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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos mensuales: octubre 2012

Estar de grado

16 martes Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Los ritos de graduación, especialmente los realizados en la academia, tienen una magia que sigue llamando mi atención. Aunque parezca en la superficie un acto para entregar un cartón lo cierto es que entraña una variada confluencia de sentimientos, actuaciones y simbologías.

Lo primero por destacar es el carácter familiar de este acto. La ceremonia de graduación convoca a los familiares cercanos y lejanos. A todos ellos se les participa de este logro o de este acontecimiento. Es algo que amerita saberse, conocerse. El grado vuelve a reunir al clan familiar y todos, así sea por un momento, desean asistir a la ceremonia. Aunque es un logro personal, el grado es de todo un clan, de toda una familia.

Destaco, de una vez, otra característica de los grados: el orgullo de los padres. Uno lo puede percibir en la forma como ellos se preparan para la ceremonia y en el gesto que colocan al momento de tomarles las fotografías. Es una postura de orgullo, de tarea cumplida, de la típica felicidad después de un largo esfuerzo. Los padres son, como nadie, los más satisfechos del logro del graduado. Ellos son además los que propician, así sea con sus pocos recursos económicos, la organización de la fiesta o el ir a un restaurante a celebrar el logro con una cena especial.

Y como lo exige todo rito, el que se va a graduar debe asumir cierta compostura y determinado vestuario. El que se gradúa quiere o desea estrenar un vestido. En todo caso, ponerse de gala. Por eso hay un puesto especial para acomodarse y un protocolo para ir a reclamar el diploma. Y por eso también, los familiares más cercanos aprovechan la ocasión para comprar una prenda nueva o “desempolvar” algún vestido de ocasión. No se puede recibir esta distinción de la misma forma o con las mismas prendas cotidianas. Se trata de asumir otra piel acorde a la nueva condición que el título confiere.

Por lo demás, el ritual se torna más interesante porque es público. Quizá allí estribe uno de sus mayores valores sociales. La institución que gradúa aprovecha la ceremonia para declararle a la sociedad que certifica ese título, que da fe de su logro académico, que avala al nuevo profesional o el nuevo magister o doctor. Digamos que el cartón o el diploma no alcanzan su verdadero radio de acción, si no se lo pasa por la entrega pública, por esa ceremonia en la que los asistentes hacen las veces de testigos y el juramento solemne ante un Dios, pone su matiz de trascendencia.

También es muy importante el registro fotográfico o de video. Hoy es más fácil que hace unos años. Antes, el contacto con el fotógrafo, previo a la ceremonia, era un asunto atendido y negociado por los padres. Estos fotógrafos cumplen el papel de ser reporteros de este acontecimiento. Por eso, no puede quedar por fuera del protocolo la foto del graduado con el diploma, con los padres, con la pareja, con los hijos, con los hermanos, con los amigos. Hasta es posible, aunque ese es un acto de suprema gratitud, el tomarse alguna fotografía con determinado maestro. Dichas fotografías son otra forma de “atrapar” la importancia de este rito, otra manera de subrayar su excepcionalidad.

No cabe duda de que todas estas cosas están relacionadas no sólo con las ceremonias propias de la academia, sino con el tiempo y esfuerzo que lleva alcanzar un título. Es sabido que no todas las personas tienen la oportunidad y los recursos para educarse; y, de igual forma, que no todos los que comienzan una carrera o un posgrado logran terminarlo. Por lo mismo, graduarse es un triunfo a la persistencia personal, al apoyo de la familia; y también una particular distinción entre una masa imposibilitada de futuro o entregada al conformismo de su destino aciago.

Como puede verse, el estar de grado evidencia las características de un “rito de paso”. La ceremonia contribuye a que graduado y asistentes  vean cómo alguien que era de una determinada condición accede a otra de mayor nivel o jerarquía. Eso no sólo ocurre en el mundo de la academia. Pero lo que está de fondo es su fuerza simbólica: graduarse es asimilar una nueva identidad, otro estado. Y aunque la alegría de familiares y graduados no deje mucho tiempo para apreciar esta metamorfosis, el rito está pensado para que nuestra psiquis profunda asimile tal transformación. Ya no podemos seguir siendo los mismos o, al menos, la sociedad espera que seamos distintos.

Cerremos estas reflexiones diciendo algo del cartón o diploma. Comentemos un poco del testigo mudo de este rito. No hablemos tanto de su gran tamaño y el tipo de papel, con toda esa herencia honoraria de los pergaminos; o del hecho de que muchas instituciones opten por redactarlo en latín. Detengámonos mejor en su suerte posterior, cuando el graduado lo manda enmarcar y lo coloca en un sitio de su oficina o en un lugar privilegiado de su casa. Allí es que cobra su verdadero valor: servir de identidad e idoneidad profesional para conocidos y extraños, ser un ojo vigilante de las acciones del graduado, mantener en silencio el vínculo con una institución académica para que no deje de aprender. El diploma enmarcado es un hito. El diploma es la ceremonia de grado que permanece a lo largo del tiempo.

Pistas para leer semióticamente la ciudad

14 domingo Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in LECTURA, Semiótica

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Pistas para leer semióticamente la ciudad

Nexus-6

11 jueves Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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Blade Runner, Comentario de películas

Su modelo ha sido el ser humano. Tienen piel, como nosotros. Y aunque han sido fabricados para trabajos pesados o excesivamente mecánicos, pueden desempeñarse como guerreros o como amantes exquisitas. Son fruto de la imitación más perfecta y, por eso precisamente, se mimetizan con facilidad entre los humanos. De allí que sea necesaria la presencia de un blade-runner para poder ubicarlos, reconocerlos y hacerlos desaparecer.

Pero este modelo de replicantes posee además otro atributo bien particular: se les ha creado un pasado, una historia. Tienen recuerdos. Tal implante les ha permitido conocer aquella dimensión celosamente humana, los sentimientos. Es más, al estar capacitados para recordar, para saberse con un pasado, esto les ha abierto a la angustia, al deseo por perpetuarse en el tiempo. Y como el Nexus-6 sabe que su duración es de 4 años, anhela, lucha, busca prolongar un tanto ese límite.

 Los Nexus-6 pueden llorar, pueden amar, pueden perdonar. Claro, también odian. Temen que sus pupilas se dilaten ante la piedad o el asco, ante las tortugas patas arriba a pleno sol o el imaginar ingerir un plato de carne de perro. En cierta forma, estos replicantes viven una paradoja: son lo más parecido a los humanos, pero deben parecerse lo menos, para no ser descubiertos por un blade-runner. Tal vez en eso radique su esclavitud, en ser esclavos del miedo.

Pero el Nexus-6 no teme a la muerte, la acepta. Respeta a la vida, añoraría tener aún más de ella, pero no sufre ante la inminencia de su pérdida. Los Nexus-6 no son como nosotros, eternos esclavos del miedo a la finitud, más bien parecen dioses en su corta existencia.

Este imaginario del Nexus-6 puede muy bien emparentarse a otras creaciones humanas: el golem, el monstruo de frankenstein…Y, en todas ellas, siempre la creación va en busca de su creador, de su padre, de su tótem. Siempre como hijos pródigos que retornan a su casa. Esta vuelta hacia el útero-paternal termina, por lo general, en la destitución del arquitecto inicial. Hay en esta actitud un señalamiento a una irresponsabilidad: la vida emulada que se piensa perfecta en los laboratorios o en los talleres termina siendo imperfecta, y lo es porque la vida emulada no puede comprender cómo su creador lo hizo finito, cómo le permitió saborear la exquisitez de la vida para luego arrebatársela. Los homúnculos no comprenden esa otra paradoja. ¿Ser la vida para luego ser muerte? Ahí, en ese apetito de eternidad, los Nexus-6 emulan perfectamente a los humanos; logran entender el sentido profundo de la libertad, intuyen el infinito, y saben que al morir —así sea de manera un tanto elemental— nuestro espíritu o nuestro pensamiento se convierte en una paloma blanca en pos de esa inmensidad que llamamos cielo azul.

 

Presentar la tesis en un ensayo o el riesgo de pensar por cuenta propia

11 jueves Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Ilustración de Robert Neubecker

He venido observando en mis estudiantes de posgrado una enorme dificultad para identificar y presentar en sus ensayos la fundamental y necesaria tesis. Se me ocurren al menos tres causas y algunas alternativas para tratar de subsanar tales inconvenientes.

Las causas

La primera causa tiene mucho que ver con una educación en la que se ha privilegiado excesivamente el respeto a la autoridad académica, la veneración al conocimiento enciclopédico y un entreguismo a los autores foráneos. Todas estas cosas, reforzadas por prácticas de enseñanza en las que se ensalza la citación en lugar de la reflexión, han ido mermando la confianza de nuestros docentes, los han hecho sentir incapaces de pensar por cuenta propia o de entender que es posible y necesario entrar a conversar con esas voces de la tradición.

La segunda causa, como yo lo entiendo, se deriva de la escasa o nula formación de nuestros maestros en los denominados procesos de pensamiento. Me refiero a que en las licenciaturas muy poco se hace por desarrollar en ellos el análisis, la deducción, la inferencia, la síntesis, el contraste, la disociación.  Estas operaciones de pensamiento son definitivas al momento de enfrentar la lectura de textos ajenos y son esenciales al momento de expresar nuestras ideas. Quizá esta ausencia de conocer y apropiar estrategias y procesos de pensamiento se extienda a la larga cadena escolar y continúa sospechosamente en los posgrados. Tal vez nos hemos ocupado demasiado en las instituciones educativas de proveer información y poco, muy poco, de enseñar a pensar y de cuáles son esas herramientas cognitivas con las cuales logramos generar ideas, vincularnos con el saber y contribuir de alguna manera al desarrollo de la cultura y la producción de conocimiento.

Cada día me convenzo más de que si hubiéramos tenido en nuestra primera formación una fuerte presencia de la lógica, de la geometría y de otras disciplinas que nos habituaran a abstraer, a deducir y a organizar el pensamiento, seguramente no estaríamos en la educación superior aun reclamando dichas habilidades o competencias. De pronto esa apatía o prevención hacia la educación filosófica sea otra faceta de la misma carencia a la que me vengo refiriendo.

La tercera causa, y por ser la última no por ello es menos importante, es la poca relación de los maestros con la escritura. Creo que esa relación es casual o eventual; no hay un vínculo permanente. Y cuando viene la demanda académica, cuando de ella depende la permanencia en un programa o el logro de un proyecto, el asunto se vuelve complicado y, en algunos casos lleva a la renuncia, al plagio flagrante o acudir a alguien que por algunos pesos resuelva la dificultad.

Creo que las instituciones educativas, de todos los niveles, tienen una deuda con la forma y la manera como nos pusieron en contacto con esta herramienta de la mente. Es probable que el exceso de gramática nublara las estructuras de los procesos de composición, y que el confundir escribir con redactar haya dejado de lado el poder de la escritura para dotar a nuestra mente de otros artefactos o útiles sin los cuales nuestro cerebro sigue preso de lo repetitivo, de lo concreto, de lo aglutinante y circunscrito a lo anecdótico. Se olvida que aprender a escribir es incorporar una potente ayuda o una sofisticada pieza al engranaje complejo de nuestro cerebro a nuestro entendimiento.

Como se ve, las causas son diversas y profundas. Pero algo tenemos que hacer para tratar de resolver esta situación.

Las estrategias

Lo primero es tener una voluntad de enunciación. Es decir, no claudicar o abandonar lo que pensamos por temor a ser descalificados o no parecer dignos del mundo académico. Esta tarea debería ser avalada por los docentes desde los primeros años de educación. Ayudarles a nuestros estudiantes a que tengan algo que decir, así sea incoherente, impreciso, balbuciente o superficial. Como sea, eso es más valioso que el silencio o el mutismo conformista de la mayoría. Es urgente propiciar estrategias de enseñanza en las que el debate, el foro, la discusión grupal, sean modalidades de enseñanza cotidianas. Hablar, pensar en voz alta. Esa sería la primera labor de los docentes. Más tarde habría que enseñar a escuchar con cuidado para poder entender cómo piensan los demás y ver en lo que dicen una oportunidad para manifestar nuestros acuerdos o desacuerdos.

En todo esto veo la conveniencia de revalorizar la retórica. Una herencia que no me canso de recomendar, especialmente en un mundo como hoy en donde cada día son más notorias las carencias expresivas y una falta de postura reflexiva frente al consumismo pasivo tanto de las cosas como de las ideas.

La segunda estrategia que entreveo es la de propiciar en nuestros estudiantes ciertas habilidades críticas que he denominado de contrapunto. Digo, a aprender a tener una postura dialogante con la tradición. Por ejemplo, a tomar una cita y saber cómo contrastarla, como contradecirla, cómo minimizar o maximizar sus alcances. O que sepamos transponer lo que leemos a otros contextos u otras situaciones; que no nos quede difícil derivar de una proposición ajena, otros asuntos u otras conclusiones.

Todo lo anterior subraya la necesidad de que frente a la apabullante información que circula a manos llenas en el mundo físico y virtual, los ambientes educativos necesitan cuanto antes desarrollar aquellas operaciones de pensamiento como el análisis, la comparación, el contraste, la inferencia o la síntesis. Aquí salta a la vista un cambio de estrategia didáctica: más que la insistencia en la cantidad de información, optar por pocas y escogidas lecturas, y con ellas –de manera viva– ahondar, mirar articulaciones, ver diferencias, dar cuenta de los contextos, precisar sus términos, ir más allá de lo denotado o literal. Es en ese ejercicio de desmonte y reconstrucción de los textos como mejor pueden irse aprendiendo esas operaciones de las que estábamos hablando.

La tercera estrategia, y esta sí que es clave para la escritura de ensayos, es la importancia del discernimiento, la rumia intelectual, el meditar continuo. O si se quiere entender de otra manera, hacer cotidiana la voluntad de sospecha, el no dejar de preguntarnos, el poner entre paréntesis lo dado por hecho. Considero que sin esta actitud de extranjero en el mundo cotidiano en que nos movemos, pues con gran dificultad se nos ocurrirá una tesis para un ensayo o alguna propuesta innovadora. Si no tenemos como hábito el reflexionar, el volver sobre lo hecho o lo vivido para tratar de comprenderlo, muy difícilmente conseguiremos transformar o intervenir en el mundo que nos rodea.

Estimo que la velocidad y el mundo de lo instantáneo en el que vivimos, va en contravía de lo enunciado anteriormente. De pronto allí está uno de los mayores retos de los educadores de hoy: hacer pausas, poner la pantalla en diferido, no ceder a las demandas de la moda. Por el contrario, sopesar, poner en la balanza, aquilatar, saber diferenciar la hojalata del metal precioso. Y eso es, precisamente, lo que posibilita la escritura ensayística.

Entonces, si la tesis no sale o se refunde al escribir el ensayo, lo mejor es pensar detenidamente el tema que nos convoca. Gastarnos un tiempo considerable en mirar ese tema desde diferentes puntos, asediarlo desde distintos miradores. Caminar el tema, discutirlo en nuestra mente, someterlo a una batería de preguntas, horadarlo de dudas y porqués. Todo eso es definitivo, aunque parezca que se está perdiendo el tiempo. Y si esta estrategia no da resultado, vale la pena leer, consultar fuentes, ir a la biblioteca, navegar en internet, pero no para transcribir mecánicamente lo que encontremos, sino estando alertas a ver si con esas lecturas se nos desata o se nos dispara alguna tesis. La lectura tiene como fin incitar, provocar, jalonar alguna tesis personal oculta. Su fin no es copiar la tesis, más bien es una labor de resonancia, de toque, de incitación o réplica intelectual. Esta vía seguramente llevará a buenos resultados.

Pero si ninguna de las anteriores estrategias lleva a un buen fin, queda un último recurso: asumir una tesis ajena, pero cuidándonos de ser nosotros los que le construyamos sus desarrollos argumentativos. Este último camino, si no es el más indicado, puede ayudar al novel escritor a salir del callejón sin salida y entrar en un segundo momento de la escritura del ensayo. Si es esta la ruta elegida hay que ser novedoso en la argumentación y muy cuidadosos en los alcances de nuestros planteamientos. En el caso de tomar prestada la tesis de otros no podemos terminar parafraseando también los argumentos de nuestro benefactor. Por el contrario, hay que buscar otras razones, otros motivos, otras posibilidades. El esfuerzo ya no está en el descubrimiento de la tesis, sino en hallar argumentos originales o poco explorados.

Lo dicho hasta aquí es apenas una serie de reflexiones sobre las dificultades de escribir ensayos y una ayuda para aquellos estudiantes que aún siguen luchando por hallar y poner en el primer párrafo su tesis. Ojalá lo expuesto contribuya en algo a entender sus dificultades, les de ánimos para tomar en sus manos el pensar por cuenta propia, o les haya permitido ver alguna salida a sus problemas con la escritura argumentativa.

Sobre el aforismo (I)

09 martes Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos, APRENDER A ESCRIBIR

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El aforismo logra su máxima extensión, contrayéndose.

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El aforista comparte la mirada del botánico; no sólo se detiene en el haz de la hoja, sino que especialmente inspecciona su envés.

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Una de las mejores escenografías para la actuación del aforismo es el contraste.

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El almotacén de los moros de Marruecos se asemeja al aforista: su actividad es someter a prueba algo para comprobar su valor, su exactitud o su pureza.

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La mano del aforista debe tener el mismo tino de la del cirujano: un desliz –una imprecisión en una palabra– puede arruinar la operación.

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Al aforista le gustan las comparaciones, pero sólo para descubrir relaciones insospechadas, insólitas o inobservables: “Las ausencias disminuyen las pasiones mediocres y acrecientan las grandes, como el viento apaga las candelas y atiza las hogueras” (La Rochefoucauld).

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El haiku es la poesía del aforismo.

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El aforista es un amante de los contrastes: es decir, va en contra de lo que está en pie, de lo que se presenta como firme o inmóvil.

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Gusta a los aforistas usar su ingenio para descubrir contradicciones, sentidos contrarios o inversos: “La gente que nunca tiene tiempo es la que menos cosas hace” (Lichtenberg).

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Un método fértil como piensa el aforista es disociando las ideas: separa lo que está unido, desune los componentes de lo obvio o incuestionable. El aforista es un secesionista, alguien que aparta una oveja del rebaño.

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Para el aforista un tema es, de por sí, un campo de concentración.

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El aforista es un geómetra: su tarea es circunscribir una cosa a ciertos límites o términos precisos.

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Los símiles son tierra fértil para el aforista, pero dicho terreno merece abonarse con disimilitudes: “Las estrellas son como ojos pequeños que no se acostumbran a la oscuridad” (Jules Renard).

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Los contrastes presentados por el aforista, si somos fieles a la etimología, son como cambios súbitos del viento.

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Las palabras usadas por el aforista deben estar lo suficientemente afiladas para que puedan dar en el blanco.

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Las definiciones acuñadas por el aforista son similares a las del biólogo que descubre una nueva especie.

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Si muchos de los aforistas son escépticos es porque conocen de sobra que todo tiene dos caras, así la humanidad se obstine en reconocer como verdadera una sola faceta de los seres y las cosas.

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El aforista plantea o hace conscientes determinadas paradojas debido a que los opuestos pueden revelar, en su contradicción, una inédita verdad.

*

El escritor de aforismos tiene algo de pintor: es un especialista en el arte de los contrastes.

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