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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Comentarios

El peso de los años

02 domingo Ago 2020

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Comentario de poemas, La carga, Manuel del Cabral

La carga de Manuel del Cabral

Lo primero que podemos notar en el poema del dominicano Manuel del Cabral es que el cuerpo –motivo transversal del texto– aparece como algo ajeno. Es algo extraño o que no tiene dueño. Y la forma como se lo apropia, como se le mete un hombre, es ponerlo a sufrir. Enseguida, a ese cuerpo se lo muestra como “un equino triste de materia”, que hace cosas contrarias a lo esperado: “si tiene hambre relincha versos” y “si sueña patea el horizonte”. Tiene algo de bestia salvaje ese cuerpo y de animal indisciplinado, porque si se lo pone a discutir “suelta bosques”; es un cuerpo indomable o gobernado por sus caprichos. Lo único que lo convierte en algo propio, en un ser dócil, es cuando se vuelve un medio para el beso. Parece que únicamente en la dimensión del deseo o del afecto, es cuando el cuerpo al poeta le pertenece.

Tal vez por todas esas cosas que hace el cuerpo, por mostrarse tan libre e ingobernable, es que el autor “no sabe qué hacer con ese cuerpo suyo”. El poeta declara que ese cuerpo es algo “alquilado”, dado en préstamo no se sabe cuándo. Reconoce que ese cuerpo fue entregado, que es un arrendamiento; y que cuando llegó a sus manos estaba desnudo, limpio, que era manso e inocente. Sin embargo, su razón, sus pensamientos, ensucian ese cuerpo, y lo que era “adorable” se convierte en otra cosa; pierde su condición inicial. El conflicto, precisamente, es ese: porque Manuel del Cabral quisiera devolver el cuerpo “como se lo entregaron”; no obstante,  ya no es posible porque lo que descubre es que ese cuerpo, ese equino triste de materia, ese objeto de alquiler, no está hecho de músculos, huesos o nervios, sino de tiempo.

De allí el título del poema. El cuerpo es una carga. Algo que nos pesa. Pero para entender mejor este sentido, deberíamos recordar ese dicho de las personas mayores cuando afirman que “les pesan los años”. Que el cuerpo, esa pieza de alquiler, tan ajena al inicio del poema, tan libre y cerrera, ese cuerpo que sólo parece propio  cuando es poseído por el amor, ese cuerpo se va volviendo un lastre, una materia que nos permite apreciar cómo cada hueso, cada músculo son una manifestación del tiempo. La carga está en el “kilometraje”, en la vida recorrida con ese cuerpo que no acabamos de entender o domeñar.

Y el poeta sabe que, por eso mismo, no puede devolverlo como se lo entregaron. Porque ya está ensuciado y manchado por el uso, por todo aquello que él mismo deseaba y por todas las intenciones que su razón le impuso. Ya no es un cuerpo limpio, ya no es adorable, porque está impregnado de las huellas, de las marcas de los días y los años. El poeta no puede devolver el cuerpo como se lo entregaron porque al ponérselo, al llevarlo al hombro durante décadas, al llenarlo de experiencias y vivencias, de historia, está mugriento y aporreado por las invisibles y pesadas improntas del tiempo.

En síntesis: la vida nos viene envuelta en un cuerpo; al comienzo ajeno, reacio a obedecer nuestros mandatos; y poco a poco lo vamos llenando de acontecimientos, de peripecias diversas. Entonces, ese cuerpo alquilado, ese cuerpo inocente y libre, se va llenando de arrugas, de cicatrices, de huellas que lo salpican de impurezas, de magulladuras exteriores e íntimas, y se va haciendo denso, y lo arrastramos hasta que debemos devolverlo a un no sé quién, que lo puso en nuestras manos no se sabe cuándo. Entre el vivir y el morir está el cuerpo, esa materia que tiene hambre, y sueña, y que dejamos sucio, cuando sacamos al hombre que metimos durante el tiempo que duró nuestra existencia.

Job en cuarentena

13 lunes Abr 2020

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Comentario de libros, Job, Lectura de textos, Pandemia

Léon-Joseph Florentin Bonnat

«Job», pintura de Léon-Joseph Florentin Bonnat.

Resulta útil en estos tiempos de cuarentena, volver a leer ciertos libros que de manera alusiva, ejemplifican lo que nuestro espíritu siente o le preocupa. Uno de esos textos es el libro de Job. Una pequeña obra que relata el conflicto de un hombre, quien teniendo muchas riquezas y buena salud, las pierde, y no entiende la razón o el motivo de ello, siendo como era, un hombre justo y devoto de Dios. Miremos con algún detalle los pormenores de esa tragedia humana.

Job era un hombre próspero, adinerado. Alguien “justo y honrado”, apartado del mal y temeroso de Dios. Tiene mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas burras y muchas otras posesiones. “Era el más rico entre los hombres de la tierra”. Sin embargo, a este orden de plenitud, el gran tentador de Dios, le dice que toda esa prosperidad se debe a que Job no ha sufrido reveses en su fortuna y, que, si los padeciera o se dañaran sus posesiones, seguramente  dejaría de ser piadoso y maldeciría al Todopoderoso. Dios acepta que el demonio ponga a prueba a Job con una condición: “no tocarlo a él”.

Lo que sigue es, precisamente, el descalabro de la fortuna de Job, a causa de  ladrones, rayos y huracanes que derriban sus casas, tribus enemigas que matan a sus hijos y acuchillan a sus empleados. Al saber por los mensajeros estas infaustas noticias, Job se rasga las vestiduras, se raspa la cabeza y se echa a la tierra. Con ese dolor en su corazón, en lugar de protestar contra Dios, pronuncia unas palabras que aún continúan escuchándose: “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”. No obstante, el gran tentador, vuelve a incitar a Dios contra Job, argumentándole que Job procedió así  porque lo que estaba en juego era salvar la vida, y cuando se trata de esa posesión, “el hombre lo hace todo”.  Y que, muy seguramente, si lo hiriese en la carne y los huesos, descubría en ese piadoso hombre que “lo maldeciría”. Una vez más Dios accede a Satanás, pero con la condición de respetarle la vida. Lo que sucede luego es la pérdida de salud de Job, con “llagas malignas desde la planta del pie hasta la coronilla”. En esa precaria situación, raspándose la cabeza con una tejuela, sentado entre la basura, Job escucha a su mujer quien le recomienda maldecir a Dios. La respuesta es humanamente asombrosa: “¿si aceptamos de Dios los bienes, no vamos a aceptarle los males? A pesar de esa ruindad en su cuerpo, Job no “no pecó con sus labios”.

Postrado, infecto de llagas, atormentado por la pérdida de sus hijos y sus bienes, Job recibe a tres amigos: Elifaz, Bidad y Sofar, quienes al enterarse de sus desgracias, vinieron a “compartir su pena y consolarlo”. Sentados junto a él, durante siete días, “sin decirle una palabra” estuvieron acompañándole. Después de esa semana comienzan las quejas de Job; movido por ese “atroz sufrimiento”, padecido durante todos esos días, el anciano empieza a imprecar, a cuestionar,  a reclamar la justicia divina. Dichas consideraciones y reclamos son la parte vertebral del texto.

Su primera reacción es lamentarse de haber nacido: “¿Por qué al salir del vientre no morí o perecí al salir de las entrañas?”, ese es su cuestionamiento. Si no hubiera venido al mundo no tendría que sufrir y observar la catástrofe de perder sus riquezas y sus siete hijos. La honda pena que siente lo lleva a reflexionar sobre su propia condición: “por qué Dios no me cerró las puertas del vientre y no escondió a mi vista tanta miseria”. Job se sabe desgraciado, no encuentra el camino “porque se le cierran las salidas”. Al reconocerse así, desea la muerte, quiere escarbar en él mismo para buscarla, como si fuera un tesoro. La incertidumbre agobia a Job: ¿qué más podría venir?, ¿qué otras desgracias lo circundan?, ¿qué otras pruebas le tiene dispuestas Dios? Job comprende que está padeciendo lo que más temía: “vivo sin paz y sin descanso, entre continuos sobresaltos”.

Al escuchar las quejas de Job, comienzan a responderle uno por uno los tres amigos. Lo hacen por turnos, durante tres ocasiones. Y apenas concluye de hablar Elifaz, Bildad y Sofar, el llagado Job siempre les responde, en una especie de contienda pública. La primera intervención de Elifaz hace hincapié en “frenar las palabras” y en aprender a “aguantar” la situación adversa. Insta a Job a “acudir a Dios para poner su causa en sus manos”. La réplica de Job comienza con una explicación, si “desvarían sus palabras” es porque sus “aflicciones y desgracias son más pesadas que la arena”. Agrega que lleva “clavadas las flechas del Todopoderoso” y que “bebe su veneno”. De nuevo reitera su deseo de morir, para “cortar de un tirón la trama de su vida”. Sabe que esas palabras necias, derivadas de su estado febril, son el lamento de un desesperado, de alguien que se “tapa con gusanos y con terrones y a quien la piel se le rompe y le supura”. En ese momento lanza lo que parece ser su consigna frente al dolor que padece: “por eso no frenaré mi lengua, hablará mi espíritu angustiado y mi alma amargada se quejará”.

Los argumentos de Bildad, el otro amigo, le reprochan también hablar de esa manera: “las palabras de tu boca son viento impetuoso”, le dice. Agrega que “atienda” a la actitud de sus padres o que consulte a sus antepasados para que compruebe cómo Dios “no rechaza al hombre justo ni da la mano a los malvados”. Job le responde que no quiere pleitear con Dios, que sería inútil, entre otras cosas porque “aunque tuviera razón no recibiría respuesta”. Se sabe inocente, pero aun así “no le importa la vida, desprecia la existencia”. Agrega que Dios “acaba con inocentes y culpables” y que se “burla de la desgracia de un inocente como él”. Y una vez más, como si fuera un grito de guerra, reafirma su lema: “estoy hastiado de la vida; me voy a entregar a las quejas, desahogando la amargura de mi alma”. Y le suma algo más: “aunque no sea justo frente a él, hablaré sin miedo”. Job es un llagado, un amargado, un ser desgraciado, pero es un acongojado valiente.

Sofar, el tercero de los amigos que vinieron a visitarlo, considera que las palabras de Job son las de un “charlatán”, que lo mejor es dirigir el corazón a Dios, para de esta manera “tener seguridad en la esperanza y poder dormir sin sobresaltos”. Job enfatiza que él no es menos que sus amigos, que “lo que saben ellos, él también lo conoce”. Casi que olvidando las recomendaciones de su interlocutor, prorrumpe de manera directa en su cometido: “Deseo discutir con Dios”. Amonesta, precisamente a sus amigos, porque “blanquean o cubren de mentiras lo que en verdad desean decir”. Quieren ayudarlo pero son unos “médicos matasanos”. Todo lo que le han dicho son “proverbios de ceniza”. Que mejor guarden silencio, porque va a hablar él, “venga lo que viniere”, así le toque matarse, “con tal de defenderse ante la presencia de Dios”. Su discurso toca un límite: “callar ahora sería morir”. Le reclama a Dios que no esconda la cara, que no lo trate como a un enemigo. El sufrido y desgraciado se torna un maestro de sabiduría: “El hombre nacido de mujer, corto de días, harto de inquietudes, como flor se abre y se marchita, huye como la sombra sin pasar: se consume como una cosa podrida, como vestido roído por la polilla”. Nombra a Dios como centinela y le pide “que aparte de él su vista”.

En la segunda y tercera tanda de intervenciones, los amigos insisten en que las palabras de Job lo condenan, que reflexione en lo que afirma, que se reconcilie y tenga paz con Dios. Job agrega que su casa es ahora el abismo, “que a la podredumbre la llama madre, a los gusanos, padre y hermanos”. Hondamente atormentado y agobiado por la enfermedad, pregunta: “¿dónde ha quedado mi esperanza?”, “¿y mi esperanza, quién la ha visto? Y si habla de esa manera, explica, es “porque Dios lo ha trastornado, envolviéndolo en sus redes”. Su penosa condición se condensa en esto: “grito ‘violencia’ y nadie me responde, pido socorro, y no me defienden”. Siente que Dios “ha llenado de tinieblas su sendero”, “ha descuajado su esperanza como un árbol”. Sabe con profundo dolor, “que lo ha herido la mano de Dios”. Pide piedad, más de una vez. Pero sigue confiando en que después de muerto, “cuando le arranquen la piel, ya sin carne, verá a Dios”. Job le pregunta al Todopoderoso, «¿por qué siguen vivos los malvados”. Pero, parece que Dios no lo escucha. La sorpresa o la confusión de Job está en no entender cómo un Dios “que era íntimo en su tienda” ahora parece su enemigo. Y porque no lo entiende vocifera, y porque no comprende ese silencio, sigue “desahogando su alma”: “te pido auxilio y no me haces caso, espero en ti, y me clavas la mirada”. Sus lamentos y sus quejas son una letanía en búsqueda de interlocutor: “Ojalá hubiera quién me escuchara”.

La respuesta de Dios está llena de interrogaciones, empezando por una pregunta que evidencia el haber escuchado las queja de Job: “¿Quién es ese que denigra mis designios con palabras sin sentido?”. Todas las cuestiones que plantea o deja entre la audiencia giran alrededor de la creación, del funcionamiento maravilloso de la naturaleza, del dinamismo propio de la vida: “¿quién engendra las gotas del rocío?”, “¿quién le dio sabiduría al Ibis y al gallo perspicacia?”, “¿enseñas tú a volar al halcón a desplegar su alas hacia el sur?”… Son tantos los cuestionamientos que, el último de ellos, parece un reto imposible de controvertir: “¿Quiere el censor discutir con el Todopoderoso?”. Job reconoce su pequeñez y lleva su mano a la boca para guardar silencio; se arrepiente de haber querido “empañar los designios de Dios con palabras sin sentido”. Además, como si fuera una epifanía, da cuenta de una transformación en su fe: “Te conocía solo de oídos, ahora te han visto mis ojos”. El Todopoderoso vuelve a tomar la palabra para señalar que los amigos de Job no han hablado rectamente de Dios, refrenda la justicia y honradez del llagado, consolándolo de su desgracia y devolviéndole no solo la salud, sino su hacienda, sus bienes, nuevos hijos y una prosperidad más grande que la de antes. El libro concluye diciendo que Job murió “anciano y satisfecho”. 

Hecho este repaso comentado de la obra, creo conveniente poner en alto algunas ideas que me deja la relectura de este libro sapiencial. Desde luego, es una resonancia laical, sin pretensiones teológicas o de docto biblista. Comenzaré subrayando el papel de la escucha frente al sufrimiento. Bien pudiera uno afirmar que Job es un símbolo de los desesperados que ansían a como dé lugar, tener alguien al lado que oiga con atención y compenetración sus penas, sus quebrantos. Pero no se trata de una escucha organizada desde los argumentos (como es el caso de Elifaz, Bildad y Sofar), sino más bien de una actitud de empatía, de filiación emocional a partir de la cual sea posible que afloren o se revelen las claves de un sufrimiento, los signos íntimos de una pena. Más que dar explicaciones o razones ya constituidas o sabidas, la escucha que pide Job es un esfuerzo por entender lo singular y único de cada acongojado, la melodía particular del lamento de una persona.

Otra cosa que me ha parecido significativa es la aparente indiferencia de la divinidad, ese silencio sin respuesta oportuna, esa lejanía que sigue vigilante, así todo muestre lo contrario. Y digo que me llama la atención porque Job, a lo largo del libro, va sufriendo un cambio paulatino de tener la absoluta confianza en su Dios, de considerarlo un amigo que visita su tienda, hasta no tener la certeza de su presencia, de parecer más el comportamiento de un extraño o de un enemigo. Sin embargo, al final se puede saber, que el Todopoderoso sí ha escuchado a Job, al igual que a los otros que han hablado. No es una divinidad ajena o desatendida. Lo que sucede es que su modo de proceder no es directo, no se accede a él de manera inmediata; se requiere de cierta preparación o de ciertas condiciones que pongan al ser humano en un estado especial, en un tiempo idóneo para una experiencia de fe. En el caso de Job ese medio es el sufrimiento, la soledad, el abandono. Su misma aflicción es el canal a través del cual logra ser oída su súplica (al menos eso afirma Elihu, en la inserción del texto). O dicho de otra forma, a veces el dolor es un medio para entrar en comunicación con zonas profundas de nuestro espíritu; un camino que aunque desesperanzador en un comienzo, provoca el temple o el silencio suficiente para conversar, con verdad y sin miedo, con nosotros mismos.

El tercer asunto tiene que ver, precisamente, con la importancia del grito, del clamor, con el derecho a la queja cuando la desgracia nos azota, o cuando las injusticias de la vida hacen mella en nuestra persona. Buena parte del libro de Job es un testimonio de esa queja legítima, del valor que debe tenerse para ponerla afuera, así los amigos o los conocidos nos inviten a callar, a ser “políticamente correctos” y a simular lo que nos duele o envenena. Job es un acongojado que no se traga sus dudas, su angustia, su inconformismo. Prefiere otra vía, quizás más blasfema: la del desahogo sin tapujos, la del treno o el lamento vuelto imprecación, denuncia, reclamo. El mismo Dios es objeto de su diatriba, nada queda vedado a esa explosión de su alma adolorida. Quizá allí esté el valor purificador de su discurso, la catarsis, el honesto reclamo que sienten sus emociones, los improperios de sus sentimientos encontrados. Al no callarse, al dejar que las desazones de su corazón se aireen, no solo aplaca su cuerpo, sino que crea un ambiente interior para comprender lo que le está pasando. Por eso al final de la obra, lo que aflora en él es la resignación y la aceptación de su situación; y tal reconocimiento es el que permite la restauración de su vida.  Si no hubiera sacado todo aquello que lo indignaba u oprimía, seguramente sería imposible sanar su corazón y restaurar las fracturas con sus creencias.

Finalmente, diría algo sobre lo intransferible del dolor. Es tan atroz el sufrimiento de Job que ni los amigos, estando con él en silencio siete noches, logran aplacarlo. Su pena tampoco puede ser expresada de la mejor manera; más bien sale torpe y grosera, agresiva y sin fundamento. El dolor no habla bien, consume a quien lo vive, hace desvariar el espíritu y culpa a los demás, a hombres y mujeres, al destino, hasta al mismo Dios. Muy seguramente la solidaridad en algo ayude, a lo mejor la misericordia esté cerca a comprender las dolencias que padecen y viven los desgraciados en completa soledad. Pero a pesar de esos paliativos externos, el sufrimiento no puede compartirse como un pedazo de pan ácimo o una bebida amarga. De pronto quien puede ser un cómplice de esa pena sea esa divinidad solicitada y reclamada en medio de los lamentos. Es posible, siguiendo el ejemplo de Job, que sea ese silencio Todopoderoso, esa lejanía vigilante, la que en verdad se apiade de nuestras lágrimas. Y sean esas manos  compasivas  las que alivien el alma y renueven la esperanza.

REFERENCIA

Job, traducción de Luis Alonso Schökel y José Luis Ojeada, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1971.

Pixar: un ejemplo de cultura creativa

08 domingo Mar 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de libros, Creatividad S.A., Cultura creativa, Ed Catmull, Pixar, Recomendaciones de libros, Trabajo en equipo

Creatividad S. A.

Leí en tres días, con interés y fruición, el libro de Ed Catmull, Creatividad, S.A, subtitulado: Cómo llevar la inspiración hasta el infinito y más allá (Random House, Bogotá, 2019). Además de estar escrito en un lenguaje cercano y altamente interpelativo, aborda una pregunta de fondo: ¿cómo crear ambientes empresariales que fomenten y estimulen la creatividad? El autor, que fue Presidente de Pixar Animation y Disney Animation, nos entrega un testimonio de su labor como líder, junto a John Lasseter, de esta empresa que revolucionó la manera de hacer películas animadas.

A lo largo del texto pueden encontrarse anécdotas e historias relacionadas con las personas vinculadas a la cotidianidad de Pixar y, a la vez, principios o líneas de acción para directivos, educadores o líderes que deseen entender a fondo qué es una empresa dedicada a la innovación o de qué manera se debe caldear la incertidumbre y darle salidas creativas a los problemas. De igual modo, es un caso de estudio para analizar las formas de enfrentar el miedo al error, fomentar la confianza y crear una cultura del trabajo en equipo. En el epílogo del libro se hace una semblanza-homenaje a Steve Jobs, quien fue la persona que rescató y dio vida  financiera a este estudio de animación, diseñó el edificio de funcionamiento y logró avizorar su potencial económico. 

Como son tantas las ideas que pueden sacarse de esta obra, bien para los que llevamos a diario una vocación creativa o para los que asumen la responsabilidad de promoverla o incitarla, me parece conveniente destacar cinco aspectos que de manera transversal se agitan a lo largo de sus páginas.

Empezaré por la creación de confianza. Sin ella, el miedo atenazará a la creatividad y no la dejará salir; llevará a que una persona o los miembros de una empresa se callen, digan “lo políticamente correcto”, “quieran agradar a su jefe” o, sencillamente, envenenen un clima laboral con el rumor malsano y destructor. La creación de confianza no es inmediata, lo reafirma el autor. Se requiere establecer y fomentar condiciones para que fluya, promoverla en todos los niveles y, por supuesto, bajar el umbral de la sospecha, de la vigilancia a los empleados. Sin confianza las personas se impostan, se arredran hasta el punto de empobrecerse imaginativamente. Sin confianza no se puede hablar con verdad y se entra en la peligrosa dinámica de que “todo está bien”. Sin confianza no habrá sinceridad y menos franqueza en la comunicación. En este sentido, para que exista confianza es indispensable darle una valencia positiva al error, entenderlo como parte de la experimentación y el viaje hacia lo desconocido. Si mermamos la ansiedad por no fallar, por no ir a equivocarnos, seguramente aumentará la confianza y seremos más propositivos, más lúdicos, más arriesgados para enfrentar lo desconocido.

Una segunda idea del libro, que me parece una clave de la cultura Pixar, es la importancia del trabajo en equipo. Desde los espacios donde se labora, hasta los sitios de reunión y ocio, todo converge al diálogo permanente, a la retroalimentación, al feedback constante. Por eso las reuniones frecuentes en colectivo, por eso el principio de que “todos pueden opinar”, por eso la certeza de que si bien hay talentos individuales que merecen protegerse y reconocerse, también la convicción de que las críticas y los comentarios de los demás ayudan a mejorar la obra personal. Pero trabajar en equipo presupone entrar en una escuela, comprender y asimilar un modo de hacer las cosas. De allí por qué sea tan importante la tutoría, el mentor experimentado que ayuda al más novato en determinado campo. Ed Catmull insiste y cuenta cómo son las sesiones de “Braintrust”, esas reuniones de expertos animadores, en las que se lanzan opiniones y comentarios sobre las “bobinas”, los primeros esbozos de una escena o la secuencia de una película. Esas jornadas reafirman lo que vengo diciendo: hay un director, hay un creativo de base, el que tiene la idea, pero es en equipo, con los colegas de oficio, como ese germen creativo empieza a cualificarse, a tomar fuerza, a subsanar los vacíos o multiplicar sus potencialidades. Sin embargo, y ese es otro aspecto reiterativo en Creatividad, S.A, hay que entender que los comentarios desfavorables o “duros” no van enfocados a la persona o a criticar sus debilidades profesionales, sino a la obra, a ese objeto imperfecto que con la ayuda de todos puede convertirse en un producto de calidad.

La tercera idea transversal que me interesa resaltar es el valor de la evaluación continua y la reflexión sobre el producto realizado. Dado que uno de los principios o líneas rectoras de Pixar es la calidad y la excelencia, al terminar cada producto se analiza con detalle para ver cuáles fueron sus aciertos y cuáles sus posibles enseñanzas negativas con miras a corregirla en proyectos futuros. No basta con el éxito, hay que comprender por qué se logró o cuáles fueron las rutas seguidas para conseguirlo; y de igual manera ocurre con esas obras que no lograron el objetivo final deseado. La evaluación final, los “visionados diarios”, conllevan a que se tenga una mejor idea de lo que se quiere alcanzar y, además, a corregir o ajustar lo que parece caminar por la vía del fracaso. Sin la evaluación, de tiempos, de recursos, de personas, la creatividad caería en el terreno cenagoso del acierto inexplicable o en la no menos peligrosa fórmula de “hacer lo mismo de antes”. De otra parte, esa evaluación, que se hace de manera individual y compartida, posibilita que cada trabajador se sienta responsable no solo de su parcela, sino de todo el producto. Porque se está en evaluación continua es que Ed Catmull y John Lasseter crearon el “Día de Notas” con la intención de que todos los trabajadores pudieran expresar libremente cómo mejorar la empresa en diversos aspectos y niveles. La evaluación permanente es lo que mantiene viva la cultura creativa.

Otra línea de amarre del libro es la importancia de la investigación para incentivar la creatividad. Catmull cuenta los famosos “Viajes de investigación” en los que animadores, director y demás personas vinculadas con una película se desplazan a sitios, ciudades o espacios que son el escenario de dicha obra. La idea es que ese encuentro con “el exterior”, y del cual se toman fotos, notas, diagramas, contribuya a darle “autenticidad” al producto creativo. El cuidado en los detalles es una marca de calidad de Pixar, una forma de transmitirle al público “una sensación de realidad”. Investigar, en un proceso creativo, es permitirse salir de lo familiar, es aprender a ver, a tener otro tipo de experiencias que pueden romper estereotipos o “impulsar la inspiración”. Y claro, esos viajes ayudan a que los realizadores, los creativos, se sientan más fuertes, más seguros, para ese tránsito en la incertidumbre que es todo proceso creativo. Dominar el mundo que se desea ficcionar, llenarse de “evidencias”, rastrear indicios, cada una de estas cosas se convierte en un “motor oculto” que más tarde terminará vertiéndose en la obra en curso, y, además, proveerá a las personas de otro orden emocional y sensorial, útil para la empresa en que laboran y para su propio desarrollo personal. Quien investiga vive en un continuo aprendizaje.

La quinta línea transversal de Creatividad, S.A., se ubica en la reflexión sobre los modelos mentales que favorecen o anulan la emergencia de lo nuevo. Insiste el autor en la necesidad de tomar distancia para descubrir cuándo esos modelos mentales nos encasillan en lo repetitivo, en la copia de lo ya conocido. Y más cuando el éxito de un producto puede hacer creer que lo rentable son las réplicas o la emulación de lo semejante. Catmull se llena de ejemplos y de testimonios para mostrar que, dependiendo de nuestras creencias o de los esquemas mentales que tengamos, percibiremos como amenaza o salvación determinadas iniciativas. Este hecho es fundamental, porque la esencia del ejercicio creativo es trabajar con una materia de la cual no se tienen pruebas o certezas suficientes para actuar sin riesgo. Todo lo contrario: la creatividad abandera lo nuevo, a sabiendas de que no hay puntos de referencia para validarla. Ese es el riesgo. Además, está el azar, que tiene una parte importante en cualquier aventura innovadora. Si el modelo mental con que enfrentamos lo nuevo es el del control excesivo o el de la vigilancia burocrática, si no se tiene la suficiente flexibilidad para avalar y sacarle provecho a la experimentación, escasas serán las iniciativas sorprendentes y renovadoras. Por eso, quien es jefe de un equipo o pretende liderar las soluciones a las demandas del futuro, tendrá que cuidar y proteger lo que es apenas una iniciativa creativa, frágil, imperfecta y vacilante. Ese parece ser el verdadero propósito de los mejores directivos, es decir, de aquellos que “reconocen y reservan un espacio para lo que desconocen, no solo porque la humildad es una virtud, sino porque los avances más notables no se producen hasta que no se adopta esa mentalidad”.

Todas estas líneas transversales, anudadas con tecnología de punta, son las que han convertido a Pixar en un ejemplo mundial de empresa creativa. Ed Catmull ha escrito una obra –con la ayuda de Emy Wallace– sobre cómo se lidera la creatividad, cuáles son sus problemas más comunes, qué debe evitarse cuando se lideran equipos innovadores y qué lecciones se pueden sacar de proyectos fallidos. No es un manual de técnicas infalibles o un conjunto de ejercicios para motivar el ingenio, sino un libro de reflexión sobre el proceso creativo, en el que el testimonio se entreteje de manera sugestiva con la prospectiva empresarial y el liderazgo centrado en las personas. De alguna manera, es una obra para comprender cómo la tecnología y el arte se pueden conjugar para ofrecer alternativas creativas de movimiento en los inciertos paisajes de lo desconocido.   

Ed Catmull

Ed Catmull: «El futuro no es un destino, es una dirección».

Tejer una historia personal

09 domingo Feb 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de poemas, Gusano, Manuel Rojas Sepúlveda

Gusano de Manuel Rojas

El poema “Gusano” del escritor chileno Manuel Rojas Sepúlveda es una invitación a crear lo íntimo, a elaborar nuestro mundo, nuestras creencias, nuestros gustos y apetencias; a construir una cosmovisión, en sentido amplio. El autor nos invita con sus versos a tejer, como el gusano, una historia personal.

Manuel Rojas  nos sugiere hacer esa tarea sin soberbia, sin ostentosos orgullos; no hay que presumir de esa labor de rueca sobre nosotros mismos. Ni tampoco sentirnos altaneros de lo que somos o tenemos, ni de la profesión que nos ayuda a sobrevivir, y menos de la pasión íntima que alimenta nuestros sueños.  Nos forjamos nuestra vida con gran humildad, con la satisfacción que otorga el hacer esa tarea pacientemente, día a día, y con el suficiente valor como para considerarla importante, digna. No hay que hacer demasiada alharaca, ni jactarse de algunas virtudes o talentos. Nada de eso, nos insiste el poeta. Ante todo, se trata de ser o mostrarnos serenos para tejer sin aspavientos nuestra íntima personalidad.

Pero, además, el escritor insiste en que debemos –con un fervor de artesanos– ir engarzando hilos, experiencias, anhelos, relaciones, con mucha alegría, sumando sentimientos e ideas, pasiones y sueños esperanzadores. En lo posible hay que lograr que todas las hebras, todas las dimensiones de nuestro ser se entretejan de la mejor manera. Que no queden hilos sueltos o cuerdas sin amarrar. Nos corresponde ser tejedores acuciosos, agradecidos, satisfechos de nuestro humilde oficio, y de la obra que elaboramos.

El propósito de esta labor, de este segregar hilos constructores de un carácter, de un destino, de un nombre, de un camino personal, es lograr que al final de nuestra vida podamos sentirnos complacidos de haber construido una tienda lo suficientemente fuerte como para tendernos a su sombra a descansar. Somos tejedores de nuestro proyecto vital para llegar satisfechos, absolutamente desnudos, a la etapa final del recorrido empezado años atrás en nuestra cuna.

De alguna manera, somos tejedores de nuestra interioridad para dejar una primera condición oscura y rastrera; nos hacemos con hilos de seda otra morada más llena de color y leve consistencia. No nacemos con alas, más bien sin ellas; y poco a poco, con el tacto suficiente para hacer delgada la materia prima con que venimos al mundo, vamos elaborando una piel traslúcida y multicolor. Tejedores somos de nuestra propia condición; ese es nuestro reto mayor: ir con los años elaborando esa metamorfosis en la que un miserable gusano alcance, desde adentro, abrirse al mundo con sus vistosas alas.

Por todo ello, mayor cuidado merece la rueca de nuestra voluntad; sin esa herramienta hecha de empeño y disciplina, de constancia y espíritu paciente, nada lograremos al final de nuestra existencia. La rueca es el medio con el que adelgazamos la burda sustancia que nos encadena a lo inmediato, la que nos salva de la intemperie del conformismo y la que nos permite tejer un nuevo ropaje hecho con nuestras propias manos. Con ese instrumento humilde, con esa intención del ánimo, es que trenzamos los hilos de nuestra propia historia. De allí que el poeta trate a esa rueca como su confidente, porque si no dialogamos con nuestra voluntad, con la rueda hiladora de los propósitos, nuestra vida terminará como empezó, sin haberla transformado en un proyecto valioso o sin que hayamos tenido la oportunidad de entretejerla de un sentido trascendente.

Una fe muy especial

14 sábado Dic 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de poemas, Luis Rosales, Navidad, Villancico de la falta de fe

Villancico de la falta de fe

Para que la maravilla de la navidad anide en nuestro corazón se requiere tener una fe muy especial, un convencimiento interior de que una estrella en el cielo es el signo de algún misterio o de un hecho de gran trascendencia. Precisamente, de eso nos habla el poeta español Luis Rosales en su texto “Villancico de la falta de fe”, de la miopía que tenemos los hombres para percibir la claridad de los astros o descubrir el paso lentísimo de una luz excepcional.

Ya en las primeras estrofas el poeta nos ayuda a entender los motivos para no percatarnos de esa estrella fulgurante. Las razones están en la lentitud del astro, en su traslúcido vestido o en la calentura que tenemos al ser habitantes de las grandes ciudades. Porque andamos de carreras y mirando hacia el piso el rutinario trabajo que nos permite sobrevivir, por eso poco levantamos la cabeza para avizorar los destellos que incitan a lo extraordinario. Porque nos vamos acostumbrando a no detenernos en lo bello o lo trascendente, porque hemos perdido nuestra herencia celeste, por eso ya no vemos lo que alumbra arriba de nuestras cabezas.

Hemos perdido el don de los magos, de esos seres capaces de entrever el fulgor en lejanía, la invitación que es guía aunque pareciera un resplandor común. Los magos son los que nos devuelven el sentido de lo fantástico, de gozar con lo que parece imposible. Los magos saben de estrellas porque las han visto nacer, porque pueden entrever en un simple fulgor el llamado a emprender la aventura. Los magos tienen más afinada la mirada para ver las estrellas porque han estado mucho tiempo con el cielo desnudo, porque la infinitud ha sido su paisaje cotidiano.

En cambio los hombres citadinos, los apegados a la inmediatez, difícilmente logramos observar los espacios abiertos o de amplitud sobrecogedora. En lugar de aprender de la vejez de Baltasar, ansiamos ser eternamente jóvenes; en vez de tener los ojos ardientes del creyente, nos contentamos con una incredulidad cercana al hastío. Aunque tenemos el alma llena de sed, preferimos dejarla sin florecer; hemos volcado todo nuestro interés en las cosas y las posesiones materiales hasta el punto de tornarnos invidentes para los esplendores o las luminarias inmateriales.

El poeta parece indicarnos que necesitamos de una fe más consistente, más previsora, con la cual podamos atisbar lo que está ahí pero parece ocultarse a nuestros sentidos. Y la navidad con sus belenes, con ese rito de cantos y novenas, puede ayudarnos a recuperar la fuerza de la visión creadora, el fervor de la creencia que fortifica el espíritu y nos devuelva la condición de ser criaturas limitadas pero con el poder de levantar la mirada para adorar la eternidad de las estrellas.

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