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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2015

Cuidar nuestros hábitos

18 martes Ago 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración con plastilina de Irma Gruenholz.

Ilustración con plastilina de Irma Gruenholz.

El hábito es una especie de segunda naturaleza.

Cicerón

Mucho de lo que somos es producto de nuestros hábitos. Para bien o para mal, somos el resultado de los hábitos que marcaron nuestra crianza y nuestra educación. Pero, a la par, también somos responsables de los hábitos perjudiciales que tenemos que desarraigar de nuestra personalidad y de esos otros que necesitamos incluir en nuestra vida cotidiana para alcanzar las metas que más anhelamos.

Al ser una especie de otra piel, los hábitos tienen una fuerza descomunal en nuestro temperamento o en nuestra forma de actuar o de pensar. Los hábitos trabajan a la manera de otra estructura ósea o cierta mecánica muscular. Ellos nos soportan, nos dan piso, nos mantienen en una determinada posición. Por los hábitos respondemos de una especial manera a ciertos estímulos; por los hábitos –llámense de alimentación, de aseo, de economía o de estudio– hacemos o dejamos de hacer ciertas cosas. Es la fuerza de los hábitos la que nos impulsa a tener, por ejemplo, un cuidado diario en el aseo de nuestro cuerpo o tener la precaución de lavarnos las manos antes de comer, o dedicar unos minutos a la lectura, o sacar una parte de nuestros ingresos para un ahorro, o disponer nuestra voluntad y nuestra mente al aprendizaje cotidiano y así poder alimentar nuestro espíritu cada día. Son los hábitos, esos patrones o modelos de comportamiento y de pensamiento, los que en verdad gobiernan o capitanean buena parte de nuestro vivir cotidiano.

Es importante por lo mismo, aprender a desaprender viejos hábitos y, especialmente, conquistar otros nuevos. Dada la fuerza que los hábitos poseen –mucho más fuerte cuando asumen el rostro de la costumbre o la rutina– debemos estar vigilantes a sus alcances y sus limitaciones. Para nadie es un secreto que buena parte de la crianza consiste en aprender determinados hábitos: la higiene, la buena educación, el alimentarse, el vestirse, el interactuar con otros. Cada uno de estos comportamientos o de estas maneras de interrelacionarnos forma parte de las “lecciones” cotidianas que los padres o los maestros van troquelando en los niños hasta convertirlas en parte de su carne. Y más tarde, es la misma sociedad la que va modelando otros hábitos capaces de regular la convivencia, el tránsito, el comercio, la comunicación. El conjunto de esos hábitos, de alguna manera, definen y especifican a pueblo o a una particular cultura. Precisamente por ser el fruto de un largo proceso de socialización o de enculturación es que los hábitos son tan difíciles de cambiar o de modificar. Por eso, aunque intelectualmente sabemos lo perjudicial de alguno de ellos, no lo desalojamos de manera inmediata de nuestra persona. Digamos que los hábitos ya están “arraigados” en nosotros; tienen adherencias y ramificaciones. Entonces, cuando uno decide en verdad eliminar algún hábito que lo está perjudicando, hay un momento “doloroso” que, casi siempre, imposibilita dar el salto o asumir plenamente la nueva condición. Por eso reincidimos o caemos en la situación anterior, por eso volvemos a lo mismo: porque los vetustos hábitos irradian un campo de fuerzas tranquilizador, mientras los nuevos provocan el sufrimiento o cierta desazón en nuestro espíritu.

Es acá en donde es necesario echar mano de los brazos vigorosos de nuestra voluntad. Sacar a relucir la casta de nuestro carácter. No hay otra manera. No hay secretos ni fórmulas que mágicamente nos lleven a asumir nuevos hábitos o a extirpar añejas prácticas. Sólo con la tenacidad y la persistencia de nuestra voluntad podemos, poco a poco, conquistar esos nuevos comportamientos. Cabe decir ahora que esa puede ser una buena estrategia o un buen consejo: a los hábitos se los cambia paulatinamente, haciendo ligeras variaciones a una vieja actitud, provocando pequeñas modificaciones en una rutina, dejando que entren leves alteraciones en una costumbre. Lo peor es querer cambiar los hábitos de manera tajante o abrupta. Hay que aplicar el mismo principio de su origen: paso a paso, voz a voz, día a día. Primero, convenciendo a nuestra cabeza, para luego ir persuadiendo, sosegadamente, a nuestro cuerpo.

Los hábitos, en la medida en que ya son aptitudes o formas de ser interiorizadas, operan como reguladores poderosos de nuestra existencia. Tal es su importancia. Los mismos hábitos hacen ley en nuestra interioridad; crean dinámicas en nuestra conducta que ni siquiera reflexionamos; promueven rutinas que se convierten en patrones de acción. Cuidar estos hábitos, saber cuándo nos están encasillando o cuándo necesitamos incorporar otros diferentes, es una de las tareas a las cuales debemos invertirles reflexión y tiempo. Pensemos, de vez en cuando, qué hábitos nos están imposibilitando progresar en algún aspecto de nuestra vida o cuál otro de ellos está desmoronando nuestra salud. Meditemos sobre qué mal hábito puede ser el causante de nuestra pobreza moral o intelectual, o cuál hábito es el que nos sigue esclavizando hasta el punto de condenarnos a la desesperanza o la sin salida existencial.

(De mi libro Custodiar la vida. Reflexiones sobre el cuidado de la cotidianidad, Kimpres, Bogotá, 2009, pp. 133-136).

Volver a escribir

10 lunes Ago 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Son evidentes las falencias en la escritura de los estudiantes de posgrado. Bien por la poca atención que le han prestado a esta tecnología de la mente o porque los anteriores maestros de la educación básica no se tomaron en serio los productos realizados y apenas marcaron sus trabajos con alguna genérica señal. En todo caso, lo cierto es que al revisar las primeras producciones de los estudiantes son flagrantes las falencias en redacción, ortografía, en la organización y conexión entre las ideas o en la dificultad para identificar las características particulares de una tipología textual.

Además, el poco trato con la palabra escrita contribuye a que los maestrantes y doctorandos sientan demasiado ajenas o complejas las tareas de elaborar un ensayo, redactar una reseña o preparar el informe de avance de una investigación. Y aunque los tutores y profesores les señalen dichos fallos no parece fácil sortear tales carencias; o no en el tiempo esperado. El resultado, como se sabe, es la baja calificación en varios de los cursos y seminarios y el retraso para lograr graduarse debido, precisamente, a que no logran terminar la redacción del trabajo de grado o la rigurosa tesis.

Dados estos problemas es que algunos programas posgraduales se han visto en la necesidad de desarrollar alternativas o estrategias para “aprender a escribir”. A veces, creando diplomados como requisito de ingreso o incorporando al plan de estudios asignaturas dedicadas a estudiar las peculiaridades de la escritura. Otras ofertas académicas, como es el caso de la Maestría en Docencia de la Universidad de la Salle, han ideado un “Nivelatorio” a lo largo del primer semestre de estudios. Estas sesiones combinan tanto los elementos conceptuales de la escritura como el trabajo aplicado de tales conocimientos. Mediante un constante acompañamiento tutorial personalizado los textos de los maestrantes van teniendo diferentes correcciones hasta alcanzar una versión satisfactoria.

Pero no se trata de un común curso de redacción. Este “Nivelatorio” empieza a explorar en los procesos de pensamiento que subyacen a la tarea de escribir. Digamos que la apuesta es por mirar adentro de la “caja negra” de la escritura. En consecuencia, hay ejercicios didácticos encaminados a fortalecer y enriquecer el aprender a pensar, ordenar las ideas, dialogar con la tradición, saber observar, adquirir competencia semántica. De igual modo, se insiste en el uso de ciertas herramientas específicas para escribir como son los diccionarios de uso y de incorrecciones del idioma, los diccionarios razonados de sinónimos, los diccionarios de ideas afines y el empleo de manuales de estilo que ayudan enormemente a tener un dominio comprensivo de aspectos básicos de gramática y composición escrita.

Por supuesto, ese es el trabajo directo con cada uno de los maestrantes. De otra parte, una de las recomendaciones fundamentales dadas a los estudiantes al momento de iniciar el “Nivelatorio” es la de convertir este encuentro con la escritura en un hábito. Si no se adquiere un vínculo con el escribir, si no se cuenta con la voluntad para rehacer los primeros borradores, todo lo que hagan los maestros acompañantes será inútil. Bien se sabe que la escritura, como labor artesanal que es, requiere de ejercicio y constancia para dominar sus pormenores. Entonces, hay que ponerse a estudiar los intríngulis de dicha técnica: ¿cómo estructurar un escrito?, ¿qué características definen las diversas tipologías textuales?, ¿de qué manera la puntuación hace más dinámica la prosa?, ¿cómo usar adecuadamente las preposiciones?, ¿qué son los conectores lógicos?, ¿cuáles son los usos de la tilde diacrítica?

Si hay esa dedicación e interés por el ser y proceder de la palabra escrita pronto se descubrirá que escribir no un asunto de genios o para personas iluminadas. Tampoco que es una ventura o el azaroso resultado de las dádivas de la inspiración. Muy por el contrario, se comprenderá que escribir es un oficio de mejora continua, de ir poco a poco, enmienda por enmienda, estructurando un texto, dándole cohesión y coherencia, llenándolo de fuerza comunicativa. Porque al entrar en relación con las palabras, al ver de frente su sinuosa significación, se podrá descubrir el interesante y difícil arte de poner en escena las posibilidades y las alternativas del lenguaje. Y, desde luego, se tendrá más conciencia del proceso de pensamiento que entra en juego en la elaboración de un escrito.

Puede parecer extraño, pero a veces se necesita llegar a la educación posgradual para asumir en verdad las peculiaridades e importancia de la escritura. Tal vez allí esté uno de los objetivos de la educación superior: la de enseñarnos a leer y a escribir con sentido, la de hacernos competentes para el espíritu crítico y la producción de conocimiento. La formación avanzada implica un salto cualitativo en los procesos de aprendizaje, ya no es suficiente con asistir a clase o comportarse de juiciosa manera; la exigencia es ahora mayor porque obliga al estudiante a encontrar una voz personal, y a exponer o argumentar por escrito sus propias ideas.

Así que, con este preámbulo, invito a los maestrantes de primer semestre de Yopal,  a que se lancen a publicar sus autorretratos morales, sus etopeyas. El llamado es sencillo: vuelvan a escribir.

Describir un carácter

03 lunes Ago 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR

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Estrategias de escritura, Etopeya

Ilustración de Igor Morski.

Ilustración de Igor Morski.

Autorretrato en un párrafo

La mirada desnuda de la poesía

26 domingo Jul 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Igor Oleynikov.

Ilustración de Igor Oleynikov.

Vino, primero, pura,
Vino, primero, pura,
vestida de inocencia;
y la amé como un niño.
Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes;
y la fui odiando, sin saberlo.
Llegó a ser una reina,
fastuosa de tesoros…
¡Qué iracundia de yel y sin sentido!
… Mas se fue desnudando.
Y yo le sonreía.
Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.
Y se quitó la túnica,
y apareció desnuda toda…
¡Oh pasión de mi vida, poesía!
desnuda, mía para siempre!
Juan Ramón Jiménez

Todo parece indicar que la poesía viene o nace de zonas profundas de nuestra interioridad. Aflora. Puede que este origen, al igual que los nacimientos de agua, no pueda ubicarse con certeza o que emerja despreocupadamente. Por eso hay poetas populares, analfabetos, que van por las veredas cantando sus emociones y preocupaciones. La poesía, entonces, nace cercana a nuestras vísceras, a lo más interno de nuestra condición humana. Es como otro sentido ­inherente a nuestro ser; un sentido de ­afectación tanto de lo que somos como de lo que nos rodea. Un sentido que nos permite la introspección al mismo tiempo que la capacidad de admirarnos y sorprendernos de los seres y el mundo.

Por supuesto, el primer canto poético debió confundirse con el viento. Perderse. De allí la importancia de fórmulas y recursos memorísticos. Técnicas para guardar lo que merecía recordarse. Los versos, la rima, las estrofas, aquellas diversas formas de encapsular ese asombro, contribuyeron de gran manera a conservar tal testimonio. Y lo que parece más importante para la supervivencia de la tradición, posibilitaron que las nuevas generaciones tuvieran acceso a esas creaciones. La poesía que había sido libre, que brotaba donde mejor pudiera y que ya era parte de la tribu, comenzó a necesitar de mentores para poder transmitirla. En algunos de esos espíritus, por supuesto, yacía escondida la misma agua originaria, el mismo anhelo de celebración. Con ellos la corriente subterránea de la poesía pudo continuar su camino. Pero hubo otros aprendices, los más simples y carentes de sensibilidad, que sólo alcanzaron a captar la cáscara del mensaje, el artefacto usado para guardar el tesoro del canto. Fue por ellos como la poesía terminó refundida y confundiéndose con una técnica de pirotecnia verbal o malabarismo rítmico. Lejos de aquella motivación íntima –esa impronta fundacional–, la poesía terminó en manos de especialistas apenas preocupados por el efecto o la agudeza de su ingenio.

Sin embargo, allí donde un ser humano se maravilla ante la vida, en esos espacios donde este ser finito contempla las estrellas; o en los momentos donde lo sobrecogen las mil peripecias de la existencia, allí, vuelve a renacer la poesía. Renace el legado de los antiguos rapsodas, de esos caminantes o viajeros extasiados por lo que sentían o conmovidos por las acciones de sus semejantes. Tal vez hasta parezcan, a los ojos de los demás, poco prácticos o demasiado soñadores, pero no es así. Su manera de enfrentarse a la existencia es librándose de ropajes, de simulaciones; así, desnudos, abiertos y dispuestos como la misma naturaleza, asumiendo una actitud de completa receptividad, vuelven a nombrar lo que les rodea. Se dejan interpelar por el afuera y, poco a poco, terminan modificando su propia constitución. Se hacen más livianos, más perspicaces, más sutiles para desentrañar la vastedad del universo.

Es evidente que después de muchos siglos de canto y celebración los poetas hayan descubierto, además de los recursos nemotécnicos para fijar algunos de sus versos, la fascinación con las propias palabras. Esa materia con la que cantaban permitía variaciones, inflexiones, cambios de estructura… Y, además, si se la organizaba de una manera u otra producía diversos significados. Cada uno de estos descubrimientos hizo que el poeta se detuviera mucho más tiempo en elegir los términos precios para dar cuenta de sus emociones o sus pensamientos. Es acá donde se empezó a asociar la figura del poeta con la del mago o el chamán. Alguien que sabía organizar y declamar ciertas palabras; una figura que con sus palabras invocaba, convocaba, provocaba y establecía relaciones con seres invisibles o con fuerzas que suscitaban temor y temblor. Y todo por la fuerza particular de las palabras; de unas determinadas palabras dispuestas y dichas de una especial manera.

Pero ese río de la poesía cambió su curso cuando los lazos de lo común fueron rotos por las cortantes aristas de la soledad. Lo que se ha llamado Romanticismo no es sino la evidencia de esta ruptura del hombre con los demás; su desgarre, su nostalgia de tribu. Y la voz del poeta recobró su desnudez, esta vez de la piel hacia adentro, para expresar o mostrar sus carencias, sus angustias, sus temores. Poco parecía ahora el asombro hacia la naturaleza idílica y mucho más nítidos sobresalieron los paisajes interiores: otro mundo cobró fuerza y a él también dedicó su mirada el poeta. Tal vez esta ruta de las aguas de la poesía sigue mucho más viva hoy, cuando se exacerba el individualismo y a nadie le parece importar lo que le sucede a los demás. 

En todo caso, y eso es lo que deseo subrayar, la poesía –en cuanto sentido de afectación y disposición para el asombro– aparece en aquellos espíritus conmovidos por sí mismos y por su exterioridad. Seres que mantienen abiertas durante toda su vida las ventanas del preguntar y preguntarse; seres que no se conforman con sobrevivir o pasar de largo por la existencia; seres habitados por presencias angélicas o por demonios; seres, que en definitiva, andan en permanente actitud de contemplación y rememoración… Estos seres saben que “las palabras no nos reflejan como los espejos”, pero también han comprobado que “es por estar desnudas que brillan las estrellas”.

(De mi libro La palabra inesperada. Aproximaciones al poema y a la poesía, Kimpres, Bogotá, 2014, pp. 17-23).

Sobre el humor

20 lunes Jul 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos

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Caricatura de Tommy Thomdean.

Caricatura de Tommy Thomdean.

El humor es la inteligencia vuelta sobre sí misma. El gusto del alacrán por picarse con su propio aguijón.

*

Los mecanismos con que se elabora el humor son semejantes a los de la poesía. Lo que cambia es el ropaje y el efecto producido.

*

A pesar del sufrimiento o de la enfermedad, no obstante los  desengaños y la desilusión, más allá de los fracasos o el infortunio, al hombre le queda la posibilidad de reír. El humor, en este sentido, es la genuina resiliencia.

*

Si se mira con cuidado lo que hacemos o dejamos de hacer muy seguramente descubriremos en tales actuaciones algún intersticio de ridículo o de torpeza. El nacimiento del humor proviene de nuestra innata condición para el error.

*

No hay que dejarse engañar por la carcajada estridente o por el gesto burlón del humorista. Detrás de ese regocijo está la amarga cara de la incredulidad o la pérdida de la inocencia.

*

El humorista se aleja, mediante su razón, del acaecer del mundo y de la vida. Por eso prefiere no comprometer demasiado sus emociones o sus sentimientos. El humorismo es el arte de la toma de distancia.

*

El humorista anda al acecho. ¿De qué? De eso que los seres humanos temen en sociedad: mostrar sus imperfecciones, caer en lapsus al hablar, perder la compostura o el equilibrio. Los apuntes del humorista son como “comparendos” a las infracciones esencialmente humanas.

*

El mejor terreno para laborar el humorista es la perfección y el poder. En el primer caso, porque la suma excelencia es ya de por sí imposible; y, en el segundo, porque la obcecación por el mando lleva a los hombres a convertirse en bestias.

*

Cuando el humor toma el camino del cuerpo se convierte en comedia; cuando acude a la palabra se torna en chiste. De allí por qué ni todos los cómicos sean chistosos; ni todos los que echan chistes necesiten disfraces y maquillaje.

*

Las personas que demoran un tiempo en comprender un ingenioso apunte o percatarse del doble sentido de un chiste es porque tienen muy bajo sus niveles de pensamiento relacional. Es decir, escuchan el mundo en una sola frecuencia, perciben la vida en una misma tonalidad, andan presos de la inmediatez y lo repetitivo.

*

La risa que proviene después de sortear un accidente fatal o haber salido ileso de un peligro mayúsculo demuestra que el humor es el antídoto contra el miedo. Aunque también la risa nerviosa es un preludio del temor.

*

Nos reímos de los apuntes del humorista porque él, con ingenio, nos reconcilia con nuestras fragilidades y nuestros defectos. El aplauso es, en el fondo, el agradecimiento por habernos quitado de encima –así sea por un momento– el lastre de siempre parecer firmes, irrompibles y virtuosos.

*

La pérdida de lo espontáneo y lo auténtico conduce irremediablemente a la graciosa condición de los autómatas. La risa, por lo mismo, es una vigía que nos previene de la repetición inconsciente.

*

Los buenos humoristas son los infieles de la diosa Isis. Más que ir a los templos a ocultar los misterios lo que hacen es quitar, una y otra vez, los velos y los artificios. La desnudez del humor ha reñido siempre con la pompa y el ornato de lo sagrado.

*

El humor es una transgresión a lo celosamente establecido. Y entre más reglas, prohibiciones y censuras haya más hilarantes resultarán sus irreverencias. No hay como los regímenes autoritarios para aumentar la tasa de crecimientos de los humoristas.

*

El humorista tiene vena de filósofo. De filósofo pragmático. Le gusta llevar los principios de la lógica formal hasta sus límites: el ser es y no es al mismo tiempo, siempre hay un término medio, no todo tiene que estar fundado.

*

El bufón se disfraza por dos razones: la primera, porque el disfraz le permite diluir su identidad y, la segunda, porque las verdades más crudas se asimilan mejor cuando son pronunciadas por una máscara festiva.

*

Los juegos de lenguaje son una muestra del ingenio, pero también una manifestación del recreo de la inteligencia. El humor es el tiempo lúdico de nuestro pensamiento.

*

La predilección por los chistes de contenido sexual evidencian una cosa: celebramos que alguien vuelva público lo que a toda costa queremos guardar como privado. Los chistes “verdes” son una especie de voyerismo a nuestra propia alcoba.

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El humor fino exige a la inteligencia tener las manos excesivamente ágiles para atrapar el fugaz movimiento de la sutileza.

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Los payasos construyen sus rutinas bajo el amparo de la simulación: parece que se golpean, parece que se caen, parece que no logran un propósito. Tal fingimiento provoca en la audiencia, especialmente infantil, el asombro festivo de ver cómo, ante sus ojos, la mentira oculta la verdad.

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La comedia no es muy querida por las instituciones religiosas. Eso es comprensible: lo sagrado necesita de rostros hieráticos y silentes. La risa, por el contrario, trae consigo la descompostura y el escándalo. El misterio es adusto y cerrado; la alegría, simpática y flexible.

*

Podemos engañarnos con la alegría pero jamás con el dolor. En consecuencia, las tragedias están hechas para producir catarsis; las comedias, para provocar diversión.

*

Las burlas tienen como plaza el cuerpo; la ironía, el campo moral de las personas.

*

El humor es la sal que necesita el alimento de la vida. La pimienta que da sabor a la existencia.

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Las bromas de los amigos son la prueba fehaciente de que ellos son dueños de nuestra confianza. Las chanzas resultan una ofensa para los desconocidos.

*

El humor es el “coco” con que espantamos nuestros miedos.

*

Los caricaturistas sacan provecho de los defectos ajenos. Su materia prima está en las debilidades y desperfectos de los hombres. Desde luego, el efecto de sus obras será mayor si las personas se obstinan en parecer impecables, puras y perfectas. Los caricaturistas, como Don Quijote, también tienen su origen en la mancha.

*

El humorismo es la secreción de nuestras glándulas más ocultas.

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¿Qué hace un mimo dramático cuando nos imita? Transforma lo espontáneo en un acto artificioso. Bergson tenía razón: lo natural convertido en mecánico produce risa.

*

El miedo al ridículo es un regulador social: nadie puede ser o actuar de manera distinta al parecer de la mayoría. El ridículo es el control social ante el diferente.

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La risa es la exteriorización del optimismo. El regocijo con que se manifiesta la esperanza.

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La seriedad discrimina y pone distancias; el humor iguala y genera cercanías. Por eso la aristocracia se divierte yendo a la ópera y el pueblo se desternilla a lo grande en un carnaval.

*

Sin el carburante de la razón el humor no contaría con un vehículo potente; sin una chispa de locura no habría el detonante para ponerlo en marcha.

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Los humoristas son fieles devotos de Tertuliano, uno de los padres de la iglesia: “creen, porque es absurdo”.

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Los “chistes bobos” son los primeros pasos del humorismo; los de “doble sentido”, una carrera de velocidad.

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Los aforistas emplean el humor porque a la agudeza le viene bien usar la ironía y el sarcasmo. Pero, también, porque nada es más irritante que la pequeña picadura de los aguijones.

*

El mimo dramático convierte el tiempo real en un tiempo en diferido. Su forma de hacer humor es cambiar la rápida percepción de la película por una exposición cuadro a cuadro.

*

Pirandello afirmaba que en la percepción de los contrarios estaba el germen del humorismo. Percatarnos de que la verdad tiene un reverso en la mentira, de que la desilusión es la antípoda del ideal, de que no hay virtud sin algún vicio opuesto. La mirada del humorista es bifocal: ve la cara y el envés de las personas o sus actuaciones al mismo tiempo.

*

Los chistes escuchados o vistos de manera repetida le quitan al humor su poder de asombro. Lo previsto devela la magia de lo inesperado.

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La ironía y el sarcasmo, la caricatura y la parodia son algunos de los recursos empleados por el humor para alcanzar sus fines. Aunque el más efectivo, por supuesto, sigue siendo el arte de evidenciar y poner en ridículo.

*

Lo que Pierre Reverdy pedía para lograr un impacto mayor en la poesía opera igual para el humor: “entre más lejanas estén la realidades que se asemejan más impactante e inesperado será el efecto producido”.

*

Las risas pregrabadas que se ponen como cortinillas en los programas de humor importados son las emisarias del contexto de ese territorio. El chiste es celosamente local.

*

Las cosquillas son la risa involuntaria del cuerpo.

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Mofarse de alguien es una manera de detectar en otra persona sus zonas de ridículo. Un tanteo soberbio y desdeñoso sobre la fragilidad moral de un semejante.

*

El lenguaje vulgar recupera con el humor su insurgencia comunicativa. Las malas palabras –por unos segundos– dejan su celda proscrita y miserable para salir a la calle a denunciar la dictadura del eufemismo y la reticencia.

*

El bufón es aceptado y rechazado; acogido y criticado. El bufón puede decir la verdad, pero no toda; puede burlarse de todos, pero no de todo. El bufón refleja lo que el poder no quiere ver y, al mismo tiempo, refracta lo que el dominado necesita decir. Por eso, su oficio está siempre en el filo de la espada.

*

La secuencia del humor gráfico dispone –viñeta por viñeta– un escenario para el suspenso. El último recuadro es el dibujo perfecto de lo inesperado.

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