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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2014

Describir un objeto

11 lunes Ago 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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A primera vista parece simple describir un objeto. Observe con cuidado y pinte lo que mira, nos dicen. Haga un listado de sus características, vuelven a insistirnos. Pero si bien es útil tener en mente dichas recomendaciones, no podemos dejar de lado la riqueza y complejidad propia de los objetos. Ignorar sus peculiaridades, por no decir su esencia, es condenar la descripción al fracaso o a una tarea superficial.

Es que los objetos, así los consideremos desechables, tienen una relación profunda con las personas. Por momentos son como una extensión del hombre y, en otras ocasiones, son la evidencia silenciosa de la forma de ser o actuar de un individuo.

Los objetos se parecen a su dueño. Hay objetos que a pesar de los años siguen siendo útiles, mientras otros a los pocos días de uso ya parecen un vejestorio. Desde luego, esto se debe al trato o al vínculo que los hombres establecen con sus cosas. Por eso vemos vehículos pulcramente tenidos y también automóviles desaliñados y descuidados hasta el exceso. Y por la misma razón, hay personas que con celo acicalan y atesoran sus objetos como hay otras que con rapidez los destrozan o los dejan desnudos a las fuerzas de la herrumbre o la intemperie.

Analícese cómo la mesa donde escribimos va perdiendo su laca justo donde nuestros brazos o nuestras manos la recorren cotidianamente; o qué decir de aquella silla que ya parece haber tomado la forma de nuestras posaderas. Y ni hablar de los mangos de madera de los cuchillos de cocina que se desgastan según la huella de las manos que los utilizan o nuestros zapatos en los que cada arruga reproduce las señales inequívocas de una anatomía. He visto objetos con aristas de aluminio ir perdiendo su espesor por la continua suavidad de unas manos; y he comprobado más de una vez la moldura adquirida de los sacos al acompañar por mucho tiempo a su dueño.

Sabemos, además, que a los objetos se adhieren los perfumes, las manchas, y el ambiente como si fueran una pátina indeleble. Los objetos están inmersos en un contexto, en una época, en una cultura. Por eso, aunque al momento de salir de la fábrica sean idénticos, lo cierto es que al entrar en relación con un individuo o con una comunidad específica, sufren transformaciones, adaptaciones, mutilaciones, mutaciones. De igual modo las características de una profesión los impregnan de nuevos significados o los dotan de un simbolismo insospechado. De allí porque el perfume, por ejemplo, cambia su intensidad o su acidez según un tipo de piel o una determinada sudoración; y en ese mismo sentido, hay objetos que lucen maravillosamente en un cuerpo y dejan de ser vistosos al ser usados por otra persona.

De otra parte, es común que determinados objetos formen una familia para poblar determinados espacios. Esa unión de objetos, muchas veces atendiendo a elaboradas estéticas, se convierte en un deber ser social o en una silente radiografía de una época. Existen protocolos a los cuales obedecen los objetos y tenemos objetos que desencadenan ritos, etiquetas, festividades o ceremonias de diversa índole. Es común, por lo mismo, hablar de mobiliario o de baterías de cocina, o de caja de herramientas. Los médicos hablan de instrumental y los industriales, los ingenieros o los militares de equipamiento. El mundo de la escuela tiene lista de útiles, material didáctico, recursos audiovisuales y dotaciones de variado tipo. Por momentos el espacio del salón de clase es, en sí mismo un objeto y, en otros, es todo el edificio de la institución, toda la estructura la que se comporta como si fuera una mole unificada y dotada de identidad.

Repensadas así las cosas, describir un objeto se torna difícil. Lo más fácil es enumerar una serie de características; tal vez las más evidentes. Pero se olvida que los objetos dependen de la relación que tengan con las personas; que cambian según el trato y el cuidado; que están sometidos al clima y el tiempo; que guardan historias muchas veces evidentes en una raspadura, una mella o la falta de una pieza. Es imperativo medirlos y conocer de qué material están hechos; por supuesto que necesitamos precisar su color, su fisonomía y estructura. Eso es necesario. Más no es suficiente. Las buenas descripciones, las que son fieles a la hipotiposis de los retóricos clásicos, necesitan “hacer ver”, “poner ante los ojos” las peripecias del objeto, sus vínculos, sus cicatrices, su trasegar por el mundo. Las buenas descripciones hacen que las cosas revelen su acontecer, ponen a los objetos en el sitial de lo contemplado. El que así describe un objeto, en consecuencia, debe admirarlo tranquilamente para dar testimonio en su escritura de tal encuentro.

Etopeya en quince líneas

09 sábado Ago 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

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Etiquetas

Autobiografía

"Autorretrato enfermo", ilustración de Fernando Vásquez.

«Autorretrato enfermo» (2004), pintura de Fernando Vásquez.

Tengo una curiosidad y una pasión permanente por conocer. Tal vez por ello soy un bibliófilo consumado y un semiotista de oficio. Me intriga el acaecer del mundo y el comportamiento de las personas. No soy indiferente ante lo que me rodea. Tal interés me ha llevado a convertirme en escritor. Soy de carácter decidido, pero someto mis acciones a una larga reflexión. Me considero persistente y me precio de llevar a la práctica ideas que para muchos resultan difíciles de alcanzar. Puedo imponerme disciplinas con entregada devoción. Por lo general soy de temperamento tranquilo, afable; y silencioso cuando la ira o la impaciencia –mis dos monstruos íntimos– me  atenazan el espíritu.  Sé perdonar y tengo la gracia de no albergar ni rencores ni odios imperecederos. Me satisface ayudar a los necesitados y soy feliz al tratar de enseñarles a otros lo que conozco. Tengo facilidad de expresión y habilidades sociales para relacionarme. No soy fanático ni sectario, tampoco proclive a la ostentación de bienes materiales; detesto la inautenticidad y la habladuría envenenada. Valoro en mí y en los más cercanos la lealtad; busco, por lo mismo, establecer vínculos gestados más desde la confianza que en el miedo. Creo en el amor tranquilo de las certezas compartidas. Llevo izada en mis acciones la honestidad como bandera ética.

La etopeya o el retrato moral

04 lunes Ago 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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"Triple autorretrato" de Norman Rockwell.

«Triple autorretrato» de Norman Rockwell.

Como se sabe, la etopeya consiste en hacer una descripción del carácter o los rasgos morales de una persona. Es, por decirlo así, la elaboración de un retrato interior o íntimo. Aunque parece una labor sencilla conviene tener presente algunas características de este recurso de la retórica clásica, considerado como una de las figuras de pensamiento.

Un primer asunto digno de recordar se refiere a que la etopeya es una modalidad de la descripción. En consecuencia, se requiere perspicacia, observación juiciosa y un buen repertorio de adjetivos para lograr precisar las variadas tonalidades de un comportamiento o una manera de ser. La etopeya exige encontrar el término preciso para señalar una cualidad moral, una emoción recurrente o un tipo de pensamiento. Más allá de un listado de palabras lo que se busca es describir con agudeza y pulso firme los rasgos individuales de una conducta o una forma de ser.

Precisamente, otro aspecto fundamental de la etopeya es mantener el equilibrio para no caer en el exceso de las virtudes ni el sólo resaltar defectos de una persona. Si se escribe una etopeya debe privilegiarse la gama de los grises más que optar por el blanco o el negro de los estereotipos. Es decir, ni convertir el retrato en un perfil ideal ni construirlo como si fuera un memorial de agravios. Aunque el propósito sea dar cuenta de una subjetividad, se debe mantener el tono de lo objetivo.

Una tercera característica de la etopeya corresponde al necesario tiempo de observación requerido para realizarla. Las buenas etopeyas son, en cierto sentido, un proyecto de investigación, una sistemática pesquisa sobre las actuaciones y expresiones íntimas de un individuo. Se requiere la observación sistemática para hallar aquellos rasgos recurrentes, esas particularidades definitorias de una identidad. De igual forma, es recomendable apreciar al individuo en distintos contextos y en diferentes épocas para ver qué rasgos permanecen y cuáles son apenas comportamientos circunstanciales o pasajeros. Puesto en otras palabras: la etopeya es el resultado de someter a examen riguroso los hábitos, las creencias, la forma de interactuar, los gustos y deseos de un ser humano.

Como puede inferirse de lo dicho hasta aquí, quizá las mejores etopeyas sean genuinos autorretratos. ¿Quién más que nosotros mismos para dar cuenta de los meandros de nuestra interioridad? ¿Qué mejor pintor de nuestros rasgos éticos que nuestra propia mano? Por supuesto, atendiendo a las características o recomendaciones ya mencionadas. El autorretrato, entonces, es un ajuste de cuentas con nuestro yo íntimo, con nuestro teatro afectivo. Cuando así es concebida la etopeya puede ser más fácil entrar en relación con motivaciones ocultas, sentimientos inconfesos o aspiraciones inadvertidas por los demás.

Puede resultar útil al hacer el autorretrato recordar los consejos de los manuales de retórica clásica en los que se invitaba, cuando se realizara la etopeya, a poner el carácter de una persona en la perspectiva del pasado, el presente y el porvenir. Algo así como dotar al carácter de plasticidad y posibilidad de evolución. Tal vez de esta manera se pueda evitar la sobredimensión de una cualidad o el pasar por alto detalles psicológicos que aunque nimios son definitivos al momento de percibir el resultado final de una personalidad. Al final de cuentas lo que somos es el resultado del desarrollo paulatino y no el fruto acabado de un instante.

Agreguemos a lo dicho que así como el pintor cuando desea retratarse necesita del espejo, de igual forma el hacedor de etopeyas requiere del discernimiento para reconocerse y conseguir revelar las facciones de sus pasiones, las señales profundas de sus estados de ánimo. Teniendo, desde luego, el cuidado suficiente para no enamorarse de su propia imagen o confundir la realidad de su conciencia con la ilusoria forma proyectada por el reflejo.

Demos fin a estas reflexiones sobre la etopeya recalcando el valor de la descripción. Una destreza en la que se aúnan la fineza de la mirada y la elección precisa de los vocablos; una habilidad lingüística para establecer distinciones y registrar las características esenciales de las cosas o los seres vivos. Y al ser las personas –su idiosincrasia– el objetivo de la etopeya, con mayor razón cobra importancia saber elegir el sustantivo exacto o el adjetivo adecuado para fijar con precisión las variaciones de un temperamento.

Inventar incansablemente nuestra vida

31 jueves Jul 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Toni Demuro.

Ilustración de Toni Demuro.

Nunca
Jaime Torres Bodet
 
Nunca me cansará mi oficio de hombre.
Hombre he sido y seré mientras exista.
Hombre no más: proyecto entre proyectos,
boca sedienta al cántaro adherida,
pies inseguros sobre el polvo ardiente,
espíritu y materia vulnerables
a todos los oprobios y las dichas…
 
Nunca me sentiré rey destronado
ni ángel abolido mientras viva,
sino aprendiz de hombre eternamente,
hombre con los que van por las colinas
hacia el jardín que siempre los repudia,
hombre con los que buscan entre escombros
la verdad necesaria y prohibida,
hombre entre los que labran con sus manos
lo que jamás hereda un alma digna,
¡porque de todo cuanto el hombre ha hecho,
la sola herencia digna de los hombres
es el derecho de inventar su vida!
 

Parece natural que, por el hecho de nacer, ya seamos hombres. El poeta mexicano Jaime Torres Bodet, en su poema “Nunca”, nos muestra que no es así. Que el convertirnos en hombres es una tarea de toda nuestra vida; un oficio al cual debemos entregarnos mientras existamos. En este poema podemos ratificar que la vida no es sólo una cosa dada sino, fundamentalmente, una invención forjada con nuestras propias manos. 

El poeta afirma que nuestro oficio de hombres posee una serie de tareas. La primera de ellas es la de ir siempre en búsqueda de algo, de alguien. Dada nuestra esencia, nuestra boca está siempre sedienta. No nos conformamos, siempre estamos en pos de una meta, una obra, un propósito. Hagamos lo que hagamos, cualquiera sea nuestro origen o nuestra raza, los seres humanos vamos en continuo camino. Por todo esto, el hombre es un “proyecto entre proyectos”. Su interior, su corazón, su espíritu, es una especie de arco en tensión, una fuerza distendida que lo hace escudriñar y explorar tierras lejanas. 

En cuanto insistente perseguidor, Jaime Torres ­Bodet agrega que el hombre es un buscador de jardines imposibles. Se suma a otros hombres por ciertas causas perdidas pero necesarias para satisfacer su hambre de utopías. Esa es su grandeza y la causa de su dramático destino. De igual modo, es un salteador de verdades prohibidas, un altruista libertario. Y cuando más parece que todo a su alrededor está en ruinas, más se aferra a necesitar y reclamar una verdad. Gran parte de sus oficios consiste en labrar algunos principios o ciertos valores tan llenos de sentido como para legarlos a otras generaciones venideras.  

Mas no por ello se siente un ser todopoderoso. Jaime Torres Bodet reconoce que el hombre sediento de horizontes es profundamente vulnerable. Tanto por los oprobios como por las dichas. No se trata de un organismo inmune o invencible. La materia prima de que está hecho lo ha convertido en un ser sensible y afectable por el mundo y las personas. Precisamente por ello, por saberse frágil y lastimable, es que toma con beneficio de inventario los honores, el poder o la perfección. Y si no se siente “rey destronado” es porque sabe que esos escaños son pasajeros, que hay bastante oropel y mentira en tales ambiciones palaciegas. Tampoco se asume como “ángel abolido”, pues más de una vez, a pesar de la maldad que le coquetea complaciente, ha mantenido impoluta su alma; y otras veces, sabiéndose limpio, ha dejado caer sus alas en los terrenos oscuros de la inmoralidad.   

Ese oficio de ser hombre lo ha llevado de igual modo a ser o convertirse en un aprendiz permanente. Cada día que llega, cada cosa que hace, cada relación que establece, le ofrece innumerables ocasiones para acabar de formarse, para asimilar experiencia, para ejercitarse en habilidades diversas, para repasar o profundizar en conocimientos. Su vida misma es un continuo aprendizaje. Desde el vientre materno hasta las últimas horas de su existencia, tendrá que recoger y digerir, aprehender y entender, estudiar y conocerse. Así camine de manera insegura, así sus semejantes lo repudien, no podrá renunciar a este apetito adherido a sus sentidos y a su mente. 

Pero la tarea fundamental, la que podríamos llamar de una vez su derecho más alto, es la de “inventar su vida”. Nadie puede ni debería quitarle esa labor. Porque no hay dos vidas semejantes, porque a cada ser humano le corresponde delinear y configurar su existencia. Las coordenadas o el mapa de nuestra vida dependen de cada uno de nosotros. Imposible, por no decir falso, que haya un modelo del cual podamos derivar cabalmente nuestro ser; puede que tengamos mentores, ayudantes, referentes, puntos de partida; pero el diseño final, la obra definitiva, es sólo fruto de nuestra responsabilidad. A cada hombre le compete ese oficio: inventarse el territorio de sí mismo.  El poeta afirma que no debemos cansarnos nunca de tal ocupación; que allí está el temple de nuestro carácter. Se trata, en últimas, de un asunto de dignidad. Porque el oficio de inventar la propia vida es la verdadera herencia que un hombre puede legarle a otros hombres.

(De mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, Kimpres, Bogotá, 2012, pp. 35-40).

Literatura y formación en valores

25 viernes Jul 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

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"Visiones del Quijote" de Octavio Ocampo.

«Visiones del Quijote» de Octavio Ocampo.

Sin lugar a dudas, el principal objetivo de la literatura es conmover o producir un efecto estético en el lector. Algunos autores prefieren decir que su propósito es entretener y otros, que su deseo es comunicar una experiencia personal o expresar una obsesión interior.

Sea como fuere, la literatura es un arte capaz de conmover, apasionar y poner en movimiento la sensibilidad de un lector. Pero, también la literatura pone en circulación unos valores, un conjunto de actitudes o comportamientos relacionados con el ser o el convivir. En la medida en que son un producto cultural, las obras literarias participan y recrean los valores de determinada sociedad. A veces, para describirlos o exaltarlos y, otras, para criticarlos o verles sus mecanismos ocultos.

No obstante, la literatura no opera como una cartilla de moral o un código de buenas conductas. Su proceder es indirecto, sutil; usando la sugerencia, la ambigüedad, el humor o la ironía. O recurriendo al símbolo con su capacidad de evocación y potencial analógico. La literatura muestra, pero no demuestra; presenta unos valores pero sin que por ello anhele adoctrinar o catequizar.

Digo lo anterior porque a veces los educadores, en su afán de la formación ética de los alumnos, descuidan o dejan de lado la dimensión estética de las obras literarias. Hasta pueden llegar a instrumentalizar la literatura para tipificar –de manera simplista– un listado axiológico fijado en el proyecto educativo de la institución donde laboran. No digo con ello que la lectura de las obras literarias no contribuya a la formación de los estudiantes. Claro que sí. Pero no es un asunto inmediato y mecánico. La literatura reclama que los lectores descifren sus claves (siempre plurales, diversas) y así logren sacar el mayor provecho de sus páginas. Por eso es fundamental que los maestros ayuden a sus estudiantes a ver las relaciones entre los personajes, la genealogía de los conflictos, las transformaciones de una conducta, la complejidad de determinada situación literaria. Lo peor que le puede pasar a la literatura y a la formación ética es emplear las obras literarias como si fueran artefactos de un solo uso, o artilugios para un único fin.

Creo que la literatura, desde la perspectiva de una didáctica de los valores, ofrece motivos para el diálogo, para la discusión en clase. El trabajo del maestro, entonces, es propiciar el discernimiento, la argumentación, el análisis crítico. Esos temas recurrentes expresados por la literatura deben ser explorados en sus diversos niveles de significación, mostrando siempre el haz y el envés de un hecho; ayudando con preguntas intencionadas a que los alumnos clarifiquen valores y descubran los dilemas morales cuando entra en juego la libertad o el relacionarse con sus semejantes.

Por lo mismo, el maestro debe ser cuidadoso y perspicaz al momento de elegir las obras que va a trabajar en clase. Ojalá seleccione obras literarias lo suficientemente ricas, en su elaboración y contenido, que posibiliten apreciar la cara poliédrica de la realidad o las infinitas máscaras de las personas. En muchas ocasiones, obras literarias acusadas de presentar antivalores, pueden ser un excelente recurso para contrarrestar el obcecado moralismo de ciertos docentes o la inmaculada concepción de los seres humanos que tienen algunas instituciones educativas.

De otra parte, y eso es bueno recordarlo, los valores no se enseñan y menos se aprenden como otra asignatura. Requieren de tiempo y de un contexto adecuado; implican la participación del núcleo familiar y la sociedad; traen consigo la necesaria creación de hábitos. En consecuencia, mal haríamos en suponer que la lectura de una obra literaria sea suficiente para enseñar determinado valor. Quizá la literatura, al presentar situaciones y acontecimientos en donde se viven y debaten valores, sirva de piedra de toque para que los estudiantes “tomen conciencia” o dimensionen imaginariamente las consecuencias de una determinada actitud o decisión. Es probable que a través de esos ejemplos ficticios se espolee el nervio moral de los alumnos y se vayan acendrando ciertos comportamientos o se talle discretamente un carácter. Es factible que la escuela –en sentido amplio– logre con esas obras literarias crear un repertorio de “ejemplos” lo suficientemente luminoso como para irradiar en el futuro el actuar ético de los alumnos. Pero eso es apenas una posibilidad y se requiere, por lo demás, la concurrencia de otros factores y otros actores si se quiere garantizar una genuina formación moral de las nuevas generaciones.

Recalquemos en nuestra idea inicial: la literatura es un arte de la palabra cuyo principal fin es sensibilizar a los lectores sobre la variada y compleja condición humana. Una forma creativa del lenguaje mediante la cual se  reconfigura la realidad al tiempo que se promueve el desarrollo de la fantasía y la imaginación de sus potenciales lectores. Tengamos bien presente esta finalidad estética de la literatura cuando la usemos con propósitos didácticos o cuando hagamos de ella un recurso para la formación en valores.

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