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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: LECTURA

La bella y la espina

18 lunes Feb 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Alegorías, Del diario, LECTURA

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Apreciación de fotografías, La belleza

George Holz

«Mujer, jardín de agave, tequila, México», fotografía de George Holz, 1996.

“Con cuidado, con mucho cuidado”, advirtió la espina a la belleza. Pero ella, confiada en su hermosura, continuó caminando entre el cultivo de ramas amenazantes. La espina trató, por todos los medios, de evitar herirle sus brazos o sus piernas. Con sus fuerzas naturales, apartó una de sus agudas hojas para no tocar el vientre de la bella. Tuvo que luchar contra su propia constitución para no pinchar las rodillas de la hermosa que parecía ignorar el campo de púas a lado y lado de su cuerpo. La bella se amparaba en su pudor resplandeciente y en sus formas inmaculadas. “Permiso”, parecía musitar, como haciendo hablar a sus pies en lugar de su boca. “Disculpe”, volvió a susurrar, mientras apartaba con sus manos las puntas espinosas. Pero aquellas palabras parecían más el lenguaje del viento que, al contacto con su largo cabello, se volvía una cascada oscura de fascinación. La espina quiso ser enredadera, bejuco prensil para detener a la belleza. Después de apreciarla venir de frente, de maravillarse con el cuerpo, con los soberbios pechos y las recónditas sombras de esa figura, quiso retener para siempre aquella estampa; pero las huellas de un nuevo paso le advirtió que la belleza seguía de largo su camino. La espina la contempló entonces de espalda, se extasió con sus caderas y sus muslos interminables, y no supo si en ese momento debía echar mano de los pinchazos contenidos para que ella, la belleza transeúnte, se detuviera. “Mírame”, gritó la espina. “Aquí, aquí”, exclamó con sus ojos verdes y gelatinosos. No obstante aquel llamado, la belleza siguió de largo, ensimismada en sus pisadas de ángel, en su recorrido libre y silencioso. La espina pensó que la hermosura suprema es sorda, que no puede escuchar la voz de los que sufren por su cuerpo asesino, y que el único sentido apto para llegar a ella es la vista. Porque el tacto, el tacto que parece lo más inmediato, resultaría una agresión, una incisión feísima en tan esplendoroso paisaje de piel. “Adiós”, gritó la espina, al ver que la belleza se alejaba de sus dominios. “Cuídate”, volvió a exclamar. Pero no hubo respuesta. La hermosura ya estaba llegando al final del cultivo, a los límites de ese jardín de aguijones. El viento, que había sido testigo de aquel drama, se encargó de recordarle a la espina la aparición de esa belleza fugaz. Y al soplar en vaivén sobre la espina, al hacerla temblar con su fuerza invisible, le daba la alegría de rememorar la figura de esa diosa, pero, a la vez, el sufrimiento de tener clavado su recuerdo punzándole permanentemente el corazón.

Un foro sobre lectura crítica

12 lunes Nov 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario, LECTURA

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Foros, Lectura crítica

Afiche Foro XX

Como reflejos o ecos del reciente Foro Pedagógico (el vigésimo) organizado por la Maestría en Docencia de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de la Salle, y cuyo tema central fue “la lectura crítica y sus estrategias”, he anotado en mi diario los siguientes apuntes:

1. La necesidad imperiosa, especialmente en un mundo hipermediatizado, de alfabetizarnos en la lectura de estas tecnologías. De no ser consumidores pasivos de información, sino activos lectores de las mismas. Tal alfabetización comprende tanto el conocimiento de las especificidades técnicas y del lenguaje particular de cada medio, como avizorar y estar alertas de las implicaciones éticas y políticas de los mensajes emitidos por ellos.

2. Subrayar el hecho de que la lectura crítica es una toma de distancia, un poner entre paréntesis lo que leemos, escuchamos o percibimos en los diversos medios masivos de información. La toma de distancia es un antídoto contra la ingenuidad, el conformismo o la desidia intelectual; es de igual modo una forma de defensa ante la uniformidad ideológica, los engaños seductores del consumo y las falacias de los que abusan del poder. Esto, por supuesto, entraña cierta dificultad: ser un lector crítico es tener la capacidad para autocuestionarse, para decir lo que no es “políticamente correcto” o tener el valor para denunciar lo que a todas luces es una arbitrariedad, una injusticia, una farsa o una flagrante inmoralidad.

3. Tener presente que la formación de lectores críticos es una tarea fundamental de la escuela y de la familia. Hablar y discutir sobre los mensajes que circulan, disponer de estrategias para descomponer y analizar lo que ellos dicen, conversar y debatir en el aula, en la mesa, todo ello debería ser un objetivo de primer orden para cualquier tipo de formadores. Si no se fomenta el ojo avizor, la duda, la disposición hacia la pregunta, el análisis, las nuevas generaciones serán fácilmente manipulables, profundamente fanáticas y con mínimas bases de autonomía.

4. Entender que la lectura crítica es siempre por lo menos el cotejo o la relación de dos aspectos, dos realidades, dos entidades, dos posturas, dos cosmovisiones. Por ejemplo: entre las partes y el todo, entre el texto y el contexto, entre lo dicho y lo oculto, entre el sentido literal y los sentidos latentes, entre las lógicas racionales de la vigilia y esas otras irracionales del sueño. Por eso, los lectores críticos tejen, entrelazan, combinan, comparan significados. Y por eso, también, elaboran cuadros históricos, esquemas comprensivos, campos semánticos, cuadros categoriales. El lector crítico manipula los mensajes como si fuera un relojero de la cultura: desarma y reconstruye, desmonta y recompone, analiza para explicarse y comprende hallando sentidos.

5. El lector crítico, aunque puede tomar cualquier unidad cultural como estudio, su foco de acción más fuerte está en la vida cotidiana. Porque en el día a día, en las rutinas y los quehaceres habituales, es que vamos perdiendo la previsión ideológica, el cuidado ético y la perspicacia para leer el entorno. De allí que las herramientas de la semiótica sean tan valiosas para un lector crítico: esta disciplina fue la clave para aprender a sospechar del entorno, para descubrir cómo operan las ideologías, cómo se imbrican los significantes con los significados. En un aviso publicitario, en la manera de saludar o de vestir, en el modo como interactúa o en la preferencia por un gusto, en todas esas cosas, siempre están los signos presentes. La semiótica los puso al descubierto, y por eso es una herramienta tan útil para los lectores críticos. Cuando las acciones se van tornando inadvertidas los lectores críticos aparecen para provocar un despertar en nuestra conciencia.

6. La formación en la lectura crítica presupone el desarrollo de procesos de pensamiento como la comparación, la inferencia, la disociación, la argumentación, la evaluación de hipótesis, la identificación de falacias, y otras estrategias metacognitivas que ayuden a dar cuenta de cómo pensamos lo que pensamos. Para que esto sea posible, en la escuela o la familia, es prioritario pasar de una enseñanza centrada en temas a una educación articulada desde problemas, en la que la pregunta sea el lubricante esencial del aprendizaje. De igual modo, serán fundamentales las didácticas que favorezcan el diálogo, la discusión, los conversatorios, el panel, el debate. Es muy difícil formar en la lectura crítica si no enseñamos desde los primeros años a analizar lo que otros dicen y aprender a defender argumentadamente las propias opiniones.

7. Aunque parezca obvio, una opción por la lectura crítica es una apuesta por la reflexión permanente. Pero una reflexión fundamentada en un método. Es decir, una guía de pasos o de operaciones analíticas que, además de ser rigurosas, comportan una lógica, una coherencia interna. Quien hace lectura crítica de hondo calado logra sistematizar sus intuiciones, darle densidad a sus sospechas y ofrecer validez a sus conclusiones. Acá es oportuno decir que el papel de la investigación, especialmente la que se promueve en las universidades, es vital para desarrollar modelos y maneras de hacer lectura crítica consistente. Las instituciones universitarias no pueden estar por fuera de la comprensión de la sociedad que tenemos; deben proponer marcos de estudio para responder críticamente al mundo establecido y, en esa misma medida, diseñar estrategias para transformarlo.

8. Detrás de propiciar lectores críticos, como le pensara Paulo Freire, está una opción política. Es decir, la intención de formar ciudadanos capaces de convivir y defender los principios democráticos. Si se es lector crítico, más fuerte será la comprensión de los vínculos sociales, y más genuino el deseo de participar en la dinámica de la sociedad. Los lectores críticos, desde esta perspectiva, son actores sociales comprometidos, activistas defensores de la civilidad y los derechos de las minorías. De igual modo, se sienten corresponsables del futuro de su territorio o del país en que viven. Un lector crítico “toma partido”, “asume una posición”, “lucha por unos ideales”, lo movilizan ciertas utopías.

9. A la frivolidad y la velocidad del mundo hipermediatizado, o a la irresponsable inmediatez del twitter y las redes sociales, la lectura crítica aboga por la “pausas activa” del análisis, por los filtros, por la contrastación de fuentes y por una indagación meditada sobre la circulación de las creencias y la opinión pública. El lector crítico pone un freno a la avalancha de información para sopesar, aquilatar, contrastar y no quedarse con lo que “todo el mundo dice” o lo que está de moda. La lectura crítica fomenta, por lo mismo, la relectura, el cambio de perspectiva, la rumia de los mensajes.

10. Asumir un compromiso con la lectura crítica, bien sea a nivel individual o con alcances más amplios, es una de las metas educativas impostergables de este tiempo y los años venideros. Yuval Nohan Harari la considera una de las lecciones para el siglo XXI: “¿Qué tendríamos que enseñar?”, se pregunta el historiador, y él mismo se responde echando mano de pedagogos expertos: “tendríamos que enseñar las cuatro ‘ces’: pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad”. Como se intuye, en un mundo cada vez más saturado de información diversa, en una sociedad altamente proclive al espectáculo, más necesarias serán las habilidades de discriminación, de juicio, de distinción y clarificación, de alternativas para salvaguardar la intimidad y defender lo divergente.

Entrevista a La Lectura

20 sábado Ene 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Diálogos, LECTURA

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Georgy Kurasov.

«Mujer leyendo con naranja», pintura del ruso Georgy Kurasov.

Encontré a La Lectura envolviendo regalos, en una de las librerías al norte de Bogotá. Me aceptó esta entrevista contagiada quizá por el espíritu navideño que, según ella, tanto la beneficiaba. Hacia el mediodía compartimos un capuchino en una cafetería situada en el patio interior de la librería. De manera afable contestó a mis interrogantes. Aunque sigue siendo joven, es una mujer madura; su vestuario es más clásico que moderno, usa zapatos de tacón mediano que combinan muy bien con una pañoleta de seda china. La montura de sus lentes tiene visos dorados.

—Una primera pregunta, apenas obvia por lo que estamos viendo en estos tiempos, ¿cree usted que se está leyendo menos que hace unos siglos?

—Es posible. Hay una pereza y una apatía por leer en buena parte de las nuevas generaciones que ha mermado el interés por mis servicios. Usted sabe que no soy fácil para ofrecer mis favores; quien me requiere necesita concentración, paciencia y un interés continuado.

­—¿Las nuevas tecnologías la han desplazado?

—Un poco, si se refiere a acceder a mí en el formato libro. Pero las gentes me siguen utilizando en otros medios y soportes; bien parece que aún no hay alguien que me substituya cabalmente. Pienso que estas nuevas tecnologías me han convertido en algo muy operativo, muy pragmático. Cuánto extraño a esas personas que me dedicaban su tiempo con total devoción. ¡Qué dicha era tener tantos adoradores de tiempo completo!

—¿No habrá influido la familia? Es evidente que padres y madres no leen frente a sus hijos por andar engolosinados con la televisión.

—Sí. Esa es una buena razón. Son contados los hogares en los que mi presencia sea central para la crianza o como parte de un proceso formativo. Lo común es que no logre encarnar en hábitos ni que me consideren un artículo de primera necesidad.

—¿Y la escuela?

—La escuela ha sido mi aliada, mi gran defensora, mi más querido benefactor durante siglos. ¡Qué sería de mí sin las aulas, sin el apoyo incondicional de los maestros y maestras! Yo me siento a gusto allí.  Los escenarios educativos son un lugar propicio para desplegar mis alas; son un vivero, un hábitat ideal para que echen raíces mis posibilidades, mis riquísimos frutos. Yo les debo tanto a los maestros, ellos son los que me recomiendan, los que me sacan de anaqueles claustrofóbicos o de vetustas bibliotecas. Por ellos permanezco en la memoria de los más pequeños y a pesar de la desidia de los estudiantes tengo un encuentro, así sea intermitente, con ellos.

—Noto que son las generaciones mayores las que más velan por su continuidad.

—No crea. Hay unos cuantos jóvenes que me buscan con asiduidad. La curiosidad y el placer son un buen aliciente para no abandonarme. A veces creo que mi adeptos y seguidores con seres excepcionales o no tan comunes. Más bien son espíritus sensibles, inquietos, preocupados por el sentido del mundo y de la vida. Claro, también están los que anhelan poblar su ocio de aventuras o de fantásticas situaciones para escapar de un mundo cada vez más repetitivo y desesperanzador.

—A propósito de esto, ¿qué consejos le daría usted a alguien que a pesar de intentarlo, se priva de conocer sus favores?

—Le diría que halle su “nicho” de interés, que encuentre un tema, un motivo que lo inquiete y, desde allí, que se anime a buscar un libro, una revista, un sitio en internet que esté conectado con dicha zona de su gusto. Hecho esto, que por mera curiosidad visite una librería, que se deje incitar por ese ambiente. Y que en medio de todas esas voces mudas, indague por algún texto relacionado con su tema. Que lo compre y lo lleve a su casa como una provocación. Después viene lo difícil: que lo empiece a leer y logre terminarlo. Para ello le aconsejaría que no intente llegar al final de una vez; que vaya por partes, dosificando, luchando con el sueño y con la televisión. Es más: que se desconecte de ese aparato unos minutos y los trueque por mi compañía. Le diría, además, que hable con los amigos y amigas de aquello que va encontrando durante nuestras citas silenciosas.

—Parece retadora la invitación…

—Yo ofrezco manjares que merece la pena conocerlos. Aunque pueda parecer al inicio un tanto exigente, pertenezco a las abanderadas y defensoras de que lo demasiado fácil empobrece el espíritu.

—Por qué no nos comparte algunos de sus más grandes beneficios…

—Lo intentaré, aunque debo confesarle que no es fácil hablar de mí con tanta vanidad. No obstante, enumero seis de los que parecen mis mejores atributos: Primero: soy la posibilidad para que las personas vayan del pasado al futuro sin moverse de su casa. Mi piel es un infinito mar o un camino interminable. Segundo: soy un alimento para desarrollar la imaginación y, según sé, contribuyo a que la vejez no deteriore tan fácilmente el cerebro de las personas. Mis fluidos mantienen viva la red eléctrica de los cerebros humanos. Tercero: soy una compañía especial para las almas solitarias, para los amantes de la interioridad, para los que los atenaza la enfermedad o están constreñidos por muros inexpugnables. Presto mis brazos o mis ojos o mis manos para que el esclavo tenga alas, para que el solitario se sienta acompañado y para que el abandonado recupere la atención necesaria para sobrevivir. Cuarto: soy una magnífica cómplice de sentimientos, de pasiones, de proyectos y sueños. Me encanta contribuir para que los labios se junten, las promesas tomen cuerpo y los afectos hallen la palabra justa para convertirse en confesión o testimonio. Me gusta ser la celestina de los vínculos entre las personas. Quinto: soy una moneda valiosa para el diálogo entre los seres humanos. Por momentos sirvo para el trueque de asuntos cotidianos y, en otras ocasiones, soy en sí misma motivo de encuentros, charlas, tertulias y pláticas… Por eso tengo gran afecto por el vino, la bohemia, por los cafés y los sitios reservados. Sexto: soy, además, maestra silenciosa. Enseño, guío, muestro cosas y asuntos tan variados como complejos. Por mi sangre corre el deseo genuino de educar, y me llena de absoluta alegría ver cómo el ignorante se hace un poco menos rudo y el más necio adquiere para sí un poco de sabiduría.

—Escuchando todos esos beneficios, resulta extraño que haya personas que se priven de conocerla, o de apropiar esos favores.

—A lo mejor es porque no tuvieron buenos iniciadores, o porque el culto a la frivolidad de este tiempo hace que mis beneficios parezcan cosas densas o de gran esfuerzo… o quizá sea porque viven demasiado en función de la prisa, porque están tan obsesionados por la utilidad inmediata que se privan de beneficios de más larga duración.

—Y sobre esas campañas de los gobiernos para motivar a conocerla, sobre los planes estatales para fomentar su presencia, ¿qué piensa?

—En mucho ayudan. Especialmente a aquellos que por diferentes motivos han estado lejos de mis brazos. Estoy muy agradecida con esas voces  que impulsan un encuentro con mi mundo. Por supuesto, a nadie se lo puede obligar; ni ayuda mucho la imposición. Siempre he creído que mi mayor aliada es la libertad, el acto libre por escogerme sin que haya castigos u obligaciones morales. Al final de cuentas, el vínculo que ofrezco nace como una relación amorosa.

—Algunos han escrito que usted  mantiene una relación cercana con la muerte, que permite el diálogo con los ya fallecidos.

— Es cierto, gracias a mí hablan los que ya no tienen sangre en sus venas. Mis ojos son como la barca de Caronte que pone en comunión dos mundos. Y lejos de preocuparme por esta filiación con los difuntos debo decirle que me enorgullece en cada una de mis actuaciones recuperar para los vivos aquellas voces consumidas por el polvo y el olvido. Por eso creo que al desplegar mis ojos y mi memoria lo que hago es un homenaje a esas voces que merecen salvaguardar de la recordación.

—Y otros han dicho que si uno frecuenta demasiado sus favores se enloquece…

—Si por locura entienden lo que le pasó a mi devoto amigo Don Quijote, hay que decir que sí. Pero fíjese que su locura consistía en salir al mundo a resolver entuertos y luchar por los más desvalidos, en defender su amor de malandrines y en restaurar la edad de oro de la poesía. Si a eso llevan mis encantos, pues bienvenida sea la locura.

—Ha hablado de devotos, de sus adoradores excelsos, ¿qué rasgos tienen o deben tener?

—Ah, esos cómplices perfectos, que los hay, necesitan antes de cualquier cosa, visitarme todos los días. Algunos lo hacen como alondras en la mañana y otros prefieren, al igual que los búhos, visitarme durante las noches. Este es un rasgo esencial de mis adoradores: cortejarme todos los días. El otro aspecto que mis devotos admiradores poseen es una buena memoria para retener lo que mis ojos les confían. Mi amante ideal guarda mis palabras como si fueran tesoros. No sabe lo que disfruto comprobar la manera en que mis confesiones se convierten en frases memorables en la boca de mis fervorosos seguidores. Me parece que esas personas son fieles hasta el punto de volver a mí varias veces. Bueno, ese podría ser otro rasgo: disfruto enormemente que mis adoradores recorran de nuevo mi piel, que me redescubran, que repasen mi ser como si fueran caminos inexplorados. En este punto, soy una convencida de que solo los ritos dan trascendencia a las cosas que hacemos.

—No puedo dejar de preguntarle por esa otra señora admirable, La Escritura, ¿cómo son sus relaciones?

—Usted sabe que ella es una hermana para mí. Gracias a sus cuidados crecí saludable y por ella he multiplicado mis alcances. Nos vemos a cada rato, intercambiamos informaciones diversas y nos enorgullecemos de lo mucho que hemos conseguido juntas. Desde luego, ella es más seca, más silenciosa, más fría, si usted quiere, hasta que entra en diálogo conmigo; entonces, da gusto observarla en su locuacidad, en su manera de contar anécdotas, en su forma de cantarle a la vida, al mundo, al universo. Por momentos calla, hace una larga pausa, me mira expectante, y vuelve a narrarme eventos o aventuras de hace mucho tiempo. Cuando está en ese estado, me pide que la acompañe un poco más, que no deje de estar pendiente de sus ademanes y sus signos acompasados. Ella es mi hermana mayor, y la necesito como a mis propios ojos.

—Como sé que debe volver a su trabajo, déjeme terminar este diálogo haciéndole tres preguntas. La primera, ¿por qué la pintan a usted asociada con las alas?

—Tal vez porque disipo la pesadez de los espíritus. O porque yo misma soy pura imaginación. Y ahora que lo pienso mejor, me figuran alada por lo que tengo de evanescente o incorpórea; porque soy como un viento refrescante o porque mi ser está hecho de la misma materia que los ideales o los sueños.

—La segunda, que fue la que tuve la tentación de hacerle al principio: ¿por qué el libro sigue siendo su mejor carta de presentación, su heraldo irremplazable?

—Me toca usted un asunto del cual podríamos gastar muchas horas conversando. Pero, para no impacientar a los clientes que desde hace rato me miran ansiosos, le diré que los libros son una especie de medios para comunicarme; son el ropaje que mejor me sienta. Un espacio en el que respiro con facilidad y me hace desplegar toda mi energía. A veces pienso que por ellos me he hecho más cercana a hombres y mujeres, a niños y jóvenes; gracias a ellos tuve rostro y fisonomía reconocible. Los libros son mi soporte, mi sangre, mi herencia. Y aunque actualmente hay otros adalides electrónicos, me sigue gustando mucho esa forma rectangular hecha de papel y tinta. Me encanta vestirme con esas manchas, con ese atuendo artesanalmente encuadernado.

—Por qué no me regala, como cierre de esta entrevista, una frase que podamos convertir en consigna para invitar a otros a conocerla y disfrutarla.

 —No es una frase propia, sino de un pensador que fue un adorador incansable de mis goces, René Descartes: “La lectura de todos los buenos libros es como una conversación con los mejores ingenios de los pasados siglos que los han compuesto”. Como ve, mi forma de ser ha sido y sigue siendo una invitación a conversar.

 

Revitalizar la lectura semiótica

24 domingo Sep 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in LECTURA, OFICIO DOCENTE, Semiótica

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Ilustración de Pawel Kuczynski

Ilustración de Pawel Kuczynski.

Quisiera empezar esta entrevista preguntándole, así sea de manera muy general, ¿qué es para usted la semiótica?

Yo creo que la semiótica es antes que nada una manera particular de leer. Una actitud ante el mundo y la vida por la que sospechamos que lo que está ante nuestros ojos no es lo que es. Que lo inmediato nos engaña, que detrás de todo eso que llamamos natural se esconde un fino entramado, un tejido cultural. Estamos inmersos entre signos, somos consumidores y productores de signos, nos socializamos y nos educamos a partir de ellos. En fin, el mundo que habitamos ya es de por sí un mundo signado. Entonces, la semiótica viene siendo como una especie de alfabetismo para poder leer esa maleza sígnica que nos circunda, una habilidad para descifrar ese enorme texto de la realidad. O, para ser más precisos, la semiótica es el abecedario, la cartilla con la cual podemos leer la vida cotidiana.

¿Pero acaso hay alguien que no lea cotidianamente la realidad? ¿No podría pensarse que la semiótica es como una habilidad natural que se va perfeccionando con la propia experiencia?

Yo hago una distinción: una cosa es ser consumidor de signos y, otra, lector de los mismos. Todos, pienso, participamos de ese permanente trato con los signos; pero lo que se propone la semiótica es ir más allá del mero uso; con la semiótica dejamos de ser sujetos pasivos de la cultura. De allí que, cuando uno lee semióticamente, tiene que volverse extranjero de la misma parcela de realidad que se propone descifrar.

¿Por qué no nos amplía un poco más eso de volverse extranjero?

De acuerdo. Y voy a hacerlo a través de un ejemplo. Qué más natural que usar unos cubiertos cuando llevamos nuestros alimentos a la boca, qué más común y cotidiano. Sin embargo, y permítame recordarle el texto, El imperio de los signos, en donde Roland Barthes a partir de los cubiertos de otra cultura, descubre las diferencias entre los palillos y el cuchillo y el tenedor. O para decirlo de manera más recia: sólo cuando Barthes es extranjero ante las formas de mesa de otra cultura, descubre o cae en la cuenta de las formas de significar de la cultura de la cual hace parte. Ser extranjero, por lo mismo, demanda una capacidad de lectura en donde hay que remontar los límites de lo obvio, de lo natural, de lo dado por hecho. Leer semióticamente es aprender a sospechar.

Ha usado varias veces la palabra “sospecha”, ¿a qué se debe esa insistencia?

Sospechar es tomar distancia de los hechos, los eventos, las cosas, las personas. Esa toma de distancia nos ayuda a comprender asuntos que, por estar inmersos en ellos, no podemos apreciar a cabalidad. Sospechar es poner entre paréntesis para no ser crédulos o para aceptar como incuestionables verdades o ideologías. La sospecha ha sido una de las claves de la filosofía y un detonante para la investigación científica. Piense no más, en todos los “maestros de la sospecha”: Freud, Nietzsche, Marx, y cómo lograron leer en profundidad los signos de su época, fisurar los sistemas, escavar dentro de las cosmovisiones de su mundo. El semiotista, por eso mismo, cuestiona, pregunta, entrevé, intuye, conjetura, olfatea su entorno como si fuera un detective.

 ¿Y cómo se empezaría a ser un alfabetizado en la semiótica?

Pienso que exacerbando los sentidos, así como pedía Arthur Rimbaud a los poetas; mirando con cuidado, escuchando con atención, tocando el mundo, oliscando todos esos indicios que están ahí frente a nuestras narices, pero que la mayoría de las veces pasan desapercibidos. Lo otro, es estar atentos, alertas a la realidad circundante. Los semiotistas son vigías de los textos y los contextos, de los intertextos y los paratextos… Instalados en una atalaya del entendimiento, perciben relaciones, ven diferencias, aprecian los matices. Digamos que el fundamento del semiotista puede sintetizarse en un axioma de hondas raíces artísticas: mirar lo que todos los demás dan por visto.

¿La familia podría contribuir en algo a esta alfabetización semiótica?

Por supuesto que la familia es fundamental en esta cualificación de los sentidos. En mi caso, por ejemplo, fueron mis padres y mis familiares los que me cualificaron el entorno. Recuerdo la importancia de “atisbar”, de “distinguir”, de “poner la oreja” y “afinar el ojo”. Aunque esa primera socialización fue en el campo, creo que resultó muy efectiva, y ya estaba interiorizada cuando enfrenté el mundo citadino. La crianza genuina implica eso, ofrecer algunas claves para leer los signos de mundo y esos otros no tan evidentes como los sentimientos o las relaciones humanas. Quizá la crianza consista, como buena parte la educación, en depositar algunas claves de lectura de la vida y de la cultura para poder habitarlas y otorgarles sentido. Tal vez hemos ido perdiendo ese papel de ser hitos, puntos de referencia, con las nuevas generaciones; de pronto hemos supuesto que tales habilidades se aprenden sin ninguna mediación.

Hablaba usted de la educación, ¿la escuela también es fundamental en este propósito?

Su papel es esencial. Creo que los maestros y maestras, más allá de impartir conocimientos, tienen la función de proveerles a los estudiantes unos “miradores”, unos lentes para hacer legible el mundo que les toca en suerte. Y más en esta época, cuando hay tal avalancha de información, que no es fácil diferenciar una cosa de otra; una época en donde todo circula pero no se tiene el juicio formado para aquilatar lo valioso de la mera basura insustancial. Y lo que se llama hoy “lectura crítica”, sería una labor para todos los educadores de todas las áreas. Esa lectura, la que pone en relación la parte con el todo, la que coteja el texto con los contextos, la que aquilata diversos puntos de vista, la que saca a la luz las ideologías ocultas, esa lectura es, en sí misma, una propuesta semiótica.

Bien, ¿me gustaría que me dijera cómo empezó a familiarizarse con la semiótica?

Decía hace un momento que mis primeros años fueron en el mundo rural. Ese contexto te obligaba a leer sus signos muy rápidamente: el humo, las marcas de las bestias, la forma de los árboles, el canto de los pájaros, los cambios en el clima… cada cosa hacía parte de una cartilla amplísima. Ir con mis tíos de cacería era una clase de semiótica aplicada fascinante. Todas las cosas dejaban marcas, huellas, indicios. Y aquellos infinitos caminos y esa cantidad de árboles poseían rasgos de distinción, elementos para diferenciarlos. Después, mucho más tarde, vino mi interés por el dibujo y la imagen, por el diseño, y más tarde mis estudios de literatura y el descubrimiento del estructuralismo y, años después, aconteció mi vinculación con el campo de la comunicación. Fue allí, en la carrera de comunicación social en donde me dediqué a profundizar en esta disciplina y en la que tuve por varios años mi asignatura de semiótica en tercero y quinto semestre.

 ¿Y cómo eran esas clases?

El primer curso era de semiótica básica y el segundo de semiótica aplicada. Recuerdo que trabajábamos el Tratado de semiótica general de Umberto Eco, la Teoría de los signos de Charles Morris y a alguien muy importante para mí, Charles Sanders Peirce, con su obra La ciencia de la semiótica. Leíamos esos autores y aplicábamos sus conceptos a los medios de comunicación y a asuntos de la vida cotidiana; por ejemplo, analizar los telenoticieros, la moda de los estudiantes según las distintas carreras, los avisos publicitarios, las señales de tránsito o las páginas de un periódico. Eran clases enfocadas a proveer a los estudiantes de unos miradores, de un método, de un vocabulario mediante el cual analizaran aquello mismo que estaban estudiando en su carrera. Veíamos cine, leíamos textos diversos y desarmábamos el significado de una obra de teatro, de una pintura o de una novela.

Los medios de comunicación estaban en el ojo de sus preocupaciones, ¿por qué?

Por formar parte de los intereses profesionales de los estudiantes y porque son los medios los que construyen una forma de apreciar la realidad. No hay que olvidar que los medios “fabrican” una idea del mundo y de las personas; editan el entorno para dárnoslo organizado de una particular manera. En consecuencia, nos tocar volver a desmontar esa puesta en escena para saber qué han dejado por fuera, qué han sobredimensionado o qué intención implícita están fraguando. Para nadie es un secreto que la televisión, y más en aquel tiempo, es un agente socializador tan importante como la familia o la escuela. Así que, era un buen laboratorio para apreciar cómo se recepcionaban los signos y facilitarles a los estudiantes un lenguaje consciente para producirlos.

En lo que he podido averiguar, usted dirigió varias tesis de pregrado relacionadas con el tema de la publicidad, ¿a qué se debió ese interés?

Corresponde, precisamente, a esa época. Fue un reconocimiento de mis estudiantes a lo que hacía o provocaba en aquellas clases de semiótica. O eran la continuidad de los trabajos finales que los estudiantes realizaban a lo largo del semestre. Tengo en mi memoria los recursos de análisis ideados por Barthes, sobre “El mensaje publicitario” o aquellos otros señalados por Georges Péninou o Juan Magariños para desentrañar la lectura de la publicidad: símbolos, íconos, índices… y cómo las figuras retóricas creaban con el lenguaje propio de la imagen (punto, línea, plano, color, textura, color, escala…) una seducción o persuasión en las piezas publicitarias. Lo que me animaba al dirigir esas tesis era estudiar o diseñar con mis estudiantes máquinas de defensa conceptual para develar los mecanismos de seducción de las mercancías, del consumo.

De igual forma, dirigió tesis sobre los cómics, teatro, fotografía…

Esa era una apuesta didáctica de aquel entonces: todos los conceptos enseñados y discutidos en clase tenían que ser validados en la práctica, llámese una serie de televisión como el “El profesor Yarumo” a la cual le aplicamos los trece signos propuestos por Tadeus Kowzan para el teatro; o las ideas de Lorenzo Vilches las validábamos en la fotografía de prensa o los aportes de lectura de la imagen de Joan Costa se hacían evidentes en una tesis sobre la fotografía o los cómics. Cuánto leyeron mis estudiantes a Santos Zunzunegui y a Francesco Casetti y a Edward Hall, el gran analista del espacio… Trabajos y trabajos que los estudiantes consideraban arduos pero, al mismo tiempo, interesantes.

¿Qué otros libros lo inspiraron?, ¿cuáles fueron esos autores que sirvieron de iniciadores en este campo?

Un pequeño manual de Sebastià Serrano, titulado precisamente, La semiótica; el Barthes de Mitologías y el Sistema de la moda, la Semiótica del arte de Yuti Lotman, El sistema de los objetos de Jean Baudrillard…  Muchos libros y otros tantos autores.

¿Cuándo publicó su libro La cultura como texto. Lectura, semiótica y educación?

Eso fue unos años después. Como resultado de todas esa experiencia tanto académica como de investigación durante esos años en la carrera de comunicación, en la carrera de Diseño industrial y luego en la Maestría en Educación de la Universidad Javeriana, fui ordenando y sistematizando varias de mis producciones relacionadas con esta disciplina. A mis anteriores inquietudes se sumaron los temas de la lectura y la escritura y el asunto de los métodos idóneos para hacer lectura semiótica. En el prólogo de ese libro hago un recorrido más detallado de esas búsquedas y saco en limpio muchas de las ganancias que la semiótica tuvo para mí y para alguien interesado en ser un activo participante de la cultura y no un simple y pasivo consumidor de signos. El libro fue editado por la Universidad Javeriana y tuvo muy buena acogida. Muy pronto haré una reimpresión bajo otro sello editorial.

¿Y qué cosas pudo sacar en limpio?

Por lo menos tres cosas. La primera, que la semiótica era y sigue siendo una poderosa herramienta conceptual para leer el mundo que habitamos. Una especie de metalenguaje traductor con el cual es posible desenredar los sendos hilos con que está tejida la propia sociedad y las ajenas. La segunda, que al ser hábiles lectores de signos, nos puede ser más fácil presentarnos como ciudadanos interculturales, capaces de cuestionar nuestras propias creencias y, lo más importante, más aptos para aceptar la pluralidad y la diversidad de otros conglomerados sociales. Creo que un buen semiotista es menos fanático y menos sectario. Tercera, que la semiótica permite apropiarse de una lógica para investigar o dar cuenta de un problema, un tema o un hecho social. Para mí ha sido fundamental tener un método, una especie de lógica para ordenar la cabeza. Tal esquema de pensamiento, en el que se conjugan la lógica, la antropología, la sociología, la psicología, las artes y la filosofía, ha sido estratégico para desentrañar los textos, en sentido amplio, y para enriquecer las aproximaciones al campo de la literatura.

Ese es un asunto que me interesa profundizar, ¿cómo vinculó usted la semiótica con la literatura?

La clave estuvo en juntar la idea de “semiosis” de Peirce con la hermenéutica, especialmente de todo lo que había aprendido de mi maestro Paul Ricoeur. Llamé a esa propuesta, precisamente, “semiosis-hermenéutica” y consiste en combinar dos momentos: uno de orden estructuralista para desarmar el texto o la unidad cultural y otro, de espíritu hermenéutico para recomponer eso mismo que hemos analizado. La primera etapa nos da elementos para la explicación y, el segundo, para la comprensión. Al juntar esos dos momentos logramos la interpretación del texto literario.  Le sumé a esta propuesta una síntesis gráfica, que denominé “redes paragramaticales” en la que es fácil apreciar las relaciones entre las partes y el conjunto. Como puede ver, es un método depurado de lectura, para salir del impresionismo o el mero impacto emocional provocado por una obra literaria.

Pero usted también ha dedicado buena parte de sus investigaciones y sus escritos al campo de la educación, ¿ahí, qué papel ha cumplido la semiótica?

Ha servido para muchísimas cosas. Pienso en el valor de la proxémica y su utilidad para que los maestros descubran y saquen partido del espacio, de las distancias y el territorio en el que necesariamente se inscribe una clase; de igual manera, en los aportes de la Kinésica y sus hallazgos sobre el significado del cuerpo y la postura para el acto de enseñar, el valor de las manos o la mirada para que un mensaje sea motivador o facilite el aprendizaje. De igual modo están las contribuciones de la paralingüística, lo que tiene que ver con la entonación, las inflexiones de la voz, y su incidencia en el uso intencionado del discurso de los docentes… Además, está la conciencia que la semiótica logra ofrecernos sobre los objetos, sobre los vínculos entre maestro y alumno, sobre los indicios o las huellas en una evaluación, sobre la didáctica misma expresada en la producción de materiales, y en los múltiples usos de la imagen…

Por lo que entiendo, para los educadores es primordial aprender semiótica…

Desde luego que sí, pero no solamente a estos profesionales. Pienso en los administradores, en los profesionales de las ciencias de la salud, en todas las profesiones de servicio social, en aquellos que actúan o llevan a cabo alguna ciencia social, en todos ellos, además de los comunicadores y publicistas, la semiótica es una ayuda, un recurso, una maleta de primeros auxilios para favorecer la interrelación, el contacto, la vía arteria del diálogo o la socialización. Analice usted este mundo de las nuevas tecnologías y coincidirá conmigo en que sin una buena alfabetización semiótica no lograremos sobrevivir al caótico universo de información  indiscriminada o a la avalancha capitalista de los mercados globalizados.

¿Y cuál cree usted que es el papel de la semiótica en las sociedades contemporáneas?

A lo mejor el papel de la semiótica en estas sociedades tenga que ver con todo lo que le he venido diciendo: una llave para develar lo que se obstina en esconderse; una herramienta de desmonte de lo que está sistemáticamente clausurado o vedado por el poder; un dispositivo crítico para ser algo más que consumidores de información; un modo de leer cualquier tipo texto, para asediarlo desde ángulos diversos y en diferentes niveles; una dotación de útiles ciudadanos a partir de los cuales podemos comprender lo que somos y, a la vez, convivir con lo distinto sin por ello entrar a violentarlo o destituirlo porque no lo comprendemos.

Siendo la semiótica de gran utilidad, ¿por qué, entonces, parece no estar en primer plano o en las agendas académicas de hoy?

 La razón es apenas obvia: entre más obnubilados estemos por la sociedad  de consumo, entre más cándidos e incautos seamos, más fácil será que nos portemos como consumidores ansiosos y demandantes. Eso de una parte. De otra, los medios masivos de comunicación, cada vez más aliados con los grupos de poder hegemónicos, tienden a la entretención fácil, a encantarnos con las sirenas de la banalidad y lo frívolo. A estos medios tampoco les interesa que desarrollemos habilidades semióticas, so pena de que su negocio fracase o pierdan considerables audiencias. Finalmente, parte del poco énfasis de la semiótica en el espacio educativo, está asociado a que la escuela (y no me refiero sólo a la básica, sino también a la educación superior) perdió de vista el norte de formar un criterio en sus estudiantes y se ha dedicado especialmente a pensar en pruebas censales o a favorecer unas competencias demandadas por el mundo de la empresa o el mercado, y no por la misión fundamental de todo acto educativo: liberar el pensamiento, generar autonomía moral, propiciar el juicio sobre lo dado con el fin de posibilitar la recreación de otros mundos, de otras realidades, de otras maneras de estar en sociedad. Ahí está el desafío y, de igual modo, la oportunidad para ofrecerle a las nuevas generaciones esta gama de útiles cognitivos para analizar su entorno o idear alternativas innovadoras para transformarlo.

Tres concepciones sobre la lectura

10 jueves Ago 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios, LECTURA

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Ilustración de Beth Krommes

Ilustración de Beth Krommes.

El texto:

El proceso de lectura: de la teoría a la práctica de María Eugenia Dubois, Aique, Buenos Aires, 1991.

Sinopsis:

La primera parte del texto, escrito entre otras cosas con una sencillez y una claridad meridiana, está dedicada a describir y diferenciar las tres modalidades de lectura que han predominado en los últimos cincuenta años. Habría que aclarar que el texto fue escrito a mediados de 1980. La autora ubica en cada manera de abordar la lectura no sólo las premisas que la constituyen, los autores más representativos sino, además, el proceso mediante el cual se realiza. La segunda parte del texto ahonda en las implicaciones de los modelos mecanicista y organicista de la física para el campo de la lectura y sus vínculos con la práctica pedagógica.

Comentario:

Sorprende  de este pequeño texto (no mayor a 20 páginas) la amplia bibliografía que le sirve de soporte. María Eugenia Dubois, por lo que se aprecia en la bibliografía consultó más de 100 textos, entre libros y artículos especializados. La revisión bibliográfica le permitió hacerse un mapa de las tradiciones sobre la enseñanza de la lectura desde los años 60 hasta los 8o o 90. Esas concepciones, como las llama la autora, son tres: la lectura como conjunto de habilidades, la lectura como proceso interactivo y la lectura como proceso transaccional.

La primera concepción se inscribe y sustenta desde un modelo mecanicista de la realidad. Según esta perspectiva, tan cara a los años sesenta, el texto es una realidad autónoma, compuesta de partes, y que contiene un significado que el lector debe “extraer” o sacar a la luz. Para los abanderados de esta perspectiva, la lectura debía cumplir con una serie de niveles: primero, identificar las palabras; segundo, comprenderlas; y, tercero, asimilar su significado. La segunda concepción, considera que la lectura es un “proceso de lenguaje” en el que el lector, con sus esquemas previos, interactúa con el texto y, de este proceso, brota el significado. En este segundo modo de entender la lectura, el papel del lector es importante porque es él el que construye el sentido de lo que lee. Los que así concibieron y defendieron esta propuesta, psicolingüísticas y psicólogos cognitivos de en los años 70 especialmente, pensaban que el proceso lector empezaba con el reconocimiento de la información gráfica que suscitaba alternativas de conocimiento en la mente del lector y, dependiendo del rechazo o aceptación de esas posibilidades, obtener un información nueva. Salta a la vista que, a diferencia de la anterior concepción, la lectura no es algo que ya está en el texto sino en la mente del lector. La tercera y última concepción, que entre otras cosas es la que avala María Eugenia Dubois, concibe a la lectura como un proceso en el que el lector actualiza o vivifica el texto. Y no se trata sólo de un proceso mental, sino más bien de un ejercicio de compenetración en el texto; un texto que, y esto es muy importante, admite variedad de lecturas. Ya no se tratar de extraer algo fijo en el texto o de ajustar la información a determinados esquemas, sino de entrar de lleno en una dinámica recíproca entre el texto y el lector. Una dinámica mutua dependencia e interpenetración.

Es interesante la relación que establece la autora entre los paradigmas de la física y las concepciones de lectura. Es decir, cómo un mundo pensado desde los postulados newtonianos en donde las partículas permanecen siempre idénticas, influyó también en una manera de pensar la lectura según la cual, bastaba identificar las partes del texto (palabras) para así lograr la comprensión. Por lo mismo, fue claro dedicar un gran esfuerzo en la escuela a los procesos de decodificación. Caso contrario sucede, si nos ubicamos más en la física del siglo XX, en donde la realidad es concebida como cuerpos en movimiento y como una red de relaciones entre cosas y sucesos. Cuando así se piensa, entonces, la escuela centrará más sus esfuerzos en los procesos de comprensión y la construcción de potenciales significados.

Me parece que el tipo de lente usado por María Eugenia Dubois no es el de descalificar o de “quebrar la tradición”, como ella misma lo dice, sino de asumir otra actitud frente a los procesos de lectura. Tal cambio de orientación puede ayudarnos a entender, como lo ha desarrollado la teoría de la recepción alemana, que el lector también aporta algo a la lectura, que no es un sujeto pasivo o un mero “minero” de los textos; además, que todo texto es más que la suma de sus partes y, por eso mismo, el sentido a veces rebasa el significado y, finalmente, que la lectura es una práctica social en la que intervienen diferentes actores sociales, variadas tácticas y estrategias específicas como bien lo analizara Michel de Certeau y, por supuesto, una concepción del hombre, del mundo y de la vida.

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