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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: LECTURA

Ecos de la Feria del libro

12 domingo May 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario, LECTURA

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Feria del libro, Libros-álbum, Recomendaciones de libros

Asistir a la Feria del libro, la número 32 llevada a cabo en Bogotá, del 24 de abril al 6 de mayo, es motivo de alegría para mi espíritu. En principio, porque estoy a mis anchas en un escenario que me es familiar, en un ambiente que considero parte de mi opción de vida; y en segunda instancia, porque me permite indagar en las novedades bibliográficas o descubrir obra y autores en los que no me había fijado con suficiente atención. Cada visita a la Feria es, entonces, una pequeña aventura en la que caben el hallazgo, el redescubrimiento, la curiosidad o la satisfacción de encontrar por fin un texto que deseaba, desde hacía mucho tiempo, tener entre mis manos. Como parte de esa odisea, comparto con mis lectores algunas obras recogidas en el pasado viaje.

Las tres pequeñas lechuzas

Empiezo por un libro álbum que buscaba años atrás: Las tres pequeñas lechuzas. El texto es de Martin Waddell y las ilustraciones de Patrick Benson (Kalandraka, Pontevedra, 2017). Me interés era leer y apreciar en detalle la magnífica propuesta del ilustrador británico. No quedé decepcionado. La plumilla detallista, el uso estratégico del color, el manejo de los planos, todo ellos confluye para que sea una obra excepcional. Y si a eso le sumamos un texto con un sugestivo estribillo cercano al sentir de los más pequeños, el resultado es un libro álbum digno de tener en nuestra biblioteca y, en lo posible, de leerlo en familia o en la escuela.

Cigarra

Otro de mis descubrimientos es de un autor que no me canso de recomendar, Shaun Tan: Cigarra (Bárbara Fiori, Albolote, 2018). Este libro álbum, que parece evocar la Metamorfosis de Kafka, está inspirado en un kaikú de Basho: “¡Cuánta quietud! /El canto de la cigarra / taladra la roca”. Escrito de manera taquigráfica muestra con ironía la transformación de un “juicioso” y sumiso trabajador hasta su liberadora jubilación. Las imágenes contrastan el gris de la rutina laboral (el encierro, la opresión) con el amarillo brillante de los cielos abiertos.

Como se lee un libro

Prosigo con una obra hecha a cuatro manos: Daniel Fehr (texto) y Mauricio A. C. Quarello (ilustraciones), titulada: ¿Cómo se lee un libro? (Océano, Barcelona, 2018). El libro álbum opera como un artefacto que, según la posición sugerida durante el texto, va cambiando los elementos gráficos. Un texto lúdico que invita a pensar la “postura” en el acto de leer.

Un día muy normal

Agrego el libro álbum de Mark Janseen, Un día normal (Flamboyant, Barcelona, 2019). Es un excelente contrapunto entre lo que dice el texto (cosas poco extraordinarias o cotidianas) y lo que muestran las imágenes (que son maravillosas o no nada habituales). Lo que parece en un nivel “menos interesante” o aburrido, al contrastarlo con el nivel de las ilustraciones se convierte en una aventura llamativa y digna de admiración.

Lecciones de vuelo

Cierro esta primera parte de mis hallazgos, centrados en el libro álbum, mencionando un pequeño texto de Pirkko Vainio: Lecciones de vuelo (Thule, Barcelona, 2016). El libro álbum, con una exquisita sencillez, ofrece lecciones sobre el difícil arte de aprender a “manejarse en la vida”. Es maravilloso ver cómo pueden combinarse un texto condensado y unas imágenes sutiles para presentar una manual de sabiduría.

Etnografía digital

Mi visita a la Feria en esta ocasión también abarcó otros sectores de mi interés. Por ejemplo, Etnografía digital. Principios y práctica de Sarah Pink, Heather Horst, John Postill y otros (Morata, Madrid, 2019). El texto, que es el resultado del trabajo realizado por los miembros del Centro de investigación en etnografía digitial de la RMIT University, de Australia, está organizado en ocho capítulos: comienza explicando qué es la etnografía digital, y luego pasa a mostrar cómo puede hacerse esta práctica de investigación en experiencias, estudios de cosas, relaciones, mundos sociales, localidades y eventos. Una obra útil para investigadores que les interesa conocer “las posibilidades de la etnografía digital para el estudio y la redefinición de conceptos fundamentales de la investigación social y cultural”.

Poesia eres tu

Me llamó la atención una recopilación hecha por Fermín Herrero y Jesús Munárriz, Poesía ¿eres tú? (Hiperión, Madrid, 2018) en la que los autores presentan frases, citas, definiciones, opiniones diversas sobre el poema, el poeta y la poesía. Como se dice en el prólogo, “en este gran batiburrillo poético y metapoético puede encontrarse de todo, desde joyas y genialidades hasta perogrulladas y boberías, pero de todas es responsables la misteriosa poesía, que las ha motivado e inspirado y que, tras miles de años de existencia, continúa sin dejarse atrapar por definiciones y conceptos pero nunca desaparece, y sigue viva en quienes la escriben, la escuchan o la leen”. Como muestra de esta obra, transcribo dos citas: “La poesía es de todas las aguas claras la que se entretiene menos en los reflejos de los puentes” de René Char, y “La poesía no es la música del alma, sino el silencio de una inteligencia que ha ido formándose en el mundo, hasta transformarse en espíritu capaz de cantar libremente” del poeta irlandés Seamus Heaney.

Antologia del cuento extraño

Concluyo este menú de adquisiciones señalando la Antología del cuento extraño de Rodolfo Walsh (El cuenco de Plata, Buenos Aires, 2014), que fue publicada en un solo tomo en 1956 por Hachette, y que ahora se reedita en cuatro volúmenes. La compilación hecha por el escritor argentino es una recopilación de cuentos completos en las que se mezclan ejemplos narrativos de lo alucinatorio, lo siniestro, lo maravilloso, las distorsiones de la subjetividad. A lo largo de la antología aparecen autores como Saki: “Laura”, Oliver Onions: “El buque fantasma”, Julio Garmendia: “La tienda de muñecos”, E. M. Foster: “Panico”, Gérard de Nerval: “El monstruo verde”, John Russell: “El precio de la cabeza”, Joseph Conrad: “La bestia”, H. G. Wells: “La puerta en el muro” o Leónidas Andréiev: “Lázaro”. Son 49 cuentos “no realistas” compilados por un escritor de novelas realistas como Operación masacre.   

La lectura, según Quevedo

14 domingo Abr 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, LECTURA

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Juan Van der Hamen

Quevedo y Villegas, según Juan Van der Hamen.

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

 Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

 Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran don Iosef!, docta la emprenta.

 En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquella el mejor cálculo cuenta 
que en la lección y estudios nos mejora.

El elogio de la lectura propuesto por Quevedo empieza con una condición: el aislamiento. Para el caso particular del poeta, seguramente correspondió a uno de sus destierros o a sus habituales encierros en la Torre de Juan Abad. Para el caso nuestro, podría ser alejarse de las demandas del consumo de los medios masivos o “desconectarse” por unos minutos de las adictivas redes sociales o de las omnipresentes demandas laborales. Ese aislamiento es la base para encontrarse con la lectura, el hábitat indispensable en el que pueden desarrollarse sus semillas.

La segunda circunstancia estriba en contar con un grupo de libros, en tener una pequeña biblioteca seleccionada bajo el criterio de la sabiduría. Quevedo subraya esa particularidad en el conjunto de obras que nos acompañen en ese retiro del espíritu: que sean “doctas”, que hayan pasado el tamizaje del tiempo y sean iluminadoras para nuestra propia existencia. Que sean obras “sabias”. No es una sumatoria heteróclita de información, sino un puñado de libros cuidadosamente elegidos, fruto quizá de una labor anterior en la que, durante años de lecturas, se pudo escoger la paja del grano verdadero. Con ese selecto grupo de libros es que el autor nos propone conversar. Aquí no importa mucho que dicho diálogo sea con “difuntos”, sino en tener la suficiente atención para saber “escuchar con los ojos”. La lectura es una conversación silenciosa que exige una convergencia de nuestros sentidos para concentrarse esencialmente en la vista: palpamos, escuchamos, olemos y saboreamos con los ojos.

El diálogo silencioso de leer, propuesto por Quevedo, es un genuino contrapunto. De un lado están los libros y, de otro, nuestro entendimiento. En ese intercambio entre las hojas y los ojos pasan infinidad de cosas: que las obras “enmienden o fecunden” nuestras preocupaciones o nuestras preguntas esenciales; que nutran o corrijan nuestras acciones o creencias; que nos hagan despertar a la vida, a pesar de ser un mensaje cifrado por difuntos. Dependerá de nosotros, de nuestra concentración, el sacar el mejor partido de esos libros que, a pesar de “estar siempre abiertos”, no logramos de manera inmediata entender su cabal sentido o su “música callada”.  En todo caso, la lectura debería “despertarnos” del marasmo o la abulia existencial.

Quevedo hace extensivo este homenaje de la lectura a la imprenta. Gracias a su papel, y al de impresores como José González de Salas que fue su editor, logran salvarse las “grandes almas” de la corrosiva envidia, “la injuria” y otros vicios humanos. La imprenta es el resguardo de los hombres sabios a la maledicencia de su época; es, por decirlo así, la venganza que el tiempo ejerce sobre los que se niegan a reconocer el talento de sus contemporáneos. ¡No todo será olvidado!, dice la imprenta. De allí que el poeta pida o agradezca a su impresor esta labor de salvamento, de justicia intelectual, cuando su muerte lo convierta en una “ausencia”. Lejos ya de la comidilla y el rumor malsano de una época, quedan los libros como testimonio indiscutible de las “grandes almas”. 

Al final del poema, en ese tono tan propio del barroco, Quevedo nos recuerda la fugacidad de la vida. Y nos dice que de todas las horas de nuestra existencia, las que mejor cuentan al final son las que hemos empleado en mejorarnos, esas que la lectura convierte en lecciones memorables. Son esos “estudios” los que en verdad valen la pena. Leemos para perfeccionar nuestro espíritu, leemos para saber cómo enmendar nuestros errores, leemos para despertar de los letargos tranquilizadores. Esa es la propuesta de fondo de Quevedo: que las lecciones de los muertos, contenidas en los libros, pueden contribuir a mejorar el mundo de los vivos.

Lecturas a Ayax, de Sófocles (II)

17 domingo Mar 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario, LECTURA

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Ayax, Comentario de obras literarias, Lectura comparada, Lectura crítica, Sófocles

Ilustración de Julián Nadal

Ilustración de Julián Nadal.

Leer diferentes traducciones de Ayax, especialmente de una obra escrita en una lengua que no tengo dominio, me ha ayudado a cumplir el consejo de un jesuita filólogo y estudioso de las obras de Sófocles, Ignacio Errandonea Goicochea. Es decir, me he propuesto “recoger la impresión del conjunto, descubrir el pensamiento principal, intensificar la nota dominante y sorprender la clave dramática, familiarizarme cariñosamente con el poeta y captar las sugerencias del corazón, que suele tener más atisbos e intuiciones que la fría inteligencia”. Comparto esa apuesta del traductor e investigador, agregando que este ejercicio contribuye, además, a conocer la obra en profundidad y a propiciar una mirada comparativa sobre las diferentes versiones que, sin lugar a dudas, favorece la lectura crítica. A las cinco lecturas anteriores, adiciono hoy un nuevo sexteto de aproximaciones.

Sexta lectura:

(Traducción de José Alemany Bolufer, El Ateneo. Buenos Aires, 1966).

 

Hay tres órdenes de causas que llevaron a Ayax al suicidio: las primeras provienen del sentimiento de ridículo y humillación al confundir un botín de ganado y unos pastores inocentes con sus enemigos Menelao, Agamenón y Aquiles. El deshonor es mayúsculo porque el ardor por degollarlos o someterlos al castigo del látigo no fue un gesto de intrepidez o de audacia guerrera, sino la cacería indigna de un soldado de reconocida valentía. Los segundos motivos provienen de su arrogancia o su altivez, de su falta de piedad, de su soberbia con la protección o favor de los dioses. Más de una vez manifestó no necesitar la ayuda de las divinidades, especialmente de Atenea, y según sus propias palabras “no tenía ninguna obligación” con ellos. Es posible, entonces, que su locura o su ataque a las bestias, toda esa atrocidad, sea un castigo ejemplar a su declarada impiedad; una falta tan dolorosa, tan desesperante, que lo lleve al suicidio. El tercer conjunto de razones es más complejo, se trata de su carácter, ese que Tecmesa, su mujer, intenta fallidamente cambiar; un carácter colérico, celoso de la justicia, silente, cuidadoso del mérito propio, poco reflexivo, propenso a la lucha, arriesgado, decidido y profundamente dueño de sus actos. Su mismo carácter, el que le impide manifestar los lamentos o compartir sus penas, ese carácter que lo hace apartarse de los que más lo quieren, es otro motivo poderoso que incide en la decisión de atravesar su costado con la espada de doble filo. Pero lo más interesante de esta tragedia es que Sófocles representa en Ayax la confluencia de estos tres órdenes de causas; por eso es un hombre sin “esperanza de curación”, y por eso las “tinieblas son su única luz”.

Séptima lectura:

(Traducción de Ignacio Errandonea, Editorial Escelicer, Madrid, 1942, y de Aguilar ediciones, Madrid, 1978).

 

Ayax se atormenta por sus acciones pasadas, esa deshonra lo persigue como una sombra. Parte de su tragedia es que ese acto convive con él, noche y día, le afecta el comer y su vida cotidiana. Ayax está preso de ese hecho o ese acto del pasado; y como no puede reversarlo, como no hay manera de volver atrás, opta por matarse. Gran parte de la vida heroica radica en ese culto al pasado. Se vive para ser recordado; es en la memoria de los otros, de las gentes, como cobra sentido una existencia. Los suicidas, al igual que Ayax, están presos de lo ya acaecido: una traición, una humillación, una infidelidad, un acto vergonzoso… lo demás de su vida desaparece o es opacado por tal hecho. Esta mancha es lo que afearía o dañaría su vida memorable. Al dejar de ver salidas en el presente y mucho menos vislumbrar alternativas en un futuro, Ayax convierte esa mancha en un pasado que se eterniza. La obsesión por lo pretérito, especialmente cuando ha sido desfavorable o penoso, transforma el presente en un infierno: las dudas se multiplican, la angustia crece, la esperanza se hace impensable: el apego absoluto al ayer arruina la esperanza, hace imposible el perdón, para uno o para los demás. Ayax, como muchos suicidas, no puede desenredarse de aquellos acontecimientos; ese es su drama. Como Sísifo carga una y otra vez la culpa, el remordimiento, la falta, o el error. Por eso también, aunque no es el caso de Ayax, porque tuvo cuidado en afilar por ambos filos la espada, reinciden en su deseo de acabar con su vida. Por estar presos de un hecho del pasado los suicidas ya han decidido acabar con su vida, lo que buscan es la mejor ocasión para realizarlo.

Octava lectura:

(Traducción rítmica de Manuel Fernández-Galiano, Planeta, Barcelona, 1985).

 

Para la mayoría de suicidas, como Ayax, el suicidio es la única salida, el paliativo a su males, la salvación a sus tormentos. El suicidio es “el sol para sus tinieblas”. Cuando ya “ni los dioses ni los hombres pueden auxiliarlos”, lo mejor es tomar ese camino, defenestrarse ahorcarse, atravesarse con una espada o darse un tiro. Matarse es, en sí mismo, un acto de compasión. Por eso los suicidas consideran ese último acto una invitación esperanzadora; ese “Ven, muerte, mírame”, es un llamado que, como lo afirmaba Tecmesa al verlo con el costado atravesado por la espada de doble filo, provoca un “dulce desenlace”. Los suicidas “logran la muerte que desean” y, en eso estriba, su libertad para contrarrestar al destino o ser dueños, al menos por una vez, de su vida desgraciada. La desventura, los sufrimientos inmensos, las vergüenzas aguijoneadoras, los gritos de toro en pena, todo eso se soluciona con el desenlace del hierro, el veneno, del abismo insondable. Ayax ya no tiene más preguntas ni angustias que lo atormenten. Toda su anterior valentía puesta en duda, todo su heroísmo derruido por la vergüenza y el deshonor, puede ser recuperado con esa decisión, maquinada en soledad. Basta de dilaciones, “no es propio de un buen médico recurrir a ensalmos cuando hay que dar un corte”. Y si fue durante mucho tiempo “vivió gloriosamente”, no por nada era el segundo en valentía después de Aquiles, ahora, como resultado de aquel acto bochornoso de la carnicería con las bestias, debe “con gloria morir”. Los suicidas confían que su desventura sea saldada con ese último acto, no propiamente hecho por cobardes.

Novena lectura:

(Traducción de Assela Alamillo, Gredos, Madrid, 1981).

 

Ayax está cegado por la venganza. Su represalia es doble: hacia Agamenón y Menealo que de manera injusta o con trampa no le entregaron a él las armas de Aquiles; y hacia Odiseo, quien fue el que finalmente las recibió. Esa venganza lo carcome, es un rencor que lo lleva sigilosamente al otro extremo del campamento a buscarlos para matarlos. Su deseo vindicativo se le convierte en penoso resentimiento que lo lleva a la locura. Ayax, a solas, trama, urde planes subrepticios, fragua acometidas a sus enemigos amparándose en la noche. Esa venganza lo torna terco, altanero y sordo para el consejo de los dioses. La íntima desazón de desquite que lleva Ayax en su corazón es la que lo torna osado, audaz, asesino de bestias. La ofensa pasada no cesa de golpear su conciencia, es una quemazón que crece con solo recordar la afrenta; es un veneno que va irrigándose por todo el cuerpo hasta obnubilar la mente y enceguecer los sentidos. La venganza de Ayax se transmuta en rabia, en envidia y aborrecimiento. Pero no es un odio pasajero, sino una inquina que nace y se acrecienta en las entrañas. Es una fuerza irracional, una obsesiva presencia, una dolencia en los intestinos imposible de mitigar, que se atiza con la imaginación y que reclama la sangre: “romper espinazos”, infringir latigazos hasta que muera el adversario, degollar a los causantes de su deshonra.  Ayax es un vengador, semejante a las Erinias que tanto invoca y reclama: su “armado brazo” es contra los jueces, contra los dioses, contra los Atridas, contra todo el ejército argivo. Al igual que él, así viven los suicidas, con ese resentimiento royéndoles el alma.

Décima lectura:

(Traducción de Agustín Blánquez Fraile, Iberia, Barcelona, 1959).

 

Ayax está atrapado en las “redes de la desgracia” tejidas por el destino o por la diosa Atenea; Ayax ha caído prisionero en las “redes de la fatalidad”, como afirma Ulises. Él, que salió en “delirante cacería” al campamento griego, ha terminado cazado por su “furioso arrebato”. Y la misma espada con que degolló los animales del botín que quedaba por repartir, ahora es el “acero homicida” clavado en su costado. Bien parece que ciertos actos en la vida de un hombre, aunque sean únicamente la vibración de un hilo, terminan por afectar todo el tejido. De allí que las circunstancias del presente repercutan en los desenlaces del futuro. Quizá a Ayax le faltó prudencia, contener su ira; o a lo mejor, en su mismo ardor, en su misma valentía, estaba inscrita su vergüenza. Cuántas veces una riqueza termina siendo una desgracia, y cuántas más lo que es elogio de “sangre fría” termina llevando a alguien a la desalmada carnicería. Todo parece ser una cuestión del tiempo y de las circunstancias; del tiempo “que hace surgir a la luz todo lo escondido y cuando lo ha puesto de manifiesto lo oculta de nuevo”. Por eso, y aunque parezca inaceptable para hermanos y familiares, para el grupo de guerreros que asedian a Troya, el suicidio de Ayax es la consecuencia de una trama hecha con acciones pasadas, y de una urdimbre elaborada con su carácter, con su crianza, con el contexto de su amada Salamina. Por ser un “guerrero que nunca volvió la espalda”, por no poder “reformar su manera de ser”, por tener un padre que había realizado “las más brillantes proezas”, por la excesiva confianza en “ganar la gloria sin el amparo de los dioses”… por todas estas cuerdas tocadas en diferentes momentos de su vida, es que termina inexorablemente, por su propia mano, “reclamando el acero”. En suma: el suicidio resulta incomprensible para aquellos que ven solo el hilo suelto, el hecho aislado, pero resulta entendible si se lo aprecia desde el conjunto, desde el entramado con que está hecha una vida.

Undécima lectura:

(Traducción de Carlos Miralles Solá, Salvat, Navarra, 1970).

 

Y después del suicidio de Ayax, ¿qué acontece?, ¿qué pasa con el cadáver del suicida? Lo que espera el suicida es que ese último acto de valor le devuelva el honor mancillado, le retorne al menos el prestigio para ser enterrado dignamente. Pero eso son posibilidades o esperanzas. Puede ser que el hermano Teucro esté ahí para hacer valer ese derecho ante los Atridas, es posible que los soldados de Salamina hagan cumplir esa promesa, hasta resulta pensable que Tecmesa, la esposa, al igual que el hijo, no olviden pronto los juramentos hechos. No obstante, también es posible que sus enemigos dejen el cuerpo del suicida para “arrojarlo a los perros” o “servir de pasto a las aves”. Ya no habrá lanza ni escudo irrompible para exigir ese derecho o hacer cumplir esas palabras. Ayax es una sombra y las sombras sólo hablan con los muertos. Si el cuerpo del suicida le pertenecía de manera cabal en el acto de matarse, al tornarse cadáver es indefenso o depende totalmente de los demás. Razón tiene Menelao, “si cuando estaba vivo Ayax no podían dominarlo, ahora, muerto son sus dueños absolutos”. Lo único que puede devolver los honores al suicida es la compasión, ojalá de un enemigo como Ulises o de aquellos amigos que son capaces de entender que “no es justo herir a un valiente cuando ha muerto”. La compasión es la que permite dejar a un lado las pasadas rencillas y defender públicamente el mérito del muerto. Ayax, como todos los suicidas, confía en que al menos los que le sobrevivan puedan, con justicia, hacerle ese reconocimiento. Que haya suplicantes, abluciones y cantos, porque a pesar de su insolencia o su impiedad fue un valiente que merece una sepultura noble y honrosa.

lustración reconstructiva del motivo del suicidio de Ayax - Euritios Krater

lustración reconstructiva del motivo del suicidio de Ayax – Eurytios Krater.

Lecturas a Ayax, de Sófocles

11 lunes Mar 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario, LECTURA

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Ayax, Lectura comparada, Lectura crítica, Lectura de obras literarias, Sófocles

El suicidio de Ayax

«El suicidio de Ayax», ánfora decorada por Exekias.

Primera lectura:

(Traducción de José Vara Donado, ediciones Cátedra, Madrid, 1985).

 

Por la envidia, Ayax termina enloquecido de ira y, con esa locura en su mente, ataca a las reses, carneros y perros del rebaño de sus aliados. Los acuchilla con saña creyendo que son sus contrincantes. Toma parte de ese ganado y lo lleva preso a su tienda. Uno de esos rehenes, supone él, es Ulises, su gran rival. Pero cuando desaparece la ira, cuando recupera su lucidez, Ayax siente la vergüenza más terrible. Se siente deshonrado, fracasado en su honor y en su valentía. Todo el valor mostrado en sus anteriores hazañas parece una mascarada frente al acto cometido con las bestias. Consternado por este incidente toma la decisión de matarse. Prepara la espada y se lanza sobre ella. Ni su esposa, ni el corifeo, logran evitar este suicidio. O si lo presintieron llegaron tarde para evitarlo.  El final de la tragedia es un alegato sobre si deben enterrar o no a este hombre. Afortunadamente Ulises logra tomar partido en favor de la preparación para la sepultura de su antiguo rival. Por varias afirmaciones de Ayax, se nota que es soberbio o que confía más en su valentía que en el favor de los dioses. Ese puede ser uno de los motivos por los cuales Atenea lo enloquece, haciéndole creer que son hombres y no reses las que apuñala con tanto odio. También es probable, como acontece con la manera de operar el destino, que la prevención de no salir de la tienda de guerra, de quedarse ese día resguardado en ella, haya sido un mensaje tardío.

Segunda lectura:

(Traducción de Julio Pallí Bonet, RBA, edición cedida por B.S.A., 1995).

 

Ayax tiene un conflicto: él, que era uno de los más valientes, el que había mostrado arrojo y valor en la guerra, ahora, después de haber acabado con el ganado botín de los argivos, era indigno de ese pasado glorioso. Se sabe deshonrado por ese acto. ¿Qué valiente guerrero haría tal hecho? , ¿y cómo responderle a su padre, a su pueblo, a su familia?. ¿cómo explicarles esos actos demenciales en que, con tal saña, había degollado y abierto en tajo a bueyes y corderos? La vergüenza de sus pensamientos lo lleva a tomar una decisión: hará creer, a su esposa, que va a enterrar su lanza, que el valiente e insolente guerrero dejará para siempre los ardores de la batalla; pero no es así. Lo que en verdad hace es disponer de la mejor manera la espada de Héctor, aquel regalo de su enconado enemigo, para luego lanzarse contra ella. Ese será, hecho paradójico, su último acto de valentía. Lo que sigue después, la disputa entre sus allegados y los generales por darle o no sepultura, no es lo más importante. Ayax buscó salvar esa deshonra usando su propia vida. Él es el nuevo corderillo, la víctima para el sacrificio. Y si en un acto de locura o de posesión divina terminó matando el ganado de los argivos, ahora, será su cuerpo el que ofrece en sacrificio.

Tercera lectura:

(Traducción de José María Lucas de Dios, Alianza, Madrid, 2013).

 

Bien parece que el destino es inevitable, o que los dioses, cuando no se los atiende, urgen desgracias para los mortales. Por culpa de su soberbia o su altanería, Ayax va a ser castigado. Esa súbita locura, mezcla de odio, envidia y rabia, esa falta de reflexión sobre sus acciones, es la que lo lleva a degollar el ganado de los argivos. Por culpa de su altanería Ayax termina desbocándose asesinando no a hombres, como él creía, sino a bestias indefensas. Esa es su culpa. El precio por esta falta a los dioses, por esta afrenta, es el deshonor, el escarnio, la risa de sus enemigos. Al bajarlo de ese pedestal de héroe, de aguerrido y lanzado combatiente, y ponerlo en el lugar de alguien que asesina a mansalva y se aprovecha de los indefensos guardianes de ganado, Atenea consigue el mayor castigo para Ayax. Por eso él fragua un modo de subsanar dicha deshonra. El suicidio es la salida a ese señalamiento de cobardía: al menos para clavar su propia espada en el cuerpo, se necesita valor, mucho valor. Hasta puede pensarse que este último acto, que no es de piedad o de sumisión y acato a las divinidades, de aceptación pasiva del destino, corresponde al carácter inquebrantable de Ayax: él no se doblega al designio de los dioses, es un ser que se vale por sí mismo. Su orgullo lo lleva a matarse; es una especie de retaliación, abiertamente desafiante a los que se burlan de su locura nocturna. Y así como levantaba la espada ensangrentada de carneros y bueyes inocentes, ahora, en el último acto de su vida, levanta la espada para ofrecerse en sacrificio. Ayax se transforma en parte del botín.

Cuarta Lectura:

(Traducción de Fernando Segundo Briera Salvatierra, Ediciones EDAF, Madrid, 2008).

 

Ayax es inflexible, tan duro es su carácter como el escudo de siete cueros de buey que le servía de defensa en la guerra. Ayax es obstinado, terco, seguro de sus decisiones hasta la obcecación. Por eso no necesita de la ayuda de los dioses. Ayax no duda, y, si comete un error, lo hace convencido de que está agrediendo realmente a sus enemigos; de allí el afán de abrirles el vientre y humillarlos con el castigo del látigo hasta morir. Ayax tiene una voluntad heroica, ciclópea; no escucha consejos ni razones; por el contrario, pide que su mujer guarde silencio. Ayax escucha tan solo a sus propios pensamientos; se ensimisma, se guarda; allí, en la soledad de su tienda, a partir de su falta o su error, urde en consecuencia un plan para salvaguardar su honra mancillada. Una vez más, esas cavilaciones nacen de su mente; no hay oráculos ni lectura de indicios agoreros. Ayax es incapaz de pedir ayuda y menos solicitar clemencia o perdón. No es un ser que vuelva atrás para reconvenir o subsanar lo hecho. Ayax solo mira hacia adelante; es un hombre de acción suprema: un guerrero heroico. Matarse, en consecuencia, corresponde a su temperamento: es una decisión irrevocable, directa, definitiva. Lo trágico de su existencia precisamente está ahí, en esa incapacidad para dudar, para contemplar la posibilidad de diversas alternativas y sopesar las consecuencias de tomar una u otra opción. Ayax no es astuto como Ulises; Ayax representa la ética de la fuerza, de la valentía suprema.  Ayax tiene dentro de su corazón la impronta de los valientes absolutos, esa disposición de la voluntad –cuando todo falla o se avecina la derrota– para asumir el propio sacrificio. Ayax vivió hasta el final el destino de ser un soldado cabal en cuerpo y alma.

Quinta lectura:

(Traducción de Julián Motta Salas, Banco de la República, Bogotá, 1958).

 

Los suicidas, por tener alma trágica, son demasiado sensibles al deshonor, a la humillación, a la burla, al señalamiento social. La risa sarcástica, el rumor negativo, el dedo acusador, todas estas cosas pesan demasiado en su conciencia. Los suicidas, en este sentido, sobredimensionan sus mismas acciones o las acciones de los demás. Ayax, por ejemplo, no soportó la injusticia en el resultado del sorteo de las armas de Aquiles: él sabía que era el más aguerrido, el más valiente y, por ende, debía ser acreedor a dichos objetos de guerra. Al no obtener las armas, se produce en él una decepción infinita. Este hecho lo agobia hasta la locura. No encuentra explicaciones justas a esta decisión o siente que el jurado ha sido comprado o está abiertamente contra él. Y más tarde, cuando recapacita sobre las acciones realizadas por sus manos en ese acto de locura, cuando cae en la cuenta de su error, Ayax sobredimensiona esos hechos: ¿por qué actuó así?, ¿cómo logró asesinar a todo ese ganado?, ¿cómo no se dio cuenta de que estaba matando a bestias y no a hombres? Sin embargo, más allá de entender o aceptar esa falla y seguir adelante con su vida, de comprender lo realizado y achacarlo a la enceguecida cólera, Ayax se obsesiona con este acontecimiento, lo amplifica hasta convertirlo en un acto bochornoso, inaceptable, intolerable. Los suicidas como él, sus almas altamente sensibles, transforman lo casual u ocasional en un acto de resonancia eterna. No hay forma de que sanen las heridas recibidas o producidas, no hay razones que ayuden a curar su espíritu y su mente. Un gesto, una palabra, una situación que para muchas personas resulta accidental, en el caso de los suicidas se convierte en un hecho esencial. Sus almas poseen, para su desgracia, un umbral de valoración altísimo, un rasero de encumbradas resonancias. El conflicto se acentúa porque las otras personas banalizan lo que ellos magnifican. Los suicidas sufren esa incomprensión del afuera, de los parientes, de las personas más cercanas; por eso se encierran, se ensimisman, se aíslan. El límite de ese estado intolerable, esa escisión entre su percepción excesiva y la inadvertencia de los demás, conduce inexorablemente a poner fin a su existencia.    

Preguntas sobre lectura crítica

04 lunes Mar 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Conferencias, LECTURA, OFICIO DOCENTE

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Ángel Boligán

Ilustración de Ángel Boligán.

Hace poco estuve con los profesores del colegio Agustiniano Suba hablando sobre “Lectura crítica”. Además de compartir una variedad de estrategias para incentivarla y desarrollarla en las aulas, el encuentro sirvió para revitalizar la misión de formar a las nuevas generaciones con capacidad para leer el contexto y tomar distancia del inmediatismo de la información al que están expuestos. Para continuar ese diálogo, respondo a algunas preguntas hechas por los participantes.

  1. Cómo lograr que cada estudiante tome conciencia crítica frente a lo que lee? (Patricia Rojas Joya).

La toma de conciencia compete principalmente al estudiante; sin embargo, los maestros podemos contribuir a que en el aula o en la institución educativa se avance en ese proceso formativo. Lo primero es pensar muy bien las lecturas que les ponemos a nuestros aprendices: ¿qué nos proponemos con ellas?, ¿cuál dimensión humana deseamos cualificar?, ¿qué proceso de pensamiento consideramos moviliza o promueve?, ¿cómo contribuyen a la reflexión? Esta labor de saber seleccionar las lecturas, de elegirlas con cuidado formativo es una de las maneras como contribuimos, así sea de manera indirecta, a la conciencia crítica. Lo segundo es pensar muy bien las actividades derivadas de esas lecturas; por ejemplo, ¿vamos más allá del resumen y de la mera transcripción de apartados?, ¿fomentamos el contrapunto con fragmentos de esas lecturas?, ¿ponemos a escribir con el fin de que tomen partido por algo o en contra de lo que allí se afirma?, ¿privilegiamos los textos argumentativos por encima de los expositivos? Y aún más: ¿hacemos solo control de lectura o provocamos el debate, el foro, el panel, la discusión organizada? Esto también influye en el desarrollo de la conciencia crítica. Pero, además, podemos hacer que el estudiante vincule esas lecturas con su vida, con su cotidianidad, con su existencia. Aquí de nuevo la didáctica es fundamental para lograr que los alumnos sientan esas lecturas relacionadas con el mundo que viven o que en unos años vivirán. Las prácticas de reconocimiento y proyección vital son adecuadas para este propósito.

  1. ¿Todos los textos requieren de una lectura crítica? (Yadira Beltrán).

En principio sí. Sólo que unos se prestan más que otros, o requieren de mayores elementos para hacerlo. No es lo mismo debatir con un texto de ciencias sociales que uno del campo de las matemáticas. Pero aun así, si el profesor contextualiza cada lectura, si dota de densidad histórica o de aplicación eso que se está leyendo, seguramente cabrá la perspectiva de la lectura crítica. Siempre hay que recordar una cosa: la lectura crítica es esencialmente una actitud de sospecha, de cuestionamiento, de preguntar al texto. Somos lectores críticos porque ponemos entre paréntesis lo que leemos, llámese texto escrito, ambiente de ciudad, objetos que circulan, mensajes de diferentes medios, gestos, prácticas… Y poner entre paréntesis es tener el tiempo suficiente para analizar su procedencia, su alcance, sus implicaciones. También hacer lectura crítica es comparar distintos textos enfocados en el mismo tema o asunto. Relacionar, comparar, ver semejanzas y diferencias, todo eso puede aplicarse a muchos tipos de textos y a diversas disciplinas.

  1. ¿Cómo desarrollar la capacidad de descubrir la intertextualidad de los textos? ¿Qué actividades externas a la lectura pueden favorecer el desarrollo de la lectura crítica? (Walter Alfred Albrecht Lorenzini).

A la primera inquietud diría que, cuando los textos traen citas o notas a pie de página, esa ya es una buena pista para hacerles evidente a los estudiantes la intertextualidad. No pasar por alto, entonces, esa letra menuda. Llevar a clase esos otros libros, fotocopiar la tabla de contenido o enriquecer la discusión con el capítulo a que se alude en la lectura, es desarrollar la intertextualidad. Otro modo es mirar con los alumnos, en detalle, la bibliografía. Identificar esas obras y esos autores: nacionalidad, tendencia, ubicación de su pensamiento. La bibliografía, si se sabe leer en clase, si se diseñan actividades que despierten la curiosidad para rastrearla, es una manera directa de apreciar los otros textos que han servido de base o de andamiaje a un autor en particular. Ahora bien, para responder a la segunda inquietud, resulta muy conveniente que los estudiantes hagan registros escritos o visuales de su vida cotidiana. Enseñarles a hacer lectura semiótica de la moda, del mundo de la publicidad, de los centros comerciales, de los videoclips, de lo que circula con abundancia en internet. Lo importante es habituar a los alumnos a realizar esos registros; que tengan un diario o un cuaderno de notas. Hasta podría pedírseles, como lo hice yo mismo alguna vez, que lleven un “Diario del escucha” en el que graben aquellos eventos o situaciones que les parezcan dignos de interés o curiosidad. Todo aquello que ayude a que los alumnos reconozcan su entorno, que tomen cierta distancia de etnógrafos o reporteros del acontecer cotidiano, todo ello, revertirá en la lectura de otros textos y, por supuesto, irá creando una capacidad viva de lector crítico. 

  1. ¿De qué manera motivar a un estudiante hacia la lectura crítica sin que tome apatía? (Andrés Quiroga Murcia).

Por supuesto, la estrategia didáctica que emplee el maestro es fundamental. Por ejemplo, no poner tareas de afán, explicar con tiempo el sentido de un trabajo o una actividad. Si la lectura crítica es propuesta como un reto, como algo en que el estudiante sienta que descubre o aporta algo, será más motivadora que una actividad en la que todo se reduce a transcribir o copiar de otro texto. Resulta muy positivo, de igual forma, incitar al estudiante a que explore en sus gustos, en sus dudas, en su campo de intereses. No sobra recordar que la lectura crítica lejos de reducirse a la lectura de obras literarias es aplicable a otros escenarios cercanos a la calle, a la cotidianidad de los estudiantes. Es aconsejable que los trabajos o tareas sobre lectura crítica no se queden solo en la evaluación secreta que hace el maestro; por el contrario, es más motivador que esas tareas se compartan, se hagan exposiciones o murales, se lleven a plenarias en las que el estudiante pueda “mostrarse”, exhibir su creatividad o singularidad.

  1. ¿Cuál es la esencia de la lectura crítica, o qué la diferencia de una lectura normal? (Karolina Martínez Garzón).

La principal diferencia con otras lecturas es que, además de dar cuenta de un significado o de comprender bien un mensaje, la lectura crítica desea entender los contextos, la relación con el autor, los intertextos que subyacen, los intereses implícitos en un texto. Si la lectura normal es una labor más formal, más intrínseca, la lectura crítica aboga por relacionar esa lectura con la historia, con los intereses o ideologías de las que participa. Esa es una gran diferencia. La segunda es mucho más profunda: a diferencia de la lectura normal, de una labor decodificadora de los textos, la lectura crítica se encamina a formar en los lectores un espíritu capaz de la perspicacia, la sospecha, la duda, el cuestionamiento. Un lector crítico no solo sabe la estructura de un texto, sino que es capaz de fisurarlo con interrogantes para descubrir sus omisiones o sus recurrencias, para detectar el engranaje oculto que lo soporta. Esto permite que, poco a poco, el lector deje de asumir los textos de manera ingenua o aséptica para ir asumiendo una toma de posición más aguda en la que se entiende la información pero, a la vez, se puede inferir de qué manera lo dicho ayuda a liberar o cualificar a un ser humano en lugar de mantenerlo en la sumisión o la ignorancia propensa a la manipulación y el fanatismo.   

  1. ¿Cómo se puede implementar la lectura crítica en las artes plásticas? (Natalia Santoyo Santamaría).

Las artes plásticas, en general, son un buen medio para hacer lectura crítica. Piénsese no más en la lectura que posibilita la arquitectura y su concreción en el espacio de unas ideas religiosas, de poder o de concepción ideológica; o hacer lectura crítica de los estilos y sus formas, o de los ornamentos… O la lectura crítica que podría hacerse de los diversos motivos plasmados en la pintura, digamos el desnudo femenino, para entender cómo ha cambiado históricamente una idea de belleza, y a qué concepción social o cultural de la mujer corresponde cada propuesta en un lienzo… O para poner un ejemplo del dibujo humorístico: cuánto puede ayudarnos la caricatura para mostrar, en concreto, cómo frente a determinado hecho o situación se hacen lecturas irónicas o abiertamente críticas. Si ponemos a nuestros estudiantes a que indaguen y consigan caricaturas sobre un hecho polémico o de actualidad, si les pedimos que cotejen esas diferentes piezas gráficas, y si luego ya en el salón, hacemos una exposición y sacamos en claro lo que muestran esas pequeñas obras artísticas, lo que sacan a flote o ponen en evidencia, con toda seguridad favoreceremos la lectura crítica y un ojo cuidadoso para apreciar estas manifestaciones gráficas del sarcasmo, la sátira y el ingenio mordaz. Una vez más, los aportes de la semiótica resultan más que idóneos para este campo de la lectura crítica.

  1. ¿Cómo promover la lectura crítica a través de tablas y gráficos? (Javier Hernández Montoya).

De entrada podría sugerir analizar con los estudiantes cómo fue construida esa tabla: ¿cuál es su ficha técnica?, ¿su margen de error?, ¿y por qué tienen un margen de error?, ¿qué tan grande fue la muestra?, ¿cómo enriquece o no la información de la cual sirve de ilustración? Así que lo primero es relacionar la información de la gráfica con la información escrita o con el contenido que le sirve de soporte. También se podría constatar cuál es la intención de exponer en la tabla o en una gráfica determinada información: ¿qué se privilegia?, ¿qué se omite?, ¿por qué se seleccionó ese aspecto? Sobra decir que muchos de los textos llamados “discontinuos”, de los que se valen los medios de información, tratan de “hacer creer” de manera rápida, obviando el análisis y tratando de embaucar al lector en la consigna de que “una imagen vale más que mil palabras”. Por eso hay que leerlos críticamente. Vale la pena leer en clase los “folletos publicitarios” para descubrir los intertextos, las omisiones, las implicaciones, la letra chiquita que esconde una falacia o una engañifa legal. La lectura crítica de mapas se lograría enriquecer en el aula si se entiende la realidad no desde la lógica de la linealidad, sino desde una mirada de la superficie. Al diferenciar mapa de territorio, al entender las convenciones y, en particular, el concepto de escala, estaríamos proveyendo a nuestros estudiantes de miradores potentes para saberse “habitantes” de un espacio o poblar un “nicho” vital y entender las implicaciones de la tenencia de una tierra, los procesos migratorios o lo que trae consigo, a nivel social y personal un proceso de desplazamiento. Ser lector crítico de mapas es advertir cómo se ha ido construyendo una visión de mundo de acuerdo a unos intereses económicos o a una especial manera de ubicar dónde queda el centro y dónde la periferia.

  1. ¿Cómo se puede realizar un aporte a la lectura crítica desde la educación física en grados superiores? (Jaime Enrique Rodríguez Muñoz).

El cuerpo, como se sabe, es un lugar en el que confluyen infinidad de marcas de crianza, morales, prácticas de higiene y de cuidado. Examinarlo, conocerlo (y no solo ejercitarlo) podrían ser vías de lectura crítica. Poder tomar distancia comprensiva de los cambios que va sufriendo, de los miedos que en él se concentran, la forma como se lo alimenta o se lo somete a restricciones mediadas por la moda o el imperio de la sociedad de consumo, son otro conjunto de posibilidades. Al invitar a los estudiantes a reflexionar sobre su corporeidad, a descubrirse y redescubrirse, lo mismo que a entender lo que implica disciplinar el cuerpo, escucharlo en su comunicación silente, cómo se pone en contacto con otros y cuánto se llega a modificar en aras de cumplir determinado canon de belleza, tales análisis contribuirían a una mejor relación con el propio cuerpo y con el de los semejantes. Todas las prácticas de saber acariciar y tener tacto, o esas otras de conocer cuáles son los límites de la agresión física, son idóneos para que los estudiantes sepan leer los signos físicos que establecen los vínculos de la convivencia y el trato respetuoso. La danza, el baile, el juego, son otras formas adicionales de poner el cuerpo en ejercicio, sin que tengamos que someterlo al castigo de origen militar o a la corrección moral vergonzante y culpabilizadora.

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