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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2012

Sobre las creencias

05 viernes Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos

≈ 6 comentarios

Ilustración del irlandés Jimmy Lawlor.

Ilustración del irlandés Jimmy Lawlor.

Buena parte de las creencias que defendemos ardientemente como propias en realidad son heredadas.

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La creencia lucha por conquistar a la verdad, pero esta última la considera indigna de sus favores.

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La semilla de la creencia necesita para crecer el abono fértil de nuestros padres y el agua lluvia de la tribu.

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Una gran puerta abierta tenemos para las creencias cuando somos niños y un reducido espacio al llegar a viejos. De la credulidad a la incredulidad transcurre el ciclo de nuestra vida.

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Las creencias y las costumbres son hijas de la misma madre, la repetición.

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Cuando las creencias miran hacia el futuro se las denomina ideales; cuando observan hacia el pasado, convicciones.

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Lo que llamamos opinión pública no es otra cosa que el rumor vuelto creencia.

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Las creencias se fascinan con el espejo; de allí por qué les guste tanto las sectas y las hermandades.

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Lo más difícil de compartir nuestras creencias es que terminamos, sin proponérnoslo, adoctrinando a quienes nos escuchan.

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Para bien o para mal, los educadores son los profesionales de inculcar creencias.

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Hay creencias que sacan de los hombres sus mejores talentos; otras, por el contrario, permiten poner afuera lo peor de sus pasiones.

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Las creencias más celadas por la tradición de los pueblos son los valores.

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Las creencias son de origen popular; el saber, aristocrático.

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Se puede creer en el absurdo como también en lo más disparatado. El radio de acción de las creencias es mayor que el de la ciencia y la lógica.

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Hay credos que son cabestros y credos que son riendas para gobernar nuestra vida.

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Las religiones son, en su esencia, la ramificación compartida de una creencia.

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Los llamados medios masivos de comunicación actúan hoy como los antiguos inquisidores: convierten las creencias de unos pocos en la opinión de la mayoría.

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Miradas en retrospectiva algunas creencias pueden parecer irrazonables; puestas en prospectiva, son principios rectores no sólo útiles sino justificables.

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Los sectarios ven creencias equivocadas por todas partes. Un sectario tiene delirio de creencia.

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El creyente confía en sus creencias como el chamán en sus talismanes.

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Las creencias absolutas son la fe; las creencias relativas, opiniones.

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El juicio es juez para la creencia: pide pruebas, exige testigos, acude a las evidencias.

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La duda es el demonio tentador de la creencia.

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La tragedia de las creencias es que partiendo de un punto de vista terminan convirtiéndolo en el único mirador.

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El fanatismo es el brazo armado de las creencias.

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Cuando las creencias son vistas por Medusa se convierten en dogmas.

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Aprendamos de la etimología: el creer proviene del corazón y no de la cabeza.

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La mejor fórmula de los buenos modales de la creencia es ésta: “estaba equivocado”.

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Las creencias son nómadas; los credos, sedentarios.

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La creencia se entrega a la confianza con obcecado y ciego amor; de allí por qué sufra tantos desengaños y desilusiones.

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Las creencias son más sensibles al oído que a la vista. Por eso son otomaníacas y oftalfóbicas.

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Las creencias tienen una doble personalidad; cuando salen de día, se convierten en ideologías; cuando andan de noche,  se asumen como imaginarios.

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Hay creencias por las que los hombres ofrecen su vida y creencias por las que los hombres dan muerte a sus semejantes. Sea como fuere, en los dos casos, el creyente perfecto está al borde de los límites.

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La razón pone en tensión a la creencia; así que es la elasticidad y no la rigidez la que muestra la calidad de las mismas.

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A la figura del rompecabezas de la creencia siempre le hace falta una pieza. Esa es su fuerza y su debilidad.

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El testimonio de la creencia sirve a los creyentes como substituto de la verdad.

Escribir aforismos

05 viernes Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 14 comentarios

Escribir aforismos es un esfuerzo del pensamiento por decir lo esencial. Un medio para que el pensamiento delimite su campo de acción y se concentre en lo medular de un tema o asunto. El aforismo como las buenas fotografías delimita, selecciona, enfoca. Su efectividad depende en gran medida de su recorte.

El otro aspecto del aforismo es del pulimento del lenguaje. Si se quieren escribir aforismos hay que ser un gourmet de las palabras. Sopesarlas, aquilatarlas, mirar su densidad y su alcance. En el aforismo se puede apreciar bien si nuestra relación con el lenguaje es tangencial o de alto trato. El aforismo nos obliga a la precisión semántica, a afinar la puntería con los vocablos elegidos.

Por supuesto, en la hechura del aforismo entran en juego las denominadas, por la retórica clásica, figuras del pensamiento. Es decir, esos juegos de lenguaje al expresar las ideas. Bien sea porque usamos la oposición (antítesis, la paradoja, el oxímoron), o porque al organizar el aforismo echamos mano de alguna alteración o supresión del contenido más evidente (ironía, preterición, reticencia). Tal vínculo del aforismo con la retórica nos advierte de la importancia persuasiva de este tipo de escrito. Digamos que el aforista busca convencer de manera contundente a su lector. Impactarlo, conmoverlo, invitarlo a un cambio de postura o de convicción. El aforista, en este sentido, es un gran provocador o un ingenioso seductor.

No se llega al aforismo de manera inmediata o casual. Por el contrario, se llega al aforismo después de darle muchas vueltas a un asunto o a un tema. La gestación del aforismo es de tiempo largo. Quizá esta condición nos lleve a replantearnos qué tanto meditamos o de qué forma nuestro entendimiento pone a circular todas sus potencialidades. El buen aforista es un rumiante consagrado (de pronto es esa la razón por la cual el aforismo sea tan cercano a los filólogos). Y es un rumiante porque se permite ir de estómago en estómago digiriendo, asimilando, filtrando, desmenuzando pensamientos. El aforismo requiere ser pasado por diversos órganos de purificación o selección.

Resulta interesante analizar las imágenes o las analogías con las que se ha asociado el aforismo: un dardo, un destello, una picada de aguijón, un golpe de luz… Todas esas relaciones dicen del aforismo su fugacidad clarividente, su instantáneo resplandor. Lo propio del aforismo es su aparición súbita, su mordedura instantánea, su efímera claridad. Los buenos aforismos, por lo mismo, pican, espolean; son como la quemazón de la llama de una vela o el corrientazo que de pronto nos paraliza. Los aforismos deben ser filudos como las espinas o las agujas y de un aguijón tan ponzoñoso que obligue al lector a rascarse de manera inmediata. 

Pero lo más importante de todo, eso que no debe olvidar en ningún momento el escritor de aforismos, es que su tarea es un ejercicio del pensar crítico. Los aforismos atacan la falsa conciencia, quitan máscaras, ponen en evidencia, sacan a la luz los «trapos al sol» que las personas o la sociedad tratan de esconder. En esta perspectiva, los aforistas cumplen el papel de profetas denunciantes o de bufones que pueden decirle al rey las verdades que nadie se atreve a revelarle. Entonces, si queremos que nuestros aforismos sean de calidad, lo primero que tenemos que hacer es un ajuste de cuentas con nosotros mismos, con nuestros autoengaños o nuestras iniquidades. Y ya con ese primer autoexamen nos quedará más fácil mirar a nuestro prójimo y el mundo que nos rodea. Digámoslo en pocas palabras: el aforista ayuda a los hombres a no perder de vista su compleja, frágil y finita condición. 

«Tú»

03 miércoles Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Poemas

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«Frenesí de las exultaciones» de Wladyslaw Podkowinski.

Tú

«Elemental, mi querido Watson»

03 miércoles Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

≈ 2 comentarios

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Distinciones semánticas, Elemental y sencillo

Watson y Holmes Ilustración de Sidney Paget

Watson y Holmes, ilustración de Sidney Paget.

Lo elemental es fundamental, primordial, básico. Lo contrario es complicado, difícil, intrincado. La sencillez es ingenuidad, confianza, inocencia, naturalidad,. Lo contrario es la dificultad, la sofisticación, el retorcimiento, la fastuosidad. Me parece, entonces, que en nuestro tiempo hemos ido descuidando lo básico por una presunta entrega a la sencillez, a la simpleza. Por quererlo todo fácil, hemos dejado de lado lo difícil y, al hacerlo, nos hemos ido quedando sin lo primordial, sin lo básico. Ya Estanislao Zuleta había elogiado a la dificultad, y nos había advertido de los riesgos de una cultura gestada desde el cabestro. Así que, ansiosos por la sencillez (que entre otras cosas tiene hoy unos vínculos muy cercanos con la velocidad), nos hemos ido despreocupando por aquellas cosas que dan fundamento a la vida o a la cultura. Sin embargo, en algunos escenarios estamos volviendo a repensar o a ocuparnos de tales fundamentos: pienso al menos en la renovada fuerza de la ética, o en el acento por las virtudes o la educación del carácter. Adela Cortina ha hablado de los mínimos, de los elementales, sin los cuales no es posible construir convivencia o democracia. Se me ocurre que la literatura ligera, al igual que ciertas comidas rápidas, está pensada como un bien cultural de consumo. No pretende grandes cosas. Por el contrario, desea evitar la sofisticación, la complejidad. No hay que esperar de ella grandes elaboraciones porque su fin no está en perseguir o descubrir lo primordial de la condición humana, sino todo lo contrario. Presentar el mundo tan fácil, tan llano, que parezca una simpleza. Nada debe ser difícil: ni el amor, ni la amistad, ni el conocimiento. Todo debe estar a la mano, todo debe ser fácil. El mundo, la cultura o la vida no ameritan grandes preocupaciones. Apenas es necesario gastarse un tiempo para leer o ver, en la televisión, cómo pasa todo el universo: tan fugaz, tan diverso, tan múltiple… que no amerita irse muy al fondo de las cosas. El deseo de lo nuevo, la ansiedad de novedad, sepulta las preguntas por lo elemental. Por eso, hemos ido desbastando las capas de lo profundo hasta convertirlas en esa superficie lisa o llana de lo conocido, de lo hecho en serie, de lo semejante, de lo común y familiar. Lo elemental ha sido minado por la simpleza hasta convertirlo en una zona extraña, cuando no ajena a nuestra vida cotidiana.

Precisamente, cierta literatura se ha negado a aceptar tal desplazamiento. Allí, en muchas obras, sigue enfrentándose el hombre (tanto autor como lector) con las intrincadas, cuando no complejas, tierras de lo elemental. Alfonso Reyes, decía, que la literatura debía ocuparse de los problemas fundamentalmente humanos: el dolor, el amor, la muerte. Y al decir esto, ponía el énfasis en la densidad de tales aspectos. Hay cierta literatura que sigue haciéndose preguntas “densas”; literatura que no es o no tiene las respuestas prefabricadas. Y por eso se sigue escribiendo. Y por eso, también, se sigue leyendo. Porque hay un grupo de seres humanos que se niegan a asumir, de manera rápida, las respuestas sencillas ante los grandes problemas de la vida o el universo. Muchos de esos lectores buscamos la literatura para acabar de ver la complejidad del mundo, para mirar más de cerca ese intrincado escenario que llamamos la vida. No nos mueve la búsqueda de respuestas sencillas e inmediatas, sino el inquietante y difícil oráculo de la elementalidad.

«Jorge y Julio»

01 lunes Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario, Homenajes

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Jorge Guillén, Julio Cortázar

Es cierto, Jorge, “una vida no cabe en la memoria”; tan cierto como tu búsqueda de limpieza, el albino clamor, de palabra encarnada, sacrificada y redentora; tan cierto como tu pureza de niño y tu fe de poeta. Es cierto Julio, “la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio”; tan cierto como tu búsqueda de fantásticas situaciones, de palabras perseguidas vistas de pronto en su espejo, por un recuerdo; tan cierto como tu intento de jugar de nuevo a la rayuela con tus ojos tristes.

Jorge, Julio: afirmación de la vida, asombro de la misma. Un español consciente del recuerdo y proclamando la esperanza; un argentino consciente de la súbita relación entre el tiempo y los espacios, proclamando otros territorios y otras bestias. Jorge, el ancla; Julio, el batiscafo. “Mi ser es mi vivir acumulado”, diría uno; “yo con mis candados y mis llaves de aire, yo, que escribo con humo”, afirmaría el otro.

Jorge Guillén: la vida cotidiana hilada con la fineza de la forma perfecta; Julio Cortázar: la extrañeza de la urdimbre, la forma que se revuelve y al revolverse crea la textura de la vida cotidiana. Guillén: el hombre visto con el ojo de la historia y la voluntad; Cortázar: el hombre visto con catalejos metafísicos y abulia eterna.

Julio Cortázar y Jorge Guillén, ¿que no veréis ahora, que antes sí veíais? Julio, tú no verás las hojas, no verás el recolector de hojas secas, no verás tantas cosas que hay en el aire… ya lo habías escrito, ya lo sabías. Jorge, tú no verás aquellos veranos, aquellos tréboles, como tampoco aquel tren con el sol naciente… y aunque tú no lo querías, la muerte vive en ti, una sola vez y para siempre. Guillén y Cortázar: Jorge y Julio: el verso afirmando la tierra; el cuento y la novela negando las alturas.

Silvia y La Maga visten de luto, en cada una de ellas queda el dolor de la orfandad; nosotros compartimos dicha pena no como una hoja de obituario, sino como el gesto reverencial de despedida hacia dos escrituras amigas.  

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