• Autobiografía
  • Conferencias
  • Cursos
  • Del «Trocadero»
  • Del oficio
  • Galería
  • Juegos de lenguaje
  • Lecturas
  • Libros

Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: fernandovasquezrodriguez

Un septimazo

12 miércoles Mar 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

≈ 16 comentarios

Etiquetas

Autobiografía, Bogotá años 70, Vida cotidiana

El rito de caminar por el centro de Bogotá.

El rito de caminar por el centro de Bogotá.

Recuerdo con alegría y emoción los años en que, acompañado de mi madre, caminábamos por la carrera séptima de Bogotá. No solo era un programa esperado sino un acontecimiento digno de referir a mi padre y a compañeros de colegio. Esa pequeña caminata, la entrada al “Ley” o al “Monteblanco” eran cosas que repetía en mi memoria por varios días.

Por ser un acontecimiento era que abundaban los fotógrafos ambulantes y por ser un acontecimiento había que vestirse elegantemente. Los fotógrafos le entregaban a uno un recibo para luego ir a reclamar los registros de dichos paseos. Además de las fotografías en papel podía elegirse también una modalidad de telescopio en la que los pequeños negativos adquirían la grandiosidad de una pantalla de teatro. Mi madre se arreglaba con esmero cuando me invitaba a estas ocasionales salidas: vestido sastre, guantes, cartera y zapatos (los de tacón alto) del mismo color…, peinados y maquillaje acordes a un evento especial. El plan era básicamente caminar varias cuadras, mirar almacenes y comer arroz con leche en el “Tía” o disfrutar de unas onces en el “Yanuba” que, entre otras cosas, ofrecía por la tarde sus platos con melodías de piano.

He recordado todo esto al volver a recorrer el domingo pasado la séptima, desde la calle 24 hasta la calle 13. ¡Qué cambio tan descomunal! A lado y lado el griterío de los vendedores ambulantes, la oferta de comidas y cuanto cachivache haya, el desorden y la barahúnda propia de un mercado callejero contrastaban con el paso de grupos de personas y el pasar de las bicicletas. ¡Cuánto contaminación auditiva!, ¡cuántos números de circo! Según se dijo, la idea era que al suprimir el tránsito de vehículos, esta avenida sería un espacio peatonal como hay en ciudades europeas. Pero el resultado es otro: unos árboles-matera que sirven de bolardos o de estorbo a los peatones, un reguero de ofertas de comidas en las que puede adivinarse la usencia de planeación y de regulación, una falta de espacio para caminar y apreciar ésta mal llamada Atenas sudamericana. Con pesar lo digo: la séptima se ha convertido en una larga avenida de mercado de las pulgas.

Es probable que esto suceda porque la apremiante pobreza y el desempleo busquen oportunidades para sortear sus precarias condiciones; pero hay maneras y estrategias de organizar el que cada quien busque y rebusque su sustento. Deberíamos unir nuestros esfuerzos para cuidar nuestra ciudad, para no convertir cualquier calle solitaria en un mingitorio o cuanto andén vacío es un bazar de feria. En esto nos falta organización como ciudad y educarnos como ciudadanos.

Así como están las cosas, considero que sería mejor que los automóviles volvieran a transitar por la séptima. Al menos así quitaríamos esas feas materas y los peatones reclamarían su habitual condición de caminar por los andenes.

Resulta obvio compararse con otras ciudades –y no necesariamente europeas– para observar qué tanto ha desmejorado Bogotá en este aspecto. La séptima es un ejemplo del desgreño, la desidia gubernamental y la consecuencia de una forma de hacer política en la que prima el cohecho, el peculado y el abandono del bien común. Asumir y hacernos responsables de lo público sigue siendo una tarea de estas ciudades que no pueden seguir considerándose como meros lugares de habitación o de trabajo. Las ciudades son también un espacio para el desarrollo de otras dimensiones humanas como el tiempo libre, la socialización y la construcción de comunidad. ¡Qué pronto olvidamos las campañas y el sentido profundo de la cultura ciudadana propuestas por Antanas Mockus! ¡Cuánto pierden las ciudades cuando dependen de las prebendas de la politiquería!

Sobre la descripción (II)

09 domingo Mar 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos

≈ 81 comentarios

Patente de la máquina de afeitar Gillette.

Patente de la máquina de afeitar Gillette.

Las cosas guardan ocultas muchas caras y, al igual que Vishnú, sólo muestran un rostro a quien con devoción y paciencia se anima a describirlo.

*

El ojo del que describe determina un primer encuentro con las cosas; lo siguiente, es más un ejercicio de la memoria y la imaginación.

*

Si se ignoran los detalles de una cosa la descripción pierde su esencia; si son tan copiosos, lo que se pierde es la unidad del objeto.

*

El esfuerzo de quien hace una descripción es éste: aunque cada detalle pasajero lo seduzca, él debe ser fiel a los encantos seguros del conjunto.

*

Una descripción es una instantánea hecha de palabras. El buen fotógrafo como el escritor sólo capturan un momento de los seres o las cosas.

*

En algunas ocasiones para lograr una buena descripción es necesario que el observador cambie de lugar o modificar la posición de lo observado. En consecuencia, las descripciones excelentes son el resultado de haber descubierto la justa posición.

*

Hallar el adjetivo preciso para que un sustantivo logre su mejor caracterización es asunto de larga experiencia. Las descripciones fallidas tienen como causa la herida de un adjetivo mal empleado.

*

Las preposiciones hacen las veces de puntos cardinales en una descripción. Es obvio, el lector necesita orientarse en la selva de los pormenores.

*

Aquellos científicos que hacen sus descripciones ayudados por un lente de aumento tienen una ventaja y una desventaja. Ganan en profundidad pero pierden en extensión.

*

Si se desean describir los pormenores del árbol se perderán las minucias del bosque. La conclusión es aleccionadora: no se puede servir fielmente en todos los detalles a dos amos a la vez.

*

Los primeros cronistas de Indias describieron las cosas no por lo que eran en sí sino por el parecido que tenían con los objetos conocidos.

*

De la misma manera que los remaches o los tornillos unen discretamente las partes de un objeto, así debe ser la puntuación empleada por el autor de descripciones.

*

Los objetos tienen marcas y huellas del uso o el trato cotidiano. Describir tales señales es ser como un notario del tiempo.

*

Dar cuenta de los matices y las tonalidades de color es, para un escritor de descripciones, una prueba de su agudeza lingüística al nombrar mínimas distinciones.

*

El que está aprendiendo a describir se afana por enumerar los elementos; el maestro del oficio, percibe las partes dispuestas en una clarísima composición.

*

Si bien es cierto que al describir se necesita especialmente de la vista, no es menos importante oler y tocar el objeto de nuestro interés. El que hace una descripción convierte todo su cuerpo en un radar de percepciones.

*

Al cronista de prensa se le pide que describa los hechos para contarnos los pormenores de la noticia; al que describe un objeto, que convierta una cosa en un acontecimiento.

*

Aunque escasos, hay escritores que logran convertir sus descripciones en otra forma de la acción. Cuando así sucede, la descripción ya no es un decorado sino un personaje del relato.

*

Los escritores expertos en la descripción no crean ambientes; van más allá, construyen atmósferas. Es decir, logran con sus palabras involucrar al lector en la historia.

*

Resulta útil e interesante acostumbrarse a describir cuadros o fotografías. No sólo por el reto de obtener una copia escrita de una imagen sino para aprender el arte de la composición.

*

¡Qué difícil la tarea de los etnólogos de culturas remotas! ¿Cómo nombrar lo desconocido sin traicionar su identidad local?, ¿cómo describir lo autóctono sin echar mano de vocabularios foráneos?

*

Al igual que el fotógrafo busca el mejor ángulo, el escritor de descripciones necesita encontrar un detalle esencial. Fotógrafo y escritor persiguen lo oculto en lo evidente.

Sobre la descripción (I)

06 jueves Mar 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos

≈ 18 comentarios

Bodegón con accesorios de caza del pintor holandés Willem van Aelst

«Bodegón con accesorios de caza» del pintor holandés Willem van Aelst

El que describe  es, en verdad, un miniaturista. Pero no por reproducir a escala una realidad sino por su prolija exactitud.

*

Describir es pintar con palabras. Allí, un objeto: los sustantivos; allá, un ambiente: el adverbio. Al fondo, un colorido: los adjetivos.

*

Cuando alguien nos dice que describamos algo con “lujo de detalles” lo que nos advierte es de no caer en lo superfluo y más bien que lo hagamos con desmedida y deslumbrante minuciosidad.

*

El escritor de descripciones es un policía de la realidad: “¡A ver, objeto, muéstreme sus signos de identidad!”.

*

Hay descripciones que son cuadros impresionistas: de tanto amor por el detalle se va perdiendo la preocupación por el conjunto.

*

El que describe hace las mismas preguntas de un detective criminalista: ¿Cómo es?, ¿dónde está ubicado?, ¿qué señales particulares tiene?, ¿cómo es su color?, ¿presenta signos de maltrato o violencia?

*

Quien describe un objeto lo convierte en un personaje dramático. Lo dibuja para ser representado. El que describe objetos redacta pequeñas obras de teatro.

*

Hay dos escuelas en el arte de la descripción: los de estilo deductivo y los seguidores del movimiento inductivo. O bien se va del conjunto a los detalles o se comienza en los detalles hasta dar cuenta del conjunto.

*

Observar primero, seleccionar luego, organizar después: esta es la fórmula de las buenas descripciones.

*

La retórica ha previsto una gama de posibilidades para la descripción: etopeya, si se describen la virtudes de una persona; prosopografía, si es un recuento de los rasgos físicos de un personaje. Pero es la hipotiposis ―esa que da los pormenores precisos― la única que puede usarse como evidencia en un proceso judicial.

*

“Quiero que me des la evidencia de una ausencia”, dice el lector al autor de descripciones. El escritor le responde: “Seré fidedigno, pero necesito de ti que leas con viva imaginación”.

*

Los objetos esconden en sus rasgos evidentes la verdadera fisonomía de su esencia. Describirlos es develar el envés de lo tangible y manifiesto.

*

El científico hace descripciones buscando exactitudes; el literato, anhela comunicar además una emoción.

*

El que hace una descripción aspira a que su obra sea como el testimonio fidedigno de un testigo presencial.

*

Los objetos van perdiendo la riqueza de sus minucias en la misma medida en que se tornan cotidianos. Al describirlos recuperan, de alguna manera, su valía y su novedad.

*

Los adverbios son para el que describe lo que la perspectiva para el pintor: un útil para el manejo de distancias.

*

La hipotiposis es una forma del sistema Braille. Se trata de convertir lo abstracto de las cosas en un lenguaje legible a los sentidos.

*

La descriptiva de los geómetras confirma que los objetos tienen más de una cara. El que los describe, en consecuencia, debería hacer suyo este vocabulario: vista inferior, posterior, lateral, frontal o alzado, superior o planta.

*

Los maestros de la descripción japonesa han seguido siempre estos dos principios: precisión en los pormenores y una intensa claridad.

*

No basta con enumerar las partes de un objeto. Lo importante en una descripción es presentar los detalles en una unidad articulada. Las buenas descripciones siguen este principio gestáltico: el todo es más que la suma de las partes.

*

A quien hace una descripción se le exige caracterizar los pormenores y distinguir con claridad las cualidades. En este sentido, se asemeja al naturalista que descubre una nueva especie.

*

La descripción puede ir desde el inventario hasta el retrato. El que describe, entonces, se mueve en la gama que empieza en el reseñar y calificar y se extiende hasta el explicar y representar.

*

El que describe pinta o representa. Cuando describe: delinea, figura, traza; cuando representa: compone, personifica, testimonia.

*

El lexicógrafo es un maestro de la descripción. Pero sus definiciones, que consisten en determinar los límites de una palabra, deben por regla omitir las emociones y la subjetividad.

*

El escritor experto sabe que la descripción es una aliada de la narración; y que el detenimiento momentáneo al que somete a la acción es una de las estrategias favoritas para aumentar la intriga en el relato.

*

Nuestra pobreza de vocablos para describir las cosas ―y la dificultad para lograrlo― amerita recordar los consejos del gran poeta Lucrecio: “pasa en vela las noches, buscando las palabras y los versos para inundar la mente del lector de una brillante luz con la que él pueda escudriñar hasta el fondo de las cosas más ocultas”.

*

Un fenomenólogo es un filósofo de la descripción. Su labor consiste en purificar los hechos o los objetos hasta dejarlos en su pura esencia.

*

Los seres humanos van donde el pintor a que les haga su retrato; las cosas, posan ante él para obtener su más precisa naturaleza muerta.

Describir: dibujar con palabras

03 lunes Mar 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 195 comentarios

Una de las primeras habilidades de aquel que empieza a ejercitarse en la escritura es el aprender a observar. Debe afinar el ojo; dejar de ver para empezar a mirar. Y una de las estrategias más eficaces es comenzar a hacer pequeñas descripciones, ojalá sobre “naturalezas muertas”, sobre fotografías o sobre cuadros pictóricos. Creo que las enseñanzas de Ítalo Calvino, en un libro excepcional titulado, Palomar, pueden servir de modelo o de pistas ejemplarizantes.

Como es muy seguro que no todos hayan leído el mencionado libro, voy a transcribir algunos ejemplos escritos por Calvino. Empecemos con la descripción de una ola: “El señor Palomar ve asomar una ola a lo lejos, la ve crecer, acercarse, cambiar de forma y de color, envolverse en sí misma, romper, desvanecerse, refluir (…) La giba de la ola que avanza se alza en un punto más que en los otros y desde allí empieza a festonearse de blanco. Si eso ocurre a cierta distancia de la orilla, la espuma tiene tiempo de envolverse en sí misma y desaparecer de nuevo como tragada y en ese mismo momento volver a invadirlo todo despuntando ahora desde abajo, como una alfombra blanca que remonta la orilla para acoger a la ola que llega…”. Ahora tomemos otro caso, apartes de la descripción de las terrazas: “La forma verdadera de la ciudad está en ese subir y bajar de los techos, tejas viejas y nuevas, acanaladas y chatas, cumbreras gráciles o pesadas, pérgolas de cañizo o cobertizos de fibrocemento ondulado, barandillas, columnitas que sostienen macetas, albercas de chapa, tragaluces, lumbreras de vidrio, y sobre todas las cosas se alza la arboladura de las antenas de televisión, derechas o torcidas, esmaltadas u oxidadas, en modelos de generaciones sucesivas, diversamente ramificadas y retorcidas y aisladas, pero todas flacas como esqueletos e inquietantes como tótems…”. Y finalicemos con la descripción que Calvino nos presenta de los amores de las tortugas: “El macho empuja a la hembra de costado, alrededor del reborde de la vereda. La hembra parece resistir al ataque, o, por lo menos, opone una inmovilidad un poco inerte. El macho es más pequeño y activo; parece más joven. Intenta repetidas veces montarla, desde atrás, pero la caparazón de ella se levanta y él resbala. Ahora tendría que haber conseguido la posición justa: empuja con golpes rítmicos, pausados; con cada golpe emite un jadeo, casi un grito. La hembra tiene las patas anteriores aplastadas contra la tierra, lo que le hace levantar la parte trasera. El macho se afana con las patas anteriores sobre la caparazón de ella, estirando el cuello hacia adelante, proyectándose con la boca abierta. El problema de estas caparazones es que no hay manera de aferrarse, y, además, las patas no consiguen adherirse. Ahora ella le huye, él la persigue. No es que la hembra sea más veloz ni esté muy decidida a escapar: para retenerla él le mordisquea una pata, siempre la misma. Ella no se rebela. El macho cada vez que la hembra se detiene, trata de montarla, pero ella da un pasito adelante y él resbala y pega con el miembro en el suelo. Es un miembro bastante largo, en forma de gancho, parecería que conseguiría alcanzarla con él aunque el espesor de las caparazones y la torpe posición los separen. De modo que no se puede decir cuántos de esos asaltos terminan bien, cuántos fracasan, cuántos son sólo juego, teatro…”

Varias cosas podemos decir con relación a las descripciones de Calvino. De un lado, la selección de las palabras para elegir el vocablo o el término adecuado para cada situación. Calvino es, en este como en otros casos, un maestro de la precisión semántica. Luego el conocimiento y la exactitud del sustantivo, son claves para la descripción. De otra parte, Calvino va como tomando diapositivas a cada hecho; hay un trabajo de filigrana, un cuidado por el detalle. Lo que se quiere describir es fijado, congelado; se lo somete a filtros de color, a diversas tonalidades, a variados juegos de perspectiva. Cualquiera puede notar que hay en esta escritura muchas horas empleadas para captar la esencia y desechar el accidente. Porque describir –y esa puede ser otra clave significativa para nuestro oficio–, es más que una sumatoria de elementos, más que un listado de palabras. La descripción es una tarea de clarificación, de jerarquía, una depuración que la mirada hace sobre las cosas o las personas. Por lo mismo, cuando uno quiere ejercitarse en hacer descripciones, su primera lucha es con la barahúnda imprecisa de vocablos, con la falta del concepto exacto, con el uso de términos genéricos, con el escaso o descuidado conocimiento que tenemos del mundo y de los seres que lo pueblan. A lo mejor, así como Calvino lo confesó después en una entrevista, deberíamos imitar las descripciones de Lucrecio, en ese otro texto magnífico: De la naturaleza de las cosas:

                                   “Trataremos ahora de qué modo
                                   hiere un cuerpo oloroso nuestro olfato.
                                   Precisamente existen muchos cuerpos
                                   que despiden olores infinitos;
                                   que éstos fluyen y corren, y se esparcen
                                   de continuo debemos presumirnos:
                                   que es mayor o menor su analogía
                                   con unos animales que con otros
                                   según la diferencia de figuras:
                                   el olor de la miel desde muy lejos
                                   convida a las abejas, y a los buitres
                                   convidan los cadáveres podridos,
                                   y los galgos se van en pos del rastro:
                                   el guarda del romano Capitolio,
                                   el blanco ganso, humano olor ventea:
                                   así el olor que es propio a cada especie
                                   dirige el animal a pastos buenos
                                   y le hace huir del mortífero veneno,
                                   conservándose así los animales…”

 

Tal vez describir sea un ejercicio de “literatura científica”. Demanda del aprendiz de escritor el ojo del botánico o del geólogo; una mirada capaz de captar las diferencias, de saber descubrir los matices. Y es acá donde la fotografía o la pintura pueden ser de gran ayuda. A mí me encanta, por ejemplo, a partir de ciertas fotografías de periódico o de revistas, descomponer la escena en palabras, hacerle un  análisis, una descripción:

La madre mantiene sus manos apretadas, como orando. Sus ojos están cerrados. Parece como dormida. Así como cuando uno se queda dormido en el puesto de un bus. El asiento es nuevo. Es una silla lujosa, con una esmerada talla en cada una de sus patas. Los zapatos de la señora están sucios; también le quedan amplios, seguramente por el uso frecuente. Al lado de ella, su hijo más pequeño. La mirada del niño está como entretenida en alguna nube o en alguna forma caprichosa del humo; el niño tiene una mirada demasiado seria para su edad. Los niños no miran con tanto dolor. Está sentado como para una foto de estudio. Se lo ve como abandonado. En medio de los dos, un hombre joven contempla un lugar distante; mira el piso, pero en dirección distinta a donde está el cadáver de Martha Liliana. El hombre joven protege con una de sus manos, la mano del niño. Al frente de ellos, como testigos mudos del evento, una garrafa llena de un líquido morado, y una bolsa deshecha. Luego, en el mismo sentido, una enorme sábana, donde puede leerse “Policía Nacional”. Los vidrios se confunden con los cables de la luz. Martha Liliana: siete años sepultados, de golpe, en medio del silencio de las palabras y los ojos.

 

Este tipo de ejercicios ayuda a afinar el ojo, a darle una noción espacial a la escritura. Además, proporciona en quien escribe una idea de lo que es “composición de lugar”. Contribuye a dotar al escritor de esas otras herramientas empleadas por el cine: el plano, la profundidad de campo, el valor del detalle… Me animo a compartir otro   ejemplo de mi propia cosecha, teniendo como base, esta vez, una obra pictórica:

Primer desembarco de Cristóbal Colón en América

El cuadro es de Dióscoro Puebla: “Primer desembarco de Colón en el Nuevo Mundo”. Una oblicua trazada desde la parte superior izquierda hasta el margen inferior derecho, divide los dos mundos. De un lado, escondida detrás de la exuberancia de la naturaleza (hojas de plátano enormes, gigantes hojas) la desnudez edénica, la desnudez de las momias: petrificados, atónitos, curiosos pero –sobre todo– escondidos… siete indios. Todas sus miradas se centran en los visitantes. Más que por la sorpresa, los ojos curiosean temerosamente. Al otro lado, más solar, menos oscura que la primera escena, entre el dorado y la claridad del cielo, entre el azul y el resplandor del amarillo, altivos, muy altivos… diecisiete hombres. Al frente, poniendo rodilla en tierra, levantando con su mano izquierda un estandarte y con la derecha una espada, Colón mira hacia las alturas. Es el momento de la posesión. Al lado de él, un fraile. Su mano derecha asume el gesto  del “dominus”; la izquierda, enarbola un crucifijo. El fraile no mira al cielo, su mirada se centra en un más allá insondable, lejano, distante. Atrás de ellos dos, como haciendo un coro, los quince hombres restantes se dividen el escenario. La mayoría mira hacia arriba, en acción de gracias u observando, quizás, la más alta de las ceibas absolutamente desconocida hasta ahora para sus ojos. Uno de los hombres besa la tierra, otro la agarra entre sus manos como si fuera un plato de comida o un enorme pan. Nadie, ninguno de los diecisiete personajes descubridores mira a los siete indios descubiertos.

 

Aprender a describir partiendo de obras pictóricas parece ser un recurso empleado también por escritores de alta calidad imaginativa. Baste mencionar sólo un caso: Antonio Tabucchi, y uno de sus cuentos, que puede servirnos como refuerzo y prueba magistral de lo que venimos diciendo: “Los volátiles del Beato Angélico”… La descriptiva como dispositivo para la ficción. O la descriptiva al servicio de la poesía. Cuánto hay por aprender de Neruda en sus tres libros de Odas; qué fineza en la percepción, qué ojo tan perspicaz y tan escrupuloso en las imágenes… “Oda al nacimiento de un ciervo”:

                                   “Se recostó la cierva
                                   detrás
                                   de la alambrada.
                                   Sus ojos eran
                                   dos oscuras almendras.
                                   El gran ciervo velaba
                                    y a mediodía
                                   su corona de cuernos
                                   brillaba
                                   como
                                    un altar encendido.
 
                                   Sangre y agua,
                                   una bolsa turgente,
                                   palpitante,
                                   y en ella
                                   un nuevo ciervo
                                   inerme, informe.
 
                                   Allí quedó en sus turbias
                                   envolturas
                                   sobre el pasto manchado.
                                   La cierva lo lamía
                                   con su lengua de plata.
                                   No podía moverse,
                                   pero
                                   de aquel confuso,
                                   vaporoso envoltorio,
                                   sucio, mojado, inerte,
                                   fue asomando
                                   la forma,
                                   el hociquillo agudo
                                   de la real
                                   estirpe,
                                   los ojos más ovales
                                   de la tierra,
                                   las finas
                                   piernas,
                                   flechas
                                   naturales del bosque.
                                   Lo lamía la cierva
                                   sin cesar, lo limpiaba
                                   de oscuridad, y limpio
                                   lo entregaba a la vida.
                                   Así se levantó,
                                   frágil, pero perfecto,
                                   y comenzó a moverse,
                                   a dirigirse, a ser,
                                   a descubrir las aguas en el monte.
                                   Miró el mundo radiante.
 
                                   El cielo sobre
                                   su pequeña cabeza
                                   era como una uva
                                   transparente,
                                   y se pegó a las ubres de la cierva
                                   estremeciéndose como si recibiera
                                   sacudidas de luz del firmamento”.

 

Pero como lo que se trata acá es de ofrecerle al aprendiz de escritor un repertorio amplio de posibilidades, parece apenas conveniente contarle ahora otra práctica de descripción que puede arrojar excelentes dividendos escriturales. Yo lo llamo “El tiempo en las cosas”. Aunque esta descripción puede hacerse con varios tipos de frutas, prefiero utilizar un tomate. En qué consiste el ejercicio: Hay que conseguir primero que todo un tomate, ni muy verde ni muy maduro: pintoncito, y colocarlo en un sitio iluminado, de donde nadie lo mueva o lo estropee. Luego se empieza a hacer la descripción día por día, ojalá tomándole registros fotográficos. Se continúa en esa tónica hasta que la vida del tomate llegue a su fin. Lo importante de este  proceso descriptivo es ver cómo el tiempo afecta las cosas, cómo el tiempo –ese ácido invisible– corroe la consistencia de la materia. Un desgaste tan silencioso como demoledor. Y cada día, aunque a primera vista parezca que no haya ninguna diferencia con el día anterior, seguramente si uno tiene el suficiente cuidado, si cuenta con una lupa, verá que en su color o en su textura o en su forma, van apareciendo vestigios, desplazamientos, cambios significativos que uno no alcanza a mirar o detallar a simple vista. Hasta debe el aprendiz de escritor armarse de una carta de colores, de esas que venden en los almacenes de pinturas, para diferenciar las gamas, las tonalidades del verde y del rojo: carmín, escarlata, carne, bermellón… Verde pálido, verde aguacate, verde esmeralda, verde pavo real… olivo, cedro, musgo, jade. Cuando se aprende a describir uno descubre, como diría el poeta Aurelio Arturo, que “el verde es de todos los colores”.

Para dar fe de la eficacia de la anterior práctica descriptiva, voy a echar mano del cuaderno de una de mis alumnas, Ruth Ángela Beltrán, quien en 1997, llevó a cabo el ejercicio. Ella tituló su trabajo: “Aproximación a la madurez”.

Primera semana
Día uno: escoger el tomate, muy verde, muy rojo, pintón. Buscar el lugar donde permanecerá por varios días. En mi habitación, no. En la cocina, mi mamá lo gastaría. En la sala, sí; que todo el mundo lo vea, no importa. Hablar de un tomate, mis hermanas se rieron, mi mamá creyó que era algo extraño. ¿Qué puedo decir de un tomate?
Día dos: Este tomate es grande, debe saber muy rico en una ensalada con aguacate y lechuga. Pero el pobre está aquí frente a mí, sólo, sin poder cumplir su misión. ¿Cuál es la misión de un tomate? Supongo que servir de alimento, en ensaladas, en guisos, o en salsa de tomate. Tal vez servir de inspiración a un principiante escritor.
Día tres: Este lugar donde está el tomate, es demasiado amplio, el sol sólo entra en las mañanas y algo en las tardes. No veo grandes cambios. Es verde. Tiene algunas manchas amarillas, de un matiz entre el verde más claro y el amarillo.
Día cuatro: Creo que la naturaleza hace las cosas perfectas. Empiezan a aparecer manchas más amarillas, algunas casi naranjas. Los colores de la maduración de este tomate, son como las de algunas flores silvestres, de las que están de moda y venden en las carreteras los domingos en la tarde.
Día seis: Las tonalidades entre color y color, hacen del “ver” un milagro, el ojo distingue entre colores claros y oscuros, es sensible al brillo, a la textura, a la intensidad y a la armonía. El tomate como objeto es perfecto, en él hay equilibrio en su forma, en sus colores, en su piel. Como alimento supongo está en el momento en que estaría perfecto en un plato.
Día siete: Tomate: (azteca, tomatl). Fruto de la tomatera. Posiblemente oriundo de México o Perú. Se cultiva durante todo el año en los países cálidos y en invernaderos. Las variedades españolas de tomates más importantes son “la canaria y la valenciana” de tamaño pequeño y grande. Pertenece a la familia de las solanáceas (plantas gamopétalas). Los tomates son fruto de la tomatera que es una planta “dicotiledónea”, su característica principal es que tienen semillas completamente encerradas. Otros alimentos de este grupo son las patatas (Tomado de “Las plantas”. El mundo de la Botánica).
 
Segunda semana
Día ocho: El rojo del tomate ha empezado a cambiar de rojo-claro casi naranja oscuro a un rojo más intenso. ¿Qué estará pasando en el interior? Aún es duro; en sus partes más rojas, más blando. Lo tomo en mi mano, se me cae, rueda, gira, se estabiliza en su parte superior.
Día nueve: No sé qué más escribir sobre el tomate. Hay cambios, lo sé, pero no tan fáciles de describir como para escribirlos y hacerlos distintos.
Día once: En el lugar más rojo del tomate, una región no muy extensa, la piel se ha empezado a arrugar muy poco. Este lugar es blando y se siente lleno de agua. Pobre tomate. Es como un universo, no. Como un planeta. Lleno de vida, de agua, de vitaminas, proteínas, fibra, qué sé yo. Un planeta desierto, deshabitado, desde aquí. Tal vez sus únicas habitantes sean las semillitas que guarda en su interior, cubiertas por capas y capas de tejido tomatoso y albergadas en lo húmedo y gelatinoso, en lo más profundo de su interior. ¿Todos los tomates son iguales? Sí, son iguales, en principio.
Día trece: El pobre tomate ha cambiado de lugar muchas veces. Para limpiar el polvo, para ver ordenada la sala. En la cocina no porque se está pudriendo. Pienso que la cocina es el ambiente más propicio para cambiar los estados del tomate. Es un espacio, con una atmósfera cálida y húmeda por los vapores de la cocción de alimentos. Justo el lugar, el nuevo hogar del tomate donde están sus primos que próximamente serán consumidos.
Día catorce: ¿La luz del sol, el flash de la cámara fotográfica contribuyen a los cambios? Tal vez sí pero muy lentamente, son factores externos, el más importante es el tiempo. Su paso deja huella, imposible de retroceder o de invertir.
 
Tercera semana
Día quince: Lo veo igual que ayer, con la esperanza de que hayan cambios notables. No hay nada. Quiero escribir, pero el día afuera es frío, mi mamá está entumida, algo no me meja escribir. No quiero volverte a ver. Tomate.
Día diez y ocho: El tomate empieza a tornarse más oscuro. Es un círculo, lo que nace de la tierra vuelve a ella. Si este tomate hubiera estado hasta su madurez en un árbol, (habría caído y terminado nuevamente como parte de la tierra) en un momento su destino se transformaría. Volvería a ser parte de la tierra. La vida implica la muerte, el principio y el final. la alegría y la tristeza, el rojo y el marrón, el brillo y lo opaco, la piel lisa y la piel arrugada.
Día veinte: ¿Qué pasaría si…? En mi laboratorio llegara un paciente, Don Tomate, y se extrajera de su interior, con una jeringa muy aguda ese líquido rojizo y espeso. Tal vez se arrugaría más pronto. El tiempo comprobará esta hipótesis. Mi intención es ayudar al aceleramiento de la vejez de este fruto. ¿Lo lograré? ¿Tal vez degeneración al contacto con el aire?
Día veintiuno: Efectivamente sus arrugas son más pronunciadas. Al extraer el líquido una falta de cuidado y de tacto posibilitó el rompimiento de la piel. La carne se ve ahí, quieta, inmóvil, húmeda. Su olor es ácido, penetrante.
 
Cuarta semana
Día veintidós: Ha empezado a negrearse o a oscurecerse aún más, casi hacia los tonos marrón, es inminente la putrefacción del elemento. Ojalá sea pronto. Gloria (mi mamá) insiste en que lo bote, pues ha empezado a salirse por varios poros abiertos un líquido transparente con algunas pintas rojas.
Día veintitrés: El moho en diferentes alimentos tiene la propiedad de cubrir primero lo exterior, para luego atacar el interior. Es gris, verdoso, azuloso, suave y pegachento, desagradable. Acelera los procesos internos del alimento. Fermenta el interior y da paso a olores insospechados y hostigantes.
Día veintiséis: Hoy me despido del tomate, su apariencia es lamentable, su aroma es insoportable. Cada vez que coma tomate, recordaré esta experiencia. Cada vez que vea una arruga recordaré su piel, cada vez que vea unos labios rojos, recordaré su carne, cada vez que vea la felicidad o la tristeza recordaré su esencia, su líquido, su vida. Ha sido mi compañero, le tocó terminar en la basura, él no lo pidió. Era un tomate perfecto, en su color, en su tamaño, en su forma, en toda su apariencia, sobresalía y por eso fue escogido. Terminó mal, el tiempo carcomió sus entrañas. Alegró con sus colores algunos momentos y recordó que la vida está ahí y se transforma a cada segundo. Su tiempo terminó. Su tamaño se redujo, sus colores vivos y alegres se marcharon para dar paso a otros tenues y oscuros, se desangró poco a poco, manchó hojas de papel, pero su imagen fue capturada en mi mente y en el papel fotográfico. Aunque ya no existe, aún permanece.

 

Además de este proceso día a día, semana tras semana, Ruth Ángela incluyó otra serie de observaciones en su cuaderno:

Un tomate sin color… No. El color es como la esencia, como el aliento, es lo que le permite la dinámica. ¿Cuántos colores o gamas de tonos pasan por o a través de la existencia de un tomate? Cientos. Cada segundo los colores van cambiando al igual que la vida, que los sentimientos y los pensamientos. ¿Qué sería de un tomate azul? Probablemente nadie lo comería. El color atrae, el rojo provoca, es sensual, es el color de la vida, del fuego, de la sangre, del calor, de la intensidad, de la acción, de la seducción.
Primera impresión del arrugamiento de la piel del tomate: Se parecen a las arrugas de la piel humana, y me refiero no a las de la vejez, sino a las estrías que se forman en los pliegues de las articulaciones y hasta las microscópicas arrugas de la piel de las manos.
Segunda impresión del arrugamiento de la piel del tomate: Arrugas mucho más avanzadas y profundas, cambio en el color. El paso del tiempo no perdona (diría mi abuela). La piel del tomate se hace más frágil a la luz, al tiempo. Cualquier parecido con la piel del hombre no es coincidencia.
Mirar su interior: El cuchillo pasa suavemente al través. Al igual que su exterior, el interior se hace responsable por los cambios de color del afuera. Se confunden colores y texturas. La carne del tomate es roja, es naranja, es amarilla, sus venas son ocres y atraviesan toda su existencia. Su corazón, lo más claro, lo más duro, lo último en madurarse. No estoy segura, pero creo que el  tomate madura de afuera hacia dentro. Su interior es el último en enterarse de los cambios, de la transformación. A medida que pasa el tiempo es más jugoso. Es decir, menos carne y más agua. Para luego ser menos agua, menos vida.

 

El anterior trabajo sobre el tomate, me ha hecho recordar la descripción de los “Nueve estados de un cuerpo después de su muerte”, elaborada por un chino del siglo XI, y traída a cuento por Baltrusaitis en su libro La edad media fantástica:

“Primer estado: El rostro lívido. Su belleza se desvanece como la de una flor.
Segundo estado: El cuerpo hinchado. El cuerpo, antaño tan bello, es ahora miserable.
Tercer estado: Cuerpo tumefacto. ¡Qué pasajera es la vida!
Cuarto estado: El cuerpo en putrefacción. Los esqueletos de la cabeza y pecho se hacen visibles. ¿No sufriremos, a pesar de todo, el destino de este cuerpo?
Quinto estado: El cuerpo es pasto de los animales. Su vientre se abre. En ningún lugar nuestros cuerpos escaparán a la destrucción.
Sexto estado: El cuerpo está podrido y se vuelve verde. El esqueleto, todavía teñido de sangre, es despojado de su carne. ¿Cómo podemos dejar de pensar que nuestro cuerpo será devorado por los perros?
Séptimo estado: El cuerpo es sólo un esqueleto cuyos miembros todavía están reunidos. Sólo la carne distingue al hombre de la mujer, sus esqueletos son los mismos.
Octavo estado: Los huesos del esqueleto se quiebran y esparcen. Todo lo que más nos gusta contemplar en un cuerpo se pudre y desvanece en polvo.
Noveno estado: Una vieja tumba en medio de la vegetación lujuriosa. Cuando acabamos de visitar una tumba sobre el monte Toribé, ¿vemos sobre ella algo más que gotas de rocío?”

 

No sobra repetirlo: describir es –siendo fieles a su etimología–, dibujar con palabras. O para decirlo al estilo de Covarrubias, “es encarnar o señalar con la pluma algún lugar o caso acontecido, tan al vivo como si lo dibujara”. Porque la descripción es tarea de “escribanía”, y a ella pertenecen “los geógrafos y tipógrafos, y en general los cosmógrafos”.

(De mi libro La enseña literaria. Crítica y didáctica de la literatura, Kimpres, Bogotá, 2008, pp. 151-162).

 

Cruzar palabras

02 domingo Mar 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Pasatiempos

≈ 34 comentarios

Ejercitar la mente, estimular la memoria y ampliar la competencia lexical, parecen ser algunas de las bondades de hacer y resolver crucigramas. He elaborado este juego de palabras especialmente para mis estudiantes del primer semestre de la Maestría en Docencia, de la Universidad de La Salle, con el fin de reiterarles la importancia de cultivar el pensar e invitarlos a que prueben su agudeza resolviendo el crucigrama. El primero que envíe a mi blog las respuestas correctas, tanto horizontales como verticales, obtendrá un ejemplar de mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia. 

DEFINICIONES

HORIZONTALES

1. Verso de arte mayor de nueve sílabas. Rubén Darío lo utilizó  en uno de sus poemas más conocidos: “Juventud, divino tesoro / te vas para no volver. / Cuando quiero llorar, no lloro, / y a veces lloro sin querer”.

10. Conozco.

11. Dar a conocer un acontecimiento o suceso de palabra o por escrito.

12. Llevar a remolque una nave.

14. Jugo de uva; suele tomarse como refresco o aperitivo.

15. Tragedia de Sófocles en la que el personaje principal exclama: “Sin llantos, sin amigos, sin himeneos, me llevan ya, triste de mí, a este viaje inevitable. Jamás me será dado ya, desventurada, ver el sagrado ojo del día; y mi muerte, muerte sin llantos, ningún ser amigo la llora”.

17. Instrumento musical de viento.

18. Así se llamaba popularmente, en la antigua Cartagena española, al niño que deambulaba por los puertos.

20. Título de una novela de terror de Stephen King

21. Dan la forma deseada a un material blando.

23. Familia de árboles ornamentales, de flor en racimos blancos.

25. Los alcohólicos anónimos.

26. Seguidor de Hitler.

27. Interjección para hacer que las caballerías se detengan.

28. Que tiene unas características determinadas que se acaban de mencionar o que son conocidas.

30. Símbolo químico del actinio.

31. Contracción.

32. Mujer que actúa de representante, portavoz o destacada defensora de un grupo de personas, una causa o un principio.

VERTICALES

1. Apodo de un filósofo griego considerado un ejemplo insigne de polimatía.

2. Niño recién nacido.

3. Alteración de la frecuencia de los latidos del corazón.

4. Símbolo químico del selenio.

5. Sigla de la Orquesta de música de cine de Estambul.

6. Lluvia de meteoros que se produce cada año o famoso rey de Esparta.

7. Nombre de cuatro reyes de Armenia que reinaron desde el primer tercio del siglo I hasta el año 389.

8. En informática, unidad mínima de información que puede tener sólo dos valores.

9. Pájaro cantor de plumaje amarillo brillante con alas y cola negras.

13. Grupo étnico de la isla de Panay, en Filipinas.

16. Remo parecido al canalete utilizado en algunas embarcaciones pequeñas de los mares de la India. También era el título concedido a los jefes de las grandes escuelas judías de Babilonia entre 589 y el 1038.

19. Unidad de longitud igual a 149.597.870.700 metros, y que equivale a la distancia entre la tierra y el sol.

22. Mamífero felino parecido al gato o persona astuta, perspicaz y rápida.

24. Proyectil.

27. Deseo fuerte o intenso de algo generalmente inmaterial.

29. Uno de los meses del calendario hebreo o grupo sanguíneo que es receptor universal.

30. Año del Señor.

31. Regala.

← Entradas anteriores
Entradas recientes →

Entradas recientes

  • Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro
  • Simplismo de lo político en las campañas presidenciales
  • Los poetas premios Nobel hablan de su oficio
  • Un libro sobre la urgencia y relevancia de la escucha
  • La visita de la señora Soledad

Categorías

  • Aforismos
  • Alegorías
  • Apólogos
  • APRENDER A ESCRIBIR
  • Cartas
  • Comentarios
  • Conferencias
  • Crónicas
  • Cuentos
  • Del diario
  • Diálogos
  • Ensayos
  • Entrevistas
  • Fábulas
  • Homenajes
  • INVESTIGACIÓN
  • LECTURA
  • Libretos
  • Libros
  • Novelas
  • OFICIO DOCENTE
  • Pasatiempos
  • Poemas
  • Reseñas
  • Semiótica
  • Soliloquios

Archivos

  • 2026
  • 2025
  • 2024
  • 2023
  • 2022
  • 2021
  • 2020
  • 2019
  • 2018
  • 2017
  • 2016
  • 2015
  • 2014
  • 2013
  • 2012

Enlaces

  • "Citizen semiotic: aproximaciones a una poética del espacio"
  • "Navegar en el río con saber de marinero"
  • "El significado preciso"
  • "Didáctica del ensayo"
  • "Tensiones en el cuidado de la palabra"
  • "La escritura y su utilidad en la docencia"
  • "Avatares. Analogías en búsqueda de la comprensión del ser maestro"
  • ADQUIRIR MIS LIBROS
  • "!El lobo!, !viene el lobo!: alcances de la narrativa en la educación"
  • "Elementos para una lectura del libro álbum"
  • "La didáctica de la oralidad"
  • "El oficio de escribir visto desde adentro"
  • “De lectores, leedores y otras consideraciones sobre las prácticas de lectura en la educación superior”
  • "El libreto de radio: una artesanía recuperable"
  • "Las premisas de Frankenstein: 30 fragmentos para entender la posmodernidad"
  • "La semiótica: una ciencia explicativa para comprender los signos de la cultura"
  • "La semiosis-hermenéutica una propuesta de crítica literaria".
  • "Entre líneas: la mirada del escritor"

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Únete a otros 1.005 suscriptores

 

Cargando comentarios...