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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: APRENDER A ESCRIBIR

Los informes de gestión

14 domingo Jul 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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El informe es un tipo de texto que participa tanto de las modalidades expositivas como informativas. Es decir, no solo busca exponer un hecho, situación o evento, sino además compartirle a alguien ausente los pormenores o circunstancias de dicho acontecimiento. El informe, en cuanto documento expositivo, reorganiza con un fin didáctico las diferentes partes de determinado hecho y, por su intención informativa,  recupera la memoria de lo ya pasado con la intención de otorgarle un sentido. Puesto en otros términos: el informe nos ayuda a entender, pero también a recordar. Además de los ya clásicos informes de investigación, que recuperan la experiencia de un largo proceso de pesquisa, de acciones, deliberaciones grupales y trabajos de campo, el otro tipo de informes muy demandados hoy, son los llamados informes de gestión. A ellos quisiera referirme en los párrafos que siguen.

Lo más importante de un informe de gestión, y quisiera decirlo por adelantado, es su esencial papel para la toma de decisiones. Además de su finalidad de control administrativo o de requisito para comprobar los resultados de determinada función o los objetivos de un proyecto, fuera de esa utilidad, los informes son la base para orientar las determinaciones de un directivo o los posibles cambios dentro de una organización. Tal valor de referencia convierte a los informes en un medio estratégico para la evaluación de resultados, el seguimiento a metas específicas o el posible impacto de una política, un lineamiento o la puesta en marcha de una propuesta de acción institucional.

Los informes de gestión, como es lo típico en todos los textos de esta modalidad, se organizan a partir de una triple estructura: una introducción, el  desarrollo mismo del informe y unas conclusiones. A veces se incluyen, por razones administrativas o dependiendo de ciertas intenciones organizativas, unos antecedentes y unas recomendaciones. En todo caso, el que redacta un informe o aquellas personas que los solicitan deberían tener presente que no se trata de una tarea de acumular información, sino de seleccionar los datos más significativos, señalar aquellos aspectos que demandan mayor atención o poner en alto relieve un logro o resultado poco habitual. Digo esto porque a veces se usa el informe de gestión como una lista de chequeo o un control de actividades, pero dejando de lado lo que resulta más importante: el señalamiento de las dificultades, la atención sobre zonas de oportunidad, el testimonio de la mejor vía para alcanzar una meta, los puntos críticos o de alerta para un área o una institución.

Cabe decir acá que un buen informe empieza con un juicioso registro de lo cotidiano. Tener a la mano datos, hacer registros visuales o escritos, guardar evidencias de lo que se hace cada día, es fundamental al momento de redactar el informe de gestión. Sin evidencias el informe se convierte en un mero comentario o en la opinión gratuita de una persona. Los datos confiables ayudan a darle al informe validez, permiten hacer comparaciones, mostrar la evolución de un evento, sopesar los aciertos o desaciertos. Tal vez porque no se tiene el cuidado de llevar una bitácora del tiempo presente es que la hechura de los informes, siempre realizada en un tiempo lejano o extemporáneo con relación a lo realizado, pone al redactor de informes en unos aprietos que lo llevan a olvidar cosas esenciales de su trabajo, a minusvalorar un logro, a generalizar lo que en verdad mereciera discriminarse o a lanzar juicios críticos sin fundamento. Esto vale la pena tenerlo presente: el primer enemigo de un buen informe de gestión es el descuido en la recolección de los datos y las evidencias del trabajo diario.

Precisamente, cuando se ha hecho esa tarea de registro cotidiano (que pueden ser unas cortas notas, unos datos-clave, un testimonio fundamental) queda más fácil seleccionar o jerarquizar lo que va a consignarse en el informe. Porque al que elabora un informe de gestión se le pide que tenga criterio y juicio para priorizar o valorar lo realizado. Con una mirada de totalidad –ya sea de un mes, un trimestre, un semestre o un año– lo que debe guiar su mirada es un juego de retrospectiva sobre lo hecho, pero sin perder la intención prospectiva. El informe de gestión comprende lo realizado en un tiempo pretérito, aunque su verdadera finalidad sea iluminar las acciones en el porvenir. Por lo mismo, cuando se redacta el informe hay que resaltar, especialmente en la introducción, aquellos puntos o aspectos de mayor urgencia para atender, corregir o mejorar en una organización. Y si no se hace en este lugar, será en las conclusiones del informe en las que el redactor expondrá esas consideraciones. Tal vez por esta razón, algunas entidades distinguen entre las conclusiones y las recomendaciones: las primeras son la síntesis de lo realizado, en tanto las segundas, se desprenden de lo ya hecho. Las recomendaciones son el lugar para lo propositivo, para la innovación, para sugerir un cambio o proponer algo que falta por hacer.

Aquí resulta conveniente agregar otras recomendaciones para quien va a redactar un informe de gestión. Lo primero es la voluntad didáctica para que lo escrito sea entendible y comprensible por un lector que, como se presume, no estuvo presente. Los informes no pueden caer en los sobreentendidos o en esas vaguedades de lo dado por hecho. Siempre hay que usar una exposición ordenada y estructurada, o procurar inscribir lo particular después de haber mostrado la generalidad o el contexto que ayuda a entender los detalles. El excesivo recuento de la minucia, sin un marco de referencia, convierten los informes en un listado de actividades o hechos poco significativos. Otro consejo tiene que ver con el uso de resaltados tipográficos (estilo de letra, uso intencionado de mayúsculas o itálicas) o con una jerarquía en los títulos y subtítulos. No todo puede presentarse en un informe como si fuera una mole del mismo valor o sin ninguna distinción para el lector. El informe, en su misma presentación formal, muestra escalas de importancia y hace advertencias usando recuadros o llamados de atención (como si fueran titulares o destacados). Por lo demás, los informes presuponen en quien los escribe un esfuerzo para que la prosa sea clara, concisa, y poco llena de incisos y largas divagaciones. El informe de gestión en eso parece plegarse a los mandatos de la noticia periodística: ¿qué se hizo?, ¿cómo se hizo? y ¿qué se logró?; esto implica el uso de períodos cortos, evitar adjetivar innecesariamente, emplear de manera precisa los sustantivos y, cuando se necesite apoyarse en documentos, echar mano de fotografías, de tablas o estadísticas. La escritura de los informes de gestión es escueta, directa, fundamentada, soportada en evidencias. Ni adornar, ni falsificar; como tampoco omitir asuntos vertebrales queriendo minimizar un error o extenderse en elogios para hacer creer que algo es demasiado grandioso cuando en verdad es un evento común y corriente.

Los informes de gestión, por lo general, se escriben en tercera persona, con la intención de favorecer un tono más objetivo. La tercera persona es una modalidad discursiva que favorece el uso de la descripción, es un modo de observar y dar cuenta de ciertos acontecimientos; el que así redacta es como una cámara que informa lo que ve, escucha o puede evidenciar. Por lo demás, la tercera persona permite usar las voces textuales de individuos o actores en determinado evento o situación. Todo ello contribuye a darle validez y consistencia a la información presentada. Vale agregar acá que el uso de los anexos se convierte en un recurso de primera mano para la exposición en tercera persona: con ellos se logra corroborar, ampliar o profundizar en determinadas observaciones señaladas en el cuerpo del informe. Los anexos hacen las veces de testigos a la mirada del redactor del informe; son una especie de certificación desapasionada o parecidos a las pruebas de contundencia real. Como se ve, al elaborar un informe de gestión hay que minimizar en lo posible las intuiciones o imaginaciones, las apreciaciones subjetivas o los sentimientos positivos o negativos que siempre están al acecho. Los buenos informes se destacan, precisamente, porque logran centrarse en describir determinados eventos o hechos, manteniendo a raya las posibles interpretaciones derivadas de los mismos acontecimientos. Las opiniones del redactor del informe, de esta manera, se ven restringidas, a no ser en la parte de las sugerencias o recomendaciones, en las que la primera persona resulta no sólo útil, sino necesaria para hacerse responsable de tales propuestas o iniciativas. 

Concluyamos estas ideas sobre el informe de gestión subrayando la dualidad de este tipo de texto: por ser expositivo necesita una ordenada y clara organización de sus partes; por ser informativo, debe elegir cuidadosamente los datos más relevantes. Lo expositivo habla de temas y subtemas; lo informativo resalta la objetividad y el soporte en evidencias. Descripción y análisis le son necesarias; concisión y concreción le son absolutamente indispensables. Sin estas particularidades, los informes de gestión perderían su utilidad mayor: la de ofrecer puntos y razones de juicio para orientar la toma de decisiones en una empresa o una organización.

Consejos para aprender a escribir, según Flaubert

07 domingo Jul 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR

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Cartas a Louise Colet, Gustave Flaubert

Gustave Flaubert

Gustave Flaubert o la «fisiología del estilo».

A la manera de un centón, he elaborado este texto después de una lectura minuciosa de las Cartas a Louise Colet de Gustave Flaubert. Todos los entrecomillados, en consecuencia, son frases textuales de las diferentes cartas (168) que el novelista francés escribió a su amante, de 1846 a 1855. He seguido la traducción de Ignacio Malaxecheverría, en Ediciones Siruela, Madrid, 1989.

“El estilo debe ser rítmico como el verso, preciso como el lenguaje de las ciencias, y con ondulaciones, zumbidos de violonchelo, penachos de fuego; el estilo debe entrar en la idea como estilete, y en tu pensamiento bogar sobre superficies lisas, como cuando se vuela en una barca con un buen viento de popa”. “Hay que conocer la anatomía del estilo, saber cómo se articula una frase y por dónde se sujeta”. “En literatura no hay buenas intenciones. El estilo lo es todo…” “Comprime tu estilo, haz de él un tejido flexible como la seda y fuerte como una costa de mallas”. “Cuida tu estilo, redondea las frases”. “Estoy convencido, por lo demás, que todo es cuestión de estilo, o más bien de carácter, de aspecto”. “Por eso, no hay temas hermosos ni feos, y casi podría establecerse como axioma, colocándose en el punto de vista del Arte puro, que no hay ninguno, y que el estilo es por sí solo una manera absoluta de ver las cosas”. “Siente que no debes morir sin haber hecho rugir en alguna parte un estilo como el que oigas en tu cabeza, y que será capaz de dominar la voz de los loros y de las cigarras”. “En el estilo es como en música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido”.

“Para mí no hay en el mundo más que los versos hermosos, las frases bien construidas, armoniosas, sonoras”. “¡La frase es lentísima para asuntos sencillos!”. “Ante todo hay que tener sangre en las frases, y no linfa, y cuando digo sangre me refiero a corazón. Tiene que latir, palpitar, conmover. Hay que hacer que se amen los árboles y vibren los granitos. Puede ponerse un amor inmenso en la historia de una brizna de hierba”. “Una buena frase de prosa debe ser como un buen verso, incambiable, igual de rítmica y sonora”. “La frase más sencilla tiene un alcance infinito para el resto. ¡Por eso hay que dedicarle tanto tiempo, tantas reflexiones, ascos, lentitud!”. “Medita más, por tanto, antes de escribir, y aférrate a la palabra. Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza”. “Uno puede divertirse con ideas tanto como con hechos, pero para eso han de emanar una de otra como de cascada en cascada, y arrastrar así al lector en medio de la vibración de las frases y del hervir de las metáforas”. “Para escribir habría que conocerlo todo. Todos nosotros, escribidores, sufrimos una ignorancia monstruosa, y sin embargo, ¡cuántas ideas y comparaciones proporcionaría todo eso! En general, nos falta tuétano… En la poética de Ronsard hay un curioso precepto: recomienda al poeta que se instruya en las artes y oficios de herreros, orfebres, cerrajeros, etc., para extraer metáforas. En efecto, eso es lo que te da una lengua rica y variada. Las frases deben agitarse en un libro como las hojas en un bosque, todas distintas en su semejanza”.

“Mientras no se separen en una frase dada la forma del fondo, sostendré que son dos palabras vacías de sentido. No hay pensamientos hermosos sin formas bellas, y recíprocamente. La belleza rezuma de la forma en el mundo del Arte, como en nuestro mundo salen de ella la tentación, el amor”. “La idea no existe sino en virtud de la forma”. “Allá donde falta la forma, ya no hay idea. Buscar lo uno es buscar lo otro. Son tan inseparables como lo es la sustancia del color, y por eso el Arte es la verdad misma”. “La forma sale del fondo, como el calor del fuego”. “La forma es como el sudor del pensamiento; cuando se agita en nosotros, transpira en poesía”. “La mente es como una arcilla interior. Desde dentro, empuja a la forma y la moldea a su imagen”. “La forma es la carne misma del pensamiento, como el pensamiento es su alma, su vida. Cuanto más anchos sean los músculos de tu pecho, más a gusto respirarás”. “No hay que creer siempre que el sentimiento lo es todo. En las artes no es nada sin la forma”. “Una desviación de una línea puede apartarte completamente de la meta, hacer que falle el fondo.

“¡La unidad, la unidad, ahí está todo” El conjunto, eso es lo que les falta a todos los de hoy, grandes y pequeños”. “Reflexiona, reflexiona antes de escribir. Todo depende de la concepción. Ese axioma del gran Goethe es el más sencillo y más maravilloso resumen y precepto de todas las obras de arte posibles”. “Todas las dificultades que se experimentan al escribir proceden de la falta de orden”. “Lo que constituye la fuerza de una obra es el empalme, como se dice vulgarmente, es decir, una larga energía que corre de un extremo a otro y que no flaquea”. “La frase puede ser buena a ráfagas (y las mentalidades líricas consiguen fácilmente el efecto, siguiendo su inclinación natural), pero falta el conjunto, abundan las repeticiones, las redundancias, los lugares comunes, las locuciones banales. Cuando se escribe, al contrario, una cosa imaginada, como entonces todo debe dimanar de la concepción, y como la más pequeña coma depende del plan general, la atención se bifurca. A la vez, es preciso no perder de vista el horizonte, y mirar a los pies de uno”. “El detalle es atroz, sobre todo cuando uno ama el detalle. Las perlas componen el collar, pero es el hilo el que lo hace. Ensartar las perlas sin perder ni una y sujetar siempre el hilo con la otra mano, ahí está la malicia”.

“No se escribe con el corazón, sino con la cabeza, y por bien dotado que esté uno, siempre hace falta esa vieja concentración que da vigor al pensamiento y relieve a la palabra”. “Se escribe con la cabeza. Si el corazón la calienta, mejor; pero no hay que decirlo”. “No hay cosa más débil que poner en el arte los sentimientos personales. Sigue ese axioma paso a paso, línea a línea. Que sea siempre inconmovible en tu convicción, mientras diseccionas cada fibra humana y buscas cada sinónimo, y verás, ¡verás cómo se ensanchará tu horizonte, cómo resonará tu instrumento, y qué serenidad te invadirá! Relegado hasta el horizonte, tu corazón te alumbrará desde el fondo, en vez de deslumbrarte en primer plano”. “La pasión no compone los versos, y cuanto más personal seas, serás más débil”. “Cuanto menos se sienta una cosa, más apto es uno para expresarla tal como es (como es siempre, en sí misma, en su generalidad, y libre de todas sus contingencias efímeras). Pero hay que tener la facultad de hacérsela sentir. Esta facultad no es sino el genio: ver, tener ante sí el modelo, posando”. “Hay que desconfiar de todo lo que se parece a la inspiración, y que a menudo no es sino actitud preconcebida y falsa exaltación que uno se ha dado voluntariamente, que no ha llegado por sí sola. Pegaso suele ir al paso. Todo el talento consiste en saber hacerle tomar el ritmo que uno quiere. Pero para eso no debemos forzar sus posibilidades, como se dice en equitación”.

“En cuanto a las correcciones, antes de hacer una sola, vuelve a meditar el conjunto y trata sobre todo de mejorar, no mediante cortes, sino con una nueva creación. Toda corrección ha de hacerse en este sentido. Hay que rumiar bien el objetivo antes de pensar en la forma, pues no resulta buena más que si nos obsesiona la ilusión del asunto”. “Por muchos retoques que le des a una obra (quizá los darás), siempre será defectuosa; faltan en ella demasiadas cosas, y un libro siempre es débil por ausencia; “y cuando la hayas escrito, haz otras dos o tres, y antes de la media docena habrás encontrado el filón de oro”. “Hay que saber detenerse en las correcciones, ya que no se ven bien las proporciones de un fragmento cuando se ha detenido uno en él demasiado tiempo”; “es tan difícil deshacer lo que está hecho, y bien hecho, para meter algo nuevo en su lugar, sin que se vea el encaje”. “Todos los peluqueros están de acuerdo en que, cuanto más se peina el cabello, más brilla. Lo mismo sucede con el estilo, corregir da lustre”.

“Trabaja cada día pacientemente un número igual de horas. Toma el hábito de una vida estudiosa y tranquila; primero saborearás en ella un gran encanto, y sacarás fuerza. No tengas la manía de pasarte noches en blanco; no conduce a nada más que a cansarse”. “Trabaja, haz algo grande, hermoso, sobrio, severo, algo cálido por debajo y espléndido en la superficie”. “Trabaja, medita, medita sobre todo”. “Con un recto sentido del oficio que se hace, y una voluntad perseverante, se llega a los estimable”. “Ama tu trabajo con un amor frenético y pervertido, como un asceta el cilicio que le rasca el vientre”. “Cuesta un esfuerzo diabólico enderezar todas esas curvas, adelgazar lo que está demasiado gordo y engordar lo flaco en exceso”. “Sumérgete en largos estudios; lo único que hay perennemente bueno es el hábito de un trabajo tozudo. De él se desprende un opio que embota el alma. “Nada se obtiene sino con esfuerzo; todo tiene su sacrificio. La perla es una enfermedad de la ostra, y el estilo quizá, la supuración de un dolor más profundo”.

“Adquiere el hábito piadoso de leer todos los días un clásico durante al menos una hora larga”. Lee “hasta que las páginas se te hayan quedado entre los dedos”. “Hay que leer incesantemente historia y clásicos”. “Un escritor, como un sacerdote, siempre debe tener en su mesilla algún libro sagrado”. “Lee, relee, disecciona, excava”. “La biblioteca de un escritor debe componerse de cinco o seis libros, fuentes que deben releerse todos los días”. “Es una cosa a la que es preciso acostumbrarse, a leer todos los días (como un breviario) algo bueno. A la larga, se infiltra”. “Adquiere ya, el hábito de leer todos los días un clásico. Si te predico eso incesantemente es porque creo saludable esa higiene”.

“El Arte es una representación, no debemos pensar más que en representar. La mente del artista ha de ser como el mar, lo bastante vasta para que no se vean sus bordes, lo bastante pura para que las estrellas del cielo se reflejen en ella hasta el fondo”. “El relieve procede de una visión profunda, de una penetración del objetivo; pues es preciso que la realidad exterior entre en nosotros, hasta hacernos casi gritar, para que la reproduzcamos bien”. “Cuando se observa la vida con un poco de atención, se ven los cedros menos altos, y los juncos mayores”; “la verdad está tanto en las medias tintas como en los tonos contrastados”. “En cada objeto vulgar hay maravillosas historias. Cada adoquín de la calle tiene quizá su lado sublime”. “Las obras más hermosas son aquellas en que hay menos materia; cuanto más se acerca la expresión al pensamiento, cuanto más se pega a éste la palabra y desaparece, más hermoso resulta”. “Escribe todo lo que veas no tal como es, sino transfigurado”. “El artista debe elevarlo todo; es como una bomba, tiene un gran tubo que desciende a las entrañas de las cosas, a las capas profundas. Aspira y hace brotar al sol, en surtidores gigantescos, lo que estaba plano, bajo tierra, y no se veía”. “¿Cuántas miasmas repugnantes hay que haber tragado, cuántas penas sufrido, cuántos suplicios soportado para escribir una buena página? Eso somos nosotros, poceros y jardineros. Sacamos de las putrefacciones de la humanidad deleites para ella misma, hacemos crecer canastillas de flores sobre miserias amontonadas. El Hecho se destila en la Forma y sube a lo alto, como un puro incienso del Espíritu, hacia lo Eterno, lo Inmutable, lo Absoluto, lo Ideal”.

“Hay que saberse a los maestros de memoria, idolatrarlos, tratar de pensar como ellos, y luego separarse de ellos para siempre. En cuanto a instrucción técnica, se saca más provecho de los genios eruditos y hábiles”. “Para tener talento hay que estar convencido de que se posee, y para conservar la conciencia limpia hay que colocarla por encima de las de todos los demás”.

Un diálogo sobre didáctica de la literatura

20 lunes May 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario, LECTURA, OFICIO DOCENTE

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Didáctica de la escritura, Escritores expertos, Posgrados en literatura

Grupo de investigación UTP

Grupo de investigación en Literatura Latinoamericana y enseñanza de la literatura, Universidad Tecnológica de Pereira.

En mi pasada visita a la Universidad Tecnológica de Pereira, invitado por la Facultad de Bellas Artes y humanidades y los Posgrados en literatura, tuve la oportunidad de impartir una conferencia sobre la “Didáctica de la escritura, según los escritores expertos”. Fruto de esa charla, al final les propuse a los asistentes escribir algunas preguntas derivadas o motivadas por mi disertación. Varias de ellas las respondí presencialmente y otras son las que ahora trato de contestar aquí. Sirvan estas respuestas, entonces, como una forma de continuar el diálogo con los estudiantes y profesores de la Maestría en literatura, de la Maestría en estudios culturales y narrativas contemporáneas, del Diplomado en didáctica de la lectura y la escritura y del Grupo de investigación en literatura latinoamericana y enseñanza de la literatura, liderado por Juan Manuel Ramírez y dinamizado académicamente por Fabián Andrés Cuéllar.

¿Cómo hacer que los niños amen la lectura? (Lina María Gómez Ángel).

Como tantas cosas en la docencia, lo más importantes es mover, conmover a los más pequeños. Digamos que el maestro debe mostrarse, antes que nada, como un animador a la lectura: elegir bien los textos, ponerlos en escena, entonarlos, darles vida frente a los ojos de sus estudiantes. Al maestro le corresponde crear esa fascinación o dotarlos de magia. La lectura oral es esencial para este propósito. Pero, insisto: una lectura con dramatización en la voz, con pausas y silencios, con cambios en la modulación, con énfasis estratégicos. Considero que el libro álbum es un excelente recurso para que los niños y niñas empiecen a amar la lectura. La combinación entre la imagen y el texto, los contrapuntos y el doble mensaje, contribuyen a que un corto relato o una anécdota sencilla se conviertan en una secuencia maravillosa. Es decir, hay que combinar el ritmo de la palabra entonada con los múltiples recursos de las imágenes: el color, la textura, las formas, el tamaño, la perspectiva… todo ello hace que los más pequeños vayan adentrándose en un universo que les ofrecerá aventuras inesperadas.

¿Cómo puedo llegar a sorprender y/o ser escuchado, atendido, ayudándome de autores literarios, siendo en mi profesión administrador de organizaciones? (Gerson Alexander Aguirre Trujillo).

Creo que lo primero es empezar a buscar esos textos o esas obras literarias que tienen como motivo aspectos relacionados con el campo profesional de tu interés. Te sugiero revisar el cuento, la novela corta, la fábula, el apólogo, el poema… Pienso, por ejemplo, en los textos de Kafka que son una buena lectura crítica al trabajo rutinario, a la burocratización, al anonimato de los procesos administrativos. Se me ocurre ahora también el cuento Bartleby, el escribiente, de Herman Melville: una irónica alegoría al trabajo repetitivo de las oficinas, o pienso en Ramón Villaamil, el funcionario desgraciado de la novela Miau, de Benito Pérez Galdós, o en la obra de teatro La muerte de un viajante de Arthur Miller, en la que puede evidenciarse la tensión entre la ética y el beneficio económico… Hay compilaciones de fábulas, cuentos y apólogos –retomadas en gran parte de la literatura oriental– que pueden ser de gran utilidad para analizar el liderazgo, los procesos de cambio, el trabajo en equipo (por ejemplo, El círculo de los mentirosos de Jean-Claude Carrière). En este mismo blog puedes encontrar algunas de mis propuestas al respecto, usando como mediación la fábula. Sobra decir que en esas obras y otras tantas, la literatura sirve de reflejo, de crítica, de mirada comprensiva, de bisturí inclemente; lo que sigue es el trabajo del docente para provocar con esos textos literarios la reflexión, invitar al análisis social de un oficio  o ver los riesgos morales de una profesión.

¿De qué manera puedo encontrar un género literario que me apasione? (Alejandro Cortés Osorno).

Es necesario explorar, hacer varios intentos, descubrir en cuál de esos géneros te sientes más cómodo para expresarte, o en cuál de ellos encuentras el mejor camino para traducir tus emociones, tus pensamientos, tus ideas. Desde luego, hay que ir leyendo diversos modos de manifestarse la literatura. Empieza por el cuento, sigue con la poesía, adéntrate en el ensayo, revisa la fábula, el drama, la novela… No te contentes con beber de una sola fuente; sacia tu curiosidad en varias de ellas hasta que percibas una o dos que sean más afines con tu sensibilidad. Emborrona, haz muchos intentos, lleva un diario, ten a la mano una libreta de notas, experimenta, deja que fluya tu interioridad. Te recomiendo mirar mi libro Escritores en su tinta en donde hay bastantes testimonios o ejemplos sobre eso de “encontrar la propia voz” o averiguar cuál es el mejor género para empezar a escribir.

¿Qué se desnuda cuando se escribe: el alma o el cerebro?, ¿por qué es tan difícil escribir? (Lina Marcela Alvarado Vélez).

Escribir es difícil por muchos motivos. Pero hay dos que me parecen los más evidentes: el primero es, por supuesto, la falta de conocimiento y dominio de una técnica como la escritura. No siempre se cuenta con un acervo de recursos, trucos, habilidades o formas que faciliten poner en palabras una emoción o una idea. El saber y el componer con palabras un texto es ya, de por sí, una dificultad. En algunas ocasiones tenemos mucho que decir pero somos torpes o inexpertos en el dominio de esa técnica. El segundo motivo proviene de otro lugar: a veces es difícil escribir porque hay demasiado miedo a que otros vean o sepan de nuestra íntima personalidad, a volver los vericuetos de nuestra interioridad un evento público. Tememos ser censurados o criticados, malinterpretados o señalados por otros. Porque al escribir no solo desnudamos nuestra alma, sino, de igual modo, nuestros pensamientos. Esos dos obstáculos requieren superarse de manera diferente: para el primero hay que estudiar, hacer “lecturas de relojero”, para mirar con detalle cómo otros han forjado o construido un mundo con palabras; el segundo, requiere de cierto valor para atreverse a comunicar una emoción que nos atenaza el corazón, una angustia que paralizar nuestro ser. Sin ese vigor interior, sin esa sinceridad que tanto recomendaba Nietzsche, será difícil vencer el miedo a escribir.

¿Cómo sembrar en los estudiantes el hábito de escribirse y tomar conciencia de sí? (Aída Marina Jiménez Rivera).

Las respuestas son múltiples. Me atrevo a señalar unas cuantas. Empezaría por recomendarte que no te centres demasiado en la corrección idiomática o la censura a los errores de redacción. Al menos, no al inicio. Considero que las llamadas escrituras expresivas o aquellas otras más cercanas a la biografía de los estudiantes, rinden más beneficios que las consideradas académicas (demos, por caso, una reseña o un informe). Que los estudiantes encuentren los medios más idóneos para decir su mundo, sus emociones, es una buena manera de motivarlos. Puede que la elaboración de la letra de una canción sirva de puente; puede que la elaboración del “diccionario autobiográfico” de esos jóvenes sea una actividad más llena de sentido que copiar en el cuaderno un vocabulario retomado de un libro de texto. De igual modo, pienso que invitarlos a leer novelas cortas, de esas consideradas “de formación”, o textos en los que se mencione la importancia de escribir contribuye a romper la desidia o el desinterés por la escritura. He usado el “Cuaderno del escucha”, que es una especie de diario en que los jóvenes van registrando aquellas cosas que oyen en su vida cotidiana o familiar y que, por una u otra razón, las consideran interesantes. He obtenido mediante este recurso muy buenos resultados. También me he valido de las diversas formas de la autobiografía: la musical, la del relato derivado de las fotografías (puedes mirar en este mismo blog, la sección “Autobiografía”), el perfil, la etopeya… En todo caso, esas estrategias no las he utilizado para ejemplificar un aspecto de la gramática o para evaluarlos. Si de veras deseas crear el hábito de escribir en tus estudiantes lo fundamental es que ellos se descubran, se problematicen; que al escribirse, den testimonio de sus angustias, sus experiencias, sus sueños, sus miedos.

¿Cómo podemos hacer un buen diagnóstico para saber desde dónde empezar a mejorar las habilidades de la escritura? (Lourdes Angélica Palacios Bermúdez).

Basta pedirles un pequeño texto o que traigan a clase uno de los hechos para cualquier clase. A partir de ese escrito se puede conocer dónde están los mayores problemas: en la sintaxis, en la puntuación, en la competencia lexical, en el uso de conectores, en la cohesión y la coherencia. Lo fundamental es ver esas fallas recurrentes, esas carencias repetitivas. Otra alternativa es solicitarles a tus alumnos que traigan a clase, para compartir con sus compañeros, cosas que hayan escrito, bien sea cuentos, poesía, relatos, reflexiones. Oyendo esos testimonios se puede obtener también un diagnóstico de lo que debe mejorarse. A veces resulta útil emplear encuestas, en las que se les pide a los estudiantes su opinión sobre sus debilidades al escribir. Este cuestionario ayuda a delinear un campo de trabajo docente o, al menos, a fijar cuáles deben ser las prioridades en una agenda didáctica. Sea como fuere, no sobra recordar que los problemas de la escritura son particulares, por eso hay que hacer ese diagnóstico, y ya en el trabajo tutorial con cada estudiante, se irán reconociendo otras falencias que merecen una ruta de mejora específica.

¿Cómo acostumbrar el cuerpo a escribir? (Diego Alejandro Olarte Quintero).

Aunque parezca un asunto menor, este es de los mayores escollos para escribir. Por el amodorramiento, por la pereza o la falta de disciplina, no se empieza o concluye un proyecto de escritura. Se escribe con el cuerpo y, al depender de él, hay que entrenarlo. Lo recomendable es empezar poco a poco, sin forzarlo, haciendo pequeños ejercicios de escritura. Lo mejor es llevar un diario, o tener a la mano una agenda de notas en la que  redactemos  pequeñas instantáneas  de nuestras reflexiones o  de lo que observamos en la vida diaria. Si ya se cuenta con ese hábito, y hay que desarrollar una vigorosa voluntad para que no todo acabe en buenas pero fallidas intenciones, ya se podrá pensar en escritos de mayor extensión, al menos alcanzar la meta de una página. Esa puede ser una vía. Otro camino es transcribir párrafos o segmentos de algún autor o libro que nos ha parecido interesante. La copia de esos textos ayuda al cuerpo a habituarse a tener una relación con la escritura, a sentirla cercana, a percibir su ritmo y su consistencia de palabras. También puede servir elegir una cita, un aforismo, una frase memorable y hacerle una glosa o un comentario. Contrapuntear la escritura de otros, además de retador, contribuye a que el cuerpo aprenda a foguearse en las lides de la escritura. No sobra repetir el consejo de muchos escritores expertos: lo esencial es adquirir el ejercicio cotidiano con la palabra escrita, para fortalecer las “conexiones” del pensamiento y evitar que se “encalambre” la mano o se “canse” en los primeros párrafos. 

¿Cómo decidirme entre ser crítico literario o maestro? (Santiago Largo).

Si bien son oficios diferentes, es posible combinarlos. Gran parte de los críticos literarios son maestros. El trabajo del crítico, del analista, del estudioso de la literatura, enriquece y revitaliza la enseñanza de la literatura. Eso es lo deseable, para que la docencia no sea una labor repetitiva y anquilosada, sino la puesta en escena de lo que se ha investigado. Pero entiendo que tu pregunta señala una duda sobre el futuro profesional. En ese caso, lo mejor es que mires tus aptitudes, que sopeses tus talentos y cómo son tus emociones en uno u otro escenario. La labor del crítico, si se la mira desde una perspectiva de la mera producción, es más solitaria, más de estudio concienzudo y pesquisas de largo aliento. El crítico es, por excelencia, un gran lector y tiene como objetivo publicar eso mismo que investiga. El maestro, aunque no sea tan especializado como el crítico literario, lo que mayormente le interesa es compartir sus conocimientos con otros. Su labor es de motivación y animación de un área del conocimiento, como es el español o la literatura. El quehacer del maestro requiere paciencia, dedicación, sensibilidad social y altas habilidades comunicativas o de interacción. Desde luego, el maestro también hace con sus alumnos una forma de crítica literaria, quizá no tan sistemática o densa, pero, al igual que su colega, intenta desentrañar los sentidos y los significados de las obras. Como se ve, son dos posibilidades laborales que tienen muchos lazos en común, más que diferencias irreconciliables. Aunque hablando del futuro, lo mejor es explorar dónde te sientes más a gusto o cuál de ellas te produce mayor felicidad.

¿Qué es la emoción de escribir? (Abelardo Gómez).

Para los que vivimos esa experiencia, la emoción de escribir es antes que nada una sensación de libertad. Te sientes sin lastres de ninguna índole, avanzas por los vericuetos de la página en blanco como si jugaras o no tuvieras límites para tu imaginación. Esa libertad te permite dejar fluir el mundo de tu interioridad y sorprenderte de lo que va saliendo de tus manos. Mas hay otra gran emoción derivada del acto de escribir: el apreciar cómo va tomando forma un texto, cómo adquiere una fisonomía que antes no era sino difusas ideas o un maremágnum de exaltaciones y entusiasmos. Qué gran emoción se siente cuando el acto de crear se vuelve cuento, poema, ensayo concluido. Y ni qué decir de la emoción de compartir eso mismo que se escribe; en hallar un cómplice, un lector, un alma gemela que pueda adivinar o imaginar el significado escondido o resguardado por unas palabras. Esa es la emoción suprema del escritor: recuperar desde otro ser lo que salió de su corazón, pero transformado en comentario, en subrayado, en glosa o línea recordada. Aunque no sobra decir que a veces esa emoción de escribir posee sus momentos angustiosos, sus tristezas, cuando lo que tenemos adentro no logra hallar la mejor vía para manifestarse, o cuando padecemos tiempos de sequedad, o cuando las mismas criaturas hechas por nuestras manos no logran satisfacernos. No obstante, esas intermitentes alteraciones negativas, hacen parte de la emoción de escribir. Son, por decirlo así, las peripecias propias de esos consagrados alquimistas obsesionados en descubrir el elixir mágico de la palabra escrita.

¿Cómo puedo enseñar poesía para interpretar las condiciones de esta vida, para llegar al alma y sensibilizar los corazones y los actos de mis estudiantes (Ángela María Suárez Londoño).

La poesía es una escuela de la sensibilidad y la sentimentalidad. Por medio de ella aprendemos otra forma de conocer y, al mismo tiempo, otra manera de aprender a vivir. La poesía pule nuestro instinto, da voz a lo que nos paraliza, ofrece un caudal de experiencia, vertido en imágenes, que sin lugar a dudas es genuina sabiduría. La poesía, de otro lado, hace maleable nuestro entendimiento, flexibiliza la dureza de nuestra racionalidad y, lo que es más importante, es un buen lenguaje para expresar y comprender las emociones propias y ajenas. Por todo ello es que vale la pena considerarla una prioridad en nuestra labor docente. Para ello, es fundamental elegir muy bien qué poemas son los que vamos a llevar a clase, cuáles los que deseamos que nuestros estudiantes aprendan de memoria, y qué libro de poemas amerita leerse de forma completa. Hay que buscar poemas que estén cerca a las necesidades vitales de nuestros alumnos; impulsar el comentario de esos poemas y vincularlos con el mundo de ellos. De igual manera, es necesario con la lectura de poemas en clase, ayudar a superar la superficialidad afectiva que circula en la sociedad de consumo. Es urgente conversar sobre la ambigüedad de los sentimientos y la no siempre grata vivencia de las pasiones. Te recomiendo leer mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, creo que en esta obra podrás encontrar un buen recurso para tus inquietudes. 

Ningún día sin una línea

06 domingo Ene 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Jean Miélot trabajando en su scriptorium, Bélgica, 1456.

Es frecuente que mis amigos y alumnos me pregunten sobre cómo hago para publicar un libro cada año o para mantener una producción intelectual permanente. La respuesta inmediata, o la que tengo más a la mano, es la disciplina o la de trabajar, con dedicación y constancia, en determinado proyecto. Pero creo que vale la pena desmenuzar un poco más mi modo de producción escrita con el fin de que pueda servirle a colegas o discípulos.

Cuando hablo de tiempo y dedicación lo digo en el sentido de reservar en mi agenda unas horas o unos días específicos para tal fin. Por decirlo de otra forma: si no se aparta en el horario del día o de la semana un tiempo para el proyecto que tengamos en mente, seguramente lo que empezó con ánimo y amplias expectativas terminará sepultado entre las cosas urgentes y los agites de la vida cotidiana. Cuando era estudiante y trabajaba por las mañanas, siempre dedicaba las horas de la noche; ahora, saco sagradamente dos o tres horas al comienzo del día. Esa reserva de tiempo la vivo como si fuera una “obligación laboral”, y la defiendo a capa y espada contra las otras eventualidades que proliferan como maleza en tierra abandonada.

Sobra decir que este tiempo destinado para escribir, para leer y escribir, no es un invento personal. La mayoría de escritores expertos hacen lo mismo; unos más disciplinados que otros. Pero en todo caso, la mayoría dedica unas horas a cultivar su parcela; a que no pase, como quería Plinio el Viejo, refiriéndose al pintor Apeles, Nulla dies sine linea: ningún día sin una línea. Aquí es donde la voluntad convertida en tenacidad es imprescindible, porque no todos los días tenemos el mismo ánimo, ni siempre estamos tan volcados a la creación. Pero he ido aprendiendo, y esto hace parte de los saberes de los escribas devotos, que lo importante es sentarse durante ese tiempo frente a la hoja en blanco o al computador. Sentarse como niño que va a la escuela, como artesano en su mesa de trabajo. Ahí, ya acomodado en ese espacio, empiezan a aparecer ideas, motivos, temas de escritura que sin esa convocatoria de la hora fijada seguirían deambulando en lo innominado o etéreo. 

Lo otro que he hago, y a lo que me he referido en otras entradas de esta bitácora virtual, es ir poco a poco, avanzando a pedazos, sin querer de una vez terminar el gran proyecto. A veces lo vivo como un reto: escribir un corto ensayo todos los días; subir al blog una entrada todas las semanas; redactar las consideraciones para un novenario; escribir por lo menos tres aforismos diarios, durante un mes, sobre un tema específico… Esos retos los vivo de manera lúdica y son un estímulo mental y una compañía cuando voy por la calle o cuando soporto las reuniones interminables del mundo académico. En todo caso, así sea mínima la producción, lo que me interesa es ir minando, como la ola al acantilado, la mayúscula tarea que me he propuesto. Este estilo de escribir, como la tortuga, es el que ha hecho que termine ganándole a la liebre del “contar con todo el tiempo del mundo” o de “no estar ocupado en otra cosa”.

Paralelo a lo anterior o como consecuencia de andar lento pero sin dejar de caminar, me mantengo siempre conectado con un proyecto, con algo que agite mi mente y avive mi entusiasmo. La lectura es vital en esta red de confluencias y resonancias. Busco, investigo, tomo referencias, lleno mi libreta de apuntes, dejo registro en el diario o en “despertario”, hablo y converso sobre lo que voy encontrando, le sigo la pista a una intuición o un descubrimiento… Este es un modo de proceder que ya constituye un hábito: al dejarme poseer por lo que me interesa o me inquieta, he descubierto que le facilito a la ley de las correspondencias operar sus fuerzas insospechadas. Es cierto: si uno anda conectado con un asunto todo parece converger hacia ese punto. Es oportuno recordar que buena parte de las estrategias creativas provienen de esa inmersión o incubación en cierto campo de interés. Así que lo mejor es no desconectarse o abandonar lo que tenemos como meta. Bien sea como lectura, meditación o diálogo, lo fundamental es no dejar apagar el fuego de lo que empezó como una iniciativa estimulante.

Hay otra cosa que me gusta hacer y contribuye en cantidades a que la escritura fluya incesante: caminar. “El tacto de la ciudad se percibe por los pies”, decía Ezequiel Martínez Estrada; en consecuencia, podemos usar los pies para desentumecer las manos y avivar la imaginación. Este ejercicio ayuda a que circule la sangre, se despeje el pensamiento y cambie la perspectiva de nuestra mirada. Hay páginas caminadas durante muchísimos minutos y libros que han demandado recorridos interminables por calles y avenidas, por parques y caminos rurales. Y mientras deambulo, las ideas saltan a la vera del camino, se van acomodando mejor en un párrafo o relampaguean al fondo de mi cerebro, cual rayos fugaces. A veces pienso que al caminar, la soledad propia de la escritura halla una compañía en la que la meditación se acompasa con el ritmo de cada paso y logra así convertirse en otra forma de viajar. 

También utilizo la diagramación de lo que voy escribiendo como estímulo para avanzar en el proyecto en curso.  Darle forma de futuro libro a lo que produzco fragmentariamente, meterlo en una caja tipográfica e ir adaptándolo a un formato específico se convierte en una certeza de que la obra en proceso tiene prefigurado un rostro, una evidencia de realidad. A veces esas “ediciones caseras” empiezan por el anillado o por una compilación con un índice preliminar. Puede suceder que la “obra embrionaria” anide en una carpeta del escritorio de mi computador o haga parte de un nuevo fólder en el cajón de mi escritorio. Lo cierto es que al dotarlas de esa factura, el mismo documento diseñado se vuelve acicate, campana de alerta, aviso de lo que está pendiente o no debo dejar de visitar. Tal vez este recurso provenga de mi gusto por el diseño gráfico y del convencimiento de que la forma y el contenido se retroalimentan en una fructífera simbiosis.

El último aspecto, por no decir recurso o táctica de escritor, es tener a la mano una buena batería de diccionarios. Al lado de mi escritorio están, por ejemplo, el Diccionario de uso del español de María Moliner, el Diccionario de lengua española VOX, el Diccionario combinatorio del español contemporáneo dirigido por Ignacio Bosque, el Diccionario de ideas afines de Fernando Corripio y el Mega thesaurus de sinónimos y antónimos de Editorial Sopena. Me gusta frecuentarlos, manipularlos, ir de página en página por sus variadas acepciones, como si fuera un buscador de pepitas de oro o un biólogo que anhela hallar un espécimen desconocido. Mis diccionarios hacen las veces de colegas de taller o se asemejan a miembros de una hermandad que confían sus secretos únicamente a los más entregados al oficio. Al estar al lado mío, firmes y atentos, me dan confianza, me invitan a no levantarme de mi scriptorium y a redescubrir en cada página que redacto las delicias de una pasión vuelta destino.

La analogía: poner en correspondencia dos entidades

04 domingo Nov 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 159 comentarios

Ilustración de Aristídes Hernández («Ares»).

Argumentar mediante analogías es un recurso inagotable de los buenos ensayistas. Piénsese no más, para mencionar solo dos ejemplos señeros, en varios de los escritos de Alfonso Reyes o en aquellos otros de José Ortega y Gasset. Al lado de los razonamientos lógicos estos ensayistas echan mano del pensamiento relacional, con el fin de avalar su tesis usando analogías imaginativas y sugerentes para el lector.

Por supuesto, la mera enunciación de una relación no constituye en sí misma un argumento con analogía. Para que el recurso logre ser efectivo el escritor debe tejer los diferentes aspectos de las entidades relacionadas, de tal forma que al irlos comparando logre persuadir al lector de la tesis propuesta. Y entre más sean los rasgos analogados, mayor será la fuerza de la argumentación. Como puede adivinarse, la validez de este tipo de argumentación reside en el número de características empleadas y en la imbricación de las mismas.

Salta a la vista que si no se conoce o no se tiene la suficiente información sobre esa segunda realidad que va a servir de referente para la analogía, este recurso argumentativo quedará flojo o sin contundencia. Buena parte del éxito del ensayista al echar mano de analogías consiste en “apropiarse” de los conceptos o términos de la realidad “semejante” para que, desde esa transferencia, sea más evidente la tesis esgrimida. Si se me presta la expresión, el que elabora una analogía debe moverse en dos mundos, convirtiéndose en un traductor de sus lenguajes, de los campos semánticos que les son propios.

No sobra advertir que el uso argumentativo de la analogía presupone la pertinencia o relevancia de la misma en la defensa de una tesis. La inclusión de una semejanza –aunque se hayan tejido varias de sus peculiaridades– si no está alineada con la apuesta vertebral del ensayista quedará como un adorno literario o parecerá una digresión fuera de tono. La analogía no es “decoración”, sino el empleo de una “semejanza” o un conjunto de símiles para hacer más entendible, más interpelativa la tesis de un ensayo. 

Por lo demás, al usar analogías lo que buscamos es darle mayor plasticidad a nuestra manera de argumentar. El uso de imágenes otorga a los escritos una “maleabilidad comunicativa” que aquilata la densidad de la prosa abstrusa y sin puentes con el lector. Hasta podemos decir que las analogías, por tener un origen en lo imaginario, interpelan la parte sensible de nuestra condición, movilizan afectos, vinculan dimensiones simbólicas o claramente tachonadas de alegoría. Por eso, cuando el lector lee las analogías le parecen cercanas o familiares y, por eso también, le resulta fácil compartir o aceptar la tesis defendida por el ensayista. A la par que se alcanza una mayor receptividad en el mensaje, el empleo de analogías apunta a conmovernos o movilizar nuestras emociones.

Agreguemos que la analogía al poner en correspondencia dos entidades posibilita que una de ellas (la más extraña o novedosa) pueda ser entendida desde otra que es más conocida. Así pues, cuando el ensayista lanza una tesis bastante sorprendente o sorpresiva se vale de la analogía para hacerla más familiar a los ojos del lector. Mejor aún: es ese argumento analógico el que permite comprender una tesis que en una primera lectura parecería descabellada o falta de sentido. No solo se gana en aducir motivos para sumar al convencimiento, sino que la misma analogía ofrece una mayor inteligibilidad de la tesis presentada.

Concluyamos recordando que el acierto o desacierto en la elaboración de una analogía depende de qué tanto el ensayista analiza el parecido entre las dos realidades puestas en equivalencia. A veces lo que parece un rasgo obvio y afín termina siendo una contradicción, y lo que no parecía tener una conformidad común se convierte en la mejor probabilidad argumentativa. Pescar las semejanzas posibles, reunir esos aspectos parecidos, recopilar similitudes, es hacerle justicia a la etimología de la palabra; porque la raíz de analogía proviene del indoeuropeo “leg” que significa, precisamente, “recoger”, “recolectar”. El ejercicio de reunir y entretejer esas comparaciones es lo que convierte a la analogía en un modo de argumentar original y sugestivo, pero, al mismo tiempo, retador para el ingenio del escritor de ensayos.

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