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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

Citas de autor y conectores lógicos

05 domingo Oct 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Un problema frecuente de los estudiantes de posgrado, en particular cuando redactan el marco teórico de su investigación, es el de hilar de manera coherente las voces referenciadas o que avalan su pesquisa. Casi siempre el resultado es una colcha de retazos o una entrecortada citación de fuentes sin ningún norte en el discurso. Buena parte de esa dificultad está en el poco conocimiento de los conectores lógicos y de su importancia para darle cohesión y coherencia a las ideas.

Por ello, he invitado a los estudiantes de primer semestre de la Maestría en Docencia a que tejan u organicen dos párrafos tomando como referencia seis citas de diferentes autores sobre el tema de la felicidad. La idea es que incorporen esas frases dentro de un texto de corte argumentativo, muy en el tono ensayístico, y que al hacerlo aprendan a usar los conectores lógicos según cada necesidad y puedan descubrir las posibilidades de emplear uno u otro marcador textual.

Para animar a los maestrantes, he hecho primero la tarea. Las citas elegidas, desde luego, no son sobre la felicidad sino sobre el tema de la lectura. No obstante, espero que el ejemplo sea un buen incentivo para aprender esta habilidad de escritura que consiste en imbricar el pensamiento de otros con la propia voz. 

Las citas elegidas

“Una lectura amena es más útil para la salud que el ejercicio corporal”. (Kant)

“El arte de leer es, en gran parte, el arte de volver a encontrar la vida en los libros, y gracias a ellos, de comprenderla mejor”. (André Maurois)

“Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría”. (Mario Vargas Llosa)

“No debemos leer sino para ejercitarnos en pensar”. (Gibbon)

“Jamás tuve un pesar que no olvidara después de una hora de lectura”. (Montesquieu)

“La lectura es una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados”. (Descartes)

Las citas conectadas

Son muchos y variados los beneficios de la lectura. En principio, y esa parece ser su mayor bondad, leer nos permite entrar en relación con la tradición, con una herencia del pensamiento. En este sentido, Descartes afirmaba que “la lectura es una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados”. Pero no es un diálogo pasivo; más bien se trata de “leer para ejercitarnos en pensar”, como esperaba el historiador británico Edward Gibbon. En otras palabras, con la lectura nos hacemos partícipes del pasado y activamos nuestra inteligencia.

De otra parte, la lectura alberga o tiene un poder curativo. El leer puede ayudarnos a mermar nuestras preocupaciones o nuestros males del alma. Bien decía Kant que “una lectura amena es más útil para la salud que el ejercicio corporal”, y Montesquieu, el  político de la Ilustración, nos compartió una confesión semejante: “jamás tuve un pesar que no olvidara después de una hora de lectura”. Cuando leemos, entonces, apaciguamos nuestras heridas interiores, reflexionamos sobre nuestra existencia o, parafraseando a André Maurois, al leer volvemos “a encontrar la vida en los libros, y gracias a ellos, la comprendemos mejor”.

Cabe mencionar un beneficio adicional: la lectura contribuye enormemente a socavar prejuicios e ignorancias esclavizantes. Leer es adquirir un medio de liberación. Mario Vargas Llosa lo dijo de manera contundente en el discurso de recepción del premio nobel: “seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría”. Por eso, aprender a leer es apropiar también un útil con el cual podemos transformar lo establecido.

Como puede observarse en el ejemplo, he procurado básicamente hacer dos cosas: la primera, buscar un eje de articulación a las diferentes citas y, después, armonizar las distintas voces con mi propia tesis. Esa parece ser una buena indicación cuando se trabaja este tipo de escritura: empezar ubicando algún criterio o aspecto que permita aglutinar lo disperso (que de paso nos podrá dar una orientación para saber cuántos párrafos necesitamos) y luego proceder a tejer las referencias en cuestión.

Es evidente que en el caso expuesto las citas ya estaban escogidas. Lo más común y difícil es buscar a esos autores, conseguir las citas adecuadas y pertinentes para un proyecto de investigación o un texto argumentativo. No siempre estarán a la mano y habrá que invertir largas horas de lectura para encontrar “esos pequeños textos precisos” que sirvan a nuestros propósitos y que, al incluirse, no desentonen con el conjunto.

Precisamente, el otro asunto es el ensamblaje de las citas de autoridad. No basta con ponerlas unas delante de otras; hay que entretejer lo que dicen esas citas con nuestras propias ideas. En algunas ocasiones es necesario “prepararles” un espacio en el desarrollo de nuestro texto y, en otras, retomar lo que afirman para no dejarlas truncas o huérfanas de argumentación. Dicho de otra forma: las citas hay que apropiarlas. Y si notamos que las palabras dichas por el autor no encajan exactamente en nuestra disquisición lo mejor es “editar” una parte de ellas o “parafrasearlas”, retomando lo que afirman pero no haciéndolo de manera literal sino adaptándolas a nuestro interés comunicativo.

Por supuesto, no siempre retomamos las citas de autoridad porque estamos de acuerdo con lo que dicen. En muchas ocasiones esas referencias están ahí para ser confrontadas o puestas en discusión. Sea como fuere, no tendremos buenos resultados en el marco teórico de una investigación o en un ensayo sin el hábito de construir esta modalidad de textos. Es el ejercicio frecuente con las voces intelectuales de la tradición el que nos permitirá saber cómo hallar un lugar adecuado para expresar nuestras ideas. Saber citar, en consecuencia, es una tarea de escucha atenta; un ejercicio de lectura crítica al pasado con el fin de descubrir aquellas ideas que merecen conservarse o esas otras que necesitan una seria reelaboración.   

Examinar el árbol a la par que el bosque

04 sábado Oct 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Toni Demuro.

Ilustración de Toni Demuro.

 
«Hablando estrictamente, sólo la explicación es metódica.
La comprensión es más bien el momento no metódico que,
en las ciencias de la interpretación, se compone con el momento metódico
de la explicación. Ese momento precede, acompaña, clausura
y de este modo envuelve  la explicación. En compensación,
la explicación desarrolla  analíticamente la comprensión.
Este vínculo dialéctico entre explicar y comprender tiene
como consecuencia una relación muy compleja y paradójica
entre ciencias humanas y ciencias de la naturaleza.»
Paul Ricoeur

En ese juego dialéctico entre el explicar y el comprender, me gustaría, aunque sea de manera muy puntual, bordear o delinear algunos de los rasgos sobresalientes de tal encuentro.

Empecemos diciendo que el momento de la explicación es más interno, más formal, más metódico. La explicación aboga por la significación; cuentan mucho las diferencias; el signo es reconocido, descrito, relacionado. La explicación, de otra parte, necesita ir construyendo sus propias categorías –cuando no son la aplicación de modelos ya consolidados–; es como si fuera una etapa de distinciones y análisis progresivos. Aquí la parte, el detalle, el paso a paso, es sumamente importante. La explicación desestructura, descompone, desarma el reloj.

La comprensión, por el contrario, es un momento más externo, más histórico, más vital. La comprensión pretende ir en pos del sentido. Ahora los signos se enfrentan a sus múltiples contextos; la interrelación, los cruces, las correspondencias. La comprensión se sitúa, encarna en un tiempo y un espacio particulares. En este caso, lo relevante está en lo genérico, en lo englobante, en la totalidad. La comprensión reestructura, recompone, reconstruye el tiempo.

Y si la explicación mantiene una vocación abstracta, sincrónica; la comprensión está ahíta de concreción, de diacronía. En un estadio, el individuo, la persona de carne y hueso es como olvidada o no tenida en cuenta, precisamente por buscar unos “universales”, unas leyes, unas reglas totalizantes; en el segundo estadio, lo particular recobra toda su valía; los matices, las gamas, las tonalidades, afloran con todo vigor. En la explicación queremos conocer como científicos de la naturaleza; en la comprensión, indagamos como científicos del espíritu.

He hablado de momentos. No es que la explicación y la comprensión sean cosas absolutamente distintas. Diríamos más bien que son etapas o posibilidades de mirada. Es más: si uno no pasa por la explicación, difícilmente puede llegar a comprender; pero, en esa misma medida, si no logramos colocar la explicación en el suelo de la comprensión, tal semilla no dará ningún fruto. Paul Ricoeur ve en ese trueque, en esa simbiosis, en ese juego, el camino propicio para una interpretación de peso.

Digámoslo de una vez: la interpretación se funda en ese trabajo de péndulo entre la explicación y la comprensión. Y cuanto más profundizamos en la explicación, más elementos, más datos tenemos para ir configurando la comprensión. Y tal comprensión, enriquecida, nos permite tener mejores luces sobre la misma explicación. Heidegger hablaba del círculo hermenéutico; Wittgenstein mencionaba los juegos del lenguaje. Aunque con matices distintos, es lo mismo que postula Ricoeur: la interpretación se mueve entre esos dos métodos; uno, explica las causas; otro, comprende los motivos. Claro, no es que se dé primero uno y luego el otro; no es así. La realidad conjuga lo que, por motivos metodológicos, debemos escindir.

Esta dualidad puede formularse de otra manera: para llegar a la interpretación tenemos que combinar un momento semiótico y un momento hermenéutico. Sin embargo, lo que más nos interesa de este razonamiento es la imbricación que resulta. Así, por ejemplo: la explicación fría se llena de historia; la opinión gratuita se fortifica con categorías; lo formal accede a la encarnación. Entre estos dos momentos, no hay ni dualidad ni monismo. Repitamos, hay más bien una síntesis. Algo nuevo. Vayamos a un texto, por ejemplo, a un poema: el momento estructural nos permitiría explicar cómo se organiza el tejido poemático; cuál es su configuración; cuál su composición y organización sígnica. El momento estructural es como un zoom – micro a la materia del texto. Pero, cada inmersión en el texto, me va proporcionando nuevos índices, otras variables de lectura. La etapa hermenéutica pone la mirada en espacios más amplios. Nos saca del texto hacia los contextos, hacia los paratextos, hacia el architexto que cada uno de nosotros posee al ser hijo y creador de cultura. El momento de la comprensión, entonces, nutre el proceso de la explicación, lo amplía, lo expande, le da nuevas perspectivas. Nuevos horizontes. Es un zoom – macro sobre el texto. Dicho en otras palabras, si cuando explicábamos queríamos dar cuenta del árbol, la comprensión nos dirá que no hay que olvidarse del bosque.

La explicación y la comprensión son como el encuentro de dos campos, uno cerrado y otro abierto. Es la conjugación entre lo intrasígnico y lo extrasígnico. Entre lo inmanente y la referencia. Entre el significado y el sentido. Y cuanto mejor nos explicamos, mejor comprendemos; y cuanto mejor comprendemos, más fácilmente nos explicamos. La explicación ve el detalle; la comprensión, el conjunto. Una y otra se fortalecen, se nutren, se apoyan. Por ende, interpretar es lograr comprender explicativamente y, al mismo tiempo, poder explicar de manera comprensiva.

Bibliografía mínima

Barthes, Roland y otros, Exégesis y Hermenéutica, Madrid, ediciones Cristiandad, 1976.

Bengoa Ruiz de Azua, Javier, De Heidegger a Habermas (Hermenéutica y fundamentación última en la filosofía contemporánea), Barcelona, editorial Herder, 1992.

Melano Couch, Beatriz, Hermenéutica metódica (Teoría de la interpretación según Paul Ricoeur), Buenos Aires, Centro de Investigación y Acción Educativa (CINAE), 1983.

Ricoeur, Paul, “El conflicto de las interpretaciones” y “Método hermenéutico y filosofía reflexiva”, en Freud: una interpretación de la cultura, México, Siglo XXI editores, 1970,  pág. 22-52.

— “Explicar y comprender. Texto, acción, historia”, en Hermenéutica y acción, Buenos Aires, editorial Docencia, 1985, pág. 75- 93.

(De mi libro La cultura como texto. Lectura, semiótica y educación, Javegraf, Bogotá. 2002, pp. 35-37).

Contrapunto y diálogo con la tradición

22 lunes Sep 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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"Justa literaria". Ilustración de Jonathan Wolstenholme.

«Justa literaria». Ilustración de Jonathan Wolstenholme.

Es frecuente el problema de los estudiantes o investigadores al momento de citar autores o usar argumentos de autoridad. Muchas veces ni siquiera se referencian esas fuentes, o no se sabe bien cómo poner a dialogar la información de la tradición con la propia voz. Por haber constatado ese problema de manera repetitiva en mis estudiantes de posgrado es que he venido proponiendo la escritura de contrapuntos.

Dicha estrategia lo que busca esencialmente es ejercitar al estudiante en esa tarea académica de reconocer lo que otros han dicho pero, al mismo tiempo, dándole cabida e importancia a las propias reflexiones. Lo que está en el fondo de este recurso es no seguir alcahueteando el “copy paste” indiscriminado, las inconexas “colchas de retazos” de los marcos teóricos o el encuentro despersonalizado con autores o investigaciones precedentes. Recordémoslo: el contrapunto es la conjugación de la escucha activa y la presencia o resonancia de lo particular. Un recurso, por lo demás, muy útil para ir fogueando nuestra escritura con formas de pensamiento diferente y una estrategia poderosa para desentrañar los planteamientos vertebrales de determinada fuente teórica.

En esta oportunidad les he propuesto a mis estudiantes hacer dos contrapuntos –usando técnicas distintas– teniendo como base las citas de tres pensadores de distinto origen y filiación intelectual. Presento aquí los textos inspiradores para los contrapuntos:

CITA BASE 1:

“En un mundo en que cada vez más se comprende cuán equivocado es tener la ilusión de una educación que entregue respuestas hechas, el contacto con el arte en general (y con las narraciones históricas y de ficción, en particular) nos obliga a lidiar con la falta de certezas, nos recuerda que no existe sólo un significado único para las cosas y nos despierta a la elaboración de nuestras propias ideas”. (Ana María Machado: “Por el humanismo en la educación”, en Sentidos de la Educación y la cultura: cultivar la humanidad, Lom ediciones, Santiago de Chile, 2006, p. 67).

CITA BASE 2:

“La tradición es cosa distinta del hábito, por excelente que sea éste, puesto que el hábito es, por definición, una adquisición inconsciente que tiende a convertirse en una actitud maquinal, mientras que la tradición resulta de una aceptación consciente y deliberada”. (Igor Stravinsky: Poética musical,  Taurus, Madrid, 1983, p. 60).

CITA BASE 3:

“Para producir estudiantes verdaderamente socráticos debemos alentarlos a leer con espíritu crítico; no sólo a identificarse empáticamente y experimentar emociones, sino también a formular preguntas críticas sobre esa experiencia. Esto significa cultivar una actitud hacia los textos conocidos que no sea ese distanciamiento y desapego que algunas veces asociamos con la contemplación del arte”. (Martha C. Nussbaum: “La imaginación narrativa”, en El cultivo de la humanidad. Una defensa clásica de la reforma en la educación liberal,  Paidós, Barcelona, 2005, pp. 134-135).

Cuatro sugerencias podrían ser de utilidad al momento de redactar los contrapuntos: la primera, evitar a todas luces el “parafraseo”; es decir, repetir lo mismo del autor sin aportar nada personal. La segunda, no tomar la cita como un mero “pretexto” para decir cosas muy ajenas a lo planteado en el texto motivo; lo fundamental es captar lo “medular” de la cita para, desde allí, proponer nuestra derivación, contrastación o cualquier otra técnica de las propuestas por mí en otras entradas de este blog y en otros de mis libros. La tercera sugerencia es la de intentar asimilar el tono de la cita para no “desentonar” cuando entremos en diálogo con ella; es valioso en el contrapunto imitar el género o las particularidades sintácticas y semánticas evidentes en el texto base de nuestro interés. Finalmente, y este es un consejo capital, hay que leer la cita varias veces, releerla comprensivamente, buscando en cada lectura ponerla en relación con nuestra experiencia, nuestro trabajo, nuestro “capital cultural”. La relectura deberá llevarnos a meditar, a reflexionar. Sólo así descubriremos los genuinos alcances de una fuente y también sus posibles fisuras, aquellos intersticios en los que podemos insertar nuestro aporte particular.

No sobra insistir en la importancia de redactar este tipo de textos. El contrapunto es un buen entrenamiento para la escritura de ensayos, especialmente al emplear los argumentos de autoridad, con el fin de darle soporte o garantía a nuestra tesis.  De igual modo es un ejercicio valioso en los proyectos de investigación, en la etapa correspondiente a la elaboración del marco teórico o cuando se desea hacer el esquema de fundamentos. También sirve de “calistenia” para saber usar las fuentes teóricas como respaldo al análisis y la interpretación de los resultados. En todo caso, si se adquiere esta destreza de dialogar activamente con las voces del pasado más fácil nos resultará asumir una postura crítica con la tradición y lograremos poner en alto –sin falsas humildades– los productos de nuestro pensamiento.

Persistir, disciplinarse, no claudicar

13 sábado Sep 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Caterine Ibargüen: "Tengo que dar lo máximo… Mi ilusión está muy alta”.

Caterine Ibargüen: «Tengo que dar lo máximo… Mi ilusión está muy alta”.

Es fácil desistir; lo difícil es mantenerse fiel a una pasión, una vocación o un proyecto. Lo inmediato es el abandono, la disculpa, la inconstancia; lo excepcional es la persistencia, la disciplina, el compromiso. ¿Qué hay detrás de estos comportamientos?, ¿Cómo lograr no claudicar o renunciar a sueños o propósitos importantes en nuestra vida?

Un primer aspecto, y del cual dependen otros, tiene que ver con la buena crianza. Allí, en la familia, en el ejemplo de los padres o familiares más cercanos tenemos un referente de primer orden. Esas figuras muestran con sus actos la tenacidad necesaria para conseguir un techo, aventurarse a una empresa comercial o cultivar un talento. Por lo demás, con cada frase cotidiana de ánimo o con los consejos dados cuando las cosas no salen como se quiere, se va dejando en los más pequeños una impronta en el carácter o en el temperamento. Dicha ejemplaridad es un primer dinamizador de nuestro espíritu y una herencia de esperanza cuando decaen las fuerzas o se presenta el desánimo.

Otro elemento es el de fortalecer la propia voluntad. A veces tenemos una frágil o raquítica constitución en nuestros deseos o nuestras decisiones. No somos capaces de mantenernos firmes al orientar nuestra mente y nuestros actos hacia un propósito. Porque tener voluntad implica ejercer una fuerza, una tensión sobre aquellas fibras íntimas que nos constituyen. La voluntad es la que nos hace volver a empezar después de un fracaso o la que convierte los errores en nuevos retos. Y es la voluntad la que nos lleva a asumir determinadas disciplinas, a adquirir ciertos hábitos de alta exigencia. Sin voluntad es muy difícil conquistar grandes ideales, innovar en una empresa, perfeccionarse en una disposición natural o dominar un arte. Gracias a la voluntad franqueamos limitaciones físicas, nos sobreponemos a las adversidades económicas y ponemos en cuarentena la abulia y la indiferencia.

Derivado de lo anterior está el valor de la constancia, de la perseverancia en un sueño, un objetivo o un oficio. La persistencia y la mejora en cualquier tarea van de la mano. Si no hay asiduidad, si lo que aflora es la inconstancia, lo más seguro es que poco se avance en la perfección de una técnica o que los grandes propósitos queden en conatos y buenas intenciones. La constancia nos hace testarudos, no nos deja perder la fe en lo que ansiamos, e incluso nos dota de paciencia cuando las aspiraciones requieren un tesón permanente en el tiempo. La constancia es la vacuna contra el abandono a la primera dificultad o contra la tentación de renunciar si el esfuerzo no muestra resultados inmediatos.

Creo, además, que no se pueden conquistar grandes utopías si no se posee una tolerancia al riesgo o una declarada disposición para la aventura. Si nuestros ojos avizoran terrenos ultramontanos, si las fronteras hacia donde anhelamos llevar nuestros pasos son desconocidas, mayor deberá ser el atrevimiento, más contundente la osadía. Entre más altas sean las utopías, mayor deberá ser nuestro valor. O, para decirlo de otra forma, si no aceptamos con intrepidez los desafíos será imposible alcanzar nuestros sueños.

Pero, ¿por qué, entonces, las generaciones de hoy tienden con mayor facilidad a renunciar o abandonar sus ideales más queridos? Pueden ser muchas las respuestas. Cabría pensar que en épocas pasadas las familias privilegiaban la formación en virtudes tales como la laboriosidad, la autodisciplina, el esfuerzo o la perseverancia; también porque la escuela mantenía en alto valores como la constancia, la dedicación y la disciplina; o porque la sociedad, en su conjunto, consideraba loable el emprendimiento y el trabajo honesto. Pero en esta época –y en nuestros países que han cifrado sus ideales en el dinero fácil– se ha terminado despreciando la perseverancia, para cambiarla por el golpe de fortuna o la suerte teñida casi siempre de ilegalidad o corrupción.

Hasta ahí una primera explicación. La otra razón estriba en el éxito instantáneo que nos han inoculado los medios masivos de información y una sociedad de consumo obsesionada por la adquisición de mercancías. Nunca antes como ahora el éxito parece estar a la mano para cualquiera, y todo suena sencillo y de fácil acceso. Lo ligero y desechable campean sus candilejas a cuento ingenuo aparezca. Por supuesto, en este horizonte no se privilegia la continuada y silenciosa labor del artesano o el trabajador anónimo sino la novelería y la espectacularidad del astuto oportunista. Y lo que hoy es considerado importante mañana será desplazado por otro producto u otro ídolo de turno. En este contexto se confía más en el escándalo, el chisme o en tráfico de influencias que en el trabajo denodado y humilde.

Esas pueden ser algunas de las razones. Una causa adicional está en haber aceptado un estilo de vida muy dependiente de la exterioridad sin poca o ninguna construcción de lo íntimo. Se ha renunciado al cuidado de sí. Las grandes masas malgastan su vida en asuntos que nos les demanden mayor complicación, pegados horas y horas a un televisor, aceptando la diversión como propósito existencial, negados a cambiar lo establecido o luchar con otros para delinear un futuro diferente. Tal estilo de vida favorece la apatía, el simplismo de los problemas y una desidia frente a los asuntos fundamentales de la existencia. “No complicarse”, es la respuesta recurrente; “tomarse las cosas como vengan”, se aconseja a los inconformes. Quizá esta manera de asumir la vida sea la causante principal de haber claudicado a cimeros retos personales, de no enfrentar las dificultades con determinación o de asumir la veleidad como línea de conducta. 

Creatividad y educación

06 sábado Sep 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

≈ 25 comentarios

Caricatura de Hanoch Piven.

Caricatura de Hanoch Piven.

La creatividad es una capacidad de todo ser humano. Una capacidad que, además, se puede motivar y desarrollar en cualquier edad, en cualquier profesión, en cualquier trabajo. Por lo mismo, la creatividad no es de “genios” o de “iluminados”, sino más bien se trata de una posibilidad humana, un temperamento, una cantera de estrategias disponibles para cualquier hombre. Entonces, si de veras exploramos en ella, en sus alcances, no sólo veremos sus bondades sino que, adicionalmente, podremos convertirla en un “estilo de vida”, en un hábito capaz de impregnar nuestra vida íntima y laboral, nuestra vida de todos los días.

I

Sé que la creatividad, sobre todo cuando se trata de impulsarla o incentivarla en la educación, queda en sólo recomendaciones o en buenas intenciones por parte de sus promotores. Y aunque nunca acabemos de estimularla, me gustaría centrar mis reflexiones alrededor de problemas, de posibles casos, de situaciones en la educación, que ameritan una respuesta creativa.

Primer caso: un ambiente educativo repleto de frases o de actitudes como: “eso no se puede”; “eso ya se hizo”; “eso para qué hacerlo”; “y qué con eso”; “¡ni locos!”; “eso es una locura”; “eso es puro idealismo”; “como soñar no cuesta nada”; “cada loco con su tema”; “¡y dale otra vez con eso!…”

Digamos que hay un ambiente inicial reacio a cualquier estrategia o planteamiento creativo. Las rutinas nos dan seguridad, y lo nuevo nos pone en el terreno de la incertidumbre. De allí que prefiramos el “como se ha venido haciendo” al “hacerlo de otra manera”. Siempre que alguien propone una cosa diferente tendemos a nivelarla con el pasado; de allí, también, nuestra ceguera para entrever lo extraño, lo poco común, lo excepcional.

Pero no es solamente por nuestro apego al pasado que no albergamos con facilidad una propuesta creativa, es que hay un temor, un miedo al azar, a la aventura, a lo que “nunca se ha hecho así”; en síntesis, al riesgo. Entonces, preferimos censurar, criticar, ironizar, desmotivar o desmoronar la pequeña maqueta de una persona creativa. Es nuestro miedo el que nos encierra, el que nos hace “parroquiales” y condenados a un único punto de vista.

Este primer caso lo podríamos combatir apropiándonos de varios principios o respuestas creativas:

1· La creatividad es siempre ecuménica, universal; transnacional.

2· Nuestras certezas de hoy fueron, alguna vez, incertidumbres.

3· En cada idea desatinada anida alguna lucidez.

4· Lo evidente sepulta, a veces, lo posible.

5· Nada es totalmente absurdo; y lo que vemos como absurdo hoy es lógico mañana.

6· Es la liviandad de los sueños la que termina por jalonar la solidez de las realidades.

7· Creativo es el que mira lo que los demás dan por visto.

8· Lo que es cotidiano para el nativo de un lugar parece extraño para el visitante.

9· Ser creativo, por lo tanto, es poder extrañar lo familiar y familiarizar lo extraño.

Segundo caso: una forma de administración, una manera de mandar en donde abundan los: “hágase así”; “cúmplase de esta manera”; “elabórese en estos términos”; “debe usted hacer”; “debe usted conseguir”… “Llévese, póngase, revísese…”

En muchas de nuestras prácticas cotidianas de trabajo tendemos a imponer en lugar de participar, a mandar en lugar de convencer, a suponer en lugar de preguntar. Prácticas que apuntan a lo cerrado, a lo terminado, a lo ya definitivo. Prácticas cercanas al autoritarismo o al “despotismo” en donde poco se consulta, en donde nunca se hacen “ejercicios de democratización”.

Desde luego, somos así porque la disciplina a ultranza nos garantiza o nos quita de encima la propia responsabilidad. Cuando alguien manda omnímodamente nos evita el error, nos “salva” del riesgo de nuestras propias opciones. Y somos así, también, porque tememos perder la autoridad, perder el control, perder el “respeto”. Damos muy poca importancia al humor y al juego de nuestras políticas y estrategias de mando. Es más, consideramos lo lúdico y el humorismo como “enemigos” de la eficiencia administrativa. Somos demasiado serios cuando ostentamos un cargo de poder.

Es por ello, que la creatividad habla más de diálogo, de participación, de consenso, de juego, de interacción y de mucha comunicación. La creatividad horizontaliza; nos hace “cómplices” de un mismo proyecto. La creatividad habla más de redes que de jerarquías; más de programas que de personas; más de partidas o partidos que de “figuras” o jugadores.

Para este segundo caso bien valdría la pena recordar otros principios o respuestas creativas:

1· Ser creativo es aceptar el error en uno mismo y, por supuesto, en los demás. Ser creativo es ser flexible.

2· Si se es comunicador forjado en la creatividad, se prestará más atención a los procesos que a los resultados.

3· Saber administrar, desde la creatividad, es lograr que cada quien se sienta jefe de sí mismo.

4· Delegar, en creatividad, es permitir que otros se equivoquen.

5· La uniformidad es inversamente proporcional a la innovación. No siempre los más “juiciosos” son los más creativos.

6· Ninguna política o estrategia está concluida. Cualquiera de ellas puede mejorarse. Entonces, lo que dice el que manda deja una fisura creativa para el que obedece.

7· La puesta en práctica de una orden deja un campo de acción imprevisto, aprovechable creativamente por el que la ejecuta.

Tercer caso: compañeros de trabajo en los que siempre uno oye frases como éstas: “lo iba a hacer pero…”; “cuando lo iba a hacer resulta que…”; “como a mí no me ponen cuidado”; “es que a mí me tienen entre ojos”; “claro, como yo soy el que…”; “no lo hice porque los otros dicen que…”; “en la oficina no hay”; “desde hace años estoy pidiendo que”; “es que con esos sueldos quién puede ponerse a…”; “por culpa del país es que…”; “como me ponen a hacer eso que no me gusta…”

Me parece que para nadie es un secreto la poca “pasión” con que algunos de nuestros colegas profesores viven su empleo o su trabajo. A veces parece más una carga que una realización, más un disgusto que un logro. Hay cierta amargura y como cierto odio hacia la vida, hacia las circunstancias… un odio difuso que no permite ver más allá de las montañas.

Tal “envenenamiento” procede a veces de –no sobra recordarlo– políticas económicas poco creativas, o de falta de estímulos, pero también de una incapacidad para hacer gozosamente una tarea. A veces, ponemos primero el problema que la alternativa; la disculpa que el intento.

Repito, son varias las razones por las cuales alguien no se siente bien o a gusto en su trabajo; mas lo que me interesa es subrayar cómo esa actitud “derrotista” termina por abarcar toda la vida de un ser humano. A lo mejor hemos olvidado el “goce” y la imaginación como parte de la oficina, el salón o la fábrica.

Valgan entonces para este tercer caso estos otros principios o respuestas creativas:

1· Ser creativo es ser recursivo. Ser recursivo es vivir en permanente “ensayo”.

2· Persistencia y creatividad se retroalimentan como el fuego y el viento.

3· Donde hay una disculpa fácil se esconde la desidia o la apatía.

4· Lo más estimulante sigue siendo lo difícil. Lo demasiado fácil nos aburre con rapidez.

5· El exceso de justificaciones pone en mayor relieve la incompetencia.

6· La felicidad no es un puerto sino una manera de viajar. Así el trabajo, la vida, la creatividad.

7· No hay oficio pequeño ni profesión denigrante. Cualquier tarea asumida con pasión, con ardor o vehemencia, adquiere la calidad de lo “satisfactorio”.

8· El “quejetismo” sin alternativas es puro conformismo disfrazado.

9· A veces haciendo lo que a uno no le gusta descubre sus competencias menos exploradas.

He descrito estos tres casos, a manera de ejemplos, para entender mejor cómo la creatividad puede servirnos de motor, de dinamo, de dispositivo “renovador” en nuestro trabajo. No dudo en afirmar que a la creatividad, hoy en día, debemos abrirle mayores espacios –dentro y fuera de la escuela–; mayores tiempos para incitarla, fortalecerla y, además, ponerla a la vista de todos. La creatividad, lo reitero, no es un término más, sino la estrategia o herramienta fundamental para “sobrevivir” en la vida cotidiana y en este cambiante mundo educativo.

II

Basten por ahora estas puntadas sobre la creatividad en la educación. Quisiera, a manera de epílogo, señalar cinco rasgos fundamentales de la personalidad creativa, o mejor, un “pentálogo” para educadores creativos:

1. El creativo piensa de manera divergente. Procede por abducciones, por hipótesis progresivas. Busca el otro lado, las otras maneras, vive haciendo analogías; le encantan los cambios de lugar o de posición. Establece relaciones. Crea sinestesias. Y cree en el mundo de las correspondencias.

2. Lee mucho; ve mucho; oye mucho; siente mucho. Vive en constante actitud de esponja. Abierto y dispuesto a lo desconocido. Recorre muchas calles, viaja en demasía (así sea con la imaginación). No se estratifica ni se condena a un mismo itinerario. Es por costumbre, interdisciplinar. Habla varios lenguajes; conoce diversas “ciencias”. Le motiva la palabra plural.

3. Es tolerante, flexible, le encanta el verbo cimbrear. No es fanático, ni sectario. Cede a otros. Es tierno. Halla en cada cosa o en cada persona un punto, al menos, valioso. Prefiere comprender antes que juzgar. Siendo cimbreante prefiere la tensión, el ensayo, el tanteo, el experimento. Por ser tolerante disculpa, soporta, aunque sin perder la dignidad. Aguanta todo clima. Es de “lavar y planchar”.

4. No se aferra a las cosas ni a las personas. No vive de la nostalgia del pasado ni de la angustia del futuro. Más bien es como Jano, bifronte, con dos caras. Le gusta el reto del ahora. La riqueza azarosa del instante. Es liviano. Es festivo y juguetón. Y puede tomarse en broma muchas veces. Tiene humor: en cantidades.

5. Pero sobre todo es un demócrata. Alguien que se apasiona por la justicia. Es ético. Un civilista a carta cabal. Confía en el diálogo y en el consenso. Es promotor de la participación. Cree en la solidaridad porque sabe que los extremos se tocan. Y es por ello un defensor permanente de la vida; en contra de lo más anticreativo que existe, la violencia.

(De mi libro Oficio de maestro, Javegraf, Bogotá, 2000, pp. 191-195).

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