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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Comentarios

La figura central del pesebre

11 miércoles Dic 2019

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Comentario de poemas, Luis López Anglada, Navidad, Receta para construir un nacimiento

Para construir un nacimiento

Además del encuentro familiar para decorar y hacer el pesebre, de crearle un escenario lo más realista posible a las figuras centrales de la fiesta navideña, el poeta español Luis López Anglada nos dice que se requiere de otra cosa para que la puesta en escena de esta tradición cobre vida. Si no está la disposición genuina, la fe o el fervor, el nacimiento quedará sin terminar, será un cuadro pintoresco y destellante, pero esencialmente inanimado.

Porque de lo que se trata es que la navidad nos devuelva la fuerza del rito; de que nos desliguemos de lo rutinario e intrascendente para entrar en esa “zona sagrada” de lo excepcional o maravilloso. Y como todo ritual, esta práctica de “armar” el pesebre, de iluminarlo, de buscar el mejor lugar para las diferentes piezas, implica emplear un tiempo considerable, con una dedicación cercana al disfrute del ocio infantil. Es una actividad que nos invita a concentrarnos, a sentirnos diseñadores de geografías maravillosas, a ser directores de una obra de teatro guardada celosamente en nuestra memoria. De allí que al desempacar las diferentes figuras, guardadas en una caja desde el año anterior, empecemos a sentir que cambia nuestra actitud, que nos habita el corazón otra música, que somos transportados a otro tiempo.

Por supuesto, al “montar” el pesebre estamos creando un ambiente para el encuentro, para la celebración familiar de una devoción común. De allí que el poema nos reitere que la “pieza” fundamental de un pesebre sea nuestra genuina entrega a ese rito. Y que si no tenemos esa convicción o si por lo menos no somos capaces de dejarnos habitar por la fuerza de dicho relato, la fabricación del portal, de los ríos de plata, del rocío hecho con harina, habrá sido una labor vacía de sentido.  

Lo fundamental, por lo mismo, es dejar que el rito nos vaya adentrando en sus misterios. Porque de tanto estar junto al pesebre, de tanto mirar el humilde nacimiento, de tanto ensimismarnos con las pequeñas ovejas y los pastores, de tanto contemplar a María y José, empezaremos a sentir una especie de prodigio en nuestro corazón. Y, entonces, descubriremos que hay una luz interior en nuestro pecho capaz de iluminar a los reyes  magos que vienen de oriente, y están en el lugar más alejado del portal. Sólo así el pesebre estará cabalmente terminado.

https://fernandovasquezrodriguez.com/wp-content/uploads/2019/12/marta-gomez-ay-s-ay-no-zvooq.me_.mp3

Un tiempo de prodigios

08 domingo Dic 2019

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Comentario de poemas, La magia de la Navidad, Marisa Alonso Santamaría

Magia de navidad

Este poema es un exquisito ejemplo de lo que significa, especialmente para los niños, la navidad. La poetisa española Marisa Alonso Santamaría nos ayuda a entender las dos lógicas que se encuentran en navidad: la de quien sigue fiel a su realismo cotidiano y la de esos otros que sienten la magia a plenitud. O si se quiere entender de otro modo, la de los adultos empecinados en negar la existencia de lo maravilloso y, la de los pequeños, que descubren con alegría el poder de lo fantástico y sobrenatural.

Todo comienza en la preparación del pesebre. Esta niña apenas entra en contacto con una de las figuras del belén, siente que no está poniendo ni muñecos de barro o cerámica, ni animales de plástico, ni estrellas de fantasía, ni ríos de papel. No. Bastó que sus manos hubieran tocado al pequeño niño para sentir que al frente de ella se desarrollaba una escena viva y esplendorosa.  El  niño era en verdad otra criatura como ella y, por eso mismo, lleno de necesidades y emociones palpables. El pesebre recobra su valía, es como una obra de teatro, un mundo gobernado por los vientos de la posibilidad.

Y porque la niña se halla inmersa en ese universo, por ser ella una protagonista del pesebre, es que empieza a preguntarle a su madre sobre lo que allí sucede. La mamá, muy seguramente de espaldas a la niña, apenas sigue el diálogo, pero sus respuestas muestran que está por fuera de ese reino fabuloso. Ella es ajena a las peripecias admirables de su hija. En consecuencia, cada respuesta es bien diferente a lo que la niña percibe, siente o imagina. La madre quiere enseñarle que las figuras de barro no pueden llorar, no padecen de frío, no saben reír; que la realidad es sólo una e inmodificable. Sin embargo, la niña descubre en su juego solitario otra cosa: que ese niño del pesebre llora, se entumece de frío, puede reír y, antes de dormir, es capaz de prodigar sonrisas de gratitud.

Podría haber sido no la figura de barro, sino la estrella puesta encima del árbol, o  el Papá Noel, o el sigiloso niño Dios, o los ángeles que parecen volar como pájaros en desbandada. Eso no importa. Cuando se es niño nada parece imposible, el entorno tiene más de una cara y es fácil o casi natural ser protagonista de muchísimas aventuras. Esa es, precisamente, la magia a la que alude el poema: en navidad los niños recuperan el don de transformar el mundo que los rodea o de darle otra fisonomía a las cosas que los circundan. Por tal motivo, en la infancia resulta más fácil condolerse y ser solidarios, compartir el pan o abrigar al que tiembla desnudo frente a nosotros. Ese es el prodigio navideño: sentirnos interpelados y solícitos con nuestros semejantes frágiles o necesitados.

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Sembradores de luz

05 jueves Dic 2019

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Comentario de poemas, Estrella de Navidad, Gabriela Mistral

Estrella de navidad

Las fiestas navideñas tienen la particularidad de contagiarnos una calidez especial, un calor que llena todo nuestro ser. Esto es lo que la chilena Gabriela Mistral nos comunica en su poema “Estrella de navidad”. El motivo elegido es una niña que atrapa una estrella para luego transformarse en una luz centelleante que proyecta ese ardor a todos los demás.

El poema va contando el proceso de alcanzar esa estrella navideña: porque lo más difícil no está en atrapar dicha luz, sino en tener el suficiente entusiasmo en tal propósito para dejar que ese destello nos colme desde la cabeza hasta los pies. Que el deseo de obtener lo imposible pueda abrasarnos, que no cuenten las caídas o los obstáculos, que nada desvíe al alma de obtener ese anhelo celeste. Ahí está el encanto y el desafío de las estrellas navideñas: ir en pos de ellas es asumir –o descubrir quizás– que cogerlas es incendiarse con su fuerza, con su fascinante luminosidad. 

La poetisa muestra con sus versos que en tiempos navideños hay que dejarse habitar íntegramente por lo mismo que se anhela, por eso que brilla titilante a lo lejos. Se trata de mantener la inocencia o la esperanza genuina de que es posible atrapar lo inalcanzable. Y una vez se tiene esa certidumbre, apenas tocamos la estrella de nuestros deseos, no podemos soltarla o dejarla caer. La ilusión obtenida no podemos dejarla romper por nuestro cansancio o nuestra falta de valor espiritual. Solo así habita la luz en el pecho, es de esa forma como lo que era una fascinación exterior encarna en nuestra interioridad. De allí la transformación final que muestra Gabriela Mistral en su poema: la niña ya no necesita de la estrella, porque ella misma es plena luz.

Si hay un milagro en la Navidad es esa metamorfosis de incredulidad a certeza, de rechazo de imposibles a aceptación de probabilidades. Por eso, cuando hacemos el pesebre, cuando decoramos el árbol de navidad, al momento de escribir una carta al niño Dios, cuando formulamos votos de salud y prosperidad en una tarjeta o un correo electrónico, cuando todo eso hacemos, repetimos la historia de la niña que tuvo la suficiente fe para atrapar una estrella, hacerla suya, hasta el punto de encender todos los caminos de la tierra. Si nos llenamos de deseos y parabienes en navidad es porque queremos ser sembradores de vida, de esa luz que aviva el corazón y se multiplica en la medida en que la irradiamos a otros.

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Llegó diciembre

01 domingo Dic 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de poemas, Diciembre, Meira Delmar, Navidad

Diciembre Meira Delmar

Este poema de la colombiana Meira Delmar es un buen heraldo del mes que comienza. Y lo es porque en sus versos deja traslucir la magia que trae diciembre, su relación con la niñez, con la alegría primaveral y con un renacer de fiesta en el espíritu.

Porque lo que trae este mes, además de los festones y decorados, de las luces y la algarabía, es un aire “fino” de flores que nos invita soñar; un aire que nos vincula con recuerdos felices en el que abundaban los juegos y la fantasía desbordante. Los aires de diciembre transforman el entorno, dejan más azul el cielo, lo limpian de nubes para que los ángeles –especialmente vespertinos– nos encanten con sus tonalidades de arpas ensoñadoras. Es un aire o brisa que todo lo envuelve, que nos pone a temblar el alma porque llega hasta las fibras más íntimas de nuestro ser.

Diciembre es también un mes para que salgan de sus escondites los duendes de “nevosas barbas”, los enanos y elfos, los Papá Noel y todos esos personajes que por nuestros afanes cotidianos o nuestra angustia para sobrevivir los olvidamos. Este es el mes para que ellos suban a la tierra de nuevo, para que entren a formar parte de nuestro mobiliario y desordenen con colores vivos la monótona vida que llevamos. En diciembre recuperamos la credibilidad de la infancia y, con ella, la certeza en lo imposible, en lo probable, en lo maravilloso. El más humilde puede soñar que es rico, el más solitario sentirse acompañado de voces fraternales. Hasta la misma naturaleza recupera su fuerza y esplendor para entrar por las ventanas abiertas de nuestras casas.

El poema, en su misma elaboración, desea comunicarnos esa música particular que trae diciembre. Los versos van dejándonos entrever un ritmo juguetón y cadencioso, un vaivén que por momentos se parece a un rumor y, en otros, a los golpes de las corrientes de agua. Esa música invita a la ensoñación, a imaginar paisajes románticos o “pueblos azules” en los que los lirios, los jazmines, las acequias y una infinitud de pájaros mueven sus formas como si fueran bailarines leves. Meira Delmar pone el acento en que la llegada de diciembre es, esencialmente, el inicio de una melodía fina, delgada, como son las notas en que la vida canta su renacimiento.

Diciembre llega con rostro de niña, con los gestos y clamores de quien se siente despreocupado y libre para saltar y reír hasta el cansancio, de quien sabe que puede alzar sus manos para alcanzar las nubes o que confía en el milagro de una promesa para tener los regalos más ansiados. Diciembre es una ráfaga, un ventarrón de aromas y sabores, de cantos y formas, de abejas mensajeras de mieles exquisitas, un júbilo que lo inunda todo, que a todos despierta, que nos aviva los sentidos y nos permite recuperar la facultad de soñar. Diciembre llega corriendo como los niños que, gratuitamente, vienen hacia nuestro pecho para darnos un abrazo o remover, como si fuera una travesura, las fibras hondas de nuestro corazón.

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Las reflexiones críticas de Massimo Recalcati

28 lunes Oct 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios, OFICIO DOCENTE

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Comentario de libros, El complejo de Telémaco, La hora de clase, Las manos de la madre, Massimo Recalcati, Recomendaciones de libros, Ya no es como antes

Recalcati

«Maestro es aquel que sabe preservar el lugar correcto de lo imposible»: Massimo Recalcati.

Es gratificante para nuestro espíritu encontrar autores como Massimo Recalcati, no solo por la hondura de sus análisis, sino por el tono esperanzador que evidencia en sus obras. Recalcati, nacido en 1959, es un psicoanalista, ensayista, maestro de la Universidad de Pavía y heredero de la tradición lacaniana. Lo primero que leí de él fue La hora de clase. Por una erótica de la enseñanza (Anagrama, Barcelona, 2016). Un libro ideal para los educadores desanimados de su profesión o aquellos otros que consideran inútil la tarea de educar a las nuevas generaciones; y lo es porque Recalcati ve salidas a la crisis de la escuela, porque vuelve a poner la tarea ejemplar del maestro como un oficio digno y emulable. Son tantas las ideas y sugerencia del escritor milanés en este texto que la siguiente selección es apenas una degustación de un libro dedicado, precisamente, a su maestra Raffaella Cenni, aquella mujer “que supo amar” a alguien que, como él, se le dificultaba aprender:

“El maestro no es aquel que posee el conocimiento, sino aquel que sabe entrar en una relación única con la imposibilidad que recorre el conocimiento, que es la imposibilidad de saber todo el saber”.

“El verdadero corazón de la Escuela está formado por horas de clase que pueden ser aventuras, encuentros, hondas experiencias intelectuales y emocionales. Porque lo que queda de la Escuela, en la época de su evaporación, es la belleza de la hora de clase”.

“Si todo empuja a nuestros jóvenes hacia la ausencia de mundo, hacia el retiro autista, hacia el cultivo de mundos aislados (tecnológicos, virtuales, sintomáticos), la Escuela sigue siendo lo que salvaguarda lo humano, el encuentro, los intercambios, las amistades, los descubrimientos intelectuales, el eros. ¿Acaso un buen enseñante no es aquel capaz de hacer existir mundos nuevos? ¿No es aquel que todavía cree que una hora de clase puede cambiar la vida?”.

“La Escuela neoliberal exalta la adquisición de las competencias y la primacía del hacer, y suprime, o relega a un rincón apartado, toda forma de conocimiento no relacionado de manera evidente con el dominio pragmático de una productividad concebida sólo en términos economicistas (por ejemplo, la filosofía o la historia del arte en la escuela secundaria)”.

“Hoy prevalece un modelo hipercognitivo que aspita a emanciparse por completo de toda preocupación por los valores, para fortalecer las competencias orientadas a resolver problemas en lugar de a saber planteárselos”.

“Los padres se han aliado con los hijos y han dejado a los docentes en la soledad más absoluta, para que representen lo que queda de la diferencia generacional y de la tarea educativa, para que suplan la función paterna en contumacia, es decir, para que hagan de padres  de los alumnos”.

“La desazón de nuestros hijos ya no se centra en el antagonismo entre las generaciones, sino en la pérdida de la diferencia y, por tato, en la ausencia de adultos capaces de ejercer funciones educativas y de establecer la alteridad que hace posible el choque que se halla en la base de todo proceso de formación”.

“El maestro del testimonio es aquel que sabe sostener una promesa. ¿Cuál? La promesa de la sublimación: abandonar el goce mortífero, el goce encerrado en uno mismo, el goce inmediato y su alucinación, para encontrar otro goce, capaz de hacer la vida más rica, más dichosa, capaz de amar y desear”.

“Si un maestro digno de este nombre sabe transmitir un saber vivo, desencadenar el arrebato erótico de la transferencia, podrá hacerlo sólo porque habrá sabido mantener vivo en él mismo el saber recibido del Otro. Todo maestro digno de este nombre es, en este sentido, un justo heredero”.

“La ilusión de una ‘senda corta’ hacia el éxito personal es la gran fascinación de hoy, y genera modelos peligrosos que descuidan la disciplina paciente del formación y alimentan la obstinada negativa a todo aplazamiento del goce. Para Freud, este modelo de satisfacción, alcanzado por una ‘senda corta’, se corresponde con el mecanismo psicótico de la alucinación”.

 “La presencia del maestro adopta la forma de un estilo. Porque lo que cuenta ante todo es el estilo individual del maestro. Sucede cada vez que un maestro habla. Más allá de lo que diga, lo que cuenta es desde dónde dice lo que dice, de dónde extrae la fuerza de su palabra”.

“Pensar en transmitir el saber sin tener que pasar por una relación con quien lo encarna es una ilusión, porque no existe didáctica más que dentro de una relación humana”.

“El buen maestro es aquel que sabe proteger el vacío, el no-todo, el tropiezo como condición para la búsqueda. No tiene miedo ni vergüenza de su no-saber, de su ignorancia (que Nicolás de Cusa llamaría ‘docta’), porque sabe que los límites del saber son los que animan el impulso del conocimiento”.

Una segunda obra que leí con fruición, y que me parece iluminadora para comprender los problemas entre generaciones tan recurrentes en nuestra época, es El complejo de Telémaco. Padres e hijos tras el ocaso del progenitor (Anagrama, Barcelona, 2014). Uno de los puntos vertebrales del libro es su análisis en cuatro figuras-símbolo de la relación padre e hijo: el hijo-Edipo, el hijo Anti-Edipo, el hijo Narciso y el hijo-Telémaco. La propuesta de Recalcati termina subrayando el papel del testimonio como la manera idónea para transmitir la herencia entre generaciones; dicho testimonio se encarna en tres palabras: acto, fe y promesa. Una vez más, entresaco algunas ideas, con el fin de invitar a la lectura completa del texto:

“La demanda del padre que invade ahora el malestar de la juventud no es una demanda de poder y de disciplina, sino de testimonio”.

“La herencia no consiste jamás en colmar el agujero abierto por la ausencia estructural del Padre, sino que es siempre, y únicamente, la acción de atravesarlo”.

“Heredar no es sólo recibir un sentido del mundo, sino que es también la posibilidad de abrir nuevos sentidos del mundo, nuevos mundos de sentido”.

“El heredar no es la búsqueda de una confirmación identitaria. Implica, por el contrario, un salto adelante, un desgarro, una peligrosa reconquista”.

“La vida se humaniza solamente a través de la adquisición de una dignidad simbólica que la hace única e insustituible. La vida se humaniza a través del reconocimiento, por parte de la propia familia y del cuerpo social al que se pertenece, como vida humana”.

“Saber perder a los propios hijos es el regalo más grande de los padres, que comienza cuando asumen la responsabilidad de representar la Ley de la palabra”.

“El mito de hacerse uno mismo, de la autogeneración, como el de tomarse la justicia por su cuenta, sigue siendo, al menos para el psicoanálisis, un mito fascista. Nadie es dueño de sus orígenes, al igual que nadie puede ser el salvador del mundo. No existe comunidad humana sin mediación institucional, sin mediación simbólica, sin el paciente trabajo de la traducción”.

“Los adultos parecen haberse perdido en el mismo mar donde se extravían sus hijos, ya sin distinción generacional alguna; persiguen amistades fáciles en las distintas redes sociales, se visten de la misma manera que sus hijos, juegan con sus mismos juegos, hablan el mismo idioma, tienen los mismos ideales. Este nuevo retrato del adulto refuerza el mito inmortal de Peter Pan, el mito de la eterna juventud, la retórica de un culto a la inmadurez que propone una felicidad despreocupada y libre de toda responsabilidad”.

“Si el lugar de los adultos queda vacío, abandonado, repudiado, será difícil para las nuevas generaciones sentirse reconocidas, será difícil que puedan sentirse realmente como hijos. Hijos ¿de quién? ¿De qué padres, de qué adultos? ¿De qué clase de testimonio de vida?”

“Ninguna otra época ha conocido una libertad individual y de masas como la experimentada por nuestra juventud. Sin embargo, a esta nueva libertad no corresponde promesa alguna sobre su porvenir. La vieja generación ha abandonado su papel educativo entregando a nuestros hijos, como consecuencia, una libertad fatalmente mutilada”.

“Nuestros hijos viven en una época de libertad de masas, en la que ese aislamiento crece exponencialmente junto al conformismo. Sus responsabilidades crecen precozmente, pero cada vez es más raro que puedan hallar en los adultos encarnaciones creíbles de lo que significa ser responsable”.

“Hoy en día la depresión afecta cada vez más al mundo juvenil bajo la forma de una abulia generalizada, de una carencia de impulso, de una caída tendencial del deseo”.

“La vida no se humaniza recibiendo su bagaje genético o las rentas económicas a las que tiene derecho, sino haciendo realmente propio todo lo que ha recibido del Otro, subjetivando su proveniencia del Otro, la deuda simbólica que a él le une”.

“El movimiento de heredar se sitúa en los confines mismos entre la memoria y el olvido, entre la lealtad y la traición, entre la pertenencia y la errancia, entre la filiación y la separación. No es uno contra el otro, sino uno en el otro, el uno atornillado en la madera más dura del otro”.

“Heredar es eso: descubrir que me he convertido en lo que siempre he sido, hacer propio –reconquistar– lo que ya era mío desde siempre”.

Entusiasmado por el fino tamizaje de las interpretaciones de Massimo Recalcati a diferentes problemas de nuestro tiempo, leí otras dos obras que me parecen dignas de recomendar: Ya no es como antes. Elogio del perdón en la vida amorosa (Anagrama, Barcelona,  2015) y Las manos de la madre. Deseos, fantasma y herencia de lo materno (Anagrama, Barcelona, 2018). Pero para incitar aún más a la lectura de los libros de este pensador italiano, cierro este comentario no transcribiendo apartes de estas dos obras, sino recogiendo una respuesta del psicoanalista a una entrevista hecha por Olga R. Sanmartín para El Mundo, en el 2017, sobre la consecuencia de la pérdida de las humanidades en la escuela:

“Uno de los síntomas más evidentes de la escuela contemporánea es que ha subordinado la propia lengua y sus raíces humanísticas al lenguaje economicista empresarial. El mito de la producción y del rendimiento proyecta su sombra sobre nuestra escuela. ¿No debería ser precisamente la escuela la que permita un tiempo improductivo que sea fecundo? ¿No es el colegio el lugar donde se puede dedicar toda una tarde a estudiar y leer juntos una poesía, donde el tiempo se emancipe de la pesadilla de la productividad?”

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