje con usura,
esta piel de lujuria, a comer este fulgor de fragancia
cortos días que caben adentro de unas décadas
en la nebulosa de los milenios, a ponerse
a cada instante la máscara, a inscribirse en el número
                                                             [de los justos
de acuerdo con las leyes de la historia o del arca
de la salvación: a esto vino el hombre.
 
Hasta que es cortado y arrojado a esto vino, hasta que
                                                                [lo desovan
como a un pescado con el cuchillo, hasta
que el desnacido sin estallar regresa a su átomo
con la humildad de la piedra,
                                               cae entonces,
sigue cayendo nueve meses, sube
ahora de golpe, pasa desde la oruga
de la vejez a otra mariposa
distinta.

A los que nos preguntamos más de una vez para qué venimos al mundo, o a esos otros que no saben muy bien el significado que hay detrás del destino del hombre, el chileno Gonzalo Rojas nos muestra en su poema “Versículos”, una variedad de tareas que dan sentido a la existencia humana. El poeta enumera varias respuestas a esa inquietud fundamental que nos asedia, dichas a la manera de acciones por hacer o de recomendaciones expresadas como aforismos sapienciales.

Entre las cosas que el hombre puede hacer –aunque bien pudieran enunciarse como principios de vida– están las de usar su cuerpo, de sacarle los mayores beneficios, de no dejarlo sin “estrenar” o de resguardarlo por el asco excesivo o el moralismo culpabilizante. Si vinimos con un cuerpo, debemos darlo y tomarlo con abundancia. De igual modo, venimos a este mundo a interactuar con otros, a entrar en escena para representar diferentes personajes. Y también a tratar de ser justos con los demás, bien porque asumimos una ley terrenal o porque aspiramos y obedecemos mandatos divinos. Todas esas tareas son motivos que explican nuestra presencia en el mundo.

Pero no sólo eso. Nuestro estar en el mundo tiene que ver de igual manera con asumir hasta los tuétanos algunas locuras, de no sólo sobrevivirnos sino de sumarle a la existencia un toque de riesgo y aventura. La vida necesita que le adicionemos retos y vértigo. Y mucha imaginación. Porque si no ponemos “amor y más amor” en muchas de las cosas que hagamos, la vida nos parecerá más una carga que un don o una riqueza maravillosa. Por lo mismo, en cada relación amorosa que tengamos o en los momentos de éxtasis tenemos que imprimirle nuestra rúbrica o nuestro grito de “seguir siendo”. Es una apuesta el vivir y, en tanto apuesta, trae aparejado su peligro.

Tenemos que combatir y besar y escribir y jugar;  hemos venido a eso: a cumplir el mandato de sabernos vivos. No es un asunto de quedarnos quietos a esperar el momento en que “nos desoven como a un pescado con el cuchillo”. No. Nuestro deber es enfrentar y aprovechar todo lo que nos ha sido dado. Al menos hasta que empecemos a caer en el otro vientre de la muerte; hasta que regresemos a nuestro átomo “con la humildad de la piedra”. Mientras que ese momento llega, nos corresponde rendir cuentas de cada uno de nuestros órganos, de cada uno de nuestros sentidos y de cada una de nuestras posibilidades. No podemos ser inferiores a ese destino signado en nuestra mente y en nuestro corazón.

Gonzalo Rojas, por lo demás, nos dice que esa etapa final de nuestra vida no es un término absoluto. El poeta lo ve como una caída que es al mismo tiempo una ascensión. Nuestra vejez se asemeja a una oruga que preludia una cosa distinta, una mariposa innominada. Se trata de una transformación más que de un acabose. Como se ve, aun el final de la vida tiene un sentido: es el preludio para otro estado, la etapa previa a un nuevo destino. Y como somos “desnacidos sin estallar”, lo más probable es que despuntemos en esa otra dimensión, en ese aire donde vuelan a plenitud las mariposas.

No es absurda, entonces, nuestra venida al mundo. Porque a pesar de “los cortos días que caben adentro de unas décadas”, nuestra existencia participa de las “nebulosas de los milenios”. Lo importante es lo que hagamos con nuestra vida en ese corto tiempo; lo valioso está en cómo convertimos ese oscuro terruño de nuestro ser en “polvo centelleante”. Ahí está nuestra mayor tarea. Y de cada uno de nosotros depende asumir, con valor o cobardía, la misión de hacer rendir esa herencia de la vida que nos fue dada a la manera de una semilla aún sin germinar.

(De mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, Kimpres, Bogotá, 2012, pp. 17-21).

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