Los consejos de Italo Calvino para escribir

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Ediciones Siruela publicó en este 2023 las entrevistas que Ítalo Calvino dio a varios medios impresos, radiales o televisivos a lo largo de su vida, desde 1951 hasta 1985. He nacido en América es el título que aglutina las 49 entrevistas. A lo largo de las 364 páginas el escritor comparte opiniones y juicios sobre diferentes aspectos relacionados con sus obras de ficción, sobre el mundo editorial, al igual que ofrece puntos de vista sobre la lectura, la historia y algunos temas coyunturales de política. Después de disfrutar estos testimonios, expresados a lo largo de más de 30 años, me ha parecido interesante compartir los subrayados que fui haciendo sobre un tópico: el oficio de escribir. En estas declaraciones de Calvino no sólo hay técnicas y consejos, sino reflexiones útiles para todos aquellos que cultivamos un amor por la literatura y por la artesanía de la escritura.

“Las historias que siempre me ha interesado contar son aquellas que relatan la búsqueda de una humanidad plena y de su integración, que puede alcanzarse superando pruebas prácticas y morales, más allá de las enajenaciones y desequilibrios impuestos al hombre contemporáneo”.

“Podríamos decir que quien acepta el mundo como es será un escritor naturalista; quien no lo acepta y hace lo posible por explicárselo y cambiarlo, será un escritor de fábulas”.

“No importa qué elegimos escribir, tenemos muchas ideas que permanecen en el tintero. De pronto, llega el momento, encontramos el estado de ánimo que nos ubica en la necesidad de escribir, entonces elegimos la idea que nos parece más apta, la que corresponda al estado de ánimo y la desarrollamos. Si la desarrolláramos en otro momento resultaría algo muy diferente. Y si eligiera escribir en ese momento no aquella historia, sino otra, saldría un relato muy diferente, aunque en el fondo, a causa de una carga interna, habría un verdadero ‘contenido’ equivalente, en caso de haber elegido la primera historia. Hablo de un estado de ánimo general, la manera de sentir el mundo y la anécdota, no tanto de un estado de ánimo privado, intimista o psicológico”.

“Cada texto nace de una especie de nudo lírico-moral que se forma poco a poco, madura y se impone. Se entiende que después viene la diversión, el juego y la invención del mecanismo. Pero este nudo inicial es un elemento que debe formarse por sí mismo: la intención y la voluntad intervienen muy poco. Esto no se aplica únicamente en las historias fantásticas, vale para los núcleos poéticos de toda obra narrativa, realista e incluso autobiográfica”.

“Para escribir un libro no basta con querer hacerlo. Es necesario la formación de una especie de campo magnético: el autor aporta sus conocimientos técnicos, su disponibilidad para escribir y su tensión gráfico-nerviosa. El autor es solo un canal, los libros se escriben a través de él”.

“El trabajo literario solo tiene sentido si en la cara local, provinciana, se puede encontrar una razón cosmopolita y en la cara interplanetaria se encuentran los estados de ánimo locales”.

“Lo bueno de escribir es la felicidad de hacer algo práctico, la satisfacción de la tarea terminada”.

“A veces, mientras escribo, leo mi texto con los ojos de una persona determinada, imaginándome ser alguien que sé es mi lector. Y entiendo que soy leído por personas muy diferentes, que no tienen que ver una con la otra. Y ese es el verdadero desafío: no tener un público homogéneo, sino lectores diferentes”.

“Escribir implica una moral en la cual la precisión es un valor, en la que todo eso requiere del esfuerzo, para enriquecer las relaciones de la vida”.

“La escritura es un trabajo con bastantes tiempos muertos”.

“La palabra hablada me disgusta. Esa materia sosa e informe que sale de mi boca solo me inspira desagrado. No me gusta oírme hablar… Aunque las cosas no me resultan mejores en lengua escrita, al menos al primer intento. La inexactitud, la vaguedad, la aproximación y la sensación de estar en arenas movedizas, eso es lo que me irrita de la palabra. Es por eso que escribo: para dar forma, orden y coherencia a esa cosa inexacta”.

“Si alguien tiene un recuerdo, así sea vago o indeterminado, y busca trasladarlo a la escritura, lo puede lograr una vez que ha realizado la labor de clarificación para sí mismo y para los demás, pero ha perdido la vibración que existía antes de expresarlo. Ha perdido la emoción. Es un riesgo modesto, pero quise señalarlo de todas formas”.

“Creo incluso que la duda es lo único que un escritor puede enseñar. Dudar significa poner en crisis todos los entusiasmos, todas las ideas incuestionables, demasiado arraigadas”.

“Se escribe para intentar sustraer de la degradación general un trozo de universo —no más grande que una página de escritura—.”

“Intentar dar forma a una materia escrita quiere decir luchar con la lengua, con la expresión. En mi opinión, no hay otro modo de entender la escritura”.

“Escribir es muy difícil. Lo que da satisfacción es haber escrito, no el acto de escribir en sí mismo”.

“La frase escrita es el resultado de un esfuerzo, de aproximaciones sucesivas, de borrones. Hasta se puede decir que mientras más espontánea parece una frase, más trabajo se hizo con ella, es una labor interminable”.

“Escribir es mandar mensajes y contenidos por una vía especial. No simplemente transmitir una información, sino transmitir todo un mundo individual. En la escritura se comparten las propias obsesiones y tics lingüísticos que repercuten sobre las obsesiones personales del lector”.

“Cada escritor tiene su tono, su acento; es un poco como el timbre de la voz, un temperamento”.

“Creo que no me planteo el problema del éxito, escribo algo que me interesa escribir. Por lo general, me pongo un problema, quiero escribir un libro de estas características, que presente determinadas dificultades, suelo hacer apuestas conmigo mismo, es una especie desafío personal, ‘veamos si logro escribir algo así’”.

“La escritura es el modo en que logro hacer pasar cosas a través mío, cosas que tal vez vienen a mí de la cultura que me rodea, de la vida, de la experiencia, de la literatura que me precede y a la que yo, por mi parte, aporto mis experiencias personales, esas que atraviesan a todo ser humano, para ponerlas en circulación. Es por eso que escribo: para volverme instrumento de algo que toda seguridad es más grande que yo”.

“El escritor o el poeta, que se cree inspirado y se considera una pura expresión de su sentimiento, está sometido a condicionamientos desconocidos. Así, pues, es necesario que él mismo se imponga reglas a seguir, como hacían los poetas clásicos; solo con este andamiaje se logrará decir algo verdadero”.

“La poesía se puede apoyar en una métrica evidente o implícita, en tanto que la prosa continuamente debe inventarse un tiempo, una musicalidad. El sentido rítmico es fundamental: un episodio extraordinario puede desaparecer si, cuando se traslada a la página escrita, no logra transmitir el ritmo necesario al lector. Transmitir el sentido de velocidad, o de esa pausa, en la que lo escrito toma un respiro lento, volviéndose casi un adagio, un ritmo de música parsimoniosa; eso es trabajar con el tiempo, porque la rapidez no necesariamente está expresada con palabras y frases cortas, sino con un trabajo estilístico que la transfigura como una aceleración natural del latido del tiempo”.

“El deber de todo escritor es hacer cosas que vayan más allá de sus posibilidades”.

“El problema de la imaginación para el escritor se plantea en esta disyuntiva: ¿existe una imaginación visual o una imaginación verbal? Yo en lo personal diría que me baso en un procedimiento mixto. Habitualmente lo que me viene a la mente en primer término es una imagen visual. Puede estar acompañada (o puede no estarlo) por partes o fragmentos de frases. Sin embargo, el momento verdaderamente decisivo es cuando me pongo a escribir y, conforme me vienen las palabras y las frases, cambian incluso la visión y la intención originales. Pueden transformarse por completo y, por lo general, las imágenes son olvidadas y sustituidas por la imaginación que se pone en acto durante la escritura y queda inscrita en la página”.

“La escritura será siempre un intento por alcanzar la infinita multiplicidad de la experiencia, a la que no se llegará nunca. Un poco como cuando se intenta escribir un sueño, y te percatas de que para escribir un sueño de unos cuantos segundos es necesario manchar páginas y páginas”.

“Creo que la prosa requiere la utilización de todos los recursos verbales que se poseen, al igual que en la poesía: rapidez y precisión para elegir los vocablos, economía, riqueza de significados e inventiva para distribuirlos. Estrategia, ímpetu, movilidad y tensión en la frase, agilidad y ductilidad para moverse de un registro a otro, de un ritmo a otro”.

Inquietudes sobre escribir ensayos (II)

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Ilustración de Andrea De Santis.

Presento a continuación otro grupo de repuestas a las múltiples inquietudes que me formularon los estudiantes de las diversas carreras de la Pontificia Universidad Bolivariana, sede de Montería, a partir de mi conferencia sobre la escritura de ensayos. Confío en que estas contestaciones no solo sirvan a los jóvenes que me escribieron sus preguntas, sino a otros estudiantes que tengan dudas o preguntas semejantes. 

¿Cómo puedo hacer que sea atractivo el ensayo al lector? (Isabella Angulo – Psicología).

Además de una cuidadosa elección y organización del discurso, que incluye el buen oído para “escuchar” el ritmo de cada frase, el intencionado uso de la puntuación y la variación semántica, sumado a todo ello, está la originalidad y novedad en la tesis que se plantee al lector y, lo más importante, la agudeza y consistencia en el desarrollo de los argumentos. El ensayo atrapa tanto por su aspecto estético como por el entramado argumentativo que le sirve de soporte. Influyen de igual modo los conectores lógicos que se empleen, pues ellos facilitan que el lector siga el hilo argumentativo y mantenga la atención en el desarrollo de la tesis. Nunca debe olvidarse que los buenos ensayos cumplen a cabalidad las condiciones de los textos persuasivos.  

¿Por dónde comenzar si tengo mucha información? (Braulio Manuel Hernández García – Ingeniería mecánica).

Habría que empezar recordando una cosa: no todo lo que se consulta o lee para un ensayo tiene que incluirse al momento de redactarlo. Hay que decantar, sopesar, mirar su pertinencia. Por consiguiente, lo primero es revisar si la información recolectada está en consonancia con la tesis del ensayo; si lo que se recopiló o investigó va por la misma vía de lo que tenemos como médula de nuestro texto. De no ser así, lo recomendable es eliminar esa información o, si nos parece digna de interés para el lector, incluirla en una nota a pie de página. A veces, hacer un mapa de ideas con la información recogida ayuda a descubrir si hay articulaciones con la tesis o si, por el contrario, son datos sueltos o documentación útil para otro tipo de texto.

¿Existen otras normas aparte de las APA que se pueden seguir para escribir un ensayo? (Aníbal José Janna Arrieta – Arquitectura).

Por supuesto que sí. Además de la APA (American Psychological Association), se usan también las normas de presentación de la Universidad de Chicago, las MLA (Modern Language Association), las de ICONTEC (Instituto Colombiano de Normas Técnicas), las Vancouver-NLM (National Library of Medicine) o las normas IEEE (Institute of Electrical and Electronic Engineers). Según sea la elección o normatividad establecida para presentar el ensayo, los sistemas de referencia bibliográfica tienen sus especificidades. Indistintamente el sistema que su utilice, lo importante es que en el ensayo se conserve una unidad de citación a lo largo del texto, sin mezclar diferentes normatividades o desconociendo los protocolos del rigor académico. Hay muy buenos textos al respecto. Uno de ellos es el del comunicador Gustavo Patiño Díaz, titulado Escritura y universidad. Guía para el trabajo académico, publicado por la Universidad del Rosario, en 2013. Este libro vale la pena tenerlo a la mano porque, además de traer consejos sobre “aspectos técnicos de la escritura” (material gráfico, ortotipografía, escritura de cifras), ofrece un repertorio de ejemplos en cada una de estas diferentes normatividades de presentación.

¿Cuántos argumentos debe poseer como mínimo? (Angie Sofía Argumedo Polo – Ingeniería civil). ¿Cuántos argumentos son necesarios para sustentar un ensayo? (Clara Teresa Doria Altamiranda – Psicología).

El mínimo depende de la complejidad de la tesis presentada. Sin embargo, en un miniensayo, yo creo que por lo menos se necesitan tres argumentos. No será suficiente un único argumento ni tampoco serán necesarios una veintena de ellos para lograr el propósito del ensayista. Si los argumentos son los más indicados, si son pertinentes, si tienen la suficiente fuerza de convencimiento, bastarán unos pocos. En todo caso, hay tesis que por su misma temática o por el problema que abordan, demandan una búsqueda selectiva de bastantes argumentos sin los cuales no se lograría el cabal convencimiento del lector. Así mismo, resulta efectivo usar diversos tipos de argumentos, variar las fuentes y apelar a diferentes recursos de la lógica persuasiva como las inferencias, el contraste, la ironía.  

¿El título del ensayo puede ser una pregunta? (Gianella Guillin Luna – Psicología). ¿Los títulos pueden ser con signos de admiración? (David Alfonso Pacheco Guazo – Arquitectura).

Sí es posible usar una pregunta como título o ponerlo entre signos de admiración. Lo que hay que evitar, a toda costa, es que el título quede como un descriptor genérico o esté en discordancia con la tesis del ensayo. Yo recomiendo que el título, de una vez, le diga al lector cuál es la apuesta del ensayista, que le focalice la mirada o su campo de interés. Siempre es bueno tener en mente que el título es el primer llamado, el guiño comunicativo inicial que se le hace al lector para que se anime a leer nuestro texto. Los ensayistas más experimentados ponen el título al terminar de redactar el texto, después de releerlo en su totalidad y analizar el cauce de su argumentación. Y siempre lo hacen pensando en interpelar o capturar la atención de un posible receptor.

¿Por qué no podemos escribir párrafos largos? (Santiago Castro Vellojín – Arquitectura).

La extensión de los párrafos depende mucho del material que estemos minando con nuestra argumentación; por momentos tres o cinco líneas pueden llegar a ser suficientes y, en otros casos, se requerirán más de diez. Por regla general, un párrafo se centra en una idea y su desarrollo; o en un argumento con sus respectivas razones. Lo que no es conveniente, ni para la estructura del texto, ni para el lector, es redactar parrafadas en las que todo se acumula o se mezcla sin distinciones o marcadores de coherencia.

¿Cómo puedo variar las palabras para que no sean redundantes a la hora de escribir un ensayo? (Julieth Paola Doria Hernández – Psicología).

Sin lugar a dudas, la riqueza de vocabulario del escritor es muy importante cuando redacta su ensayo. Esto ayuda a darle precisión y variedad a sus ideas. Y para aumentar esa “competencia lexical” no solo hay que leer con asiduidad, sino acostumbrarse o tomar como hábito aumentar el repertorio personal de términos. ¿Qué tal si nos propusiéramos, al menos cada semana, incorporar una o dos palabras nuevas a nuestro archivo lingüístico? Aconsejo, de igual modo, tener a la mano un buen diccionario razonado de sinónimos y antónimos, un diccionario de ideas afines o un diccionario ideológico. Todas estas fuentes, si las tenemos al lado de donde escribimos, nos irán solucionando problemas de precariedad semántica al tiempo que nos ponen en contacto con nuevos términos asociados a las necesidades de redacción que tengamos en ese momento.

¿Es necesario enumerar los argumentos para tener una secuencia? (Nohora María Otero Ruiz – Psicología).

No es necesario enumerar los argumentos, a no ser que por un fin didáctico el docente así lo haya solicitado. Lo frecuente es que los conectores vayan indicando esa secuencia (“para empezar”, “en segunda medida”, desde otra perspectiva”, “para concluir…”). Aprovecho esta pregunta para hacer una aclaración: ciertos ejercicios pedagógicos, con fines argumentativos, no son en realidad ensayos; se trata de “dispositivos de enseñanza” encaminados a que los estudiantes se familiaricen con qué es una tesis, una antítesis, y determinados argumentos, pero este parcelado esquematismo no es igual a la redacción de una tesis personal desarrollada de manera cohesionada y coherente con argumentos, a lo largo de cuatro o cinco párrafos. Dicho de otra manera: una cosa es ejercitar a los estudiantes en técnicas de argumentación y, otra, escribir ensayos.

¿De dónde conseguir fuentes confiables? ¿Cómo me aseguro que lo sean? (Isabella Guerrero Olarte – Comunicación social y periodismo).

Tener a la mano fuentes primarias (el libro o el PDF del original) es más confiable que trabajar con información secundaria (esa que dice algo sobre lo que otro dice, pero sin que el escritor pueda cotejarla o verificarla con el texto original). Por eso, si se acude mayoritariamente a referencias de internet, hay que hacer una “auditoría” constante de dichas fuentes. Muchos lugares de la web retoman algo, pero le cambian la puntuación, omiten líneas, dejan acéfala de procedencia y autoría la referencia, multiplican el efecto del teléfono roto de la información. Los docentes cumplen ahí un papel fundamental, porque son ellos los que indican al inicio qué fuentes son confiables y los que verifican su valía en las producciones escritas de sus estudiantes. El plagio, el abuso de fuentes secundarias, el uso de información falsa, deben ser fallas reprochables y evaluadas negativamente en la escritura de ensayos.

¿Cuál es la manera correcta de empezar un ensayo? (Marcos Guillermo de Jesús Benedetti Ramos – Ingeniería electrónica). ¿Es necesario tener una introducción en todos los ensayos? (Imanol Labiol Assias González – Ingeniería civil).

Subrayo lo dicho en una entrada anterior de este blog: lo aconsejable es empezar planteando la tesis del ensayo. En ciertas ocasiones se hace un párrafo de encuadre, introductorio o de contexto, que sirve para orientar o direccionar lo que viene a continuación. Entre menos digresiones haya, más robusto aparecerá lo que deseamos poner a discusión.

¿Los ensayos siempre deben defender una posición frente a algo? (Mary Paz Domínguez – Psicología).

Sí. Esa postura o posición personal frente a un tema, un problema o una situación es lo que le da identidad al ensayo. Entiendo que “defender” es encontrar los argumentos para lograr persuadir al lector de determinada tesis. En razón de esto, el ensayo es más que un comentario; porque no se trata de lanzar opiniones gratuitas, sino de soportarlas o avalarlas bien sea con la fuerza de la lógica, con los argumentos elegidos o con la coherencia interna del discurso. Las opiniones en el ensayo están soportadas, se ahíncan en evidencias; son más bien juicios razonados.   

¿Por qué es necesario que se sigan tantas reglas al momento de la redacción estética de un ensayo? (María Isabel Petro Argel – Psicología).

Las reglas responden a dos funciones que se complementan: la primera, otorgarle a la presentación de este tipo de escritos (igual sucede para el trabajo de grado, o para ciertos informes) una identidad académica o investigativa que los diferencie de otras producciones más informales. Cada tipología textual exige el dominio y organización de los contenidos y atender a determinados aspectos formales. La segunda función, parece apuntar al orden formativo de estas normas: ayudar a organizar la mente, tener referentes compartidos para la comunicación con otros, interiorizar patrones para la producción de saber o de conocimiento. Por lo demás, sin estos criterios o nomas de presentación, sería muy difícil evaluar con relativa objetividad los ensayos.

¿Cómo puedo presentar distintos argumentos para defender mi tesis sin redundar? (Isa carolina Pérez Ceballos – Comunicación social y periodismo).

Arriba decía que hay que buscar variedad en los argumentos. Me refiero a combinar argumentos de autoridad con otros de analogía o con ejemplos. De otro lado, si cada argumento se enfila desde una perspectiva, lo más estratégico es que los siguientes retomen un mirador distinto o se enuncien siguiendo la línea melódica de la variación, lo divergente o la pluralidad. Ese es otro reto para el ensayista: agregar nuevos argumentos que avalen su tesis, pero sin ser repetitivo o aburrir al lector. Por eso es clave documentarse, investigar, profundizar en la temática que sirve de terreno para la contienda argumentativa; además de meditar y gastarle horas a analizar los pros y contra de la tesis que se tiene entre manos.

¿Cómo escribir ensayos usando términos locales, informales, en un texto formal? (Juan Diego Álvarez Peroza – Ingeniería sanitaria y ambiental).

Los términos locales, las palabras más “informales”, si se van a utilizar en el ensayo pueden incluirse entrecomilladas o dando pistas en la misma redacción que permitan captar su significado. Todo dependerá de cómo se desarrollan los argumentos y del juego comunicativo entre las palabras generales y los “términos” locales. Lo que recomiendo es evitarle al lector confusiones o vacíos de significados en las palabras, pues llevarán al malentendido o a la incomprensión. Tampoco es provechoso plagar al ensayo de demasiados localismos o de “lengua de jerga” porque eso desvertebrará el seguimiento a la columna vertebral de la tesis. Si es preciso hacerlo, para eso están las notas a pie de página, tan útiles cuando se desea explicar o precisar el sentido de un término.

¿Escribir ensayos va a seguir siendo útil en 15 años? (Jessica Vásquez Álvarez – Economía).

Mientras consideremos un valor personal y social el aprender a argumentar, seguramente la solicitud de ensayos seguirá siendo útil e importante. En tanto subrayemos la validez persuasiva de las razones sobre el poder irracional de la fuerza, el ensayo estará presente para ejercitar a las nuevas generaciones en el aprendizaje de los consensos y el diálogo con las diferencias. No es cosa secundaria para lograr la convivencia pacífica o detener los fundamentalismos fanáticos de hoy y de mañana, enseñar en las aulas y en los hogares que hay argumentos más sustentados que otros, que hay opiniones demasiado infundadas y muy poco fundamentadas, que la escucha tolerante de las ideas o creencias ajenas es el paso ineludible para que se dé el respeto por la propia voz. Y si lo que deseamos es contrarrestar el odio manipulador de las redes sociales y la información parcializada de los medios masivos de comunicación, la escritura de ensayos es y seguirá siendo un recurso insustituible para fomentar y desarrollar el pensamiento crítico.

Inquietudes sobre escribir ensayos

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Ilustración de Cameron Cottrill.

En el reciente III Encuentro nacional e internacional: “Vive la lengua y disfruta su literatura” y el I Congreso internacional de lectura y escritura: “Perspectivas investigativas” de una de las subsedes de la Cátedra Unesco, que tuvo como sede a la Universidad Pontificia Bolivariana, seccional de Montería, estuve compartiendo con los estudiantes de los diversos programas de la Institución reflexiones y consejos para la Escritura de ensayos. El evento fue organizado por Lida Pinto Doria y Enyel Manyoma Ledesma del Centro de Formación Humanística, Elaine Edith Bedoya Pastrana del área de Cultura de Bienestar Universitario y María Dominga Ramos Cantero, jefe de Biblioteca. A las directivas de la Universidad y a ellas, mi agradecimiento. Si bien durante el encuentro resolví varias inquietudes del numeroso grupo de estudiantes, les solicité escribir algunas de sus preguntas más apremiantes sobre este tipo de texto con el fin de resolverlas en este blog. Lo que sigue, entonces, es un primer grupo de respuestas a tales inquietudes.

¿Cuáles son los mejores conectores para lograr un buen ensayo? (Isaías José Hernández – Ingeniería civil).

La calidad de los conectores depende del propósito argumental elegido por el ensayista. Así que, si la intención es inferir un planteamiento de otro anterior, pues los mejores conectores serán aquellos que permitan sacar alguna deducción de tal razonamiento (“en consecuencia”, “de aquí se desprende que”, “esto conduce a”…). Pero si lo que se desea es ejemplificar cierto razonamiento, los conectores apropiados serán los que ilustren la situación (“así, por ejemplo,”, “pongamos por caso”, “ilustremos lo dicho con”…). Lo que sí no se puede olvidar es que los conectores están en directa relación con el tipo de argumento que se emplee y con la línea argumental que se vaya desarrollando. No serán buenos conectores, entonces, aquellos que, en lugar de concluir, ejemplifican; o esos otros que, en lugar de dar continuidad, hacen evidente una antítesis.

¿Cómo se vería un título más llamativo? (Ena Sofia González López – Economía).

Para empezar, es recomendable titular pensando más en el lector que en el gusto del escritor. El título debe invitar a leer el ensayo y, en esa medida, tiene que ser persuasivo, sugerente. Los títulos menos interpelativos tienen la forma de descriptores fríos o son tan genéricos que no dicen nada. Pero lo más importante es que el título del ensayo esté en relación con la tesis; esa es la inicial promesa que el ensayista le hace al lector para convocarlo a sus páginas. Por supuesto, el ingenio y la creatividad contribuyen también a que el título ideado tenga la fuerza para incitar la imaginación o el interés de los lectores.

¿Cuál sería el mejor tema para abordar en un ensayo? (María José Negrete Arrieta – Ingeniería industrial).

No hay mejores o peores temas sobre los cuales se pueda hacer un ensayo; lo que sucede es que, para el ensayista, existen temas más cercanos o con mayor dominio que otros. Sirvan de ejemplo el agudo ensayo del sociólogo Georg Simmel sobre el “el asa” de los objetos (que bien pareciera un tema baladí o secundario), o el magnífico ensayo de Alfonso Reyes titulado “Notas sobre la inteligencia americana” (que aborda un tema histórico-cultural de gran complejidad). Otra cosa que ayuda a valorar los temas es qué tanto se ha meditado sobre esos asuntos o cuál ha sido el nivel de inmersión intelectual en determinado campo. Depende del tratamiento del tema por parte del ensayista, de la agudeza o de la calidad de los argumentos, como el tema se vuelve relevante o termina dotado de gran importancia.

¿Por qué es tan importante citar en un ensayo? (Elkin Alonso Martínez Sáenz – Psicología). ¿Es necesario siempre agregar citas o referencias al ensayo? (Estefanía Barroso – Psicología).

Las citas son parte del soporte de los argumentos de autoridad; son la manera como las voces de la tradición en determinado campo del saber sirven de aval argumentativo al ensayista. Al citar, el ensayista pone en movimiento la tradición de un saber, retoma un pasado intelectual y lo actualiza. Este ejercicio de la citación “da respaldo” a la propia voz, evidencia que se ha indagado en fuentes, obliga a interlocutar con otros pensadores o escritores que están en parcelas semejantes del conocimiento. Por supuesto, la citación es un modo formal de atender a “protocolos” académicos establecidos por comunidades de saber o por estamentos que abogan por el rigor en la presentación social de la escritura y que, al hacerlo, defienden o evitan el plagio de obras del pensamiento o de la imaginación. Se cita porque se cree y se protege la propiedad intelectual. 

¿La tesis en un ensayo siempre tiene que ser una afirmación, o puede ser una pregunta? (Nahomy Nisperuza Burgos – Ingeniería civil). ¿Es buena idea comenzar un ensayo con una pregunta? (Flor De Liz Padilla Ávila – Psicología).

Es más contundente poner la tesis en una afirmación. Le da más fuerza al propósito argumentativo o es una manera de presentar sin rodeos al lector la postura personal del ensayista. Esto no quiere decir que las preguntas estén vedadas de la variedad de formas como puede presentarse la tesis; lo que no es conveniente es dejar la pregunta tan abierta, que no se sepa en realidad cuál es la apuesta del ensayista, con qué se compromete, cuál es la consigna que sirve de punta de lanza a su argumentación. Por lo demás, esa proposición afirmativa de la tesis es como un medio de hacer más evidente el punto de vista del ensayista frente a un tema, problema o asunto.

¿Qué tan largo debe ser el ensayo? (Luna Vergara Negrete – Psicología).

Si bien el ensayo puede tener una extensión de más de quince páginas, de igual modo es viable elaborar ensayos de una página. Eso dependerá de las exigencias académicas, de la profundidad con que se analice críticamente una temática o del tipo de público y el medio en que se publique el ensayo. Los ensayos de Francis Bacon no pasan de una cuartilla, mientras que otros de Octavio Paz superan las cinco páginas. Algunos ensayos retoman un tema in extenso abordándolo desde apartados autónomos, pero conservando una relación entre aquellas partes; otros, concentran su esfuerzo argumentativo en un único aspecto o dimensión de un tema específico.

¿Cómo dar más solidez a mis argumentos? (Julio Ernesto Vásquez Dueñas – Ingeniería mecánica).

Todo depende del tipo de argumentos que se emplee. Si son de autoridad, serán más sólidos aquellos que apelen a autores reconocidos en el tema, con bibliografía pertinente, y cuyas citas retomadas estén en sintonía con la tesis defendida; si son argumentos basados en ejemplos, la clave estará en que sean apropiados o atinados con los razonamientos que se vayan a utilizar; si son argumentos con analogías, lo fundamental será que la comparación a la que se acuda sea la más idónea y esté lo bastante desarrollada en sus distintos aspectos de similitud como para que ilumine y convenza al lector de lo medular de la tesis. Y si se emplean argumentos lógicos, pues tendrán que ser rigurosos, coherentes, congruentes en su planteamiento.

¿Cómo superar la hoja en blanco? (Alix Dayana Peña Ramos – Comunicación social y periodismo). ¿Cómo manejar el bloqueo mental al escribir? (Samuel David Berrocal Barrios – Derecho).

La hoja en blanco, ese vacío abierto a nuestra inteligencia o a nuestra imaginación, a veces provoca bloqueos o genera cierto temor de no saber bien cómo llenarla o por dónde empezar a pergeñar las primeras líneas. Lo más aconsejable es empezar a redactar alguna cosa sin suponer que esas frases ya son el ensayo definitivo; o utilizar la página en blanco para graficar mapas de ideas; o listar términos que vayan aflorando según nuestro estado de ánimo. Por momentos los dibujos pueden ayudar a romper su hechizo y, en otras ocasiones, transcribir alguna cita de un libro que estemos leyendo sobre el tema que nos interesa, resulta una buena piedra de toque para empezar a escribir. Si vemos la hoja en blanco como una “mesa de trabajo” y no como algo límpido o imantado de perfección, seguramente saldremos del bloqueo que atenaza nuestra mente.

¿De qué manera se puede organizar la tesis en el ensayo? (Johenis Mulett Orozco – Arquitectura). ¿Cómo hacer para redactar una buena tesis? (Beatriz Elena Suarez Falon – Ingeniería civil).

La tesis es el alma del ensayo. Corresponde a la postura personal del ensayista frente a un tema o un problema. Casi siempre se enuncia de manera afirmativa, en forma sencilla y no debe ser muy extensa ni adelantar argumentos que luego se van a desarrollar. Por lo general se presenta en el primer párrafo y le permite al lector saber cuál es el planteamiento de base del ensayista que luego, en los siguientes párrafos, va a argumentar. Siempre hay que insistir en esto: la tesis no es la exposición de un tema, sino la valoración o juicio particular sobre determinado asunto.

¿Cuál es la mejor estructura para escribir un ensayo? (Camilo Andrés Reyes Ramos – Administración de empresas).

Aunque la iniciativa y creatividad del ensayista lleven a elegir diferentes alternativas de organización, podemos afirmar que la estructura básica de un ensayo sería la siguiente: presentar la tesis, buscar los argumentos que mejor la avalen y terminar reforzando o rubricando la tesis inicial. Sobra decir que, dependiendo de la complejidad del tema, será necesario emplear dos o más párrafos para cada tipo de argumento. En algunas ocasiones, puede necesitarse hacer un párrafo de encuadre antes de presentar la tesis o, cuando el ensayo es de largo aliento, redactar párrafos de amarre o continuidad. Planteamiento de la tesis, inclusión y desarrollo de los argumentos que la apoyan y refrendación de la tesis: eso es lo vertebral.

¿Una persona realmente puede ser totalmente objetiva al escribir un ensayo personal? (Diana Margarita Lora Peinado – Economía).

Como el ensayo es la postura personal de alguien sobre determinado tema, siempre tendrá una alta carga subjetiva. Sin embargo, esto no quiere decir que en un ensayo se opine indiscriminadamente o se afirme cualquier cosa. Hay una lógica en el desarrollo de los argumentos, una coherencia en la forma de organizar el discurso, una cohesión entre las ideas, que le da validez al ensayo. La “objetividad” proviene de la consistencia interna del texto. Todo lo que se diga en un ensayo hay que sustentarlo, justificarlo, darle fundamento. 

¿Cómo sé que el ensayo que escribí es muy bueno o malo? (Saray Sofía García Hoyos – Arquitectura).

Hay dos maneras de saberlo: la primera, es corroborar si la tesis presentada ha sido soportada con solidez argumentativa; si no quedaron intersticios, cosas por atender o aspectos tratados de manera superficial. Es decir, si los argumentos elegidos fueron suficientes y apropiados para nuestro propósito. La segunda forma es cotejar, con la matriz de evaluación o la rúbrica que previamente el maestro ha compartido con sus estudiantes, si todos los criterios o indicadores previstos se han cumplido a cabalidad. Es probable que al revisar el ensayo desde esos descriptores se pueda apreciar en cuáles de ellos hay un logro sobresaliente y en qué otros se tiene una debilidad notoria. No sobra advertir aquí que el ensayo se perfecciona mediante progresivas versiones: es en ese alambique de pasar por continuas correcciones como se logra un texto de gran calidad.

¿Por qué en algunas instituciones educativas te hacen creer que realizas bien un ensayo cuando en realidad es solo un resumen? (Mariana Martínez Ramos – Psicología).

Tal vez esto se deba al desconocimiento de las diferencias sustanciales entre distintas tipologías textuales, o a la confusión entre textos expositivos, narrativos y argumentativos. También es posible que, por priorizar los propósitos evaluativos sobre un texto, se termine desvirtuando el sentido del ensayo para responder a otros requerimientos didácticos. Sea como fuere, resumir un libro o una película no es igual a elaborar un ensayo. El resumen tiene sus características (omitir, seleccionar, reconstruir y generalizar una información, para seguir las macrorreglas de Teun van Dick) y obedece a una lógica que no es la de la argumentación.

¿Qué pasa cuando inicio a redactar un ensayo de un tema de mi interés y a mitad de la escritura el tema deja de agradarme? ¿Reescribo el ensayo desde otra perspectiva o cambio de tema por completo? (Ana Sofía Hidalgo Garzón – Psicología).

Para conseguir una buena tesis hay que “meditar” un buen tiempo el tema que nos interpela o ha sido puesto como “tarea” por algún docente. Reflexionar y meterse de lleno en este tema o problema contribuye a que encontremos un filón de interés de larga motivación. De lo contrario, con facilidad abandonaremos lo que a primera vista nos parecía sugestivo. Investigar, documentarse, ayuda a “tomarle cariño” a determinada temática. Si no hay inmersión y dedicación por un tiempo a un asunto se terminará como veleta yendo de una temática a otra y, lo más grave, se caerá en el desconcierto por la cantidad de información que se ha ido recogiendo en el camino. Desde luego, si a pesar de estudiar y profundizar en un tema, este no logra jalonar nuestra motivación por escribir, lo más aconsejable será cambiar de perspectiva y elegir otro campo de trabajo.

¿Qué impacto puede tener un ensayo en cuanto al desarrollo de una comunidad? (José Julián Pacheco – Ingeniería industrial). ¿Qué función tiene en la sociedad? (José David Gallego Ortiz- Ingeniería mecánica).

Los ensayos buscan, entre otras cosas, que los lectores adquieran o afiancen su lectura crítica de variados asuntos. Al ser un género que pone en cuestionamiento lo dado por hecho, lo establecido, los lugares comunes, su finalidad es despertar la conciencia, ofrecer otros puntos de vista para comprender los problemas, dotar al entendimiento de razones más lógicas y sensatas que únicamente emotivas. Eso de una parte. Y hay otro impacto que merece resaltarse: la lectura de ensayos crea condiciones favorables para que las personas, en su calidad de ciudadanos, tengan un repertorio de razones para comprender distintos puntos de vista, además de prepararlos y enseñarles, así sea de manera indirecta, cómo organizar la mente argumentativa para defender sus derechos, participar en el debate público, y ser más aptos para deliberar frente a los acuerdos y los consensos sociales.

Poética de la escucha (III)

Detalle de «Nydia, la niña ciega de las flores de Pompeya». Escultura de Randolph Rogers.

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“Les prestaste oído, sufriste con ellos,
pero con el fin de venerar también siempre el secreto”.
Vladimír Holan

 

La escucha se pervierte cuando se transforma en chismorreo. Para que la escucha se mantenga “intacta” tiene que estar resguardada por la discreción. Quien escucha a otro tiene el deber de atesorar la palabra recibida. Tal veneración por el secreto, por lo que ha sido confiado, es vital para que la confianza no se pervierta y para evitar que se distorsione el sentido original del mensaje recibido. Guardar aquella voz, protegerla de la locuacidad, es una garantía tanto para la persona escuchada como para el contenido de su comunicación. Mejor comportarse como un escucha circunspecto que como un hablador desmedido; mejor preferir la reticencia que el cotilleo o la murmuración. El sigilo hace parte de las cualidades más importantes de un escucha experimentado; y si bien parece un rasgo deseable de adquirir o prometer, no resulta tan fácil de cumplir. Lo más común son los deslices de información compartidos a otras personas o los comentarios desacomedidos a partir de una confidencia recibida como un tesoro personalísimo. Los lengüilargos cometen una forma de deslealtad comunicativa, violan la “reserva de la escucha”, rompen el pacto tácito de “cerrar la boca”. Desde luego, esta moderación se aplica de manera preferencial a la vida privada, a la zona sagrada de lo íntimo. Cuando se participa de este ámbito se tejen lazos de fraternidad que van más allá del momento de escucha; se establece una filiación interpersonal tanto más fuerte cuanto delicado sea el asunto tratado. La palabra confesada hay que recubrirla de silencio para que pueda madurar en quien nos la compartió; si se divulga a otros, si se la deja a la intemperie de cualquier oyente, terminará pudriéndose entre la vergüenza, el escarnio o el descrédito. Y no tanto por la gravedad de lo expresado en la confidencia, sino por el desacierto de la persona elegida para compartirla. La prudencia y la cautela son los mejores escuderos de la escucha.

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“Cada clase de oído
engalana lo que oye
ya de luz, ya de gris”.
Emily Dickinson

 

Lo que nos cuenta o nos confiesa otro ser humano, lo que escuchamos, siempre está filtrado por lo que somos. Y así como hay hermeneutas instaurativos y abiertos a la sorpresa, también están los que reducen el mensaje o lo constriñen a verdades ya sabidas. Del escucha depende, de su preparación, de su sensibilidad o su rico capital cultural, que dé claridad a lo que le relatan o, por el contrario, lo vuelva brumoso y abstruso. Podríamos decir que hay estilos de escucha, desde los más clásicos a los más barrocos; de los que se quedan resonando en una palabra, hasta los que prefieren atender al conjunto, a los ramales gruesos de una enunciación. Estilos que idealizarán lo escuchado o darán mayor resonancia al tono emocional con que se pronuncie un mensaje. Escuchar es una forma de traducir: habrá escuchas atentos al “sentido original” y otros que se irán alejando de lo dicho hasta el punto de reconstruir una versión adaptada a su cosmovisión o sus creencias. Por eso es tan importante que el escucha diferencie entre lo denotado y lo connotado, entre el aspecto literal de una locución y las posibles interpretaciones del oyente. Y por ello, también, se requieren varias sesiones de escucha para percibir con mayor profundidad lo que nos ha sido dicho, so pena de achicar o agrandar fragmentos de una alocución. En caso contrario, cuando solo se tenga una sesión de escucha, será aconsejable tener en mente la relación entre las partes y el conjunto, al igual que las recurrencias semánticas o el vínculo entre el discurso y la dimensión emocional del emisor. Debido a este tamiz del receptor cuando está escuchando a alguien, no es bueno sacar conclusiones apresuradas o adelantarse a juicios definitivos; lo más aconsejable será preguntar cuando se considere necesario, recapitular para acabar de “entender” y pedir aclaraciones si es que estamos atiborrados o escasos de información. Del estilo de escucha que asumamos dependerán las claridades o las oscuridades, el elogio o el vituperio en los mensajes recibidos.

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“Si el oído no es rudo, la armonía
se escucha con el alma serenada”.
Jorge Guillén

 

Si se está molesto o furioso, si se tiene la mente embolatada en preocupaciones acuciantes, si la intranquilidad inunda el espíritu, resulta difícil escuchar a otra persona. Cuando se está en esos momentos exaltados o hay una clara dependencia de las pasiones irracionales y fogosas, lo más seguro es que el oído se halle impedido o privado para recibir una confidencia, una confesión o un secreto. Para ponerse en sintonía con el fluir de otra conciencia, para lograr armonizar con esos mensajes confiados en voz muy baja, se requiere reposo emocional, serenidad, y una paz interior en la que estén aplacadas las emociones desbordantes. La escucha empática obliga a la relajación, al aplomo, a una paz que posibilite el desplegarse de la voz ajena. Porque si se está sobresaltado, si el miedo o la perturbación son el telón de fondo de aquellos momentos de audición humana, lo que produciría en el interlocutor será el efecto del desinterés, de la incomprensión o de “estar perdiendo el tiempo”. Hay que procurar estar sosegados para sacarle todo el jugo a lo que se nos dice; hay que procurar la tranquilidad si queremos estimular y favorecer la salida sin tropiezos de la palabra del otro. Gran parte de las experiencias de escucha fallidas están asociadas a estas “perturbaciones” del escucha, a las interferencias que producen los estados irritables, a las preguntas inoportunas brotadas desde impulsos frenéticos o enardecidos. Quizá por eso sea tan importante, además de elegir un lugar y un tiempo adecuados, conocer el estado de ánimo más apacible en que se esté realmente dispuesto para escuchar a otro. No siempre estamos listos para “prestar oído” a los demás, como tampoco nuestro corazón permanece en dulce e inalterable calma.

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“Mas siempre que no escuché
tu dulce resaca en las orillas
me asaltó una desazón
como la del falto de memoria
cuando recuerda su tierra”.
Eugenio Montale

 

Lamentarse de no haber escuchado a alguien, justo en el momento en que más lo necesitaba, es una culpa o una negligencia imperdonable. Querer escuchar a destiempo a una persona con el fin de resarcir la omisión de no estar disponibles para recibir esa queja, ese problema o esa confidencia, resulta impostado o fallido al realizarse. Seguramente, si se hubiera “tenido el tiempo” para escuchar a ese otro ser humano, el destino de aquel individuo sería diferente; o, a lo mejor, las decisiones tomadas en ese momento serían diferentes; de pronto, nuestro acompañamiento fraterno, lo habría llevado a evitar determinaciones apresuradas o basadas en una apreciación errada. Los escuchas sigilosos, por el contrario, andan al cuidado de los demás, reconocen cuándo deben “estar presentes”, cuándo su compañía y su voz levantan al desfallecido a la par que reavivan su ánimo abatido. Están en esa actitud atenta, precisamente, porque conocen o tienen la evidencia de que por una negligencia anterior perdieron la confianza de la otra persona o se mostraron indolentes ante su angustia o sus dificultades. La desazón posterior, el arrepentimiento por no haber detenido —al menos por unos minutos— la avalancha ruidosa de la vida laboral o el alud vertiginoso de los asuntos cotidianos, esa incapacidad para hacer un alto en la agenda de las “cosas inaplazables” para detenerse a escuchar la emergencia de la voz de un familiar, un compañero o un amigo, se vuelve un susurro inquisidor, un zumbido en la propia conciencia. La escucha extemporánea, esa que con disculpas se solicita para remediar la desatención, no solo resulta artificiosa y poco útil para el emisor, sino estereotipada y común en la retroalimentación de quien la recibe. La escucha genuina siempre es circunstancial; su existencia transcurre en el tiempo de las coyunturas.

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“Hermano, escucha… escucha…
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros”.
César Vallejo

 

Aunque no se diga de manera categórica hay un pacto implícito en la escucha. Es decir, la petición a un intercambio comunicativo en el que no se sabe del todo cómo va a salir, cuál va a ser su ritmo, o de qué manera va a encontrar los filones de su contenido y el cauce de sus aguas. Al aceptar un escenario oral de incertidumbre, con muchos suspensos y silencios, con vaivenes y dudas en la enunciación. No es a un funcionario o a un tecnócrata al que se le hace esta invitación; es a un hermano, a alguien que se lo considera fraterno o quien tiene las condiciones para acercarse sinceramente y sin intereses utilitarios. La escucha crea una hermandad gestada desde la espera dilatada y la consanguinidad de los espíritus. Pero, además, al hacer esta petición, el emisor del mensaje confía en que  durante la sesión de audición él pueda pasar por muchos tiempos de su relato, asumir diferentes estados de ánimo, ir de la alegría a la tristeza, sin que por ello sea tildado de “desorganizado”, “perturbado” o “indeciso”… Ese pacto incluye también otras cosas, como por ejemplo, el contar con la suficiente tolerancia auditiva del interlocutor para expresarse de forma reiterativa en un asunto, contradecirse cuando así lo sienta, desafiar la lógica sintáctica de las frases. Al frente de él no está un vigilante de la gramática o un psicólogo correctivo. De igual modo, el escucha sabrá tener una actitud pasiva del espíritu para soportar los silencios, las pausas, las dudas que asaltan al que pone afuera su dolor, su desesperación o sus quebrantos del alma. Los escuchas solidarios o confraternales son los que logran captar entre los espacios de los signos supensivos dimensiones inaudibles de la comunicación que para los oyentes comunes no son sino lugares muertos del sentido.

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“Te escucho. Y al fin comprendo
por qué —como tú— viví
sin mí, tan cerca de mí,
en todo tiempo muriendo,
por nadie en verdad sabido,
y fiel desde que nací
a un cantar siempre escondido:
el que hoy descubro en ti…”.
Jaime Torres Bodet

 

Es frecuente exaltar los beneficios de la escucha para quien le comparte a alguien una confidencia o le declara sus angustias, pero poco se profundiza en las bondades de la escucha para la persona que las recibe. Y si bien una sesión de escucha le ofrece al emisor un escenario fiable e íntimo para hacer catarsis, lo cierto es que también al oyente le ofrece oportunidades de autoexamen, contrastación o toma de conciencia. La escucha tiene repercusiones bidireccionales: lo que otro dice o comparte se transforma en referente, en piedra de toque, en contrapunto para el receptor. El mensaje recibido tiene resonancias en la propia vida del escucha. Unas veces estos “ecos existenciales”  serán simultáneos a la elocución del emisor y, otras veces, tendrán un efecto en diferido. Muchos asuntos o acontecimientos confesados crecen como semillas en el corazón de quien las recibe: crecerán como revelaciones a problemas que estaban sepultados; harán evidentes decisiones postergadas; anunciarán desenlaces a acciones que, con alguna probabilidad, tendrán que abocarse en el futuro. Las experiencias de una persona, vueltas confesión, aunque no tengan como propósito enseñar a vivir o ser una cartilla de lecciones de vida para el comportamiento ajeno, sí dejan una estela de aprendizaje para otro ser que las acoge. Escuchar a alguien conlleva una suerte de doble reconocimiento: para el que dice, porque la voz del interlocutor le ayuda a comprender, a analizar, a tener otros puntos de vista sobre determinado evento o situación; para el que escucha, porque mediante aquellos testimonios ajenos evalúa, coteja o recapacita sobre su propio modo de ser, de pensar o de actuar. No cabe duda: escuchar es un verbo reflexivo: al escucharte también me escucho.

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“Escúchame
un momento. Óyeme ahora.
Óyeme siempre, lo mismo
que si yo fuera una rama
de tu árbol, un pedazo
palpitante de tu ser”.
José Hierro

 

Escuchar, en su sentido más alto, supone la compenetración con otro ser, un esfuerzo por la interiorización del mensaje, una solidaridad o fraternidad personificadas. El fin último, en este sentido, es que la confidencia recibida encarne o que la escucha sea tan cuidadosa, tan profunda, que alcance el nivel de la empatía, de la conexión vital con la otra persona. La escucha penetrante se inclina hacia la comunicación de afinidades, la mueve el deseo de avenirse con otro, aspira a la confluencia de emociones. De allí, entonces, el esfuerzo del escucha por cambiar de lugar, por intentar comprender desde los motivos o las circunstancias que sirven de referente a quien le habla. La escucha de mayor calidad, la más fina en su comprensión, conlleva a la “participación afectiva”, a un genuino espíritu de solidaridad o a una compasión benigna. Esto supone una capacidad moral de compenetración con otra persona, de “ponerse en la situación” de quien emite aquellas palabras dichas con voz trémula o en una frecuencia cercana al pudor; esto implica, además, un mimetismo del temperamento del receptor para aproximarse y tratar de armonizar con los sentimientos o padecimientos de otro ser humano. La escucha encarnada está motivada por el congeniar, por la intención de hacer concordable un carácter con otro, por un deseo de acoplarse con esas bajas intensidades de las voces del alma. Una sesión de escucha es, para quien sirve de receptáculo, la ocasión de personificar lo medular del mensaje que le va llegando, esforzándose por interpretarlo de tal manera que el interlocutor sienta que al frente tiene, no a un espectador, sino un atento compañero de obra. Las personas de escucha profunda no están al margen de las vicisitudes por las que pasa toda existencia; se saben parte de la compleja condición humana y, en esa misma medida, pueden identificarse o hacer causa común con otro compañero del camino.

Otros relatos cortos (4)

Ilustración de André Da Loba.

TAM-TAM

Y de pronto, cuando menos lo pensaba, la princesa oyó golpear los sonidos del corazón de su amado. Estaban ahí, a la entrada de la puerta. Tam-tam, volvió a escucharlos. Sintió tanta alegría, que prefirió no abrir; se mantuvo en la cama, absolutamente feliz, acabándose la caja de chocolates.

LLEGAR A LA CÚSPIDE

—No creo que pueda llegar a la cúspide —dijo la señora Martínez—. Enseguida se acercó más a la ventana y vio a aquel hombre trepar por el árbol situado en la esquina oriental del paradero de buses.

El hombre se metió entre las hojas que, al llegar a la copa del árbol, se hacían diminutas, más pequeñas en relación con los brazos del tronco. Hojas verdes, amarillas; aguamarinas; desde las más claras hasta las más oscuras. Las hojas se movían en un aletear infinito. El hombre, al subir más arriba del árbol, se había vuelto parte de su follaje. El viento mecía las ramas, las movía a veces rápida y, otras, lentamente. El viento se entretenía en acariciar el árbol, lo abarcaba todo.

—¡Hay dos huevos en el nido! —gritó la voz desde el centro del árbol.

—Pobre hombre —dijo condolida la señora Martínez—. Aún no sabe que es más fácil subir que bajar de los árboles.

Entre el grito del hombre y la observación de la señora, quien seguía asomada a la ventana, se acrecentó la fuerza del viento. La borrasca se hizo más fuerte y el follaje verde amarillento se estremeció largo tiempo. La figura del hombre se perdió definitivamente entre la espesura del movimiento de las hojas. Un sonido de pájaros no vistos se escuchó en la distancia; el murmullo de aves parecía un eco a las voces lejanas de algunos muchachos en el parque cercano.

—Ese debe ser Raúl, buscando huevos de pájaro para su queridísima María; ella y sus antojos de embarazada.

Cuando el hombre bajó del árbol, las botas del pantalón estaban totalmente manchadas de amarillo limón, de azul verdoso tenía pintadas las nalgas del pantalón y de verde musgo las de la entrepierna. La señora Martínez lo miró por última vez y observó los brazos llenos de arañazos del árbol.

 —Lo que suponía. Era Raúl.

La señora Martínez se alejó de la ventana y se sentó en un sillón forrado en terciopelo gris plomo y continuó mirando el árbol magnífico. Desde aquel otro lugar la figura del árbol se volvía estática, inalterable; parecía una larga sombra inamovible.

—Qué extraño es el mundo cuando me dejo caer en mi sillón —dijo la anciana—. Y recostándose en el espaldar del mueble, agregó: —Todo se va volviendo como de piedra en la vejez.

EL PRÍNCIPE AZUL

El hombre se quitó la capa azul oscura, se desprendió de la corona plateada con joyas iridiscentes, dejó sobre un ropero los pantalones azul rey y el camisón con bordados de oro, se sentó en la cama y puso debajo de ella las zapatillas doradas.

La dama que había estado observándolo, resguardada por las sábanas, se sorprendió de lo flaco, blanco y frágil que era. Se sintió defraudada y empezó a llorar en silencio. Se mantuvo allí encorvada, en posición fetal, lanzando cortados suspiros, apenas dejando el espacio suficiente en el lecho para que entrara el cuerpo del hombre.

Esa noche de bodas la dama comprobó que los príncipes azules, desnudos, son hombres comunes con los pies muy fríos.

EMAÚS

Emaús es un bonito nombre para encontrarse con un viejo amigo, con alguien que creíamos haber olvidado pero que, por un hecho fortuito, identificamos sorprendidos y con gozo.

No es fácil distinguir, a primera vista, el rostro de alguien que consideramos ya perdido. No resulta inmediato reconocer al antiquísimo muchacho con quien jugábamos a bajar frutas o con quien nos perseguíamos hasta el cansancio, allá, muy lejos, en la antigua casa familiar de nuestra infancia. Como tampoco es fácil aceptar esos cambios de rostro y de estatura; esos cambios de voz. Ahora, ante nuestros ojos, el niño de antaño lleva sobre su rostro las marcas de una vida, el peso de la experiencia; porque eso es un amigo cuando regresa: alguien que vuelve con el peso de la vida a cuestas, y anhela contárnosla; alguien que espera el calor fraterno de un abrazo.

Precisamente hoy, cuando iba camino a mi casa, me encontré de pronto con aquel amigo de colegio, aquel compañero de juegos y de aventuras infantiles: el querido amigo de barrio. Primero un titubeo. Tanto él como yo, dudamos. Aunque pensándolo mejor, fui yo el que no acertaba ubicar bien entre mis recuerdos el sitio exacto de ese rostro. Él, estaba seguro. Me llamó por ni nombre. Yo, en cambio, utilicé una exclamación de esas de tipo impersonal, algo así como ¡hola!, ¡qué hay!, ¡cómo te ha ido!… Uno de esos saludos para cualquier desconocido. Él, por el contrario, me llamó por mi nombre y, luego, despacio, agregó mi apellido. Cuando lo pronunció, cuando dijo mi nombre y mi apellido de esa manera, el rostro se me encendió de felicidad. Pude por fin reconocerlo. Era él, sin lugar a dudas; era él: el que me defendía de los muchachos más altos cuando hacíamos la primaria, el que dividía conmigo las onces en los recreos de aquel colegio, el que compartía el puesto en el pupitre, el mismo que vivía con su abuela, una señora enferma y, sin embargo, siempre alegre.

Entonces, sí, lo estreché contra mí, fuerte. Como se estrecha a alguien que, antes, fue muy querido. Y aunque su nombre, el bendito nombre, no acudía a mis labios, lo invité a mi casa. Teníamos tanto de qué hablar. Él, como para desembarazarse de ese compromiso, contestó que no podía. “Será en otra ocasión”, me dijo, con cierta tristeza. “En otra ocasión”, volvió a repetirme, trepándose al primer bus que atravesó la avenida. “No veremos después”, me gritó desde la puerta del vehículo, alejándose entre el ruido y la barahúnda citadinas.

Es indudable: Emaús es un bonito nombre para cualquier sitio, para cualquier calle en la que podemos reencontrarnos de pronto con un viejo amigo.

MATAR A CUPIDO

Esa noche, como le habían sugerido sus hermanas, después de encender la lámpara y sorprenderse de la hermosura de aquel dios, muy en contra de su voluntad y del encanto que le había producido aquel hombre alado, decidió acercar el cuchillo hasta la garganta del confiado durmiente.

Por unos instantes recordó todas las noches pasadas al lado de aquel hombre, se engolosinó de nuevo con sus besos de fuego y, especialmente, tuvo en su memoria la resonancia de sus palabras. Se vio a sí misma ebria de deseo, abandonada al ritmo impuesto por aquellas manos sabias y tuvo la evidencia de que lo que era saberse completamente feliz. Todas esas rememoraciones vinieron al unísono por unos segundos, pero, cerrando sus ojos, y manteniendo en la mano izquierda la lámpara que parecía opacar su lumbre para resguardar al durmiente, de un golpe rápido abrió la garganta de Cupido.

Un líquido espeso brotó a borbotes. El dios despertó ahogado por su propia sangre. Confundido, apenas logró llevar las manos a su garganta para tratar de parar la vida que se le iba entre sus dedos. Al verlo agonizando, Psique se arrepintió de aquel acto asesino; con rapidez apagó esperanzada la luz de la lámpara, pero las sombras que antes habían sido cómplices protectoras de su amor ahora la dejaron con un cuerpo exánime entre sus brazos.

AEROMANÍACO

Minutos después de estrechar las manos de algunos amigos que generosamente acudieron a despedirlo, el señor Navia se acomodó en una de las acolchonadas sillas del moderno avión. Buscó precisamente una que estuviera cercana a la ventanilla para poder contemplar con mayor claridad el paisaje. Sus ojos escudriñaban cada parte del avión, cada letrero, cada ocupante, en tanto sus manos tocaban, escudriñaban, oprimían interruptores. Todo un universo de cosas y circunstancias nuevas estaban frente a él. Cuando escuchó la voz suave de una mujer que ordenaba apretarse el cinturón de seguridad, obedeció como si fuera una tarea cotidiana. El despegue se hizo sin ninguna dificultad y los edificios comenzaron a hacerse más diminutos.

El paisaje se empequeñecía y perdía el color verdoso. El gris y el blanco ocuparon el sitio de preferencia visual. Las nubes, esas grandes masas informes, deambulaban ante su mirada. El avión continuaba subiendo, más y más alto. Ahora el paisaje era blanquecino, lleno de figuras abombadas y juguetonas que crecían y se diluían con rapidez. El avión parecía inmóvil y la velocidad no coincidía con lo que el señor Navia contemplaba por la ventanilla.

Discretamente dejó su puesto y se encaminó al cuarto de baño. Cerró la puerta y se sentó en la taza del inodoro. Después, extrajo de su bolsillo un avión de papel y empezó a moverlo con los movimientos de una nave verdadera. Subía y bajaba el avioncillo sosteniéndolo por momentos, capitaneando con pericia aquella frágil figura que aún tenía visibles las líneas de un cuaderno escolar. Varios minutos estuvo volando hasta que escuchó unos golpes en la puerta. Guardó de nuevo el avión en su bolsillo, bajó el agua del inodoro y salió del pequeño cuarto.

Una vez que el señor Navia volvió de nuevo a su puesto, sacó de su maleta de viaje una gruesa libreta de papel periódico, una caja de colores y se acomodó lo mejor que pudo en el asiento. Se apretó el cinturón de seguridad, desplegó la mesita auxiliar, abrió la libreta, sacó los colores y se dispuso a dibujar. Seis horas para pintar aviones, a diez mil metros de altura, había sido su sueño anhelado por más de 50 años.