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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: LECTURA

De cacería en la Feria del libro

04 jueves May 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario, LECTURA

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Etiquetas

Feria del libro, Libros-álbum, Recomendaciones de libros

En cada visita a la Feria del libro de Bogotá busco, como un cazador esperanzado, libros álbum que por su historia o por la propuesta gráfica me parezcan innovadores, sugerentes o con amplias posibilidades formativas. Esta labor me obliga a estar alerta a las novedades editoriales pero también a escudriñar obras que habían permanecido escondidas o refundidas entre los mostradores de las editoriales.

Es común, entonces, que revise y observe varias veces lo que Kalandraka, Lóguez, Bárbara Fiore, Juventud, Ekaré, Fondo de Cultura Económica, Océano, Kókinos…, traigan o exhiban en sus estantes. Por supuesto, hago mi paseo consabido por Fundalectura y Babel, y con expectativa espero ver qué traen los países invitados. Estos múltiples recorridos arrojan casi siempre una buena cacería que luego, en mi casa, releo y detallo con sumo interés.

Como sé que varios lectores de este blog son maestros o padres de familia preocupados por animar a sus alumnos o sus hijos a la lectura, me ha parecido conveniente compartir parte de mis hallazgos. Reitero que aquí referencio una muestra de los libros álbum “abatidos” en esta versión 30 de la feria y, en una próxima oportunidad, daré cuenta de otros descubrimientos bibliográficos.

Una primera obra que he seleccionado es de Ediciones La Fragatina, titulada La vaca que leía libros (2016), con texto de Adélia Carvallo e ilustraciones de Till Charlier. Este es un libro álbum centrado en el gusto por la lectura y, especialmente, en el valor de mantener firme una pasión a pesar de los comentarios negativos de los demás.

La vaca que leía libros

«La vaca que leía libros» de Adélia Carvalho y Till Charlier.

El segundo libro elegido lleva como título Dos personas (2009), de la polaca Iwona Chmielewska, es editado por Océano. La obra es una magnífica propuesta tanto en el texto como en el trabajo gráfico. Su tesis, desarrollada a lo largo de las páginas es sencilla y contundente: “convivir con otra persona hace que la vida sea más fácil o más difícil”. Un texto de honda meditación sobre lo complejo de conformar una pareja.

Dos personas

«Dos personas» de Iwona Chmielewska.

Mi tercer hallazgo es de editorial Lóguez: Para siempre (2015) con texto de la pedagoga alemana Kai Lüftner e ilustrado por Katja Gehrmann. Esta es una delicada propuesta sobre la muerte de los seres queridos y de cómo, a pesar del tiempo, permanecen en nuestra memoria. La imagen y el texto dialogan creativamente sobre los “retrasados”; es decir, sobre aquellos “que han perdido a alguien para siempre”.

Para siempre

«Para siempre» de Kai Lüftner y Katja Gehrmann.

Un cuarto libro álbum, en el que prima la fuerza narrativa de la imagen sobre el poco texto, es Moletown. La ciudad de los topos (2015) del ilustrador alemán Torben Kuhlmann, publicado por Editorial Juventud. Kuhlmann toma como alegoría a los topos para presentar el ingente crecimiento de las ciudades y hace un llamado a la conciencia ecológica sobre nuestro planeta.

Moletown

«Moletown» de Torben Kuhlmann.

Mi última “presa bibliográfica” es el libro ganador del XVIII Concurso de álbum ilustrado A la orilla del viento (2015), del Fondo de Cultura Económica. Los ecuatorianos Roger Ycaza y María Fernanda Heredia son los autores de Los días raros. Tanto la ilustración como el texto crean una especie de atmósfera existencialista para mostrarnos esos días en que la angustia, la soledad o el aburrimiento pueblan nuestra vida. No obstante, es un texto con un final esperanzador.

Los días raros

«Los días raros» de Roger Ycaza y María Fernanda Heredia.

Miro y leo de nuevo estos libros álbum y confirmo que dichas obras no son únicamente para los más pequeños. Es un error suponer que son literatura menor o que están reservados para la enseñanza básica. Me reafirmo al degustarlos en otra cosa: la imagen tienes sus formas particulares de narrar y sirve de contrapunto, de amplificación o de metáfora a lo que los cortos textos comunican. Y los textos, han sido tan destilados, que guardan cierta semejanza con lo concentrado y preciso del lenguaje poético. En suma, una armoniosa conjugación expresiva para mover nuestras emociones y estimular el pensamiento.

De los lectores críticos

09 jueves Mar 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Aforismos, LECTURA

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Ilustración de Javier Jaén

«Afinar». Ilustración de Javier Jaén.

Los lectores críticos son hijos de Descartes: dudan. Y los mejores, dudan metódicamente.

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Siendo fieles a la etimología, el lector crítico separa, diferencia, discrimina. Un lector crítico es un experto en el uso del colador, los filtros y los cedazos.

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Los lectores críticos experimentados conocen que el sentido literal es la pista falsa que deja el significado después de tramar un texto.

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Los lectores críticos exhuman sentidos implícitos, tácitos, enterrados. Algo tienen, entonces, de arqueólogos o de antropólogos forenses.

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El lector crítico asume los textos con brío e intensidad extrema. Pregunta, hace conjeturas, busca relaciones aquí y allá. Es decir, disfruta a plenitud el hiperactivismo del significado.

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El lector crítico debe tener, como Jano, dos caras: una para ver el texto y, otra, para entrever los contextos.

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El lector crítico visitó al oráculo, y éste, ante la pregunta de aquél sobre cuál era la clave para desentrañar un texto, le contestó: “Profundiza… profundiza”.

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Los lectores críticos, que conservan en su alma algo del espíritu infantil, saben que los textos siempre dejan migas de pan a lo largo de sus páginas, pero escondidas entre la hojarasca de palabras. La moraleja es obvia: leer críticamente es descubrir el camino oculto a partir de unas pocas moronas de significado.

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Cuando un texto es llevado al tribunal de la lectura crítica, el lector pregunta como un fiscal acusador: “¿Tiene respaldo para esas aseveraciones?”, “¿no hay intereses personales que sesguen sus planteamientos?”, “¿qué tan válidos y fiables son sus testigos?”

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El lector crítico es un paleógrafo de palimpsestos: raspa el sentido literal de la superficie de los textos para encontrar el sentido encubierto debajo de esa escritura.

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La pericia de un lector crítico depende del grueso de los agujeros que use para cernir la información.

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Los medios masivos de información –tan plegados hoy a los intereses económicos– hacen montajes cotidianos de la realidad. La tarea del lector crítico, en consecuencia, es recuperar aquellas escenas inéditas que fueron censuradas u omitidas por el editor. Mostrar ese “detrás de cámaras” es lo propio de la lectura crítica.

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El lector crítico tiene mucho de eremita, porque se aparta de la opinión de la masa; y también de profeta, ya que sus anuncios riñen con la credibilidad de la mayoría.

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El lector crítico no busca los textos para obtener algunas respuestas, sino para hacerles bastantes preguntas.

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Una persona, cuando somete su tradición a la lectura crítica, cambia al menos su forma de pensar; si son varias, constituyen un movimiento renovador: y si son demasiadas, transforman radicalmente una sociedad.

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¿Por qué el poder teme tanto a los lectores críticos? Porque ellos pueden propagar la clarividencia en un mundo cegado por el conformismo y la credulidad.

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Aunque el lector crítico centra su atención en un texto, su mirada abarca otras páginas adjuntas. Los libros retomados por un lector crítico desdoblan sus hojas para enlazarse con otros textos.

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En el mundo de la velocidad y la inmediatez poco interés suscita la lectura crítica. Este tipo de lectura, como la concebía Nietzsche, es para espíritus rumiantes.

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El trabajo de un lector crítico es un oficio artesanal de muchísimo cuidado: separar por capas sucesivas, depurar por destilación, separar por peso y tamaño, entretejer hilillos sueltos.

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Puede que no sean muchos los títulos académicos de un lector crítico; es posible que sus conocimientos no sean los más eruditos; pero una cosa sí debe saber bien: las leyes de la lógica.

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El humor sigue siendo la forma más sutil de la lectura crítica. Es tan fino el escalpelo del humorismo que apenas sentimos sus heridas.

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Lector crítico: eterno insatisfecho del sentido común.

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Lo que la publicidad proclama como necesidad, el lector crítico lo considera un ardid de comerciante.

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Los lectores críticos conocen que debajo de cada palabra de un escrito se proyectan las creencias del autor. En esta perspectiva, son las sombras del significado el objetivo de su develamiento.

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“Nada está suelto”, dice el lector crítico; “todo está relacionado”, vuelve y exclama, mientras busca entre la maraña de palabras lazos de semejanza o hebras de filiación. “Todo texto es un tejido”, repite, continuando con su tarea de hilandero de significados.

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Algunos lectores críticos infieren que para llegar a la esencia de los textos hay que bucear entre corrientes encontradas o excavar en los yacimientos subterráneos del contenido.

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Relectura: estrategia irremplazable de los lectores críticos.

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Lector crítico chef: el que coge grumos de información, por lo general apelmazados, los pasa por el cedazo del análisis, con el fin de eliminar impurezas y quedarse con la esencia de un mensaje.

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Los lectores críticos tienen un ojo de águila y otro de pescado. Con el primero detectan los detalles; con el segundo, perciben el paisaje en su conjunto. Esta especial bifocalidad es la que los convierte en sagaces escudriñadores de los textos.

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De todas las letras del abecedario de los lectores críticos, cinco son las más importantes: la S de “sospechar”; la A de “analizar”, la C de “contextualizar”, la D de “deducir” y la T de “tomar conciencia”.

Leer en vacaciones

30 viernes Dic 2016

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, LECTURA

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ilustracion-de-jungho-lee

Ilustración de Jungho Lee.

Me gusta emplear buena parte del tiempo de mis vacaciones en leer. Disfruto, enormemente, levantarme temprano a continuar el libro que dejé la noche anterior, sin tener que preocuparme de los compromisos académicos o del corte que ocasiona dejar la lectura para ir a cumplir con mi horario habitual de trabajo. Así que, en vacaciones puedo darme ese placer a mis anchas, dedicando más de ocho horas a esta gozosa forma de descanso.

Salta a la vista que la lectura es un excelente sucedáneo del viajar. O mejor, es la forma como se puede viajar estando en casa. Digamos que es la manera particular como la imaginación saca sus valijas y desempolva sus atuendos. Por lo mismo, al tener varios días para elegir el libro que queramos o para regodearnos con la relectura de esos otros apreciados compañeros de existencia, pues no deja de producirme una alegría manifestada por momentos en un espíritu juguetón o una disposición especial para seguir las pistas señaladas en un libro o buscar una obra referenciada en una nota a pie de página.

De otra parte, la lectura es como un lubricante para mi escritura. Ella hace las veces de acicate, de piedra de toque, de catapulta íntima, para que se despierten las manos y busquen el esfero o el teclado del computador. Un apunte allí, una reflexión consignada en el “despertario”, una frase recogida con rapidez en mi cuaderno de notas. Desde luego, a veces el escribir no es inmediato. La lectura, en estos casos, hace las veces de sedimento, de represa, de caldo de cultivo. Y sé por mi propia experiencia que luego, cuando menos lo piense, se convertirá en una corriente interior que me lleva a encerrarme en mi estudio a escribir para no dejar que esa fuerza descomunal asfixie mi pensamiento o me rompa el espíritu.

Y como toda lectura evoca a otras, como al tocar las frases de un texto se despiertan las resonancias y los ecos de otras obras, lo más interesante es que en la mesa de noche, en el escritorio, en el estudio, empiezan a crecer los libros como pirámides en una inestabilidad misteriosa. Un ejemplo, sería suficiente: en la pasada Feria del libro de Guadalajara encontré un pequeño texto de Ezequiel Martínez Estrada sobre Montaigne, editado por la UNAM, en la colección “Pequeños grandes ensayos”. El librito me atrapó. Pero, a la par que iba leyendo el texto, seducido por Martínez Estrada volví a la lectura y relectura de algunos ensayos de Montaigne. Me detuve en: “Sobre unos versos de Virgilio” y en la “Apología de Raimundo Sabunde”. La traducción elegida fue la Javier Yagüe Bosch publicada por Galaxia Gutenberg y el Círculo de lectores. La provocación del argentino me llevó a revisar mi biblioteca y encontrarme con un pequeño texto del historiador Peter Burke sobre Montaigne; aunque ya lo conocía, esta vez lo leí completo. Y durante tres días devoré la novela- ensayo del chileno Jorge Edwards, La muerte de Montaigne. Releí el prólogo de André Gide a su antología sobre Montaigne y la semblanza homónima del vienés Stefan Zweig editada bellamente por Acantilado. También tengo en remojo otra biografía sobre el padre del ensayo titulada Montaigne a caballo, de Jean Lacouture. Y si los días de vacaciones me alcanzan, degustaré otra obra: Pensar sin certezas: Montaigne y el arte de conversar del  español Jesús Navarro Reyes.

Como se ve, leer es una labor inacabada. Porque la red de conexiones no involucran solo a Montaigne, sino al mismo Ezequiel Martínez Estrada. Yo había leído ya La cabeza de Goliath. Microscopía de Buenos Aires, pero este largo y hermoso texto sobre el ensayista francés, me puso en alerta para degustar la Radiografía de la Pampa. El proceso de réplicas me llevó de nuevo a las Moralia de Plutarco y, por una coincidencia que solo suceden cuando se está de vacaciones, en una de mis acostumbradas visitas a la tienda de libros y antigüedades “Quevedo”, pude por fin de muchos años adquirir las Obras completas de Séneca, en la edición de Aguilar. Séneca, el cordobés de cabecera de Montaigne. Las ramificaciones de la lectura se multiplican como las enredaderas; algunas de esas bifurcaciones son evidentes o inmediatas y, otras, se entrelazan en el subsuelo de nuestra memoria o crean vínculos secretos en el pozo sin fondo de nuestro inconsciente.

Retomo el hilo de mi argumentación para agregar que la lectura es un bien inmaterial que deberíamos legar a nuestros hijos o a las generaciones venideras. Lamento que los más jóvenes de hoy malgasten buena parte de su tiempo consumiendo una programación televisa tan limitante y castrante de la fantasía, privándose de lo que un buen libro ofrece a su mente y a su imaginación. Quizá este mundo consumista e inmediatista, esta sociedad de consumo tan atrapada por adquirir cosas y artefactos, vaya cercenando o mermando las prácticas de lectura de libros. Entre otras cosas porque para leer se necesita devolverle a la soledad y al silencio su justa valía; y porque la lectura, además, pide cierta atención o concentración sin la cual es imposible develar lo que está latente debajo de cada grafía. Pero a pesar de este mal ambiente de estas épocas para la lectura considero que es un deber de padres y familiares potenciar el gusto por leer. Esto implica, desde luego, mostrar con el propio ejemplo el disfrute de la lectura. Y también, dedicar tiempo para leerles a los niños y niñas libros en los que ellos y ellas puedan apreciar otro tipo de magia: ese hechizo no proveniente de mecanismos o dispositivos tecnológicos, sino del prodigio de la propia mente para inventar, recrear o conjeturar mundos posibles a partir de la unión o combinación de simples palabras.

El ocio de las vacaciones es una especie de tierra fértil para la lectura. Cuánta cosecha recogida en tan pocos días: “Montaigne hizo de la lectura un modo de acción… La total impregnación del alma en las lecturas es lo que fortifica los órganos de sentir y pensar; la lectura activa es uno de los secretos del desarrollo y temple de los grandes espíritus”, afirma Martínez Estrada. “Escribo una fantasía muy personal, mi Montaigne, para decirlo de algún modo, y si el paciente lector quiere seguirme, la elección es suya. Montaigne significa para mí la libertad, la sensatez, el humanismo superior, y en algún sentido: la lectura y la escritura”, confiesa Jorge Edwards. “Uno de los placeres al leer a Montaigne es el de que se encuentran constantemente posibles significados nuevos en sus escritos”, advierte Peter Burke. “Un lector idóneo descubre a menudo en los escritos de otro otras perfecciones que las que el autor ha puesto y señalado, y descubre sentidos y matices más ricos”, apunta André Gide, retomando una cita de Montaigne… Los diversos subrayados son una evidencia de que la lectura ha estado feliz, saltando aquí y allá, satisfecha de estar en complicidad con la vigilia y ansiosa por continuar su aventura de expedicionaria en las absorbentes y delgadas tierras de los libros.

Procesos de pensamiento y lectura crítica

07 viernes Oct 2016

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, LECTURA

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Sabemos que una lectura crítica debería, al menos, ser analítica, reflexiva y con una disposición activa del lector. Es aceptado de igual modo que la lectura crítica busca esencialmente trascender lo literal y alcanzar un nivel valorativo. También se ha insistido, especialmente desde los aportes del análisis del discurso, que la lectura crítica incluye el saber rastrear la ideología que le subyace a determinado texto. Si  bien comparto algunos de estos rasgos, considero que la lectura crítica es el resultado de combinar ciertas operaciones de pensamiento que, al conjugarlas, logran no sólo explicar y comprender mejor los textos sino sacarles el mayor provecho en su dimensión significativa. Pienso que existen niveles en una “arqueología” de los textos, que el modo como se estructuran prefigura un sentido, y que las diferentes tipologías textuales reclaman para sí diferentes prácticas de lectura. En este sentido, considero que la lectura crítica es el resultado de un proceso formativo, la convergencia de técnicas, saberes y determinadas habilidades cognitivas.

¿Pero cómo lograr esas habilidades en nuestros estudiantes?, ¿cuál sería la mejor manera de alcanzar esos objetivos? Por supuesto, además de la motivación y la insistencia del maestro para que sus alumnos logren dicha “calidad lectora”, hace falta desarrollar procesos de pensamiento que permitan alcanzar tales propósitos. A tres de estos procesos es que deseo referirme en los párrafos que siguen, advirtiendo que su complejidad de conocimiento y aplicación dependerán del contexto de los estudiantes, la edad y el nivel escolar en que se desempeñen. Como en todos los procesos educativos, el maestro deberá saber cuándo y cómo adaptarlos, transformarlos o ajustarlos a un determinado contexto.

1. Aprender a relacionar. Es una actividad cognoscitiva que “permite establecer, de manera concomitante, la identidad y la alteridad de dos o más magnitudes u objetos de saber”[1]. Este proceso de pensamiento deberíamos enseñarlo desde los primeros años de escolaridad. El ejercicio de la observación, de la observación detallada y cuidadosa, podría dar altos resultados en los futuros estudiantes. Sería fundamental también no enseñar las cosas separadas sino integradas, esforzándonos siempre por poner en escena el saber contextualizado. Formar a nuestros estudiantes en una mente sistémica para la que sea habitual ver las partes en función de un todo, y valorar un elemento en función de los otros elementos del conjunto. En este mismo sentido los profesores y profesoras de los primeros grados tienen una enorme responsabilidad en lograr que los diferentes sentidos se desarrollen y encuentren su mayor grado de cobertura. Pienso que si al estudiante se le dan herramientas y se lo pone en situación de encontrar lazos de unión entre los sonidos, los colores, los sabores; si explora en las potencialidades de sus sentidos, será desde luego un mejor lector crítico de la vida, del mundo y de la cultura. La enseñanza del proceso analógico puede ser otro recurso para potenciar esta estrategia de pensamiento[2]. Una formación consistente en relaciones permitiría saber y poder encontrar oposiciones, contrastes; simetrías, asimetrías; relaciones unívocas o equívocas; relaciones contrarias o contradictorias.

Las implicaciones para una lectura crítica son evidentes: contar con procesos cognitivos que lleven a hallar en un texto las conexiones entre los elementos, las correspondencias de fondo, la interacción entre diversos aspectos, las vinculaciones de subsuelo. En síntesis, esta operación de pensamiento es fundamental para poder dar cuenta de la estructura de los textos. Digámoslo de manera categórica: los lectores críticos son los que evidencian o descubren relaciones implícitas o lejanas en los textos; los que pueden develar la estructura de fondo que soporta el significado textual; los que pueden discriminar sentidos.

2. Aprender a inferir. De manera amplia, la inferencia es un tipo de razonamiento “mediante el cual la conclusión se desprende con necesidad lógica de las proposiciones antecedentes”[3]. Siendo más específicos, podemos afirmar que la inferencia es un “actividad de razonamiento –de la que la deducción y la inducción son casos particulares– centrada en el pasaje de una proposición a otra en cuanto a su posible valor de verdad”[4]. Los analistas del discurso hablan de por los menos tres tipos de inferencia: inferencia contextual, inferencia situacional e inferencia interdiscursiva[5]. Pero más allá de sutilezas lógicas, lo importante es desarrollar este tipo de razonamiento para que nuestros estudiantes aprendan a sacar consecuencias, implicaciones, conclusiones prácticas de hechos, situaciones o textos. Si la inferencia es “un proceso discursivo por el que alguien pasa de una información, una creencia o un conocimiento a otra creencia o a otro (presunto) conocimiento”[6], es clave que enseñemos los procesos de pensamiento relacionados con la deducción, la inducción y, desde luego, la abducción.

Si se cuenta con buenas bases inferenciales nos resultará más fácil sacar consecuencias respecto de premisas, o alcanzar presunciones o presuposiciones más plausibles. Pienso que si no trabajamos fuerte este proceso básico del pensamiento, si no nos esforzamos por desarrollar en nuestros estudiantes el razonamiento riguroso, seguiremos alimentando la irresponsable cuando no inconsistente opinión caprichosa o el simplismo para dar cuenta de problemas esenciales del hombre mismo, la sociedad o la cultura de la cual participa. Tengamos presente lo que nos advertía John Dewey en el ya clásico texto Cómo pensamos, “la educación consiste en la formación de hábitos de pensamiento vigilantes, cuidadosos y rigurosos”[7].

Las implicaciones para una lectura crítica son definitivas, especialmente si lo que nos importa es enseñar y estimular en los estudiantes la lectura de indicios, el razonamiento hipotético, las prácticas de intertextualidad y, de manera medular, la consolidación de un pensamiento argumentado clave al momento de dar cuenta de la validez de determinada lectura. Parafraseando a Umberto Eco, seremos lectores críticos “si asumimos que tratamos con universos como si fueran textos, y con textos como si fueran universos”[8].

3. Aprender a autorregularse. Recordemos que la metacognición consiste en la conciencia y el control de los procesos cognitivos. John Flavell, el gran teorizador de este proceso, consideraba que en la metacognición intervenían al menos tres tipos de conocimiento: sobre las personas, sobre las tareas y sobre las estrategias. Dada la relevancia de este proceso de pensamiento bien vale la pena insistir en la enseñanza de la autorregulación. Esta estrategia “juega un importante papel en el desarrollo metacognitivo ya que estos procesos son responsables del control de las situaciones y del continuo ajuste del pensamiento y la conducta a las demandas internas de la persona y las externas, planteadas por la situación”[9]. Según Barry Zimmerman “uno de los rasgos característicos del aprendizaje autorregulado es el uso que hace el sujeto de las estrategias a propósito de optimizar su aprendizaje”. Por eso se habla de “aprendizaje autorregulado por oposición al aprendizaje incidental”[10]. La autorregulación, cuando se trata del aprendizaje, “está siempre dirigido a una meta y controlado por el propio sujeto que aprende”[11]. Hacen parte de la autorregulación la planificación, la supervisión y la evaluación.

Mi propia experiencia como maestro me ha mostrado que la mayoría de los aprendices no son capaces de autorregularse, que poco conocen del tipo y calidad de la tarea que enfrentan, que ignoran sus propios estilos de aprendizaje o que son totalmente indiferentes a la selección de la mejor estrategia para alcanzar la meta propuesta o la tarea asignada. Y al no sacar al aire estos procesos de pensamiento, al dejarlos en la “caja negra” de mire a ver cómo hace cada quien, pues el resultado es un aprendizaje regulado desde afuera y no catapultado y controlado por el mismo aprendiz. Es evidente que la autorregulación busca que el estudiante sea responsable de su proceso de aprendizaje.

Las implicaciones de la autorregulación para una lectura crítica son múltiples: reconocer los pensamientos previos, asumir acciones de monitoreo y control constante durante el proceso lector, mantener un actitud reflexiva y evaluar el resultado. O si se quiere ser más específicos, establecer unas metas al leer un texto, seleccionar las estrategias, percibir las dificultad del tipo de texto elegido, monitorear la propia motivación y la selección de estrategias para reanimarla, planificar el tiempo necesario para dar cuenta de la tarea, reconocer el momento en que debe pedirse ayuda, saber captar las condiciones del contexto, poder reorganizar la estrategia o el camino elegido para dar cuenta de un texto.

*

Los tres aprendizajes anteriormente expuestos: relacionar, inferir y autorregularse, son estrategias de pensamiento esenciales si queremos que la lectura crítica no quede en buenas intenciones formativas o como una demanda sin realismo. Si en verdad nos interesa propiciar y desarrollar la lectura crítica en nuestros estudiantes tendremos que, antes de ofrecer tácticas y estrategias sobre los contenidos de los textos, es urgente enseñarles –con decisión y persistencia– las operaciones cognitivas que soportan y dan perdurabilidad a este modo de leer. 

Referencias:

[1] Véase Greimas y Courtés, Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje, Gredos, Madrid, 1982, p. 339.

[2] Consúltese el texto Aprendizaje por analogía de María José González Labra, Trotta, Madrid, 1997. En esta obra se muestran ejemplos de cómo potenciar el pensamiento analógico para la adquisición de conocimientos en el campo de la biología y la química.

[3] Eli de Gortari, Diccionario de la lógica, Plaza y Valdés, México, 2000, p. 255.

[4] Considero conveniente revisar lo que se dice al respecto en el Diccionario de análisis del  discurso, bajo la dirección de Patrick Charaudeau y Dominique Maingueneau, Amorrortu, Buenos Aires, 2005, pp. 317-321. También son valiosas las precisiones de Luis Vega Reñón y Paula Olmos Gómez en su utilísimo Compendio de lógica, argumentación y retórica, Trotta, Madrid, 2011, pp. 297-301.

[5] Op. cit., p. 320.

[6] Compendio de lógica, argumentación y retórica, op. cit., p. 298.

[7] John Dewey, Cómo pensamos. Nueva exposición de la relación entre pensamiento reflexivo y proceso educativo, Paidós, Barcelona, 1989, p. 82.

[8] Citado en “Cuernos, cascos, zapatos: algunas hipótesis sobre tres tipos de abducción”, en El signo de los tres. Dupin, Holmes, Peirce, editado por Umberto Eco y Thomas Sebeok, Lumen, Barcelona, 1989, p. 274.

[9] Si se desea profundizar en este aspecto léase Estrategias metacognitivas. Aprender a aprender y aprender a pensar, de Juan Mayor, Aurora Suengas y Javier González Márques, Síntesis, Madrid, 1995, p. 102.

[10] Mar Matos, Metacognición y educación, Aire, Buenos Aires, 2001, p. 43.

[11] Op. cit., p. 43.

Lectura y educación superior

06 miércoles Abr 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA, OFICIO DOCENTE

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Lectora

  1. De la lectura

No sobra repetir que leer es una actividad superior del pensamiento. No es un simple acto de decodificar información sino una tarea compleja de comprensión y reconstrucción del sentido. Además, no podemos olvidar que la lectura es una práctica social, que ha sufrido modificaciones en el desarrollo de la historia, y que cuenta con rituales especializados e instituciones encargadas de animar, promocionar o enseñar a leer.

Digo esto porque aún hoy se cree erróneamente que leer es una actividad “natural”, inmediata y sin mayores equipamientos. Persiste la idea de que puede leerse cualquier texto de la misma manera y hay un desconocimiento flagrante de las estrategias necesarias para develar la estructura de significado que soporta una obra de palabras. Al afirmar tales equívocos, subrayo de una vez, el papel fundamental de los educadores en cuanto mediadores y garantes del desarrollo de esta capacidad en sus estudiantes.

Apenas como para ilustrar lo expresado, permítanme compartir con ustedes la lectura de un texto. Se trata de un poema de Álvaro Mutis, uno de nuestros grandes escritores, fallecido en el 2013. El poema se titula “Sonata”[1]:

Otra vez el tiempo te ha traído                             
al cerco de mis sueños funerales.                      
Tu piel, cierta humedad salina,                       
tus ojos asombrados de otros días,              
con tu voz han venido, con tu pelo.                
El tiempo, muchacha, que trabaja                   
como loba que entierra a sus cachorros,         
como óxido en las armas de casa,                 
como alga en la quilla del navío,                
como lengua que lame la sal de los dormidos,
como el aire que sube de las minas,         
como tren en la noche de los páramos.            
De su opaco trabajo nos nutrimos             
como pan de cristiano o rancia carne              
que se enjuta en la fiebre de los ghettos.              
A la sombra del tiempo, amiga mía,               
un agua mansa de acequia me devuelve                
lo que guardo de ti para ayudarme                          
a llegar hasta el fin de cada día.

Pero antes de detenernos a leerlo, una primera reflexión que podemos hacer es la de qué tanto estamos familiarizados con este tipo de textos. Surge ya una primera dificultad. Y no hablo únicamente del gusto por la poesía. Me refiero a si es “legible” para nosotros la estructura de este tipo de textos, su “composición” y el particular uso del lenguaje. Aquí podemos ver la necesidad de conocer y diferenciar las tipologías textuales y los diversos modos como podemos acceder a ellas. Bien vale la pena enunciar aquí una convicción metodológica: es el tipo de texto el que reclama para sí un tipo especial de lector.

Con esto en mente podemos proceder a hacer una lectura del poema. Lo primero que llamará nuestra atención, seguramente, es la abundancia de comparaciones presentes en el texto: “como loba”, “como óxido”, “como alga”, “como tren”, “como pan de cristiano”… Este recurso, tan propio de los textos poéticos, nos obliga a disponer nuestro entendimiento al campo relacional de la analogía. Es decir, a concebir que en las diferencias son posibles las semejanzas. He descubierto con mis estudiantes de posgrado que tal proceso de pensamiento no es fácil de entender como tampoco de producir. Salta a la vista, por lo mismo, que leer trae consigo el movimiento de determinadas operaciones cognitivas, en este caso, las de la relacionar e inferir; y habría que ejercitarse en ellas previamente para sacarle el mayor provecho a un texto como el que ocupa nuestra atención.

Continuemos. Si releemos el texto encontraremos que, aunque el poema se presenta de manera compacta, está organizado en grandes partes. Aquí llamo la atención sobre otro aspecto vital de las prácticas lectoras, que bien podríamos redactar en términos de un corolario: La relectura es garantía para una lectura consistente. No es suficiente, y más tratándose de textos poéticos, con una ojeada al texto. Únicamente releyendo podremos ir captando las recurrencias, los matices, el efecto estético del ritmo.  

Hablaba de las grandes partes del poema. La estructura del texto guarda una directa relación con el título: se trata de una “sonata”; es decir, de una forma tripartita en la que hay una exposición, un desarrollo y un reexposición. Así entendidas las cosas, podríamos decir que la primera parte comienza en “Otra vez el tiempo te ha traído…”; la segunda, en el verso “El tiempo, muchacha, que trabaja…”; y la tercera, inicia en la línea “A la sombra del tiempo, amiga mía…”. Lo importante acá es llamar la atención sobre las interrelaciones entre lo macro y lo micro del poema. Tenemos que, a la vez, vislumbrar el bosque sin perder de vista el árbol. Porque si solo nos concentramos en el detalle perderemos el horizonte de la comprensión; y si únicamente nos ocupamos de la generalidad, terminaremos perdiendo la especificidad y los matices de la explicación. Salta a la vista otro principio para la lectura: leer es un juego de significaciones entre la parte y el todo de un texto. En consecuencia, cuando leemos un poema, deberíamos ir de línea en línea; y luego, como las olas del mar, volver a esa lectura minuciosa pero iluminándola con la luz del conjunto.

Seguramente, si mantenemos este movimiento pendular sobre el texto descubriremos que lo que parecía superficialmente un poema sobre el amor es, en verdad, una aguda reflexión sobre el tiempo. Sobre el tiempo y la memoria; sobre el tiempo y el recuerdo.

Con el anterior ejemplo he querido ilustrar, de manera rápida, la complejidad del acto de leer. Este proceso será igualmente pormenorizado para un texto narrativo, argumentativo o prioritariamente expositivo. Existen estrategias, modos, técnicas; hay procesos, dinámicas, tradiciones, metodologías. No leemos de igual manera símbolos que estructuras, ni podemos confundir las puestas en escena de las metáforas con aquellos otros tablados soportados en argumentos.

  1. Sobre la lectura en la educación superior

Me gustaría ahora centrarme en un segundo aspecto del tema de la lectura, enfocando mis reflexiones en la educación superior. Considero fundamental en estos tiempos posmodernos que las instituciones universitarias asuman como una política, y no como tareas aisladas, el fomento y cualificación de la lectura[2]. No podemos seguir endilgándole la culpa o las falencias en la lectura a la educación básica o suponiendo que tales habilidades ya las traen nuestros estudiantes.

Sabemos que la educación superior es, sustancialmente, un encuentro crítico con las voces del pasado y, muy especialmente, un lugar para producir conocimiento. La lectura, por lo mismo, no puede quedar marginada de las capacidades consideradas como perfiles de egreso de los universitarios. No es un asunto marginal o de segundo orden. Muy por el contrario, y no temo equivocarme en esta afirmación, es una de las habilidades centrales de la función universitaria, en conjunto con ese otro proceso superior del pensamiento que es el escribir. Sin lectura difícilmente dialogaríamos con la tradición, o adquiriríamos la mayoría de edad de nuestro pensamiento o los elementos de juicio propios de una profesión. Gracias a la lectura reestructuramos y reconfiguramos nuestra subjetividad, asumimos un papel activo frente a la cultura y ampliamos nuestros horizontes imaginarios.

Para no extenderme, quisiera llamar la atención sobre algunas prácticas de lectura que no ayudan o desconocen lo que vengo exponiendo. Tomemos por caso, las extensas listas de bibliografía puestas al final de los syllabus. Sé que se incluyen para darle aval y soporte a una asignatura o como una forma de mostrar la suficiencia del educador. Sin embargo, lo cierto es que salvo muy contadas excepciones, esos listados no logran su cometido. Se pasan por alto o apenas son mirados por los estudiantes. Considero que si nos tomáramos más en serio la lectura en la educación superior entregaríamos bibliografías comentadas. Elegiríamos muy bien las fuentes (a lo mejor pocas) y les sugeriríamos a los universitarios qué capítulo les es necesario leer para ampliar determinado concepto o para profundizar en un tema específico. Otro tanto podríamos decir de las referencias de afán que ponemos encima de las fotocopias de una parte de determinado texto, y que dejan por fuera el atender a las tablas de contenido, que son las que permiten tener una mirada de conjunto de un libro. Si fuéramos más cuidadosos, enseñaríamos a leer en clase estos índices que son rutas de vuelo para el inexperto viajero de la lectura o un conjunto de pistas para enriquecer el mensaje de una obra.

De igual modo, y si es que persistimos en fracturar los libros en esas copias por cuotas, mucho nos ayudaría contextualizar previamente el texto seleccionado. ¿De qué se trata esta estrategia? Valga compartirles con algún detalle este recurso didáctico que aspiro sirva de motivación para colegas y estudiantes. Empecemos señalando que lo común es que un profesor universitario utilice fotocopias para sus seminarios de posgrado. El profesor, por lo demás, dice que ha dejado “las fotocopias” en un sitio específico y agrega la importancia de leerlas para la próxima clase. No hizo ningún comentario adicional, ninguna prelectura al texto, ninguna contextualización. Lo que sigue, en consecuencia, es que el estudiante vaya a la fotocopiadora, recoja el material y, uno o dos días antes de la clase, empiece a leerlo. Llegará con las hojas arrugadas a la siguiente sesión, en la que el profesor, por lo general, empezará la clase con la frase “¿cómo les fue con la lectura?”.

¿Qué podemos aprender de este habitual práctica lectora en la educación superior?, ¿qué se ha dejado por fuera?, ¿de qué elementos de lectura hemos privado a los universitarios?, ¿cómo establecimos el vínculo con el texto? Lo más evidente es que el educador no ha hecho una motivación previa a la lectura. Da por hecho la tarea. Tampoco ha contextualizado el material; y menos ha puesto a sus estudiantes en relación con un autor: ¿Vive?, ¿de dónde es?, ¿qué profesión tiene? O si se toma otra ruta: ¿esas fotocopias son la parte inicial o final del libro?, ¿acaso el prólogo?, ¿forma parte un capítulo específico?

Si el docente hubiera multicopiado también el índice ya tendríamos varias respuestas. Por ejemplo, sabríamos varias cosas: que es el primer capítulo del libro; que no es un texto sistemático, sino que contiene textos de diversa índole, que muestra un enfoque sociológico o al menos habla de sociólogos clásicos… en fin, estos datos serían de gran ayuda para el lector de “fotocopias”. Pero como el profesor dejó por fuera o tampoco tuvo en cuenta las solapas del libro, se perdió de otra información fundamental. Si esto se hubiera hecho hubiéramos descubierto la nacionalidad y profesión del autor, el tipo de estudios realizados, sus campos de investigación, y habríamos aclararemos, además, que el libro en cuestión está constituido por artículos y ensayos retomados de otra obra más amplia. Esas y otras cosas son las que se perdieron al no multiplicar esa pequeña solapa del libro original.

Ahora bien, bastaría tomarse unos minutos para hacer esos contextos; el docente, con los recursos con que contamos hoy, podría echar mano de entrevistas u otros documentos y presentarles de manera vívida quién es el autor que se va a leer o de qué manera se relaciona con la temática de la clase o el seminario. Las respuestas del autor tienen la fuerza suficiente para incitar a la lectura de “las fotocopias”; y ofrecen datos adicionales de gran relevancia. Y aunque parezca secundario, el presentarles a los estudiantes la fotografía del autor, hace que se humanice la relación; le quita al autor la aureola de un científico o filósofo lejano. 

Podría explorar en otras prácticas recurrentes. Pero considero suficiente este ejemplo para señalar la urgencia de que los docentes universitarios asumamos una actitud más intencionada, más metódica, hacia el desarrollo de las capacidades lectoras. Enumero, para finalizar, siete estrategias en las que he venido trabajando en los últimos años y que conforman, por decirlo así, un repertorio de posibilidades didácticas: 1) Pasar de la cantidad de lecturas a las lecturas seleccionadas, 2) Diferenciar en los syllabus entre las lecturas de fundamentación y las lecturas complementarias, 3) Distinguir entre las lecturas obligatorias y la animación a la lectura, 4) Preferir las guías o los mapas de lectura a las lecturas a la deriva, 5) Enriquecer las lecturas disciplinares con las lecturas interdisciplinares, 6) Combinar los controles de lectura con la escritura sobre la lectura, 7) Practicar y estimular la lectura comentada en grupo a la lectura individual silenciosa[3].

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Un desarrollo amplio de la lectura de este poema puede leerse en mi libro La enseña literaria. Crítica y didáctica de la literatura, específicamente el ensayo “La semiosis-hermenéutica. Una propuesta de crítica literaria”, Kimpres, Bogotá, pp. 75-89.

[2] Véanse los ensayos: “Cualificar la lectura y la escritura. Compromisos de primer orden de la educación superior” y “Estrategias de lectura y escritura para la educación superior”, en mi libro Educar con maestría, Ediciones Unisalle, Bogotá, 2007, pp. 195-197 y 245-256.

[3] Cada una de estas estrategias tiene una mayor explicación en mi artículo “De lectores, leedores y otras consideraciones sobre las prácticas de lectura en la educación superior”, publicado en la Revista de la Universidad de La Salle, N° 62, Septiembre-diciembre 2013, pp. 77-91.

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