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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

La valoración crítica en una reseña

04 jueves Sep 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Alberto Durero: Artista y desnudo (1525).

Alberto Durero: Artista y desnudo (1525).

El segundo momento al elaborar una reseña tiene que ver con la valoración crítica del texto u obra en cuestión. Es decir, es un juicio que el lector hace del objeto de su interés. Y cuando se habla de crítica es para resaltar el tono de juicio (evaluación de las calidades, aciertos y falencias) y no tanto de la mera consignación del gusto negativo de una obra.

Por lo mismo, debe entenderse que la crítica es una opinión razonada. Un discernimiento derivado de la lectura atenta del texto; una interpretación de la obra derivada del proceso consignado en el resumen. La crítica, por lo general, tiene un estilo analítico y está soportada en argumentos. Si se entiende bien este aspecto, se evitará que la reseña termine en el comentario gratuito, el elogio o los defectos infundados o, lo que es más común, convirtiendo la obra en un pretexto para decir cualquier cosa.

Personalmente recomiendo para la valoración crítica tener presente las notas o los subrayados hechos durante la lectura del texto. Esos subrayados, junto al resumen, son la brújula para la tarea de valoración crítica. Nuestro juicio deberá tenerlos siempre presente. Después hay que captar el significado general del texto; sopesar la totalidad de la obra. Es mal consejo querer abarcar todos los senderos del bosque visto o leído. Lo mejor, en consecuencia, es hacer la crítica del conjunto. Puede que dediquemos un párrafo o algunas líneas a un aspecto particular o a un capítulo en especial pero, y esa es una observación ineludible, la valoración es del texto en su totalidad.

Sobra advertir que no es fácil determinar esa valoración si no se tiene un conocimiento o alguna familiaridad con el tema o motivo presentado en la obra. Nuestro deber, entonces, es documentarnos. Darnos a la tarea de investigar y enriquecer la mirada. Aunque el texto es el yunque sobre el cual forjamos el resumen; no resulta suficiente para la parte de la valoración. ¿Qué sabemos de los autores que menciona?, ¿cuál es nuestra comprensión de términos, categorías o disciplinas expuestas a lo largo de sus páginas?, ¿qué más conocemos de ese autor?, ¿con qué otros autores o corrientes de pensamiento podemos relacionarlo?, ¿hemos revisado o tenido a la mano algunas obras especializadas de referencia? La respuesta a estos interrogantes es lo que le da a la crítica consistencia, riqueza y credibilidad. Porque no olvidemos una cosa: la reseña anhela servir de orientación a otros; es una tipología textual idónea para informarnos del contenido de una obra pero también para ayudarnos a sopesar sus alcances o limitaciones.

A veces, cuando no se tiene demasiada experiencia en un campo del saber, la valoración puede echar mano de otros autores considerados especialistas en el tema. Por supuesto, dándoles el crédito respectivo. También resulta conveniente retomar citas del propio texto para reforzar una argumentación o mostrar una evidencia del análisis. Esas frases deben, de igual modo, entrecomillarse y ponerse como notas a pie de página. Pero lo fundamental es el análisis elaborado por el reseñista. Si ha habido una relectura juiciosa de la obra más fácil podrán establecerse las relaciones, las contradicciones o aquellas recurrencias temáticas expuestas en el texto. Así sea reducida la valoración crítica debe explicitar las razones que llevan a determinado juicio. Dicho de manera sencilla, el tono de la valoración debe acercarse al propio de los textos argumentativos.  

Entre las muchas cosas que podemos valorar en un texto está la cohesión y la coherencia entre sus partes; la consistencia en la exposición; el rigor en el uso de fuentes; la pertinencia de los ejemplos; la vigencia o caducidad de los planteamientos; la aplicación de determinadas propuestas; el alcance de determinada propuesta… De igual modo puede enfocarse la valoración crítica de una reseña a la novedad de un planteamiento, la inconsistencia de ciertos argumentos o la vigencia de un orden de ideas. Con esto quiero subrayar la necesidad de tener algunos filtros o criterios a partir de los cuales hacer el balance transversal de la obra. Esos miradores ayudan a darle enfoque y profundidad a la reseña. La recomendación, por lo mismo, es no desperdigarse o tratar de abarcar demasiados aspectos.

Las anteriores reflexiones pueden servir de ayuda al novato hacedor de reseñas. Desde luego, cada texto exige la adecuación y afinamiento de algunos de los aspectos mencionados. Sin embargo, y ahí está la clave si se desea alcanzar un excelente resultado, lo primero y fundamental es la relectura del texto fijado para dicha tarea. Porque si se salta ese paso, si el lector se conforma con una hojeada al libro, lo más seguro es que termine criticando asuntos de los que no habla la obra o tomando por esenciales informaciones que son ancilares o de poco calado. La relectura del texto, hecha de subrayados y glosas, además de arrojar material suficiente para elaborar el resumen también pone al descubierto la estructura de base de la obra, las columnas principales sobre las cuales se construye la valoración crítica.

El ojo y el espíritu, paso a paso

01 lunes Sep 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Paul Cézanne: Mont Sainte-Victoire.

Paul Cézanne: Mont Sainte-Victoire.

Para ayudar a mis estudiantes del primer semestre de la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle a realizar el resumen del texto El ojo y el espíritu de Maurice Merleau-Ponty voy a mostrar un paso a paso del primero de los cinco capítulos constitutivos del texto.

Este capítulo está conformado por cuatro párrafos. Iré, entonces, aplicando las cuatro macrorreglas (omitir, seleccionar, reconstruir, generalizar) propuestas por Van Dijk a cada uno de ellos. Empecemos por mostrar qué se puede omitir en el primer párrafo:

  1. ¿Podemos omitir que “la ciencia manipula las cosas y renuncia a habitarlas”? No. Es el eje del planteamiento del capítulo. Más tarde, en la parte de generalización, deberemos sintetizas este planteamiento. Sigamos: ¿podemos omitir “saca de ella sus modelos internos, y operando con esos índices o variables las transformaciones que su definición le permite, no se confronta sino de tarde en tarde con el mundo actual”? Sí. Es una ampliación del planteamiento inicial. ¿Podemos omitir lo que sigue: “ella es, siempre ha sido, ese pensamiento admirablemente activo, ingenioso, desenvuelto, ese prejuicio de tratar a todo ser como ‘objeto en general’, es decir, a la vez como si no fuera nada para nosotros y sin embargo estuviese predestinado para nuestros artificios”? No. Aquí se dan razones de peso para soportar el planteamiento inicial.

Ahora, miremos qué podemos seleccionar. De la parte “la ciencia manipula las cosas y renuncia a habitarlas” retomaré todo el texto; y de “ella es, siempre ha sido, ese pensamiento admirablemente activo, ingenioso, desenvuelto, ese prejuicio de tratar a todo ser como ‘objeto en general’, es decir, a la vez como si no fuera nada para nosotros y sin embargo estuviese predestinado para nuestros artificios”, podría seleccionar: “ella es (…) ese pensamiento admirablemente activo (…) , ese prejuicio de tratar a todo ser como ‘objeto en general’”.

La otra macrorregla consiste en reconstruir; es decir, tenemos que reagrupar lo que hemos seleccionado. Tentativamente podría quedar así: La ciencia es un pensamiento activo que  manipula las cosas, que las vuelve objetos, pero renunciando a habitarlas.

La última macrorregla es la de generalización. Se trata de substituir el texto original por otro más conciso. Mi propuesta sería: El pensamiento científico por privilegiar la objetividad pierde el encuentro con las cosas.

  1. El segundo párrafo es más extenso. No obstante, puede aplicarse el mismo procedimiento. Lancémonos, pues, a aplicar la macrorregla de omisión. ¿Podemos omitir que “pero la ciencia clásica conservaba el sentimiento de opacidad del mundo, al que pretendía alcanzar con sus construcciones”? Sí, no obstante, debemos guardar para la generalización aquello del “sentimiento de opacidad del mundo”. Continuemos. ¿Podemos omitir “he aquí por qué se creía obligada a buscar un fundamento trascendente o trascendental para sus operaciones”? Sí. Es una explicación de lo anterior. No obstante, no podemos perder eso de “buscar un fundamento trascendental”. ¿Podemos omitir que “ahora hay esto completamente nuevo –no en la ciencia, en una filosofía de las ciencias bastante extendida– de que la práctica constructiva se considera autónoma y como tal se da, y que el pensamiento se reduce deliberadamente al conjunto de las técnicas de aprehensión que inventa”? No. Aquí está el quid del reduccionismo del pensamiento a las técnicas inventadas por la ciencia. ¿Podemos omitir “pensar es ensayar, operar, transformar, con la única reserva de un control experimental en el que no intervienen sino los fenómenos altamente ‘trabajados’, y que nuestros aparatos más bien producen que registran”? Sí. Es una ampliación de la idea anterior. Avancemos. ¿Podemos omitir que “nunca como hoy la ciencia ha sido tan sensible a los modos intelectuales”? No. Aporta una información nueva: la de los modelos. ¿Podemos omitir que “cuando un modelo tiene éxito en un orden de problema, ella lo ensaya en todas partes”? No. Es una explicación de lo dicho anteriormente. ¿Podemos omitir “nuestra embriología, nuestra biología, están llenas de gradientes, sin que se vea con justeza cómo se distinguen de lo que llamaban los clásicos orden o totalidad, pero la cuestión no se plantea, ni debe serlo”? Sí. Son ejemplos de lo que ha dicho anteriormente el autor. ¿Podemos omitir “el gradiente es una red que se tira al mar sin saber qué recogerá”? Sí. ¿Podemos omitir “o también la delgada rama en la que se harán cristalizaciones imprevisibles”? Sí. Continuemos con nuestro ejercicio. ¿Podemos omitir “esta libertad de operación está ciertamente en camino de superar muchos dilemas vanos, siempre que de cuando en cuando se haga un alto, preguntándose por qué la herramienta funciona aquí y fracasa allí; en una palabra, que esta ciencia fluyente se comprende a sí misma, se ve como una construcción sobre la base de un mundo en bruto o existente, y no reivindica para sus operaciones ciegas el valor constituyente que los ‘conceptos de la naturaleza’ podían tener en una filosofía idealista”? En parte sí. Debemos recuperar después el asunto de porqué ciertas herramientas de la ciencia funcionan en un caso y fracasan en otros. ¿Podemos omitir “decir que el mundo es el objeto X de nuestras operaciones, por definición nominal, es llevar a lo absoluto la situación de conocimiento del sabio, como si todo lo que fue o es siempre hubiera sido para entrar en el laboratorio”? Sí. Aunque no podemos olvidar el punto de “no todo entra al laboratorio”. Sigamos adelante. ¿Podemos omitir “el pensamiento ‘operacional’ viene a ser una especie de artificialismo absoluto, como se ve en la ideología cibernética, en que las creaciones humanas son derivadas de un proceso natural de información, pero él mismo concebido conforme al modelo de las máquinas humanas”? Sí. Es un ejemplo de lo que venía exponiendo. ¿Podemos omitir “si este género de pensamiento se hace cargo del hombre y la historia, y fingiendo ignorar lo que sabemos de ellos por contacto y posición, trata de construirlos a partir de algunos índices abstractos, como lo han hecho en Estados Unidos un psicoanálisis y un culturalismo decadentes, pues el hombre llega a ser verdaderamente el manipulandum que cree ser”? Sí. Vale la pena rescatar acá el sentido de manipulación de este género de pensamiento. Concluyamos el párrafo. ¿Podemos omitir que “si esto ocurre, se entrará en un régimen de cultura donde no hay más verdad o falsedad respecto al hombre y a la historia, un sueño o una pesadilla de los que nada podría despertarlos”? Sí. Es una conclusión de lo ya expuesto.

La información útil para la selección sería, entonces, la siguiente: “Ahora hay esto completamente nuevo –no en la ciencia, en una filosofía de las ciencias bastante extendida– de que la práctica constructiva se considera autónoma y como tal se da, y que el pensamiento se reduce deliberadamente al conjunto de las técnicas de aprehensión que inventa”. De igual modo: “Nunca como hoy la ciencia ha sido tan sensible a los modos intelectuales” y “cuando un modelo tiene éxito en un orden de problema, ella lo ensaya en todas partes”. También la primera parte del que empieza “esta libertad de operación está ciertamente en camino de superar muchos dilemas vanos, siempre que de cuando en cuando se haga un alto, preguntándose por qué la herramienta funciona aquí y fracasa allí”.

Con estos apartados seleccionados ya podemos escribir la reconstrucción. Un primer intento podría quedar así: Hay una práctica nueva de la ciencia en la que construye para sí sus propias técnicas. Esto se convierte en un modo intelectual que tiende a aplicarse en todas partes. Sin embargo, hay que preguntarse por qué algunas de esas técnicas funcionan y otras no.

La generalización, en consecuencia, bien podría tomar este camino: La ciencia construye autónomamente sus propias técnicas que procura modelizar para todos los casos. Esta manipulación de la realidad deja por fuera la “opacidad del mundo”.

  1. Vayamos ahora al tercer párrafo. ¿Se puede omitir el inicio: “es necesario que el pensamiento de ciencia –pensamiento de sobrevuelo, pensamiento del objeto en general– se vuelva a situar en un ‘hay’ previo, en el sitio, en el suelo del mundo sensible y del mundo trabajado, tal como está en nuestra vida, para nuestro cuerpo”? No. Este es un de los planteamientos fuertes del autor. ¿Se puede omitir, ¿”no ese cuerpo posible del que fácilmente se puede sostener que es una máquina de información, sino este cuerpo actual que llamo mío, el centinela que asiste silenciosamente a mis palabras y mis actos”? Sí. Es una ampliación de lo ya dicho; valdría la pena, sin embargo, retener la idea del cuerpo como “centinela silencioso de las palabras y los actos”. Podría omitirse lo que sigue: “¿Es necesario que con mi cuerpo se despierten los cuerpos asociados, los ‘otros’, que no son mis congéneres como dice la zoología, pero me acechan y a los que acecho, con los que acecho un solo Ser actual, presente, como nunca un animal ha acechado a los de su especie, a su territorio su medio”? Sí. También es una ampliación del cuerpo; podría ser valioso guardar la idea escrita en itálica, la de los “cuerpos asociados”. Enfoquémonos en el cierre del párrafo. ¿Podría omitirse: “en esta historicidad primordial el pensamiento alegre e improvisador de la ciencia aprenderá a posarse en las cosas mismas y en sí mismo, llegará a ser filosofía”? Sí. Es una reiteración de lo ya expuesto.

Para la parte de selección, entonces, guardaremos la necesidad de “que el pensamiento de ciencia se vuelva a situar en un ‘hay’ previo, en el suelo del mundo sensible y del mundo trabajado, tal como está en nuestra vida, para nuestro cuerpo”.

La reconstrucción estaría muy cerca de la misma selección: el pensamiento de ciencia necesita situarse en el suelo del mundo sensible y del mundo trabajado, tal como está el cuerpo en nuestra vida.

La generalización, en consecuencia quedaría así: el pensamiento científico necesita situarse en el mundo sensible, al igual que cuerpo lo está en nuestra vida.

  1. Observemos el cuarto y último párrafo de este primer capítulo del libro El ojo y el espíritu de Merleau-Ponty. Podemos omitir: ¿“Pues bien, el arte y especialmente la pintura abrevan en esa napa primaria, con la que nada quiere saber el activismo”? No. Aquí está otra afirmación esencial del autor. Continuemos. ¿Podemos omitir: “todavía los pintores son los únicos que pueden hacerlo con toda inocencia. Al escritor, al filósofo, se les pide consejo u opinión, no se admite que tengan el mundo en suspenso, se quiere que tomen posición, no pueden declinar las responsabilidades del hombre que habla?” Sí. Son ilustraciones del planteamiento ya señalado. Rescatable será lo de “la inocencia”. ¿Podría omitirse, “a la inversa, la música está en demasía de este lado del mundo y de lo designable para figurar otra cosa que las depuraciones del Ser, su flujo y reflujo, su crecimiento, sus rupturas, sus torbellinos”? Sí. El autor prosigue ejemplificando su tesis. Adentrémonos más en el cuarto párrafo. ¿Es posible omitir “sólo el pintor tiene derecho de mirar todas las cosas sin algún deber de apreciación. Se diría que para él las palabras de orden del conocimiento y de la acción pierden su virtud”? No. Es otra idea vertebral del párrafo. Sigamos. ¿Puede omitirse: “Los regímenes que declaman contra la pintura ‘degenerada’ destruyen raramente los cuadros: los esconden y hay allí un ‘nunca se sabe’ que es casi un reconocimiento; el reproche de evasión se dirige pocas veces a un pintor”? Sí. Aunque es una objeción, corrobora lo ya expuesto. ¿Se puede omitir: “no se malquiere a Cézanne por haber vivido escondido en l’Estaque durante la guerra de 1870, todo el mundo cita con respeto su ‘es escalofriante, la vida’, cuando cualquier estudiante después de Nietzsche, repudiaría redondamente a la filosofía si dijera que ella no nos enseña más que a estar vivos”? Sí. Es una ejemplificación. ¿Se puede omitir “como si hubiera en la ocupación del pintor una urgencia que pasa por alto cualquier otra urgencia”? No. Habla del verdadero impulso del pintor. Encaminémonos hacia la última parte. ¿Puede omitirse “el pintor está ahí, fuerte o débil en la vida pero soberano evidentemente en su modo de rumiar el mundo, sin otra ‘técnica’ que la que sus ojos y sus manos se dan a fuerza de ver, a fuerza de pintar, empeñado en sacar de este mundo, en el que suenan los escándalos y las glorias de la historia, telas que nada agregarán a la cólera de los espectadores”? No. Habla del modo o la manera de operar el pintor y del objetivo de su tarea. Concluyamos. ¿Se puede omitir: “entonces, ¿qué es esta ciencia secreta que tiene o que busca el pintor? ¿La dimensión conforme a la cual Van Gogh quiere ir ‘más lejos’? ¿Eso fundamental de la pintura y quizá de toda la cultura”? Sí. Siempre y cuando tengamos presente que esta pregunta servirá de motivo a los siguientes capítulos del libro.

Para la operación de selección retomaremos, entonces, la siguiente información: “El arte y especialmente la pintura abrevan en esa napa primaria, con la que nada quiere saber el activismo”; “sólo el pintor tiene derecho de mirar todas las cosas sin algún deber de apreciación”; “como si hubiera en la ocupación del pintor una urgencia que pasa por alto cualquier otra urgencia”; “el pintor está ahí, fuerte o débil en la vida pero soberano evidentemente en su modo de rumiar el mundo, sin otra ‘técnica’ que la que sus ojos y sus manos, empeñado en sacar de este mundo telas que nada agregarán a la cólera de los espectadores”.

La reconstrucción de este párrafo podría ser el siguiente: El arte, y en especial la pintura, abreva en una piel primaria que nada tiene que ver con la ciencia. El pintor tiene sólo el deber de rumiar el mundo usando sus ojos y sus manos para sacar al mundo sus íntimas urgencias.

La generalización podríamos redactarla de esta forma: La pintura se nutre de una piel primaria diferente a la ciencia. El pintor, especialmente, usa los ojos y las manos para sacar al mundo sus urgencias particulares. 

Hasta aquí el paso a paso. Una vez finalizado este desmonte apartado por apartado es factible retomar las generalizaciones de cada uno de ellos, con el fin de redactar el resumen del primer capítulo. Recordemos, en este momento, las cuatro generalizaciones:

1) El pensamiento científico por privilegiar la objetividad pierde el encuentro con las cosas. 2) La ciencia construye autónomamente sus propias técnicas que procura modelizar para todos los casos. Esta manipulación de la realidad deja por fuera la “opacidad del mundo”. 3) El pensamiento científico necesita situarse en el mundo sensible, al igual que cuerpo lo está en nuestra vida. 4) La pintura se nutre de una piel primaria diferente a la ciencia. El pintor, especialmente, usa los ojos y las manos para sacar al mundo sus urgencias particulares.

Aquí es recomendable, de manera rápida, volver a aplicar las cuatro macrorreglas. Pero, para no fatigar a los lectores, bien podemos presentar la siguiente alternativa de resumen al primer capítulo del libro de Merleau-Ponty:

El pensamiento científico, por privilegiar la objetividad, deja de lado el encuentro directo con la realidad. El pintor, por el contrario, se nutre del mundo sensible con el fin de expresar las urgencias particulares del artista.

La reseña: ejercicio de síntesis y juicio valorativo

23 sábado Ago 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Ilustración de Ben Goossens.

Ilustración de Ben Goossens.

La mayoría de autores que han reflexionado sobre el ser y las características de la reseña coinciden en que es un tipo de texto híbrido. O bien es el resultado de conjugar el resumen y el comentario[1] o es la suma de aunar elementos de los textos expositivos con lo medular de los argumentativos. También coinciden en que la reseña tiene como fin hacer un juicio valorativo; en este sentido, su finalidad rebasa la mera descripción del contenido o la simple enumeración de las partes de un texto o una obra cultural[2].

Y si se trata del campo de la investigación la reseña debe cumplir la función de dar cuenta del contenido de determinado texto pero en función de la pertinencia, calidad o utilidad para una problemática específica. Cuando así se procede, el reseñista no puede olvidar que su tarea está al servicio de los objetivos de la pesquisa y que el juicio que emita dependerá de qué tanto aporta al proyecto investigativo bien sea en la fundamentación teórica o metodológica.

De otra parte se encuentran algunas indicaciones para elaborar las reseñas. Las hay demasiado genéricas y tan específicas que parecen un protocolo de estricto cumplimiento. Pero para no caer en un simplismo o en una minucia en su construcción, podemos decir que la reseña debe atender a tres grandes partes o momentos: referencia, resumen y juicio crítico[3]. Sobra decir, de una vez, que estas fases operan como una carta de navegación que dependiendo de la pericia y la experiencia del reseñista lograrán un resultado afortunado u obtener grandes beneficios.   

La primera fase de la reseña, que a veces se coloca al inicio como un epígrafe o en un recuadro, corresponde a los aspectos de la referencia bibliográfica (título, autor, editorial, ciudad, fecha, número de páginas) y algunos datos de la edición del texto (formato, tipo de publicación, filiación institucional). Si lo que se está reseñando es un hecho cultural pues se incluirá aquí lo que se llama la ficha técnica, el reparto o los datos identificativos del espectáculo.

El segundo momento de la reseña tiene que ver con el resumen del texto o la sinopsis del evento. Esta fase demanda una lectura juiciosa, atenta y, por lo general, acompañada de notas y esquemas del texto. Si la reseña es de un hecho cultural (demos por caso una película) lo recomendable es poder apreciarlo por lo menos dos veces. Sea como fuere, elaborar el resumen requiere atender a ciertas operaciones de pensamiento que, a diferencia de lo que se comúnmente se cree, van más allá de producir un texto reducido o resultado de una mirada superficial.

Para elaborar el resumen se pueden seguir las cuatro macrorreglas propuestas por Teun A. van Dijk[4]. Esas cuatro operaciones del pensamiento son: a) Omitir, que consiste en eliminar las informaciones menos importantes. Los datos omitidos deben ser elementos adheridos a las estructuras pertinentes que no tienen una función significativa dentro de la estructura del conjunto. Esta información es irrecuperable. b) Seleccionar, que es una operación en la que se suprimen datos del texto original, pero que pueden ser recuperables por implicación, presuposición o redundancia. Es decir, podemos seleccionar aquellos enunciados que implican a otros por inferencias o deducciones. c) Reconstruir, entendida como una operación mental para agrupar o integrar toda una serie de informaciones en torno a un esquema o un guión. Implica operaciones de interpretación, transformación y recombinación de las unidades lingüísticas. En suma, comprende las relaciones entre datos dispersos. d) Generalizar o abstraer, en la que se substituye el texto original por otro más conciso que ignora ciertos detalles.

Si la reseña omite este apartado del resumen muy fácilmente desembocará en el comentario gratuito o dejará al lector sin saber bien de qué se trata el texto o hecho cultural tomado como motivo. El resumen, siguiendo a Nietzsche o a Estanislao Zuleta, es la etapa en la que el reseñista debe asumir como “camello” el texto: rumiarlo, dar cuenta de él, desentrañar su estructura y la médula de su contenido.

El tercer momento, que es lo esencial de la reseña, es el juicio sobre la obra o hecho cultural objeto de nuestro interés. Es el momento para la lectura crítica. Esta apartado puede hacerse de diversa manera: 1) Analizando cada uno de los capítulos o grandes apartados del texto o hecho cultural; digamos que es una lectura consecuente con la organización secuencial de la obra o hecho, de principio a fin. 2) Haciendo una lectura transversal del texto o hecho cultural; cuando se toma esta vía, el reseñista podrá elegir un camino que según su entender está explícito o implícito en la obra. Lo importante es que tal lectura crítica en verdad evidencie ese tópico que cual si fuera un meridiano atraviesa cabalmente el conjunto. 3) Siguiendo determinados indicios o huellas, desperdigas a lo largo del texto o hecho cultural motivo de nuestra reseña. La lectura crítica, en este caso, corresponde a un trabajo de pesquisa en la que se van hilando indicios como quien arma un rompecabezas o descubre un enigma.

Lo importante de cualesquiera de estas formas es la de superar la fugaz impresión o quedarse por fuera del texto o hecho que nos interesa reseñar. La reseña, hay que repetirlo, es un ejercicio de escritura en el que se da cuenta de una lectura en profundidad de un texto. Lo contrario es caer o confundir las diferencias de la reseña con el comentario casual, la columna de opinión o la sinopsis descriptiva. Si el reseñista se confía en la información sacada de afán o en acudir a esos resúmenes que proliferan en la web, sin enfrentar el texto o hecho en cuestión, lo más seguro es que el resultado no sea de calidad o no se cumpla el propósito académico.

Precisamente, esta última parte de la reseña es la que ha hecho que se la relacione con los textos argumentativos, en cuanto buscar persuadir al lector de una valoración específica. El reseñista como el que escribe un ensayo, desea persuadir o disuadir a los posibles lectores o espectadores de que lean, vean o escuchen determinado producto cultural. De ser esto así, la reseña pertenece a los textos epidícticos: esos discursos que buscan alabar, censurar, admirar; convencer a otros de las bondades o defectos de un texto u obra. El autor de una reseña, vistas así las cosas, pretende influir en otros para que piensen o actúen positiva o negativamente sobre lo que es el objetivo de su tarea.

Notas y referencias

[1] Así lo entiende, por ejemplo Marina Parra, en su libro Cómo se produce el texto escrito. Teoría y práctica, Magisterio, Bogotá, s.f., pp. 147-149..

[2] Una lectura provechosa para el neófito en hacer esta modalidad textual es el capítulo 4: “La reseña” del libro Lectura, metacognición y evaluación de Álvaro William Santiago, Myriam Cecilia Castillo y Jaime Ruiz Vega, Alejandría, Bogotá, 2006, pp,151-188,

[3] La profesora Neyssa Palmer Bermúdez  de la Universidad de Puerto Rico denomina a estas tres partes: identificación, resumen y crítica. Puede consultarse en internet su excelente módulo “Los elementos fundamentales de una reseña”, http://www1.uprh.edu/cruzmigu/ESPA_LEFDUR.pdf 

[4] En La ciencia del texto, Paidós, Barcelona, pp. 59-63.

Tres obstáculos al describir

21 jueves Ago 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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"La piel y el cabello", ilustración de Verlag Wort y Bild Rolf Becker.

«La piel y el cabello», ilustración de Verlag Wort y Bild Rolf Becker.

Describir: pintar con palabras. Dibujar con lenguaje lo que ven nuestros ojos. Delinear con cuidado: rasgo a rasgo, detalle a detalle. Volver nuestra mirada una lupa, una lente afinadísima para no pasar por alto, para no dejar de lado aspectos o elementos fundamentales de alguien, de cierto hecho o cierta situación. Describir: elección fina del lenguaje para dar cuenta de nuestras percepciones.

Sin embargo, aunque tal aspiración parece medianamente fácil, son por lo menos tres los impedimentos que salen al encuentro del que desea hacer una descripción. El primero, que es la base para poder describir, es el haber afinado o cualificado nuestro ver, hasta convertirlo en un mirar[i]. Mirar, lo sabemos, no es un acto inmediato, fácil, mecánico; quizá el ver cumpla con tales características. Pero el mirar, en cuanto actividad voluntariamente dirigida, requiere que al ojo se lo eduque, se lo forme, se lo cualifique para alcanzar cierta fineza en la percepción. Cierta perspicacia[ii]. O para ponerlo en otras palabras, una cosa es lo percibido y otra, muy diferente, lo visto[iii]. Entre un momento y otro media el ejercicio, la práctica, el trabajo con eso que pudiéramos llamar una “educación de los sentidos”. Entonces, el primer impedimento está en la materia misma que ve, en el ojo. Entre otras razones, porque nuestro ojo natural es un ojo cultural o enculturado. No vemos como una cámara fotográfica: miramos bajo la lente de nuestras ideologías, de nuestros imaginarios; miramos bajo los filtros de nuestra socialización[iv].

Un segundo obstáculo tiene que ver con el útil que empleamos cuando vamos a describir: las palabras. O nos faltan o nos sobran. O no son las indicadas, o son tan vagas que al final no dan cuenta precisa de lo mirado[v]. El poco trato con las palabras, ese analfabetismo funcional de nuestro tiempo que ha reducido la riqueza lexical a los mínimos del consumo, es una talanquera difícil de superar. Las palabras, en cuanto dispositivos o mediaciones del pensamiento, en cuanto códigos, tienen sus propias leyes; hay sintaxis que las orientan y hay semánticas que las determinan. Las palabras tienen su propia gravitación, su propio mundo. Entonces, cuando echamos mano de ellas para describir algo o para describir a alguien, necesitamos cierto dominio o cierta pericia para gobernarlas o, al menos, para lograr que digan con precisión lo que esperamos[vi]. No es cuestión de sinónimos o de ampulosidad en el discurso. Mejor aún, las buenas descripciones consisten, precisamente, en encontrar la palabra justa o adecuada para determinado rasgo o para cierta particularidad de un rostro, un objeto o cierta situación[vii].

El último de los obstáculos, que por estar al final, no es el de menor importancia o la última instancia de un proceso de descripción, es el de no saber o no tener algo en mente cuando se quiere describir. Digamos que ya no es la torpeza del ojo, sino la pérdida de norte del investigador. Cuando se describe algo, dada la complejidad de las personas y las cosas, dada la red y la trama de signos que conforman cualquier unidad cultural[viii], hay que definir con anterioridad hacia dónde es que vamos a focalizar nuestra pesquisa. Es muy difícil, por no decir imposible, hacer descripciones generales o de todo. La descripción se vuelve fina, de filigrana, cuando trabaja en espacios delimitados, fijados, enmarcados. Por lo mismo, si no se tiene o no se sabe previamente qué es lo que deseamos describir, pues terminamos apuntando hacia cualquier lugar o perdiendo nuestras municiones en aspectos que no eran en últimas los objetivos de nuestra cacería. Quien describe se parece mucho a un cazador. No sólo porque define con anterioridad la presa que desea cazar, sino porque debe seguir sus huellas o sus indicios, sin perder nunca el rastro de lo que busca. Una buena descripción, entonces, pertenece al arte de la cinegética[ix].

Como puede verse, describir con alguna propiedad, requiere superar por lo menos los tres obstáculos mencionados. De un lado, cualificar el ojo, de otro dominar las palabras y, finalmente, saber enfocar o delimitar el objeto mismo de la descripción. Desde luego, no digo con ello que superados tales escollos ya sea suficiente para tener dominio de tal herramienta de conocimiento y de creación. Porque, la descripción necesita sortear un vado más amplio y más profundo: el del propio desinterés. Si no hay una motivación que catapulte a la descripción, por más que se hayan superado los tres obstáculos mencionados, siempre estaremos en el conato, en la tarea inacabada o imprecisa. La emoción no sólo despierta nuestros sentidos sino que nos coloca en disposición para tomar conciencia del entorno[x]. Nos eriza las sensaciones, nos exacerba el ánimo, nos estimula el interés. Y cuando un investigador tiene dentro de sí una pregunta o un cuestionamiento que le interesa, la descripción ya tiene por lo menos un lienzo idóneo para plasmarse.

Notas y referencias 

[i] Si se desea ampliar en este proceso de cualificación del ojo, mírese mi texto “Más allá del ver está el mirar” en el libro La cultura como texto (lectura, semiótica y educación), Javegraf, Bogotá, 2004, págs. 77-88.

[ii] Un buen libro para ilustrar la idea de perspicacia, especialmente en el campo de la investigación, es la obra ¡Eureka!  (Descubrimientos científicos que cambiaron el mundo) de Leslie Alan Horvitz, Paidós, Barcelona, 2003. El autor trae a colación diversos casos en donde se pude comprobar cómo el ojo afinado, el ojo educado, es el que puede convertir algo nimio o insustancial en un hecho o un evento significativo.

[iii] De manera amplia, Jacques Aumont ha desarrollado este desplazamiento de lo visible a lo visual en su libro La imagen, Paidós, Barcelona, 1992.

[iv] Varios textos pueden ayudar a profundizar en esta idea. Sólo como referentes iniciales recomiendo tres. El primero de ellos: Modos de ver de John Berger, Gustavo Gili, Barcelona, 1974; el segundo, El ojo del observador compilado por Paul Watzlawick y Peter Krieg, Gedisa, Barcelona, 2000. Y uno más: La construcción social de la realidad de Meter L. Berger y Thomas Luckmann, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1984.

[v] Véase mi texto “Esa palabra tan nuestra y tan lejana”, en el libro Oficio de Maestro, Javegraf, Bogotá, 2003, pág. 159-163.

[vi] Con las palabras, como lo escribiera el mexicano Octavio Paz, hay que practicar cierto oficio de jinete, de domador. Valga recordar ese poema suyo, titulado “Las palabras”:  “Dales la vuelta, / cógelas del rabo (chillen, putas), / azótalas, / dales azúcar en la boca a las rejegas, / ínflalas, globos, pínchalas, / sórbeles sangre y tuétanos, / sécalas, / cápalas, / písalas, gallo galante, / tuérceles el gaznate, cocinero, / desplúmalas, / destrípalas, toro, / buey, arrástralas, / hazlas, poeta, / haz que se traguen todas sus palabras”. En Poemas (1935-1975), Seix Barral, Barcelona, 1979, pág. 69. 

[vii] Aquí también hay una gama de textos que pueden servir de ayuda para ilustrar lo dicho. Por ahora, apenas como un aperitivo, sugiero la maravillosa obra Palomar, de Ítalo Calvino, Siruela, Madrid, 1997; y los poemas de los libros de odas de Pablo Neruda. Me refiero a las “Odas elementales”, “Nuevas Odas elementales” y “Tercer libro de odas”,  recogidas en su libro Poesía (Tomo I), Noguer, Bilbao, 1974.

[viii] El concepto de unidad cultural ha sido desarrollada por mí en el libro La cultura como texto (lectura, semiótica y educación), Javegraf, Bogotá, 2004. Léanse, por ejemplo, los apartados “¿Qué son y cómo trabajar con unidades culturales?”, “Leer un texto vivo”, “Semiótica El rehén: intento de una semiótica política” y  “Citizen semiotic”.

[ix] Para profundizar en este aspecto, consúltese el artículo “Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales”, contenido en el libro Mitos, emblemas, indicios (Morfología e historia), de Carlo Ginzburg, Gedisa, Barcelona, 1989, págs. 138-175. De igual manera, son sugestivas las ideas de Josefa Zulaika en su texto Caza, símbolo y eros, Nerea, Madrid, 1992.

[x] Si se quiere estudiar cómo ha ido cambiando la forma de percibir esto de las emociones valdría la pena leer la compilación de Cheshire Calhoun y Robert C. Solomon, ¿Qué es una emoción? (lecturas clásicas de psicología filosófica), Fondo de Cultura económica, México, 1989.

(De mi libro La enseña literaria. Crítica y didáctica de la literatura, Kimpres, Bogotá, 2008, pp. 209-212).

Objetos del ambiente escolar

17 domingo Ago 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 47 comentarios

Les he solicitado a mis estudiantes de la Maestría en Docencia de la Universidad de la Salle que describan un objeto escolar. La extensión debe oscilar entre cinco y ocho líneas (o entre 80 y 130 palabras). Se trata de un ejercicio de escritura para desarrollar las habilidades de observación, precisión semántica y, especialmente, de reconocimiento del ambiente cotidiano de trabajo. Estas destrezas son definitivas en la etapa de la descripción del problema de investigación y constituyen la columna vertebral del enfoque etnográfico o cuando se elabora un diario de campo.

Aunque ya he recibido y leído los primeros intentos y acercamientos al ejercicio solicitado, noto que hace falta comprender –antes de lanzarse a escribir– qué es en verdad la descripción. En consecuencia, voy a señalar una ruta de lecturas, contenidas en este mismo blog. Espero que sirvan de tutoría permanente y contribuyan a cualificar los textos de mis estudiantes de posgrado.

La primera lectura se titula “Describir: dibujar con palabras”. Recomiendo empezar por dicho documento. Además de señalar lo esencial de la descripción se presentan ejercicios que ilustran lo medular de esta modalidad textual. Releído el ensayo pasaría enseguida a dos barajas de aforismos identificados con el encabezado “Sobre la descripción I” y “Sobre la descripción II”. Los dos grupos de aforismos ofrecen de manera concentrada y esencial un acercamiento a las particularidades del ejercicio que nos interesa. Por ser aforismos hay que leerlos lentamente, rumiándolos en nuestro pensamiento. Pienso que en esos dos textos, a la par que se analiza con hondura el ser de la descripción, se ofrecen recursos para sortear las dificultades al describir. Hechas las anteriores lecturas recomiendo mirar un ensayo denominado “El objeto como signo”.  En él se presentan, en una perspectiva semiótica, los miradores estratégicos o los criterios para desentrañar un objeto. Es una lista de chequeo a tener en cuenta o un abanico de posibilidades para enfocar nuestra mirada.

Con esa reserva de lecturas en nuestra cabeza ahora sí podemos elegir un objeto del ambiente escolar. Sobra decir, que debe provocarnos algún interés o al menos tener la magia de las cosas inquietantes. Con ese objeto al frente, observándolo muchas veces, mirándolo y escudriñándolo por todas sus facetas, procederemos a redactar nuestra descripción. Lo más seguro es que no tendremos a la mano los nombres propios de cada una de las partes, entonces, habrá que indagar o investigar al respecto. Cuando nos faltan los sustantivos indicados tendemos a generalizar o nos vamos por las ramas, o terminamos divagando. ¿Cómo se llama la punta del compás?, ¿cuál es el nombre de la forma de un lápiz?, ¿cómo es conocida la parte que enmarca un portón?, ¿de qué material está hecha una calculadora? , ¿cómo le dicen a las divisiones de un armario? Baste la siguiente ilustración (sobre el compás) para corroborar la importancia de conocer los nombres específicos de las partes de un objeto cuando tenemos la intención de describirlo:

Por lo demás, y en eso profundiza mi ensayo “Describir un objeto”, necesitaremos también mirar cómo el tiempo ha hecho mella en el objeto; o cómo las manos han ido dándole cierta fisonomía particular; o qué tanto lo ha afectado la intemperie o el sol. Y de igual manera deberemos, al momento de presentar la descripción, darle importancia a las medidas, la textura y el color, así como al contexto en que está ubicado el objeto.

Salta a la vista que el ejercicio de describir un objeto escolar nos lleva a volvernos extranjeros para el mundo cotidiano en que trabajamos. Es necesario ver los objetos familiares como si fueran cosas absolutamente novedosas o llenas de maravilla. La descripción, precisamente, busca presentar al lector una realidad distante o ajena para él. Es como si el escritor convirtiera sus palabras en unos ojos capaces de transportar seres ausentes. Y por eso hay que ser cuidadosos en la elección de los términos, y darle al conjunto tanta importancia como a los detalles.

Resta decir que muy seguramente serán necesarias más de dos versiones para alcanzar una descripción de calidad. A veces, porque hay una flagrante desorganización en los elementos o porque en el afán de mencionar el uso dejamos inconclusa una serie de características. En otros casos, será la falta de dominio en la puntuación la que hará que nuestro objeto se presente fracturado o descompuesto. Lo aconsejable, entonces, es afinar la mirada, asediar el objeto desde diferentes perspectivas y empezar a volverse fiel amigo del diccionario, ojalá de aquellos llamados ideológicos, de campos semánticos o de ideas afines.

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