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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

El escribir y sus analogías

03 lunes Jun 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Ilustración de Rogelio Naranjo

Ilustración de Rogelio Naranjo

Cada escritor tiene su analogía personal para referirse o dar cuenta de su oficio. Algunos asocian ese quehacer con la composición musical o la composición pictórica; otros, lo relacionan con el proceder propio de los ingenieros que construyen puentes o los físicos que descifran una ecuación; también hay los que piensan que escribir es como una forma especial de embarazo, o como una ceremonia religiosa. En todo caso, la mayoría de los escritores consideran el escribir como una fiesta del intelecto, como un juego, como un acto de amor, como una labor artesanal o como un trabajo demiúrgico de gran envergadura.

Podríamos ir un poco más al fondo y desentrañar en varias de esas analogías su riqueza ilustrativa o su poder de sugerencia para aprender el oficio de escribir. Valga, entonces, explorar en algunas de ellas. De los escritores que piensan que escribir es semejante a cocinar podemos apropiar que la escritura necesita de unos preparativos o rituales (una hora precisa, realizar alguna caminata, hablar de lo que se quiere escribir); de unos útiles especiales que bien pueden ser determinado papel o un tipo particular de bolígrafo; de unos puntos de cocción, es decir, conocer cuál es el tiempo justo para concluir un escrito o cuándo necesita todavía mayor maduración; y de cierta estética formal para presentar el “plato-obra” a los “comensales-lectores”. De esos que asocian el escribir con la labor de los mineros, rescataríamos que al igual que estos últimos, el escritor debe profundizar e ir al fondo de sí mismo, para encontrar allí las piedras preciosas de lo significativo; y que hay que excavar profundo y fuerte para sacar a la luz algún texto-metal precioso o de buena calidad. Los escritores que miran la tarea del escribir como boxeando, nos ayudan a entender que el escribir requiere de unos asaltos preliminares antes de entrar de lleno a la pelea; que no podemos arrojarnos de una vez a escribir en la página en blanco, sino que debemos conocer primero al contrincante, llámese tema o argumento de una historia, para luego sí lanzarle los primeros golpes, las primeras líneas; y que lo importante es impactar al lector con un buen golpe de derecha al mentón, lo que viene siendo lo mismo que elegir un buen primer párrafo o un título contundente. Y de aquellos otros escritores que analogan el ejercicio de escribir con el surgimiento de un árbol, podemos aprender que escribir es un proceso en el que hay que tener en cuenta muchas cosas: la preparación de la tierra, que es lectura continua y estudio de otros escritores; el cuidado de las semillas, que se evidencia en las ideas que el escritor guarda en su cuaderno de notas o en su diario; y la desyerba del cultivo, esa faena inacabada de la corrección, de pasar una y otra vez a limpio las hojas emborronadas de tachones. Esta última analogía nos advierte que la escritura crece con lentitud, que su evolución es parecida al «segregar de las resinas».

Lo valioso de estas analogías es su poder de sugerencia: porque escribir sí es en algo semejante a hacer el pan, especialmente en ese aprender a amasar la materia prima de las palabras, hasta volverlas dúctiles y adecuadas para determinada forma lingüística; porque escribir en algo se parece a soñar: pues no siempre hay que orientarlo todo con nuestra voluntad o nuestra racionalidad, sino también saber abandonarse a las secretas maneras de trabajo propias del inconsciente o estar preparados para ser amanuenses fieles de fuerzas insospechadas. Tales analogías pueden ayudar al aprendiz de escritor a entrever diferentes situaciones o condiciones de dicho oficio: porque el que escribe en algo se parece al ave que incuba un huevo o a la bailarina que realiza su espectáculo de strip-tease; porque el que escribe, mucho se asemeja al inventor de artefactos alquímicos o al inquisitivo investigador que se desvela experimentando en busca de un descubrimiento.

 (De mi libro Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, pp. 594-596).

Mancillar la hoja en blanco

31 viernes May 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Ilustración de Marcin Bondarowicz

Ilustración del polaco Marcin Bondarowicz

Ya Eliseo Diego nos había dicho del terror de ese papel tendido ante nosotros, de ese abismo. La hoja en blanco. Semejante a una venus esperando las caricias de su amante. Total invitación y absoluto desdén. Atracción que nos invita a poner  nuestra escritura en su piel; desprecio, por la torpeza de nuestras inexpertas palabras. Desnudez que nos enceguece, divinidad que no podemos mirar de frente. Sin embargo, algo aprendimos de Tiresias.

Se trata de comenzar por cualquier lado, de emborronar esas cuartillas, de mancillarlas. Hay que tener cierta actitud de “violador” cuando nos encontramos con la seductora página en blanco. Se trata de no huir de sus hechizos, de aceptarlos como Ulises recibió los filtros de Circe. Puede que la mejor manera sea destrozando sus vestidos con algún dibujo o algunas frases sueltas. No importa. Se trata de perder el miedo, de pasar ese vado, de tener el suficiente vigor para tocarle algunos de sus miembros. Así era como trataba a la hoja en blanco Juan Rulfo: se ponía a escribir y a escribir, en su máquina, hasta que de pronto, de entre ese reguero de letras emergía la sonrisa o el gesto delicado de algún cuento. Tenía que ir hasta el fondo de aquel abismo –porque la página en blanco, a pesar de no tener aparentemente sino dos dimensiones, en verdad tiene tres: la página en blanco tiene fondo–, zambullirse, fondear, bucear en esas aguas blanquísimas, y traer a la superficie una frase, algunas líneas, algún tesoro. 

En mi caso, a veces me gusta empezar ese diálogo con el papel mediante un dibujo. El dibujo es más hábil que yo para establecer relaciones; debe ser porque es más espontáneo, más juguetón. Además, el dibujo puede llegar a ser irresponsable; hay un rasgo de abstracción que sólo él puede permitirse. Bueno, eso hago a veces. Otras, me lanzo como un kamikase a escribir la primera línea; aunque reconozco que este bombardeo no es azaroso; ha sido pacientemente planeado, meditado. Ya con esa primera línea, con ese primer boquete en la hoja en blanco, puedo seguir rompiendo con otras palabras, un tanto más abajo o hacia los lados de su cuerpo. Empiezo a horadar la página, a dinamitarle su celeste y virginal forma. No digo con esto que ya el trabajo escritural quede listo; apenas insinúo que para empezar a escribir hay que atreverse a mancillar la hoja en blanco. Detrás de toda esa pureza, lo que en verdad espera la hoja en blanco es que el escritor se le arroje encima con la pasión propia de los raptores o los sátiros.

Otra estrategia que también yo practico –aunque he leído que es empleada por muchos escritores de oficio– es manchar la hoja con algunas líneas y dejarla abandonada por algún tiempo. Luego, en esas esporádicas revisiones de papeles, volver a retomarla, para así –con la perspectiva del tiempo–, poder completarla, afinarla o cambiarle radicalmente su fisonomía. Yo diría que esta actitud con la página en blanco es muy donjuanesca. Si la página en blanco nos seduce, la mejor manera de estar con ella, es acercándosele un tiempo, flirteando con ella, llenándola de halagos, para luego, abandonarla. Ignorarla por un tiempo. No sobra recordar que grandes obras de escritura se compusieron así. Sometiéndolas a la prueba aparente del olvido, prodigándoles añejamiento. Escritura curada, deberíamos llamarla.

Algunos escritores, pienso ahora en García Márquez, prefieren enfrentar la hoja en blanco con otros artificios. Empiezan a escribir y si no les gusta lo que han hecho, botan esa hoja y comienzan otra. La primera hoja va al cesto de la basura. O se rompe. Es una actitud más radical, más definitiva con el papel. Una relación como la de El último Tango en Paris. Nada de pasado, nada de memoria; lo válido es el encuentro. Y si se da, si fluye, pues nace la relación; caso contrario, lo que existe es la ruptura total. Insisto en este punto: el escritor va buscando en cada hoja algo particular, una característica que le posibilite poner en comunión su adentro con un afuera. Pica aquí y allá; ésta no, aquélla tampoco. Vuelve a insistir con la misma entrada pero cambiando de papel; cambia la sintaxis pero mantiene la misma idea; más hojas, más hojas. Las páginas en blanco se sienten horrorizadas ante este tipo de tratamiento, se sienten mujeres de harem. Hasta que, una de ellas, logra ser la elegida para que aflore definitivamente la escritura: Scherezada gestora de mundos.

Página en blanco. Cielo vastísimo del escritor. Mar de nieve… Invisible escenario del que escribe, en donde –a pesar de los extensos y repetidos ensayos– siempre debutan las manchas de tinta.

 (De mi libro Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, 2008, pp. 550-553).

La poesía y el poema en sus fronteras

26 domingo May 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Escalera y nube

«Lo poético es poesía en estado amorfo; el poema es creación, poesía erguida».

Octavio Paz

Es un hecho que la poesía, lo que llamamos poesía, no le pertenece sólo a los poetas. A la par que los nutre, los desborda. La poesía es una fuerza, un estado, una situación; el poema, una concreción de la escritura, una forma hecha con palabras. Una y otro se retroalimentan, comparten sus secretos, pero cada quien defiende sus fronteras y su campo de gravedad.

Miremos con algún detalle a la poesía. Si la consideramos en su origen etimológico, está asociada a la creación, al producir, al elaborar o gestar alguna cosa. La poesía, por lo mismo, es inherente a todas las manifestaciones donde el ser humano crea algo, construye o asume el papel genesíaco de la naturaleza. Hay poesía, en este sentido, en el artesano que saca de la madera una forma oculta, en el pintor que plasma un paisaje en un lienzo o en el bailarín que con su cuerpo pone en escena un mundo imaginario. También hay poesía en ciertas obras arquitectónicas o de ingeniería porque son ejemplos supremos de creatividad, de cabal engendramiento. Y, por extensión, también hay poesía en el nacimiento de una nueva vida, en el florecer de una semilla, en los actos humanos de absoluta entrega o abnegación y en variadas manifestaciones de la naturaleza, especialmente aquellas en que el universo se recrea a sí mismo. La poesía, así entendida, rebasa el campo de las palabras para recalcar aquellas obras o acontecimientos que logran interpelar nuestra sensibilidad.

Me gusta pensar que la poesía, desde otra perspectiva, se da cuando confluyen lo infinito y lo finito. Eso que otros llaman, lo sublime. Hay algo sobrecogedor cuando se presenta ese encuentro: un hombre solo frente al mar, la llanura o el árido desierto; alguien contemplando el cielo estrellado… En todos esos casos, la poesía es la emoción de ver en el mismo espacio y en el mismo tiempo, realidades o seres que por su misma condición son lo más contrario, lo más opuesto: ahí está la pequeñez del hombre, su diminuta figura, de cara a la inmensidad del universo o la vastedad del mar. La poesía es una sensación de pequeña grandeza, de limitada inmensidad. Son los sumos contrastes, la amalgama de realidades bien opuestas, las que pueden provocar en algunos espíritus está sensación de ser dios y hormiga al mismo tiempo. Los que han subido a la pirámide del sol en Teotihuacán, sabrán de qué estoy hablando. O esas otras sensaciones, cuando los amantes llegan el éxtasis: el arrobamiento erótico es sublime, es altamente poético, porque por unos segundos el límite se besa con la eternidad. O, si prefiere, el culmen de la vida se encuentra frente a frente con la muerte. ¿No llaman los amantes a esa cúspide, la pequeña muerte? La poesía, en esta segunda mirada, proviene de un rasgo de nuestra condición humana: el de ser seres hechos de tiempo y de memoria; el de sabernos finitos pero al mismo tiempo capacitados para fantasear e imaginar lo ilimitado.   

Ahora detengámonos en el poema. En él o con él, como si fuera una cesta de entomólogo, se busca capturar la evanescente poesía. Cada palabra elegida por el poeta aspira a agarrar la sensación magnífica, el sentimiento desbordado, la pasión abrasadora, la nostalgia que hace doler el vientre, la alegría que entra como nuevo aire a los pulmones…Todo eso lo captura el poeta con sus versos. El poema vive una situación paradójica: la poesía es la que lo hiere, la que toca su rabo estelar; la poesía es la que anima al poeta a atraparla, a tenderla complaciente sobre la hoja en blanco; pero la poesía también es lo que huye, la que se niega a ser encarcelada por el poeta y prefiere los ojos y las manos del lector. Y el lector de poemas, una vez vive la experiencia estética de la poesía, una vez ha hecho catarsis en su corazón, ve cómo la poesía se pierde o disuelve en el rayo de sol mañanero o se confunde con las primeras gotas de lluvia que caen como pequeños meteoros sobre la árida tierra de los caminos. El poema que es un fin en la mente del poeta, para la poesía es un medio, un puente a través del cual sigue su existir errabundo.

Agreguemos que el ritmo, la métrica, son astucias del poema para atrapar el viento que, como la poesía, es invisible. Las cadencias que el poeta usa son trampas de caza para agarrar la presa salvaje de la poesía. El ritmo, la búsqueda del ritmo, ayuda enormemente a los poetas a dialogar con la poesía. Aquí debemos decir, de una vez, que la música es la más cercana amiga de la poesía, porque no tiene referentes directos con el mundo que conocemos; porque los sonidos, agudos o graves, cortos o expandidos, se asemejan más al ritmo de nuestro corazón, al ritmo de la vida. El poeta, al saber esas cosas, sopesa sus palabras, las mide con el oído, las combina en su partitura, para dejar en ellas algunas huellas de la huidiza poesía. Y por eso también, mide cada uno de sus versos: heptasílabos, endecasílabos, alejandrinos, verso libre, encabalgamientos; porque sabe que en esas cesuras, en esos compases, la poesía es más fácil de convencer, más benigna a escuchar la voz de quien la llama. El ritmo es, en verdad, un recurso de las silentes palabras para atrapar el canto armonioso de la poesía.

Y por eso también existen formas poéticas: el soneto, el cuarteto, la canción… Cada una de esas formas son útiles diversos para el cazador. No sobra decir que la poesía no tiene una única forma; se transmuta permanentemente. Tiene el don de la metamorfosis y el mimetismo. Dado esto, el poeta sabe que necesita más de una herramienta, diferentes artes de pesca: la pasiva nasa, para cuando los peces de la poesía habitan en aguas profundas; la activa atarraya, para esa poesía que va por la superficie de las aguas, saltando como peces de subienda… Y, por supuesto, también está la cimbreante caña de pescar, con cebos naturales o sintéticos. Cada una de esas formas empleadas por el poeta, no hay que perderlo de vista, nace de una necesidad interior: por momentos la poesía viene solitaria y, otras veces, se mueve como un cardumen, y hay que pescarla de otra manera. Por eso es un error, a no ser que sea como ejercitación o aprendizaje del oficio, el querer imponerle a la irrupción de la poesía una forma predeterminada. Más bien es lo contrario: el poeta tiene que adaptar qué útil se ajusta mejor al cuerpo de la multiforme poesía. Esto es tan definitivo que algunos poetas han dejado pasar la poesía por emplear un artilugio inapropiado o por quererla meter violentamente en una camisa de fuerza. Los poetas experimentados saben que las formas utilizadas por los pescadores dependen de la variedad de peces y del caudal o la fuerza de las aguas.

Intentemos un epílogo a estas reflexiones: la poesía es un bien común, una riqueza asequible dependiendo de la sensibilidad y la capacidad de asombro de los seres humanos; el poema es una manera de apreciar en concreto la poesía, una evidencia de su emerger silencioso. La poesía espolea al poeta; el poema son las bridas que el poeta le pone a la poesía. La poesía es el caballo desbocado; el poema, el jinete que intenta dominarlo.  

El poema: testimonio de una felicidad perdida

23 jueves May 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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"Orfeo y Eurídice" del pintor inglés George Frederick Watts

«Orfeo y Eurídice» del pintor inglés George Frederick Watts

“El poema es el amor realizado del deseo que permanece como deseo”

                                                                                            René Char

La afirmación de René Char, que tanto le fascinaba a Olga Orozco, merece una lectura atenta, no sólo porque es una declaración del sentido profundo de la tarea del poeta, sino por otra razón: la de hacer evidente la lucha circundante o siempre aproximativa con las palabras.

Para empezar, la proposición de Char deja en claro que el hacer del poeta es siempre inacabado, que no alcanza a satisfacerse completamente, aunque eso no implique una derrota o una frustración dolorosa. Más bien se trata de una especie de goce especial, de un deseo cumplido aunque no terminado. Igual que en el juego amoroso en donde cada encuentro cierra y abre de nuevo la herida del deseo. 

Creo que en este momento puede ser útil hacer una distinción relacionada con el deseo: me refiero a la habida entre placer y goce. El placer, tan cercano a los órganos, a lo inmediato; el goce, hijo de la imaginación y fiel devoto de la mediatez. Uno y otro se necesitan, se retroalimentan y entran como en un juego de relevos. El goce insta al placer, lo fustiga con sus demandas oníricas y fantasiosas; el placer recibe ese reclamo pero no puede sino atenderlo con su piel finita, sus fluidos y sus ansias de corto vuelo. Y he aquí lo interesante: buscamos saciar el goce a través del placer, pero, al saciarlo, no agotamos el goce. Por eso retornamos al placer, con la esperanza de, alguna vez, satisfacer o tener la siempre huidiza forma del goce.

Bien podríamos, con el párrafo anterior de referente, analogar el trabajo del poeta con la poesía. En este caso, la poesía es el goce esperado, lo que se ansía tener o conquistar a plenitud; el poema, siguiendo el ejemplo, sería el placer: aquello que nos sirve de medio o embarcación para arribar a tan preciada meta. Y cada viaje, cada recorrido, cada intento resultaría siempre incompleto porque, lo que parecía tierra firme o puerto seguro, después de conquistarlo, se torna de nuevo punto de ida y no tranquilo espacio de llegada. El poeta es un errante navegador con sus palabras. 

Claro. Esto se debe a que las mismas palabras, el lugar placentero del poeta, son insuficientes o no alcanzan a decir todo lo que el poeta anhela, intuye o imagina. Hay siempre algo que no pueden desvelar; un misterio imposible de traspasar o comprender; una zona abisal donde no sirve su luz. Aunque, y eso hay que resaltarlo, al poeta lo que le importa es el viaje en sí mismo, la odisea de aproximarse, de ir a la deriva en búsqueda de esa Ítaca. Sabe, de alguna forma, que su goce, ese ideal de hallar las palabras precisas, únicas, fundantes (las palabras de un dios) dejan apenas un perfume cuando el poeta las entrevé en el horizonte. Más no es una labor de infelicidad. El placer de escribir lo colma, lo deja satisfecho. Al menos por un tiempo. Porque el poeta conoce esa sed oculta, la brasa que arde en el carbón extinto, el recuerdo que aguijonea la memoria.

El deseo siempre permanece porque no está hecho de carne sino de imaginación. El placer brilla, resplandece, como las estrellas a punto de consumirse. El deseo es una ausencia absoluta; una carencia suprema; el placer es la certeza fugaz de una presencia, la inasible alegría de lo que huye. El poeta no puede colmar su propósito sino entregándose al placer de las palabras; el poeta no cuenta sino con esas manos y esos brazos para hacerlo; el poema, por más que seduce y seduce a la poesía, apenas la roza, sólo alcanza a acariciarla en su fulgor o en su levedad de pies alados. Eso parece ser lo que de fondo nos quiere compartir René Char: el poema es el testimonio de una felicidad perdida, la satisfacción de un goce ilimitado.

Cerremos estas reflexiones con otra analogía: así como los cuartos, los lechos y las sábanas guardan en sus rincones y en sus ajadas formas, el testimonio de placeres consumados; de igual manera el poema, señala en cada línea, en cada verso, la prueba de sus conquistas con lo innombrable. El placer como el poema son cenizas de un fuego inacabado. Perenne incandescencia. 

Una bebida para saborear muy lentamente

17 viernes May 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Verso

La poesía no es un producto de consumo masivo. No es una mercancía promocionada como un bien de primera necesidad –aunque debería serlo–. Los tirajes de esos libros, con muy contadas excepciones, son reducidos. De igual modo, las editoriales especializadas en publicar poesía no son muchas. Sin embargo, el poeta aspira encontrar un lector dispuesto a tomarse un tiempo para conversar tranquilamente con sus versos; un lector atento a las imágenes sutiles y a los ocultos mensajes dispuestos en esa pirámide de signos que es todo poema. Y que también tenga un excelente oído para escuchar el palpitar de una armonía, la modulación de la vida repartida línea a línea en una forma de palabras. En suma, lectores apasionados por la magia de las palabras y su ritmo.

Profundicemos en lo dicho. Los versos hay que catarlos, oler sus imágenes, degustar su estructura, saborear su cadencia o su ritmo. No es recomendable apurarlos de una vez; se puede perder lo mejor de su sabor y su color. Y como pasa con algunos vinos, hay ciertos poetas que merecen, una vez leídos algunos de sus poemas, dejarlos reposar en nuestra mente. Lo que quiero decir es que la poesía –la palabra de la poesía– es una bebida para saborear muy lentamente, ojalá en silencio o con una buena música que no interrumpa este ritual de libar copa a copa, verso a verso, un buen vino elaborado artesanalmente por las manos de los cultivadores de las palabras.

No se trata, por lo mismo, de agotar en orden todo un libro, o de leerlo como si fuera una lección escolar. El libro de poesía, a diferencia de otros textos, permite diferentes entradas, tiene intersticios por los que puede colarse la curiosidad del lector. Hay una lúdica que guía el ojo del apasionado de la poesía: primero, mira allí, lee uno; luego pasa las hojas, leyendo las primeras líneas de otros; después, va hacia la parte final del libro y se detiene en un poema, cuyo título le llamó poderosamente la atención. Termina de leer la primera estrofa y salta otra vez hacia el inicio. Ahora se detiene en un poema, pequeñísimo, que lee varias veces… En el lector de poesía se combinan la mirada del ave y la parsimonia de la tortuga; el gesto de la liebre que salta curioseando y el ritmo del caracol, devoto de su propia lentitud.

El poema exige, pide releerse. A diferencia de otros géneros o tipos de escritura, el poema no se capta en plenitud de una sola pasada. Sus significados brotan en la medida en que toquemos de nuevo cada una de las palabras o cuando unimos los versos  que parecen –en la poesía contemporánea– ya no bastarles el asiento de una sola línea. La relectura, hay que insistir en ello, es un acto de profundizar en el sentido, de perforar o abrir las capas internas de un texto para apreciar mejor las semillas que esconde. Y a los poetas les gusta envolver con metáforas, cubrir de imágenes sus secretos. El poema pide como los enamorados o ciertos enfermos solitarios la fidelidad del lector para volver a visitarlos.

Estoy convencido también de otra cosa: el lector de poesía debe encontrar sus poemas o su poeta. Una voz que armonice con su espíritu o con la cual pueda establecer algún vínculo íntimo. Esto puede durar muchos años. Se lee y se lee poesía hasta que un día, a veces por azar, se da con un poema que hace vibrar nuestra alma o conmueve nuestro pensamiento. Y sentimos la necesidad de buscar otros poemas de este autor, saber de su vida, adentrarnos en su mundo de palabras. Con ese poeta se inicia, entonces, una relación que es para toda la vida, así no lo leamos todos los días. La poesía de ese autor se convierte en parte de nuestra conciencia, sirve de guía, de solaz, de estímulo cuando las cosas no van por buen camino. Los poetas que descubrimos y hacemos parte nuestra son, en verdad, amores eternos.

Por supuesto, a lo largo de nuestra existencia vamos hallando otras voces poéticas capaces de interpelarnos o de tocar nuestro espíritu. Nuevas preocupaciones, diferentes preguntas, traen consigo también a otros poetas. Lo extraño es que esas nuevas voces no condenan al olvido a las anteriores. El buen lector de poesía no cambia unos versos por otros, no va desechando lo antiguo por lo nuevo. Puede suceder que al Neruda de su juventud sume el Yeats de su adultez. Es posible, también, que el libro de Los Heraldos negros de Vallejo –el que llevaba a todas partes cuando era un estudiante universitario– comparta un sitio ahora en la biblioteca con el nuevo libro El alfabeto del mundo de Eugenio Montejo, un amigo reciente del camino, cercano a la sensibilidad de alguien que ya tiene más de cincuenta años. No es cuestión de hallar el mejor poeta, sino de dar con esos autores que tengan resonancia en nuestro corazón o que interpreten de mejor manera la partitura cambiante de nuestra vida. Tal vez la causa de que a algunas personas no les guste la poesía es que no han encontrado aún esa voz hermana, esa alma gemela oculta en unos versos.

Es de anotar que el encuentro con ese poeta o con algunos de sus versos puede provenir no de las propias búsquedas sino de un iniciador que los puso en nuestro camino. Esto sí que es fundamental, cuando se trata de la poesía. Si se quiere aprender a estimarla, es decisivo tener promotores o inspiradores apasionados. Personas que, como participantes de un ritual órfico, nos logren entregar parte de los secretos del canto escrito. Esos iniciadores pueden estar ocultos en un humilde maestro, en los brazos de alguien que amamos o –y eso es lo más común– en las manos fraternas de un amigo. Son ellos los que nos animan a leer un poema, a explorar en un autor o un libro específico. Puede que esa fascinación provenga de que siempre andan citando a un poeta, porque nos sorprenda la explicación que nos dan del significado profundo de unos versos o porque, al escucharlos, por la modulación de su voz, por su arrobamiento, nos inciten de tal manera que lleguen a cautivarnos hasta la emulación. Sea como fuere, para ser un buen lector de poesía tenemos que pasar por la etapa de novicios. Alguna vez, al menos, necesitaremos la compañía y el consejo de un iniciador adepto al canto sublime de las musas.

Pongamos punto final con una reflexión: la prisa de nuestra época y el cultivo de la frivolidad parecen oponerse a que existan lectores de poesía; la cifrada manera de usar un lenguaje y la poca divulgación de los libros de poemas puede ser otro motivo para considerar a la poesía un gusto de minorías, un alimento escaso y difícil de consumir. Pero a pesar de todos esos signos negativos o poco favorables lo cierto es que hay lectores de poesía. Personas consagradas, gozosamente, a paladear esencias cotidianas, escuchar las voces aladas de los sueños o extasiarse con el rumor de delicadas verdades.

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