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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2014

Describir: dibujar con palabras

03 lunes Mar 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Una de las primeras habilidades de aquel que empieza a ejercitarse en la escritura es el aprender a observar. Debe afinar el ojo; dejar de ver para empezar a mirar. Y una de las estrategias más eficaces es comenzar a hacer pequeñas descripciones, ojalá sobre “naturalezas muertas”, sobre fotografías o sobre cuadros pictóricos. Creo que las enseñanzas de Ítalo Calvino, en un libro excepcional titulado, Palomar, pueden servir de modelo o de pistas ejemplarizantes.

Como es muy seguro que no todos hayan leído el mencionado libro, voy a transcribir algunos ejemplos escritos por Calvino. Empecemos con la descripción de una ola: “El señor Palomar ve asomar una ola a lo lejos, la ve crecer, acercarse, cambiar de forma y de color, envolverse en sí misma, romper, desvanecerse, refluir (…) La giba de la ola que avanza se alza en un punto más que en los otros y desde allí empieza a festonearse de blanco. Si eso ocurre a cierta distancia de la orilla, la espuma tiene tiempo de envolverse en sí misma y desaparecer de nuevo como tragada y en ese mismo momento volver a invadirlo todo despuntando ahora desde abajo, como una alfombra blanca que remonta la orilla para acoger a la ola que llega…”. Ahora tomemos otro caso, apartes de la descripción de las terrazas: “La forma verdadera de la ciudad está en ese subir y bajar de los techos, tejas viejas y nuevas, acanaladas y chatas, cumbreras gráciles o pesadas, pérgolas de cañizo o cobertizos de fibrocemento ondulado, barandillas, columnitas que sostienen macetas, albercas de chapa, tragaluces, lumbreras de vidrio, y sobre todas las cosas se alza la arboladura de las antenas de televisión, derechas o torcidas, esmaltadas u oxidadas, en modelos de generaciones sucesivas, diversamente ramificadas y retorcidas y aisladas, pero todas flacas como esqueletos e inquietantes como tótems…”. Y finalicemos con la descripción que Calvino nos presenta de los amores de las tortugas: “El macho empuja a la hembra de costado, alrededor del reborde de la vereda. La hembra parece resistir al ataque, o, por lo menos, opone una inmovilidad un poco inerte. El macho es más pequeño y activo; parece más joven. Intenta repetidas veces montarla, desde atrás, pero la caparazón de ella se levanta y él resbala. Ahora tendría que haber conseguido la posición justa: empuja con golpes rítmicos, pausados; con cada golpe emite un jadeo, casi un grito. La hembra tiene las patas anteriores aplastadas contra la tierra, lo que le hace levantar la parte trasera. El macho se afana con las patas anteriores sobre la caparazón de ella, estirando el cuello hacia adelante, proyectándose con la boca abierta. El problema de estas caparazones es que no hay manera de aferrarse, y, además, las patas no consiguen adherirse. Ahora ella le huye, él la persigue. No es que la hembra sea más veloz ni esté muy decidida a escapar: para retenerla él le mordisquea una pata, siempre la misma. Ella no se rebela. El macho cada vez que la hembra se detiene, trata de montarla, pero ella da un pasito adelante y él resbala y pega con el miembro en el suelo. Es un miembro bastante largo, en forma de gancho, parecería que conseguiría alcanzarla con él aunque el espesor de las caparazones y la torpe posición los separen. De modo que no se puede decir cuántos de esos asaltos terminan bien, cuántos fracasan, cuántos son sólo juego, teatro…”

Varias cosas podemos decir con relación a las descripciones de Calvino. De un lado, la selección de las palabras para elegir el vocablo o el término adecuado para cada situación. Calvino es, en este como en otros casos, un maestro de la precisión semántica. Luego el conocimiento y la exactitud del sustantivo, son claves para la descripción. De otra parte, Calvino va como tomando diapositivas a cada hecho; hay un trabajo de filigrana, un cuidado por el detalle. Lo que se quiere describir es fijado, congelado; se lo somete a filtros de color, a diversas tonalidades, a variados juegos de perspectiva. Cualquiera puede notar que hay en esta escritura muchas horas empleadas para captar la esencia y desechar el accidente. Porque describir –y esa puede ser otra clave significativa para nuestro oficio–, es más que una sumatoria de elementos, más que un listado de palabras. La descripción es una tarea de clarificación, de jerarquía, una depuración que la mirada hace sobre las cosas o las personas. Por lo mismo, cuando uno quiere ejercitarse en hacer descripciones, su primera lucha es con la barahúnda imprecisa de vocablos, con la falta del concepto exacto, con el uso de términos genéricos, con el escaso o descuidado conocimiento que tenemos del mundo y de los seres que lo pueblan. A lo mejor, así como Calvino lo confesó después en una entrevista, deberíamos imitar las descripciones de Lucrecio, en ese otro texto magnífico: De la naturaleza de las cosas:

                                   “Trataremos ahora de qué modo
                                   hiere un cuerpo oloroso nuestro olfato.
                                   Precisamente existen muchos cuerpos
                                   que despiden olores infinitos;
                                   que éstos fluyen y corren, y se esparcen
                                   de continuo debemos presumirnos:
                                   que es mayor o menor su analogía
                                   con unos animales que con otros
                                   según la diferencia de figuras:
                                   el olor de la miel desde muy lejos
                                   convida a las abejas, y a los buitres
                                   convidan los cadáveres podridos,
                                   y los galgos se van en pos del rastro:
                                   el guarda del romano Capitolio,
                                   el blanco ganso, humano olor ventea:
                                   así el olor que es propio a cada especie
                                   dirige el animal a pastos buenos
                                   y le hace huir del mortífero veneno,
                                   conservándose así los animales…”

 

Tal vez describir sea un ejercicio de “literatura científica”. Demanda del aprendiz de escritor el ojo del botánico o del geólogo; una mirada capaz de captar las diferencias, de saber descubrir los matices. Y es acá donde la fotografía o la pintura pueden ser de gran ayuda. A mí me encanta, por ejemplo, a partir de ciertas fotografías de periódico o de revistas, descomponer la escena en palabras, hacerle un  análisis, una descripción:

La madre mantiene sus manos apretadas, como orando. Sus ojos están cerrados. Parece como dormida. Así como cuando uno se queda dormido en el puesto de un bus. El asiento es nuevo. Es una silla lujosa, con una esmerada talla en cada una de sus patas. Los zapatos de la señora están sucios; también le quedan amplios, seguramente por el uso frecuente. Al lado de ella, su hijo más pequeño. La mirada del niño está como entretenida en alguna nube o en alguna forma caprichosa del humo; el niño tiene una mirada demasiado seria para su edad. Los niños no miran con tanto dolor. Está sentado como para una foto de estudio. Se lo ve como abandonado. En medio de los dos, un hombre joven contempla un lugar distante; mira el piso, pero en dirección distinta a donde está el cadáver de Martha Liliana. El hombre joven protege con una de sus manos, la mano del niño. Al frente de ellos, como testigos mudos del evento, una garrafa llena de un líquido morado, y una bolsa deshecha. Luego, en el mismo sentido, una enorme sábana, donde puede leerse “Policía Nacional”. Los vidrios se confunden con los cables de la luz. Martha Liliana: siete años sepultados, de golpe, en medio del silencio de las palabras y los ojos.

 

Este tipo de ejercicios ayuda a afinar el ojo, a darle una noción espacial a la escritura. Además, proporciona en quien escribe una idea de lo que es “composición de lugar”. Contribuye a dotar al escritor de esas otras herramientas empleadas por el cine: el plano, la profundidad de campo, el valor del detalle… Me animo a compartir otro   ejemplo de mi propia cosecha, teniendo como base, esta vez, una obra pictórica:

Primer desembarco de Cristóbal Colón en América

El cuadro es de Dióscoro Puebla: “Primer desembarco de Colón en el Nuevo Mundo”. Una oblicua trazada desde la parte superior izquierda hasta el margen inferior derecho, divide los dos mundos. De un lado, escondida detrás de la exuberancia de la naturaleza (hojas de plátano enormes, gigantes hojas) la desnudez edénica, la desnudez de las momias: petrificados, atónitos, curiosos pero –sobre todo– escondidos… siete indios. Todas sus miradas se centran en los visitantes. Más que por la sorpresa, los ojos curiosean temerosamente. Al otro lado, más solar, menos oscura que la primera escena, entre el dorado y la claridad del cielo, entre el azul y el resplandor del amarillo, altivos, muy altivos… diecisiete hombres. Al frente, poniendo rodilla en tierra, levantando con su mano izquierda un estandarte y con la derecha una espada, Colón mira hacia las alturas. Es el momento de la posesión. Al lado de él, un fraile. Su mano derecha asume el gesto  del “dominus”; la izquierda, enarbola un crucifijo. El fraile no mira al cielo, su mirada se centra en un más allá insondable, lejano, distante. Atrás de ellos dos, como haciendo un coro, los quince hombres restantes se dividen el escenario. La mayoría mira hacia arriba, en acción de gracias u observando, quizás, la más alta de las ceibas absolutamente desconocida hasta ahora para sus ojos. Uno de los hombres besa la tierra, otro la agarra entre sus manos como si fuera un plato de comida o un enorme pan. Nadie, ninguno de los diecisiete personajes descubridores mira a los siete indios descubiertos.

 

Aprender a describir partiendo de obras pictóricas parece ser un recurso empleado también por escritores de alta calidad imaginativa. Baste mencionar sólo un caso: Antonio Tabucchi, y uno de sus cuentos, que puede servirnos como refuerzo y prueba magistral de lo que venimos diciendo: “Los volátiles del Beato Angélico”… La descriptiva como dispositivo para la ficción. O la descriptiva al servicio de la poesía. Cuánto hay por aprender de Neruda en sus tres libros de Odas; qué fineza en la percepción, qué ojo tan perspicaz y tan escrupuloso en las imágenes… “Oda al nacimiento de un ciervo”:

                                   “Se recostó la cierva
                                   detrás
                                   de la alambrada.
                                   Sus ojos eran
                                   dos oscuras almendras.
                                   El gran ciervo velaba
                                    y a mediodía
                                   su corona de cuernos
                                   brillaba
                                   como
                                    un altar encendido.
 
                                   Sangre y agua,
                                   una bolsa turgente,
                                   palpitante,
                                   y en ella
                                   un nuevo ciervo
                                   inerme, informe.
 
                                   Allí quedó en sus turbias
                                   envolturas
                                   sobre el pasto manchado.
                                   La cierva lo lamía
                                   con su lengua de plata.
                                   No podía moverse,
                                   pero
                                   de aquel confuso,
                                   vaporoso envoltorio,
                                   sucio, mojado, inerte,
                                   fue asomando
                                   la forma,
                                   el hociquillo agudo
                                   de la real
                                   estirpe,
                                   los ojos más ovales
                                   de la tierra,
                                   las finas
                                   piernas,
                                   flechas
                                   naturales del bosque.
                                   Lo lamía la cierva
                                   sin cesar, lo limpiaba
                                   de oscuridad, y limpio
                                   lo entregaba a la vida.
                                   Así se levantó,
                                   frágil, pero perfecto,
                                   y comenzó a moverse,
                                   a dirigirse, a ser,
                                   a descubrir las aguas en el monte.
                                   Miró el mundo radiante.
 
                                   El cielo sobre
                                   su pequeña cabeza
                                   era como una uva
                                   transparente,
                                   y se pegó a las ubres de la cierva
                                   estremeciéndose como si recibiera
                                   sacudidas de luz del firmamento”.

 

Pero como lo que se trata acá es de ofrecerle al aprendiz de escritor un repertorio amplio de posibilidades, parece apenas conveniente contarle ahora otra práctica de descripción que puede arrojar excelentes dividendos escriturales. Yo lo llamo “El tiempo en las cosas”. Aunque esta descripción puede hacerse con varios tipos de frutas, prefiero utilizar un tomate. En qué consiste el ejercicio: Hay que conseguir primero que todo un tomate, ni muy verde ni muy maduro: pintoncito, y colocarlo en un sitio iluminado, de donde nadie lo mueva o lo estropee. Luego se empieza a hacer la descripción día por día, ojalá tomándole registros fotográficos. Se continúa en esa tónica hasta que la vida del tomate llegue a su fin. Lo importante de este  proceso descriptivo es ver cómo el tiempo afecta las cosas, cómo el tiempo –ese ácido invisible– corroe la consistencia de la materia. Un desgaste tan silencioso como demoledor. Y cada día, aunque a primera vista parezca que no haya ninguna diferencia con el día anterior, seguramente si uno tiene el suficiente cuidado, si cuenta con una lupa, verá que en su color o en su textura o en su forma, van apareciendo vestigios, desplazamientos, cambios significativos que uno no alcanza a mirar o detallar a simple vista. Hasta debe el aprendiz de escritor armarse de una carta de colores, de esas que venden en los almacenes de pinturas, para diferenciar las gamas, las tonalidades del verde y del rojo: carmín, escarlata, carne, bermellón… Verde pálido, verde aguacate, verde esmeralda, verde pavo real… olivo, cedro, musgo, jade. Cuando se aprende a describir uno descubre, como diría el poeta Aurelio Arturo, que “el verde es de todos los colores”.

Para dar fe de la eficacia de la anterior práctica descriptiva, voy a echar mano del cuaderno de una de mis alumnas, Ruth Ángela Beltrán, quien en 1997, llevó a cabo el ejercicio. Ella tituló su trabajo: “Aproximación a la madurez”.

Primera semana
Día uno: escoger el tomate, muy verde, muy rojo, pintón. Buscar el lugar donde permanecerá por varios días. En mi habitación, no. En la cocina, mi mamá lo gastaría. En la sala, sí; que todo el mundo lo vea, no importa. Hablar de un tomate, mis hermanas se rieron, mi mamá creyó que era algo extraño. ¿Qué puedo decir de un tomate?
Día dos: Este tomate es grande, debe saber muy rico en una ensalada con aguacate y lechuga. Pero el pobre está aquí frente a mí, sólo, sin poder cumplir su misión. ¿Cuál es la misión de un tomate? Supongo que servir de alimento, en ensaladas, en guisos, o en salsa de tomate. Tal vez servir de inspiración a un principiante escritor.
Día tres: Este lugar donde está el tomate, es demasiado amplio, el sol sólo entra en las mañanas y algo en las tardes. No veo grandes cambios. Es verde. Tiene algunas manchas amarillas, de un matiz entre el verde más claro y el amarillo.
Día cuatro: Creo que la naturaleza hace las cosas perfectas. Empiezan a aparecer manchas más amarillas, algunas casi naranjas. Los colores de la maduración de este tomate, son como las de algunas flores silvestres, de las que están de moda y venden en las carreteras los domingos en la tarde.
Día seis: Las tonalidades entre color y color, hacen del “ver” un milagro, el ojo distingue entre colores claros y oscuros, es sensible al brillo, a la textura, a la intensidad y a la armonía. El tomate como objeto es perfecto, en él hay equilibrio en su forma, en sus colores, en su piel. Como alimento supongo está en el momento en que estaría perfecto en un plato.
Día siete: Tomate: (azteca, tomatl). Fruto de la tomatera. Posiblemente oriundo de México o Perú. Se cultiva durante todo el año en los países cálidos y en invernaderos. Las variedades españolas de tomates más importantes son “la canaria y la valenciana” de tamaño pequeño y grande. Pertenece a la familia de las solanáceas (plantas gamopétalas). Los tomates son fruto de la tomatera que es una planta “dicotiledónea”, su característica principal es que tienen semillas completamente encerradas. Otros alimentos de este grupo son las patatas (Tomado de “Las plantas”. El mundo de la Botánica).
 
Segunda semana
Día ocho: El rojo del tomate ha empezado a cambiar de rojo-claro casi naranja oscuro a un rojo más intenso. ¿Qué estará pasando en el interior? Aún es duro; en sus partes más rojas, más blando. Lo tomo en mi mano, se me cae, rueda, gira, se estabiliza en su parte superior.
Día nueve: No sé qué más escribir sobre el tomate. Hay cambios, lo sé, pero no tan fáciles de describir como para escribirlos y hacerlos distintos.
Día once: En el lugar más rojo del tomate, una región no muy extensa, la piel se ha empezado a arrugar muy poco. Este lugar es blando y se siente lleno de agua. Pobre tomate. Es como un universo, no. Como un planeta. Lleno de vida, de agua, de vitaminas, proteínas, fibra, qué sé yo. Un planeta desierto, deshabitado, desde aquí. Tal vez sus únicas habitantes sean las semillitas que guarda en su interior, cubiertas por capas y capas de tejido tomatoso y albergadas en lo húmedo y gelatinoso, en lo más profundo de su interior. ¿Todos los tomates son iguales? Sí, son iguales, en principio.
Día trece: El pobre tomate ha cambiado de lugar muchas veces. Para limpiar el polvo, para ver ordenada la sala. En la cocina no porque se está pudriendo. Pienso que la cocina es el ambiente más propicio para cambiar los estados del tomate. Es un espacio, con una atmósfera cálida y húmeda por los vapores de la cocción de alimentos. Justo el lugar, el nuevo hogar del tomate donde están sus primos que próximamente serán consumidos.
Día catorce: ¿La luz del sol, el flash de la cámara fotográfica contribuyen a los cambios? Tal vez sí pero muy lentamente, son factores externos, el más importante es el tiempo. Su paso deja huella, imposible de retroceder o de invertir.
 
Tercera semana
Día quince: Lo veo igual que ayer, con la esperanza de que hayan cambios notables. No hay nada. Quiero escribir, pero el día afuera es frío, mi mamá está entumida, algo no me meja escribir. No quiero volverte a ver. Tomate.
Día diez y ocho: El tomate empieza a tornarse más oscuro. Es un círculo, lo que nace de la tierra vuelve a ella. Si este tomate hubiera estado hasta su madurez en un árbol, (habría caído y terminado nuevamente como parte de la tierra) en un momento su destino se transformaría. Volvería a ser parte de la tierra. La vida implica la muerte, el principio y el final. la alegría y la tristeza, el rojo y el marrón, el brillo y lo opaco, la piel lisa y la piel arrugada.
Día veinte: ¿Qué pasaría si…? En mi laboratorio llegara un paciente, Don Tomate, y se extrajera de su interior, con una jeringa muy aguda ese líquido rojizo y espeso. Tal vez se arrugaría más pronto. El tiempo comprobará esta hipótesis. Mi intención es ayudar al aceleramiento de la vejez de este fruto. ¿Lo lograré? ¿Tal vez degeneración al contacto con el aire?
Día veintiuno: Efectivamente sus arrugas son más pronunciadas. Al extraer el líquido una falta de cuidado y de tacto posibilitó el rompimiento de la piel. La carne se ve ahí, quieta, inmóvil, húmeda. Su olor es ácido, penetrante.
 
Cuarta semana
Día veintidós: Ha empezado a negrearse o a oscurecerse aún más, casi hacia los tonos marrón, es inminente la putrefacción del elemento. Ojalá sea pronto. Gloria (mi mamá) insiste en que lo bote, pues ha empezado a salirse por varios poros abiertos un líquido transparente con algunas pintas rojas.
Día veintitrés: El moho en diferentes alimentos tiene la propiedad de cubrir primero lo exterior, para luego atacar el interior. Es gris, verdoso, azuloso, suave y pegachento, desagradable. Acelera los procesos internos del alimento. Fermenta el interior y da paso a olores insospechados y hostigantes.
Día veintiséis: Hoy me despido del tomate, su apariencia es lamentable, su aroma es insoportable. Cada vez que coma tomate, recordaré esta experiencia. Cada vez que vea una arruga recordaré su piel, cada vez que vea unos labios rojos, recordaré su carne, cada vez que vea la felicidad o la tristeza recordaré su esencia, su líquido, su vida. Ha sido mi compañero, le tocó terminar en la basura, él no lo pidió. Era un tomate perfecto, en su color, en su tamaño, en su forma, en toda su apariencia, sobresalía y por eso fue escogido. Terminó mal, el tiempo carcomió sus entrañas. Alegró con sus colores algunos momentos y recordó que la vida está ahí y se transforma a cada segundo. Su tiempo terminó. Su tamaño se redujo, sus colores vivos y alegres se marcharon para dar paso a otros tenues y oscuros, se desangró poco a poco, manchó hojas de papel, pero su imagen fue capturada en mi mente y en el papel fotográfico. Aunque ya no existe, aún permanece.

 

Además de este proceso día a día, semana tras semana, Ruth Ángela incluyó otra serie de observaciones en su cuaderno:

Un tomate sin color… No. El color es como la esencia, como el aliento, es lo que le permite la dinámica. ¿Cuántos colores o gamas de tonos pasan por o a través de la existencia de un tomate? Cientos. Cada segundo los colores van cambiando al igual que la vida, que los sentimientos y los pensamientos. ¿Qué sería de un tomate azul? Probablemente nadie lo comería. El color atrae, el rojo provoca, es sensual, es el color de la vida, del fuego, de la sangre, del calor, de la intensidad, de la acción, de la seducción.
Primera impresión del arrugamiento de la piel del tomate: Se parecen a las arrugas de la piel humana, y me refiero no a las de la vejez, sino a las estrías que se forman en los pliegues de las articulaciones y hasta las microscópicas arrugas de la piel de las manos.
Segunda impresión del arrugamiento de la piel del tomate: Arrugas mucho más avanzadas y profundas, cambio en el color. El paso del tiempo no perdona (diría mi abuela). La piel del tomate se hace más frágil a la luz, al tiempo. Cualquier parecido con la piel del hombre no es coincidencia.
Mirar su interior: El cuchillo pasa suavemente al través. Al igual que su exterior, el interior se hace responsable por los cambios de color del afuera. Se confunden colores y texturas. La carne del tomate es roja, es naranja, es amarilla, sus venas son ocres y atraviesan toda su existencia. Su corazón, lo más claro, lo más duro, lo último en madurarse. No estoy segura, pero creo que el  tomate madura de afuera hacia dentro. Su interior es el último en enterarse de los cambios, de la transformación. A medida que pasa el tiempo es más jugoso. Es decir, menos carne y más agua. Para luego ser menos agua, menos vida.

 

El anterior trabajo sobre el tomate, me ha hecho recordar la descripción de los “Nueve estados de un cuerpo después de su muerte”, elaborada por un chino del siglo XI, y traída a cuento por Baltrusaitis en su libro La edad media fantástica:

“Primer estado: El rostro lívido. Su belleza se desvanece como la de una flor.
Segundo estado: El cuerpo hinchado. El cuerpo, antaño tan bello, es ahora miserable.
Tercer estado: Cuerpo tumefacto. ¡Qué pasajera es la vida!
Cuarto estado: El cuerpo en putrefacción. Los esqueletos de la cabeza y pecho se hacen visibles. ¿No sufriremos, a pesar de todo, el destino de este cuerpo?
Quinto estado: El cuerpo es pasto de los animales. Su vientre se abre. En ningún lugar nuestros cuerpos escaparán a la destrucción.
Sexto estado: El cuerpo está podrido y se vuelve verde. El esqueleto, todavía teñido de sangre, es despojado de su carne. ¿Cómo podemos dejar de pensar que nuestro cuerpo será devorado por los perros?
Séptimo estado: El cuerpo es sólo un esqueleto cuyos miembros todavía están reunidos. Sólo la carne distingue al hombre de la mujer, sus esqueletos son los mismos.
Octavo estado: Los huesos del esqueleto se quiebran y esparcen. Todo lo que más nos gusta contemplar en un cuerpo se pudre y desvanece en polvo.
Noveno estado: Una vieja tumba en medio de la vegetación lujuriosa. Cuando acabamos de visitar una tumba sobre el monte Toribé, ¿vemos sobre ella algo más que gotas de rocío?”

 

No sobra repetirlo: describir es –siendo fieles a su etimología–, dibujar con palabras. O para decirlo al estilo de Covarrubias, “es encarnar o señalar con la pluma algún lugar o caso acontecido, tan al vivo como si lo dibujara”. Porque la descripción es tarea de “escribanía”, y a ella pertenecen “los geógrafos y tipógrafos, y en general los cosmógrafos”.

(De mi libro La enseña literaria. Crítica y didáctica de la literatura, Kimpres, Bogotá, 2008, pp. 151-162).

 

Cruzar palabras

02 domingo Mar 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Pasatiempos

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Ejercitar la mente, estimular la memoria y ampliar la competencia lexical, parecen ser algunas de las bondades de hacer y resolver crucigramas. He elaborado este juego de palabras especialmente para mis estudiantes del primer semestre de la Maestría en Docencia, de la Universidad de La Salle, con el fin de reiterarles la importancia de cultivar el pensar e invitarlos a que prueben su agudeza resolviendo el crucigrama. El primero que envíe a mi blog las respuestas correctas, tanto horizontales como verticales, obtendrá un ejemplar de mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia. 

DEFINICIONES

HORIZONTALES

1. Verso de arte mayor de nueve sílabas. Rubén Darío lo utilizó  en uno de sus poemas más conocidos: “Juventud, divino tesoro / te vas para no volver. / Cuando quiero llorar, no lloro, / y a veces lloro sin querer”.

10. Conozco.

11. Dar a conocer un acontecimiento o suceso de palabra o por escrito.

12. Llevar a remolque una nave.

14. Jugo de uva; suele tomarse como refresco o aperitivo.

15. Tragedia de Sófocles en la que el personaje principal exclama: “Sin llantos, sin amigos, sin himeneos, me llevan ya, triste de mí, a este viaje inevitable. Jamás me será dado ya, desventurada, ver el sagrado ojo del día; y mi muerte, muerte sin llantos, ningún ser amigo la llora”.

17. Instrumento musical de viento.

18. Así se llamaba popularmente, en la antigua Cartagena española, al niño que deambulaba por los puertos.

20. Título de una novela de terror de Stephen King

21. Dan la forma deseada a un material blando.

23. Familia de árboles ornamentales, de flor en racimos blancos.

25. Los alcohólicos anónimos.

26. Seguidor de Hitler.

27. Interjección para hacer que las caballerías se detengan.

28. Que tiene unas características determinadas que se acaban de mencionar o que son conocidas.

30. Símbolo químico del actinio.

31. Contracción.

32. Mujer que actúa de representante, portavoz o destacada defensora de un grupo de personas, una causa o un principio.

VERTICALES

1. Apodo de un filósofo griego considerado un ejemplo insigne de polimatía.

2. Niño recién nacido.

3. Alteración de la frecuencia de los latidos del corazón.

4. Símbolo químico del selenio.

5. Sigla de la Orquesta de música de cine de Estambul.

6. Lluvia de meteoros que se produce cada año o famoso rey de Esparta.

7. Nombre de cuatro reyes de Armenia que reinaron desde el primer tercio del siglo I hasta el año 389.

8. En informática, unidad mínima de información que puede tener sólo dos valores.

9. Pájaro cantor de plumaje amarillo brillante con alas y cola negras.

13. Grupo étnico de la isla de Panay, en Filipinas.

16. Remo parecido al canalete utilizado en algunas embarcaciones pequeñas de los mares de la India. También era el título concedido a los jefes de las grandes escuelas judías de Babilonia entre 589 y el 1038.

19. Unidad de longitud igual a 149.597.870.700 metros, y que equivale a la distancia entre la tierra y el sol.

22. Mamífero felino parecido al gato o persona astuta, perspicaz y rápida.

24. Proyectil.

27. Deseo fuerte o intenso de algo generalmente inmaterial.

29. Uno de los meses del calendario hebreo o grupo sanguíneo que es receptor universal.

30. Año del Señor.

31. Regala.

El objeto como signo

28 viernes Feb 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Semiótica

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Mi punto de partida es el de considerar el objeto como un signo. En esa medida, el objeto hace parte de ese enorme texto de la cultura. Recordemos que la Cultura está compuesta por objetos, prácticas, discursos e imaginarios. Los objetos, por lo mismo, participan de diversos tipos de convención, de procesos de significación y múltiples interpretaciones. Al considerar el objeto como un signo, lo que estamos diciendo –entre otras cosas–, es su capacidad relacional. El signo significa en cuanto se inscribe dentro de un proceso de construcción de lo social.

Al ser un signo, el objeto puede ser leído desde una sintáctica, una semántica y una pragmática. Una sintáctica del objeto muestra los elementos y las formas de combinación de los mismos; la gramática básica de que se dispone: punto, línea, plano; simetría, equilibrio; color, textura. Una sintáctica del objeto puede asociarse con una morfología del objeto. La semántica del objeto corresponde a los diversos o distintos niveles de significación. Puede hablarse de grados de «acepción» del objeto. Cuáles son los diversos significados –de acuerdo a qué cultura– que el diseñador  busca o propone en un objeto determinado. (La simbólica puede ser entendida como un nivel profundo y complejo de semantización del objeto). La pragmática está centrada en los diversos usos que el usuario da al objeto. La pragmática pone al objeto en el escenario de la vida cotidiana.

Dentro de la sintáctica y la semántica del objeto hay que darle mucha importancia a la retórica. A los diversos recursos de construcción que el diseñador emplea: por repetición de elementos, por supresión de elementos, por combinación de elementos, por traslación de elementos… El concepto de figura, desde esta perspectiva, cobra un nuevo brío. En el mismo sentido hay que trabajar los dos planos del signo-objeto: expresión y contenido. Y, en cada uno de esos planos, la forma y la sustancia. Como quien dice, la integración entre lo formal del objeto y lo material del mismo; entre los elementos de que se dispone y las posibles combinatorias que con ellos pueden hacerse.

Se puede elaborar, de manera experimental, una lectura del objeto desde las seis funciones del lenguaje propuestas por Ramon Jakobson: función referencial, denotativa (con respecto al contexto), función poética (referida al mensaje), función fáctica o para llamar la intención del interlocutor (orientada hacia el contacto), función emotiva o expresiva (propia del emisor), función metalingüística (propia del código) y función conativa (más centrada en el receptor).

Un último aspecto gira alrededor de una poética del objeto. Poética como poiesis, es decir, como proceso de creación o –para ser más ambiciosos–como proyección. Esta poética del objeto se conjuga con la pintura, la música, el cine y la literatura. Los trabajos de Kandinsky: Punto y línea sobre el plano, de Stravinsky: Poética musical y las Apostillas al Nombre de la Rosa de Umberto Eco, pueden servir de motivación. La poética tiene que ver con las lógicas de la creatividad y con las gramáticas de la fantasía y la invención.

Flamear de tu cuerpo

26 miércoles Feb 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Poemas

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Pintura de Leonid Afrémov.

Pintura de Leonid Afrémov.

Hay un viento de danza en tu cintura
una ola armoniosa en el mar de tu vientre:
son caballos de aire los que galopan libres
con muslos sudorosos y jadeos de campanas.
 
Hay agua a borbotones entre tu sexo ardiente
y en tus alzados brazos una oración al cielo;
Hay en tus manos juntas una ofrenda de llamas
y tus gritos son himnos de una guerra de astros.
 
Hay una diosa ebria bailando en tu cabello
mujer furia del viento, mujer diosa del fuego;
Hay una diosa loca embistiendo mi cuerpo
toro de casta herido, toro de lidia ciego.
 

(De mi libro Ir hasta tu fondo, Kimpres, Bogotá, 2009, p. 25).

Del investigar

19 miércoles Feb 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos, INVESTIGACIÓN

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Ilustración de Claude Serre

Ilustración de Claude Serre

Les he solicitado a mis estudiantes de posgrado que se animen a escribir aforismos sobre el sentido y las características de investigar. Para motivarlos a comenzar –y para cumplir con ese deber ético de hacer primero la tarea– presento aquí esta cosecha de máximas. Confío en que al leerlas no solo se reflexione sobre el ejercicio y los alcances de realizar un proyecto de investigación, sino que sirvan de ejemplo al momento de enfrentarse a la redacción de las sentencias. En todo caso, y esta es una indicación de Lichtenberg, el gran maestro del estilo proverbial, cuando se desee redactar un aforismo debe darse a entender, “con un mínimo de palabras, que se ha pensado mucho”.

*

El que investiga sigue indicios. Como un cazador va detrás de las huellas dejadas por una realidad huidiza y montaraz.

*

Cuando se tienen demasiadas certezas es más fácil ser catedrático que investigador.

*

El investigador nace cuando es capaz de formularse con claridad un problema. Son los problemas y no los métodos los que ayudan a que alumbre una pesquisa.

*

Si se tiene actitud de investigador, cada hecho, persona o situación será leída bajo la lupa de una pregunta. La mirada del genuino investigador está impregnada de sospechas.

*

Los buenos métodos de investigación deberían tener la calidad de los arcos: elásticos, flexibles, consistentes.

*

Las auténticas investigaciones nunca terminan. Siguen extendiendo sus brazos de preguntas como las enredaderas. La investigación pertenece a las plantas escandentes y perennes.

*

El investigador no es un experto enterrador, sino un incansable despojador de máscaras.

*

Una y otra vez el investigador reformula sus preguntas; una y otra vez precisa sus objetivos. Esto es así porque la investigación se parece menos a operar una máquina de precisión y mucho más a una práctica de tiro con arco.

*

Cuando el investigador husmea en pesquisas anteriores lo hace por dos motivos principales: bien porque ansía continuar un viejo rastro o porque necesita alejarse lo más posible de ese falso indicio.

*

Todo investigador, especialmente el que trasiega en las ciencias humanas, sabe que trata con versiones y tergiversaciones. De allí que su tarea sea más difícil que la de aquellos dedicados a las ciencias exactas.

*

De todos los rasgos de un buen investigador el más importante es el de no perder el rastro de un problema. A veces por días, por meses o por años. Los investigadores sabuesos conservan su gran olfato hasta el final de su proyecto.

*

No os canséis, dice el investigador a su pupilo; no temáis rehacer el anteproyecto, vuelve a repetirle. El tutoriado mira al maestro con recelo pues aún no comprende o sabe de la luz que saca a flote con cada tachadura.

*

El caminar del investigador tiene más de cangrejo que de guepardo. No tanto de perseguir su presa en línea recta, sino de buscarla andando de lado, y retrocediendo.

*

Además de la disposición y el ánimo un investigador debe ser diligente. Es decir, con el celo suficiente para defender con ardor una pregunta que aún no puede responder o una hipótesis todavía no demostrada.

*

Eva fue una investigadora radical. A pesar de las voces prohibitorias de la autoridad se obstinó en ir a las fuentes primarias del conocimiento.

*

No siempre las conclusiones de un proyecto de investigación son extraordinarias o de alcances inusitados. Pero eso no invalida el ejercicio de una pesquisa. Al igual que en el poema de Cavafis, las conclusiones pueden ser las bahías nunca vistas, la adquisición de perfumes deliciosos y diversos, las humildes conchas recogidas en playas desconocidas.

*

Los instrumentos de investigación andan presos de los objetivos del proyecto; y aunque gocen de libertad, ésta siempre será condicional.

*

Tres son las diosas protectoras de los proyectos de investigación: Consistencia, Coherencia y Pertinencia. Las tres hermanas, al igual que las vetustas Grayas, tienen un solo ojo insomne y vigilante que rotan entre sí.

*

Cuando el investigador ya tiene definido un problema, todos los caminos conducen a Roma.

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Los buenos equipos de investigación son más un acuerdo de diferencias que una suma de semejanzas.

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La atención vigilante es la sangre que corre por las venas de los investigadores. Su corazón, en consecuencia, bombea perspicacia.

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Las hipótesis se verifican, los supuestos se esclarecen. En ambos casos se responde al desafío inicial de una pregunta.

*

Los investigadores novatos buscan temas; los expertos, problemas. Los primeros se afianzan en lo ya sabido; los segundos, en lo desconocido.

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Los asiduos registros en un diario de campo son puntos de referencia en el ir y venir de la investigación. La escritura es como un faro en esa larga travesía.

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Los antecedentes son la posta que otros investigadores le entregan al nuevo atleta de la pesquisa. A la vez que un legado, son un reto para seguir adelante.

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Los investigadores hacen parte de una cadena interminable: retoman un eslabón de hallazgos anteriores y forjan uno semejante con sus nuevos resultados. La mesa del investigador es semejante a la fragua de Vulcano.

*

Si no hay rigor el investigador fracasa por desorganizado y falto de rumbo; si es demasiado escolástico, la investigación terminará siendo la aplicación de un protocolo estandarizado. Ni extrema lasitud; ni extremo rigorismo. El investigador debe ser cimbreante como las palmeras.

*

Así como hay temas que maduran lentamente hasta convertirse en un problema; hay otros que necesitan de largas exposiciones al sol o de lentos tratamientos mecánicos por parte del investigador.

*

La curiosidad es el hábitat natural de un investigador. Sin ese ambiente ningún proyecto logrará crecer o dar sus mejores frutos.

*

Lo peor que le puede pasar a un investigador es tener un costoso y brillante marco teórico pero sin ninguna pintura digna de enmarcarse.

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