• Autobiografía
  • Conferencias
  • Cursos
  • Del «Trocadero»
  • Del oficio
  • Galería
  • Juegos de lenguaje
  • Lecturas
  • Libros

Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: fernandovasquezrodriguez

Devoción por la poesía

22 jueves Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

≈ 12 comentarios

Etiquetas

Comentarios de poemas, Leer poesía, Vivir de poesía

Imagen de Brad Holland

¿Qué ha pasado con la devoción y el gusto por la poesía, tan habitual y cotidiana en tiempos pasados? ¿Dónde están aquellos poemas que nuestros mayores guardaban en la memoria como si fueran talismanes o consignas para su vida? ¿Por qué esta despreocupación o alejamiento de las aguas siempre frescas de la poesía?

Pueden ser muchas las respuestas. Me aventuro a decir que una de ellas es el descuido de los padres al no inculcar o sembrar en sus hijos más pequeños una semilla de este fruto lírico. También es posible que los maestros y maestras ya no tengan entre  sus objetivos prioritarios la educación de la sensibilidad y el acercamiento a este nombrar hecho de metáforas y ritmos concentrados. O puede ser que la razón mayor sea esta misma época en la que vivimos, tanto más acelerada y consumista como superficial y deshumanizada. Quizá sean estos tiempos tan obnubilados por el fetichismo de la televisión y los mensajes liliputienses, los que hayan puesto a la poesía en la picota de las cosas complicadas y difíciles o en la buhardilla de los artefactos inútiles.

Precisamente y como una alternativa a dicho vacío poético es que me he animado a escribir Vivir de poesía. He intentado construir una obra que pueda tener diversos usos: en principio, que pueda leerse como una antología poética, como un abanico de 40 poemas dignos de retener en nuestra mente, o al menos de frecuentar en nuestros ratos de solaz o soledad. La selección de esos 40 poemas ha sido el resultado de una labor investigativa concienzuda y de varios años de lecturas y relecturas de poemas. Porque lo más difícil fue encontrar aquellos poemas que se adecuaran al objetivo central de mi pesquisa: tener como motivo el ser faros o guías para iluminar nuestra existencia; poemas que sirvieran de orientación vital o que albergaran en sus versos una lección profunda para el difícil arte de aprender a vivir o convivir. En consecuencia, utilizar este libro como una antología poética es una primera clave de acceder a sus páginas.

La segunda forma de abordar esta obra es la de considerarla como un repertorio de ejemplos de comentarios a textos poéticos. Un ejercicio de comprensión y análisis de poemas. He pensado que podría ser interesante, no sólo seleccionar los poemas, sino además compartirles a los lectores algunas pistas de entrada o al menos unos subrayados para hacer más legible y rica la textura comunicativa de los versos. En este caso, el comentario sirve de caja de resonancia al poema y, a la vez, de guía de lectura o aproximación a su sentido profundo.

La tercera entrada al libro es la de retomar los 40 ensayos, con sus respectivos títulos, como una guía del saber vivir, o como unas reflexiones sobre la vida buena de la que hablaba Aristóteles y los filósofos contemporáneos de las éticas del cuidado y la virtud. Ensayos enfocados en determinadas situaciones o experiencias por las que todo ser humano debe pasar: las pérdidas amorosas, la vejez, el desánimo, las dudas existenciales, los pequeños vicios, los remordimientos y la culpa, el egoísmo, la tentación del dinero fácil… O asuntos relacionados con esa tarea permanente de forjar nuestro espíritu o afinar el temperamento y el carácter: la impaciencia, el estudio, la bondad, la esperanza, la trascendencia, la verdad, la alegría… Si es ésta la vía elegida por los lectores, el libro puede servir de motivación y consejo ante eventos problemáticos o circunstancias propias del difícil arte de aprender a vivir.

Sea como fuere, me gustaría que esta obra contribuya en algo a acercar la poesía a las nuevas generaciones, o para recordarles a los más adultos la existencia del manantial revelador de la palabra lírica. Esa es la mayor aspiración que tuve al escribir Vivir de poesía. Y esa es también la invitación que les deseo hacer a los lectores: a llevar en su mente y en sus corazones la reserva de algunos versos, a frecuentar la vía poética, a propiciar la lectura de poemas en sus hijos o alumnos, a izar la bandera de la palabra íntima, a descubrir la cifrada sabiduría del canto vuelto verso. Porque la poesía, y eso no sobra repetirlo, es más que palabras bonitas o rimadas, mucho más que los mensajes provocados por los amores adolescentes. La poesía es otra forma de conocimiento. Otra manera de entender y comprender lo que somos.

Llevar un blog

21 miércoles Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 41 comentarios

Llevo ya dos meses escribiendo en este blog. Bien vale la pena, por lo mismo, hacer un balance y, a la vez, reflexionar sobre las características y el sentido de una bitácora virtual.

En principio, he sido fiel a uno de los principios del diario, es decir, el de consignar regularmente las opiniones, reflexiones, comentarios y producciones escritas que van emergiendo en el transcurso de la propia vida. A veces he “subido” más de cuatro escritos en una semana mezclando ensayos, cuentos, análisis o compartiendo relatos e imágenes relacionadas o bien con dimensiones autobiográficas, con mi gusto por la docencia o con mi pasión indeclinable por la literatura.

Dadas las distintas preocupaciones o intereses me vi en la necesidad de diversificar el blog en varias páginas, cada una de las cuales con un propósito determinado. Así, por ejemplo, la página titulada «Autobiografía» además de ser una carta de presentación a los lectores busca hacer un homenaje a las personas, situaciones o ambientes claves en mi itinerario existencial. Otras páginas, como “Del Trocadero”, tienen el propósito de recobrar algunos de los textos publicados en aquella revista que fue el sueño de un grupo de amigos por allá en los años 80. “Juegos del lenguaje” recupera una afición personal por las palabras cruzadas o –como le gustaba creer a Georges Perec y su grupo Oulipo– por las potencialidades creativas del lenguaje. La página de “Cursos” es una bitácora de algunos de los cursos que imparto o de mi tarea como formador de maestros. Otra de las entradas es la de “Lecturas” en la que tengo como objetivo participar a otros de mis lecturas, del plan lector que me he impuesto diariamente, para ello me he valido de mis propios subrayados. Está de igual modo la página “Libros” en la que muestro un ejemplo de mi producción intelectual; y la página “Galería” en la que recojo mis predilecciones por obras y autores del mundo de la imagen, la fotografía y la plástica. De igual modo, he dejado un lugar a otra página que he denominado “Del oficio” para mostrar ciertas experiencias de escritura en las que se dan indicios de mis propias búsquedas con la ficción o comparto carpetas de mi mesa de trabajo literaria.

Esta variedad de páginas –y otras que tengo en mente– además de diversificar los contenidos, es una manera de jugar con el lector para que descubra qué hay de nuevo en el blog o en cuál de los cajones de la bitácora puede haber alguna sorpresa escritural.

He de confesar que mantener tal regularidad en la escritura no me ha sido difícil puesto que ya desde hace muchos años he llevado un diario. Lo que ha cambiado es el formato y, desde luego, la interacción inmediata con los lectores. Este cuaderno de a bordo –a diferencia del anterior que muy excepcionalmente compartía– está puesto a los ojos de todos. Y aunque muchos no realizan los comentarios en el blog, o prefieren hacerlo más privadamente en mi correo, sé por las estadísticas que la herramienta me ofrece que hay lectores en México, España, Estados Unidos, Argentina, Canadá, Honduras, El Salvador, Bolivia, Chile, Guatemala, Venezuela, Ecuador y Perú, para mencionar algunos de los países que recuerdo en este momento. Creo que para llevar dos meses de existencia el contar con cerca de cinco mil visitas, parece un buen indicador de lo útil o interesantes que han resultado las diferentes entradas de este espacio virtual.

También he sido fiel a uno de los mandatos de tener un blog: el de responder a los comentarios de los lectores. No he dejado ninguno de ellos sin respuesta. Tal tarea no ha sido sólo un gesto de educación sino  una forma de continuar el flujo de la propia escritura. En cada comentario he podido apreciar las ramificaciones de mis ideas en los lectores y, así sea sucintamente, hacerles el contrapunto o las resonancias a esas voces. Dada la dificultad en responder con perspicacia y sentido cada mensaje, he llegado a pensar que escribir esos comentarios constituye un género especial muy cercano al aforismo, el apotegma o el epigrama.

Pero volvamos al ser mismo del blog, a su apariencia y propiedades. Es sabido que un blog guarda relación con la escritura de diarios y con los cuadernos de bitácora de los marineros en los que debían anotarse “los cambios de rumbo, las distancias navegadas, los cambios de tiempo” y otros detalles de la travesía a medida que iban sucediendo. Esta evocación a los diarios de a bordo pone en evidencia que el blog da cuenta de las peripecias y las situaciones por las que transcurre el viaje de nuestra vida. Es un testimonio de lo que nos acaece o de la manera como narramos todo lo que nos sucede en cada singladura o, lo que es lo mismo, desde un mediodía al día siguiente.

Cada entrada del blog, para seguir con la analogía, hace las veces del mensaje resguardado en una botella que los náufragos tiraban al mar para ver quién la recogía y daba alguna respuesta a tal llamado. Por supuesto, el mar en este caso corresponde al mar de la información y, a diferencia de los abandonados en esas islas desiertas, hay más probabilidades de recibir a vuelta de correo una frase o una contestación. Considero que el blog, desde esta perspectiva, es una especie de petición de diálogo a la siempre monologante labor de la escritura. Escribimos, esa es nuestra necesidad, pero anhelantes de tener en el presente o el inmediato futuro un alguien con el que sea posible –así sea con contadas palabras– hacer vívida la función conativa o apelativa del lenguaje. Cada entrada entonces, le dice al posible receptor: “esto es lo que yo pienso”, y “¿tú?, ¿compartes lo que digo?, ¿agregarías algo a lo expuesto?, ¿qué resonancia ha tenido esto en tu mente o en tu espíritu?”.

Pienso, de otra parte, que el blog en su conjunto se construye a la manera de teselas que van conformando una unidad. Las diversas entradas, los comentarios, las páginas, los enlaces, son fragmentos de un mosaico. Y al igual que lo propio de este arte pictórico, las piezas pueden ser regulares o irregulares, dejando eso sí pocos intersticios para que se aprecie mejor la figura o para que el color de las idea tengan mayor brillantez. Aunque el blog está hecho de partes o fragmentos aspira, poco a poco, a lograr armar una composición interesante o útil. Para decirlo de manera sentenciosa: en el blog las partes obedecen a una perspectiva de totalidad.

Cabe agregar que la manera como se escriba en un blog, el estilo o el tono empleados, va prefigurando un tipo de lector. Aquí se cumple la idea del lector modelo propuesto por Umberto Eco. Si el blog se elabora muy desde el comentario burdo o una escritura descomedida, lo más seguro es encontrar lectores que nos insulten o conviertan ese pequeño espacio virtual en un escenario para la ofensa y el escarnio. Si se usa el blog sólo para copiar y compartir páginas ajenas, pues el lector apenas si dejará oír su voz. Pero si el deseo es exponer las propias reflexiones o creaciones escriturales, el bloguero podrá aspirar a encontrar lectores que no sólo degusten sino que ansíen dejar consignado en dicho cuaderno de visitas lo que les produjo dicho bocado escritural. Desde luego –y eso es natural en las prácticas de lectura–, es probable que el lector del blog tome caminos diferentes a los previstos por el autor. Digamos que no sea un lector macho, sino un lector hembra de los que hablaba Cortázar; o que sea tan audaz como para asumir  el rol de un lector de indicios y logre descubrir asuntos que ni el mismo bloguero podría imaginar.

Quisiera cerrar este primer balance de mi blog agradeciendo a los lectores que se han tomado un tiempo para dejar consignadas sus opiniones o apreciaciones; algunos los conozco y otros, la mayoría, han dejado su impronta a la manera de un regalo anónimo. Deseo agradecer además a los colegas y amigos que me han ayudado a ir afinando esta herramienta tecnológica, ofreciéndome un consejo, una clave o un procedimiento que potencia las posibilidades de este cuaderno de a bordo, de este diario abierto al cambiante rumbo de los vientos… Sea como fuere, el viaje continúa.

Derivar a partir de cualquier cosa

16 viernes Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 4 comentarios

Chéjov, el miniaturista

Es conocida la afirmación de Chéjov, el médico y cuentista ruso, según la cual, él podía escribir un cuento de cualquier cosa. Un cenicero, por ejemplo. Y que podía hacerlo en menos de un día. Muy seguramente eso fuera cierto. Sobre todo después de manejar el oficio, de haberse enfrentado a muchas faenas con tantas personas y situaciones cotidianas. Pero más allá de la anécdota, lo que vale la pena resaltar es esa invitación de Chéjov a atreverse a escribir sobre asuntos u objetos relativamente poco importantes.

Retomemos el motivo en cuestión; un cenicero. Sabemos que es un objeto dependiente, subsidiario de otro: el cigarrillo o el tabaco. Tal vez podríamos lanzarnos a mirar en esa dependencia un símbolo de alguna persona o la manera particular de una relación. Qué tal si el personaje, que debía ser un fumador consumado −por supuesto−, cuando hablaba del amor que sentía por su pareja, cuando reflexionaba sobre sus sentimientos, veía cómo la mujer le ofrecía “amablemente” un cenicero. El hombre pensaba que era por la obsesión de ella por la limpieza del apartamento. Pero el cuento podía cifrar en el cenicero una relación de dependencia… Aunque cabría otra manera de enfrentar el asunto: que el dicho cenicero fuera un objeto herencia, de esos que se traen como obsequio cuando se visita a un país extranjero y su funcionalidad es desplazada por el escudo de un país, el distintivo de un museo o la marca especial de una empresa… Que ese cenicero tuviera un valor sentimental para la mujer… algo así como una joya de pocos quilates, pero valiosa al fin de cuentas. Aunque cabría otra aproximación: preguntarnos en la importancia de los ceniceros cuando discutimos con alguien que amamos, especialmente de los que están en las barras de los bares o en las mesas de ciertos restaurantes. El objeto, entonces, se convierte en un amuleto, una especie de talismán para afrontar la recriminación, el llanto o el afilado estoque de la culpabilidad. A veces el cenicero haría las veces de escudo; en otras oportunidades, se convertiría en excusa, en una extensión del silencio. Un silencio redondo y transparente. Un silencio en el que vamos guardando las palabras no dichas: las cenizas de nuestra desconfianza o las verdaderas razones de nuestro miedo. Podríamos ir más allá: contar la historia de un cenicero de plata, su pérdida misteriosa y cómo el protagonista lo encuentra después por casualidad en una tienda de antigüedades; o las cenefas extrañas de un cenicero de barro, comprado en un mercado de las pulgas, que dependiendo de la persona que lo usara, asumían diferentes tonalidades… O la historia del vicioso fumador que un día, recibió por internet, una imagen preventiva del consumo de cigarrillo: un cenicero con forma de pulmones. El impacto fue tan fuerte que deseó conocer al creador de esa campaña. Descubrió que era una mujer, una mujer que él había olvidado pero ella seguía amándolo…

Ahora bien, como de lo que se trata es de atreverse a escribir sobre objetos aparentemente sin importancia, bien valdría la pena ahora −y es un ejercicio que uso en los seminarios de investigación− hacerle una “analítica al concepto”. Exploremos, entonces, en una analítica al cenicero. Lo primero que se me ocurre es que es un tipo de recipiente; un receptáculo para recoger excedentes… Un objeto para “echar las cenizas del cigarro y las colillas”. Este punto, ahora que lo escribo, me parece relevante: en el cenicero queda una parte del cigarrillo, es como el cementerio del tabaco. Y la manera como se apilan las colillas se asemeja mucho a las fotografías de los judíos muertos en los campos de concentración.  El cenicero, a pesar de ser tan diminuto, también es una fosa. “En un cenicero también reposan las cenizas”. Otro camino de pensamiento analítico es el de centrarnos en la forma del cenicero: una pequeña bandeja, un platillo, una fuente. Desde este ángulo, el cenicero guarda una relación inversa con esos objetos utilizados para ofrecer o servir alimentos o bebidas; el cenicero participa de la lógica del menú, del coctel, de las pequeñas viandas que se brindan como aperitivo, pero no desde el envite sino desde la recolección. El cenicero forma parte del menú o el banquete pero desde la perspectiva del acopio, el amontonamiento, el recaudo de pavesas o residuos. Y mientras escribo estas cosas pienso en el tipo de envase que es el cenicero; en su encierro de poco calado, en esas ondulaciones huecas que sirven de descansadero al cigarrillo. El cenicero es una reducida muralla, una fortaleza diseñada para que sea fácil entrar o caer, pero una vez adentro, sea difícil salir. Las cenizas y las colillas de los cigarros son presos grises, son escoria condenada a su mazmorra diminuta.

Por supuesto, la deriva de esta analítica puede seguir explayándose. Hasta podríamos lanzarnos en clave analógica y llegar a la conclusión de que nuestra frente, especialmente en época de Cuaresma, sirve o se convierte en otro tipo de cenicero. Es un receptáculo de fe pero, además, de humildad frente a nuestra condición finita. De alguna forma también somos un rollo de tabaco y el tiempo es el fuego que nos va consumiendo. “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”, dice la mano del tiempo, mientras impone o deja caer en forma de cruz la ceniza sobre nuestra frente. “Pulvis es et in pulverem reverteris”.

Regular la barbarie por un decálogo

14 miércoles Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Comentarios

≈ 12 comentarios

Theodore Roberts es Moisés…

Comentario a Los diez mandamientos de Moisés, de Thomas Mann (Editorial Leviatán, Buenos Aires, 1985).

Sinopsis

El relato da cuenta de la historia de Moisés: desde su nacimiento irregular hasta sus peripecias como líder del pueblo de Israel para llevarlo a la Tierra Prometida. Además de dedicar una buena parte del texto a recrear diversos episodios bíblicos relacionados con la obstinación del faraón para dejar libre al pueblo hebreo y salir de Egipto, el relato se centra en el peregrinaje por hallar un territorio en medio del desierto y en la dura tarea de educar a este mismo pueblo en una ley. Es una constante en el texto, la forma como Thomas Mann presenta los conflictos por los que pasa un gobernante frente a la variable opinión de una masa que trata de gobernar.

Comentario

Dos fuerzas mueven a Moisés: la ira y un sentimiento religioso que, por momentos, se vuelve obcecación. Estas dos fuerzas lo acompañan durante toda la obra. Y cada una de ellas lo impulsa o lo desvía de su meta final. Es la ira la que lleva a Moisés a matar, y la que lo hace romper las primeras tablas de la ley; ira expresada en sus palabras o ira contenida en sus acciones. Y de otro parte, es ese sentimiento religioso de aspirar a lo puro el que lo pone en situaciones no comprendidas o fácilmente aceptables por su familia o por el pueblo mismo. Un sentimiento que lo gobierna y, al mismo tiempo, lo torna implacable, indolente.

Y lo interesante del texto de Thomas Mann es poner a este hombre, con esas características, a liderar o llevar hacia una tierra prometida a una comunidad iletrada y fácilmente dada a los arrebatos de las pasiones más primarias. Allí, está el conflicto. Ese hombre que en sí mismo es una tensión y una angustia, debe crear y educar a sus semejantes en una ley. Moisés, en este sentido, representa la promulgación y la interiorización de una serie de normas. Con todo lo que conlleva de enfrentamientos, cuestionamientos y emergencia de atavismos o tradiciones inveteradas. Hasta podríamos decir que el relato nos muestra, a partir de una diáspora, cómo una comunidad pasa de la barbarie a ser regulada por un decálogo.

Por supuesto, lo que a primera vista parece una tarea sencilla, se torna poco a poco en un escenario de lucha ideológica, religiosa, política. Allí se ve cómo no es posible socializar unas normas si no se tiene el apoyo estratégico militar, representado en un personaje como Josué; también la importancia que tiene para el funcionamiento de una comunidad la organización de la justicia y, finalmente, la consecución o elaboración de un código que, en esencia, no es otra cosa que el vínculo entre los que conforman un pueblo. Ya con esa carta de mandamientos, con esa ley inspirada en una dimensión trascendente, es posible entrar a la tierra prometida.

Claro está que la observancia de la ley, especialmente en aquellos que la elaboran o dictaminan, no es infalible o de perfecto cumplimiento. Thoman Mann nos muestra los vaivenes del pueblo y las contradicciones que sufre Moisés, especialmente por su sensualidad, por esa otra manifestación de su sangre caliente. Es fácil predicar la pureza, parece advertirnos Mann, pero es difícil no sucumbir a los labios sensuales de una negra etíope. Y por más que demos explicaciones a nuestras “licencias” siempre estaremos predispuestos a caer en la tentación, a olvidar las normas, a odiar al que nos liberó de nuestra esclavitud animal, a volver a lo más inmediato de nuestros apetitos o a nuestra impronta de manada, a ese cierto anonimato muy cercano al gregarismo.

Porque eso también trae o conlleva la aceptación de una ley: diferenciación cultural. Cuando un pueblo establece ese vínculo legal, inmediatamente se distingue de otras comunidades. El decálogo o el código son representaciones de algo más profundo que las meras reglamentaciones o las escuetas normas; son, en verdad, un conjunto de principios que unifican y dan identidad a una comunidad  específica. Por eso, en el relato, se insiste tanto en llegar a esa tierra prometida; porque esa ley, esos mandatos, son legibles dentro de ese territorio. Y por eso también, Moisés necesita por lo menos cuarenta días para elegir una escritura que esté acorde a sus necesidades de moralista. Cabe decir, además, que la ley le impone otra tarea: enseñar al pueblo esa lengua capaz de descifrarla.

Concluyamos señalando otro asunto: aunque el texto describe las situaciones externas que sufre una comunidad al verse sujetada a un código nuevo, a una ley desconocida hasta entonces, el verdadero afán de Moisés ‒o la sutileza de Thomas Mann‒ es mostrarnos cómo la interiorización de una ley es el objetivo último de este líder preocupado por lo puro y lo santo. El decálogo adquiere su asidero raizal cuando su infracción provoca “hielo en el corazón” del que lo transgrede; cuando trae consigo la culpa. La clave de asumir una normatividad o de no traspasar los límites de una ley es que logre inscribirse también en la sangre y en la carne de las personas que vincula.

La narrativa humaniza la biología

12 lunes Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

≈ 10 comentarios

En la amplia autobiografía de Doris Lessing, hacia el inicio del primero de sus volúmenes, la escritora británica advierte que dicho ejercicio de escritura es una tarea de “creación de su propia vida”. Una labor de “crear el recuerdo”. En este sentido, cuando relatamos la propia vida, lo que hacemos en verdad es una reconstrucción de nuestra identidad; una identidad que, entre otras cosas, no necesariamente empieza con nuestro nacimiento. Dicho de otra manera, el relato nos permite refigurar lo que nos fue dado como herencia o determinación y, mediante la alquimia de la escritura, lograr transformar nuestra vida en un campo que es toma de posesión de la subjetividad y emergencia de la autonomía.

El relato o, para ponerlo en un espectro más amplio, la narrativa es un útil potente de nuestra mente para dotar de sentido el tiempo. Al narrarnos le aplicamos a la cronología genérica e impersonal el matiz de la duración, tanto más particular cuanto impregnada de marcas personales. La narración humaniza la biología; le da rostro al cuerpo. Cuando acudimos a la narración lo que hacemos es apropiarnos de un útil capaz de darnos distancia comprensiva, perspectiva sobre nuestro propio acontecer. Ahora las acciones y las circunstancias, las personas y las peripecias cotidianas comienzan a tomar forma dentro de ese paisaje que cuando lo recorríamos no podíamos apreciar en su totalidad. Al llevar nuestra vida hasta el yunque del relato lo que hacemos es crear las condiciones para forjar una historia, para sabernos dueños de la elección de un pasado y la prefiguración de un porvenir. El que se relata se singulariza, se apropia de la tradición en la misma medida que la dota de sentido. Y lo que en su momento parecía una anécdota intrascendente o un hecho sin importancia, cuando lo volvemos a mirar con el lente de la narrativa, descubrimos con asombro que fue un incidente determinante a la hora elegir un camino o afirmarnos en una vocación. El relato jerarquiza lo vivido; le da a la inmaterialidad del tiempo, peso. Aquilatamiento.

Precisamente, cuando se trabaja en el aula o se miran en detalle relatos de maestros es donde puede evidenciarse este poder reconfigurador de la narrativa. En esas historias, por ejemplo, podemos leer historias de vida centradas en algún hecho o acontecimiento de la escuela en las que después de relatada la anécdota, emergen espontáneamente las reflexiones profundas sobre la propia práctica, los descubrimientos de fondo sobre la condición humana, las preguntas que movilizan un cambio de actitud o de ser. Leyendo esos relatos se logra aprender, entre otras cosas, cómo ciertas palabras de los maestros “pueden hacer tanto daño en un chiquito que apenas comienza vivir”; o dar cuenta de cómo un gesto puede ayudar a otro; darle valor, transformarlo o posibilitarle un cambio positivo en su vida. De igual modo se puede evidenciar que hay que aprender “a escuchar lo inaudible” de los más pequeños, “a ir a más allá de lo que vemos”;  o a tener presente que muchas veces se castiga de manera rápida e injusta a un alumno porque se desconoce que su silencio, su agresión con los compañeros o su bajo rendimiento escolar, es fruto de un encierro familiar continuo y una falta mayúscula de cariño por parte de sus padres. Esas historias de vida, en últimas, pueden ayudar a entender mejor el oficio de ser maestro. A subrayar cuánto marca positiva o negativamente un profesor; a mostrarnos que siempre se sigue aprendiendo de la tarea de enseñar; a recalcar que los docentes trabajan con una materia sensible y frágil, una argamasa  no siempre maleable a sus intenciones o a los intereses de la escuela.

De otra parte, la escritura de anécdotas, experiencias, situaciones difíciles, imágenes fundacionales, pueden ser un dispositivo interesante para provocar o explorar en las clases el contacto con la narrativa. Estrategias que buscan, ante todo, indagar en un comportamiento de un pequeño alumno que no se logra comprender o que sufre una reacción inexplicable. Porque la narrativa permite poner afuera el corazón de los estudiantes; porque les habilita desahogarse para contar o decir esos secretos relacionados con el padre que está preso, con ese intento de violación por parte de un familiar, con aquel temor a un retraso mental o compartir una genialidad extraordinaria que tiene que ocultarse hasta el mutismo absoluto. La narrativa permite o posibilita que el cuerpo, los afectos y los sentimientos entren también al aula. Digamos que es una vigorosa herramienta de trabajo para que el pedagogo ajuste su función de impartir conocimientos con aquella otra tarea ineludible de colaborar en la formación de un carácter o el desarrollo personal.

Empecé citando a Doris Lessing, permítanme cerrar este ensayo con un apartado de la conferencia preparada por la novelista inglesa para la ceremonia de entrega del premio nobel. Dice la escritora hacia el final del discurso: “el narrador vive dentro de todos nosotros. El creador de historias va con nosotros. Supongamos que nuestro mundo padeciera una guerra, los horrores que todos podemos imaginar con facilidad. Supongamos que las inundaciones anegaran nuestras ciudades, que el nivel de los mares se elevara…, el narrador sobrevivirá, porque nuestra imaginación nos determina, nos sustenta, nos crea: para bien o para mal y para siempre. Nuestros cuentos, el narrador,  nos recrearán cuando estemos desgarrados, heridos, e incluso destruidos. El narrador, el creador de sueños, el inventor de mitos es nuestro fénix, nuestra mejor expresión, cuando nuestra creatividad alcanza su punto máximo”. Eso parece ser un aspecto medular de la narrativa: el de servirnos de apoyo para recrearnos, para hacernos dueños de nuestro proyecto vital. Con el relato podemos reconducir nuestra existencia, volver nuestros errores nuevos adoquines para una futura torre, resignificar lo que parecía un saber absoluto o definitivo.

← Entradas anteriores
Entradas recientes →

Entradas recientes

  • Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro
  • Simplismo de lo político en las campañas presidenciales
  • Los poetas premios Nobel hablan de su oficio
  • Un libro sobre la urgencia y relevancia de la escucha
  • La visita de la señora Soledad

Categorías

  • Aforismos
  • Alegorías
  • Apólogos
  • APRENDER A ESCRIBIR
  • Cartas
  • Comentarios
  • Conferencias
  • Crónicas
  • Cuentos
  • Del diario
  • Diálogos
  • Ensayos
  • Entrevistas
  • Fábulas
  • Homenajes
  • INVESTIGACIÓN
  • LECTURA
  • Libretos
  • Libros
  • Novelas
  • OFICIO DOCENTE
  • Pasatiempos
  • Poemas
  • Reseñas
  • Semiótica
  • Soliloquios

Archivos

  • 2026
  • 2025
  • 2024
  • 2023
  • 2022
  • 2021
  • 2020
  • 2019
  • 2018
  • 2017
  • 2016
  • 2015
  • 2014
  • 2013
  • 2012

Enlaces

  • "Citizen semiotic: aproximaciones a una poética del espacio"
  • "Navegar en el río con saber de marinero"
  • "El significado preciso"
  • "Didáctica del ensayo"
  • "Tensiones en el cuidado de la palabra"
  • "La escritura y su utilidad en la docencia"
  • "Avatares. Analogías en búsqueda de la comprensión del ser maestro"
  • ADQUIRIR MIS LIBROS
  • "!El lobo!, !viene el lobo!: alcances de la narrativa en la educación"
  • "Elementos para una lectura del libro álbum"
  • "La didáctica de la oralidad"
  • "El oficio de escribir visto desde adentro"
  • “De lectores, leedores y otras consideraciones sobre las prácticas de lectura en la educación superior”
  • "El libreto de radio: una artesanía recuperable"
  • "Las premisas de Frankenstein: 30 fragmentos para entender la posmodernidad"
  • "La semiótica: una ciencia explicativa para comprender los signos de la cultura"
  • "La semiosis-hermenéutica una propuesta de crítica literaria".
  • "Entre líneas: la mirada del escritor"

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Únete a otros 1.005 suscriptores

 

Cargando comentarios...