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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: APRENDER A ESCRIBIR

Autoentrevista al escritor de aforismos

27 lunes Feb 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Libros

≈ 14 comentarios

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¿Desde cuándo le gusta escribir aforismos?

No tengo una fecha precisa. Pero ya de joven me gustaba coleccionar frases célebres o “citas citables” de las que salían en las Selecciones que leía mi madre.

¿Pero ya escribía aforismos desde aquella época?

No. Coleccionaba esas citas. Recuerdo que empecé a coleccionar una serie de pequeños libros llamada “Los muros tienen la palabra”, en los que se recolectaban frases de mayo del 68, en París.

¿Consignas?, ¿graffitis?

Sí. En la puerta de mi habitación, que entre cosas pinté de gris, puse en letras negras algunos de esos pensamientos: “Sean realistas: exijan lo imposible”; “Un pensamiento que se estanca es un pensamiento que se pudre”.

¿Eran como consignas a seguir?

Eran más bien, pensamientos con los que me identificaba o frases-símbolo inspiradoras.

Y la escritura de aforismos, ¿cuándo empezó?

Muchísimo más tarde. Pero déjeme le cuento otra cosa. Por aquel entonces yo ya trabajaba y pude adquirir un libro de ediciones Aguilar, un texto grueso titulado: Diccionario de la sabiduría. Allí me deleité leyendo frases cortas e ingeniosas que azuzaban mi mente o me llevaban a meditar sobre diferentes temas.

¿Cómo estaba hecho ese diccionario?

Estaba organizado por orden alfabético, por temas. Y bajo cada temática se incluían diferentes autores que habían dicho algo al respecto. En ese diccionario, al inicio, supe del vocabulario que agrupaba esta escritura breve y sentenciosa: las máximas, los pensamientos, los proverbios, los apotegmas, el aforismo.

¿Recuerda alguna frase de ese diccionario?

Sí, muchas… “El falso amigo es como la sombra que nos sigue mientras dura el sol”; “En los comienzos de un amor, los amantes hablan del porvenir; en su declive, hablan del pasado”…”El hombre: un milímetro por encima del mono cuando no un centímetro por debajo del cerdo”…

Tiene usted buena memoria.

No tanta. Lo que sucede es que el aforismo está hecho para ser recordado; tiene un poder, por decirlo así, mnemotécnico. Su forma de construcción hace que sea fácil retenerlo en la mente por mucho tiempo.

Ya veo… ¿pero ya en aquel entonces usted escribía aforismos?

Más que escribir los propios, transcribía los ajenos. En un cuaderno oficio empecé a llevar un diario y allí, con alguna regularidad, copiaba esas frases que me habían llamado la atención. Y ahora que me lo pregunta, creo que esa actividad de transcribir me fue acercando a las particularidades de esta tipología de textos.

¿Qué autores eran los que más transcribía?

Tengo presente a Nietzsche. Varios de sus cortos textos servían como epígrafes a mis reflexiones o, sencillamente, ocupaban un lugar significativo en las hojas de aquel diario.

Y si lo invitara a que me compartiera algunos de esos textos de Nietzsche, ¿los recordaría?

Creo que sí… “Siempre hay un poco de locura en el amor, pero siempre hay un poco de razón en la locura”; “Cuánto más nos elevamos, más pequeños parecemos a las miradas de los que no saben volar”; “Lo que no me mata, me fortalece”…

¿Leía, entonces, mucho a Nietzsche?

Y lo sigo leyendo aún hoy. Es un buen ejemplo del pensar crítico y una escuela para el que desea escribir aforismos.

Bueno. Pero no me ha contestado me pregunta: ¿cuándo empezó a escribir aforismos?

Debo contarle otra cosa, antes de responderle su inquietud. Yo creo que la lectura de poemas fue también un insumo o una influencia en mi escritura aforística. En la puerta que le comento escribí unos versos que me habían impactado: “Del hombre aprende el hombre la palabra, pero el silencio sólo en Dios lo aprende”.

¿Y de quién eran esos versos?

De Luis Cernuda, un poeta español. Unos versos que hacían parte de su poema “Río vespertino”.

¿Había otros poemas que le llamaran la atención?

Muchos. Varios versos de César Vallejo y otros de Pablo Neruda y otros más de Baudelaire: “Al fondo del abismo, ¡cielo, infierno!, ¿qué importa?”

¿Por qué considera usted esta lectura de poemas tan importante en su escritura aforística?

Aunque no lo sabía en ese momento, el poema y el aforismo se parecen en su concentración expresiva. Los dos son un esfuerzo de concisión por decir con lo mínimo un máximo de sentido. Los dos, por lo demás, son un cuidadoso trabajo con las palabras y una consciente preocupación por la composición lingüística.

¿Recomendaría a los que se inician en escritura de aforismos la lectura de poemas?

Sin lugar a dudas. De otra parte, la lectura frecuente de poemas dota al escritor novel de un oído para el ritmo de la frase, para descubrir cuándo un cambio en la sintaxis evita la cacofonía o la disonancia.

Nunca pensé que fuera tan importante la poesía para los aforistas.

Es que el poeta, como el aforista, debe afinar bien la pluma para captar la esencia de una situación o una temática. Pienso ahora en el poema “Mi arcángel” de Luis Cernuda. El primer verso dice: “No solicito ya ese favor celeste, tu presencia”. Si lo analiza, ya en ese verso está implícito un aforismo. El definir la presencia de alguien querido como un “favor celeste” es un acierto, ¿no?

Ya lo creo. Pero volviendo a nuestro asunto, ¿cuándo empezó a escribir aforismos?

Yo creo que fue en ese diario que le venía refiriendo. Tengo precisamente por acá, en mi escritorio, dicho cuaderno. A ver le leo algunos de esos primeros aforismos. ¿Tiene tiempo?

No se preocupe.

“Díjole la guillotina al sombrero: nuestros destinos son incompatibles pero giran sobre el mismo punto”, “El sueño es una coma en el dictado de la vida”, “La corbata es la horca más liviana de las buenas costumbres”…

Por lo que acabo de escuchar, el aforismo nace como una meditación sobre un determinado asunto.

Me parece que sí… Si es que por pensamiento entendemos una reflexión continuada e incisiva.

Me puede ampliar esa idea.

Vamos a ver si puedo hacerlo. Supongamos que yo deseo escribir algún aforismo sobre el perdón… Lo primero que hago es poner dicha temática en el objetivo de mis reflexiones. Saco tiempo para pensar en eso: ¿qué es el perdón?, ¿por qué es difícil perdonar?, ¿qué lleva a perdonar?, ¿hay modalidades de perdón?, ¿hay afrentas imperdonables? Es decir, me ocupo en la temática día y noche… camino la temática.

¿Siempre es así?

Casi siempre. Me ayuda también pensar en opuestos. Usted sabe que a los aforistas les gusta presentar sus resultados en contrastes, en antítesis… O sea que pienso en el perdón y el rencor o en el perdón y el odio o en el perdón y el resentimiento. Las oposiciones ayudan a encontrar significaciones inadvertidas. Piense, por ejemplo, en la oposición perdón-rencor. Los rencorosos tienen muy lejos el perdón, por más que se lo propongan. El rencor los enceguece, los torna duros, inflexibles. El rencoroso vive en el pasado, preso del mal o del daño ocasionado. Para los rencorosos el perdón es imposible porque siguen teniendo la mirada en el pasado… y el perdón está adelante, en el futuro.

¿Qué interesante!

También me funciona mucho ver el tema en la perspectiva de los símiles. Debe ser por la escuela de la poesía, ¿no? Bien, entonces, ¿a qué puede parecerse el acto de perdonar?, a sanar una herida, a quitar un grillete… Podríamos, en consecuencia, así sea de manera provisional, decir que perdonar es liberar de un lastre; que perdonar trae una doble manumisión: para la víctima y para el victimario. La primera se libera de algo que lo atormenta o lo atenaza; el segundo, tiene la posibilidad de volver atrás y darse una segunda oportunidad. El perdonar quita las cadenas. El perdón se parece bastante a esa pequeña espada de madera que usaban los romanos para manumitir a los gladiadores; es un gesto de libertad, de una nueva identidad.

Me maravilla todo eso que usted ha sacado de una simple comparación. ¿Tiene otra estrategia?

A veces el humor, la ironía es otro recurso para el pensamiento.

Podría ampliar ese punto.

Veamos. Continuemos con el perdón… Cuántas veces hemos visto a una persona querer perdonar pero sin lograrlo en realidad. Simula que perdona. A veces se perdona por exceso de vanidad. Es como una revancha del orgullo. O anhelamos que el acto de perdonar se convierta en una deuda para el ofensor. La ironía podría salir de esa constatación: los actos de perdón de los orgullosos son, en realidad, una forma de generar nuevas obligaciones. Es decir, el orgulloso no perdona; convierte el perdonar en una deuda moral… Y si avanzamos en la reflexión, pues llegaríamos a decir que el orgulloso convierte el perdón en una obligación…o, para decirlo mejor, que en el orgulloso el perdón se transforma en obligada gratitud. Por supuesto, podríamos intentar otra vía y concluir que es muy fácil perdonar a los difuntos, o que para perdonar se requiere una súbita amnesia moral o que los dioses, de tanto ser invocados para que perdonen las ofensas de los hombres, están cansados de recibir tales solicitudes ya que perdonar es un deber personal e intransferible.

Me asombran sus respuestas…

No son sino el resultado de habituar la mente a concentrarse, a horadar un asunto desde diversos miradores.

Si lo seguí bien, la clave de un aforista es la reflexión continuada y meticulosa.

Así parece. Pensar, repensar, y escribir y reescribir. Aunque el resultado no sea sino dos o tres líneas. No sabe usted la cantidad de versiones necesarias para sacar algo en limpio.

¿Escribe a mano o en computador?

Prefiero hacerlo a mano. Se mantiene un vínculo más directo entre el pensamiento y la mano. Además, necesito ir viendo el emerger de la frase; palpar sus tachaduras, sentir que tallo la línea, el término preciso.

¿Cuántas versiones hace promedio?

Cuatro, cinco, siete… A veces más y, en otros casos menos, porque ya he venido trabajando y puliendo el aforismo en mi cabeza.

¿Y si se le ocurren caminando?

Para eso tengo mi libreta de notas. Me detengo y, ahí mismo, atrapo las ideas, las dejo fijas en mi libreta como un entomólogo en su colección de mariposas.

Algún autor de aforismos que prefiera?

Muchos. La Bruyère, La Rochefoucauld, Chamfort, Lichtenberg, Pascal, Joubert… Marco Aurelio, Nietzsche, Jünger, Canetti, Ciorán, Joubert… Max Aub, Kar Kraus, Beirce, Kafka, Wittegenstein,Porchia, Joubert…

¿Y algún colombiano?

Por supuesto. Nicolás Gómez Dávila. Él decía que sus escritos eran escolios pero, por la forma de elaborarlos, hacen parte del género aforístico.

¿Por qué su insistencia en Joubert?

Porque el propósito principal de este hombre fue pensar el arte, el arte de escribir. Nunca publicó nada en vida; sólo llevó un diario, miles de hojas que se salvaron gracias a la devoción de su esposa y a la amistad de Chautebriand.

No conocía nada de él…

De Joubert es ese aforismo que se ha vuelto un eslogan entre los maestros: “enseñar es aprender dos veces”.

¿Y algún aforismo sobre la escritura?

Hay un aforismo que durante un buen tiempo lo tuve como protector de pantalla en mi ordenador: “las palabras son como el vidrio; oscurecen todo aquello que no ayudan a ver mejor”. Y otro más con el que me gusta empezar  mis talleres de escritura: “para escribir bien se necesita una facilidad natural y una dificultad adquirida”.

Si le parece, volvamos a su escritura. ¿cuál considera su primer trabajo valioso de escritura aforística?

No es fácil valorar las propias creaciones. Pero creo que fue un largo proyecto que terminé titulando “poética de las flores”. Me propuse volver a apreciar la flor, un objeto tan cotidiano, tan utilizado en varios eventos o situaciones de  nuestra vida: en el amor, en los matrimonios, en los funerales, en la decoración.

¿Puedo conocer algunos de esos aforismos?

Sí. Por aquí debo tener una libreta sobre ese proyecto.

Noto que usted tiene distintas agendas para cada fin.

Sí. Es una estrategia o una manía que me ha permitido no sólo ordenar sino que es un recurso para volver a atizar estos temas en diversos tiempos. Fíjese, aquí está la fecha: sábado 8 de diciembre de 1990. ¡Cuantos años han pasado! Permítame le leo algunos de esos aforismos: “Flor: apetito de cielo condenado a la fijeza”; “El tallo es mano para flor; los pétalos, labios para su tallo”; “Regalar flores es proponerle a otro jugar con el tiempo”; “La horizontal retiene, sirve de sostén; la vertical impulsa, estimula el crecimiento; lo circular florece”…

Algunos de ellos tienen una especie de lirismo.

Efectivamente. Es por la relación que le decía entre el poema y el aforismo. Y tal vez por las metáforas empleadas. Ya le comentaba que el símil es un recurso de primer orden para el hacedor de aforismos.

Me gustaría que ahora me respondiera ¿cuál es la utilidad o la finalidad de hacer aforismos?

¿Además del placer de escribirlos?

Sí, por supuesto…

Yo diría que el aforista es, ante todo, un observador perspicaz; una conciencia vigilante, un vigía de las costumbres sociales. Alguien que ve, por debajo de lo explícito, lo oculto; un lector crítico de lo dado por hecho o lo que ingenuamente aceptamos sin analizar. El aforista busca sorprender en lo mismo que devela; pone en evidencia los supuestos, las cosas dadas por hecho.

¿Siempre es eso?

Digamos que es una gran tendencia de los aforistas de todos los tiempos, desde Epicteto hasta Ciorán. Por eso ha sido tan apreciado por filósofos y por la literatura sapiencial. Ha sido un medio para hacer crítica de las costumbres.

¿Un aforismo es un máxima de vida?

En algunos casos ese es su principal objetivo.

¿Y por qué algunos autores los llaman pensamientos?

Porque aluden a su carácter no sistemático. Son chispas de la inteligencia, meditaciones breves, cavilaciones autónomas que no necesitan una larga argumentación.

No sé dónde leí que un aforismo era como una isla…

De acuerdo. Separado de los continentes; apartado pero sólido; es un micromundo. Una porción de palabras, rodeada de insinuaciones por todas partes.

¿Y las nuevas tecnologías no habrán llevado a redescubrir este género. El twiter, por ejemplo?

Si hubiera una voluntad estética bien podríamos decir que sería un terreno propicio para el aforismo. Lo que sucede es que la rapidez ha banalizado la comunicación; fíjese en la bajísima competencia lexical de esos mensajes y la cantidad de basura circulante. Los tuiteros podrían transformar esas “cortas ráfagas de información intrascendente” es breves frase de pensamiento inteligente.

¿No será que el mundo de hoy está confluyendo hacia la fragmentación?

Es probable. Pero el hecho de que sea gnómica la escritura del presente no implica que también deba ser enano el pensamiento.

Lo noto un poco escéptico hacia esta época.

El escepticismo ha sido un buen remedio en épocas frívolas o de unimismo social. Escéptico fue Montaigne y escéptico también Nietzsche. Más bien el tono que usted percibe es una voz de alerta o una invitación a mantener la lucidez en tiempos de masificada opinión y fanatismos irracionales.

Gracias por su tiempo… Me arrepentiría después de no pedirle un aforismo  de cierre a esta entrevista…

Uno de Joseph Joubert, que entre más años tengo, mejor entiendo su significado: “hay que recibir el pasado con respeto y al presente con desconfianza, si queremos atender a la seguridad del porvenir”.

Utilidades de la corrección

26 jueves Ene 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Ilustración de Norman Rockwell.

Cuando realicé la investigación sobre cómo escriben los escritores expertos, publicada en mi libro Escritores en su tinta, descubrí que la mayoría de ellos gastaban o empleaban una cantidad de tiempo en la corrección de sus escritos. Además de usar diferentes técnicas para hacerlo, confiaban en que este proceso fuera el aval de su calidad como artesanos de la palabra escrita. No parecen gratuitos dichos testimonios. Corregir es un aspecto tan importante como crear un texto. Parece un aspecto menor o secundario pero, si se analiza bien el asunto, podrá descubrirse su importancia.

La más evidente utilidad de corregir proviene de la misma revisión. Al pasar de nuevo el ojo por lo escrito nos damos cuenta de una omisión involuntaria, nos percatamos de una falta de concordancia o percibimos que estuvo mal puesto un signo de puntuación. Eso es, por decirlo así, el momento de la aduana gramatical o del ojo perspicaz para detectar las incorrecciones del idioma.

Señalemos que la corrección trae otros beneficios, menos evidentes. Por ejemplo: al revisar evidenciamos la coherencia o no del texto. Apreciamos si hay debilidades en su estructura. Esto es así porque al ir escribiendo estamos presos de la inmediatez de la idea o del campo gravitacional del párrafo; pero al corregir la totalidad de lo ya hecho, hay una mirada de conjunto que posibilita apreciar las fisuras o las debilidades en el edificio textual. En este caso, la corrección apunta a mejorar la composición del escrito.

Otra utilidad propia del corregir es la de la precisión semántica. Cuando el escritor repasa lo que hizo tiene la oportunidad de sopesar qué tan puntual es el significado de un término empleado. Es acá cuando el uso del diccionario es irremplazable. Son tan amplios y variados los juegos de lenguaje en los que entra un vocablo que, si no se hace esta comprobación semántica, lo más seguro es el equívoco, la divagación o el sinsentido en una frase. Aquí la corrección obliga al escritor a investigar cuál es el término que mejor se ajusta a su verdadero propósito expresivo.

Un valor adicional de la corrección está determinado por la conciencia de un lector para el que se escribe. El cambio en una palabra o en una frase, el uso de un conector, los giros en la sintaxis, la inclusión de un signo de puntuación, buscan que el posible lector entienda mejor lo que el escritor desea comunicarle. Hay en ello una intención de hermandad entre el que escribe y el que lee. Se corrige para favorecer los vínculos, para acercar a los ojos vivos unas grafías silentes y sin cuerpo. Por eso, el corregir es un desplazamiento del reino autárquico del que escribe al espacio democrático de quien lee.

Cabe decir también que la corrección, especialmente cando se hace durante días o semanas, le da a la escritura añejamiento, maduración. Podría decirse, entonces, que la corrección utiliza el tiempo para ver dónde lo que parecía acertado es un flagrante error, y dónde lo que por ningún motivo queríamos omitir, es lo que debe desecharse para que la prosa fluya o el poema recupere su ritmo. Dejar en salmuera las palabras escritas, ponerlas en el limón del tiempo, es una especie de toma de distancia, un alejamiento del autor para ver sus producto como algo ajeno, extraño o distante. Y, por supuesto, siempre se ven mejor los errores en los demás que en uno mismo.

Desde luego, por lo general resulta tedioso corregir. No es una tarea tan alegre como crear o empezar a componer. Es una labor de esfuerzo, de arar el texto como bueyes incansables. Sin embargo, se empieza a ser un escritor de verdad, cuando se vuelve a revisar, a enmendar, a suprimir, a tachar lo que con tanta devoción se produjo. Ahí está la paradoja del consagrado al oficio de la escritura: la misma fuerza que ha tenido para organizar un texto le debe servir para reorganizarlo de nuevo o eliminarlo para siempre. El cuidado en uno u otro movimiento son igualmente significativos. Y es malo suponer que lo dicho de una manera no puede decirse de mejor forma en otra.

Entendidas así las cosas, la corrección forma parte de la creación; es una refiguración, las enmiendas de una substancia que, en sí misma, pide cambios de piel, variaciones de color o alternativas de sonido. ¿Por qué, entonces, dejar a la escritura sin ese vestido renovador que trae consigo cada corrección?

Las claves del ensayo

14 miércoles Dic 2016

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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las-claves-del-ensayo

Hace ya más de una década que publiqué mi libro Pregúntele al ensayista. La obra ha tenido, desde entonces, una muy buena recepción, y en los colegios y universidades ha servido de guía y apoyo tanto para maestros como para estudiantes. Creo que eso se debió al carácter didáctico del texto y a una intencionada manera de poner el énfasis en la perspectiva de intentar solucionar los problemas que se tienen al escribir este tipo de textos.

Todos estos años he seguido atento a las minucias y las dificultades de escribir ensayos. Mi trabajo como docente y formador de maestros me ha ayudado a ubicar dónde están las mayores falencias y dónde se necesita alguna ayuda para cualificar la estructura de esta modalidad de texto argumentativo. Precisamente ahí se encuentra el motivo de esta nueva obra: ahondar en las particularidades del hacer ensayístico. Es un esfuerzo por ir más allá de las recomendaciones generales y mostrar, con ejemplos, cómo se construye una tesis, se elabora un tipo de argumento, se interconectan las ideas o se confecciona la estructura básica de un ensayo.

He querido también abogar en esta ocasión por el ensayo corto. Primero, porque el tiempo de los maestros es escaso y, en consecuencia, parece más conveniente abandonar la consigna de poner extensos trabajos que no se leerán y enfocarse más bien en corregir con cuidado una página. Segundo, porque la complejidad de los textos argumentativos obliga a desentrañar con paciencia de relojero los modos como las ideas necesitan organizarse para alcanzar su eficacia persuasiva y eso puede apreciarse mejor en textos condensados que en largos ensayos. Desde luego, lo que aquí se predica en pequeño puede servir en textos de mayor extensión.

De igual modo, este libro insiste en la tarea de mostrar y enseñar los conectores lógicos. Gracias a ellos la cohesión y la coherencia entre las ideas se hace más consistente. Y si en mi primer libro recopilé y organicé más de 1500 conectores, esta vez preferí compartir el repertorio particular empleado por cinco reconocidos ensayistas iberoamericanos. Considero que esta variada lista de marcadores textuales muestra la necesidad de analizar sus diversas aplicaciones y, al mismo tiempo, evidencia lo importantes que son para constituir las marcas de estilo de un escritor.

También he procurado utilizar distintos modos de presentar este saber-hacer sobre el ensayo. A veces acudo al texto expositivo, al diálogo, a la carta, al cuento, al aforismo y, en la mayoría de ocasiones, al ensayo. Dicha estrategia discursiva pretende interpelar al lector, estudiante o maestro, para que desde diversas frecuencias tenga vías de acceso alternas al tema que nos ocupa. Tal intención comunicativa se basa en una convicción: al presentar el mismo conocimiento desde diferentes posibilidades discursivas se logra ser más inclusivo y más democrático en el aprendizaje, cumpliendo así un requerimiento de la didáctica contemporánea.

El título del libro es una clara intención de su contenido. Lo que he pretendido es ofrecer un conjunto de herramientas para desentrañar en gran parte el secreto de escribir ensayos. Busco con cada apartado que el novato escritor tenga a la mano una solución para descifrar ese universo de los textos argumentativos. Dichas claves, entonces, se pueden convertir en dispositivos de explicación para un asunto denso o complicado o en útiles de ayuda cuando ya se esté transitando por el camino ensayístico.

Cierro este prólogo recalcando la importancia de esta tipología textual para desarrollar en colegios y universidades el pensamiento crítico. El ensayo sigue siendo una estrategia vigorosa para no sucumbir al unimismo acéfalo de hoy, para tener una mirada de sospecha frente a las astucias de los medios masivos de información y para fortalecer la propia producción de conocimiento. De igual forma, mediante la escritura de ensayos podemos desarrollar el pensamiento argumentativo; es decir, aprender a hilar lógicamente nuestras ideas con el fin de participar en una sociedad del consenso, o disentir sin que debamos acudir para exigir nuestros derechos a la fuerza y la violencia física. Tales bondades del ensayo refuerzan la necesidad de haber escrito esta nueva obra; aspiro que los lectores así lo confirmen.

Una cita en un pajar

30 viernes Sep 2016

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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"La creación de Adán" (detalle) de Miguel Ángel.

«La creación de Adán» (detalle) de Miguel Ángel.

Lograr que mi voz dialogue con las voces del pasado: ese es el objetivo principal de los argumentos de autoridad. Hallar esas citas-puente con la tradición, convocarlas para que resuenen en el salón de nuestra apuesta argumentativa es lo fundamental y lo más difícil cuando las traemos a nuestro ensayo.

Suele pasar que esas voces no son fáciles de encontrar. Pueden estar escondidas bien adentro de un libro o dispersas en múltiples fuentes de una biblioteca o una base de datos. A veces, ayuda leer con cuidado las tablas de contenido de las obras, porque en los subtítulos es posible que asome su cabeza un asunto relacionado con nuestra tesis. Así se ahorra tiempo, aunque no siempre el resultado sea exitoso. De igual modo, y esa es una ayuda de los tiempos de internet, si sabemos usar los motores de búsqueda (si al tema de nuestro interés le sumamos la partícula PDF, por ejemplo), es probable que descubramos una cita o una frase que esté en consonancia con nuestro planteamiento. Desde luego, hay que leer muchos de esos artículos, de esas otras referencias para encontrar una “pepita de oro” que cobrará su valía en el ensayo. Y si la búsqueda es fallida, podemos aún capitalizar la bibliografía utilizada por el autor o mencionada en el artículo. La clave, en consecuencia, es no dejarse derrotar o claudicar a la primera pesquisa malograda.

Es claro que ubicar un argumento de autoridad requiere aumentar nuestro capital cultural. Si poco leemos, si no somos inquietos y curiosos, si apenas nos enfocamos en un área del conocimiento, lo más seguro es que andemos a tientas o totalmente apabullados, como si estuviéramos buscando una aguja en un pajar, al decir de los dichos populares. Así que, si el tema objeto de nuestro ensayo es relativamente nuevo para nosotros, mayor deberá ser la persistencia y más amplio el campo de detección de nuestra mirada. Las citas más útiles son visibles únicamente para los que ya han habitado o transitado un tema.

Un problema posterior, cuando ya tenemos en las manos esa voz que nos respalda, es la de saberla ubicar en nuestro ensayo. Ese acople no puede ser atropellado o sin precaución. A la voz que hemos conseguido debemos prepararle un lugar en nuestro espacio discursivo. En algunas ocasiones, un conector es la mejor forma de recibirla o de darle la bienvenida; en otros casos, resulta eficaz redactar un contexto o un encuadre para que la frase seleccionada entre en consonancia con las otras ideas que la preceden. Y siempre será necesario, una vez incluida la cita, apropiarla o retomar lo medular que ella nos aporta para nuestro escrito. En cortas palabras: la cita no puede quedar huérfana o solitaria dentro del párrafo.

Hay que decir acá que dependiendo del escenario de nuestro párrafo, así será la dimensión de la cita de autoridad encontrada. En ciertas ocasiones, ella podrá retomarse tal y como la descubrimos en un texto; en otras, será necesario omitir alguna parte, para que encaje mejor con nuestros planteamientos. Y cuando no sea posible que la cita entre cabalmente en nuestro ensayo, será conveniente parafrasear la idea allí expuesta, dando –por supuesto– crédito al autor. El parafraseo es un recurso extremo cuando la cita de autoridad es muy valiosa para nuestro texto pero la forma como está construida no armoniza con la línea melódica de nuestra escritura.

Resulta oportuno subrayar la utilidad de los conectores lógicos para que las citas no queden desarticuladas o desconectadas dentro de un párrafo. Pero no es un asunto de incluir cualquier marcador textual, no todas las bisagras sirven para cualquier puerta. Hay que mirar bien el lineamiento de nuestra argumentación para saber cuál conector es el más adecuado para la cita seleccionada. Digamos que dependiendo del propósito argumentativo así tendremos que elegir un conector específico. Las conexiones lógicas son el lubricante que permite la articulación entre las ideas de otros y nuestras propias ideas.

Lo dicho hasta aquí pone en evidencia el trabajo artesanal y minucioso al manipular las citas de autoridad y, a la vez, muestra la necesidad de conocer algunas técnicas de empleo para que esas voces traídas a nuestros escritos no queden fracturadas o perdidas, sino que, al combinarse con la propia voz, constituyan una verdadera polifonía argumentativa.

Relevancia de la tesis en un ensayo

15 jueves Sep 2016

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Ilustración de Craig Frazier.

Son recurrentes las inquietudes o preguntas que me hacen colegas y estudiantes sobre la importancia de la tesis en un ensayo. A pesar de haber escrito en varias ocasiones sobre el asunto y de mostrar ejemplos prácticos de cómo formular la tesis, considero que no sobra reflexionar una vez más sobre esta parte esencial de los textos argumentativos.

Empezaré subrayando que la tesis es una proposición o frase en la que el escritor consigna su postura frente a determinado tema. En este sentido, la tesis no puede ser el pedazo de una idea o una oración trunca. De allí también que se requiera, antes de presentarla, ubicar un contexto o la situación en la que se inscribe dicho planteamiento. La tesis, en consecuencia, necesita ser expuesta como una declaración completa sobre un tema; una especie de aseveración cabal del ensayista al vérselas con un lado de una temática.

Muy relacionado con el aspecto anterior está otra particularidad de la tesis: debe ser específica, concreta. No es recomendable redactar generalidades o divagar sobre las ramificaciones de un tema. Esto en lugar de enriquecer el ensayo, lo que provoca es que el lector se desoriente y  no logre entender bien la promesa que el ensayista desea hacerle. De igual modo, el énfasis en la forma de redactar la tesis contribuye a delimitar el tema y a focalizar el punto sobre el cual se desean direccionar los pensamientos.

También he insistido en que la tesis hace las veces de una columna vertebral del ensayo. Hacia ella hay que imantar todas las ideas y desde ella deben acordonarse las otras frases o párrafos. Si el ensayista olvida esta recomendación, lo más seguro es que termine hablando de la tesis en el primer párrafo pero olvidándose de ella en los siguientes.  Hasta puede suceder –y es muy frecuente– que la tesis aparezca repentinamente y luego reaparezca en otro lugar del ensayo pero sin mantener una coherencia con la macroestructura del texto. Valga de una vez decir que la tesis pone a los otros elementos del ensayo en una relación de subordinación comunicativa.

De otro lado, es esencial que la tesis sea sustancial o al menos novedosa. Para lograr esa consistencia lo primero es pasar el tema por el filtro de la meditación. Me refiero a gastar un buen tiempo pensando el tema en sus matices, viendo sus contradicciones, escudriñando sus contextos y vicisitudes históricas En esas cavilaciones el ensayo haya su mejor calidad. Pero, además, y si poco original sentimos nuestra tesis, lo mejor es empezar a documentarse, investigar, leer variadas fuentes, explorar con curiosidad de neófito en el tema. Sólo así, la tesis no terminará siendo una idea insustancial, demasiado trillada o infesta de lugares comunes.

Aunque parezca un aspecto menor, el buen uso de la puntuación es indispensable si deseamos que la tesis aparezca clara y sin adherencias de ambigüedad. Yo recomiendo que la tesis esté puesta antes o después de un punto seguido. Puede estar al inicio, en la mitad o al cierre del primer párrafo. Sé que es más contundente dejarla al final, pero es posible ubicarla en otros lugares, dependiendo de la experticia del ensayista. Lo que se debe evitar es meterla entre comas o dejarla un tanto a la deriva en cualquier sitio del párrafo. El ensayista tiene la obligación de preocuparse para  que los signos de puntuación lleven al lector a precisar cuál es la sustancia o el meollo de su tesis. Sobra decir que el punto y coma –ese signo esquivo a las nuevas generaciones– es un recurso igualmente útil para darle a la tesis un escenario relevante. Señalo estas minucias porque los signos de puntuación, bien empleados, se convierten en piezas estratégicas para el montaje de la tesis.

Sirvan las anteriores reflexiones como un aperitivo del ejercicio de escritura al cual he invitado a los estudiantes de primer semestre de la maestría en Docencia de Bogotá. El tema elegido en esta oportunidad para escribir el microensayo es “la soberbia”. Confío en que en esos primeros párrafos de los diferentes maestrantes se evidencien las particularidades de la tesis arriba mencionadas.

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