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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: APRENDER A ESCRIBIR

Profesor, anímese a escribir y publicar

25 sábado Ago 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Conferencias, INVESTIGACIÓN, OFICIO DOCENTE

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Ilustración de Aad Goudappel

Ilustración de Aad Goudappel.

Las ideas que siguen, además de referir un proceso personal con la escritura, quieren ser un estímulo para colegas docentes que desean publicar sus primeros textos, están en mora de consolidar su primer libro o se mantienen temerosos de entrar en relación con la producción escrita.

Aunque el tono sea autobiográfico, estas ideas están respaldadas por varias investigaciones sobre la escritura académica y un rastreo bibliográfico de muchos años. No son, pues, ideales utópicos, sino consejos salidos de la propia experiencia como autor y como editor independiente.

  1. INCORPORE EL HÁBITO DE ESCRIBIR

Una razón generalizada de la baja producción escrita de profesionales y educadores tiene que ver con el poco trato con la palabra escrita. Se escribe de manera esporádica y, en la mayoría de los casos, por una demanda externa o por una obligación institucional. No se cuenta con un hábito de escritura. Y al no tener “lubricada” esta herramienta, lo más seguro es la desidia o una multiplicada dificultad para estructurar un texto o atender las necesarias correcciones de un editor. Olvidamos que para lograr la destreza de escribir es necesario adquirir el hábito. Imponernos la disciplina de dedicar a un proyecto, a un ensayo, a un artículo, por lo menos dos horas todos los días.

  1. VINCULE LA DOCENCIA CON LA ESCRITURA

En buena parte de nuestras funciones en la universidad disociamos o no vinculamos dichas tareas. Investigamos una cosa, dictamos clases sobre otra y, si publicamos, lo hacemos sobre una temática diferente. Considero que si vinculamos, por ejemplo, la docencia con nuestra producción intelectual, seguramente encontraremos una vía propicia para aglutinar muchos de nuestros intereses. Pero, además, las tareas que pongamos, las investigaciones que dirijamos deberían no perder ese eje de nuestro interés. Resulta de igual modo provechoso convertir nuestros apuntes de clase en pequeños textos o en ensayos que sirvan de motivo para textos de mayor desarrollo.

  1. CUALIFIQUE LAS HERRAMIENTAS PARA ESCRIBIR

Proveerse de una buena caja de herramientas para escribir es fundamental. Como todo arte, la escritura demanda unos útiles específicos que le son idóneos y mediante los cuales logra cualificarse. Desde los diccionarios de dudas e incorrecciones del idioma, pasando por los diccionarios etimológicos o de uso del español, hasta los diccionarios ideológicos, contribuyen a afinar nuestra prosa o sacarnos de un impasse lingüístico que parece imposible de sortear. Los tesauros sobre determinado campo de conocimiento o un buen diccionario razonado de sinónimos son de gran ayuda cuando necesitamos precisar un concepto o darle variedad lexical a nuestros escritos.

  1. EMPIECE A PUBLICAR EN REVISTAS

Sin lugar a dudas, un primer escenario para hacer pública nuestras producciones son las revistas. Al enviar nuestros textos, ya sean de revisión bibliográfica o resultado de investigaciones, empezamos a reconocer lo particular de esas tipologías textuales, los requerimientos de cada publicación y a vivir la experiencia de ser leídos por pares de nuestro campo. Lanzarnos a publicar en revistas es una buena escuela para reconocernos y sopesar la calidad de nuestros escritos. Sobra decir que es clave ir encontrando esas publicaciones alineadas con nuestros intereses o esas otras en las que de manera estratégica deseamos participar. Y si hay tenacidad y apoyo, crear una revista. 

  1. PARTICIPE CON PONENCIAS EN EVENTOS

Otra excelente oportunidad para foguear nuestras producciones escritas es participar en foros, seminarios, encuentros o coloquios académicos. Vivir la experiencia de que nuestra ponencia sea aceptada y luego entrar en diálogo en paneles o mesas de trabajo con colegas sobre lo que hemos presentado es una fragua para ver la calidad de nuestros textos. Además de mantenernos actualizados es una ocasión para fortalecer las redes, los grupos de interés sobre determinada temática. Esta parece ser una buena recomendación para caldearnos en la escritura: al menos cada semestre escribir y presentar una ponencia en los variados eventos nacionales o internacionales.

  1. HALLE UN “NICHO” INTELECTUAL

No es recomendable la dispersión académica si queremos consolidar algún proyecto de escritura. Lo aconsejable es hallar esos “nichos” intelectuales hacia los que convergen muchas de nuestras actividades o que imantan nuestros estudios y nuestras investigaciones. Sólo profundizando en ese tópico es como lograremos “decir algo medianamente original” o hacer algún aporte con nuestra producción académica. Este eje, por lo demás, va proveyendo cierta seguridad o confianza al escribir porque otorga un dominio disciplinar y un aval bibliográfico que crea un escenario de respaldo a nuestra propia voz. El “nicho” hace que siempre tengamos un proyecto de escritura en curso.

  1. COMPILE LA PRODUCCIÓN DISPERSA

Por ser la escritura un oficio artesanal, los libros voluminosos no salen de un momento a otro. Más bien son el resultado de años de trabajo en los cuales sus partes van sufriendo un proceso de maduración, selección y reorganización. En este sentido, el libro empieza en la compilación, en agrupaciones temáticas, en tejer una red de relaciones que conviertan las partes heterogéneas en una unidad con significado autónomo. El libro se va haciendo pedazo a pedazo, capítulo a capítulo. Por eso es importante revisar si lo que tenemos disperso puede ir tomando la forma de libro; o si lo que hemos ido haciendo de manera discontinua deja indicios para convertirse en una obra.

  1. TENGA EN MENTE UN PROYECTO EDITORIAL

Cuando en verdad se tiene un vínculo con la escritura, siempre hay un proyecto editorial en curso, un libro en ciernes. A veces ese proyecto es de largo aliento y requiere muchos años para lograr terminarlo; en otros casos, el producto en cuestión puede necesitar semanas o meses. Pero lo importante, es que las demandas del quehacer cotidiano no desdibujen o posterguen interminablemente una meta de escritura.  Entonces, para no sucumbir a la inclemente lógica de lo urgente hay que concebir un plan, unas fechas, un itinerario de posibles avances. Aquí habría que dar un consejo esencial, sobre todo para los que hasta ahora se lanzan a este propósito: no se trata de tener el tiempo ideal para dedicarse de lleno a escribir, sino de ir poco a poco, hora tras hora, avanzando en dicho objetivo. Y cuando ya se logre finiquitar una obra, durante ese proceso hay que ir recolectando las semillas del nuevo libro.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

  • Fernando Vásquez Rodríguez, Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, 2008.
  • Fernando Vásquez Rodríguez, Pregúntele al ensayista, Kimpres, Bogotá, 2007.
  • Fernando Vásquez Rodríguez, Las claves del ensayo, Kimpres, Bogotá, 2016.
  • Fernando Burgos (editor), Los escritores y la creación en Hispanoamérica, Castalia, Madrid, 2004.
  • Daniel Cassany, Describir el escribir, Paidós, Barcelona, 1989.
  • María Teresa Serafini, Cómo se escribe, Paidós, Barcelona, 1994.

El cronista y el etnógrafo

04 domingo Feb 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Crónicas, Ensayos, INVESTIGACIÓN

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Caricatura de Waldo Arturo Matus

Un maestro de la crónica: Carlos Monsiváis. Caricatura de Waldo Arturo Matus.

Bien miradas las cosas, mucho de lo que hace un cronista –hablo del consagrado a este oficio– se asemeja al trabajo propio de los etnógrafos. Veamos algunas de esas zonas de confluencia y saquemos algunas consecuencias para los procesos investigativos.

Lo primero, y quizá lo fundamental, es que cronista y etnógrafo realizan un proceso investigativo que combina la labor documental con el trabajo de campo. No es cuestión de transcribir alguna entrevista suelta o un fugaz contacto con algún personaje. Por el contrario, es un ejercicio de inmersión, de convivencia, de trato frecuente con el objeto de nuestro interés. De allí que se necesiten esos dos momentos: una labor de archivo, de hemeroteca, de lectura de declaraciones o libros, de rastreo iconográfico o de audio. Tal equipaje previo es como la reserva para ir luego al campo, al encuentro con los informantes para entrevistarlos en su contexto. Si no hay una juiciosa y abundante tarea documental pocos serán los dividendos al estar “cara a cara” con nuestra persona seleccionada.

Y, en ese mismo sentido, tanto el cronista como el etnógrafo realizan un tipo especial de indagatoria con el informante principal: la llamada entrevista en profundidad. Es decir, necesita varias sesiones de diálogo con el entrevistado para ir ahondando en su personalidad, en su actuar, en su forma de ser y comportarse. Estas sesiones de entrevista están, por lo general, espaciadas en el tiempo y pueden hacerse en diferentes escenarios en los cuales se desempeña el entrevistado. Sobra decir que realizar este tipo de entrevista demanda una escucha atenta, un trabajo de sigilo y unas habilidades interpersonales para crear confianza en el otro. En suma, la entrevista en profundidad no es la realización de un cuestionario frío ni casual.

Es oportuno precisar aquí la importancia de la grabadora y la libreta de notas. La primera, por supuesto, para no dejar perder el contenido y los matices de la voz del entrevistado, y la segunda para anotar el poder silencioso del gesto, los énfasis trasladados a los ademanes, las vinculaciones del habla con los objetos, la indumentaria o para consignar determinadas afirmaciones que sirven como bisagras de interés para continuar el diálogo. Gracias a la grabadora nos ocupamos de mantener un diálogo genuino y no andar como escolares copiando un dictado; y gracias a la libreta de notas atrapamos indicios del personaje, “detalles del natural” que pueden ser de utilidad al momento de redactar el texto final.

Un segundo punto de confluencia es el relacionado con el valor de los detalles tanto para el cronista como para el etnógrafo. Precisamente, el historiador Carlo Ginzburg llamó la atención sobre la importancia de los detalles en una investigación y recalcó el proceso mental de la abducción para formar hipótesis con informaciones mínimas. Más aún, puso en alto relieve los detalles secundarios o marginales. Son estos nimios asuntos los que anuncian o prefiguran un campo de actuación o descifran toda una vida. El cronista y el etnógrafo, entonces, son sabuesos de los detalles, de indicios, de pistas. En este sentido, aunque son cualificados profesionales de la escucha, mantienen en su espíritu una reserva de sospecha para no creer todo lo que las personas dicen. Por eso, cotejan, entrevistan a distintos implicados, triangulan la información recogida, ponen en tensión posiciones opuestas. En todo caso, el cronista y el etnógrafo saben que la percepción de la realidad depende mucho de las emociones y los intereses de la gente. Y al igual que los detectives o los médicos saben que cualquier indicio puede llevarlos a descubrir el mayor enigma o resolver el más intrincado problema.

Un tercer asunto que vincula a cronistas y etnógrafos es el respeto a las voces de los informantes. No se trata de convertir unos testimonios en un pretexto para decir cualquier cosa o en tratar de embellecerlos porque molestan o poco gustan. Por eso es que abundan los entrecomillados en las crónicas y en los informes del etnógrafo. La fidelidad a las voces de los entrevistados, posee por lo demás otra virtud: la de dotar al producto final de verosimilitud. El cronista y el etnógrafo necesitan o tienen la obligación con el lector de hacer creíble lo que cuentan o dicen los informantes. Más que la interpretación de un hecho o la impresión de determinada persona, lo que buscan es mostrarnos sin intermediarios o falsificaciones el retrato humano o el cuadro de un acontecimiento. La credibilidad o validez de lo que muestren dependerá, en gran medida, del cuidado y fidelidad a las voces de los informantes.

Todo lo anterior no es sino la fase preparatoria de la crónica o el informe del etnógrafo. Ahora viene la segunda etapa en la que una y otro necesitan poner lo visto y escuchado en un texto llamativo, sugerente, amigable para el lector. Ese segundo momento es el de la reconstrucción narrativa. En un lado quedan los hechos y, ahora, –mediante la filigrana de la escritura– se convierten en acontecimientos. El cronista y el etnógrafo saben que en este instante se juegan los días o los meses de investigación previa. De lo que se trata en esta etapa es de organizar o de articular todos esos elementos encontrados mediante la mirada perspicaz, la escucha empática, la documentación exhaustiva. A veces resulta afortunado hilvanar la información manteniendo un hilo temporal, o puede resultar útil usar subtítulos como si fueran escenas de una película. La idea de montaje –tan definitiva en el cine– le viene bien a cronistas y etnógrafos. Uno y otro, en la sala de edición o en el cuarto de redacción, se dedican a armar el rompecabezas, a darle una unidad a lo que durante la investigación fueran momentos fragmentados o discontinuos. Esta labor de “ensamblaje” combina elementos propios de la narración (el suspenso, la tensión, el cambio de perspectiva), con otros tiempos para la descripción y el acopio de testimonios. Por lo demás, demanda un tacto especial para elegir lo vital de la información y sopesar el peso real del material recolectado. Y ni qué decir de la preocupación por la elección de las palabras adecuadas, la puntuación precisa y el aplomo para poner los adjetivos. Dicha preocupación al redactar es lo que provoca la emoción en los lectores, el vínculo secreto que da las crónicas o los informes de los etnógrafos su carácter altamente comunicativo.

Como se ha podido apreciar, el cronista y el etnógrafo se emparentan en el enfoque de investigación, en la referencia a un método y en buena parte del uso de instrumentos específicos. Ambos se nutren poderosamente de la observación, del uso de entrevistas y del trabajo de campo. Los dos aspiran a desentrañar lo que a primera vista parece insustancial o poco llamativo, con el fin de hacernos más sensibles a la compleja condición humana. Cronista y etnógrafo, además, mantienen un lazo de sangre con la narrativa. Los productos terminados que ofrecen –las crónicas o informes– son una reconstrucción intencionada en la que es fundamental tocar la zona emocional del lector, provocar o mantener viva su sensibilidad. Quizá por eso tanto los cronistas más consagrados como los etnógrafos de largo aliento continúan nutriéndose de la tradición de la literatura. Ella sigue siendo, su fuente de inspiración y también su punto de llegada.

El proceso de componer un libro de cuentos

06 sábado Ene 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Amanecer alado

A finales del año pasado salió el libro Amanecer alado y otros cuentos, mi segundo libro de relatos, publicado doce años después de aparecer Venir con cuentos. La alegría de esta nueva cosecha de palabras es inmensa, y más tratándose de un género que ha estado cercano a mis búsquedas literarias.

El cuento, lo sabemos, es un aliado para recuperar las vicisitudes de hombres y mujeres durante su larga o corta existencia. Es un género con el dinamismo de la flecha, según pensaba Horacio Quiroga, y es el resultado de un ojo perspicaz de fotógrafo, al decir de Cortázar. Los hay de diversa temática: fantásticos, maravillosos, policiales, realistas o de ciencia ficción. Pero a pesar de esta variedad siempre tienen una fuerza narrativa condensada que los hacen interesantes o apetitosos como para devorarlos en una sentada.

Más no es de la historia del cuento de lo que me interesa escribir en esta ocasión. Quisiera profundizar en el proceso creativo que se lleva a cabo para lograr estos artefactos narrativos. Me interesa exponer las etapas del proceso de composición de muchos de los cuentos que he escrito, guiado por el deseo de hacer legible lo que a primera vista parece un acto espontáneo o venido de no se sabe qué zona del subsuelo psicológico.

El detonante siempre está en una anécdota. No sobra recordar que una anécdota es un hecho singular o interesante, un incidente, algo que me ha sorprendido o llamado poderosamente la atención. Esa anécdota puede provenir de muchas fuentes: un amigo que me cuenta la inexplicable infidelidad de su pareja; el conflicto de una mujer madura por tener un hijo a sabiendas de la pasada pérdida de un embarazo anterior; la muerte en soledad de un familiar; la resonancia del pasaje de una lectura; una situación cotidiana que aunque banal pone en evidencia el carácter de una persona; una coincidencia en un hecho realizado en tiempos diferentes; una frase lapidaria y contundente oída de paso; una imagen conmovedora vista o recordada; un conflicto sutil entre sentimientos; una situación posible o fabulada de un personaje histórico; una obsesión entrevista en un sueño o persistente en la duermevela… en todo caso, esa anécdota es el disparador, el fogonazo con que se inicia mi proceso creativo.

Casi siempre escribo esa anécdota en mi libreta de notas, o la pongo en mi “Despertario”, un cuaderno que tengo en mi mesa de noche. Hay anécdotas que devienen rápidamente en una historia y otras que permanecen hibernando por días o meses. También sucede que hay anécdotas que nacen y se quedan encerradas en un argumento y, otras, que de una vez lanzan sus primeros párrafos de manera rápida y sin contención. Lo común es que la anécdota vaya madurando en mí por días, hasta que ayudado por la memoria y la imaginación puedo atenderla con dedicación en la escritura. Me sucede, de igual modo, que hable sobre esa anécdota con amigos o familiares; se las relato sucintamente e invito a esas personas a que manifiesten sus opiniones al respecto. Es una especie de diálogo dirigido sobre un asunto que sigue bullendo en mi cabeza y que necesita ser atizado, enriquecido, azuzado por la conversación.

En algunas ocasiones la forma de extender o darle densidad a esa anécdota es la investigación, la lectura de libros o fuentes relacionadas con dicho motivo. Sin embargo, al igual que con las personas con que charlo al respecto, estas lecturas tienen la función de aumentar el campo de resonancia de la anécdota; explorar en las particularidades de un sentimiento; afinar la mirada y el vocabulario para nombrar algo que me interesa; conocer el simbolismo de un color; ahondar en una época, un estilo, una obra específica. Investigo para que la anécdota tenga un escenario de verosimilitud, para recoger información útil en esta etapa de incubación y rumia de la ficción.

La maduración de la anécdota trae consigo el desarrollo de un conflicto. Me complace explorar en aquellos asuntos medulares de la historia, pero cuidándome de no parecer aleccionador o moralista. El conflicto me lleva a perfilar los personajes que van a encarnarlo. Le gasto un tiempo a caracterizar estos seres de ficción aunque tienen elementos de diversas personas que les han servido de referencia. Me ocupo de describir tales personajes, ahondando especialmente en su forma de hablar, en los objetos que usan o los acompañan y en los gestos que hacen constantemente. Más que la descripción de los conflictos interiores busco que sus palabras los definan. Todo ello va gestándose en mi cabeza y se enriquece en la medida en que comienzo a redactar la historia.

El primer párrafo de un cuento es otro aspecto vital en mi manera de escribir. Si tengo ya esa entrada lo otro viene poco a poco; a veces son más los intentos fallidos que el acierto inmediato. Una vez cuaja ese primer párrafo los que siguen se desgranan como cosecha madura. Sigo creyendo que ese primer párrafo, como creía Umberto Eco, define el tono y el ritmo del cuento. En ciertos casos necesito, y de eso igualmente hablaba Rulfo, varios párrafos para encontrar el que mejor exprese lo que deseo narrar. Es una especie de búsqueda a partir de la misma escritura; una labor de socavamiento, de ir escarbando entre el mismo surco de las palabras.

Hay momentos en que el cuento avanza sin dificultad hasta lograr su fin. Esta escritura no está todavía corregida, afinada totalmente. Es una redacción en bruto que anhela descubrir su cierre. Otras veces, y el recurso era usado por Borges, la narración avanza hacia un final que ya tengo previsto pero que no sé con claridad cómo voy a conseguirlo. La narración se desplaza en pos de ese final, explorando alternativas para alcanzarlo. No obstante, y creo que eso me ha sucedido en la mayoría de mis relatos, el cierre corresponde a las propias fuerzas del conflicto, a las vicisitudes por las que van pasando los personajes. Prefiero que ciertos finales queden abiertos por la misma situación narrada o por el conflicto allí relatado, y eso lo he aprendido de observar con cuidado la sinuosa y variable condición humana. El final a veces queda como en punta, abierto al múltiple juego de las posibilidades o a la imaginativa interpretación de los lectores.

Finiquitado ese primer trayecto, henchido de un furor creativo, viene el lento proceso de la corrección. Esta etapa que se repite varias veces y en distinto tiempo aboga por la precisión semántica, por suprimir las voces repetidas, por un cambio de un signo de puntuación, por la inclusión o supresión de un detalle en uno de los personajes… Es una labor más de poda que de adiciones. Me agrada hacer esas enmiendas en horas de la mañana, y por lo menos durante una semana. En ese tiempo les leo el texto a personas cercanas para escuchar sus comentarios, aunque lo esencial es poner esa escritura en la voz de la oralidad. Al entonar esas grafías aprovecho la circunstancia para descubrir algo que no funciona cabalmente o detectar un signo de puntuación que necesita cambiar de lugar. Al oralizar el cuento recobro para la escritura la viveza de la palabra hablada, esa con la cual encantaba el primer narrador.

Pasados varios meses o años vuelvo a leer el cuento. La distancia ayuda a madurar la ficción, es su natural proceso de depuración. Por lo general encuentro algún detalle que amerita limarse o descubro un pequeño giro en la sintaxis que le permite a la prosa alcanzar un ritmo menos cacofónico o redundante. El tiempo ayuda a convertirme en crítico de mi propia producción. Al igual que Mempo Giardinelli, trato de ser inclemente con esa escritura, procuro leerla como algo ajeno, viendo en ella más las carencias que los aciertos. Concluida esa labor de curaduría en la composición me olvido de tal narración y me ocupo en otros proyectos. Transcurridos unos años, cuando noto que la carpeta en la que voy guardando estos diversos relatos contiene un número considerable, recupero cada cuento y lo someto otra vez al escrutinio de la relectura. Ahora desde la perspectiva de formar parte de un futuro libro, de ajustarse a la lógica de una publicación. Al organizar los cuentos desde esta óptica, varios de ellos se mantienen intactos y, otros, exigen unos pequeños retoques. Cerrada esta fase, envío a un corrector amigo los relatos para que los revise. Esas correcciones son la oportunidad para volver a inspeccionar lo que parecía definitivo. Después de otros meses el libro ya está listo para empezar la etapa de diagramación.

Por disfrutar este aspecto del diseño gráfico empleo varias jornadas en la selección de la fuente, en la caja tipográfica, en la ideación de las páginas maestras y en la concepción de la carátula. Una y otra variante desfila por la pantalla del computador hasta que una de esas opciones me deja satisfecho. Cuando ya está terminado el diseño hago una impresión, la anillo y me dispongo a hacer la última lectura de la obra. Al finalizar esta labor, con bolígrafos o marcadores de color hago los ajustes respectivos. Todo parece ya listo para enviar el material a la imprenta. Una vez me llegan las pruebas  de la editorial hago una última revisión, confiando en que no encuentre ningún error de esos que por más que uno vigila, siempre quedan por ahí, como un testimonio de las incorrecciones escurridizas. Aprobadas estas pruebas no queda sino esperar la llegada de esos cuentos en la hermosa forma de un libro. Un libro que, para mi gusto, debe imprimirse en un buen papel, estar cosido, mostrar cuidado en el empaste, e incluir solapas y colofón.

Sobre lo que sigue ya no tengo mayor dominio. Hay que llevar el libro a las librerías para que sean los lectores lo que hagan su dictamen; que compren el libro, lo lean y les produzca alguna experiencia estética significativa, entretenida, insospechada. Ese ha sido el modo como la literatura ha construido su camino; esa es la dinámica entre los que tratamos de escribir y esos otros cómplices que, como declaraba Cervantes en El Quijote, podemos llamar desocupados lectores. Son ellos los que terminarán dándole validez positiva o negativa a esos textos, culminando así el proceso de la composición de un libro de cuentos.

 

Escritura y seguimiento de instrucciones

22 domingo Oct 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Ductus

Una de las razones por las cuales los estudiantes de pregrado y posgrado no logran avanzar rápidamente en sus textos académicos es porque no siguen las instrucciones diseñadas por sus maestros o tutores para lograrlo. A veces, por descuido o porque confían en que la “inspiración” o el “repentismo” les permitan alcanzar el objetivo, sin seguir el paso a paso dispuesto para tal fin.

A pesar de que se entreguen guías o se tengan como referencia indicaciones específicas, por lo general estos aprendices de escritura las subvaloran o no las analizan como corresponde. O puede que las lean en el momento de escuchar la tarea, para luego, cuando ya están enfrentados a la realización del texto, las olviden o las consideren inútiles. Es común, de igual manera, que se refunda lo que tenía una secuencia o se presente de cualquier forma lo que pedía un protocolo específico. Todo parece indicar que de cara a aprender una técnica, como es la de la escritura, hay una alta dificultad en esto de seguir las instrucciones o una recurrente salida para tomar el atajo, la irregularidad o una mal entendida manera de ser creativos.

Tener en cuenta lo que se pide y los tiempos o las formas de hacerlo son cosas fundamentales, si es que uno desea avanzar o cualificarse en un oficio. Primero se desbasta la madera y luego se talla; se inicia dominando el puntero y después, mucho después, se pule el mármol de una estatua. Cada cosa tiene su tiempo y sus propiedades. No es un asunto baladí. Cómo vamos, por ejemplo, a lanzarnos a redactar un ensayo si no sabemos distinguir el tema de la tesis, si desconocemos los tipos de argumento y si, además, carecemos de un repertorio de conexiones lógicas para facilitar la coherencia entre las ideas. Antes de llegar al párrafo bien logrado tenemos que conocer la fisonomía de las palabras y las leyes intrínsecas de relacionarse. Entonces, si logramos sacar provecho a las instrucciones, descubriremos que cada recomendación o punto de una guía está encaminada a ir alcanzando paulatinamente ciertos saberes, conocer habilidades especiales o descubrir modos de vencer particulares obstáculos.

Las secuencias didácticas para aprender a escribir son, precisamente, una concreción de tal propuesta instruccional. En ellas, se concreta o se condensa toda una suma de experiencias. Hay observaciones puntuales para el tiempo de cada actividad, al igual que aclaraciones para no confundir una cosa con otra. Se señalan en esas secuencias la especificidad de los materiales, el alcance de determinada labor, y se destacan los objetivos propios de un proceso. Las secuencias didácticas prevén el aprendizaje, lo prefiguran. Son un esfuerzo del que sabe para llevar por la vía menos dificultosa al que aprende. Elaborar dichas secuencias demanda tiempo, conocimiento, capacidad comunicativa y la suficiente experticia para saber distinguir lo fundamental de lo accesorio, la esencia de lo circunstancial. Y aunque puedan parecerle al aprendiz tediosas o llenas de muchas indicaciones, lo que están es creándole el mejor escenario para apropiar un saber-hacer, un arte, una técnica.

Es probable que tales omisiones correspondan a una forma de aprender por vía episódica, mágica o espontánea. A cierta confianza excesiva en la suerte o en las lógicas del azar y el chance de la buena fortuna. Poco o nada se repara en los protocolos a seguir o en las etapas previstas por los que ya son expertos en una labor. Hasta es posible que haya un desprecio hacia los saberes de la tradición y se tenga cierta “actitud adánica”, desconociendo lo que otros han ganado o afinado en la elaboración de determinado producto o artefacto. El resultado, como puede suponerse, es un ir a tientas, sin un horizonte claro, trastabillándose siempre y haciendo cosas improcedentes, incompletas o desarticuladas. Por lo demás, al no recibir una retroalimentación positiva a dichos conatos o intentos de escritura, se empieza a generar en los aprendices una desmotivación o una desidia para retomar al camino previsto. Puesto de manera lapidaria: al no seguir las instrucciones la tarea queda mal hecha y, lo mal hecho, repercute en  la desmotivación por aprender.

También cabe pensar que nuestra época de lo rápido, del consumo inmediato, del facilismo a ultranza, ha desmoronado los soportes de la persistencia, la disciplina y el estudio concienzudo y responsable. Les cuesta a estos estudiantes universitarios de hoy aprender paso a paso; quisieran que todo entrara de una vez a sus cabezas y que sus manos sacaran, como de un sombrero de mago, el ensayo ya hecho, el informe terminado, la reseña perfecta. No obstante, la artesanía de la escritura exige un ir por partes, apropiar ciertos procedimientos, diferenciar momentos de composición, conocer ciertas estructuras y tipologías textuales, reorganizar y conectar las ideas, escuchar las palabras para descubrir su ritmo interno, disponer a la mano de útiles de apoyo. Y todo ello no se puede aprender en un instante ni de cualquier forma. De allí que se requiera compromiso, tiempo, y una disposición de ánimo que permita escudriñar con cuidado y suma atención lo que en una guía se señala o lo que el maestro pide de una forma especial. Dicho compromiso es la garantía para que se hagan las correcciones necesarias y a tiempo, se atiendan las sugerencias de un tutor y se vayan, etapa por etapa, apropiando los saberes de un arte.

Pero esto de no seguir las instrucciones también afecta al maestro o tutor: lo desgasta al tener que repetir y remachar una y otra vez lo que el aprendiz no atiende o, por mero capricho, deja de hacer. Se pierde la esencia de la relación pedagógica, se traba el vínculo, por andar llamando la atención sobre asuntos que atañen más a la actitud del que aprende, a su irresponsabilidad académica o a la desatención sobre algo que se había definido con anterioridad. En lugar de ocuparse en enseñar las particularidades de una técnica el maestro tiene que malgastar horas en “concientizar”, reiterar en el seguimiento a los momentos de un proceso o reclamar el cuidado requerido para elaborar bien una tarea. Es penoso descubrir en los estudiantes universitarios una “flojera del espíritu” que los lleva al simple cumplimiento de la entrega de la tarea –así sea de cualquier forma–, pero sin apropiar lo esencial de un oficio. Este desvío de las funciones primordiales de la docencia por el no seguimiento de instrucciones hace que los resultados en los saberes y los productos académicos sean exiguos o de corto alcance.

Una vez más hay que recordar que aprender a escribir, en especial las tipologías textuales usadas en el mundo universitario, se alcanza de manera progresiva. No es un saber instantáneo y de “inoculación inmediata”. Entre otras cosas, porque los vacíos de información con que se llega a la educación superior son abundantes, y porque se confunde el asistir a clase con el genuino acto de aprender. Se olvida que los estudios superiores demandan un triple trabajo del estudiante en relación con el tiempo de clase del profesor. En consecuencia, si no hay constancia, dedicación, atención concentrada, férrea voluntad de estudiar, apenas se alcanzarán las notas mínimas para sobrevivir, pero se dejará de asimilar el fundamento y las minucias de la composición escrita. Tengámoslo presente: ningún arte se aprende sin el esfuerzo  continuado, el seguimiento de reglas y el dominio de útiles específicos. Y, por supuesto, sin la paciencia necesaria y el gozo interior por descubrir lo desconocido.     

Cuestión de calidad

08 domingo Oct 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Diálogos, OFICIO DOCENTE

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Calidad

Mauricio: Te noto con cara de preocupación. ¿O son suposiciones mías?

Edith: Esa bendita tesis para el ensayo…

Mauricio: ¿Tú también andas desvelada como yo?

Edith: Y piense y piense, pero no se me ocurre nada.

Mauricio: Yo ando igual, aunque ahí voy como teniendo algunas luces sobre el tema de la calidad educativa.

Edith: Te invito a un cafecito y me compartes lo que llevas hecho a ver si eso me sirve de motivación para mi ensayo.

Mauricio: Vale.

Edith: Estuve recordando lo que nos dijo el maestro sobre la tesis. Que debía ser medianamente original o al menos llamativa, interesante.

Mauricio: Sí, sí. Y que debía formularse en una frase con un tono afirmativo, que no fuera una pregunta, sino una oración en la que uno tomara postura frente al tema.

Edith: Todo eso lo he tenido presente y he releído varios de sus textos y de los ejemplos consignados en su libro Las claves del ensayo.

Mauricio: A mí ese libro me ha ayudado mucho…

Edith: ¿Qué vas a tomar?

Mauricio: ¿Tengo alternativas?

Edith: Por ser mi salvador en esta tarea, tienes derecho a elegir.

Mauricio: Bueno. Entonces, un capuchino.

Edith: Pues ya que me provocaste… Que sean dos…

Mauricio: Yo me he dedicado a poner en práctica el ejercicio que hicimos sobre los aforismos. Todos los días he dedicado un tiempo a pensar en qué es la calidad. A ver si de esa manera se me ocurre algo sobre la calidad educativa.

Edith: ¿Y qué has concluido?

Mauricio: Pues, no tanto como quisiera, pero me ha servido el ejercicio en la libretica de notas para ir perfilando mi tesis.

Edith: Cuéntame en detalle a ver si te imito…

Mauricio: Por ejemplo, me puse a pensar en la calidad de la ropa. Uno dice que es de calidad porque los materiales empleados son los mejores, y eso hace que la ropa dure. No como esas prendas chinas de hoy, que son de muy mala calidad. Al emplear materias primas ordinarias, pues el resultado no es el mejor.

Edith: ¿Con o sin azúcar?

Mauricio: Con una bolsita. Gracias.

Edith: Pero no son solo los materiales, pienso yo. Porque influye de igual modo el diseño de la ropa. Hay diseños de calidad, ropa de marca. La marca es un signo de calidad.

Mauricio: Sí, pero no siempre. Hay ropa que aunque no es de marca, es de muy buena calidad.

Edith: No obstante, casi siempre hay una relación entre la calidad y el precio. Las cosas muy baratas no son de buena calidad.

Mauricio: Depende. Yo he conseguido prendas baraticas que duran mucho. No tienen marca, pero son, como dicen, para toda la vida.

Edith: Mira, allí hay una mesa desocupada.

Mauricio: Eso es un milagro en esta cafetería.

Edith: Lo del precio alto en todo caso dice algo de la calidad de las cosas. Un carro barato, como el que consiguió mi hermano Cristóbal, ha sido una estafa, no hace sino llevarlo  cada rato al taller.

Mauricio: Es posible. Las grandes empresas tienen, según he leído, control de calidad. Si no hay alguien que haga ese control, pues cualquier cosa sale al mercado.

Edith: Sí. Vi la otra tarde un programa por tv cable, creo se llama Megafábricas, en el que mostraban cómo se fabrica un carro Ferrari, y de todos los controles que tienen en cada etapa del proceso. Hay inspectores para que la pintura no tenga ni un rasguño, para que cada tornillo esté donde tiene que estar. Cuidan excesivamente los detalles.

Mauricio: Ese punto me parece fundamental. Para que las cosas sean de calidad requieren  un cuidado en todos los detalles. Volviendo a la ropa, pienso en los acabados, en la terminación de los ojales, en el botón de repuesto… Todo eso influye al final para que una prenda sea reconocida de buena calidad.

Edith: De acuerdo. Son varias cosas las que se combinan para lograr el sello de calidad.

Mauricio: Y ahora que lo digo, ese reconocimiento va pasando de boca en boca, y por eso la gente recomienda esa marca o ese tipo de prendas. Hay cosas que uno compra por el reconocimiento que la misma gente les da.

Edith: Sí, uno va como a la segura.

Mauricio: Yo creo que por eso hay instituciones que certifican la calidad. Y obtener esa distinción, pues le da prestigio al producto.

Edith: Por eso fue que yo elegí esta Maestría. Por ser una de las tres maestrías en educación acreditadas de alta calidad en el país.

Mauricio: Esa razón influyó de igual manera en mi opción por esta universidad. Es decir, me inscribí en una Maestría y una universidad acreditadas de alta calidad.

Edith: Y mirándolo bien valió la pena… aquí todo está organizado, todo está programado, los maestros son excelentes, el plan de estudios, el proyecto de investigación tiene tutores idóneos…

Mauricio: Ahora que lo dices, fíjate que no todas las universidades ni todas las maestrías tienen esa distinción. Funcionan, cumplen con el registro de ley, pero no tienen ese “plus”, esos rasgos adicionales que las diferencia o las distingue de la mayoría.

Edith: Se diferencian del común… y son pocas las excelentes.

Mauricio: Esa parece ser otra clave de la calidad: es escasa. O al menos eso me parece.

Edith: De pronto la calidad es como algo deseable, una especie de ideal…

Mauricio: Sabes que ese es un buen punto. Porque en la medida en que se logra un nivel de calidad, siempre habrá otro peldaño, algún asunto por mejorar. Me parece que la calidad es como una meta siempre lejana.

Edith: Una aspiración.

Mauricio: Sí. Es luchar para alcanzar esa distinción. Y a pesar de que las cosas se hagan muy bien, siempre es posible perfeccionarse en algo, cualificar un proceso, un acabado.

Edith: En ese programa que vi sobre la Ferrari cada operario está especializado. No es cualquiera el que pinta, el que pone las puertas… son empleados con mucha experiencia.

Mauricio: Ese parece ser otro punto, el de la experiencia. Recuerdo un comentarista de ciclismo, Julio Arrastía Bricca, que decía precisamente eso: “la experiencia no se improvisa”.

Edith: Se requiere trayectoria… práctica. Dominio en el oficio.

Mauricio: Parece que no se puede lograr la calidad de cualquier forma. No es un asunto de improvisación o de suerte. Me he fijado que la planeación, la gestión, juega un papel fundamental en esto de la calidad. Al igual que la especialización en las tareas.

Edith: Considero que es muy importante, de igual forma, la persona que lidera una empresa, una institución, un programa.

Mauricio: Claro. Quizá el que dirige sea quien mejor debe entender el asunto de la calidad. Los buenos líderes deberían velar para que no baje el nivel, para que su organización no flaquee o se hagan las cosas de cualquier manera.

Edith: Entonces, todo termina dependiendo de las personas.

Mauricio: No cabe duda. Son los seres humanos los que le imprimen a sus acciones ese sello de calidad. Mi padre me decía eso a cada rato: “no se trata de hacer las cosas a las patadas. Si va a hacer algo, hágalo bien. Un Martínez, se distingue por eso”.

Edith: Pienso que a esta cafetería le falta, entonces, alguien que haga control de calidad de este capuchino. ¿No?

Mauricio: Pensé que era yo el que estaba hoy muy exigente, porque en verdad estaba muy regularcito el café.

Edith: A lo mejor el café no era de calidad.

Mauricio: Eso es seguro, el mejor siempre es de exportación. El de consumo interno es pura “pasilla”.

Edith: Pero tú, con todo lo que me has dicho, ya tienes la tesis de tu ensayo casi terminada.

Mauricio: Sin embargo, no he hallado la mejor manera de redactarla. No me gusta del todo como sale.

Edith: Le estás haciendo control de calidad a la escritura.

Mauricio: Sabes que sí. Y aunque parezca poco, ahora pienso más en cada palabra que utilizo, y leo y releo cada línea redactada antes de la nueva que voy a incluir. Me ocupo en serio de la tarea, más allá del cumplimiento…

Edith: Estás siguiendo al pie de la letra las indicaciones del maestro.

Mauricio: Sí. Ese ha sido mi propósito. Uno logra mejorar en algo si tiene buenos ejemplos, ¿no? De pronto esa es otra clave de la calidad: contar con personas idóneas que transmitan un saber, un oficio, un arte. Porque si esas personas no son las más competentes, las más cualificadas, o no saben lo que en verdad deben enseñar, pues el resultado es deplorable.

Edith: Y uno, por más que no quiera, poca calidad tendrá en sus productos.

Mauricio: O necesitará hacer un recorrido muy largo, darse golpes con la inexperiencia, y tener una fuerza de voluntad a toda prueba.

Edith: ¿Y qué otras cosas has pensado?

Mauricio: He reflexionado sobre lo que dice la gente, aquello de que la cantidad no es necesariamente sinónimo de calidad. A veces pocas cosas son suficientes para lograr un alto índice de calidad. Por eso las empresas se especializan. Tal vez la calidad consista en una cuidadosa selección de los elementos necesarios para algo. Piensa no más en la cocina, los chefs afirman que lo más importante son los productos de calidad que compran para sus recetas.

Edith: Y hablan de tener a la mano unos útiles de calidad. Un excelente cuchillo para ellos es definitivo.

Mauricio: Claro. Por eso el maestro habló en clase de las herramientas del escritor. Yo pienso que por no tener unos buenos útiles de estudio es que no alcanzamos producciones de calidad.

Edith: De eso me he dado cuenta.

Mauricio: Si supieras lo que me ha servido el Diccionario de ideas afines del que nos habló el maestro. Allí encontré que calidad se relaciona con perfección pero de igual modo con un tipo de rango…

Edith: He sido un poco desaplicada y no le he puesto la suficiente atención a esa bibliografía entregada en clase.

Mauricio: Te lo cuento porque a mí esa fuente de consulta me ha ayudado cantidades…

Edith: Oye, ha sido provechoso este tiempo. Gracias por compartirme tus procesos de pensamiento.

Mauricio: No. Gracias a ti por el capuchino, que parecía elaborado con café chino.

Edith: Espero pronto ver en el blog del maestro tu primer párrafo aprobado.

Mauricio: Confío en que pase ese control de calidad. Lograr un “excelente” sigue siendo mi mayor aspiración.

Edith: Yo con un bien, me sentiría satisfecha.

Mauricio: Es mejor ponerse metas bien altas, así como les pedía el Papa Francisco a los jóvenes, en su reciente visita a Bogotá.

Edith: Sabes que sí, aunque para mí escribir es un reto tenaz. No sabes la cantidad de tiempo que empleo en cada una de esas tareas del Nivelatorio.

Mauricio: Claro, no se alcanza la calidad si uno no le invierte tiempo… Si no dispone suficientes minutos para perfeccionarse en algo.

Edith: Tiempo es lo que no tengo. Ya es jueves y tenemos plazo hasta el sábado, ¿no?

Mauricio: Sí.

Edith: Entonces chao, salgo para tutoría. Y ojalá esta noche me visite la inspiración.

Mauricio: Suerte. Saludes a las Musas…

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