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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

El trabajo de centinela del poeta

12 domingo May 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Poema de Sergio Mondragón

Resulta interesante asociar el oficio del poeta con el del velador. Con alguien que cuida, vigila y avizora. Un trabajo en el que se combinan la vigilia y el deseo de proteger a los otros. El poeta, así entendido, además de alertar e inspeccionar las variadas acciones de los hombres, está preparado igualmente para mantenerse despierto mientras ellos duermen. Y cada poema, cada obra de su trasnocho, cumple la función de campana o farol para que los insomnes se orienten en la neblina, o de pito preventivo que marca su ronda para alejar a posibles ladrones, enemigos de nuestros sueños.

El compromiso de velador consiste, entre otras cosas, en estar alerta y llamar la atención; dar gritos, lanzar su voz o prender las alarmas. El poeta, de igual manera, con sus versos busca ponernos en guardia por algo que olvidamos, por eso que dejamos de hacer, por algún adormecimiento que está inundando nuestro espíritu o nuestro entendimiento. No se duerman, dice el poeta. Manténganse despiertos y alertas. Así, como nos invitaba, Huidobro en Altazor: «cuidado aviador con las estrellas / cuidado con la aurora / Que el aeronauta no sea el auricida / Nunca un cielo tuvo tantos caminos como éste / ni fue tan peligroso…»; o como nos imprecaba Nazim Hikmet, para que dejáramos nuestra apatía o nuestro desgano existencial y nos comprometiéramos con la propia vida y la de los demás: «Has de tomar tan en serio el vivir / que a los setenta años, por ejemplo, / si fuera necesario plantarías olivos / sin pensar que algún día serían para tus hijos…» El poeta hace sonar las sirenas acompasadas de sus versos; nos insta a tener cerca la caja de los primeros auxilios, los indispensables útiles para mantenernos vivos. Nos invita a hacer una pausa en nuestra carrera vital, así como nos lo propone Mario Benedetti: «De vez en cuando hay que hacer / una pausa / contemplarse a sí mismo / sin la fruición cotidiana / examinar el pasado / rubro por rubro / etapa por etapa / baldosa por baldosa / y no llorarse las mentiras / sino cantarse las verdades».

El poeta, en cuanto velador, también es un vigía. Oteador de las cosas lejanas, de aquellos asuntos o situaciones que nos esperan: la enfermedad, la muerte, el desamor, el sufrimiento… Muchas de esas realidades, por las que pasaremos, son avizoradas por el poeta de manera aguda. La vista de los veladores es de gran alcance. Creo que la poesía nos prepara para lo que viene, nos da un adelanto de aquello con lo que nos vamos a encontrar. Tengo a la mano un poema de Eduardo Cote Lamus, el gran vigía de las tierras de la muerte: «Saca tu dolor de lo profundo / y vuelve la mirada hacia las quillas / porque se acerca la cosecha de los barcos…». Y aunque sea valiosa la mirada del velador para percatarnos de las cosas cotidianas, su verdadera tarea es otear en lejanía lo que nuestra corta vista no alcanza a divisar. Quizá los poemas sean eso: una cofa —para ser precisos con los marineros— donde se sube el poeta para entregarnos el reporte de lo que se divisa en el horizonte, de lo que está apenas despuntando en la distancia. Puede ser un puerto, otro barco, o la esperada tierra. ¿No era acaso eso, lo que había visto Baudelaire?: «Cada islote que anuncia por la noche el vigía / es siempre ese Eldorado que prometió el Destino; / mas la Imaginación, que prepara su orgía, / sólo ve un arrecife cuando apunta la aurora».

De igual modo, el poeta es un centinela de valores. Un guardián, un cuidador de lo más importante para una persona o una comunidad. Puede, inclusive, ser un celador de sí mismo. Hay tantos poemas centrados en este punto: «La canción regia» de Rilke, que inicia: «Debes con dignidad soportar la vida, / tan sólo lo mezquino la hace pequeña…»; o aquel poema cincelado en nuestra memoria infantil, «Si una espina me hiere» de Amado Nervo: «!Si una espina me hiere, me aparto de la espina, /… pero no la aborrezco!» El poeta, guardián de la tradición —parafraseando a Elías Canetti—, hace las veces de conciencia de los hombres; les advierte con sus versos del poquísimo tiempo que dedican a cultivarse o de la superficial manera de comprender la vida. Pero no lo hace como un moralista inquisidor sino investido de las virtudes del ángel de la guarda: coloca sus poemas a la manera de advertencias, son avisos alados, son llamamientos dichos con suavidad y sin querer convertirse en una enfática regla o un código de conducta: «No conviene volver una y otra vez sobre lo mismo. / No conviene que te encierres en tu sordo, desgastado canto / y, otra vez, derrotándote, hagas de ti tu propio enemigo», era la advertencia del poeta colombiano Elkin Restrepo; «Quizá debamos aprender que lo imperfecto / es otra forma de la perfección: / la forma que la perfección asume /para poder amarla», era la sugerencia de Roberto Juarroz.

Y de todas las actividades del velador, hay una en especial que me parece reveladora, aquella de atisbar. El poeta, en esta oportunidad, se deja llevar por indicios minúsculos, por señales inadvertidas y, de allí, saca conclusiones o hace reflexiones sorprendentes. Pienso en este sentido en un poeta norteamericano, Ted Kooser, que de un detalle nimio saca inferencias sobre el tiempo. El poema se titula, precisamente, «Una visión fugaz de la eternidad», y en la traducción de Hilario Barrero, dice: «Ahora mismo / un gorrión se posó / en la rama de un pino / justo frente / a la ventana de mi alcoba / y un soplo / de polen amarillo / desapareció en el aire». Qué más insustancial o baladí que un pájaro en una rama, pero lo que el velador hace es, precisamente, percatarse de un indicio sutil como el polen que desaparece cuando el ave de manera súbita sobre ella se posa. Más que el pájaro, que sería lo obvio para ver, el poeta atisba la fugaz desaparición del polvo de una flor. Es como si en ese momento, en el polen del pino, estuviera presenciando todo un universo evanescente. Atisbar, es observar discretamente, entrever entre las sombras significados inesperados. Sirva en esta misma orientación otro ejemplo, un poema exquisito de Jorge Carrera Andrade, «Epitafio de un caracol de tierra»: «Pasaste tu vida / guardando la bóveda / de tu propia cripta». El poeta observa con atención que en el caso del caracol, la casa de nácar que cargaba a sus espaldas para su protección es también su tumba. Ahí está la mirada perspicaz del poeta.

Los poetas ven en la oscuridad como los gatos; son «buitres de lo divino», dice el mexicano Sergio Mondragón, porque auscultan los muladares que nadie quiere ver, atienden la carroña que todos desean alejar, se fijan en las ánimas que deambulan en la noche… El trabajo de centinela del poeta —la atalaya de sus versos— es un desvelo para descubrirnos, un celo para no descuidarnos, una custodia para mantener intacto el fuego interior que nos ha sido dado.

Importancia de las Humanidades en la Universidad

07 martes May 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Brad Holland.

Ilustración de Brad Holland.

Martha Nussbaum ha escrito sobre la importancia de las humanidades para la educación*; de su abandono en una sociedad como la nuestra en la que la mayoría de los esfuerzos de las instituciones universitarias están centrados en contenidos o habilidades financieras o de sofisticación tecnológica.

La crítica a esta postura formativa de los centros formativos de educación superior se torna más severa si, como lo ejemplifica la filósofa norteamericana, tiene el aval de las familias que esperan, antes de cualquier cosa, que sus hijos aprendan algo útil y no anden perdiendo el tiempo en asuntos como la música, las artes escénicas o la literatura. Pareciera que toda la sociedad se hubiera puesto de acuerdo en ir desapareciendo estas materias de los planes de estudio de la mayoría de las profesiones.

Pensando en detalle este reclamo de Martha Nussbaum, considero que la enseñanza de las humanidades es vital para cualquier persona y, muy específicamente, para un estudiante universitario. Y al decir que es esencial me estoy refiriendo a lo que dichos saberes aportan al desarrollo de la sensibilidad, la fraternidad y la imaginación. Las humanidades no son decorado de una disciplina, no son arandelas a una carrera, sino parte constitutiva de un proyecto formativo. A ellas debemos prestarle tanta importancia como se la damos a esas otras materias consideradas las fundamentales de un programa. Veamos por qué hago estas afirmaciones.

En primer término, las humanidades flexibilizan el espíritu y dan un carácter plástico al pensamiento. Alguien que estudie literatura, que hace teatro, que toca un instrumento musical, está más dispuesto a captar los matices de las cosas y los comportamientos de las personas. Las humanidades contribuyen a entender que el mundo no es blanco o negro, que no se lo puede concebir a partir de oposiciones irreconciliables; por el contrario, que lo que existen son matices, tonalidades y sendas facetas de un mismo asunto. Por lo mismo, las humanidades hacen más apto al profesional universitario para entender la variable condición de los hombres, la no siempre evolución lineal y uniforme de sus semejantes. Pero, además, las humanidades, su práctica, su ejercicio, van dando a las ideas, a las formas de pensar, una consistencia cimbreante. El pensamiento se habitúa a vivir en tensión sin romperse, a soportar diferentes puntos de vista, en no asumir fáciles posturas dogmáticas o excluyentes.

En segunda medida, las humanidades presentan un horizonte más amplio de los problemas esenciales del hombre. La exagerada especialización de las disciplinas cerca y limita demasiado la mirada de los estudiantes. Las humanidades, por el contrario, tienen como propósito abarcar, explayarse en la compleja condición de los seres con historia e ideales. El ser humano se muestra integralmente, con sus variadas manifestaciones, con sus pasiones y sentimientos, con sus miedos y posibilidades. Al leer poesía, por ejemplo, lo que se aprende es ese abecedario del afecto, de lo emotivo, de lo sensible. El buen lector de poesía descubre que el dolor es más que un síntoma medicable, que la soledad es más que estar sin compañía. Otro tanto podría decirse del que degusta la música, del que sabe adentrarse en los sonidos armónicos, y puede a través de ellos bucear en los abismos del alma intraducibles en una fórmula matemática, o adentrarse en las fronteras de lo misterioso inhallables en una manual de psicología.

Una tercera bondad de que los estudiantes beban en las humanidades –y en esto coincido plenamente con Martha Nussbaum– es la facilidad que tiene el arte (una novela, una película, una sinfonía) para tornarnos solidarios con otro semejante. Así, como en la antigua tragedia clásica, cuando al ver una obra teatral, los espectadores se solidarizaban con el personaje que sufría o  se avergonzaban frente a algún comportamiento que les molestaba en un actor. Las humanidades son como un espejo a partir del cual podemos reconocernos y aprender a “estar en los zapatos de otro individuo”. Si no tuviéramos ese acicate o esa provocación de las artes nos quedaríamos sin desarrollar la capacidad de trasladarnos con la imaginación a otros contextos o a asumir otras personalidades. Las humanidades nos dan pasaportes para lograr traspasar las fronteras limitadas de nuestro propio yo; nos hacen, por decirlo así, ciudadanos del mundo.

Un cuarto beneficio, tal vez el más importante si se desea desarrollar el pensamiento crítico, es el papel de las humanidades para poner en contacto a los estudiantes con las habilidades argumentativas. Cuánto sería de útil que ingenieros, odontólogos, arquitectos –para nombrar algunas profesiones– tomaran dos o tres cursos de filosofía a lo largo de su carrera; pero no como ilustración histórica o “cultura general”, sino para aprender la importancia de dar razones, de organizar el pensamiento de manera lógica y convincente. Hasta me atrevería decir que si todos los profesionales de las llamadas ciencias duras se adentraran en la lectura de algunos diálogos platónicos, descubrirían maneras interesantes de discutir sin tener que descalificar al contrario; y de cómo mantener un punto de vista a pesar de las objeciones del antagonista. Las humanidades son definitivas en el aprendizaje de las capacidades razonadas de comunicación y en los juegos de lenguaje necesarios para participar como ciudadanos en decisiones políticas o tener herramientas lingüísticas para defender un proyecto o reclamar un derecho sin acudir a la violencia física o la intriga arbitraria.

Considero, finalmente, que las humanidades son un conjunto de conocimientos que ayudan a tener un lenguaje común para entendernos a pesar de las diferencias de idioma, etnia o religión. Creo que fue la escritora Doris Lessing la que se quejaba de la pérdida de estos referentes comunes que permitían dialogar con extranjeros o con generaciones distantes en el tiempo. Si tuviéramos ese metro común de las humanidades, ese traductor sensible de las artes, tendríamos la oportunidad de sabernos hermanos de una misma tradición o de una semejante herencia simbólica. Me imagino que esa era la ventaja de las pasadas generaciones sobre la nuestra: que podían unirse a conversar de una pintura de Rembrandt o sintonizaban con la música de Boccherini o confluían en los conflictos morales de una novela de Thomas Mann. Y aunque los separaba el idioma o los cerrados códigos de una profesión, esa educación recibida de las humanidades les permitía, en un aeropuerto o un café de ciudad, entablar un diálogo a partir del cual brotaban las afinidades y los gustos compartidos. Quizá eso es lo que hemos ido dejando a la deriva, o lo que las instituciones educativas, particularmente las de educación superior, quieren hurtarle a los profesionales de nuestro tiempo.

 * Véase el libro Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, Katz editores, Uruguay, 2010.

Ir a la Feria del libro

24 miércoles Abr 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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En la Feria del libro

Cada año espero con emoción y curiosidad el inicio de la Feria del libro en Bogotá. Es una sensación muy cercana a la espera de una fiesta de sorpresas o la expectativa de las primeras citas de amor.

Por supuesto, a otras personas les sucederá lo mismo; quizá sean diferentes ferias (la del vestido, el calzado, la tecnología…) las que produzcan tal estado de excitación. Pero en mi caso, que soy un amante de los libros, estas dos semanas son un deleite para el espíritu y una oportunidad para encontrarme con colegas de pasión y amigos que hace tiempo no veía.

Ir a la feria ―y en este ritual participan de manera acuciosa mi más cercanos familiares― es todo un acontecimiento. Llegar bien temprano y estar en dicho espacio todo el día, yendo de pabellón en pabellón, inspeccionando las novedades, estando atento a las reimpresiones, y oyendo a los genuinos promotores de los diversos stands, es un plan sin igual para alguien que como yo ha cifrado su destino en mantener viva una conversación con estos amigos silenciosos que atesoro como uno de mis bienes más preciados. Estar entre libros, reencontrarse con antiguas lecturas, ver cómo desaparecen y reaparecen sellos editoriales, todo esto lo vivo a la manera de un suceso interesante y repleto de significación.

El plan se hace mucho más motivador si se comparte con amigos; con amigos cómplices de este gusto por los libros. En ese caso, el ir a la feria permite contagiar a otros de una obra, descubrir una referencia desconocida, ponerse en contacto con una línea de pensamiento o hacer contacto por primera vez con un autor. Los amigos, de igual modo, sazonan los recorridos con anécdotas y asociaciones bibliográficas, además de dar prueba de la complicidad necesaria para no cansarse después de las primeras horas y mantenerse de pie en este paseo por salones superficialmente semejantes.

Porque ese es otro asunto fundamental cuando se va a la Feria. Con el tiempo se va desarrollando un olfato para conocer y distinguir dónde hay una editorial confiable, dónde un sello impreso centrado en textos para niños, y dónde un impresor que cuida cada detalle de sus libros. Por lo mismo, en mi caso, ya sé a donde tengo que ir primero y en qué lugar vale la pena quedarse largo rato. Pero como el plan consiste en recorrer en una ida varios pabellones, hay lugares que demandan volver a visitarlos. Por eso asisto varios días a la Feria del libro; para no irme a perder de una “joyita” escondida  en uno de los anaqueles más inferiores u oculta atrás de los  libros más visibles en una estantería.

Creo que la Feria del libro es, desde luego, un homenaje al libro; un espacio para reconocer la función primordial de este mediador de la cultura. El libro, recordémoslo aquí, ha permitido la democratización del conocimiento y ha sido un vehículo para que la libertad de pensamiento halle su mejor escenario. Pero, además, la Feria del libro es un homenaje a la lectura; una oportunidad para dejar de ver a la televisión e internet como los únicos medios de esparcimiento, y para que la familia haga un alto en sus posibilidades de ocio y vuelva a considerar el leer como una de las maneras privilegiadas de disfrutar y aprender al mismo tiempo.

Y hablando de libros, en este año me he encontrado con varias sorpresas. Voy a compartir algunas de ellas, no tanto para presumir de mis hallazgos sino como una forma de hacer extensiva a otros mi alegría de bibliómano: Ensayo sobre la dificultad de decir no, del filósofo alemán Klauss Heinrich (me interesó este texto por centrarse en el “no” como forma de la protesta y quizá contagiado por la película homónima del director chileno Pablo Larraín); El médico divino (I) de Karl Kerényi (he sido un seguidor de este estudioso del mito que ahora husmea en los orígenes de Asclepio, sus lugares de culto y su presencia en textos literarios); ¿Adónde van los valores? Coloquios del siglo XXI (una antología de las reflexiones presentadas por intelectuales de diferentes disciplinas, convocados por la UNESCO); Una mosca en la sopa. Memorias de Charles Simic (hice la elección porque he leído sus poemas y porque los textos autobiográficos hacen parte de mis intereses investigativos); Principios de fotografía creativa aplicada del inglés David Präkel (lo eligí debido a mi pasión por la imagen fotográfica y por esa voluntad didáctica de presentar este oficio en condensados principios); Maravillas que son, sombras que fueron. La fotografía en México de Carlos Monsiváis (las razones son semejantes a las del texto anterior pero enriquecidas por mi devoción a la escritura de este cronista insigne de la cotidianidad mexicana); ¡El arte o la vida! El caso Rembrandt de Tzvetan Todorov (el motivo de haber adquirido este libro es doble: en parte porque me gusta la prosa analítica de Todorov, y especialmente por ese pintor tan cercano a mi sensibilidad: Rembrandt)…

Pero volvamos al plan de ir a la Feria del libro. Justo cuando se están disfrutando los libros álbum de editoriales como Barbara Fiori, Faktoria K o Kókinos, caemos en la cuenta de que faltan pocos minutos para las siete de la noche y hay que ir a reclamar las bolsas del paquetero. Así que, después de un día de lentas caminatas, de encuentros bibliográficos y reencuentros personales, salgo de la feria con varias bolsas en las manos. Otros paquetes los llevan entre sus brazos los seres amorosos que me han acompañado. Una nueva expectativa crece con fuerza en mi interior: la de llegar cuanto antes a la casa para degustar con detenimiento las recientes adquisiciones que me esperan agazapadas en las bolsas de plástico.

Cuidar a nuestros maestros

19 viernes Abr 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Custodiar a nuestros maestros

Los maestros nos enseñan lo que es posible para alcanzar lo imposible.
Paul Valéry

La función primordial de un maestro es crear las condiciones favorables para que el alumno pueda desarrollar su propio ser. A partir de su ejemplo o de sus conocimientos, el maestro habilita al aprendiz para que logre desplegar sus potencias y con ellas alcance sus más preciados ideales. Es a partir de esa referencia personal propuesta por el maestro como aquellos que aprenden se sienten más confiados y más seguros de empezar su personalísima aventura.

 Sobra decir que esta tarea comporta una especial condición. No cualquiera puede arrogarse el título de maestro. Porque para serlo en verdad, para alcanzar ese estadio de hito o mojón, de faro o brújula para noveles viajeros, se requiere haber trasegado por muchos caminos, sortear variadas odiseas, haber leído y olvidado muchos libros. No basta con saber alguna asignatura o posar de erudito. El maestro no tiene como fin su propia persona. Lo que en verdad pretende es que otros, a través de él –como si fuera una piedra de toque para el espíritu– se enciendan o hallen su propia melodía. Lo que busca el maestro con cada una de sus actitudes es que el alumno sufra una transformación o, mejor, que se descubra. Y sus palabras, sus gestos, van encaminados a lograr tal metamorfosis: a veces empleando medios sencillos y gratificantes y, en otros casos, forzando el material, forjándolo con la fuerza de la exigencia o la penosa disciplina. Pero siempre teniendo en su mente y en su corazón que lo importante está en que el aprendiz sufra o alcance esa mutación, que tenga su verdadero nacimiento.

Como puede colegirse, el ejemplo es consustancial a la labor del maestro. Es muy difícil tratar de enseñar lo que no se pude mostrar o de lo cual no se puede dar fe. El maestro es maestro por lo que habla y por lo que hace o deja de hacer. Todo él, es plena enseñanza. Entonces, cuando se asume esta profesión, se asume también una responsabilidad que la mayoría de las veces no somos capaces de dimensionar. Perdemos de vista la densidad o el alcance de una frase o el impacto de una conducta en alguien que tenemos al frente en actitud de aprendizaje. Cuántos de los comportamientos de algunos maestros marcan la conducta de un individuo para toda su vida; cuántas vocaciones se coartan y cuántas otras despuntan sólo por un gesto o una palabra de un maestro. Tal responsabilidad nos advierte de una ética que deben observar aquellos que optan o desean ponerse en esa situación de pilar formativo para otros. Al ser señales que convocan las miradas, los maestros adquieren un compromiso histórico. Algo más está en juego que la simple transmisión de un saber; lo que de él depende es otra cosa: un hito de sentido para las nuevas generaciones, una perspectiva capaz de construirle horizontes a la humanidad del mañana.

Desde luego que no son únicamente maestros los que laboran en escuelas o centros formales de educación. Hay maestros también en ciertos ambientes institucionales, en la familia o en espacios comunitarios. Lo que importa es el deseo o la intención de alguien para favorecer el desarrollo de otra persona. Cuando eso sucede, cuando un ser humano dedica lo mejor de sus fuerzas y su inteligencia para que un otro avance y logre aflorar en plenitud, de alguna manera se está instituyendo como maestro. Por supuesto, si a eso se suman didácticas y métodos específicos, si se cuenta con útiles adecuados y se tiene la paciencia para saber dosificar y adecuar el tipo de saber a una determinada edad o necesidad, entonces los resultados serán más provechosos o de mayor amplitud. Digamos que si a esa voluntad inicial se le suman unos fines precisos y una estrategia pertinente, estaremos más cerca de adquirir el título de verdaderos maestros. En todo caso, independientemente de la experiencia y de un aval institucional, lo que moviliza la esencia del maestro es su dedicación y su entereza para que un aprendiz se apoye en él y pueda escalar otro estadio de su personalidad, otro nivel o fase de su evolución moral, mental o espiritual.

Nunca acabaremos de agradecer a esas personas que nos ayudaron a ser lo que somos. Serán pocas las palabras para enaltecer a quienes nos sirvieron de hombros fuertes y seguros para divisar otros mundos y otros aires. Por ellos, gracias a su cotidiano esfuerzo, es que descubrimos en nosotros mismos talentos insospechados, habilidades inimaginables, destrezas ocultas o secretas. Gracias al ejemplo de esos maestros afianzamos nuestra confianza y llenamos nuestro pecho del suficiente aire como para desplegar las alas de nuestra existencia y sortear animosos los abismos de nuestro crecimiento.

(De mi libro Custodiar la vida. Reflexiones sobre el cuidado de la cotidianidad, Editorial Kimpres, Bogotá, 2009, pp.53-56).

Ir a una conferencia

06 sábado Abr 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Curso Santillana, Bogotá, Leer textos argumentativos

Admiro y celebro con alegría la actitud de algunos maestros de seguir calificándose o manteniendo vivo su deseo de aprender. Esa tenacidad por no sucumbir a la rutina o conformarse con lo ya sabido es algo que vale la pena elogiar y darle su justa importancia.

Desde luego, para asistir a un curso, un seminario, un taller o algo semejante, lo primero que se necesita es no haber dejado de querer y amar la profesión de enseñar. Sin esa primera convicción, sin ese fuego en el corazón, todo lo que se haga será inútil. Considero  que nadie desea cualificarse en algo si antes no valora su propio oficio, si a lo que hace cada día no lo dota de dignidad o trascendencia.

Lo otro es estar convencido de que alguien también puede enseñarnos alguna cosa nueva. Que, como se dice coloquialmente, un maestro ‒así lleve muchos años en su labor‒ no se las sabe todas. Bajo esta óptica es que cabe asistir con expectativa y emoción a escuchar una charla o una conferencia. Y por considerar que un colega puede enseñarnos algo es que se vuelve a retomar el rol de estudiante, con todo lo que implica de curiosidad y zozobra. Esta disposición de continuar aprendiendo es fundamental  para sacar el mayor provecho de determinado curso de formación.

Un tercer asunto es el de saber organizarse o planificar el tiempo. Digo esto porque el monstruo mayor de los maestros ‒aunque no únicamente de ellos‒ es la de ser devorados por la rutina, por el día a día con sus fauces de tiempo omniabarcante. Así que, si no hay organización en los horarios y las tareas cotidianas, lo más seguro es que no se cuente con tiempo para asistir al curso que nos interesa o a ese otro taller que podría servirnos para cualificar nuestra tarea docente. En algunos casos, no basta con esto sino que, además, hay que “luchar” con las directivas o los jefes inmediatos para hacerles ver la importancia del evento; que no es una pérdida de tiempo sino una genuina inversión en los estudiantes.

Ya en el teatro o en el sitio destinado para el encuentro, fuera de estar atentos, hay que disponer el espíritu o el intelecto de tal manera que en realidad se capte y aproveche lo que se va escuchando. Tomar apuntes, revisar la bibliografía recomendada, seguirle las huellas a ciertas pistas dadas por el conferencista, contribuye a que lo oído no termine en el impacto momentáneo o en una emoción sin resonancia en el tiempo. Entonces, lo mejor es darle a aquellas informaciones una aplicación en el aula o enriquecerlas adaptándolas al propio contexto de trabajo. Si lo escuchado no se valida, se contrasta o se somete al yunque de la cotidianidad docente, lo más seguro es que muera sin haber fecundado la esencia de enseñar y aprender.

Considero vital, en este mismo sentido, el diálogo posterior que se da con los colegas asistentes y con aquellos otros de la institución donde se labora. La charla informal, el compartir un texto entregado o la referencia a una estrategia o un recurso de enseñanza expuesto en el evento, todo ello, contribuye a que lo nuevo reverbere o se agarre mejor a nuestro pensamiento. Hablar con otros de lo escuchado, poner a circular una propuesta, hace que la información se transforme en genuina formación. Permite, en suma, que los datos externos se interioricen y hagan parte de nosotros.

Vuelvo al inicio. Me siento orgulloso de los maestros que sacan unas horas para sentarse otra vez a aprender con el gesto y la actitud de los auténticos estudiantes. Allí, en tal disposición, está una de las claves de mantener la calidad de la docencia y una bonita manera de continuar siendo vigentes o innovadores en la práctica educativa.

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