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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Autobiografía

Contar cuentos

13 lunes Jul 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Autobiografía, Escritura de cuentos, Estrategias narrativas, Proceso creativo

La casa de La Laguna: el contexto de los primeros cuentos.

La casa de La Laguna: el contexto de las leyendas.

Desde muy pequeño escuché a mis mayores referirme historias y cuentos. Eran relatos sobre apariciones y espantos, como los de “La Patasola”, “El Pollo de viento” o “La Candileja”. Esas historias las escuchaba de niño, después de que los trabajadores terminaban de cenar y, sentados en el andén del piso de cemento, se dedicaban a tomarse un café, fumarse un cigarrillo y dar rienda suelta a sus recuerdos y fabulaciones.

Me parece que allí, en ese contexto nocturno, un tanto majestuoso por el sonido de los grillos y la densidad de la noche, es que nace mi disposición y mi gusto por los cuentos. En esa edad, tal vez tendría cuatro o cinco años, vivíamos en una amplia casa en la vereda de “La Laguna”. Era una casa de techos altos, tejas de zinc y una alberca gigantesca. Alrededor de esa casa había naranjos y mandarinos y un árbol de anón en el  que por las tardes me subía yo a esperar a que mi padre llegara de su trabajo. En esa casa, embriagado por el olor del café y tendido en el piso de cemento, mi imaginación recibía aquellas historias como si fueran relatos fantásticos. Me quedaba extasiado oyéndolas hasta que el sueño era superior a mis fuerzas y me dormía. Supongo que mi viejo me cargaba hasta el dormitorio y en mi sueño seguía escuchando el relato de la mujer con una sola pierna que perseguía a los hombres enamoradizos para devorarlos y que se acercaba a ellos cuanto más respondían a sus gritos seductores, o la historia de las tres bolas de candela que se alejaban de uno tan sólo si las maldecía con las groserías más vulgares y desaforadas.

Pero además, al lado de los relatos de mis padres y esos trabajadores, los cuentos tenían una caja de resonancia cuando hablaba con mis tíos y mis tías o con mi abuela Ñoa. Ellos también, y especialmente, los jornaleros de la vereda, reforzaban aquellos relatos o los amplificaban hasta bordear lo fantástico. Mi tío Ulises, que había sido un gran viajero, no sólo le añadía a los relatos colores y texturas de otras ciudades sino que era capaz de interpretar y meter las voces de los personajes de la región: Don Urbano, Arnulfo, Marcelino, La señora Dioselina, Zambrano… cada uno de ellos personificaba los cuentos que, ahora después de tantos años, sé que formaban parte del mundo narrativo de mi querida Capira. O para decirlo de otra manera, esos relatos eran otros habitantes de esta vereda anclada entre las montañas, las palmeras y el sinuoso Magdalena. Entonces, hablara con quien hablara, siempre había un punto de confluencia, un tronco común para referirse “al que sabemos” o para advertirme de una manera juguetona sobre los riesgos de no obedecer a los mayores o de perder el tiempo o de transgredir ciertas prohibiciones.

Misael: cuento y cacería.

Misael: los cuentos de la cacería.

Capítulo aparte merece Misael, el compañero de los últimos años de mi abuela. Él, además de agricultor, era un apasionado por la cacería. Y cuando, tiempo después, yo iba de vacaciones, lo acompañaba a esas odiseas. Al ir de camino hacia “La Peña” o hacia “Caracolí”, en busca de una siembra de maíz o de yuca donde estaba cebado el animal, Misael ambientaba el viaje con historias de aparecidos o de “entierros” que alumbraban sólo hacia las doce de la noche en determinados días de semana santa. O hablaba del “Cazador errante”, de su grito distante y el ladrido lastimero del perro que lo acompañaba. Lo hacía en voz queda, como para exacerbar mi temor o para darle al viaje una sazón misteriosa. Después, cuando llegábamos a la siembra o el cultivo, él seleccionaba un árbol de mango o un guásimo de ramaje frondoso. Allí, nos trepábamos y comenzaba la larga tarea de la espera. Ya la tarde rendía sus últimas horas y la noche que venía de abajo, desde el plan del Tolima, cubriéndolo todo, nos circundaba como si fuera un cobertor gigantesco. Los mosquitos hacían su banquete en mis brazos de niño. Misael apenas musitaba algunas palabras. La escopeta que llevaba era una de fisto, esas escopetas que había que cargarlas con pólvora y munición. Un arma rudimentaria pero efectiva. Lo que esperábamos era el “ñeque” o guatín. Aunque en esa oscuridad yo no sé cómo Misael podía saber por dónde aparecía ese animal de monte. De pronto, yo sentía que Misael cambiaba de posición. Se erguía lentamente y levantando el arma, observando con sumo cuidado por la mira de la escopeta, manteniendo con la mano izquierda una linterna, de manera rápida, al tiempo que encendía el foco de luz, disparaba. Algunas veces vi brillar entre la oscuridad un par de ojos; otras, apenas olía el humo del fulminante. “Ahí cayó”. Esa frase de Misael me advertía que había dado en el blanco. Como un mico él se bajaba del árbol y alumbrándose caminaba hacia donde había hecho el disparo. Y mientras yo con torpeza llegaba al pie del árbol, él ya venía con el animal muerto entre sus manos. “Para que le lleve una presa a Marujita”.

A  veces la espera no rendía ningún beneficio. Dos horas perdidas esperando al escurridizo “guatín”. Pero Misael se las arreglaba para inocularme la esperanza y entonces me contaba de la vez que había cazado un venado en las montañas de “Lomalarga” y de cómo le había pegado un tiro en el codillo pero, a pesar de ello, el venado había cogido quebrada abajo, por “Aguas Claras”, y él siguiéndole el rastro, con una perrita llamada Canela, y que hacia el final de la tarde por fin dio con el animal y que en cuantas se había visto para echárselo a la espalda y llegar con él hasta la casa. “El cuero es el que tiene su abuela al pie de la cama”, decía para rematar su historia, poniendo esa piel seca como una evidencia de su cacería. O se deleitaba en contarme cómo había capturado un armadillo o una boruga. Lo cierto es que entre historia e historia el camino se hacía más corto y la noche parecía menos oscura. O tal vez parecía iluminada por la costumbre de Misael de echarme adelante e irme alumbrando con su linterna de forma intermitente, a la manera de un cocuyo gigantesco.

Beatriz, la esposa de mi tío Ulises, era otra gran narradora. De pronto mis horas con ella, mientras me preparaba las avecillas que mataba con mi cauchera, fueron determinantes en mi gusto por los relatos. “Triz”, como yo la llamaba, era mi cómplice. Recuerdo que ella le metía a los relatos y a los cuentos que circulaban en Capira, un toque religioso tanto más fuerte cuanto que para ella, como para otras mujeres de la región, las leyendas de las Cien lecciones de Historia Sagrada formaban parte de este escenario rural. A veces ella mezclaba los cuentos con las historias sagradas y se producía un efecto capaz de amedrentarme o al menos atormentar mi fantasía por las noches. Sin embargo, Saúl, un primo mayor que yo, hijo de Ulises, era el que me ayudaba a salir de tales miedos. Y no porque contara historias sino porque con él se vivían. Gracias a ese primo mi infancia estuvo repleta de aventuras maravillosas. Era, según decían mis tíos, alguien desobediente y terco como una mula. Y no sirvió que mi tío lo castigara muchas veces. Saúl era un personaje de la travesura, de la transgresión permanente. Digo que no era un gran contador de historias. Su manera de engatusarme era invitándome a emprender tareas para mí inéditas o insospechadas. Por ejemplo, irnos a sacar vino de palma. Resulta que cuando las palmas caen, si se hace una herida amplia en su tallo, y se deja reposar, la misma palma bota un líquido que tiene sabor de vino agreste, pero vino al fin de cuentas. Y nos fuimos con Saúl a ese plan, porque la noche anterior había habido una borrasca y una de las palmas “reales”, la que quedaba en uno de los potreros de mi tío Ulises, se había ido al piso. Saúl cogió el hacha y nos fuimos con dos botellas en la mano. Pero antes de empezar la tarea, después de unos dos golpes en la palma caída, cuando en uno de los intentos mi primo levantó el hacha, me golpeó la cara, me rompió una ceja, y no fue vino lo que conseguimos sino mi sangre. Y volvimos corriendo asustados a la casa. Y mi abuela me echó panela rallada y se paró la sangre y esa noche todos los familiares velaron mi accidente. Al otro día Saúl se había olvidado del hecho y ya me estaba invitando para que fuéramos a jugar al tejo en el “Cerro colorado” o que nos escapáramos a bañarnos desnudos en “Aguas Claras”, o que lo acompañara a jugar tute con los otros jornaleros que por esa época se quedaban en la casa de los Rodríguez mientras pasaba la cosecha de piña. Saúl no era un buen contador de historias, porque él mismo era una permanente aventura. Quizá por no saber contar relatos es que tomó la decisión de matarse, o de pronto no supo cómo engatusar o persuadir con palabras a la incansable y desvelada muerte.

Custodio: el narrador mayor.

Custodio: el narrador mayor.

Pero, sin lugar a dudas, el narrador mayor fue mi padre. Mi viejo había pasado su niñez en el plan del Tolima. Fue caporal y ayudante a las órdenes de un viejo curtido por la guerra de los mil días, Don Bonifacio Guerra. Mi padre trabajó muchos años con él, y durante ese tiempo no sólo se hizo hombre sino que aprendió muchos oficios, fue boga, recogedor de algodón, sembrador de millo, pescador de atarraya… Creo que todo ese mundo fantástico del plan del Tolima se le metió en la sangre y lo acompañó durante toda su vida.

Y digo que era un relator maravilloso porque además de la anécdota propia del cuento, mi papá tenía el don de generar intriga. Cualquier historia contada por él adquiría el brillo de la curiosidad. El lugar donde siempre lo escuché contar sus historias fue en el comedor, bien de la fábrica de jabones López donde fue almacenista y celador, bien en las otras casas por donde pasamos como gitanos desplazados por la violencia. En ese espacio lo oí rememorar cuentos y relatos que aún hoy, después de doce años de haberlo perdido, siguen resonando en mi memoria como si fueran vívidas aventuras personales. Afortunadamente tengo dos cuadernos autobiográficos que él me escribió y en los que recogió algunas de sus peripecias. Pero la que más me pareció escucharle repetir fue la de uno de los hijos de Don Bonifacio. Mi papá contaba que este hijo, llamado Capitolino, era un muchacho peleador, tomador de trago y muy busca pleitos. Hacía una y otra maldad, y el viejo acababa por ayudarle a salir de sus problemas. Pero una vez, por andar de borracho, en que con una barbera Capitolino en una pelea hirió gravemente a otro trabajador y por tal motivo estuvo preso en Facatativá, el viejo Bonifacio, después de hablar y pedirle ayuda al alcalde de Cambao y lograr que el hijo saliera de la cárcel, después de eso, hizo una gran fiesta y en medio de los invitados, llamó a su hijo y le dijo: “Pongo por testigo a toda esta gente que si usted, Capitolino, vuelve a meterse en un problema, se podrá podrir en la cárcel, pero no haré nada por ayudarlo”. Y que desde ese día, el tal Capitolino, no volvió a tomarse un trago y definitivamente se ajuició. Por supuesto, mi padre caracterizaba a los personajes: Don Bonifacio era un hombre bajito, de piel muy morena, casi morada, que usaba franela y unos pantalones cortos y que casi nunca se ponía zapatos. Don Bonifacio era de voz pausada, por momentos silencioso. Y al igual que muchos de los habitantes de Capira, mi padre imitaba su voz y sus gestos; les pintaba un temperamento y los dotaba de un carácter.

Creo que todas esas voces contribuyeron a que mi espíritu se tornara  afectable y mi mente dispuesta a recoger relatos. Tengo cierta disposición para escuchar atentamente lo que las personas me cuentan o para detectar en medio de una conversación casual, aspectos, circunstancias o personas que con cierta dosis de imaginación podrían convertirse en materia prima para un cuento. Digamos que esa herencia de oralidad, de relatos y voces que andan sueltos como el viento libre de Capira, se me contagió o se convirtió en una habilidad. Y por eso también cargo siempre una libreta de notas, con el fin de no dejar pasar determinados giros de expresión o un nombre o un argumento dicho de pronto por algún desconocido. Es probable que los primeros narradores procedieran de esa misma manera, oyendo aquí y allá historias, acumulando esos cuentos, y luego al llegar a nuevas tierras convertían tales historias en relatos extraordinarios. Porque estoy seguro de que cada uno de ellos algo agregaba a los relatos oídos, o le imprimía sus propias marcas de entonación o su particular forma de manejar los silencios. Así, como mi tío político Manuelito Cáceres, el que según me relata mi madre, acostumbraba también relatarles a los obreros sus historias, pero exigía un silencio absoluto. Si alguno se atrevía a interrumpir o enredarse en charlar con el vecino, don Manuelito, así estuviera para finalizar el cuento, se levantaba de su butaca y de manera categórica les decía a los asistentes que ya estaba dando sueño y lo mejor era ir a acostarse.

Ahora que menciono a mi madre, pienso que de igual manera ella es otra fuente inspiradora de este gusto por la narrativa. O, para ser más precisos, es de mi madre que aprendí la curiosidad por los seres humanos, por la variada y compleja condición de hombres y mujeres. Mi mamá es una gran cronista oral. Hace sus investigaciones sobre las personas que viven cerca de donde habitamos; conoce las historias del señor que acaba de vender su casa dos cuadras más debajo de la nuestra; sabe cómo murió el dueño del granero donde compramos regularmente el maíz “peto”; se conoce la suerte y las peripecias de familiares tanto propios como ajenos. “¿Sabe quién murió ayer? Don Carlos. El dueño de víveres ‘El Rápido’. Estaba viendo televisión y de pronto, tal vez por el estrés de ese señor, quedó tieso de un infarto que le dio”. He notado que le preocupan los pequeños detalles o esas cosas que por, insignificantes, la mayoría de los que la rodeamos las pasamos inadvertidas. Y cuando habla con familiares o conocidos les pide detalles o les saca minucias que luego, a la hora de compartir la cena o en diálogos casuales, los organiza de una manera que siempre empieza con esta muletilla: “Le tengo una chiva”. Por eso creo, igualmente, que no se pierde ningún noticiero de la radio o de la televisión. Las noticias, cercanas o distantes, le fascinan. Mas no para guardárselas, sino para convertirlas en motivo de su conversación. Con esas noticias mi madre teje sus relatos cotidianos. Y ahora que lo pienso mejor, esto se debe a que por sus años y su salud, como ya ni puede salir o caminar demasiado, la única forma de apropiar el mundo lejano que la rodea es mediante la radio o la televisión. Es a partir de esos medios de comunicación como sacia esa sed ancestral de historias, y continúa participando activamente de la agitada realidad.

Luego no fueron los libros o los textos de consagrados cuentistas los que me persuadieron inicialmente de esta pasión por escribir relatos. Más bien fueron personas de carne y hueso o todo un ambiente rural los que determinaron este gusto por hilar sucesos. Tampoco ha habido antes escritores de ficción en mi familia. Deduzco, entonces, que dadas las particularidades de mi espíritu y las condiciones en que me crié, esas narraciones de cuentos y espantos, ese continuo reciclar de anécdotas de propios y extraños, esa perspicacia para saber deletrear lo particular de las personas en medio de lo común de sus vidas, todo ello, contribuyó a ir creando las condiciones para descubrir una vocación y una afición por ahondar en la construcción de relatos. Y por eso mismo, en mis primeros años, cuando ya vivíamos en Bogotá, hallaba una gran fascinación en escuchar las radionovelas, especialmente “Arandú” y “Kalimán”. Allí, al lado de un pequeño radio de pilas, volvía a reencontrarme con las voces de mis mayores, y las selvas magníficas de las radionovelas se confundían con las montañas de mi niñez, y las odiseas de los personajes se aunaban con las de rostros conocidos. Tal vez detrás de todo ese escenario urbano seguía –y sigue vivo– el niño criado en Capira. El niño fascinado por la riqueza y el misterio del mundo, y curioso por escuchar las mil anécdotas de que está hecha toda vida humana.

Un nuevo libro, en época de navidad

28 domingo Dic 2014

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Autobiografía, Proceso de escribir un libro, Sobre el poema y la poesía

A pesar de haber publicado varios libros, el tener una nueva obra entre las manos sigue produciéndome una alegría extraordinaria. La emoción corresponde a una variedad de cosas: desde el hecho de ver realizado en físico lo que apenas era un proyecto en el diseño, en los tanteos de color, en la elección del papel, hasta la satisfacción de cumplirle a mi padre la promesa de publicar una obra cada año. Tal júbilo trae consigo, por lo demás, el afán porque el texto llegue cuanto a los lectores, para que sean ellos los que cierren un proceso empezado en los inicios del 2011.  

Repasando mi diario noto que el primer ensayo del reciente libro La palabra inesperada lo escribí el 7 de enero. Lo titulé “La mirada desnuda de la poesía”; el segundo texto está fechado dos días después: “El poeta aviva la luz de las cosas”. Los otros ensayos se produjeron con intervalos de uno o dos días, en una época en la que venía preparando otro libro publicado en el 2012, Vivir de poesía, y en la que concluía y entregaba a Editorial Kimpres mi antología poética Ese vuelo de palabras. El orden de los diferentes textos en el libro de este año no corresponde a la secuencia en que se escribieron. El último de los ensayos, “Las palabras que jamás asoman” lo consigné el 31 de enero del 2011, un “épodo” de José Gorostiza servía de epígrafe; el de “Cuando ya no tengamos al poeta” lo elaboré el 25 de ese mismo mes. Me parece oportuno transcribir acá lo que escribí en el diario al cerrar ese proceso: “he leído, como en los años en que estudiaba literatura, muchísima poesía. He revisado libros y he entrado en relación con otros autores que no había estudiado en profundidad. La biblioteca dedicada a la poesía es ahora insuficiente: me ha tocado abrir espacio en algunos estantes de las bibliotecas de otras habitaciones. He comprado varias antologías y he investigado apasionadamente las poéticas de variados escritores de poesía… Todo esto lo ha provocado mi nuevo libro Vivir de poesía. Y aunque mi primera intención era empezar a escribir los textos que acompañarían a cada uno de los cincuenta poemas que ya he seleccionado, lo cierto es que emergió este nuevo proyecto como si fuera una antesala, un escenario reflexivo sobre el hecho poético”.

Así que el nuevo libro ha tenido más de tres años de maduración. El diseño preliminar lo hice en Page Maker el 17 de junio de 2012. Después, el 5 de enero de 2013 convertí el documento a Adobe InDesign, y en ese mismo año las manos de Nancy Cortés contribuyeron  a que el libro adquiriera la fisonomía interna que ahora tiene. Lo más demorado no fue la corrección de estilo que me remitió desde Argentina mi querida amiga María Angélica Ospina sino elaborar el índice temático, ahí la colaboración amorosa y diligente de mi Margarita fue definitiva. Compramos un folder de argolla, le colocamos hojas rayadas, conseguimos separadores alfabéticos, y empezamos la tarea. Yo iba mirando cuáles términos podrían crear una constelación de lectura y acceso a la obra. Esa fue una labor lenta pero entretenida. Margarita hacía las veces de amanuense dedicada. Este índice fue revisado en varias oportunidades, debido a que por un cambio en el diseño que afectó la paginación, los números de referencia ya no correspondían al de las páginas. Muchos términos al final los eliminé porque no cumplían la condición de obtener por lo menos dos citaciones en la totalidad de la obra. El otro aspecto demorado fue el diseño de la portada. Ya había decidido desde el comienzo que iba a ser en rojo, pero el cabezote gráfico ideado por mí sufrió modificaciones. Paola Rivera, la diseñadora de la Universidad de La Salle, me dio la idea de mirar en internet texturas en un portal específico y allí encontré una que sugería, en su lenguaje abstracto, mis aproximaciones al poema y la poesía. Con todo esto volví a revisar el libro hacia finales de noviembre de este año. Pedí la ayuda a Estercita Guzmán, la heredera de la experiencia de editorial de Kimpres, para que lograra en un corto tiempo imprimirme el texto. Ella misma me sugirió el tipo de papel: blanco bond bahía. Ese fue el toque definitivo para hacer que el rojo y el gris interno adquieran un mejor contraste.

Se trata de un libro sobre la poesía, sobre esa fuerza íntima a la que está asociado todo proceso creativo; a esa dimensión rítmica de la cual participan también la voz y la música. La poesía, que tiene mucho que ver con nuestra dimensión sensible y con nuestras facultades imaginativas; la poesía, que nació en el canto y que continúa siendo el medio ideal para expresar las heridas y el gozo profundo de los corazones humanos.  Pero también es un libro sobre sobre el ser y significado de ese pequeño organismo concentrado de palabras, el poema. Sobre esa criatura hecha de signos que intenta de alguna forma apresar a la poesía. El poema que es testimonio de una lucha con la sinuosidad comunicativa de los términos y, al mismo tiempo, es el esfuerzo de los seres históricos por atrapar el instante. El poema: forma madura de la palabra escrita; trabajo artesanal para desbastar las palabras de su cansancio o su rutinaria manera de andar de boca en boca. El poema, que ha servido y sigue sirviendo para entender mejor el misterio de la vida y las no siempre claras manifestaciones de la existencia humana. Sobre esos dos motivos convergen las páginas de La palabra inesperada.

Tal es lo evidente de la obra. Pero lo que también palpita en el subsuelo del libro es mi aspiración, desde los años de estudiante de literatura en la Universidad Javeriana, de escribir un texto reflexivo sobre la poesía. A Rodolfo y Germán, en las charlas interminables sostenidas en “El Griego”, sazonadas con la risa estridente de Natalia Romero y la sonrisa meditativa de Andrés Díaz, acalorados por el aguardiente y los poemas de Cernuda –leídos siempre en voz alta– y por la descarnada lírica de César Vallejo, les compartía a esos amigos mi intención de algún día parodiar el libro que en aquella época era nuestro consejero mayor: El arco y la lira del mexicano Octavio Paz. Y ese propósito era reiterado horas más tarde en otras mesas de bohemia, en “Arte y cerveza”, y en las caminatas por las calles de una Bogotá nocturna y en los desayunaderos, especialmente el de la calle 42 con Caracas, y proseguía rondándome cuando a altas horas de la madrugada me dedicaba con absoluta devoción a la escritura de mis ensayos que tenían como palestra ese otro sueño común llamado “Trocadero”. Una revista hecha en honor a otro poeta tutelar de aquellos tiempos, el maestro cubano José Lezama Lima. Como puede colegirse, esta obra es la cosecha de varias décadas de asidua lectura de poemas ajenos y, por supuesto, de otras tantas cultivando mi propia parcela de los versos. O para decirlo sin aspavientos, en este libro está la síntesis o el añejamiento de mis ideas sobre el poema y la poesía rumiadas en mi mente por casi 30 años.

Considero que esa aspiración se vio reforzada por mi trabajo posterior en la formación de maestros. Me di cuenta en las muchas charlas sobre didáctica de la literatura que impartía la falta de un texto, escrito de manera cercana, para que los educadores pudieran con sus alumnos incursionar en el ámbito de la poesía. La bibliografía circulante en el mercado era escasa o consistía en obras impregnadas fuertemente de aplicación lingüística o textos con un tufo historicista que ocultaba las características y posibilidades de esta forma de escritura.  Así que, el profesor de literatura cuando llegaba al tópico de la poesía en su aula o bien pasaba rápido por ese punto del programa o se contentaba con impartir cierto impresionismo sin sustancia estética. Faltaba un libro que sirviera de mediación o que ofreciera algunas pistas para acercarse de mejor manera a estos pequeños artefactos expresivos. Mis posteriores investigaciones sobre este problema corroboraron aquellas primeras intuiciones. Por eso confío que La palabra inesperada, además de ser un libro interesante y gustoso en su lectura para todo tipo de lectores, sirva de igual manera a todos los neófitos estudiosos de la poesía. Creo que allí están consignados mis propios descubrimientos sobre la lírica y hay un repertorio de aspectos enfocados en la tipología textual del poema a partir de la cual los docentes de literatura podrían desarrollar o enriquecer sus clases.

Pero volvamos al libro. Espero que la lectura de La palabra inesperada sea semejante a la que me compartió María Angélica Ospina, mi correctora de cabecera. Ella me envió, el 3 de agosto de 2013, junto con las revisiones del libro un correo por internet que decía: “Hola Fernando. Antes que nada quería elogiarte este lindo texto, que parece fruto de un profundo proceso de transformación personal y expresiva. Formalmente, manejas elegantemente el estilo corto, lo cual hace muy fluido y agradable el escrito. Pero me parece aun más importante que el libro se eleva a niveles realmente poéticos, no sólo por tratar de poesía, sino porque creo que buena parte de la obra es un extenso poema con apariencia de prosa muy sencilla. Pienso que el texto es verdaderamente valioso. Aporta de manera fácil una notable cantidad de elementos y reflexiones para entender la poesía y la tarea poética para legos y expertos”. Eso es lo que anhelo: que mi libro contribuya a apreciar más y mejor la poesía. Sirva, entonces, el testimonio fraterno de esa primera lectora como un gesto premonitorio o un buen augurio para el futuro de este nuevo libro.

Etopeya en quince líneas

09 sábado Ago 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

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Autobiografía

"Autorretrato enfermo", ilustración de Fernando Vásquez.

«Autorretrato enfermo» (2004), pintura de Fernando Vásquez.

Tengo una curiosidad y una pasión permanente por conocer. Tal vez por ello soy un bibliófilo consumado y un semiotista de oficio. Me intriga el acaecer del mundo y el comportamiento de las personas. No soy indiferente ante lo que me rodea. Tal interés me ha llevado a convertirme en escritor. Soy de carácter decidido, pero someto mis acciones a una larga reflexión. Me considero persistente y me precio de llevar a la práctica ideas que para muchos resultan difíciles de alcanzar. Puedo imponerme disciplinas con entregada devoción. Por lo general soy de temperamento tranquilo, afable; y silencioso cuando la ira o la impaciencia –mis dos monstruos íntimos– me  atenazan el espíritu.  Sé perdonar y tengo la gracia de no albergar ni rencores ni odios imperecederos. Me satisface ayudar a los necesitados y soy feliz al tratar de enseñarles a otros lo que conozco. Tengo facilidad de expresión y habilidades sociales para relacionarme. No soy fanático ni sectario, tampoco proclive a la ostentación de bienes materiales; detesto la inautenticidad y la habladuría envenenada. Valoro en mí y en los más cercanos la lealtad; busco, por lo mismo, establecer vínculos gestados más desde la confianza que en el miedo. Creo en el amor tranquilo de las certezas compartidas. Llevo izada en mis acciones la honestidad como bandera ética.

Un septimazo

12 miércoles Mar 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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Autobiografía, Bogotá años 70, Vida cotidiana

El rito de caminar por el centro de Bogotá.

El rito de caminar por el centro de Bogotá.

Recuerdo con alegría y emoción los años en que, acompañado de mi madre, caminábamos por la carrera séptima de Bogotá. No solo era un programa esperado sino un acontecimiento digno de referir a mi padre y a compañeros de colegio. Esa pequeña caminata, la entrada al “Ley” o al “Monteblanco” eran cosas que repetía en mi memoria por varios días.

Por ser un acontecimiento era que abundaban los fotógrafos ambulantes y por ser un acontecimiento había que vestirse elegantemente. Los fotógrafos le entregaban a uno un recibo para luego ir a reclamar los registros de dichos paseos. Además de las fotografías en papel podía elegirse también una modalidad de telescopio en la que los pequeños negativos adquirían la grandiosidad de una pantalla de teatro. Mi madre se arreglaba con esmero cuando me invitaba a estas ocasionales salidas: vestido sastre, guantes, cartera y zapatos (los de tacón alto) del mismo color…, peinados y maquillaje acordes a un evento especial. El plan era básicamente caminar varias cuadras, mirar almacenes y comer arroz con leche en el “Tía” o disfrutar de unas onces en el “Yanuba” que, entre otras cosas, ofrecía por la tarde sus platos con melodías de piano.

He recordado todo esto al volver a recorrer el domingo pasado la séptima, desde la calle 24 hasta la calle 13. ¡Qué cambio tan descomunal! A lado y lado el griterío de los vendedores ambulantes, la oferta de comidas y cuanto cachivache haya, el desorden y la barahúnda propia de un mercado callejero contrastaban con el paso de grupos de personas y el pasar de las bicicletas. ¡Cuánto contaminación auditiva!, ¡cuántos números de circo! Según se dijo, la idea era que al suprimir el tránsito de vehículos, esta avenida sería un espacio peatonal como hay en ciudades europeas. Pero el resultado es otro: unos árboles-matera que sirven de bolardos o de estorbo a los peatones, un reguero de ofertas de comidas en las que puede adivinarse la usencia de planeación y de regulación, una falta de espacio para caminar y apreciar ésta mal llamada Atenas sudamericana. Con pesar lo digo: la séptima se ha convertido en una larga avenida de mercado de las pulgas.

Es probable que esto suceda porque la apremiante pobreza y el desempleo busquen oportunidades para sortear sus precarias condiciones; pero hay maneras y estrategias de organizar el que cada quien busque y rebusque su sustento. Deberíamos unir nuestros esfuerzos para cuidar nuestra ciudad, para no convertir cualquier calle solitaria en un mingitorio o cuanto andén vacío es un bazar de feria. En esto nos falta organización como ciudad y educarnos como ciudadanos.

Así como están las cosas, considero que sería mejor que los automóviles volvieran a transitar por la séptima. Al menos así quitaríamos esas feas materas y los peatones reclamarían su habitual condición de caminar por los andenes.

Resulta obvio compararse con otras ciudades –y no necesariamente europeas– para observar qué tanto ha desmejorado Bogotá en este aspecto. La séptima es un ejemplo del desgreño, la desidia gubernamental y la consecuencia de una forma de hacer política en la que prima el cohecho, el peculado y el abandono del bien común. Asumir y hacernos responsables de lo público sigue siendo una tarea de estas ciudades que no pueden seguir considerándose como meros lugares de habitación o de trabajo. Las ciudades son también un espacio para el desarrollo de otras dimensiones humanas como el tiempo libre, la socialización y la construcción de comunidad. ¡Qué pronto olvidamos las campañas y el sentido profundo de la cultura ciudadana propuestas por Antanas Mockus! ¡Cuánto pierden las ciudades cuando dependen de las prebendas de la politiquería!

Convocar a la escritura

27 martes Ago 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

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Autobiografía, Escritores en su tinta, Escritura y música

Buscar a la escritura. Hacerle guiños. Releer antiguos textos personales o transcribir textos de otros. Estrategias para convocar a la escritura, señales de humo, conjuros de alguien que, como otro hijo pródigo, reclama volver a la casa paterna de la hoja en blanco. Caminatas, subidas y bajadas con libros en la mano, bibliotecario por momentos. Más y más estratagemas para invitar a la escritura, para hacerla retornar a su casa paterna, a esta pequeña parcela, a esta ventana por la que me entra el aire indispensable para mantener la buena salud de mi espíritu.

Las manos indecisas, torpes por decir lo menos. Y, sin embargo, las manos ansiosas por volver a sembrar de signos, por hundir en la tierra de la imaginación estas semillas de palabras. Afán por no perder más tiempo, dudas por haber olvidado alguna experticia hija del trato cotidiano, del hábito de escribir la página diaria. Un deseo por escribir acompañado de muchísimas dudas, de contradicciones, de preguntas. La pasión sigue ahí, genuina, imperecedera. Lo sé: he sentido su fuerza, su ímpetu. Pero, a la vez, he tenido que renunciar a ella por culpa del abundante trabajo en la Universidad, por las asesorías, por ese corre corre incesante de los fines de semana. Sí, la pasión continúa intacta aunque ha tenido que vérselas varios meses con el rostro paralizante de esa otra Medusa cotidiana: el cansancio. Cómo detesto el entregarle las migajas de mis fuerzas a la escritura, cómo me duele tener que acostarme sin haber intercambiado algunas palabras con ella. Entro o salgo del cuarto de baño que queda al lado de mi estudio y veo, de soslayo, el gesto de la mano de la escritura despidiéndome, como si supiera que cada vez me alejo más de su puerto, de su tierra benigna.

Scarlatti, Albinoni, Telemann…, me sirven de Virgilios, de Dantes que me ayudan a salir de los mil círculos del infierno de no haber escrito en mi diario. Es un allegro de Händel, el del concierto grosso en fa mayor op. 6 Nº 2, el que rompe mi parálisis. Abro de nuevo los ojos y veo a mi alrededor lugares y pasadizos conocidos. Rememoro con felicidad. Mis manos se hallan en su elemento. Afino de nuevo el oído y la música me invita a mirar hacia las estrellas. No siento ningún cansancio. Todo mi ser está concentrado en este cuartito blanco, en este universo de tamaño carta. Apuro el último sorbo de un té de cuatro frutas rojas y descubro que esa bebida también debe ser una especie de pócima contra la anemia escritural. A eso de las once y media de la noche, de este martes, se ha roto el hechizo. Los cornos de Telemann celebran dicha liberación.

Manumitido, libre. Cuánto por escribir, cuántos proyectos, cuántas obras por afinar o pulir… Antes que nada, terminar el cuento sobre “Israel”; enseguida, rematar el libro de El vicio de don Quijote: escribir el ensayo introductorio, elaborar el índice analítico; revisar, revisar… Dejarlo listo porque, según el propósito que me hice después de la muerte de Custodio, el libro para publicar en el próximo año debe ser éste. Más tareas: escribir un pequeño ensayo sobre “Los tipos básicos de argumentación”; acabar de digitar los poemas de mi libro Cantos del adorador; pulir los textos de Espejo de letras… Concluir ese otro ensayo sobre “Estilos docentes”… En fin, cómo deseo que estas vacaciones me alcancen para cumplir con todas estas gratísimas labores. Mientras tanto, conservando el espíritu medieval del carpe diem, asumo el goce de escribir, la infinita suerte de poder lanzar estas manchas de palabras a los cielos.

Compruebo otra vez una certeza: la escritura es mi regulador, es el lubricante de mi cotidianidad. Sin ella ando triste, cuando no malhumorado. Pierdo el norte, parezco un navegante sin brújula. La escritura me hace sentir útil; gracias a ella salgo del repetitivo destino del trabajar para poder sobrevivir. Con la escritura puedo crear, generar mundo al mundo; con la escritura, con ese pan de signos, puedo convertir mi vida en un regalo, en algo para legar a otros. Tal parece ser la fuerza de la escritura en mí, un escenario para superarme, para no ser sólo tradición sino también proyecto. La escritura me anima a romper los determinismos. Vengan de donde vengan. Cuando escribo simbolizo mi entorno, lo transformo, lo recreo. Tal vez me sea tan necesario escribir por no poder soportar esa condición de no tener salida, de la rutina mecánica, del apenas alcanzar lo necesario para comer, dormir y seguir sobreviviendo. A lo mejor la escritura representa para mí un espacio abierto donde lo imposible, lo impensado, lo insospechado cobran todo su esplendor. Es que hay un reto maravilloso en gestar mundos con las palabras. Fíjense: antes, en estas páginas, no había nada. Eran un terreno yermo. Y ahora, después de esta hora de escritura, han brotado ciertas formas, alguna geografía inédita. Un mundo que ni yo mismo lo sabía. Qué maravilla ver florecer la escritura ante nosotros.

Por eso me es tan necesario el escribir todos los días. Para sentir que la vida –mi vida–, se renueva, se mantiene fecunda, vigorosa. Porque si se fractura esa simbiosis con la escritura, necesariamente se rompe mi equilibrio interior, se quiebra la ecología de mi propio mundo. Escritura: reserva natural de mi yo.

(De mi libro Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, pp. 597-599)

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