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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Autobiografía

Jorge Oñate y los Hermanos López en tono autobiográfico

07 domingo Mar 2021

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

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Autobiografía, Hermanos López, Jorge Oñate, Música vallenata

Pablo y Miguel López con Jorge Oñate.

Bogotá, primeros años de la década del 70. La música vallenata empezaba a adentrarse en los hogares de la capital. Los acetatos y los casetes eran los dispositivos de la época. En todas las casas se tenía un equipo de sonido que jerarquizaba la organización de la sala. El mío era un Hitachi –que aún conservo y funciona– comprado a plazos en “Electrodomésticos Aponte”, en la esquina de la carrera 9 con calle 16. En ese contexto se inicia mi amistad musical con Jorge Oñate y los Hermanos López.

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Buena parte de los vallenatos, como se sabe, son los cantos de historias o sucesos de determinadas personas en un lugar específico. Son, por decirlo así, la épica de una provincia.  Precisamente, de todos esos vallenatos que tienen la magia del relato vuelto canción recuerdo uno, en especial: “Las bodas de plata”. Me veo bailándolo en una de las tantas fiestas que disfruté en mi juventud, acompañado de primas y amigos de parranda. Mi memoria ubica la escena en la amplia sala de la casa del barrio Estrada o, en esa otra, del Bosque Popular. Allí estaban Elsa y Nidia y Nelly y Rubiela y Henry y Fabio y Zabaleta y, por supuesto, mi querida Penélope. Alrededor del equipo de sonido, que con su aguja de diamante iba recorriendo los surcos de los LP de la CBS, todos los invitados celebrábamos el incansable vigor de la juventud que pregonaba la vida a la par que bebíamos una tras otra las botellas de aguardiente: “En estas fiestas bonitas sonaron todos los acordeones…”

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Fiestas y más fiestas, recorridos nocturnos por barrios de Bogotá como Modelia, San José, Quinta Paredes, Corkidi, Trinidad Galán, Kennedy o Santa Isabel, llevando debajo del brazo los LP y la compañía de familiares o seres muy cercanos al corazón. A eso de las diez de la noche la fiesta ya estaba en plenitud, el bochorno de la concurrencia se aliviaba un poco al dejar abiertas las puertas de la casa y permitir que los vecinos disfrutaran también de este jolgorio que terminaba a las cinco o seis de la mañana. No había descanso. La voz de Jorge Oñate se amplificaba en los altos bafles que parecían guardianes del toque inconfundible de los Hermanos López. 

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“Acordeón bendito el que Migue’ toca… yo ya me estoy embrujando con el vaivén de sus notas”.

Pero en otras ocasiones, algunos temas vallenatos tocaban los recuerdos de mi infancia. Entonces, desde el fondo del alma, repetía con Jorge Oñate “…es difícil olvidar aquellos hermosos tiempos, cuando suelo recordarlos me duele y suspira el alma…”. Y aunque bailaba ese tema musical con el cuerpo, el espíritu sentía la nostalgia de la tierra de mis mayores, la de Custodio y María Catalina, la tierra de Capira, la de las hermosas montañas en las que viví las experiencias fundantes de mi niñez. Y sin saber bien por qué, apenas terminaba ese disco, yo seguía repitiendo en mi mente algunos apartados, como para no sentirme del todo huérfano de aquel pasado maravilloso.

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Es indudable que muchos de estos temas hacen parte de las marcas de mi juventud y, muy especialmente, de las primeras exploraciones amorosas. Cuánto afán por la conquista, por tener acceso a unos labios, por darle rostro a las ilusiones del afecto. La música vallenata, en particular algunos merengues, era un medio para acercar el cuerpo que nos gustaba o para compartir la sangre que pedía otra piel a borbotones. El tema de “Amor ardiente” es uno de esos que ayudaba a entrar en el remolino de las pasiones juveniles. Y siempre, apenas Jorge Oñate exclamaba “oigan los bajos de Miguel López”, yo invitaba a mi pareja a detenernos por unos segundos y gozar con esa melodía que parecía salir del subsuelo de aquel Hohner rojizo plateado de teclas blancas.

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Aunque no siempre la música de los Hermanos López y la voz de Jorge Oñate era para disfrutarla bailando. Muchas veces se la gozaba de otra manera: oyéndola con un grupo pequeño de amigos, tomando alguna cerveza y conversando, hablando largas horas. Tal evocación del sentido de la parranda se hacía más entrañable cuando alguno de los contertulios, recuerdo a Fragoso, tocaba la guacharaca o con algún objeto improvisaba una caja para acompañar la música que detrás del grupo alimentaba la conversación. A veces el LP iba pasando corte tras corte hasta terminar, pero, en otras ocasiones, yo debía levantarme para repetir un tema específico. Estas audiciones rubricaban la amistad y permitían darle al canto las resonancias de lo inolvidable: “los amores que se fueron todos se los lleva el viento… en cambio por ti yo siento un amor tan verdadero…”

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Y si había alguien con quien daba gusto compartir estas audiciones era con Don Antonio, el papá de Penélope. Cuando él y su esposa volvieron años después a la Costa norte, lo recuerdo echado hacia atrás en la mecedora, extasiado, escuchando “Corazón vallenato”. Me tomaba con una mano el brazo derecho y, con la otra, sostenía un vaso de whisky. “Mala la música”, decía, para señalar la grandiosidad de la voz de Jorge Oñate pero, en especial, la cadencia del acordeón de Miguel López. Con los ojos cerrados, como si estuviera poseído por una deliciosa fuerza interior, festejaba la selección de temas vallenatos que yo había hecho para él. El viento parecía ser un cómplice invisible de este rito de escuchar juntos vallenato clásico. La música a buen volumen inundaba los rincones del apartamento en el barrio Crespo, de Cartagena. Cantábamos alegres, y nuestra voz se fugaba por las puertas y ventanas hasta contagiar a los vecinos. “Mucha gente que afirma que no parezco de allá, porque no toco la caja ni toco yo el acordeón, es que con las manos no sé tocar, eso lo ejecuta mi corazón…” Don Antonio, como este tema, sigue perenne en los afectos hondos de mi corazón.

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Jorge Antonio Oñate González, “El jilguero del Cesar”.

Por supuesto, cada uno elige los temas musicales que más le gustan o que están impregnados de su historia personal, pero la interpretación de Jorge Oñate de “El cantor de Fonseca” es como un sello distintivo de aquella voz. Hay algo de canto elegíaco, de testimonio de trovador, que convierte este tema en una marca de estilo de su modo de cantar y, al mismo tiempo, en un ejemplo de lo que está en la médula de la música vallenata.

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Mucho tiempo después, en el año 2000, la voz de Jorge Oñate volvió a escucharse en mi casa. No en un ambiente de jolgorio, sino de suma tristeza. La imagen es nítida: mientras suena este tema voy bajando a mi padre envuelto en un sudario hasta el primer piso. Mis lágrimas se confundían con ese homenaje al “Viejo Custodio” que con sus alas bienhechoras me había cuidado por más de cuarenta años. “Mi padre se jugaba conmigo, y yo me jugaba con él”, repetía en mi mente. Aun llegando a la sala, las ondas del equipo de sonido seguían acompañándome: “Mi padre fue mi gran amigo, mi padre fue mi amigo fiel…” Quizá de esta manera, después de escuchar “Ya se murió mi viejo” de Garzón y Collazos, “Hijo de tigre” de Enrique Díaz, “El canalete” de Silva y Villalba y “Mi gran amigo” de Los Hermanos López, yo intentaba con la música despedirlo definitivamente de esta su casa, la que pagamos juntos, la que era su conquista después de tantos años para tener un techo propio.

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Conservo todos esos acetatos. Los tengo en sus carátulas y sus bolsas protectoras. Son otro de mis tesoros, junto con mi biblioteca. Jorge Oñate y los Hermanos López forman parte de mi historia personal, son otro hito de mi travesía existencial; y cada vez que la evocación hiere esos tiempos, no solo los recuerdo con profunda alegría, sino que vienen a mí personas, lugares y eventos altamente significativos. La música –cuando la escuchamos– tiene esa capacidad de hacernos contemporáneos de años pretéritos. Y aunque ya no estoy inmerso en esas fiestas o esas parrandas, ni estoy tan cerca de todos esos amigos y familiares, a pesar de que varias de esas personas ya fallecieron, aquella época vivida a plenitud sigue alimentando de forma inagotable mi espíritu.

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Jorge Zuleta en la caja, Adalberto Mejía en la guacharaca, José Vásquez en el bajo, Napoleón Calderón en la tumbadora, Leonel Benitez en el cencerro y Julio Morillo y Johnny Cervantes en los coros.

 

 

Regalo de luz

29 domingo Jul 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

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Autobiografía, Imagen fundacional

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Un rayo de luz entra por el resquicio de la ventana. Esplendoroso. El sol ha querido esta mañana darme ese regalo. La luz ha seguido rauda, inmediata, por encima de mi cama, tocó la esquina de un armario de madera y fue a estrellarse contra una pared de cemento. Allí se quedó mirándome y se mantuvo maravillado, supongo, del brillo de mis ojos. Luego se alejó por donde vino, despacio, muy lentamente, dejando tras de sí una estela amarillenta. Me quedé un tiempo en el lecho contemplando la magia de la luz, la fuerza de la vida, el regalo astral de ese día. Después me puse de rodillas sobre el lecho, abrí una de las hojas de la ventana y miré hacia las montañas. Aún quedaban rezagos de neblina en la parte más honda de la serranía, pero los grandes árboles ya habían dispuesto sus ramas para el canto de los pájaros. Una algarabía maravillosa entró también a mi habitación; gorjeos, trinos, melodías, decoraron parte de las vigas y se miraron en un espejo que había sobre la mesa. El sonido hizo que mi corazón se pusiera a tono con mi mente. También las gallinas sintieron sobre sus plumas los rayos del sol y comenzaron a bajar de un guanábano que les servía de dormitorio. Los gallos fueron los únicos que prolongaron con su canto el mensaje del sol: su quiquiriquí repetido convirtió el mensaje previsto para los ojos en un anuncio para los oídos. Este es un misterio de estas aves de cresta roja: transforman los rayos de luz en ondas de sonido. Por eso son símbolos de resurrección, porque logran mudar la materia de las cosas. Por eso están encima de las torres y por eso son buen augurio en momentos en que los hombres andan a tientas en las noches de su espíritu. Quiquiriquí… Mis ojos fueron más lejos, delinearon las montañas de otra vereda, subieron hasta el cielo que esa mañana estaba azul, muy diáfano en su textura, y volvieron a bajar hasta un sembrado de maíz y tomaron, imaginariamente, el camino real hasta llegar a la casa de don Manuelito y, de allí, bajaron hasta la zanja del Peñón y de un salto entraron por la puerta donde yo estaba arrodillado. Mis ojos me vieron la espalda sin que me diera cuenta. Fue por unos segundos. Porque al sentir mis propios ojos mirándome me di cuenta enseguida que debía voltearme para no quedarme ciego. Ese reencuentro fue un choque de luz iridiscente. Me senté en el lecho y puse mis pies en el cemento frío. Debajo de la cama seguía la noche. Allí la luz no había querido entrar o de manera esquiva ignoró mis zapatos y unas chanclas tendidas sobre una piel de venado. Quizá los venados muertos son un antídoto contra la luz, vaya uno a saber. El frío del cemento me devolvió la conciencia de que estaba de vacaciones, en la casa de mi niñez. Así que, sin pensarlo dos veces, a pie limpio abrí la puerta y salí a recibir con todo el cuerpo la luz del sol, el trinar de los pájaros y el canto de los gallos. Pero fueron las manos de mi tía las que me recibieron con un saludo de bienvenida, de buenos días, de si durmió bien, de si descansó, todo eso aromatizado con un pocillo de café oloroso a viejos recuerdos y nombres maravillosos: Caracolí, La Guásima, La Peña, Aguas Claras, Lomalarga… Vi un asiento naranja y allí me ubiqué. Los perros, siempre innumerables, fueron a juntarse a mi lado, moviendo la cola o poniendo sus hocicos como una mano húmeda. El humo de la cocina dio una pequeña vuelta y vino a saludarme de manera rápida antes de que la brisa mañanera lo alejara de mi lado. El humo y la brisa siempre han tenido sus rencillas en estas tierras hermosas, en estos parajes donde transcurrió mi niñez. Mi infancia más querida. En todo caso, mientras estaba sentado volví a mirar hacia las montañas y vi las palmeras y los grandes peñascos y divisé, o quizá lo soñé, que iban subiendo varias recuas de mulas y dos hombres, con sombrero, las iban arriando con un sonido seco y potente: ¡mula!, ¡mula! Gritaban. Y las bestias avanzaban con su carga de piña, porque eran piñas las que llevaban, de eso me di cuenta de inmediato, porque aunque el camino real estaba distante, era tal el aroma de esas frutas, que embargaba todo el bosque. O fue porque en ese momento mi tía me acercaba en un plato dos rodajas de piña: ¡coma, mijo! Cómo huelen las piñas en la mañana, justo después de que una peinilla tres canales les quita su cáscara de ojos y las deja desnudas para que puedan servirse en rodajas, así limpias en su propio jugo… Las manos tomaron una de las rodajas de piña pero los ojos volvieron al camino real a ver si seguía la romería de mulas… Pero ya estaban llegando bien arriba de la Señora Josefina, y no quedaban sino el reguero de boñiga de las mulas y el aserrín de los gritos de aquellos arrieros venidos del fondo de las montañas… Ahora los pavos y las gallinas, los palomos, los marranos entraron al concierto de sonidos. Mi tía trató de conjurarlos llamándolos a desayunar: ¡tico, tico, tico…! , les entonaba, a la par que sacaba de una totuma manotadas de maíz, esparciendo ese alimento como si fuera una lluvia amarilla… Plumas, gruñidos, zumbidos, bullicio, todo eso se desataba a los pies de mi tía, que ese día, como otros tantos, tenía un vestido lleno de flores. Los pasos largos de mi tío hacía tiempo habían llegado de despertar el rocío de los potreros y ahora, después de ordeñar, le entregaba una totuma con leche espumosa a su mujer, que estaba dándole vida con sus manos a las arepas y los plátanos, a la carne frita y el chocolate caliente, en medio del crepitar de la leña y el incesante zureo de los palomos… ¡Qué maravilla observar esas escenas tan sencillas y, a la vez, tan pletóricas de fuerza vital, de plenitud campesina! Creo que me quedaba extasiado contemplando estos paisajes del amanecer largos minutos, tantas veces como días tenían mis vacaciones. Porque ir a Capira y ver amanecer era sentir de nuevo la vida renacer a manos llenas, porque era una forma de recibir la libertad en mi pecho y llenarme de una alegría capaz de convertir el encierro citadino en cosa baladí. Allí, en esos momentos, observando y escuchando de nuevo cómo se gestaba el génesis de la vida, yo me sentía, aunque todavía muy pequeño, un gigante, un héroe poseedor de esos misterios. Un ser dotado de leyendas, poseedor de un mito que aún hoy, después de más de 60 años, sigue intacto en mi mente y rebosante de luz en mi corazón. 

Custodio: dieciocho años más presente

20 domingo May 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

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Autobiografía, Figura paterna

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Hace dieciocho años murió mi padre. Todo ese tiempo ha pasado desde que abandonó este mundo y sólo ha quedado su presencia magnífica en mi memoria y en mi corazón. Los recuerdos de los últimos meses de su sufrimiento, soportado con un estoicismo digno de los habitantes de Capira, han perdido su peso doloroso y amargo, dejando paso a la profundidad de sus enseñanzas, a las loables proezas de su ejemplo y a una particular forma de entender y enfrentar la vida.

Lo que más me sorprende de mi padre fallecido es lo presente que está en mi vida de todos los días. Lo tengo en mi mente cuando camino a solas por las calles, acudo a él cuando alguna decisión difícil me ronda en mi trabajo, me pongo tras sus alas de ángel cuando empiezo un nuevo proyecto. Su muerte fue una poderosa semilla que ha ido dando fruto a medida que pasan los años. No fueron en vano ni sus luchas de campesino desplazado por el bandolerismo, como tampoco su tenacidad y su anhelo por construir un hogar digno y pletórico de tranquilidad. La cosecha de ese hombre ha sido buena y abundante; valió la pena emplear sus setenta y dos años quebrándose la espalda trabajando honestamente y trasegando sin maldecir las dificultades que fueron desfilando a la par de sus pasos. Con alegría de hijo puedo ver que todos sus actos rinden hoy sus mejores beneficios.

En mí mismo noto lo hondo de su crianza. Como él, considero el trabajo una forma de realización y no un peso o una maldición; de igual manera y muy cercano a su proceder, pago mis deudas a tiempo y mantengo un cuidado con mis ahorros. No gasto más allá de mis ingresos y no necesito aparentar ni sobre mí ni sobre las cosas que poseo. Cuánto aprendí de mi viejo de autenticidad. Ese es un legado invaluable: no autoengañarme, no fingir, no andar simulando o huyendo de mi propio rostro. Mi padre me enseñó que la humildad tiene su riqueza y que se requiere cierta valentía para aceptar lo que uno es o lo que en verdad quiere. A él le debo, en gran medida, la talla de mi carácter y una fortaleza interior que me ha permitido sacar a navegar mis propios sueños. Son sus consejos y sus actos los que me han hecho amar el poseer un techo propio, los que me han hecho pródigo para el agradecimiento y sensible al sufrimiento ajeno. Porque mi padre fue un hombre solidario, servicial y dispuesto a ofrecer su ayuda al desvalido; porque nunca olvidó de dónde venía y, por eso mismo, comprendió desde el fondo de su alma los gestos demandantes de la necesidad.

También tengo de mi viejo un ánimo optimista o por lo menos un espíritu emprendedor. No soy fatalista, como él; no soy fanático, como él; no soy presumido ni “balaquiento”, como él. Los dos valoramos profundamente la amistad y tenemos el don de la confidencia. Considero que le heredé su talento para establecer relaciones, para tejer vínculos de manera rápida con cualquier persona; ni él ni yo miramos por encima del hombro al menesteroso ni sentimos vergüenza de interactuar con los que ostentan demasiado dinero o poder. Por él soy buen vecino, por él confío en el colega, por él tengo en profunda estima la lealtad. De él, sin lugar a dudas, es mi observante respeto por el otro; de él, mi vocación de servicio encarnada en la docencia.

Las lecciones que recibí de mi viejo fueron siempre a través de historias o relatos. Usaba los cuentos que le habían pasado en su infancia o su adolescencia como una cartilla oral para que yo sacara mis propias conclusiones. Fue un padre severo, pero siempre amoroso. Su salón de clase era la mesa del comedor; allí contaba historias y, con ellas, todo un amplio libro de sabiduría proveniente de la propia experiencia o de la experiencia de otros. “La familia, cerca y lejos”, decía siempre que alguna parentela intentaba inmiscuirse en nuestro hogar; “no hay como la tranquilidad en el hogar”, repetía, cuando estábamos reunidos alrededor una delicia culinaria preparada por mi madre; “cuide esa boca”, advertía cuando alguien hablaba mal de otra persona ausente; “ahorre, mijo, ahorre para la vejez”, insistía cuando le compartía el logro de mis primeros trabajos. Era un hombre prudente, y un gran observador. También era muy ingenioso y creativo; un artesano y un múltiple hacedor de oficios. Tocó tiple cuando era joven, pero luego la ciudad le borró ese talento de sus manos. Le gustaban los valses andinos, los tangos y cantaba o silbaba las canciones más cercanas a su alma de hombre de montaña: “te espero, allí donde tú sabes; lo quiero, porque tenemos que hablar…”

Son innumerables las deudas con el viejo Custodio. Forjó mi disciplina, talló el tesón y la continuidad en los propósitos, hizo de mí alguien con sentido de la responsabilidad. Me dio luces y herramientas para manejar la realidad, con todo lo que tiene de arisca y sorprendente. Cada acto suyo, cada forma de enfrentar un escollo vital, me fueron afinando las maneras y las actitudes para no ser un tránsfuga o un cobarde ante la dureza de la existencia. Pero, al mismo tiempo, me prodigó la alegría y el entusiasmo de seguir adelante a pesar de las dificultades, la certeza de que la penosa subida a las montañas vale la pena para lograr aspirar el aire fresco y ver en la distancia los paisajes más hermosos. Por mi padre sé que, si bien uno no puede perder de vista sus sueños, debe eso sí tener bien puestos los pies en la tierra. Así eran sus lecciones: sencillas, como él, pero forjadas en el yunque de la sobrevivencia.

Mi padre fue un cuidador como su mismo nombre. Guardo como si fuera un tesoro la primera biblioteca que me mandó hacer, en cedro macho, cuando yo hacía mis primeros años de primaria. Ese mueble prefiguraba lo que sería mi pasión muchos años después: la literatura. Ahí guardé mis primeros libros de colegio y fue lo primero que consideré como propio. Tal vez mi padre, con esa intuición que únicamente los seres que nos aman en verdad poseen, adivinaba o prefiguraba el destino de su hijo. De pronto, así como en tantas otras cosas, creó un escenario futuro para mis actuaciones; fue un constructor de mis posibilidades. Precisamente, en este sentido, hay otras palabras que guardo con profundo cariño: “mijo, claro que usted puede”, “mijo, usted lo va a lograr”. Esa confianza absoluta, esa fe de roca y de apoyo a mis proyectos, cada abrazo de ánimo, siguen vivos en mi pecho, a veces pareciéndose a un escudo y otras, semejando un estrella que ilumina mi camino.

Dieciocho años hace que murió mi padre. No dejo de sentir un dolor en mi alma. No obstante, es más fuerte lo que conservo de él, lo que mis recuerdos mantienen intacto e imperecedero. Sirvan estas letras como una invocación a su nombre de ángel protector y como un homenaje a su crianza y su acompañamiento maravilloso durante cuarenta y cinco años.

Los libros, mis libros

02 miércoles May 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

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Autobiografía, Biblioteca

Ilustración de Jungho Lee

Ilustración de Jungho Lee.

Son silentes, aunque hablan en otra frecuencia a nuestra mente y nuestro espíritu. Callan, pero si uno los sabe tratar, dicen cosas a nuestra hambre de conocimiento o a nuestras necesidades vitales. Son pacientes, dóciles, extrañamente pasivos, a pesar de su poderoso contenido o sus libertarios mensajes. Están ahí. Son una presencia, un referente, un mojón de la cultura. Dependen de otro, de alguna mano que los traslade o los cambie de posición. Pero en esa parálisis, en ese gesto estatuario, saben que pueden ser buscados, reclamados, íntimamente necesarios. La pasividad en ellos tiene un toque budista o una sabiduría ancestral. Tienen el don de la presencia, la certeza de saberse un lugar, un refugio, una fidelidad al alcance de la mano. Son celosos, pudorosos; guardan y conservan; no gritan, no promulgan estruendosamente sus secretos. Al contrario, en su murmullo silencioso, en su melodía muda, cifran parte de su encanto y de su seducción. Son, en realidad, monumentos del silencio, oráculos abiertos a la ansiedad de una pregunta, a la desazón de una inquietud o, simplemente, al inquieto divagar de la curiosidad. Desempeñan muchos papeles o cambian de forma como Shiva, el dios hindú de la naturaleza: a veces, son augures descifradores del universo; otras, chamanes que invitan a un viaje interior; y, en la mayoría de los casos, hacen las veces de aedos o contadores de historias maravillosas… Fascinan, inquietan, divierten; contagian emociones, despiertan la mente, agudizan los sentidos; rompen las cadenas del que tiene muchos miedos, multiplican el mundo al fanático y preso de una única ventana, guardan la sabiduría de los hombres destilada a través de las generaciones y los pueblos… Les gusta juntarse. Detestan estar solos. Por eso les fascina la arquitectura de las filas, las columnas, las pirámides; aunque también les gusta estar por ahí, tirados sobre una silla o desparramados en una alfombra, así como si fueran gatos de cuatro lados. Juegan a perderse o desaparecer de su dueño. Hay una lúdica en refundirse que marca su destino, o un azar que ellos mismos invocan o son su santo y seña. Disfrutan ese desaparecer por momentos, dotan a sus páginas de un halo fantasmal o fantástico. Pero, una vez reaparecen, apenas vuelven a su lugar originario, se engolosinan con la sensación de ser criaturas reencontradas, hijos pródigos, familiares recuperados después de un éxodo de pocos días. Temen a la intemperie, al abandono, al polvo que no es más que otro nombre del olvido; se apartan del agua que los debilita, del sol que los opaca, del fuego que los asesina. Aguantan, resisten, se resguardan como ovejas del lobo del tiempo; confían en que unas manos los cuiden; aspiran a ser eternos, a pesar de estar hechos de una materia frágil y corruptible. Los libros…

Mis libros… Cuánto los quiero, cuántas horas con ellos, cuántos ahorros para tenerlos cerca. Son mi tesoro, mis confidentes, mis amigos incondicionales, mis consejeros de cabecera. A ellos voy si me apremian las preguntas, a ellos acudo si pocas luces parecen iluminar un problema, de ellos me nutro para entrar en relación con las voces del pasado. Son mi puente, mi mantra, mi talismán. Los he subrayado, los he marcado con mi propia historia, los he organizado según los avatares de mis búsquedas y la sinuosa evolución de mis gustos. Cada uno, todos ellos, tienen algún vínculo con las peripecias de mi vida. No están ahí o han aparecido sin que haya un motivo, un acontecimiento, un evento personal que los imbuya de sentido. Pueblan mi entorno, habitan conmigo, me circundan, ocupan más de una habitación. Han crecido en número y, con el pasar de los años, han construido una fortaleza, un castillo de papel, dispuesto en varios anaqueles, inexpugnable para muchos, cierto y claro para mis ojos y mis manos. Me resguardan, son mi ejército callado que presta guardia a todas horas; los veo en filas, atentos a mi llamado. Los hay gruesos y pesados, como también delgados y pequeñitos; comparten un apellido de sus marcas de nacimiento o la filiación de una tribu temática. La mayoría ya tienen las cicatrices propia del uso y otros exhiben, anhelantes, la virginidad de sus páginas. Son muchos, pero a pesar de ello, puedo recordar a cada uno como si fuera un hijo muy querido: sé en qué lugar habita, en qué sitio me espera. Cuando los miro, formando ese coro multicolor de la catedral de mi biblioteca, pienso que son el mayor de mis bienes, mi fortuna secreta, mi herencia incalculable; y, al mismo tiempo, creo que son mi otra familia, mi sangre elegida y conservada. Y, en este sentido, les debo a ellos un cuidado especial, una devoción por su suerte y su manutención. Ellos son una fuente de mi felicidad, una geografía abierta a mis alas de creador, unos compañeros fieles de mis aventuras intelectuales. Todos los días tengo que ver con ellos: los cultivo, como el hortelano con su tierra de labranza; los socavo, para encontrar alguna piedra preciosa en las laderas de sus páginas; los navego, y siempre traigo algo a mi existencia cuando vuelvo de recorrer sus inmensos mares.

Mis libros… los libros: heraldos o vestales del fuego de las ideas; antídotos eficaces contra la barbarie y la ignorancia; obras del ingenio humano para contrarrestar el aburrimiento y la desmemoria.

Murió Ulises

18 sábado Mar 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

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Autobiografía, Memorias

Ulises

El tío Ulises: «el lobo» de Capira.

La noticia llegó de madrugada: murió mi tío Ulises. Uno de los últimos habitantes de Capira se liberó por fin de aquel lecho que lo había tenido postrado por lo menos hacía cuatro años. El párkinson primero y luego un paro cardiorespiratorio lo devolvieron de nuevo a sus queridas montañas, a su ganado y a sus cultivos de maíz y de yuca. Ya no más silla de ruedas, ya no más temblor en las manos, ya no más dependencia para atender sus más apremiantes necesidades.

Como alma libre que era, lo veo retornar a su casa de puertas naranja y sentarse a descansar, ahora sí, en la mecedora de tela para dedicarse a observar el camino real y cómo pasan las mulas que vienen de Lomalarga. Ahí está en estos instantes, feliz de haber atendido el llamado de los becerros, de picar la yuca para los marranos, de traer la leña para el fogón humeante, de haber buscado en la inmensidad de los potreros a su cabalgadura.

Todo ha vuelto a la normalidad. Los gallos cantan, las gallinas están reclamando el maíz matutino y los palomos caen de los aleros como si fueran pequeñas ráfagas de viento gris. Hay varios jornaleros afilando los machetes, allí, muy cerca a la alberca; y se escuchan las voces de mi tía Purificación, de mi abuela Hermelinda y el gorgoteo de los pavos que desfilan por el patio de la casa de los Rodríguez.

Nada le duele a mi tío. Ha recuperado su voz de mando y toda su fuerza. Le ha dicho a Beatriz que va a ir a ordeñar y lo veo animoso tomar el camino del occidente, el que llevaba hasta los linderos de Don Domingo, ese que estaba vigilado por enormes palmeras. Va rápido, como le gustaba a él caminar, casi a zancadas, deteniéndose a veces a divisar sus propios pasos. Dos perros lo han seguido hasta bien arriba de la casa. El rocío se ha apartado de las matas de pasto para dar paso a este hombre de manos largas y botas de cuero. Nunca, nunca de caucho. Mi memoria lo mira desaparecer entre un árbol de capote y un mango reverdecido, para verlo después, llegar con una totuma rebosante de leche tibia y ponerla en la mitad de la mesa del comedor familiar.

Enseguida, verlo salir a toda prisa por el lado del charco viejo con un costal al hombro. Los perros esta vez han preferido seguirlo con lo mirada mientras él desaparece entre la hojarasca de los guamos y los yarumos. Al poco tiempo lo veo llegar con el costal cargado a sus espaldas y una piña madura en la otra mano. Sudoroso, muy sudoroso. Tal vez ya había recorrido toda esa tierra fértil de Capirita, ya había estado en La Guásima, de allí deben ser esas yucas y ese racimo de plátanos; o a lo mejor, ya pasó volando hasta Caracolí y bajó esa papaya o descubrió recién caídos dos aguacates magníficos. O quizás en ese primer viaje de la mañana pasó raudo por la mata de guadua, por la casa de Don Leoncio, sin recibir el café, caliente, bien  caliente, ofrecido por las manos de la señora Quilina. Ha caminado tan rápido que ha logrado atravesar caminos y cañadas, potreros y cafetales, en pocos minutos. Los cadillos tratan de agarrarse al pantalón húmedo. ¿Y por qué no habrá llevado el macho? Porque él prefería sentir con sus pies aquella tierra, tocar con sus manos sus cultivos, acariciar aquel paisaje con sus brazos. A él le gustaba ir de un sitio a otro, en solitario, a desyerbar, a hacer las quemas, a limpiar los charcos, a curar los novillos, a cazar, a herrar las bestias. A mi tío le gustaba madrugar para recorrer sus cultivos y llegar con el sol a reclamar su desayuno.

Después de desayunar lo miro enjalmar el macho y tomar otra vía, hacia La Peña. Y enseguida de almorzar, coger el rumbo contrario, hacia arriba, buscando los cafetales de la tía Dioselina. Hay tantas cercas que necesitan un cambio en los puntales, tantos cultivos hambrientos de una mano que los cuide, tantas frutas cayéndose de los árboles, tanta maleza sepultando a las nuevas semillas. De allí su afán. Pero era tanto su brío, su tesón, que hacia el final de la tarde, en lugar de estar descansando se dedicaba a pilar arroz, a moler el maíz para las arepas o a cortar árboles secos con la afilada hacha. Lo noto feliz, al comprobar que el arrume de toletes de madera ya llega hasta la cumbrera del rancho de descerezar café. Después de guardar el hacha, ha ido hasta la cocina y le ha pedido a Beatriz un poco de limonada y lo veo tomarla con ansias, sin parar, hasta devolverle a su mujer la totuma ya casi negra por el uso.

Mi memoria, la del niño, lo observa siempre cargado de herramientas: el barretón, el hacha, el azadón, el machete de pico curvo, el rastrillo, y no sé por qué, siempre afilando su peinilla: “La corneta” tres canales. Mi memoria guarda esa imagen del hombre ocupado, llevando o trayendo cosas, cargando o descargando bultos, limpiando la escopeta, engrasando los rejos, enjalmando mulas, enlazando toretes, sembrando colinos de plátano, desgranando maíz, echando humo a las avispas guitarreras, agüeitando el ñeque, bombeando las lámparas “Coleman”, secando el café en el amplio patio de cemento, reconstruyendo caminos o contando historias. Las suyas y las ajenas, propias o inventadas.

Quizá ahora, cuando ya no le pesa el cuerpo, ni le duele nada, cuando ya se le fue la tos y está libre de manos y pies, pueda dedicarse a contarle a su sobrino aquellos relatos maravillosos de apariciones y espantos, de aventuras insólitas en el plan del Tolima o de sus odiseas por Ibagué y Armero, por Armenia y Cali, cuando la piña era el gran negocio de Capira. Este parece ser el mejor tiempo. Oigo su voz bien clara. Y aunque es de día, mis recuerdos transforman el entorno y escucho las ranas y los grillos. Ya es de noche. Mi tío ha empezado a contarme otra vez sus cuentos. El cielo está clarísimo y veo más brillantes los luceros en el firmamento.

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