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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

Sexta meditación navideña: la diversión

22 martes Dic 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Carnaval

La navidad es, sin lugar a dudas, época de alegría y diversión. Las canciones en la radio y la televisión celebran y proclaman el regocijo y el esparcimiento. En cualquier casa de familia, en la programación de los hoteles, en los parques públicos, se anuncia e invita al jolgorio y la fiesta colectiva. Aprovechemos este ambiente relajado y pensemos un tanto sobre la relevancia y el significado de la diversión.

Divertirse es importante para incorporar el lado lúdico de los seres humanos. No todo puede ser seriedad, formalismos y solemnidad. Las personas necesitan del baile, de la distracción para recuperar fuerzas, oxigenar la mente y darle recreo al espíritu. Cada persona, así como los pueblos, requiere de momentos carnavalescos para vivir el desorden, el ocio y el placer. Si no fuera por esta fuerza entusiasta seguramente viviríamos en la locura, el sonambulismo o la agresión permanentes. Al divertirnos regulamos la pesadez de la sobrevivencia y las obligaciones y nos permitimos el entretenimiento leve y la irresponsabilidad juguetona.

De otra parte, la diversión permite romper las distinciones sociales, los estratos, las desigualdades provenientes de los abolengos, el grado de riqueza o las diferencias de títulos académicos. Cuando estamos en diversión todos somos iguales y todos podemos participar del festejo y el esparcimiento. La diversión rompe los protocolos y los formalismos para hacer democrática la risa, el canto, la recreación. Al divertirnos recuperamos, por decirlo así, una hermandad de tribu que garantiza celebrar los ritos colectivos, la exaltación de la fraternidad y el espíritu del ágape o la gran mesa. Nadie puede sentirse extranjero o extraño cuando entra en la zona de frontera de la diversión.

Sobra decir que la diversión es el mejor remedio contra el aburrimiento. Los que sufren de tedio o gran tristeza cuando ven las calles iluminadas y llenas de festones, los equipos de sonido multiplicando a todo volumen los ritmos bailables, las vitrinas adornadas de colores llamativos… cuando esto observan los afligidos,  sienten que son interpelados por las mil estrellas de la diversión, que reciben una especie de tónico o reconstituyente para su alma. La seriedad amarga cede ante la jovialidad y el deleite común. Tal llamado de la diversión es para los seres más apesadumbrados una presencia de la riqueza de la vida ante la gris congoja de la muerte. Al divertirnos resaltamos el milagro de estar vivos, y el baile y el licor se convierten en formas dionisíacas de exaltar tal maravilla.

Hay mucho de goce en esto de permitirse la diversión. Y el goce, lo sabemos, no siempre logra mostrar sus necesidades o manifestarse libremente. Por eso, cuando la diversión nos habita podemos hacer catarsis y, con ese acto de purificación, asumir de mejor manera nuestras emociones y nuestros sentimientos. El solaz, la vacación, la juerga, facilitan que salgan de nosotros cosas o asuntos sepultados, rencores emponzoñados, palabras que de tanto mutismo comienzan a intoxicarnos. Al divertirnos nos es más fácil perdonar y restituir los vínculos que los escrúpulos y la severidad se obstinan en mantener fracturados.

Participar de la navidad, celebrar estos días, es renunciar al fastidio y la lamentación. Si la diversión llena nuestro corazón y danza en nuestros hogares, seguramente entreveremos alguna esperanza a nuestras desventuras. Y así sea durante un corto tiempo, como es lo propio de la fiesta y el carnaval, lo valioso habrá sido que la diversión logre sembrar de nuevo sus semillas de optimismo y, con ello, ofrecernos la posibilidad de dar cabida a las ilusiones y los sueños.

Quinta meditación navideña: la felicidad

21 lunes Dic 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Dos mujeres corriendo en la playa, de Pablo Picasso.

«Dos mujeres corriendo en la playa», de Pablo Picasso.

Uno de los deseos más recurrentes en navidad y año nuevo es el de alcanzar mucha felicidad. Este mensaje se presenta como una consigna esperanzadora o como un sortilegio para evitar la tristeza o la desventura. Lo que se anhela a familiares y amigos es que la dicha o el bienestar sean las hadas protectoras de este tiempo. Vale la pena, por lo mismo, meditar un poco sobre el significado profundo de augurar a otros la felicidad.

De base hay que advertir que la felicidad no es la misma para todas las personas. Algunos individuos requieren demasiadas cosas o bienes para sentirse felices; a otros les basta con poco, con lo fundamental para sobrevivir. También existen los seres humanos eternamente insatisfechos o los que logran entrever la felicidad en situaciones cotidianas o nada excepcionales. Lo importante de tal diversidad es señalar la relación que hay entre la felicidad y el proyecto de vida que se tenga. Ese vínculo es determinante a la hora de saber qué tan poca o cuantiosa es nuestra felicidad.

Dicho lo anterior, podemos ahora afirmar que los días decembrinos crean condiciones apropiadas para que abunde la felicidad: contamos con más tiempo para estar con los seres queridos, poseemos ocio de sobra para utilizar como queramos nuestra libertad, hay un dinero extra para darnos algunos placeres o comprar cosas que nos gustan. Además, hay un clima favorable en las interrelaciones humanas para compartir en familia, departir con amigos y celebrar con colegas o vecinos de la comunidad. Todo ello dispone el mejor escenario para que podamos tener momentos o situaciones de felicidad. Ya depende de cada uno cómo aprovecha tales oportunidades y cómo sabe sacarles el mejor júbilo posible.

El otro aspecto, mucho más relevante a mi parecer, estriba en que la navidad es una época especial para dar felicidad a un semejante. Y no me refiero a entregar beneficios materiales sino a proveer regalos inmateriales como la compañía, el cariño sincero, la solidaridad esperada o la palabra reconfortante y animosa. La navidad, desde esta perspectiva, deja abiertas las puertas para que emerjan de nosotros la caridad, el altruismo, la prodigalidad. Mediante esas acciones veremos el rostro feliz del necesitado, la sonrisa optimista del postrado en un lecho, la gratitud festiva del desamparado o el solitario. Esa otra felicidad –propia del dar o darnos– es evidente en los ojos o las manos de nuestro prójimo y produce tanto o más regocijo que aquella otra proveniente del recibir.

Hay que agregar otra cosa: la navidad nos permite degustar mejor el sentido de la vida. Logramos, por ejemplo, descubrir la felicidad sencilla y esencial de estar con otro, de caminar largas calles a su lado; la satisfacción de estar en familia, de compartir un alimento o programar una pequeña aventura. Percibimos como un milagro el sabernos amados y descubrimos el valor profundo de un rito, de una tradición, de un símbolo. Bastan pocas cosas, las esenciales, para ser felices. Ese es otro mensaje que la navidad nos recuerda y que a veces olvidamos por estar demasiado ocupados o subsumidos en una cultura enfocada principalmente en la adquisición de bienes.  

Si la felicidad, como pensaban los antiguos filósofos, era el fin supremo al que deberían aspirar los seres humanos, aprovechemos estas fechas navideñas para reivindicarnos con las satisfacciones sencillas, el goce de tener un hogar, la fortuna de gozar de buena salud. Hagamos que la felicidad no sea una meta ilusoria e imposible de cumplir, sino más bien una forma realista y cotidiana de degustar la travesía por la existencia.  

Cuarta meditación navideña: la tranquilidad

20 domingo Dic 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustracion de la artista vietnamita Tran Nguyen

Ilustración de la artista vietnamita Tran Nguyen.

Buena parte de los mensajes o los deseos de los días navideños están asociados a la paz y la tranquilidad. Anhelamos estar en armonía, queremos un sosiego bienhechor, una sintonía entre el ritmo de nuestro corazón y el movimiento del mundo. Todo a nuestro alrededor parece detenerse para que sea posible el descanso, la calma en nuestro espíritu. Reflexionemos brevemente sobre esta tranquilidad que traen consigo las fiestas decembrinas.

Lo más evidente es que la tranquilidad proviene de permitirnos la despreocupación. Cerramos la oficina, el taller o el negocio y, al hacerlo, alejamos de nuestra mente los afanes y obligaciones cotidianas. Tal acto de manumisión nos pone en la dimensión del reposo, de una quietud que comporta una placidez exquisita. Cuando estamos tranquilos nos sentimos poderosamente libres, desenvueltos, soberanos. Y al estar así, amparados por los dioses de la calma, renace en nosotros el talante lúdico y creativo. Volvemos a la niñez esencial, a esa edad del alma en la que todo nos provocaba alegría y asombro.

Por estar inmersos en esa mansedumbre los pequeños inconvenientes apenas nos causan molestia, y nuestro temperamento baja el umbral de ansiedad y agresión. Al estar tranquilos dejamos de andar a la defensiva y emanan de nuestro ser, sin ningún esfuerzo, el afecto y la cordialidad. Crece la tolerancia y hasta nos convertimos en mediadores de conflictos ajenos. Por estar tranquilos apreciamos de mejor manera las cosas sencillas de la vida y las manifestaciones siempre mágicas de la naturaleza. Se nos afinan los sentidos, nos sentimos más livianos y por momentos adquirimos las características de los seres contemplativos. La tranquilidad, así entendida, es el mejor estado para que los seres humanos disfrutemos el don de la vida.

A algunas personas les queda más fácil encontrar la tranquilidad en el silencio y, otras,  la buscan alejándose de las turbulencias citadinas. Hay espíritus que aplacan su efervescencia concentrándose en la lectura y existen personalidades que necesitan de la oración o la meditación profunda para poner su alma en equilibrio. Sea como fuere, la tranquilidad es un relajante de nuestro psiquismo, una tarea de primer orden con la paz interior que es la gran reguladora de nuestras decisiones. Si no hay tranquilidad, si toda nuestra alma se halla convulsionada y en permanente sobresalto, poco a poco iremos dejando huérfana nuestra intimidad, y empezaremos a reaccionar como animales salvajes. Es la tranquilidad la que nos provee de aplomo y suavidad; la que crea un campo abonado para la ternura y las buenas relaciones humanas.

Cuánto necesitamos hoy ser unos emisarios de tranquilidad; negarnos a ser cómplices de la agresión gratuita y la celeridad de los modelos económicos deshumanizantes. Que luchemos todos, en nuestra pareja, en nuestra familia, para que a pesar de las dificultades seamos capaces de defender el beneficio de la tranquilidad. Porque si conquistamos esa pauta de convivencia, tendremos un lugar acogedor para revivificar los afectos, un ambiente regenerador para construir ciudadanía, una reserva de sabiduría para emitir los juicios más adecuados. Permitamos que la tranquilidad cante sus serenas melodías en nuestro hogar y hagámosla extensiva a la comunidad en que vivimos.  

Subrayemos, en tinta llamativa, la mayor aspiración navideña: dejar el envolvente y frenético correr del estrés, de los compromisos derivados de la sobrevivencia o las angustias laborales y ponernos en actitud de descanso. Nuestro deber es convertir los días de navidad en un tiempo para el ocio, la recreación, el juego, el cuidado de sí; hacer que el estar de vacaciones sea, efectivamente, un cambio de rutina para airear la mente y darle un recreo a esa máquina obediente de nuestro cuerpo. Démosle a la tranquilidad la oportunidad de reponer nuestras fuerzas y serenar nuestra alma.

Tercera meditación navideña: la amistad

19 sábado Dic 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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A pesar de que la amistad es digna de celebrarse en cualquier tiempo, es en navidad cuando encuentra su terreno fértil. Bien sea porque hay tiempo para los reencuentros o porque, con los amigos, se pasa gran parte de los días decembrinos. Meditemos, entonces, sobre este vínculo afectivo tan poderoso como los lazos de la sangre.

Un primer aspecto de la amistad, una de sus bondades más preciadas, es que nos obliga a estar pendientes de otro ser humano. La amistad nos hace corresponsables de otras vidas; nos alarga el cuerpo y los sentidos bien sea para dar una voz de aliento, contribuir con una ayuda precisa o estar solícitos para ofrecer la fuerza de nuestro abrazo. Al sabernos amigos de alguien nos convertimos, de alguna forma, en guardianes o cuidadores de esa otra existencia. Con la amistad salimos del individualismo y tomamos conciencia de la riqueza de lo dual, de las manos compartidas.

En esta perspectiva, la amistad es un antídoto contra la soledad, un recurso de los seres humanos para contrarrestar la indiferencia y el abandono. Los amigos pueblan de voces y presencias nuestros días silenciosos o insustanciales. Nos llenan de nombres y miradas las etapas aciagas de nuestra existencia anónima e inadvertida. Si tenemos amigos menos áspero nos parecerá lo desconocido y menor los reveses de la fortuna o el trasegar vital. Si los amigos nos favorecen con su presencia las enfermedades parecerán más llevaderas y los problemas menos espinosos. Esa parece ser otra riqueza de la amistad: darnos una familia del espíritu, una parentela elegida por nuestro corazón.

Y al ir a visitar a los amigos para entregarles un obsequio o al compartir con ellos una cena, o cuando nos reunimos a  charlar y celebrar, lo que hacemos es rubricar ese vínculo. En medio de anécdotas y recuerdos, al lado de las noticias desconocidas o las peripecias de un paseo reciente, la amistad rubrica su incondicionalidad, su permanencia a pesar de la lejanía o el socavar del tiempo. Porque la amistad, la verdadera, renace con cada encuentro; bastan unas horas para que recupere su lozanía y retome el calor de los fuegos abrasadores. Ahí reside su atemporalidad o su omnipresente juventud.

Una cualidad adicional de la amistad es que nos permite reencontrarnos con la autenticidad. Los amigos, los de toda la vida, son las personas que nos aceptan como somos; ante ellos no tenemos que falsificarnos o cumplir una serie de requisitos para ser aceptados. La amistad pone el acento en la comprensión y no tanto en el juicio inapelable. La consecuencia es, por supuesto, la efusión de la confianza y el surgir de expresiones espontáneas de libertad. Cuando estamos entre amigos nos quitamos los artilugios y el maquillaje,  nos despojamos de las armas de la prevención y la desconfianza. La amistad, por eso mismo, es refugio, nicho emocional, fortaleza. Porque es con los amigos que podemos mostrarnos débiles, frágiles, confundidos; porque es con los amigos que logramos abandonarnos sin sentir miradas acusadoras o reproches moralistas.

Así que, aprovechando el ambiente navideño, bien vale la pena refrendar ciertas amistades y reiterarles su importancia para nuestra vida. Sabemos que los amigos del alma ameritan cuidado, y una visita, un mensaje, un detalle son símbolos de confirmación o renovación de tal vínculo. No es bueno desatenderlos. De antemano sabemos que una omisión no va a fracturar definitivamente una amistad, pero no por ello podemos tratar a esos seres como si fueran figurines de ocasión. Hay que estar alertas: protejamos la amistad de la ingratitud o de las celadas que tienden los astutos a los generosos.       

Segunda meditación navideña: la generosidad

18 viernes Dic 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Otro aspecto propio de estos días decembrinos es la generosidad. La persona más humilde, el más pobre, se siente dadivoso o con las manos llenas para ofrecer un alimento, dar una bebida, entregar algún regalo o por lo menos mostrar un símbolo de liberalidad. Esa magia de la época navideña puede ser una oportunidad para  reflexionar sobre esta virtud tan fundamental en un mundo cada vez más inequitativo y deshumanizante.

La generosidad es un deseo de compartir lo que tenemos; de darnos a otros o estar disponibles cuando lo necesiten. Brota, por lo general, de una sensibilidad social y de un hondo sentido de fraternidad. La piedad y la condolencia, el altruismo y la filantropía son sus ríos nutricios. Y aunque tiene hondas raíces en determinadas religiones lo cierto es que se ha convertido en la manera laica de mostrar preocupación por el prójimo. De igual modo la generosidad es un medio eficaz para fortalecer los vínculos familiares y los lazos en comunidad.

Hay muchas formas de mostrar esa generosidad: desde el regalo que buscamos con insistencia, hasta la preparación de los alimentos para nuestros seres más queridos. Otras veces, la generosidad se torna en invitación, en velada para reavivar lazos de amistad o en reuniones festivas en las que damos gracias a los que nos han ayudado o han sido incondicionales con nuestros proyectos más queridos. Lo cierto es que la generosidad nos invita a romper la avaricia o la cicatería frecuentes, nos insta a compartir algo de lo que hemos cosechado; en suma, hace que nuestro espíritu descubra la riqueza del desprendimiento.

Sobra decir que la generosidad no necesariamente se expresa en objetos o cosas valiosas. También hay generosidad en la visita o el cuidado a un enfermo, en el acompañamiento a otra persona en momentos difíciles, en disponer la escucha y la atención para aquellos que necesitan compañía o palabras de aliento. Ser generosos es, en este sentido, desplazar nuestra presencia hasta las fronteras de la solidaridad, la caridad o el apoyo entre hermanos. Cuando somos generosos aumentamos nuestro radio de acción moral y sentimos en lo más profundo de nuestro ser que hay una filiación universal con  nuestros semejantes. Nadie nos parece extraño y a todos sentimos que podemos darles la mano.

Por supuesto, no resulta fácil hoy ser generosos. Se requiere un esfuerzo interior para serlo. Porque lo que se vive como valor supremo es el egoísmo y sacar provecho económico a costa de los demás. El mandato del capitalismo imperante es no compartir con nadie las propias utilidades; mejor aún, se considera un golpe de astucia quitarle al hermano lo poco que ha ganado. O sea que para ser generosos hay que dar una pelea con esos imperativos del mercado que proclaman el atesoramiento insensible y la tacañería social. Y el combate se torna más complejo pues, en muchos casos, hay que entender que la genuina caridad no es dar lo que podemos desechar sino desprendernos de cosas que apreciamos o consideramos valiosas. No se es generoso regalando nuestros desperdicios.

Aprovechemos entonces este tiempo navideño para ejercer el deber de la generosidad. Seamos menos avaros y compartamos con alegría un pedazo de nuestro pan o un poco de  nuestro vino. Dejemos por un momento el mandato del interés egoísta y hagamos de nuestro tiempo o de nuestros actos un continuo proceder dadivoso. O si se prefiere, tornemos nuestro hogar en un lugar hospitalario y llevemos a todas partes, como una proclama, el mensaje cálido de la generosidad.

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